El libro de Job: Capítulo 28 exposición

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El libro de Job
Capítulo 28 exposición
de Fray Luis de León


Muchas veces antes de este capítulo ha dicho Job que estos sus amigos no le entendían, y que se descartaban mucho de la verdad. Y en el capítulo que luego pasó, por esta ocasión se declara y les dice lo que de sí y de Dios siente, y del castigo que en los malos hace declara el tiempo y el modo, y les descubre lo que en esto entiende y les advierte que, si la porfía y su poco saber de ellos no les cegara, lo supieran y entendieran también, y siempre los nota de poco advertidos y sabios.

Mas es dificultoso caso, dice agora, hacer sabio al que es necio. Todo, dice, por raro, por ascondido, por dificultoso que sea, puede ser hallado y se halla; mas el saber, si Dios no le da, ni se halla ni se compra. Y en esta sentencia gasta todo aqueste capítulo, extendiéndose por manera elegante y poética en referir muchas cosas ocultas que vienen a luz finalmente, y que la industria humana tarde o temprano las halla y descubre, y en mostrar cómo no es ansí en lo que al saber toca; que el haberle a las manos, si de Dios no viene, es negocio dificultoso o del modo imposible.

Y dice ansí:

1. Tiene la plata su vena, y lugar el oro; esto es, los metales más preciosos, la plata y el oro, tienen sus venas y sus lugares ciertos, donde el hombre los halla.

2. Y hierro del polvo se toma, y piedra desatada con calor metal. Y el hombre, dice, del polvo saca el hierro y saca el cobre, hundiendo y desatando con fuego una cierta vena de piedras; porque la materia de estos metales son un género de piedra y de tierra. Por manera que todos ellos, ansí los preciosos como los más usuales, los duros y los blandos, al fin se hallan, y el hombre sabe y ha descubierto su origen, y no hay cosa tan ascondida que no venga a luz a su tiempo.

Y ansí dice:

3. Tiempo puso a tiniebla, y todo fin considera, piedra de escuridad y sombra de muerte. Tiniebla llama lo oculto y muy encubierto, y fin llama lo muy acabado y perfecto, como en la letra original se demuestra. Piedra de escuridad y sombra de muerte llama a las piedras preciosas ascondidas en el corazón de la tierra, donde la escuridad reina y la sombra de muerte, que ansí llama la Escritura por encarecimiento las muy espesas y escuras tinieblas.

Y esto postrero es declaración de lo que antecede en esta manera: Todo fin considera, esto es, piedra de escuridad y sombra de muerte. Por manera que, según afirma, ni las cosas muy ocultas están siempre en tinieblas, sino hasta un cierto término, y a su tiempo todas parecen y se descubren; ni menos las muy acabadas y preciosas dejan de ser vistas y halladas, y el ingenio del hombre y su trabajo lo halla y inventa, o la naturaleza misma y la fuerza y orden de las causas lo saca a luz y lo descubre.

Como es lo que añade:

4. Divide arroyo de pueblo peregrino, a los que olvidó el pie del mendigo, a los inaccesibles, que es razón falta y se ha de suplir, que también éstos vienen a conocimiento y a luz. Esto es, que los que olvidó el pie del mendigo, conviene a saber, los no conocidos y aquellos a quien ningún caminante aportaba, y que estaban fuera y lejos de todo comercio, o por disposición de la tierra o por algún arroyo que los dividió de los que peregrinando navegaron a partes diversas, no estarán encubiertos siempre, y vendrán a noticia de todos y por suceso de tiempo serán conocidos.

Y llama arroyo, por diminución a la mar y a los ríos muy caudalosos, que suelen dividir y estorbar el común trato y comercio. En que el original está perplejo y escuro, y ansí otros traducen: Sale arroyo de commorador; olvidadas del pie, alzadas más que hombre, movidas son. Aunque ambas letras miran a un mismo propósito, porque ambas significan alguna cosa, que primero estuvo oculta y después conocida y descubierta. Que esta postrera dice que, en los lugares cultivados y morados y que se tenían por secos, el agua que el suelo encubría le rompe, y sale afuera tan abundante y tan honda, que ni se apea ni puede vadearse por su grande altura. Sale, dice, arroyo (ansí llama con nombre particular a cualquier golpe grande de agua) de commorador, esto es, en el mismo suelo y parte adonde la gente moraba; olvidadas del pie, conviene a saber, sus aguas, para decir que son en grande abundancia; y decláralo con lo que añade, diciendo alzadas más que el hombre.

Mas la primera letra, que es más verdadera y más cierta, a lo que yo juzgo, señala como con el dedo el descubrimiento del Nuevo Mundo, que en la edad de nuestros padres se hizo, y es profecía manifiesta dél, puesta aquí con grande propósito. Porque pretendiendo Job mostrar que sólo el saber ni se compra con dinero ni se halla por artificio, y que todo lo demás con el tiempo lo descubre y lo halla la industria, no pudo decir más señalada cosa ni más eficaz, para la prueba de lo que decía, que certificar que los hombres descubrirían con el tiempo un mundo entero por tantos millares de años ascondido y cubierto. Pues dice: Divide arroyo de pueblo peregrino, a los que olvidó el pie del mendigo, a los descaminados; es razón que está falta, y estará entera añadiendo, los cuales serán conocidos; esto es, que los que olvidó el pie del mendigo, conviene a saber, del caminante trabajador, que es decir aquellos a quien nunca aportó nadie, ni los conoció ni los vio.

Y dice mendigo, en uno de dos sentidos, o porque los pobres que mendigan lo penetran y andan todo, o por figura, llamando mendigos a los mercaderes codiciosos, que la hambre y la mendiguez del dinero los lleva por las mares a regiones extrañas y apartadas, sin dejar un lugar ascondido. Y como el versillo del poeta dice:

Se lanza, por huir de la pobreza,
por la mar, por los riscos, por el fuego.

Y decláralo más diciendo a los descaminados, esto es, a los que estuvieron fuera y apartados de todo camino y comercio no conocidos ni vistos. Y a los que divide el arroyo, esto es, un mar inmenso, que le llama ansí por diminución, según costumbre poética. Y los divide, dice, del pueblo peregrino, esto es, de los españoles, que entre todas las naciones se señalan en peregrinar, navegando muy lejos de sus tierras y casas, tanto que con sus navegaciones rodearon el mundo. A éstos, pues, dice, aunque tan apartados y ocultos, el tiempo los descubrirá, y el ánimo de los hombres osado y dispuesto a peligros.

Y añade:

5. Tierra do nacía pan, en lugar dél es deshecha con fuego. Que, o se puede entender en general en manera que diga que el fuego, cubierto en las venas de azufre que cría la tierra, revienta al fin afuera y se descubre encendido con el aire, y rompe el suelo sembrado por encima de mieses, y le destruye; o lo entenderemos en particular del Nuevo Mundo, de que agora, como dijimos, hablaba, y que sea ansí esto, como lo que en algunos versos se sigue, una demostración de sus cualidades y de otras cosas secretas que han descubierto en él la diligencia de los nuestros hombres. Y que como dijo que vendría a nuestra noticia los que la mar apartó de nuestro comercio y la tierra por ninguno conocida y sabida, diga, como pintándola, que es tierra adonde el fuego ascondido en las cavernas de ella rompe de improviso y sin pensar, y sale afuera en muchos lugares, por los muchos volcanes que en ella hay y se descubren de nuevo; o verdaderamente quiere mostrar la causa de que tuvo principio el estar tan apartado de nuestra región aquel mundo, que estuvo con el nuestro continente, o a lo menos más cercano a él, como de Platón se colige en el diálogo intitulado Athlante. Porque o lo apartó la mar, anegando la tierra de enmedio, o el fuego, que abrasó la misma tierra y la deshizo y abajó para que el mar la anegase, como acontenció en la región de Sodoma, o ambas cosas juntamente.

Y diga por ella también lo que añade:

6. Lugar de zafir piedras suyas, y polvos de oro a ella. Esto es, que es lugar donde las piedras son zafires y los polvos oro, para declarar la abundancia de piedras preciosas que en ella hay, y la copia del oro que entre sus terrones se halla, que, como es notorio, es grandísimo.

Y por la misma manera:

7. Senda no la conoció la ave, ni la vio a ella ojo de buitre, lo dice para mostrar cuán encubierta estaba y cuán alejada aquella tierra, que ni las aves que peregrinan y pasan con facilidad de unas tierras a otras, ni entre ellas los buitres, que sienten muy de lejos y vuelan en breve tiempo por diversas regiones, volaron jamás a ella, ni la conocieron ni vieron.

Y como dice:

8. No la hollaron hijos de mercader, no pasó leona por ella, esto es, ni tampoco los mercaderes y trajineros, a quien nada se asconde y que traspasan, llevados de su codicia, los mares y que penetran hasta sus postreros rincones la tierra, no estamparon su pisada en ésta, ni la leona pasó por ella. Y porque dice leona, en esta postrera parte, en la primera de este verso otros traducen: No la hollaron los hijos de los animales fieros, y el original dice, los hijos de los soberbios, y significa que, por la distancia y apartamiento que entre nosotros y ella hay, no la vieron ni las aves volando, ni caminando los animales fieros, a quien es más natural el discurrir y vaguear por diferentes regiones.

Pues dice:

9. A pedernal tendió su mano; trastornó montes de raíz; diciendo que esta tierra tan alejada, tan no sabida y por tan luengos siglos tan encubierta, puede venir y vendrá de hecho a la noticia de todos; y los hombres no solamente la hallarán, sino en ella descubrirán muchas y muy preciosas cosas que en sí tienen encerradas y ocultas.

A pedernal tendió su mano, esto es, pues esta tierra ascondida vendrá a ser hallada, y el que la hallare tenderá en ella su mano al pedernal. Trastornará los montes de raíz, esto es, horadará las peñas y los montes, y los trastornará en busca y en seguimiento de las minas y de las vetas ricas de los metales, como de hecho ha pasado. Y dice pedernal, porque la veta de la plata de ordinario va entre dos peñas que son como su caja, de las cuales la una suele ser durísima como pedernal. Y dice que trastornará los montes hasta la raíz, porque como Plinio dice, hacen agujeros los que siguen las minas, y callejones en lo profundo, y barrenan por grande trecho los montes y entran hasta las entrañas del suelo.

Y añade:

10. En riscos hace salir ríos, y todo lo precioso vio el ojo suyo. Porque acontece, cuando se ahonda la mina, dar en agua, que se ha de sacar por artificio y hacer arroyos de ella, para labrar adelante, como en la mina [Baebelo] en España, de que Plinio hace mención, y en muchas de las que agora el Nuevo Mundo descubre. Y porque habla de estas minas, añade y todo lo precioso vio el ojo suyo, porque es incomparable su riqueza y mayor que ninguna otra pasada. Que como se sabe por cuenta cierta, de las minas de sólo un cerro que llaman de Potosí, en el Pirú, hasta el año de 85 desde el de 45, que son cuarenta años escasos, ha valido su quinto ciento y once millones de pesos de a trece reales cada uno. Por manera que ha dado en este espacio de tiempo quinientos y cincuenta y cinco millones, sin lo que se hurta al registro.

Más dice:

11. Lo profundo de los ríos escudriñó, y lo ascondido sacó a luz; que es otra cosa que en estas nuevas tierras, en la pesca de las perlas hacen los hombres, calando las aguas de los ríos y buscando en sus secretos las perlas. Y finalmente dice todo lo ascondido sacó a luz, que es la sentencia general que pretende manifestar por todos estos particulares que cuenta; conviene a saber, que todo cuanto hay, por escuro y dificultoso que sea, el hombre lo descubre y alcanza. si no es lo que añade luego, diciendo:

12. Y la sabiduría, ¿adónde será hallada? ¿Y cuál el lugar del entendimiento y saber? ¿Quién la hallará? Esto es, nadie la hallará, ni hallar puede por sus fuerzas y industria; que el preguntar ansí es demostrar lo que se pregunta ser del todo imposible. Pues dice la plata se halla en sus profundísimas venas, y el hombre sabe el lugar do está el oro, tiene arte para hacer del polvo hierro y para desatar en cobre las piedras; llega a los abismos adonde nunca entra el día, adonde reinan siempre noche y espesas tinieblas en seguimiento de los metales preciosos. Un mundo nuevo, apartado de nuestro comercio por medio de mares inmensos, no sabido ni aun de las aves y ascondido del todo a nosotros, hallará la diligencia y osadía del hombre, y, hallado, trastornará los montes dél y barrenará las peñas y calará los ríos y sacará de sus entrañas no creíbles riquezas. Todo lo puede alcanzar; mas la sabiduría no, si no le viene del cielo. No hay, dice, veta que produzca saber, ni se cría en mina ascondida, ni hay lugar ni río hondo que en sí la contenga.

Porque dice:

13. Ignora hombre su precio, y no será hallada en tierra de vivos, esto es, vale más de lo que el hombre estimar puede, y ansí no se halla en esta tierra donde vivimos; como diciendo que no es fructo de esta tierra, ni que tiene comparación con lo que en ella nace.

Y dice más en el mismo propósito.

14. Abismo dijo: No en mí ella. Y mar dijo: No está conmigo. Porque no se asconde y encubre ansí como los tesoros de esta vida ascondidos, que ni en la tierra la encubre en sus entrañas ni las aguas en sus abismos. Y el decir, Abismo dijo: No en mí ella, es figura de hablar poética, que da palabras a lo que no tiene sentido.

Prosigue:

15. No se dará oro de Tibar por ella; no se pesará a plata su precio, esto es, ni se hallará en lo ascondido ni se podrá comprar por ningún precio. No es cosa que se compra con plata ni con oro.

Y es lo que añade lo mismo:

16. No se apreciará con colores de India; con zafir o precioso sardonio. Por colores de India, el original dice con oro de Ofir, que es región de la India oriental, según algunos dicen, cuyo oro es finísimo. Ansí que ni se compra con oro fino ni con diamante precioso el verdadero saber.

Y ansimismo:

17. No la igualará oro y cristal, ni trueque suyo vasos de oro fino. Ni menos lo que luego se sigue:

18. Lo alto y lo eminente no será mentado en su comparación, y tráese de lueñe el saber. Por lo alto y eminente otros trasladaron: Corales y perlas no serán acordados, y atraer sabiduría más que margaritas. Corales llama altos, porque se levantan debajo del mar en el suelo. Pues ni ellos ni las perlas valen para adquirir el saber; porque dice tráese de lueñe, que en la lengua de la Escritura, como en el capítulo último de los Proverbios se ve, significa lo raro y en esta tierra casi no visto, lo que ciertamente no procede ni nace de ella, sino de causas mayores.

Y por eso la Sabiduría, como dice:

19. No iguala con ella topacio de Etiopía, y tinturas purísimas; y según otra letra, oro purísimo no se iguala con ella. Pues si ni con riqueza se compra, ni en esta tierra se halla, ¿dónde se hallará?

Como luego dice:

20. Y sabiduría, ¿de dónde vendrá? ¿Y cuál es el lugar del entender? En que repite la pregunta que hizo en el verso 12 de arriba, para mayor demostración de cuán dificultosamente se halla.

Y para esa misma demostración sirva lo que luego añade, y dice:

21. Ascondióse ella de los ojos de todo viviente, y a las aves del cielo está oculta.

22. Perdición y muerte dijeron: En orejas nuestras oímos su fama. Adonde lo que dice de la perdición y muerte, entendiéndolo sencillamente, es decir, que ni los muertos conocen la sabiduría; que como hizo mención de los que vivían, juntó con ellos luego los muertos, para negarlo de todos y decir que ni los unos ni los otros tienen de ella noticia. Porque decir en nuestros oídos oímos su fama, es negar la vista de ojos, y es decir de los muertos lo mismo que decía de los vivos, esto es, que estaba ascondida a sus ojos. En lo cual comprende todo lo que es naturaleza en nosotros y todas nuestras fuerzas y ingenio y afirma que por sí mismos nunca pueden conseguir este bien. Y ansí, concluyendo, añade:

23. Dios entiende su carrera, y Él conoce su lugar. Como diciendo que Dios sólo sabe su morada y conoce el camino que guía a ella, que es decir por rodeo que solamente Dios es el sabio y la fuente del saber y el maestro de la sabiduría verdadera.

Lo cual prueba lo primero, porque:

24. Él mira hasta fines de tierra, y debajo todos los cielos ve. Porque dice Él lo ve y penetra todo; que la causa del poco saber nuestro es la estrechura de nuestro ingenio y la corta vista que tenemos, y el no poder abrazar juntamente ni comprender la orden que entre sí tienen las causas, ni la eficacia suya toda en respecto de sus efectos. Mas Dios es perfectamente sabio porque juntamente lo alcanza todo y lo ve, ansí las causas como la orden y fuerza de ellas, con todas sus correspondencias y diferencias. Que eso es ver hasta los fines de la tierra y mirar debajo de todos los cielos, conocer con noticia clara lo alto y lo bajo y penetrar universalmente por todo. Y ésta es la probanza primera.

La segunda es que:

25. Cuando dio peso a los vientos, y pesar con medida a las aguas;

26. Cuando hizo ley a la lluvia, y camino al relampaguear de los truenos;

27. Entonces la vio, y la refirió; aparejóla, y trújola a luz. Porque criando las cosas Dios y ordenándolas en la forma que vemos, probó clarísimamente la grandeza incomparable de su sabiduría y demostró ser sabio a la clara. Entonces la vio y relató y la trajo a luz, porque allí la descubrió y hizo que en él la viésemos todos.

Cuando dio, dice, peso a los vientos y medida a las aguas, esto es, puso en su lugar cada cosa y le dio su orden y medida cierta. Y dice de la lluvia y del relámpago y trueno, entendiendo por esta obra todas las obras, y mentando ésta solamente por las muchas maravillas de naturaleza que encierra en sí ella sola. Pues entonces la vio, porque nos hizo verla en él, y la refirió, porque nos dio licción de ella a nosotros.

Y la licción es lo siguiente:

28. Y dijo al hombre: Ves; temor de Dios, ésa es sabiduría, y el esquivar lo malo saber. Porque en el ser que dio a las criaturas y en la manera como las ordenó y en la ley que les puso, nos enseñó que nuestro bien y saber verdadero consiste en reconocer su ley y en cumplirla. Que si crió a todas las demás cosas con orden, y si las compuso entre sí con admirable armonía, no dejó al hombre sin concierto, ni quiso que viviese sin ley ni que hiciese disonancia en su música. Y si a todo para su bien le es necesario que conserve el lugar en que le puso Dios y guarde su puesto y responda debidamente a su oficio, y si en saliendo de orden perece, notificado y sabido queda que, en la guarda de las leyes que le son dadas, se contiene la bienandanza del hombre; y si en esta observancia está puesto su bien, estará forzosamente colocado su verdadero saber en el conocimiento que trae a ejecución estas leyes.

Pues entonces, esto es, en esa misma creación y composición de las cosas, dijo con las obras mismas, como con voz poderosa: Entonces, cuando dio peso al aire y puso al agua en medida y determinó su razón y tiempo a la lluvia y tronido (que con particular advertencia no dice, cuando crió las aguas y produjo los vientos y dio ser a los truenos, sino dice, cuando les dio peso y ley y medida, para en esta ley abrir los ojos al hombre para el conocimiento y prueba de lo que luego le dice), pues en este concierto universal, cuando Dios le compuso, como en espejo clarísimo, demostró al hombre con el dedo Dios, y le dijo: Ves, esto es, aquí puedes bien claramente entender que tu bien es guardar mi ley y tu saber conocerla; aquí conocerás que tienes ley cual los otros; aquí verás que por medio de ella, como las demás criaturas, consuenas con todas las partes del mundo; aquí entenderás que, si la quebrantas, disuenas de ellas y las contradices y las conviertes en tus enemigas; de aquí está clara la causa de tu perdición y salud, pues es necesario carecer del favor de todas, quien con todas se desordena, y perder la ganancia quien desata la compañía. Ésta es tu escuela; aquí está tu enseñanza, tu saber y tu doctrina; es hacer y conocer sólo esto. Y como a las demás criaturas les imprimí en su ser la ley que siguen, ansí te di sentido a ti para que comprendas mis mandamientos; y como las demás siguen su intento, ansí tu sentido es para emplearlo en mi ley; y como en ellas todo su oficio y ejercicio es aquel seguimiento, ansí en este empleo consiste todo tu saber y tu vida. Tu sabiduría, pues, es saber guardar tu ley; y tu ley es que huyas de lo malo y me temas, esto es, me sirvas y no me ofendas; cumplas lo que mando y no hagas lo que vedo. Ansí lo conozcas siempre y lo pongas en ejecución de contino.


Capítulo XXVIII exposición