El libro talonario (Echegaray) (Versión para imprimir)

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Autor: José de Echegaray[editar]



ACTO ÚNICO[editar]

La escena, en Madrid. Época moderna.


Sala lujosamente amueblada: en el fondo, un balcón; a la izquierda del público, una puerta; a la derecha, dos; a la derecha también, y en primer término, un velador, y sobre él, un quinqué encendido; libros, recado de escribir, etc.; junto al velador, un sofá; a la izquierda una mesa y un sillón. Es de noche.


Escena primera[editar]

MARÍA, sentada junto al velador y bordando.

MARÍA ¡Las doce, y Carlos no viene!
(Suspendiendo el trabajo.)
 
 ¡Cuando en su conducta pienso,
 en sus tristezas sin causa,
 en su anhelar sin objeto,
 en sus continuas ausencias,
 en aquel duro despego
 con que se aparta de mí
 y del pobre pequeñuelo,
 la verdad miro patente,
 el desengaño contemplo,
 y son certezas mis dudas
 y son venganzas mis celos!
 ¡Mi frente quema y le falta
 respiración a mi pecho!

(Se levanta, se dirige al balcon y lo entreabre; pausa. Después vuelve al proscenio.)
 
 ¿Dónde estará Carlos, dónde?
 ¡La baronesa... Loreto...,
 ella, sí; no hay que dudarlo!
 Es hermosa como un cielo,
 tiene encanto irresistible,
 y a su mirada de fuego
 los más sensatos deliran
 y enloquecen los más cuerdos.
 Pero a mí también me aclaman
 por hermosa; y yo le quiero
 con el alma y con la vida,
 ¡y soy la madre de Eugenio!
 ¡Si digo que es imposible;
 si aunque lo estuviera viendo,
 creyera la realidad,
 del delirio fingimiento!
 ¡Él, tan noble, tan amante,
 conmigo siempre tan bueno!
 ¡La prenda del alma mía,
 Carlos, mi esposo, mi dueño!
(Rompe a llorar.)
 
 ¿Llora el niño?
(Acercándose a la primera puerta de la derecha y escuchando.)
 
                   No; serían
 de mis sollozos los ecos.
(Pausa; vuelve a sentarse.)
 
 ¡Sola, siempre sola! Carlos,
 de asuntos con el pretexto,
 de mí se aleja. Vendrá
 triste, pensativo, inquieto,
 y sin estrechar mi mano,
 y sin dar al niño un beso,
 sin entrar ni por costumbre
 en este cuarto tan lleno
 de perdidas ilusiones
 y de amorosos recuerdos,
 a solas con su pasión
 se irá el infiel, mientras quedo
 a solas con mis tristezas
 y luchando, con mis celos.
 Quiero saber la verdad.
 ¡la verdad a cualquier precio!
 Luis me prometió una prueba,
 y yo estimulé su intento.
 ¿Hice mal? Yo no lo sé;
 tan sólo sé que deseo,
 o de mi mal la evidencia
 o de mi mal el remedio.
 ¿Un coche? (Aplicando el oído.)
                   ¿Si será Carlos?
 No puedo luchar más tiempo
 con las dudas que me matan;
 esta misma noche debo
 hablarle. ¿Por qué vacilo?
 Si él no viene, iré a su encuentro.

(Se dirige hacia la puerta de la izquierda.)


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Escena II[editar]

MARÍA Y JUAN.


JUAN. Acaba de llegar...

MARÍA. ¿Quién?
(Precipitadamente.)
 
 ¿El señor? Que entre al momento;
 he de verle y he de hablarle.

JUAN. (Con calma.)
 Sí, señora.

MARÍA. ¡Pronto!

JUAN. Pero
 si no es, el señor don Carlos,
 si es otro. Como soy nuevo
 en la casa, me confundo
 con tantos nombres; yo creo
 que es el amigo del amo;
 aquel gentil caballero
 que viene todos los días
 dos o tres veces lo menos.
 Es don Luis...

MARÍA. ¡Don Luis Mendoza!

JUAN. Cabal.

MARÍA. (Hablando consigo misma.)
 ¡A estas horas!
 
JUAN. Eso
 dije yo, que no sabía
 si la señora.... Mas luego
 él insistió; que era cosa
 de importancia, con misterio,
 me repitió varias veces.

MARÍA. (Aparte.)
 
 Y bien, ¿qué importa? No puedo
 la impaciencia que me abrasa
 dominar más largo tiempo.
(En voz alta.)
 
 Que entre don Luis.

JUAN. Bien, señora.

MARÍA. Y que espere aquí.

JUAN. Al momento.
(Sale JUAN.)

MARÍA. Cuando él viene trae la prueba,
 y esa prueba yo la quiero.
 Borraré de mis mejillas
 el llanto que en ellas siento;
 a mis apagados ojos
 daré de la fiebre el fuego;
 fingirán dulces sonrisas
 mis labios de dolor trémulos,
 y del cariño de Luis
 me serviré en mis proyectos.
 ¡Ay, que Dios por la intención
 perdone tan ruines medios!
(Sale, por la segunda puerta de la derecha, y en el mismo instante entra JUAN por la puerta de la izquierda.)


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Escena III[editar]

JUAN, seguido de Luis.



JUAN. Pase usted, señor don Luis.
 Al pronto, como soy nuevo
 en la casa..., la verdad,
 no recordaba. Yo ruego
 al señor que me dispense:
 ¡soy tan torpe!

LUIS. Ya lo veo.

JUAN. A veces, ni aun a don Carlos
 le conozco. No, y en esto
 no es toda la culpa mía.
 Por acá sólo está el tiempo
 preciso para comer
 y dormir; de suerte...

LUIS. Bueno;
 estoy de todo enterado.

JUAN. ¡Enterado!... ¡Por supuesto!
(Con malicia.)
 
 ¡Si es usted más de la casa
 que don Carlos!

LUIS. ¡Majadero,
 vete pronto!

JUAN. Ya me voy.
 La señora, que al momento
(Retirándose.)
 
 vendrá. (Aparte.)
              Vaya, y es buen mozo,
 ojos pardos..., mucho pelo...
 Lo de siempre: ama bonita,
 primo guapo, y amo... bueno.

(Sale.)


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Escena IV[editar]

Luis, solo.


LUIS. ¡María, sólo tu imagen
 ante mis ojos contemplo!
 Todo lo demás no existe
 para este amor, que en mi seno
 es la suprema esperanza
 y es el supremo tormento.
 Honor y amistad olvido:
 ante nada retrocedo:
 para conseguir tu amor
 hasta la infamia desciendo.
 Compré conciencias con oro;
 con oro compré secretos,
 y hoy en mis manos las pruebas
 del amor de Carlos tengo.
 Estas son las cartas:
(Sacando unas cartas.)
 
                           ¡cómo
 filtrarán sutil veneno
 de mi adorada María
 en el agitado pecho!
 ¡Cómo inflamarán sus frases
 los mal contenidos celos
 de la esposa, y en venganza
 trocarán su llanto acerbo!
 ¡Cuánta pasión puso Carlos,
 al escribir a Loreto,
 en los ardientes renglones
 de este papel indiscreto!
(Pausa.)
 
 Esto es infame, lo sé:
 de mí mismo me avergüenzo;
 pero evoco de María
 el abrasador recuerdo.
 ¡y ay de mí, que ya no lucho!
 ¡Ay, que resistir no puedo!


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Escena V[editar]

MARÍA y LUIS.


 
LUIS. Perdón la debo pedir
 si en hora tan avanzada...

MARÍA. La disculpa es excusada.

LUIS. Sin embargo...

MARÍA El insistir
 dudar es de mi franqueza,
 y fuera injusta porfía.

LUIS. Compite en usted, María,
 la bondad con la belleza.
(Se sienta junto al velador.)
 
MARÍA. Carlos tampoco ha venido:
 de suerte que para mí
 no es aun tarde, pues aquí
 le aguardo siempre.

LUIS. Afligido
 por dar una mala nueva,
 debo advertirle, señora,
 que será muy a deshora,
 y de ello tengo la prueba,
 cuando al lecho conyugal
 regrese el esposo amante:
 le he dejado hace un instante
 con Loreto Sandoval.

MARÍA. ¡Basta, Luis!

LUIS. Usted olvida
 que pruebas he prometido.

MARÍA. Olvida usted, ¡y es olvido!,
 que me va en ello la vida.

LUIS. Cuando pienso que mi amor
 en usted no halla piedad,
 mi sola felicidad
 es gozarme en el dolor
 que usted sufre, y mi porfía
 llega a pensar que es un bien
 el que usted llore también.
 Perdóneme usted, María.

MARÍA. Si es así, no más porfíe:
(Tristemente.)
 si su dicha está en mi llanto,
 será usted dichoso, y tanto,
 que ya la dicha le hastíe.

LUIS. El dolor término alcanza,
 y hasta quisieron los cielos
 que concluyeran los celos
 donde empieza la venganza.

MARÍA. ¿Venganza digna?

LUIS. Atrevido
 fuera yo, y aun descortés,
 de otra manera.

MARÍA. ¿Cuál es?

LUIS. El desprecio y el olvido.

MARÍA. Si despreciar es posible
 al hombre que tanto amamos,
 si al despreciar olvidamos,
 pronta estoy. Pero ¿es creíble
 en Carlos esa traición?
 ¿Es prueba, Luis, suficiente
 que esté, como tanta gente,
 de Loreto en el salón?

LUIS. Mi franqueza lo declara:
 no es una prueba, María

MARÍA. ¿La pena entonces valía
 de que usted se molestara?

LUIS. Una visita galante,
 una noche en un salón,
 miradas que al corazón
 llegan del objeto amante,
 suspiros que el aire lleva,
 palabras que borra el viento,
 un beso y un juramento...,
 nada de esto es una prueba.
 Mas con letra del infiel,
(Acercándose a MARÍA, en voz baja, y con marcada intención.)
 frases que roban la calma
 y que llegan hasta el alma,
 escritas en un papel,
 merecen, a lo que infiero
 -no que yo me molestara,
 no hay molestia-, que turbara
 su reposo.

MARÍA. (Con vehemencia.)
 ¡Yo las quiero!

LUIS. ¿Las cartas de Carlos?

MARÍA. ¡Sí!

LUIS. Estas son.

(Mostrándolas. MARÍA pretende apoderarse de las cartas; LUIS las retira.)
 
            No.

MARÍA. ¡Por los cielos!
(Los mismos movimientos.)
 
LUIS. Dudo.

MARÍA. ¡Me abrasan los celos!

LUIS. También me abrasan a mí.
 ¡Pregonan ruines traiciones!
(Mostrando las cartas.)
 
MARÍA. ¡Pregonarán mi venganza!

LUIS. Ella es mi sola esperanza.

MARÍA. ¡Las cartas! (Suplicando.)

LUIS. Sin condiciones.
(Le entrega las cartas con galantería. Pausa.)

MARÍA. ¡Su letra!... ¡Valor!... ¡Y aun lloro!
(Limpiándose las lágrimas y esforzándose por leer, pero sin conseguirlo. A LUIS.)
 ¿Qué dice aquí?

LUIS.(Inclinándose hacía MARÍA y leyendo la carta que ésta tiene entre sus manos.)
                            «¡Te amo tanto!»

MARÍA. ¡No puedo con este llanto!
(Los mismos movimientos.)
 Y aquí, ¿qué dice?

LUIS. (leyendo.)
                     «¡Te adoro!»

MARÍA. ¿Y al principio?

LUIS (Leyendo.)
                       «¡Vida mía!»

MARÍA. ¿Y al fin?

LUIS. (Leyendo.)
                  «¡Para siempre tuyo!»

MARÍA. ¡Mi Carlos dice que es suyo!

LUIS. ¡Y para siempre, María!

MARÍA. El cáliz quiero apurar,
 y en vano intento leer...
(Entrega las cartas a LUIS y oculta el rostro en el pañuelo.)

LUIS. (Leyendo las cartas para sí.)
 ¡Qué pasión esa mujer
 ha conseguido inspirar!
(Pausa. Después, lee en alta voz.)
 
 «Adorada Loreto: Comienza a despuntar el día y no he podid

MARÍA. ¡Basta!... ¡Basta ya!... ¡Dios mío!
 ¡Carlos!... ¡Infamia! ¡Traición!
 ¿Qué siento en el corazón?
 ¡Antes fuego y ahora frío!
(Pausa.)

 No es vengarse el olvidar;
 no es el desprecio venganza;
 pero mi mente no alcanza
 venganzas a combinar,
 que devuelvan al traidor
 y devuelvan con usura
 por mi tortura, tortura;
 por su infamia, deshonor;
 de lágrimas un raudal
 por estas lágrimas mías,
 que amarguen sus alegrías
 con Loreto Sandoval.
 ¿Qué hacer?... ¡No sé!... ¡Me confundo!
 ¡Se oscurece mi razón!

LUIS. (Leyendo las cartas para sí.)
 
 ¡Qué fuego! ¡Cuánta pasión!

MARÍA. Se siente un odio profundo,
  si sufre ofensa mortal,
  el hombre, cual caballero,
  frente a frente con su acero
  hiere el pecho a su rival.
  Y la mujer entre tanto,
  por escarnio de la suerte,
  lleva en el alma la muerte
  y sólo en los ojos llanto.
  Medita venganzas fieras,
  busca el vengador acero,
  y encuentra en su costurero...
  ¡dedal, aguja y tijeras!
(Riendo sardónicamente.)
 
 ¿No es verdad?... ¡Debo reír!
 ¿Ve usted la risa en mi boca?
 ¡Es, Luis, que me vuelvo loca!
 ¡Es que me siento morir!
(Rompe a llorar.)
 
LUIS. (Aparte.)
 
 ¡Pobre mujer; voy pensando
 que hice mal en torturarla!
 Pero ¿cómo no adorarla
 si es tan hermosa llorando?
 ¡Ojos a los que el dolor
 da tan celestial rocío,
 cómo lloraréis, Dios mío,
 cuando lloréis por amor!

MARÍA. (Con arranque repentino.)
 
 ¡Luis!

LUIS. ¡María!

MARÍA. ¿Me ama usted?

LUIS. ¡Y lo pregunta la ingrata!

MARÍA. Pero ¿con amor?...

LUIS. ¡Que mata!
 ¡Que es delirio, y fiebre, y sed!

MARÍA. ¿Dispuesto?...

LUIS. (Con exaltación.)
 
                     ¡A todo! ¡En los senos
 ordene usted que ahora mismo
 me sepulte de un abismo!...

MARÍA. (Irónicamente.)
 
 Me basta con mucho menos.
(Señalándole la mesa.)
 Escriba usted.

LUIS. (Extrañándose.)
 
     Pero ¿qué?

MARÍA. Lo que dicte.
(Se levanta y pasea con agitación.)

LUIS. (Vacilando.)
                       ¡Es singular!

MARÍA. Eso, Luis, es vacilar.
(Con ironía.)
 ¿Y el abismo?

LUIS. Escribiré.
(Se sienta LUIS y escribe. MARÍA le dicta la siguiente carta, interrumpiéndose varias veces con risa sarcástica.)
 
MARÍA. «Adorada María: No más temores, no más llanto: tú lo qu
    La despedida y firmar.
(Pausa. LUIS escribe; después, se acerca a MARÍA y le muestra la carta, satisfecho.)

LUIS. ¿Qué le parece, María?

MARÍA. No está mal; pero algo fría.

LUIS. (Desconcertado.)
 
 Yo pensé...

MARÍA. (Fríamente.)
 
                  Puede pasar.

LUIS. Consumado el sacrificio.
 ¿Me pudiera usted decir...?

MARÍA. Ahora, no: voy a escribir.
(Contesta MARÍA distraídamente y se sienta a la mesa, después de meditar algunos momentos. LUIS la observa con atención.)
 
LUIS. (Aparte.)
 
 Perdió la infeliz el juicio.

  (MARÍA corta las hojas en blanco de las cartas de CARLOS,
 
 ¡Está cortando!... ¡Si digo
 que ha perdido la razón!

MARÍA. (Aparte.)
 
 Donde escribió su traición,
 escribiré su castigo.
 Así su infamia resalta.
(Alto, y dirigiéndose directamente a LUIS, con sonrisa irónica.)
 Corto las hojas en blanco
 de varias cartas.

LUIS. Soy franco:
 nada entiendo.

MARÍA. (Riendo.)
 
                       Ni hace falta.
(MARÍA prosigue cortando hojas en blanco, y LUIS mirando con curiosidad esta operación extraña. Al fin, MARÍA se detiene y vuélvese hacia LUIS.)
 
 ¿En su carta no me dice
 que me devuelve las mías,
 aunque son sus alegrías,
 porque al fin me tranquilice?

(LUIS asiente.)
 
 Pues bien: esas cartas, Luis,
 voy a escribir, y tan llenas
 de ternura, que a mis penas
 den soberano mentís.
(Animándose por grados.)
 
 Cesó mi agudo dolor,
 di mis celos al olvido,
 y que tenga he discurrido
 una historia nuestro amor.
 La pasión que nace ardiente,
 y la nube en el espacio,
 y el sol, globo de topacio
 en el encendido Oriente;
 con su claridad el día,
 la noche que llega oscura
 el llanto de la amargura
 y el llanto de la alegría;
 todo empieza para ser,
 todo su pasado tiene,
 es crepúsculo que viene
 antes del amanecer.
 Aparición peregrina
 de oro y grana, lenta sube
 por los aires, y hoy es nube;
 mas fué flotante neblina.
 Antes de que rompa el sol
 de la mañana los velos,
 baña el azul de los cielos
 con su tinta de arrebol.
 Lentamente el rojo broche
 se hunde en la llanura fría
 del mar, pues como en el día
 hay crepúsculo en la noche.
 Y es crepúsculo del llanto
 aquella vaga tristeza
 con que poco a poco empieza
 de la dicha el desencanto.
 Y la alegría bien sé
 que suele anunciarse aquí,
(Poniendo la mano en el corazón.)
 mas como yo la perdí
 ya su alborada olvidé.
 ¡Muestre usted, Luis, más ardor!
 ¡Abra el pecho a la alegría!,
 que llega, aunque triste y fría,
 el alba de nuestro amor.
 Le amaré al principio poco...,
 y más tarde ¡con delirio!
 Así creció mi martirio,
 por grados.

LUIS. ¡Me vuelvo loco!

MARÍA. La escala he de recorrer
 de su infamia sin recelo,
 y van a ser mi modelo
 sus cartas a esa mujer
(Comienza a escribir febrilmente sobre las hojas en blanco que cortó. LUIS, en pie, la contempla. De cuando en cuando levanta la cabeza MARÍA y dirige una sonrisa a LUIS.)
 
LUIS. (Aparte.)
 
 No consigo adivinar
 sus proyectos..., mas ¿qué importa
(Pausa.)
 Sobre las hojas que corta
 escribe sin descansar.

MARÍA. (Aparte.)
 Ya Carlos habrá olvidado
 este romántico estilo,
 hoy vive ya más tranquilo
 cerca del objeto amado.
 Lea usted.
(A LUIS, dándole la carta que acaba de escribir.)
 
LUIS. «Luis de mi vida...»
(Sigue leyendo en voz baja la carta. MARÍA escribe. Aparte.)
 
 ¿Por qué, pobre corazón,
 te conmueve esta pasión
 que pinta, siendo fingida?
 ¿No estás, necio, en el secreto?
 ¿Ignoras que están tomadas
 sus frases enamoradas
 de las cartas a Loreto?
 ¿Que no está pensando en ti,
 que en Carlos está pensando?
 ¿Y qué importa?... ¡No sé cuándo;
 pero, ¡ay María!, que así,
 de la confianza en la calma,
 pudiera llegar traidor,
 y poco a poco mi amor
 hasta el fondo de tu alma!
 Repíteme que me quieres,
 oye mi amante porfía,
 que yo bien sé, vida mía,
 que virtud en las mujeres
 es con nieves en la cumbre,
 alta y áspera montaña,
 pero se sube con maña,
 y de amor la roja lumbre
 derrite cual sol los hielos,
 que bajan luego bullentes
 a los lagos y a las fuentes
 para reflejar los cielos.

MARÍA. Basta, y pienso que son hartas.
(Distribuyendo los papeles.)
 Las diviso de ese modo:
(A LUIS, sonriendo.)
 la de usted antes que todo,
(Separándolas en dos grupos.)
 las de Carlos y mis cartas.
(Señalando sus cartas y hablando consigo misma.)
 De aquéstas las suyas son
 comprobante necesario,
 como libro talonario
 de su infamia y su traición.
 Y pues tan triste es la suerte
 del espíritu orgulloso,
 que de su dicha y reposo
 dispone materia inerte,
 de estos mezquinos objetos,
 sin vida y sin libertad,
 ha de hacer mi voluntad
 esclavos de mis secretos.
 Por los cortes que tracé,
 como billetes de Banco,
 cuando las hojas en blanco
 de sus cartas separé,
 siempre me es dado ajustar
 a las suyas estas mías;
 y en verdad que mis porfías
 premio lograron hallar,
 pues tal perfección alcanza
 el ajuste y tal limpieza,
 que jamás a una vileza
 más se ajustó mi venganza.

(Pone una de las hojas de las cartas de CARLOS y la correspondiente suya, de suerte que ajusten por la línea del corte, y ríe irónicamente al ver la exactitud de la unión, todo esto mientras pronuncia los anteriores versos, de manera que al decir los dos últimos vea el público cómo materialmente se efectúa dicho ajuste.)

LUIS. (Aparte.)
 
 ¡Es pueril satisfacción!
 ¡Es capricho singular!
(Alto.)
 ¿Me quiere usted explicar?...

MARÍA. Cuando llegue la ocasión.
(Meditando.)
 Algo falta... Preciso es
 que entre Carlos cuando venga.
 Haré que Juan le prevenga,
 y a Juan yo.
(Se detiene, como variando de pensamiento.)
                  Mejor, Inés.
 Vuelvo al punto; espere aquí.
(A LUIS, dirigiéndose a la segunda puerta de la izquierda.)

LUIS. ¿Aunque Carlos venga?

MARÍA. (Deteniéndose.)
 
                                        No.
LUIS. ¿Pues dónde me oculto yo
 cuando él llegue?

MARÍA. ¿Dónde?... Allí.
(Señalando la primera puerta de la derecha.)
 
LUIS. (Haciendo un movimiento para detener a MARÍA)
 Nada sé y nada pretendo
 de sus proyectos saber:
 dueña es usted de mi ser;
 mas a lo que yo comprendo
 usted arriesga, María,
 en lance bien peligroso,
 la existencia de su esposo.

MARÍA. (Con soberano desdén.)
 ¿Cuidó él tanto de la mía?
(Sale MARÍA por la segunda puerta a la derecha.)


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Escena VI[editar]

LUIS, solo.


 
LUIS. La previne; no escuchó;
 mi conciencia he descargado.
 ¡Adelante con sus celos
 y con mi amor insensato!
 Ni los riesgos desconozco
 de esta empresa a que me lanzo,
 ni soy tan necio que ignore
 que terminará cruzando
 hierro o plomo con el hombre
 a quien di por muchos años
 con el título de amigo
 mi leal y franca mano.
 El desenlace se acerca:
 ni sé cómo, ni sé cuándo
 llegará; pero que llega,
 y con sangre y con escándalo
 me lo está diciendo a voces
 ese papel que he firmado.
(Suena una campanilla.)
 ¡Venga, si por fin arrojan
 entre mis amantes brazos
 esa mujer hechicera
 de tez blanca y ojos garzos,
   sus propias ciegas venganzas
 y las traiciones de Carlos!


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Escena VII[editar]

LUIS Y JUAN.


 
JUAN. ¿Llamó el señor?

LUIS. No; sin duda
 la señora le ha llamado.
(Suena otra vez la campanilla.)
 
JUAN. (Aparte.)
 
 ¡Vaya un trasnochar! ¡Jesús,
 y qué casa! Yo me marcho:
 yo soy un hombre tranquilo
 y no estoy acostumbrado
 a estos enredos. ¡Don Luis!...
 ¡Y la señora!... ¡Y don Carlos
 que no vuelve!... (Suena otra vez la campanilla.)
                             ¡Si ya voy!
 ¡Si voy al momento!... ¡Malo!
(Sale JUAN por la segunda puerta derecha.)


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Escena VIII[editar]

LUIS, solo.



LUIS. Es angelical María,
 pero Loreto es el diablo,
 y si allá en el cielo vence
 siempre el bueno al ángel malo,
 toma revancha en la tierra
 el negro espíritu alado.
 Y no sé por qué imagino,
 al ver el contorno mágico
 Loreto, sus desnudas
 espaldas, su cuello pálido,
 sus negras trenzas deshechas
 y sus grandes ojos pardos,
 que inmensas alas de sombras
 coronan sus hombros blancos.
(Pausa.)
 ¡Pobre María, que lucha
 con afán desesperado
 contra la astuta sirena,
 contra la pasión de Carlos
 y contra mí..., que la adoro
 y que a su ruina la arrastro!
 


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Escena IX[editar]

LUIS Y JUAN.

 
JUAN. ¡Vengo confundido, absorto!
 ¡Esto jamás me ha pasado!

LUIS. Pues ¿qué ocurre?

JUAN. Dar dinero
 porque cuando llegue el amo
 se avise que el amo llega,
 o también para llevárselo
 con pretextos e invenciones,
 impidiendo que en el cuarto
 de la señora penetre,
 esto es natural y es claro.
 ¿No es verdad, señor don Luis?
 Aunque yo soy hombre honrado
 y tranquilo, y no me gustan
 ni picardías ni escándalos,
 tales cosas pasan hoy,
 que no teniendo cerrados
 los ojos preciso es verlas.

LUIS. Y bien, ¿qué?

JUAN. Pues voy al caso.
 ¡Caso nuevo, inverosímil;
 digo más, extraordinario!
 Entro, como usted ya sabe,
 y allí me estaba esperando...

LUIS. ¿La señora?

JUAN. La doncella.
 Pero es igual. El mandato
 de la señora cumplía.

LUIS. ¿Y cuál era?

JUAN. ¡El más extraño!...

LUIS. ¿Acabarás?
                 Sí, señor;
 sí, señor; voy acabando.
 Me hizo aprender una historia
(Acercándose a LUIS y contando con mucho misterio.)
 para contársela al amo
 en el instante que llegue,
 de la cual el inmediato
 efecto será que aquí
 de fijo entrará don Carlos.
 ¡Estando usted!

LUIS. ¡Insolente!
(Suena el reloj de la chimenea.)

JUAN. Oiga usted... ¡Ya son las cuatro!
(Pausa. JUAN procura recordar lo que ha de referir a CARLOS.)
 Yo debo contar primero
 que vino usted, y no cargo
 mi conciencia, no señor,
 ni a la estricta verdad falto:
 porque tan vino esta noche
 como que aun no se ha marchado.
 Yo debo contar después,
 que con la señora hablando
 estuvo usted mucho tiempo,
 lo cual también es exacto;
 llegó usted dadas las doce
 y ha poca dieron las cuatro.
 Que en esa... conversación
 la señora soltó el trapo
 a llorar: verdad también:
 suspiros, sollozos, llantos
 escuché sin pretenderlo.

LUIS. ¡Tunante!

JUAN. ¡Si son los cuartos
 tan pequeños en Madrid!

LUIS. Concluye.

JUAN. Pues de eso trato,
 que el señor vendrá ya pronto.
 Yo debo seguir contando
 que usted se marchó, que tuvo
 la señora largo rato
 un fiero ataque de nervios,
 y que poco después trajo
 usted mismo unos papeles,
 que Inesilla con recato
 entregó a doña María,
 la cual los tiene guardados.
 En esto último no todo
 es historia, pero al cabo
 hay cierta aproximación
 suficiente para el caso.
 Que hubo papeles se ve,
(Mirando a la mesa.)
 
 y sin duda usted los trajo.
 El irse y el haber vuelto
 no es difícil de arreglarlo,
 para calmar mi conciencia
 de hombre recto y timorato.
 No se fué, lo reconozco.
 Tampoco ha vuelto; esto es claro.
 Son dos inexactitudes,
 pero en sentido contrario.
 ¿No es lo mismo ir y volver
 que quedarse? Pues al cabo
 resulta desde la cruz
 a la fecha mi relato
 limpio, correcto, severo,
 como cumple a un hombre honrado.
 Y aquí tiene usted la historia
 que debo contar al amo.
 ¿Usted qué opina, don Luis?

LUIS. La señora lo ha mandado,
 y a ti obedecer te toca.

JUAN. Además un buen regalo
 me ha prometido.

LUIS. ¡Adelante!

JUAN. (Aparte.)
 
 ¡Y también él quiere!... Vamos,
 no lo entiendo. (Alto.)
                          ¡Un coche llega!
 El es, sí; viene don Carlos.
(Sale.)


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Escena X[editar]

MARÍA Y LUIS.



MARÍA. (Entra apresuradamente.)
 Allí, Luis;
(Señalando a la primera puerta de la derecha.)
                   él ha venido
 Y yo le ruego que en tanto
 que no le avise...

LUIS. Señor
 mi voluntad de sus labios
 está pendiente; seré,
 no ya su amigo, su esclavo.
 Pero si Carlos me ofende,
 si creyéndose ultrajado
 me exige satisfacción...

MARÍA. (Con ironía.)
 
 Pues son ustedes entrambos
 caballeros, se supone
 que cumplirán como bravos;
 pero hasta entonces...

LUIS. María...

MARÍA. (Instándole para que se oculte.)
 
 ¡Pronto, Luis..., por Dios!

LUIS. Al cabo.
(Sale LUIS por la primera puerta de la derecha.)


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Escena XI[editar]

MARÍA, sola. Recoge apresuradamente las cartas; guarda las de Carlos; conserva en la mano la de Luis y las suyas propias.


MARÍA. Ahora empieza mi papel;
 ahora su castigo empieza;
 y sepa el esposo infiel
 lo que cuesta una vileza
 de lágrimas y de hiel.
 En mí como en un espejo
 ya a mirarse el criminal;
 ¡yo, que traiciones semejo,
 y soy cual limpio cristal
 que manda impuro reflejo!
 El va a juzgarse a sí mismo
 creyendo juzgarme a mí;
 él, en su ciego egoísmo,
 pensará que ya caí
 hasta el fondo del abismo.
 Hará de severo alarde,
(Con ironía.)
 
 dictará fiera sentencia;
 que por escarmiento arde
 la escrupulosa conciencia
 del que es traidor y cobarde.


(Se recuesta en el sofá; finge que duerme y va ejecutando los movimientos que indica el verso. Toda esta parte es evidentemente irónica.)

 Ya duerme la delincuente.
 ¡Qué angustiosa pesadilla!
 ¡Qué palidez en su frente!
 ¡Cuál rueda por su mejilla
 de terror lágrima hirviente!
(Se interrumpe para reír.)
 
 En sueños terca me afano
 mis cartas por defender:
 la de Luis, ¡destino insano!,
 está abierta y va a caer
 desprendida de mi mano.


(Queda MARÍA sobre el sofá fingiendo que duerme: en una de sus manos oprime con fuerza, pero de modo que se vean, las cartas que copió de las de CARLOS, y que parecen ser dirigidas a LUIS, y las acerca mucho a su pecho, como para defenderlas. Sobre su falda, en contacto con su mano, pero ya desprendida de ella, coloca la carta que escribió LUIS, y así espera breves instantes, siempre sonriendo, la llegada de CARLOS.)


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Escena XII[editar]

MARÍA, fingiendo que duerme, y CARLOS.



CARLOS. No comprendo, vive Dios,
 la historia que Juan relata.
 ¿De qué misterio se trata?
(Con indiferencia.)
 
 ¡Llanto..., papeles..., los dos!...
 Pero dice que está enferma
 y esto me puso intranquilo.
 ¿Debo entrar? No sé: vacilo.
 Quizá la pobre ya duerma.
(Pausa. Vuelve la vista y ve a MARÍA.)
 
 ¡Ella!... ¡María!...
(Pausa. La observa con cariño, pero sin acercarse.)
                            ¡Qué hermosa!
 ¡Yo la amaba con ternura!
 No hay una frente más pura
 que la frente de mi esposa.
 Hoy me vence la pasión;
 es mi delirio Loreto,
 y llevo impuro el secreto
 guardado en el corazón.
 Pero en su fondo escudriño
 y bajo aparente calma
 yo sé que conserva el alma
 aquel antiguo cariño.
 El hermoso cielo él era
 de mi vida. De oro y grana,
 Loreto nube, que ufana
 empañó su azul esfera.
(Dirigiéndose a MARÍA.)
 Mas no temas; que el encanto
 de la nube desararece
 cuando el sol no la enrojece;
 y entonces su rico manto
 se trueca en oscuro tul,
 y se deshacen sus velos,
 y eternos quedan los cielos
 con su firmamento azul.
 Es la pasión quien de paso
 da a la nube su arrebol;
 pero siempre halla este sol
 en el hastío su ocaso.
(Se acerca a MARÍA y la observa con atención y cariño.)
 ¡Hay llanto sobre su faz!
 Sueña con Eugenio, sí.
(Con seguridad.)
 ¡Yo que me olvido de ti!...
(Pausa.)
 
 ¡Adiós, mi bien: duerme en paz!
(Se aleja algunos pasos; después, se detiene y vuelve a mirarla.)
 ¡Si borrar pudiera un beso
 mi pasión y tus agravios!
 He de rozar con mis labios...

(Se acerca otra vez a MARÍA Y se inclina para besarla en la frente; pero repara en las cartas y se detiene, sorprendido. Con extrañeza.)

 Pero... ¡papeles! ¿Qué es eso?
(Recordando.)
 
 Los de la historia de Juan.
(Mirando la carta de LUIS.)
 ¡Y una carta al parecer!
 La carta ¿qué podrá ser?
 Los papeles ¿qué serán?
 Coger puedo esos objetos...
 ¡Y lo haré por vida mía!
 ¿Por qué no? Jamás María
 tuvo para mí secretos.
(Va a coger la carta de LUIS, pero vacila y se detiene.)
 ¡Necios escrúpulos!... ¡Vamos!
 Y sin turbar su reposo...
 ¿Acaso no soy su esposo?
(Coge con mucha cuidado la carta de LUIS que estaba sobre la falda de MARÍA)
 No ha despertado.
(Mirando otra vez a MARÍA)
                       Veamos.
 Dice...
(Comenzando a leer la carta.)
           «¡Adorada María!»
 ¡Y firma la carta!...
 (Buscando con afán.)
            ¡Luis!
(Se detiene, dando muestras de violentísima agitación. El actor interpretará este momento como crea oportuno.)
 
 ¡Torpes sospechas, mentís!
 ¿No es ella la esposa mía?
 (Con expresión de suprema confianza. Pausa.)
 Soy un insensato; calma.
(Procura serenarse, y después lee sin detenerse la carta, pronunciando sólo en alta voz, y con agitación creciente las frases que marcan los versos.)
 
 «...¡Tus cartas!... ¡Dos años ha!
 ... ¡El nunca sospechará!
 ... ¡Adiós, alma de mi alma!»
(Pequeña pausa.)
 ¡Se perturba mi razón!
 ¡Se me oscurece la vista!
 ¡Tiembla como rota arista
 mi mezquino corazón!
(Como luchando interiormente por apartar una idea horrible.)
 ¡Mi propio seno desgarro
 a impulsos de mi locura!
 ¡Ella, la del alma pura!
 ¡Ella, el ángel!... ¡Ella, barro!
 Mas ¿son certezas mis celos?
 ¿No existen negras traiciones?
 ¿Han sido siempre ficciones
 los Yagos y los Otelos?
 Pensamiento, que te apartas
 de la triste realidad,
 ¡allí tienes la verdad
 escrita en aquellas cartas!
(Señalando las que conserva MARÍA en la mano.)
 Si es inocente, ¿por qué
 la mano cierra convulsa?
 ¡A verlas honor me impulsa,
 y por Dios que las veré!
(Se acerca a MARÍA y le quita las cartas con precaución. MARÍA finge alguna resistencia.)
 ¡Al fin! ¡La prueba precisa!
(Mirando a MARÍA)
 ¡Creyera que me provoca,
 vagando en su bella boca
 una irónica sonrisa!
 Goza en tu alegre soñar,
 goza en tu feliz letargo,
 porque ha de ser muy amargo,
 María, tu despertar!
(Quiere leer las cartas y no lo consigue, porque se le turba la vista.)
 ¡Quiero estas cartas leer!
 ¡Quiero apurar mi amargura!
 ¡Y es la noche tan oscura
 que sombras hay por doquier!
 ¡Su letra!... ¡Pienso que lloro!
 ¿Qué dice aquí?... «¡Te amo tanto!»
(Leyendo.)
 ¡Yo verter cobarde llanto!
(Enjugándose los ojos.)
 Y aquí, ¿qué dice?... «¡Te adoro!»
(Leyendo.)
 ¿Y al principio?... «¡Vida mía!»
(Idem.)
 ¿Y al fin?... «¡Para siempre tuya!»
(ldem.)
 ¡Ella le dice que es suya!
 ¡Ella! ¡Mi esposa! ¡María!

(Da muestras de grande desesperación. El actor interpretará este momento como juzgue oportuno. Mientras CARLOS se esfuerza por leer las cartas, MARÍA se incorpora con precaución y sigue con profunda alegría y risas irónicas los varios movimientos de CARLOS. Al talento de la actriz queda encomendada ésta y las difíciles escenas que siguen. Pausa. Se recobra un tanto y dice, con acento reconcentrado y terrible.)

 Que algo olvido se me antoja;
 alumbró mi oscuridad
 un rayo de claridad:
 ¡luz, mucha luz, pero roja!
 ¡Luis, tan noble y caballero
 y tan amigo y tan franco,
 guardó las hojas en blanco!
(Señalando irónicamente el borde de las cartas a LUIS.)
 Blanco serán de mi acero.
 En forzoso concluir:
 ¡vas, esposa, a despertar!
(Con acento terrible.)
 Es ya sobrado soñar
 sueños que hacen sonreír.
 ¡Despierta!...
(Sacudiéndole un brazo violentamente.)

MARÍA. ¡Carlos, mi amor!

CARLOS. (Vacilando y retrocediendo ante MARÍA, que avanza cariñosa hacia él.)
 ¡María!...

MARÍA. ¡Qué dulce calma
 soñando gozaba el alma!
(Con languidez.)

CARLOS. (Aparte.)
 
 ¡Cómo finge!

MARÍA. (Aparte.)
 
                    ¡Qué traidor!

(MARÍA se acerca a CARLOS y se apoya en él lánguidamente. CARLOS, luchando con sentimientos encontrados, unas veces la rechaza con ira, otras la atrae con pasión. Los actores darán a esta escena el carácter que crean más propio.)

 ¡Cuánta ventura! ¡Es muy tarde!
 ¿No es verdad, esposo mío?
 ¿Estás triste?... ¡Qué desvío!

CARLOS. (Aparte.)
 
 ¡A mi voluntad cobarde
 ayudad, memorias toda!

MARÍA. (Mirando hacia el balcón.)
 
 Comienza a clarear el día.

CARLOS. Así clareaba, María,
 la noche de nuestras bodas.
 ¿Te acuerdas? ¡Responde!

MARÍA. (Tristemente.)
                                            Sí.

CARLOS. ¡Los dos el salón dejando
 y el corazón palpitando,
 solos vinimos aquí!
 ¡Todo en silencio y oscuro
 cual santuario misterioso!
 ¡Murmuraba tembloroso
 mi nombre tu labio puro!
 ¡Oh celestial ilusión,
 vuelve a mí!

MARÍA. (Dominada, a pesar suyo.)
 
                      ¡Carlos!

CARLOS. ¡María!
 ¡En el silencio se oía
 palpitar tu corazón!
 Blanco, puro, transparente
 el albor de la mañana,
 al través de esa ventana
 bañó tu pulida frente!
 «¡Tuya por siempre!», dijiste,
 ¡y llorando me abrazaste!

MARÍA. (Sin poder contenerse.)
 
 ¡Tú, Carlos, también juraste!

CARLOS. (Con acento terrible y asiéndola del brazo con violencia.)
 ¡Pero tú, infame, mentiste!

MARÍA. (Fingiéndose aterrada y retrocediendo. CARLOS avanza sobre ella, amenazador.)
 
 ¿Por qué tan fieros enojos
 en tu voz que vibra airada?
 ¿Por qué hay fuego en tu mirada
 y lágrimas en tus ojos?

CARLOS. (Casi al oído, con voz reconcentrada y terrible.)
 
 ¿Por qué?... ¡Porque amas a Luis!

MARÍA ¡Jesús!

CARLOS. ¡Tengo pruebas hartas!

MARÍA. ¡No, Carlos, no!

CARLOS. ¿Y estas cartas?

MARÍA. (Con extraordinaria energía.)
 ¡Las cartas y tú mentís!

CARLOS. (Confundido y algo desconcertado.)
 ¡Me asombra tanta maldad!

MARÍA. (Aparte.)
 Me olvidé de mi papel.

CARLOS. (Con superioridad abrumadora.)
 
 ¡Conserve al menos la infiel
 la honradez de la verdad!

(MARÍA se finge vencida: baja la cabeza y oculta el rostro entre las manos.)
 
 ¿Al fin confiesas?

MARÍA. ¡Perdón!...
 ¡Llorando tu cuello ciño!
(MARÍA procura abrazar a CARLOS, pero éste la rechaza con dulzura.)

CARLOS. ¿Qué has hecho de aquel cariño
 que puse en tu corazón?
 ¡Mi propio nombre te di
 Y mi esperanza y mi fe!
 ¿Por qué, insensato, te amé?
 ¿Por qué, ¡hay Dios!, te conocí?

MARÍA. ¿No podré, Carlos, borrar
 la inmensidad de mi culpa?

CARLOS. Para el crimen no hay disculpa.

MARÍA. ¿Pues qué me resta?

CARLOS. ¡Llorar!
(Pausa.)
 
 Cuando la traición nos hiere;
 cuando el ser a quien amamos,
 por quien todo lo olvidamos,
 otro cariño prefiere;
 cuando de sí nos arroja
 y su esquivez nos humilla:
 cuando el llanto en la mejilla
 más la quema que la moja,
 se extingue toda ilusión
 por aquel que nos agravia,
 y de la vida la savia
 se seca en el corazón.
 ¡Tú, que al doméstico hogar
 la deshonra me trajiste;
 tú, que los lazos rompiste
 jurados en el altar!...
(Aparte.)
 Mis ojos el llanto arrasa...
 ¡Tú..., lo digo con dolor,
(En voz alta.)
 Pero lo exige el honor,
 debes salir de mi casa!

MARÍA. (Fingiéndose aterrada.)
 ¡Por Dios!...

CARLOS. (Aparte.)
 
 ¡Aunque me taladre
 su pena el alma! (En voz alta)
                         ¡María,
 al primer rayo del día
 a unirte irás con tu madre!


(CARLOS rechaza suavemente a MARÍA, y va a caer desfallecido en el sillón que está junto a la mesa de la izquierda. MARÍA se deja caer en el sofá de la derecha. Ambos permanecen silenciosos. Comienza a clarear débilmente el día. Pausa. CARLOS hace sonar un timbre que habrá sobre la mesa.)


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Escena XIII[editar]

DICHOS Y JUAN. Suena el reloj.


CARLOS. Juan.

JUAN. ¿Señor?

CARLOS. ¿Dieron?...
(Como distraído.)
 
JUAN. Las cinco.

CARLOS. Al fin concluyó la noche.

JUAN. ¿Llamaba el señor?

CARLOS. El coche.

JUAN. Al momento. (Aparte.)
                       Con ahínco
 busco de luz un destello
 por averiguar qué pasa
 en esta bendita casa,
 y nada, no doy con ello.
(Sale JUAN.)


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Escena XIV[editar]

MARÍA Y CARLOS.


MARÍA. (Levantándose lentamente y acercándose, CARLOS, que parece abismado en su dolor. Con voz suplicante.)

 ¡Carlos, por última vez!

CARLOS. (Sin volverse.)
 
 Es inútil.

MARÍA. ¡Un favor!
 ¡El postrero de tu amor!
 ¡Mira mi pálida tez!
 ¿La ves anegada en llanto?
 ¡Eugenio!...
(Con voz cada vez más tierna.)

CARLOS. Queda conmigo.
 Ese será tu castigo.

MARÍA. (Fingiendo desesperación.)
 
 ¡Perderle siendo mi encanto!
(Pausa.)
 ¡Carlos, tu enojo refrena!
 ¿Nada mi crimen disculpa?

CARLOS. ¿De quién es, mujer, la culpa?
 Tuya: pues sufre la pena.

MARÍA. ¡Es tu corazón de roca!

CARLOS. ¡Es inmenso mi dolor!

MARÍA. ¡Jamás olvidé tu amor!

CARLOS. ¿Así profana tu boca?
 ¡Vete! (La rechaza con indignación.)

MARÍA. ¡Escúchame!

CARLOS. ¡Jamás!

MARÍA. ¡Una distracción galante!...
(Con fingida candidez, en cuyo fondo hay algo de ironía.)
 Fué mi amigo, no mi amante.
 ¡Lo juro, Carlos!

CARLOS. (Dominándose apenas.)
 
                 ¡No más!

MARÍA. (Marcando aún más la ironía.)
 
 ¡A veces nos avasalla
 un delirio, un arrebato!

CARLOS. (Con desesperación.)
 
 ¡Y la escucho y no la mato!

MARÍA. ¡Te amo tanto, Carlos!
(Acercándose cariñosamente a CARLOS.)

CARLOS (Rechazándola.)
 
 ¡Calla!

MARÍA. Alguna frase imprudente
 que nada, Carlos, encubre:
 ligerezas...

CARLOS. ¡Ves que cubre
 mortal palidez mi frente!

MARÍA. Si leyéramos con calma
 esos papeles...

CARLOS. ¡María!
(Con voz suplicante y procurando apartarse de ella; pero MARÍA le sigue.)

MARÍA. Justificarme podría.

CARLOS. ¡Vete!

MARÍA. ¡Carlos de mi alma!
(CARLOS hace esfuerzo por no oírla. MARÍA insiste.)
 También hay en las mujeres
(Con cierto tinte de candidez y de ironía.)
 ilusiones pasajeras:
 la importancia tú exageras
 de esas cartas...

CARLOS. (Con acento terrible.)
 
                            ¿Tú lo quieres?

MARÍA. ¡Sí, Carlos!

CARLOS. (Ciego de ira.)
 
                    ¡Tu voluntad
 es la muerte de los dos!

MARÍA. ¿Y bien?

CARLOS. ¡Escucha!
(La coge por un brazo y la trae a sí violentamente.)

MARÍA. ¡Por Dios!

CARLOS. ¡El de ti tenga piedad!
(Leyendo con voz alterada.)

«Adorado Luis: Es muy tarde y aún no he podido cerrar mis cansados párpados. Tú me faltas y sin ti no hay para tu María ni sosiego ni reposo, ni es la existencia más que tormento intolerable.»

MARÍA. Y esto, ¿qué prueba?

CARLOS. (Se detiene algunos instantes y la mira con profundo estupor. MARÍA sonríe con inocencia.)
 
                                 ¡Me asombra
 la audacia de esta mujer!
(Cubriéndose el rostro con las manos.)
 ¡Alrededor de mi ser
 se va extendiendo la sombra!

MARÍA. Sigue, Carlos.

CARLOS. ¡Que prosiga!

MARÍA. Y sin temor.

CARLOS. Pues escucha.
(Sigue leyendo con voz sorda y contenida, y casi maquinalmente.)
 «Estoy sola y puedo escribirte. Sola, sí, Carlos no ha vuelto y Eugenio duerme. ¡Carlos, Eugenio, los dos seres que más amaba yo en el mundo antes de conocerte!...»

MARÍA. ¿No acabas?

CARLOS. No; que esta lucha
 me enloquece... y me fatiga...
 ¡Toma y huye!
(Le da la carta a MARÍA; ésta la toma, pero sigue inmóvil.)
 
                          ¡Por el cielo!
(Al ver que MARÍA no se marcha.)
 ¿No estás viendo que en mis ojos,
 Por el delirio ya rojos,
 se extiende de sangre un velo?

MARÍA. (Aparte.)
 
 A mi carta sustituyo
 la que a Loreto escribió.
(Hace con precaución el cambio de una carta por otra.)
 ¿Por qué no terminas?
(Alto y procurando darle la carta; pero CARLOS se resiste.)

CARLOS. ¡No!

MARÍA. (Con acento provocativo.)
 
 Que ya vacilas arguyo.
(Le sigue con la carta en la mano, insistiendo en que la tome, pero sin conseguirlo, por la obstinación de CARLOS.)
 
 ¡Sigue leyendo!

CARLOS. (Defendiéndose.)
                    ¡No más!

MARÍA. (Con fiereza.)
 
 ¡Sigue, que acepto el combate!

CARLOS. ¿Anhelas que yo te mate?
 ¡Pues bien: lo conseguirás!
 ¡Tiemble la mujer liviana!
(Fuera de sí.)
 ¿Quieres que tu carta lea?

MARÍA. ¡Mil veces sí!

CARLOS. ¿Sí?... ¡Pues sea!
 ¡Y al despuntar la mañana,
 por destrozo de esta lid,
 de mi venganza pregón
 debajo de ese balcón
 verá tu cuerpo Madrid!

MARÍA. ¡Pronto!

CARLOS. (La trae a sí con furor.)
 
              ¡Ven!... ¡Escucharás
 tu sentencia de rodillas!
(La obliga a arrodillarse, a pesar de su resistencia.)

MARÍA. ¡Carlos, Carlos..., que me humillas!

CARLOS. ¡Tu crimen te humilla más!

(Comienza CARLOS a leer, pero sin encontrar el punto en que lo dejó, dudando y repitiendo las palabras.)

«Tú me faltas..., ni la existencia más que tormento intolerable..., los dos seres...-¡ah!...-, los dos seres -¡sí!...-, los dos seres que yo amaba más en el mundo antes de conocerte, Loreto de mi vida... ¡Loreto de mi vida!... ¡¡Loreto de mi vida!!...»

(Después de repetir dos veces maquinalmente el nombre de Loreto, se detiene

CARLOS, asombrado de lo que acaba de leer. Mira a su alrededor con desvarío, se pasa la mano por la frente, contempla con estupor a MARÍA, que sigue arrodillada a sus pies, y demuestra en todos sus movimientos la confusión que le domina. El actor, a pesar de estas observaciones, interpretará este momento como juzgue oportuno. Aparte.)

 
 ¡Cómo!... ¡Qué!... ¿Yo dije?... No.
(Alto.)
 ¡Aire!... ¡Luz!... ¡Me vuelvo loco!...
 ¿Qué es esto?... No... Poco a poco...
 Un vértigo me turbó.

(Vuelve de nuevo a mirar la carta. En tanto, MARÍA, siempre de rodillas, le contempla con sonrisa sardónica. Aparte.)

 ¡De Loreto el nombre miro!
(Alto.)
 ¿Qué es esto?

MARÍA. Prosigue.

CARLOS. Espera...
 ¡Una ilusión pasajera!...
(Aparte.)
 Dice: «¡Loreto!...» ¡Delirio!...

MARÍA. ¿De tus venganzas en pos
 no sigues?

CARLOS. (Mirando otra vez la carta, y aparte.)
                 Dice: «¡María
 y Eugenio!...» ¡La letra es mía!
(Deja caer la carta, que MARÍA recoge sin levantarse.)

MARÍA. Leeremos juntos los dos.

(Siempre arrodillada, pero obligando a CARLOS a que se incline hacia ella. Leyendo.)

«A poca distancia de mí duermen María y Eugenio, los dos seres que yo más amaba en el mundo antes de conocerte, Loreto de mi vida. Hoy, ¿qué son para mí? Si su recuerdo pasa por mi memoria, más es como sombra molesta que como imagen querida. Es que tu amor, Loreto de mi alma, se ha apoderado como dueño absoluto de mi ser, y tu Carlos diera por sólo un beso tuyo...»


CARLOS. ¿Qué es esto, Dios de los cielos,
 que mi razón enloquece?

MARÍA. Esto es, Carlos, que amanece:
 sol que rasga negros velos.
 ¡Basta de infame ficción
(Levantándose con energía.)
 y de cobarde comedia,
 que ya mi altivez me asedia
 con gritos de indignación!

CARLOS. Pero ¿aquella horrible carta
 que yo con mis ojos vi?...

MARÍA. Aquí la tienes, aquí,
(Presentándosela.)
 que ya mi paciencia es harta.
 Escucha, Carlos, la historia
 que alucinó tu razón,
 O por sobra de pasión
 o por falta de memoria.
(Pequeña pausa. MARÍA relata con rapidez.)
   Hoy descubro tu Secreto;
 la verdad por fin te arranco:
 sobre las hojas en blanco
 de tus cartas a Loreto,
 dominando mi dolor,
 secando mi llanto ardiente,
 voy copiando lentamente
 tus tiernas frases de amor;
 ruego a Luis y al fin escribe
 compasivo; llamo a Inés;
 ella a Juan llama después,
 y a tu vuelta le apercibe
 con una historia mentida;
 te repite Juan el cuento,
 penetras en mi aposento
 y me finjo la dormida;
 y aquí ya el esposo infiel,
 a entender por fin empieza
 lo que cuesta una vileza
 de lágrimas y de hiel.
 En mí como en un espejo
 viste tu amor criminal:
 yo soy el limpio cristal
 y tú el impuro reflejo.
 Aquésta es la triste historia
 que alucinó tu razón,
 o por sobra de pasión
 o por falta de memoria.

CARLOS. (Hablando consigo mismo.)
 Todo así por fin se explica...
 ¡Pero esta duda fatal!...
 ¡Una prueba material
 mi angustia te lo suplica!

MARÍA. (Mostrando las cartas de CARLOS.)
 De mis cartas éstas son
 comprobante necesario,
 como libro talonario
 de tu infamia y tu traición.
(Ajustando dos cartas, una de CARLOS y otra suya.)
 ¿Tus cartas ves ajustar
 por los bordes a las mías?
 ¿No es verdad que mis porfías
 premio lograron hallar?
 ¡Tanta perfección alcanza
 el ajuste, y tal limpieza,
 que jamás a una vileza
 más se ajustó una venganza!

CARLOS. (Con arrebato.)
 ¡Es la luz! ¡La luz del día!
 ¡Es la verdad; la evidencia!
 ¡Miraba yo mi conciencia
 y dudaba de María!

MARÍA. (Aparte.)
 
 ¿Por qué, corazón cobarde,
 su alegría te conmueve?
 ¡Es el traidor, el aleve!

CARLOS. ¡Ven a mis brazos!

MARÍA. (Retrocediendo.)
 
                                     Es tarde.
 Ya conoces mi secreto
 y estás tranquilo por ti;
 Pero no piensas en mí,
 ni en tu infamia, ni en Loreto.
 Cuando la traición nos hiere;
 cuando el ser a quien amamos,
 por quien todo lo olvidamos,
 otro cariño prefiere;
 cuando de sí nos arroja
 y su esquivez nos humilla;
 cuando el llanto en la mejilla
 más la quema que la moja;
 cuando por horrible prueba,
 ella, la esposa ultrajada,
 oye leer arrodillada
 las cartas a la manceba,
 se extingue toda ilusión
 por aquel que nos agravia,
 y de la vida la savia
 se seca en el corazón.
 Un abismo nos separa;
 me repugna tu regazo;
 rompiste el divino lazo
 que postrado ante el ara
 por siempre unirnos debió.

CARLOS. ¡María!

MARÍA. En mi pecho frío
 sólo hay tristeza y hastío.

CARLOS. ¿Y tu cariño?

MARÍA. (Pausa.)
 
                          Murió.
 De la mujer tan escasa
 la autoridad siempre fué,
 que como tú no podré
 decirte: sal de mi casa;
 pero aunque el dolor taladre
 mi pecho, si al ser de día
 aquí estás...

CARLOS. ¡Por Dios, María!

MARÍA. (Pausa.)
 
 Iré a unirme con mi madre.
 Grato me fuera vivir
 entre recuerdos de ayer;
 si esta casa he de perder...

CARLOS. Es justo, debo partir.

MARÍA. Eugenio queda conmigo;
 necesito que mi llanto
 seque.

CARLOS. ¡Pero él es mi encanto!

MARÍA. Ese será tu castigo.


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Escena XV[editar]

DICHOS y LUIS.


 
MARÍA. (Dirigiéndose al cuarto en que está LUIS oculto.)
 ¡Luis!

(Se presenta LUIS, deteniéndose a pocos pasos de la puerta. Movimiento de sorpresa de CARLOS.)

                  Me vence la emoción
 y necesito reposo.
 Repita usted a mi esposo
 que en esta triste ficción,
 sólo cediendo a mi llanto,
 tomó usted parte por mí.

LUIS. Así fué, señora.

MARÍA. Sí.
 ¡Y cuánto agradezco, cuánto
 su bondad!, yo no podría
 explicar cumplidamente.
 ¡Adiós.!... ¡Se abrasa mi frente!
(Se dirige MARÍA a la primera puerta de la derecha. LUIS se aproxima al paso.)

LUIS. (Aparte.)
 ¿Y sus promesas?... ¡María!

MARÍA. (Aparte y mirando con soberana altivez y desprecio.)
 Ha podido comprender
 que ante todo soy honrada,
 y, ya la traición pasada,
 al traidor no he menester.
(Sale.)


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Escena XVI[editar]

CARLOS y LUIS.


 
LUIS. (Mirando hacia la puerta por donde salió MARÍA.)
 ¿Y he de rendir vasallaje
 a su virtud?

CARLOS. (Poniendo una mano en el hombro a LUIS.)
                   Del amigo
 dignas son, Luis, de castigo
 aun apariencias de ultraje.
LUIS. En mí tienen fiador
 mis actos malos o buenos;
 pero convendrás al menos,
 si no te ofusca el rencor,
 que poco duró el engaño,
 y que si cómplice he sido
 de María y he fingido,
 no fué, Carlos, en tu daño.

CARLOS. Tan grande es mi confusión
 en este angustioso instante,
 que al verte de mí delante
 le pregunto a mi razón
 si a pesar de antiguos lazos
 impune dejarte puedo,
 o si a los recuerdos cedo
 de amigo y te abro los brazos.

LUIS. (Fríamente.)
 Tu conciencia en consultar
 harás bien.
(Aparte.)
                ¡Adiós, María!
(En voz alta.)
 A solas yo con la mía
 voy también a meditar.
(Sale lentamente por la puerta de la izquierda.)


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Escena XVII[editar]

CARLOS y MARÍA, observándole con precaución desde la puerta primera de la derecha.



CARLOS. A solas con su conciencia,
 dice Luis, y dice bien.
 Cien veces, y aun otras cien,
 quise yo de mi demencia
 vencer la furia en secreto,
 y tornar a mi María,
 y siempre me lo impedía
 la memoria de Loreto.
 ¿Qué importa ya que vencido
 ante esa puerta solloce?
(Señalando el cuarto de MARÍA.)
 
 ¡El bien nunca se conoce
 hasta después de perdido!
(Pausa.)
 
 Me desprecia y me aborrece;
 es necesario partir;
 pero antes debo cumplir
 sin vacilar, que envilece
 la duda de un solo instante,
 un imperioso deber.
 ¡Adiós, sirena o mujer!
 ¡Adiós, mi Loreto amante!...
 ¡No; dije mal!... ¡Ya no es mía!
 ¡La del llanto y el dolor,
 esa mujer es mi amor,
 no la impura alegría!
 ¡Loreto, cuán seductora,
 qué mirada tan ardiente!
 ¡Cuánta tristeza en la frente
 de María, y cuánto llora!


(Se detiene algunos instantes; después se sienta a escribir en el velador inmediato a la puerta en que observa MARÍA. Escribiendo y repitiendo en alta voz lo que escribe.)

«¡Adiós para siempre, Loreto! Una noche de angustia y de dolor ha iluminado mi conciencia y ha fortalecido mí espíritu. Todo concluyó entre nosotros. Perdóname y olvida a quien hoy quisiera olvidar delirios que le cuestan la felicidad de toda la vida y remordimientos que serán su eterno castigo. Otra vez más, Loreto, ¡adiós para siempre!... Carlos.»

(Se levanta, dejando la carta abierta sobre el velador, y marcha distraído. Después se acerca al balcón y contempla las primeras luces del día. En tanto, MARÍA aventura algunos pasos, toma la carta y lee con profunda emoción.)

 
CARLOS. Blanquea el negro capuz
 del alba la pura esencia,
 cual en oscura conciencia
 esparce el deber la luz.

MARÍA. (Leyendo.)
 
 «¡Adiós por siempre, Loreto!»
 ¡Luego su amor me prefiere!

CARLOS. Hoy el Destino me hiere.

MARÍA. (Aparte.)
 
 ¿Qué me dices en secreto,
 corazón con tu latir?
 ¿Recuerdas tal vez su amor?
 
CARLOS. ¡Me falta, ay Dios, el valor,
 y es necesario partir!


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Escena XVIII[editar]

CARLOS Y JUAN. MARÍA, al ver llegar a JUAN, se retira a su cuarto y observa desde la puerta.


JUAN. El coche, señor, aguarda.

CARLOS. Voy al punto.

JUAN. (Aparte.)
 
   ¡Toma es él!...
 ¡Válgame Dios, qué Babel!
(JUAN se dirige a la ventana y mira por ella.)
 
 Mucho la mañana tarda,
 pero abriendo este cristal
 tenemos ya luz bastante.

(Abre las dos hojas del balcón, después toma el quinqué y se dirige a la puerta de la izquierda. Aparte.)

Primero fué el ayudante,
ahora se va el principal.

(Mirando a CARLOS sale. La escena queda únicamente iluminada por la pálida luz del amanecer.)


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Escena XIX[editar]

CARLOS Y MARÍA, quien observa desde la puerta de su cuarto hasta el momento en que, según indica el diálogo, debe presentarse.


CARLOS. (Disponiéndose a partir y luchando con la emoción que le domina.)

<poem>
Vapores del nuevo día, 
recoged en vuestro manto 
este amarguísimo llanto 
y llevádselo a María. 
¡Por ella lloro y por él! 
¡Por el pobre pequeñuelo 
con ojos color de cielo 
de quien me aparta cruel! 
¡Adiós, porvenir tranquilo; 
adiós, domestico hogar; 
te voy por siempre a dejar 
y acongojado vacilo! 
¿Qué misteriosa atracción 
me llama invencible a ti? 
¡Es, ay, que me dejo aquí 
la mitad del corazón! 

(Dirigiéndose a la puerta de la izquierda.)

¡Adiós por última vez 
del alma divinos lazos: 
os tiendo al partir los brazos! 

MARÍA. (Aparte.)

Es mortal su palidez! 

CARLOS. El tiempo pasa veloz. (Da algunos pasos.)

MARÍA. (Llamándole débilmente.)

¡Carlos! 

CARLOS. (Se detiene.)

             ¡No puedo, no puedo! 
¡Hasta pensé que muy quedo 
me llamaba! 

MARÍA. ¡Ven!

CARLOS. ¡Su voz! (Se vuelve y tiende los brazos a MARÍA, pero sin acercarse a ella.)

MARÍA. ¡Te llama el niño!

CARLOS. (Sin acercarse.)

       ¡María! 

MARÍA. ¡Y yo te llamo también!

(Tendiéndole los brazos en una explosión de cariño. Se precipitan uno en otro y se abrazan llorando.)

CARLOS. ¡La sangre choca en mi sien!

¡Yo deliro... de alegría! 
¡Eres ángel del cielo! 

MARÍA. ¡Silencio!

CARLOS. ¡Mi pecho estalla!

¡Y tú me perdonas! 

MARÍA. ¡Calla,

que despierta el pequeñuelo! 

(Pausa.)

¡Qué horribles ensueños, Carlos, 
tuve esta noche! ¡Ay de mí! 
¡Pero al despertar te vi... 
y no puedo recordarlos! 

CARLOS. ¡No los recuerdes jamás,

te lo pido de rodillas! 

(Intenta arrodillarse.)

MARÍA. (Conteniéndole.)

¡No, Carlos, no, que te humillas! 

CARLOS. ¡Mi crimen me humilla más!

¡Rompí los infames lazos! 

MARÍA. (Casi al oído y en voz baja.)

¡Silencio!... ¡Yo nada sé!... 
¡Yo te amo... como te amé! 

CARLOS. ¡A tus plantas!

MARÍA. ¡En mis brazos! (Se abrazan. Telón.)


Fin3.jpg



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