El libro de Job: Capítulo 37 exposición

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El libro de Job
Capítulo 37 exposición
de Fray Luis de León


1. Y también sobre esto se espeluzó mi corazón, y fue desquiciado de su lugar. Por las obras maravillosas que Dios en la naturaleza hace, en el fin del capítulo pasado comenzó Eliú a mostrar su saber y grandeza, para criar en el ánimo de Job la reverencia y temor de Dios, que a su parecer le faltaba, y para apartarle de escudriñar sus juicios; y lo mismo para el mismo fin lleva agora adelante. Y porque había dicho de las nubes y de las lluvias, dice de los truenos y rayos y relámpagos.

Y de los truenos primero, y dice ansí: También sobre esto se espeluzó mi corazón. Como diciendo, allende de lo dicho, y en esto mismo que dicho he, hay otra cosa maravillosa y de espanto, ansí para el sentido cuando lo oye, como para el ánimo siempre que considera la razón y causa de ello.

Que es:

2. Oiréis con temblor voz suya, y sonido que de su boca procederá: como si dijese que, entre estas nubes y lluvias que Dios ordena y envía cuando menos pensáis, abre el Señor la boca con extraordinario ruido y suena, y oiréis su voz espantable y temerosa. Que llama voz de Dios por encarecimiento a los truenos, ansí por su grandeza de estruendo, como por sonar a nuestro parecer en el cielo, sin causa descubierta y que se vea. Y prosigue diciendo las cualidades del trueno, y lo que le antecede y se le sigue.

Dice:

3. Debajo de todo cielo considera él, y su luz sobre fines de tierra. Quiere decir, que primero que el trueno, o venga él o Dios le envíe, abre los ojos y mira súbita y brevísimamente todo lo que el cielo cubre desde Oriente a Poniente. Y cuando dice que mira o considera él, o habla del trueno y dale persona y sentidos, careciendo de ellos, por figura poética; o habla de Dios, y dice que mira o considera, también figuradamente, aunque en otra manera. Porque el mirar o considerar, que aquí se atribuye o al trueno que suena o a Dios que le envía, no es propriedad, sino semejanza para declarar el relámpago, que luce antes que el trueno suene; que se manifiesta por lo que luego se dice, y su luz sobre fines de tierra.

Por manera que el considerar es enviar su luz, que es el relámpago que nace con el trueno y llega a nuestros oídos primero; y el relampaguear o el rasgar el trueno las nubes y dar salida a su luz, es como un abrir el trueno los ojos y descubrir los rayos de ellos y enviarlos delante y como guía suya, primero que él venga, vaya reconociendo el camino por donde ha de venir. Que la carrera que ha de pasar el trueno, el relámpago en nombre suyo la pasea y considera primero; y ansí dice otra letra, debajo de todo el cielo enderazamiento y camino suyo.

Y ansí dice:

4. Después dél bramará tronido; tronará en voz de su magnificencia, y no será buscada cuanto fuera oída su voz. Después dél, esto es, después de esta luz del relámpago, y después de haber con ella visto bien la carrera, bramará el tronido luego; porque para nosotros el relámpago es visto primero, y el trueno oído después.

Pues dice que bramará, porque es sonido espantoso; y por el mismo fin añade que tronará en voz de su magnificencia, para declarar que es como una voz terrible y grandísima. Y dice que no será buscada cuando fuere oída su voz, para decir la velocidad con que pasa, y para significar que, pasada, no deja rastro de sí, y que aunque entendemos de dónde vino, no sabremos señalar la parte por do vino ni adónde pasó; o porque, como otra letra dice, no la detendrá cuando fuere oída su voz; esto es, no será nadie poderoso, cuando sonar quiere, para que el tronido no suene, ni es parte nadie para atapar la boca al cielo, cuando la abre para despedir la voz de este son.

Después dél, dice, bramará tronido. En la naturaleza, y según lo que pasa en el hecho de la verdad, primero es el trueno y después el relámpago, porque el relámpago para salir rasga la nube, que rasgándose hace aquel estampido; y como es primero rasgarla que salir fuera della, ansí es primero el tronar que el relámpago. Mas en nosotros es al revés, porque la luz es más ligera que el son, y Eliú habla según lo que sentimos nosotros; y habla según la verdad del sentido secreto que en esto visible se encubre. Porque, sin duda, en el cielo espiritual, cuando influye en un alma estéril para hacer que dé fruto, primero luce, y después truena y juntamente llueve, y habiendo tronado, crece con más copia la lluvia; ansí como en la naturaleza pasa, según lo que mentamos y vemos. Porque ansí como la fe es la primera, y el entender es la puerta para entrar a la voluntad, ansí forzosamente la luz es la que primero entra en el alma ciega y sepultada en tinieblas, y la alumbra y hace que vea en un momento el suelo y el cielo, a sí y a Dios, la vileza y bajeza suya, y la alteza y mansedumbre de los bienes que pierde; y como dice Eliú, hace que considere debajo de todo el cielo, y su lumbre vaya sobre alas de tierra, o como otra letra dice, sobre sus términos. Porque ve el hombre entonces por medio de un relámpago súbito y de una representación clara y brevísima los fines de la tierra y sus alas, quiere decir, en qué para lo que en esta tierra de miseria se estima, y su ligero vuelo con que se desparece en un punto.

A lo cual se sigue luego un trueno de temor espantoso, que deja asombradas y temblando todas las fuerzas del alma; un tronido que dentro della se oye diciendo: ¡Ay, perdida!; y ¿qué he dicho? De lo pasado, ¿qué tengo? Y en lo venidero, ¿qué esperanza me queda? Espanto, asombro, temblores, voces de amargura, representaciones de muerte y tormento perpetuo, que desmenuzan el corazón y sumen en el abismo el sentido.

Mas entre esta luz y tronido, entre este conocimiento y temblor, la lluvia de la gracia cae mansamente y desciende; y cuanto el temblor y el ruido que en el alma pasa es mayor, tanto desciende más copiosa, y ansí la baña que mucha parte de ella sale por los ojos convertida en provechosísimas lágrimas, con que se lava el corazón podrecido, y poco a poco se repara y renueva, y de estéril y inútil que era antes, se hace fructuoso y fecundo y se viste de verdor y hermosura. Ansí se vio en la luz y en la voz que derribó tanto de su perverso ánimo como de su estado a Sant Pablo, y ansí se ve cada día en mil almas.

Mas veamos lo que dice más Eliú:

5. Tronará Dios en voz suya a las maravillas: Hacedor de grandezas que no sabemos. Cada palabra tiene su encarecimiento, y todas se enderezan a engrandecer el espantoso ruido que el trueno hace. Dice tronar, que es no sonar como quiera; y dice que truena Dios, en que da a entender que es sonido grandísimo, porque todo lo que se atribuye a Dios siempre es grande. Y dice a las maravillas, porque es caso muy maravilloso, sin duda, que un poco de vapor espesado y rasgado haga tan espantable sonido.

Pero no es nuevo a Dios hacer lo que no alcanzamos los hombres, antes proprio y muy suyo, porque, como añade, es Dios Hacedor de grandezas que no sabemos. Y esto mismo, si lo pasamos al alma, ¡dichosa aquella en quien Dios truena con voz suya en la forma y manera sobredicha!, porque sin duda truena a las maravillas, esto es, para hacer en ella maravillas nunca merecidas y que solamente pueden ser hechas por Dios. Porque como sea maravilloso Dios en todas sus obras, en ninguna es tanto como en trastornar un pecho al mal entregado, y sanarle, volviéndole al amor de la justicia de la afición del pecado. Que una maravilla es buscar Dios con amor a quien en acto le aborrece y desirve; y otra, no ser en esta busca más misericordioso que justo, teniendo en ella respeto a su Hijo; y la tercera, sin forzar lo que es libre, desaficionarle y descasarle de lo que perdidamente ama, e inducirle a querer lo que ni ve ni posee; y la cuarta es la manera como le sigue y los alcances que le da, y el artificio de los medios que usa hasta meterle en sus redes. Que en lo primero muestra su bondad infinita, y en lo segundo su justicia sin término, y en lo tercero su poder amoroso, y en lo último su saber y medida.

Y por eso le llama Hacedor de grandezas que no sabemos; porque a todo saber excede la sabiduría de los medios de que Dios para este fin se aprovecha, como en lo que se sigue veremos:

Dice, pues:

6. Que a nieve dirá: Desciende a la tierra; y a lluvia de invierno, y a lluvia de lluvias de su fortaleza. Porque dijo ser Dios Hacedor de grandezas, refiere algunas naturales que hace en la tierra y el aire; y como dijo del trueno y relámpago, dice agora de la nieve y de las lluvias de invierno y verano, confesando que las envía Dios, y alabando en ellas su providencia y grandeza, que con sumo poder y saber dispuso desde su principio las causas con tanta eficacia y concierto, que a sus tiempos ordenados y proprios envíen de las nubes el agua; unas veces hecha nieve, y otras deshecha en gotas menudas de lluvia; unas mansa, y otras recia y copiosa, porque conviene ansí para la sazón de los fructos.

Dice: Que dirá a la nieve que descienda en la tierra, porque Él lo hace todo, no sólo porque desde su principio compuso las causas para ello, sino también porque, cuando se hace, concurre Él con las causas. Y dícele que descienda, o como el original dice, que esté, porque la nieve sobre la tierra, cuando cae queda como asentada reposando en ella no corriendo ni sumiéndose por el suelo, conforme a lo que el lírico dice:

Y las nieves
compuestas y tendidas,
del aire agudo en hielo convertidas.

Y distingue dos lluvias: una que llama el original nublado de lluvia, y otra que le nombra nublado de lluvias de su fortaleza. La primera es mollezna o agua mansa, como de invierno; y la segunda recia y de avenida, como son los turbiones en verano, que cada una es cual conviene ser a su tiempo. Que son diferencias que, ni más ni menos, las hace Dios en el repartir de su gracia para bien de las almas.

Porque unas veces envía nieves, esto es, disposiciones apretadas y frías, que estrechan y hielan el corazón, y hacen que estén de asiento en él y que duren días y años, para que, recogiéndose en sí, no se derrame de fuera, y para que el regalo no le desvanezca y se vaya todo en hojas y flor. Porque ansí como en la tierra las nieves, sobre los sembrados caídas, apretando el suelo y recogiendo el calor hacia el centro, hacen que se encepe el grano y que eche raíces y cobre fuerza en sí mismo, y no brote afuera sin tiempo, ansí las que Dios nieva en el alma, recogen la fuerza della a lo íntimo, y la desvían de aquesto exterior, y la esfuerzan y hacen valiente en sí misma, y la arraigan con firmeza en el bien para que después con mayor abundancia dé fructo.

Ansí envía unas veces nieve, y otras riega y baña el alma con lluvia, unas veces menuda y sosegada, que se bebe en ella y la cala y penetra dulcemente, y la enmollece y regala y hace fértil para producir fructos sanctos; otras, de golpe y de avenida y con tanta alma y desasida de aquesto visible, embriagada y como reventando y no cabiendo en sí misma, se levanta a actitudes heroicas.

Y ansí luego dice:

7. En mano de todo hombre sella, para entender cada uno en su obra. Porque quiere decir que les sella y cierra las manos por medio de esta nieve fría y de esta abundancia de gracia, para que no se ocupen en las obras de tierra en que entendían antes; y que los encierra en su casa, alejándolos de estas cosas de fuera, para que, cerrados en sí y apartados de lo que tan poco les pertenece, trabajen en la composición de sí mismos, que es su oficio y obra propria.

Y esto mismo acontece en lo natural, de que Eliú descubiertamente habla. Que como había dicho de la nieve que Dios envía, que es fría en sí y viene siempre en tiempo frío y helado, diviértese según costumbre poética, y dice lo que el frío hace. Y engrandece su fuerza por sus accidentes y efectos, diciendo que pone sello en las manos de los hombres, porque se las entorpece y vuelve ateridas y como inútiles para aprehender lo que quieren, y porque las encierra en sus casas y impide y pone estanco en sus obras, para que no entiendan en ellas. Que el tiempo helado cierra la puerta a las labores del campo, de que dice el poeta:

[Que cuando reina el frío y hielo crudo, los labradores, por la mayor parte, gozan de lo allegado, y juntamente a veces se convidan dulcemente].

Dice, pues: En mano de todo hombre sella, esto es, pone sello en las manos de todos con el rigor del frío que envía.

Para entender cada uno en su obra. Para entender quiere decir para hacer; porque en la lengua original, como en la nuestra, entender se toma por hacer, y entender en una cosa es hacerla o ponerla por obra. Y diciendo para entender, niega que puedan entender en sus obras los hombres, por estar ateridos del hielo: y niégalo por virtud de la negación que se encierra en decir que les sella, esto es, que no les deja sueltas y libres las manos.

Prosigue adelante:

8. Entrará alimaña en su cueva, en su escondrijo morará; en que dice otro efecto que el frío hace, y con que encarece diciéndole su grande fuerza. Porque vencidas de él, dice, y no pudiendo sufrir su rigor las alimañas, todas se van a sus cuevas, y en el abrigo dellas metidas en cuanto el rigor dura, pasan su vida.

O si decimos que no habla del hielo aquí, sino de los aguaceros y de las tempestades que hay en el verano de aguas, es verdad también decir que huyen entonces los animales a sus escondrijos y pasan allí en cuanto pasa la furia. Y de ambas maneras se verifica bien en lo que toca a las almas. Porque en los tiempos ásperos que Dios envía a los suyos, y en el frío de la nieve y en la avenida de los trabajos y males, lo bruto que en nosotros vive y desmandarse suele con la serenidad y blandura de los buenos sucesos, se retira entonces y encoge y verdaderamente se encubre y enflaquece y casi pierde la vida. Que para ese fin trabaja Dios y aflige a los buenos, para apurarlos, esto es, para acabar en ellos, cuanto es posible, todo lo que de razón carece o que no se sujeta a ella y quiere vivir brutamente libre y por sí.

Dice más:

9. De lo interior vendrá el turbión, y del Arturo el frío. Interior llama el Polo que se nos encubre, opuesto y contrario al descubierto que vemos, y ansimismo a las regiones del Mediodía que a él se allegan; y llámalo ansí, porque antes de agora eran regiones no conocidas. Pues de allí, dice, que viene el turbión y las tempestades de las aguas, porque el ábrego y vendaval que sopla de aquellas partes es tempestuoso y lluvioso: Y del Arturo, que es el Norte, viene el frío, porque el cierzo que nace de aquella región es frío y agudo viento.

Y ansí donde decimos Arturo, el original dice mezarim, los esparcidores, para declarar por ellos los fríos que con su agudeza y sequedad consumen los humores, y esparcen y deshacen las nubes y serenan el aire. Y cuenta esta diversidad de vientos y la diferencia de los efectos contrarios que hacen, entre las obras maravillosas de Dios, con razón justa; porque, aunque los conocemos por el sentido, si queremos dar verdadera razón dellos con el entendimiento, no la sabremos dar, ni la han dado los filósofos que son más preciados y que con cuidado se desvelaron en darla, como se mostrara a los ojos si no fuera ajeno de este propósito.

El Mediodía en la Sagrada Escritura, y el viento que del Mediodía procede, es bien recibido; y, al revés, reprobado y desechado el Norte y Setentrión; como se ve por lo que en los Cantares dice la Esposa, cuando para el bien de su huerto llama al ábrego y le ruega que sople, y al cierzo y setentrión le manda que huya. Y en otra parte dice un profeta que del Norte vendrá el mal todo. Y no sin secreto misterio Lucifer escogía al Setentrión para asiento, cuando acerca del profeta decía: [Sobre las estrellas del cielo ensalzaré mi trono; en el monte del Testamento, al lado del aquilón].

Y conforme a esto entendemos por el Norte aquí al espíritu enemigo, y al sentido de la carne mundanal y ambicioso, tan lejos del calor de la caridad que da vida, cuanto del sol están desterradas las partes del Norte; los cuales espíritus y sentidos siempre son causa del frío y de hielo en el alma, abrasando con hielo sus felices plantas, y quitándola el fruto y entorpeciéndola al bien. Y por el contrario, el Mediodía es buen espíritu, que la ablanda y enternece y la baña con la lluvia del cielo, y ansí la hace fructuosa y fecunda y lucida al alma.

Mas porque hay dos maneras de frialdad y de hielo: una, que nace del amor de las cosas sensibles, y otra, que hace Dios retirando en cierta manera el regalo blando de su presencia; una, que hace el vicio que se asienta en el alma; otra, que se descubre en ella sin culpa suya por orden maravillosa de Dios; de este postrero, ya que del primero había dicho, dice agora Eliú en esta manera:

10. A soplo de Dios se hace el hielo; y después se derraman en anchura las aguas. Que acontece en lo natural y en lo espiritual por una misma forma. Porque ansí como con el aire agudo, que es lo que llama soplo de Dios, se hiela el agua, y después, volviéndose el aire en otro más templado, se deshace y deshiela, y corre y se extiende lo que antes estaba como en cadena, ansí en esta manera de frialdad y apretura que hace Dios en el alma para bien de ella misma, retirando la influencia de su regalo y blandura, la causa della es soplo de Dios, esto es, espíritu y orden suya, ordenada toda para nuestro provecho. Y si no es espíritu regalado suyo, es espíritu sin duda amoroso porque se mueve a ello por amor, y en ese mismo acto y cuando lo hace, nos ama. Y el fin es resolverse después en anchura de aguas; porque no sigue tanto la sombra al cuerpo en el sol, como es cierta, después de una de estas frialdades y sequedades muy grandes, una copia más grande de regalos dulcísimos.

Y es ordinario en Dios, cuando nos quiere hacer algunas grandes mercedes y antes que nos las haga, tentamos primero con apreturas y sequedades por muchas razones: una, para ansí nos hacer más puros y mejor dispuestos para lo que ha de venir; otra, para renovar en nosotros el conocimiento de lo poco que somos sin Él, de manera que su memoria reciente no consienta al regalo, que luego viene, nos desvanezca; y la tercera, para que el pasar de lo amargo a lo dulce, y de la tristeza de la sequedad a la suavidad de la anchura, y del frío helado al calor amoroso, avive el sentido del bien en nosotros y haga más acendrado deleite; de arte que lo dulce nos sea más dulce, y el regalo más regalado, y el bien y el favor más gustoso, y el autor de todos estos bienes sin comparación más amable; y no más amable solamente, sino admirable y por extremo maravilloso, que con tan gran artificio y con variedad tan diversa nos templa y guisa, y hace más sabroso el bien para nuestro provecho.

Prosigue:

11. Trigo desea nubes, y nubes esparcen lumbre suya. No solamente la sementera pide nubes y lluvia, mas también las desea el trigo ya nacido y crecido, como en los meses de mayo y abril. Pues loa en esto la providencia de Dios, y cuenta, y con razón, como maravilla suya también este ordenado concierto con que acude Dios con el agua a sus tiempos, no sólo al trigo sembrado para que nazca, sino al nacido para que espigue y fructifique.

Y ansí dice que el trigo desea nubes; esto es, que tiene necesidad en el abril de sus lluvias; y porque corre entonces la necesidad, hace la orden de Dios que las nubes, entonces vengan y derramen su lumbre, que es su agua lloviendo. Y llámala lumbre, o porque la palabra original or significa lo uno y lo otro, o porque las lluvias de aquellos meses no son sin relámpagos. Y entendemos de esta doctrina, que no hay estado en esta vida tan justo ni gustoso, tan crecido y aprovechado, que no tenga necesidad de la lluvia de la gracia de Dios; y juntamente que no falta Dios, cuanto es en sí, en ningún estado a los suyos.

El trigo, dice, desea nubes; y porque es trigo, más las desea. Que los deseos de los bienes de Dios en los más crecidos y más perfectos son mucho mayores; los que están en simiente y los que están en hierba, no desean así como los espigados, ni tanto las hojas como los granos y el fructo. Y dice que en los tales las nubes esparcen su lumbre, porque lo que influye la gracia de Dios en los espíritus adelantados en la virtud y perfectos, demás de ser mucho, tiene más de luz que de regalo; porque de ordinario los regalos se dan a los principiantes, como a tiernos y flacos, y como a niños en la virtud no capaces de mantenimiento macizo.

Esto es ansí; aunque en este paso el original da lugar a otra letra que dice: También serenidad fatiga nube; hará esparcir nube de su lumbre. Que, en una palabra, es decir que algunas veces llueve bien con el cierzo, al cual llama aquí serenidad, porque de ordinario sucede, cuando sopla, causarla. Y ansí porque había dicho en el verso de antes que Dios con su soplo, esto es, con el viento cierzo soplando, helaba y apretaba las aguas, dice agora que no solamente hiela, sino que también algunas veces llueve abundantemente con cierzo.

También, dice, serenidad fatiga nubes; esto es, no siempre las deshace, sino veces hay que las fatiga, esto es, que las trae y las llama y las ocupa en su obra. Como declara luego añadiendo: hará esparcir nube de su lumbre, que es, su lluvia, como agora decíamos. Que, en lo que toca al espíritu, conviene con lo del verso pasado, donde decíamos que a la sequedad sucede siempre la lluvia, y a la apretura y frialdad de espíritu regalo y blandura de Dios. Porque lo confirma aquí y dice ser tan cierto, que la misma serenidad, esto es, el mismo cierzo causador del hielo y del frío, conviene a saber, esa misma esterilidad y encogimiento de espíritu, secretamente, y sin que el alma lo entienda, solicita a las nubes, esto es, llama y saca la lluvia, haciendo más pura el alma y más capaz para ella, y avecinándola más a Dios, el cual influye siempre y abundantemente, luego que halla sujetos dispuestos.

Y ansí luego dice:

12. Y ella en cerco se revuelve por todo el consejo del gobernador, para obrar todo lo que Él manda sobre la luz de la tierra. Porque ella es la nube, esto es, la fuente de la gracia; la cual, según el consejo de la providencia de Dios, es quien gobierna; lo cerca todo a la redonda, buscando y haciendo sujetos sobre que influya. Como en la naturaleza acontece, de que dice que no llueve poco, cuando llueve con cierzo, antes lo cercan las nubes todo, y guiadas de Dios por medio del viento, discurren y obran lo que Él les ordena sobre la haz de la tierra, lloviendo, o no lloviendo, en partes diversas.

Como luego declara diciendo:

13. O en una gente, o en tierra suya, o en cualquier lugar que su misericordia mandare se hallen. O como podemos también traducir: O para vara, o para su tierra, o para misericordia, haré que sea hallada. Porque como sea verdad que las nubes andan por todas partes, y derraman su lluvia, agora en unas y agora en otras, según la forma que Dios les ordena; mas no siempre la derraman para un mismo fin ni hacen siempre una obra, que veces llueve para castigo, y a veces para misericordia; unas lluvias anegan, otras destruyen los fructos, otras los producen y multiplican. Y ansí dice que la nube y la lluvia sirve a Dios, o de vara y azote para unos, o de misericordia y piedad para otros.

Y es lo mismo en la gracia: que su influencia unas veces castiga y destruye y anega las pasiones del cuerpo; otras, en lo alto del alma, que es propriamente su tierra, produce fructos de misericordia riquísimos.

Dice más:

14. Escucha, Job, y advierte y considera maravillas de Dios. Después que ha referido Eliú algunas de las obras maravillosas que en la naturaleza Dios hace, allégase más a su propósito y aplica lo que dicho tiene a lo que pretende decir. Y ansí, volviéndose a Job, pídele de nuevo atención y adviértele a que considere las maravillas que ha dicho, y si las ha considerado, pregúntale y dícele:

15. ¿Por dicha sabes cuándo manda Dios a lluvias que mostrasen luz de sus nubes? Que es como si más claro dijese: Si has oído, Job, lo que he dicho, y si has puesto atención, pregúntote: ¿Sabrás decirme la causa dello? ¿Podrás declararme por qué medios, con qué virtud de causas, por qué fines hace Dios lo que hace en las nubes, en las lluvias y aire? Como secretamente arguyéndole que, si esto público que Dios hace no sabe, menos alcanzará lo secreto, y reprendiéndole con este argumento, del haber querido ponerse con Dios a cuenta: ¿Por dicha, dice, sabes cuándo manda Dios lluvias?; esto es, ¿sabes cuándo y cómo y por qué llueve Dios cuando llueve? ¿Sabes en esta parte de naturaleza, que tan manifiesta parece, los secretos que Dios encierra, las causas que dispuso para la lluvia, cómo y por qué fines la alza o la envía?

Y añade: ¿Que mostrasen luz de sus nubes?; como diciendo, ¿y sabrásme decir también de los rayos y relámpagos que con las nubes y lluvias vienen y resplandecen?

Y prosigue preguntando, y dícele:

16. ¿Por dicha supiste sendas de nubes, grandes y perfectas sciencias? O según otra letra: Extendimientos, o pesos de nube, maravillas, perfectos saberes. Que es decirle casi lo mismo que dicho había, por otras diferentes palabras; porque, sendas de nubes son los caminos que hacen, el venir sin saber en qué manera, y el desaparecer cuando menos se piensa; y extendimientos suyos son lo que no nos maravilla por ser ordinario, y es ello en sí muy maravilloso. De una pequeña nube, estando el cielo sereno, en brevísimo tiempo cúbrese todo de nubes y extiéndese casi visiblemente, sin ver lo que se le allega, como se extiende un velo que plegado estaba, si se desplega.

Y pesos de nubes llama lo que en el aire las tiene suspensas y como en una cierta balanza, que no las consiente ni alzarse más altas ni caer descendiendo. Todas las cuales cosas son maravillas y perfectos saberes; porque sus causas proprias y verdaderas son muy ocultas, y por la misma razón madres de lo que es maravilla, y no las entiende sino quien mucho sabe y es perfecto en la sciencia.

Prosigue:

17. ¿Por dicha vestiduras tuyas se calientan cuando es soplada la tierra del ábrego? Que es razón cortada, y se hace ansí entera: ¿Por dicha sabes la causa por que tus vestiduras se calientan cuando el ábrego sopla? En que lleva adelante sus preguntas para convencer lo poco que el hombre alcanza de lo que Dios hace y sabe. Porque, sin duda, si se apuran las razones que los sabios dan para que unos vientos sean fríos y otros calientes, unos sequen y otros humedezcan, constará ser razones de aire, que tienen más de imaginación y sospecha que de razón y causa verdadera. El ábrego calienta, como por la experiencia se ve; y si dijere alguno, por causa de su calor venir del Mediodía, que es parte caliente y que tiene al sol siempre vecino; parecerá que dice algo; y apretado y llegado al cabo, ni es verdadero ni verosímil. Porque el ábrego que viene del Mediodía, no siempre nace debajo de la zona tórrida, o de la equinoccial, ni llega soplando desde aquella región a la nuestra, sino nace de ordinario no muchas leguas de donde le sentimos soplar.

Y acontecerá muchas veces que, más adelante del lugar donde nace, nazca otro viento contrario que vaya soplando por camino opuesto, y, corriendo hacia los que viven al Mediodía, les sea frigidísimo cierzo. Y si miramos a sus nacimientos de ambos, está más cerca del camino del sol el que enfría a los meridionales que el que calienta a nosotros; y aquél con nacer junto a la tórrida sera cierzo, porque endereza su soplo hacia el polo contrario; y éste, cuyo nacimiento se allega a nuestro Norte más, es puro ábrego porque mira a él cuando sopla.

Ansí que las verdaderas y proprias causas de esto natural y visible, no las alcanzan esos mismos que en su estudio se emplean. Y eso quiere decir Eliú cuando pregunta a Job si sabe por qué, cuando corre ábrego, da calor el vestido.

O como dice otra letra: ¿Por qué tus vestiduras calientes, en sosegando la tierra del Mediodía? En que apunta un caso de naturaleza secreto, y es que, según dice Plinio, el viento ábrego, que es tempestuoso en nuestras regiones y causador de nublados, en África y en las tierras más adelante de ella y más vecinas al Mediodía, serena el cielo y destierra las nubes.

Y ansí pregunta si sabe la causa del calor que siente cuando la tierra, que mira al Mediodía, sosiega, esto es, cuando el ábrego sopla, que apura el aire y deshace los nublados en ella; que viene a ser lo primero.

Prosigue:

18. ¿Por ventura tú con Él fabricaste los cielos, macizos como vaciados de cobre? O según otra letra: fuertes como espejo vaciado. Que es por todas partes argüirle de arrogante y presumido, y como decirle, si como se tiene por sabio se imagina también poderoso, y como presume saber lo que Dios hace, juzga de sí que lo pudiera hacer. Porque quien entiende en una obra todo su secreto artificio, no está lejos de saber hacerla si quiere.

Y ansí le pregunta si fabricó él acaso los cielos; que quien tanto se piensa entender de ellos parece haber sido el autor. Y dice los cielos señaladamente, porque todas estas obras de que ha preguntado hasta agora, nacen de ellos y se gobiernan por ellos y son efectos suyos muy proprios.

Dice:

19. Avézanos qué respondamos a él, que nosotros no acertaremos por las tinieblas; que es una disimulada mofa y ironía. Tú, dice, que lo sabes todo, nos enseña qué diremos al que nos preguntare estas causas, que nosotros no lo alcanzamos, impedidos de nuestra ignorancia.

Por las tinieblas dice, como diciendo: Nosotros vivimos en noche; tú que eres señor de la luz y vives rodeado de lumbre, podrás alumbrarnos.

Pero añade:

20. ¿Quién le contará lo que hablo? Aunque el hombre hablare, será tragado. Como diciendo que es imposible que él ni ningún otro hombre, si no fuere alumbrado por Dios cuente, esto es, declare con razón verdadera lo que habla agora, esto es, lo que ha preguntado y propuesto; ninguno podrá declarar estas causas, ninguno en cosas tan visibles y manifiestas alcanza manifiestamente el arte como Dios las obra.

Y aunque alguno, dice, atrevidamente hablare, esto es, presumiere de alcanzar las proprias causas de estas obras de Dios y decirlas, será tragado del mismo sujeto, esto es, perderse ha en este abismo metido, y la hondura de ellas le sorberá. Y dicho esto, torna a referir algunas de las mismas obras de naturaleza, diciendo:

21. Y agora no ven luz; que el aire de improviso en nubes se espesa, y pasa el viento y purifícalas. En que dice la presteza con que el cielo se añubla y serena, que muchas veces se hace en tiempo brevísimo; con que confirma lo que agora decía, de cuán dificultoso es el conocer estas causas. Porque, sin duda, es escuro negocio penetrar cómo en tan breve tiempo se hacen efectos tan grandes, y no es mucho que se pierda (antes es conforme a razón) el mortal que en esto se mete.

Dice más:

22. De la parte aquilonar viene el oro, y de Dios temerosa alabanza. Porque dijo, pasa el viento y ahuyenta o purifica las nubes, dice luego dónde viene este viento: De la parte aquilonar viene el oro. Oro llama la luz serena y el sol que resplandece en el cielo puro y desembarazado de nubes, porque es como oro, y ansí le suelen llamar los poetas al sol y a la luz. Y dice que viene del Norte, porque el cierzo que de allí nace hace días serenos y amables. Y lo mismo que es en el día, es verdad en el alma; que sin duda el acrecentamiento de su caridad, y el precio de su valor y su pureza y serenidad y su amable reposo, le viene de la adversidad y trabajo, y estos soplos fríos y ásperos siempre hacen grandes y ricas las almas.

Y cosa notoria es que en la Sagrada Escritura el oro es la caridad, y la parte aquilonar todo lo enemigo y adverso. Ansí que del Norte viene el oro, y de la calamidad el aprovechamiento; y por la misma causa lo que luego se sigue, y de Dios temerosa alabanza, o como otra letra dice, y a Dios temerosa alabanza. Porque con ser verdad que convida Dios a que le alabemos y reverenciemos por todas partes y con todas sus obras; mas esto de los trabajos y tribulaciones con que ejercita los suyos, entre otros bienes que en ellos hace, les cría en el alma un amor humilde y una afición llena de reverencia, y un temeroso y aficionado respecto para con Dios, a quien las almas afligidas y sanctas miran, por una parte, como a Señor que tiene el azote en la mano, y por otra, como a Padre misericordioso que tiempla el rigor merecido, y que con semblante de enojado las ama, y por caminos de justicia las beneficia, y haciendo del que las huye, las apura y las allega a Sí, y las abraza con ñudo de amor estrechísimo. Y ansí el alma justa azotada que esto entiende, se deshace en amor y querría ser todas lenguas, y agoniza por serlo para decir en alabanza de Dios, de su saber, de su poder, de su artificio y piadoso cuidado parte de lo que siente.

Mas no hay lengua que baste, y ansí dice:

23. No podremos hallarle como merece; grande en fortaleza, juicio y justicia, y no puede ser contado. O en otra manera; Poderosísimo, no le hallaremos; grande en poder y juicio, y muchedumbre de justicia no afligirá. No podremos hallarle como merece; esto es, hallarle alabanza que alcance a lo que se le debe, lengua que le alabe como debe ser alabado; porque es grande en fortaleza, esto es, poderoso Hacedor de cuanto le place. Y aunque todo es poderoso, no es absoluto ni tirano, sino tan igual y justo cuan fuerte y poderoso; por lo cual ni oprime su esforzada mano ni aflige con violencia su poder infinito.

De que se sigue lo último, que es:

24. Por tanto varones le temerán, y no osarán mirarte todos los que se tienen por sabios. Porque ni los sabios en su comparación lo son, ni los valientes varones delante de Él tienen fuerza; porque para éstos es todopoderoso, y para los otros sabio sumamente, y ansí es necesario que ambos con espanto se rindan. Y dio bien a cada uno la palabra que le convenía, para más engrandecer lo que quiere; que de los varones, esto es, de los fuertes, dice que le temblarán, que es lo más ajeno y lo que más lejos está de la valentía; y a los sabios quita el mirar, siendo lo más proprio de ellos el conocer y entender y el hincar los ojos con más particular advertencia en las cosas. Porque se entienda, no solamente que ninguno iguala ni puede correr lanza con Dios en el saber y poder, sino que el sabio ante Él es ciego, y el valiente temeroso y cobarde.

Con que da fin a su razón Eliú, y feneciéndola, arguye y secretamente prueba todo lo que por ella pretende; que modere Job su lengua para con Dios y presuma de sí menos, y no piense que, si es fácil el atreverse a decirlo, el hacerlo y el entrar con Dios en cuenta le será negocio ligero, y que para el desafío basta un atrevimiento, mas para la estacada y victoria hay necesidad de otro saber y de otro ánimo diferente del suyo; que Dios va fuera de toda cuenta, y es libre de toda competencia con él; no viene comparación con ninguno, sapientísimo, poderosísimo, altísimo, y en cuyo respecto el saber de las criaturas es noche, y la fuerza lana, y el consejo desatino, y el ánimo abatimiento, y el valor flaqueza.

Y assí acaba.

Madrid, 29 de noviembre de 1590.


Capítulo XXXVII exposición