El libro de Job: Capítulo 26 exposición

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El libro de Job
Capítulo 26 exposición
de Fray Luis de León


1. Y respondió Job y dijo. Burla Job de Bildad en este capítulo, pero no convienen todos en decir de qué burla. Unos dicen que pretendió probar la providencia particular que Dios tiene, y que no la probó, y que ansí Job le escarnece; y por consiguiente trasladan los versos segundo y tercero y cuarto de esta manera: ¿Con qué ayudaste lo flaco? ¿Cómo salvaste con flaqueza de brazo? ¿Cómo determinaste sin sabiduría? ¿Y piensas que mostraste gran saber? ¿Cúyas palabras manifestaste, y cúyo espíritu salió de ti? Como diciendo con ironía, disimulación y escarnio, ¿quién te enseñó o quién fue tu maestro para confirmar tan flacamente tu sentencia flaca, y para favorecerla con brazo tan débil?

Mas este parecer, aunque es del parafraste caldeo, no viene con lo que se sigue después. Y ansí, considerándolo todo, trasladaron los griegos mejor aquí, a quien siguiendo Sant Hierónimo, dice:

2. ¿A quién ayudaste? ¿Por ventura a quien no tiene fuerza? Según lo cual escarnece Job en Bildad, no la Providencia que no probó, que esto es ajeno de lo que agora se trata, sino del querer volver por la grandeza de Dios, como si estuviera en peligro; y ya que volvía, lo poco que de ella supo decir. Porque en lo primero, lo uno agravió a Job, dando a entender que no sentía bien de Dios, pues él en respuesta suya volvía por Dios; y lo otro, hizo una cosa excusada, porque ninguna cosa es más manifiesta que la grandeza divina: en lo segundo, anduvo muy pobre en argumento que de suyo es tan extendido y copioso.

Y ansí Job, burlando dél, cuanto a lo primero, dice que fue el suyo trabajo excusado, que sin causa y porque vuelve por Dios, a quien él alaba y cuya grandeza y justicia conoce y confiesa, y que Él en sí está tan alabado, tan poderoso y tan fuerte. Y cuanto a lo segundo, añade, alabando a Dios, lo menos que Bildad había dicho de sus loores, pues dice: ¿A quién ayudaste? ¿Por ventura a quien no tiene fuerza? Tomaste, dice, la causa de Dios, como si Él no tuviera saber o poder para defenderla, y juzgaste por perdido su negocio, si tú no salías a la defensa, engañándote en todo, ansí en pensar que corría peligro como en creer que el socorro estaba en ti. ¿Tan flaco te parece Dios, tan falto de fuerza, que tiene necesidad de la tuya? ¿Salvaste, dice, brazo no fuerte? Y añade:

3. ¿A quién aconsejaste?, ¿a quien no tiene [fuerza] ciencia? Que lo dice en la misma razón de haberle parecido a Bildad necesario apoyar el saber, el poder y la justicia de Dios, siendo ansí que ni Job, ni otro alguno, hacía cuestión de ello ni duda. Mas dice y manifestaste tu mucho saber, que es disimulada ironía, diciendo, heciste gran plaza de lo que sabías a fin de responder por la sabiduría de Dios. Porque en realidad de verdad no fue casi nada lo que en esto habló; dos palabras solas, y ésas manifiestas y de poca importancia.

Mas aquí el original dice ansí: ¿Y esencia en muchedumbre heciste saber? Que es preguntarle, conforme a la figura que sigue, si le parece que con su razón ha enseñado al que es esencia en muchedumbre, esto es, al que tiene en sí las esencias y las razones de todas las cosas, y que por la misma razón las sabe y entiende y conoce, porque al ser se sigue el saber.

Y prosigue en el mismo propósito, y dice:

4. ¿A quién enseñaste palabras?; ¿al que fabricó tu resuello? Porque cierto es que el autor y artífice del aliento y del espíritu sabe y entiende más que quien recibe el espíritu. ¿Enseñas, dice, a hablar al que hizo la habla?, ¿al que hizo el aliento con que se forma y articula?, esto es, al mismo Maestro. Que en el original es al pie de la letra: ¿A quién anunciaste palabras? Y espíritu de Él salió de ti. En que esto postrero podemos declarar en una de dos maneras: una, ¿A quién, dice, anunciaste palabras?, esto es, ¿por quién has tomado la mano de hablar, como si él fuese mudo? ¿Por ventura por Dios? Pues dime: ¿salió de ti el espíritu de Dios, o el tuyo de Él? ¿Dístele tu vida, o al revés, Él inspiró en ti aliento y palabras? Que alude a lo del Génesis, donde dice que formó Dios al hombre de la tierra, y le inspiró resuello de vida; como diciendo con mofa, hablas por Él como si Él no supiese, como si fuese hechura tuya, como si le hubieses inspirado la vida.

Otra manera es que en esta segunda parte se vuelve a Dios y hable con Él, como maravillándose del poco saber de Bildad, y diciendo: ¿Por quién razonas y hablas? Mas ¡qué desacuerdo, Señor, que siendo hechura tuya y habiendo recibido de Ti el aliento y el alma, presuma de enseñarte, o le parezca que padecerá sin su defensa tu ser! Y dicho esto en mofa y reprensión de Bildad, abre su boca toda en alabanzas de Dios, y por lo poco que Bildad dijo, dice él muchas cosas.

De que es la primera:

5. Ves; los gigantes gimen so las aguas, y los que moran con ellas. O como dice otra letra: Ves; los muertos serán formados so las aguas y los que moran en ellas; que ambas letras engrandecen a Dios. Porque la primera hace alusión al diluvio, adonde Dios mostró su justicia en la severidad del castigo, y su poder en anegar al mundo con tanta facilidad y presteza: y la segunda muestra el poder y saber de Dios en la creación de las cosas, que por medio de la humedad las produce. Y no sólo en esta luz adonde el hombre labra y el sol resplandece y el cielo y las estrellas influyen más derechamente y más fuerte; mas en los abismos más hondos y debajo de los mares más altos, produce criaturas extrañas y da vida adonde al parecer no se puede vivir.

Y a la verdad, aunque todos los elementos están llenos destas obras divinas, en ninguno se ven cosas criadas en mayor copia, ni en mayor diferencia, ni con mayor extrañeza que en la mar y las aguas. De que David en el Psalmo: Este mar, dice, grande y de grandísimos brazos; en él reman animales que no tienen cuento, animales grandes y animales pequeños sin número.

Prosigue:

6. El infierno descubierto a su cara, y no tiene cubija la perdición, entiéndese, ante sus ojos. En el pasado dijo del poder, en éste del poder y del saber. Porque en Dios, adonde llega la vista alcanza la mano, y a todo está presente por ser y por saber y virtud. El infierno, dice, le está descubierto. Infierno llama el centro y lo más hondo y escuro. Que es decir, en lo más oscuro ve, y lo más secreto y escondido le es claro, y no hay velo ni cubija para él en cosa ninguna; la perdición misma conoce. Y llama perdición lo mismo que infierno, porque lo que cae allí se pierde, y es sin uso y sin provecho todo lo que yace escondido en inaccesibles y hondos lugares.

Dice más:

7. Extiende Setentrión en vacío, y cuelga sobre nada la tierra. Setentrión llama a todo el cielo, entendiendo por figura el todo en la parte. Pues dice, en testimonio de la fuerza y sabiduría de Dios, que hizo la tierra y el cielo, que es decir todas las cosas, que la Sagrada Escritura suele comprender en estos dos nombres, como se ve en el libro de la criación al principio.

Y del cielo dice que le extiende, y de la tierra que la tiene colgada, y a la tierra colgada en nada, y al cielo extendido en vacío, en que da a entender de Dios, ser tan sabio como es poderoso. Porque el criar es poder, y el criar en la forma como crió es sabiduría grandísima; que a la tierra pesadísima sostiene como colgada en el aire, sin apoyo y sin arrimo ninguno, y al cielo tiene extendido, no en otro sujeto alguno, sino en el mismo vacío.

Dice más:

8. Recoge en sus nubes las aguas, para que no desciendan a una. Maravilloso testigo es de lo que sabe y puede Dios, el negocio de las nubes y lluvias; y ansí Job por este fin hace memoria dél luego, después de la criación de las cosas. La tierra es seca de suyo, y el sol que la rodea y mira siempre, la seca; y ansí para el refrigerio de los que en ella viven, y para el sustento de todos, fue necesario que fuese regada. Para lo cual ordenó Dios que la agua subiese en alto, y se espesase en nubes encima del aire, y se derritiese otra vez en ellas y cayese hecha lluvia, para que las nubes defendiesen del sol, y la lluvia regase y humedeciese la tierra. Y pareciendo no ser posible que la agua, más pesada que el aire, se pusiese sobre él, halló Dios forma como adelgazarla y alivianarla en vapores; y a ese mismo sol que secaba y agostaba la tierra, hizo ministro para sacar de ella lo que la defendiese de él y amparase: que el sol levanta el agua a las nubes, y las nubes, dejándola caer, mitigan y templan su ardor. Y porque, adelgazada el agua ansí, pudiera subir tan alto, que no fuera después de provecho, templó y compuso el aire en tal forma, que llegada a cierta parte dél, se detuviese, y con el frío de aquel lugar se espesase la que iba hecha humo con el calor, y espesándose, cobrase cuerpo, y, vuelta a su primera forma y peso, cayese.

Y dispuso las cosas con tal providencia que se derritiese poco a poco, y hubiese quien la detuviese y dividiese en el aire, para que no viniese al suelo toda junta y de golpe, que fuera anegarle, sino en gotas menudas.

Pues dice que recoge, o, según el original, propiamente que ata en sus nubes las aguas; porque las que subían sueltas y esparcidas y hechas vapores, volando con el arte que dicho habemos, las recoge y las aprieta y las espesa y, como él dice, las ata en las nubes, reduciéndolas a su forma propria y dándoles peso, con el cual comienzan a descender, no a una ni de golpe, sino deshechas en partes pequeñas.

O como otra letra dice, no es rompida nube so ellas, esto es decir, que aunque las ayunta y espesa en las nubes, y quitándoles la ligereza primera las vuelve pesadas, mas hácelo de manera que con todo aquel peso suyo no rompen rasgadamente las nubes, sino cuélanse y distilan por ellas.

Prosigue:

9. Aprehende faces de asiento, y esparce niebla suya sobre él. Asiento llama, o silla o cadira de Dios, según algunos, al cielo, y según otros, al sol, de quien David en el Psalmo dice que puso Dios en él su morada y su tienda. Pues entre otras obras grandes de naturaleza, dice que Dios hace ésta también, que aprehende, o como otros trasladan, ase y toma, o será mejor decir ocupa, y como de los espejos decimos, empaña las faces claras de él, o cuando le eclipsa, poniendo entre él y nosotros la escuridad de la luna, o ciertamente cuando levanta y extiende por todas partes la niebla; que todo ello es hecho por maravillosas y secretas maneras. Y ansí la Escritura en diversas partes, diciendo las alabanzas de Dios, hace mención de estas obras, como en el Psalmo David dice: Envía su cristal como en pedazos, esparce como ceniza su niebla.

Y de la que se sigue, que es:

10. Con término cercó en derredor la faz de las aguas, hasta que la luz y las noches se acaben; en que pone el freno que Dios a la mar puso, para que no se extienda y anegue la tierra, también hace David mención en el Psalmo: Linde, dice, que no traspasarán, pusiste a las aguas; no volverán a cubijar la tierra. Y Salomón en los Proverbios diciendo: Cuando ponía su término al mar, cuando daba a las aguas ley que no pasasen sus rayas.

Y dice más:

11. Columnas de cielo tiemblan, y se espavorecen a su increpación. A la increpación entiende, esto es, al mandamiento de majestad y a la voz llena de autoridad señoril, con que dijo y hizo Dios que se apartasen las aguas; a esta voz de Dios, dice, que temblaron los cielos. Y es digno de considerar que las más de las veces que de este apartamiento del mal y descubrimiento de la tierra hace mención la Escritura, dice haber sido hecha mandándolo Dios con increpación y tronido espantoso.

El Psalmo que agora alegamos decía: A tu increpación huyeron, y a la voz de tu tronido temblaron. Y es verdad que, cuando la tierra sumida en el agua en el tercero día demostró su figura, mandó y dijo Dios que se apartasen las aguas. Ayúntense, dice, las aguas en un lugar, y parezca la tierra. Mas como dijo esto, se escribe haber dicho otras cosas: que resplandeciese la luz, que el firmamento se hiciese, que produjese la tierra plantas, el cielo estrellas, el suelo y agua aves, animales y peces. Y siendo ansí, sólo este dicho y mando y sola esta voz que puso freno a las aguas es significada con nombre de espantoso ruido; o por mostrar que esta obra, cuanto es de su parte, era señaladamente dificultosa, o por ventura porque en el hecho no se hizo sin grandísimo ruido y estruendo. Porque si como algunos dicen, se hizo consumiendo parte de ellas el sol, grande fue sin duda el calor que en tan breve tiempo hirvieron, y el hervor y las olas de un elemento tan grande sonó espantosamente sin duda. Y si, como otros dicen, nació de bajarse en algunas partes y recibir las aguas la tierra, cierto es que la tierra con sus temblores se sume, y que el temblar y el sumirse y el caer en una parte, y el levantarse en otra los montes, no se hace sin estampido y espanto.

Mas dice en la misma razón:

12. En su fortaleza ayunta los mares, y con su saber hirió al soberbio; y podemos decir la soberbia, entiéndese de las aguas y de los mares que cubrían por todas partes la tierra, que fue sin duda obra de grandísimo poder y saber. Y donde decimos ayunta, podemos decir divide, y en el mismo sentido, porque eran antes un cuerpo contino, que tenía dentro de sí la tierra sumida, y ansí el ajuntarlas en una parte para que se descubriese el suelo en otra, fue dividir la continuación que tenían.

Va más adelante, y concluye:

13. Su espíritu adornó los cielos, y negociando su mano, salió la torcida culebra. O como el hebreo dice: Y formó con su mano al culebro que huye. Lo cual pertenece a la obra del cuarto día, en que formó la luna y el sol y las estrellas del cielo, el Norte y el Carro, y la Culebra que entre ellos se tuerce y da vueltas en la forma que hace las veces que huye.

Y dice que su espíritu hermoseó o es hermosura de los cielos; porque, aunque todo el ser, y el ser bueno es de Dios, en la obra del cielo resplandece más su saber; y las otras obras son de las manos de Dios, mas la de las estrellas y sus movimientos es de su ingenio y espíritu.

Y dicho esto, concluye el capítulo, y dice:

14. Ves; éstas son partes de sus carreras, y cuán pequeñita palabra oímos de ello; el tronido de su grandeza, ¿cómo será percebido? Las carreras de Dios son sus obras, y estas que ha referido son una partecilla pequeña de ellas, porque son las naturales solas, y no todas, y ésas no especificadas, sino dichas en figura y en sombra. Y por esto dice que éstas son partes de sus carreras, y porque son pocas dice que son pequeñita palabra, y porque aun ésas no se declaran ni entienden bien, dice que las oímos apenas. Que sus obras todas y el tronido de sus grandezas, ¿quién lo sabe, o de quién podrá ser percebido? En que, a lo que entiendo, miró no solamente a las obras naturales que Dios hizo en lo secreto del cielo, en la creación de las ángeles, en sus hierarquías y órdenes, que son mayores mucho que estas visibles, y ni las sabemos aquí ni las podemos saber perfectamente, sino miró también, y con más atención, a lo sobrenatural que había de hacer Dios por el hombre, a su Encarnación, a su vida, la forma del humano rescate, a su Resurrección, a la nueva del Evangelio, a la conversión de las gentes, al suceso de la Iglesia y remate del mundo, y justicia y gloria de sus escogidos, que en comparación de éstas, todas las demás son menores. Porque antes que fuesen, no cayeron en la imaginación de criatura ninguna, y después de hechas y cuando fueron oídas, espantaron al mundo.

Por lo cual, dice, que el tronido de sus grandezas, ¿cómo será percebido? Que como el tronido viene sin pensar, y estremece los corazones sonando, y cría en ellos pavor y maravilla de Dios, ansí la voz del Evangelio no pensada, luego que sonó, se pasmaron las gentes. Y oír los hombres, que nació Hombre Dios, y que se puso en la cruz por los hombres, y que resucitó inmortal de los muertos, y que vive Señor de todo lo criado en el cielo, y ver la osadía con que unos pocos y pobres decían a voces que erraba en sus religiones el mundo, y cómo se oponía a los sabios y a los reyes de él una humildad tan desnuda, y cómo muriendo vencía, y derramando su sangre hacía gente, y ver tanta virtud en una palabra tan simple que, llegada al oído, penetrase luego a lo secreto del alma y, entrada en ella, la desnudase de sí y de sus más asiduos deseos, y la sacase del ser de la tierra, y le diese espíritu, ingenio y semblante divinos, y hollando sobre cuanto se precia viviese moradora del cielo; maravilló extrañamente sin duda a los que lo oyeron, puso a los que lo vieron en espanto grandísimo, crió admiración de Dios, y de contino la cría en los que la experimentan en sí. Grande es en todo Dios, pero en este hecho es grandísimo.

De las otras obras suyas es algo, aunque es poco, como dice Job aquí, lo que se entiende; pero en éstas la menor parte de ellas vence todo entendimiento y sentido. Y si en el criar del mundo extendió sobre vacío los cielos, y cuelga y sustenta sin ningún apoyo ni arrimo la tierra; si recoge en las nubes las aguas, si escurece el sol a veces y esparce por el aire la niebla; si puso término al mar, si le recogió a lugar cierto, si quebrantó su soberbia, y finalmente, si hermoseó con sol y estrellas el cielo, eso mismo con mayor maravilla y más nueva hizo en esta otra orden y linaje de cosas.

Adonde, sin ninguna duda, en los sujetos de nuestros corazones y almas tan viles de sí y tan vacíos de todo bien, extiende y desplega los cielos, poniendo las riquezas y bienes de ellos en vasos tan vacíos de bien, y como el Apóstol decía, un tesoro inmenso en vasijas de lodo. Y la tierra nuestra, que es cuanto tenemos de ser pesadísimo de suyo y inclinado a polvo y bajeza, lo sustenta y lo trae colgado en nada, y como si dijésemos, sin llegar a la tierra. Porque hace en los suyos, que sin apoyo de ningún consuelo visible y sin llegar al suelo los pies, aun lo que es tierra en ellos ande levantado en espíritu y el cuerpo viva como no cuerpo en mil cosas, de que vuestra reverencia tiene muchos ejemplos domésticos.

Mas esto quédese agora aquí y sigamos nuestro propósito.

Capítulo XXVI exposición