El médico a palos (Versión para imprimir)1

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El médico a palos (1830) de Molière
traducción de Leandro Fernández de Moratín
Acto I
 
EL MÉDICO Á PALOS.

ACTO PRIMERO.
ESCENA I.
BARTOLO. MARTINA.


BARTOLO.

¡Válgate Dios y qué durillo está este tronco! El hacha se mella toda, y él no se parte..... (Corta leña de un arbol inmediato al foro: deja despues el hacha arrimada al tronco, se adelanta hácia el proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y estabon, enciende un cigarro y se pone á fumar.) ¡Mucho trabajo es este!..... Y como hoy aprieta el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo mas..... Dejémoslo y será lo mejor, que ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá bien un rato de descanso y un cigarrillo, que esta triste vida otro la ha de heredar..... Alli viene mi muger. Qué traerá de bueno?

MARTINA.

(Sale por el lado derecho del teatro.)
Holgazan, ¿qué haces ahí sentado, fumando, sin trabajar? ¿Sabes que tienes que acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de mediodia?

BARTOLO.

Anda, que si no es hoy será mañana.

MARTINA.

Mira qué respuesta.

BARTOLO.

Perdóname, muger. Estoy cansado y me senté un rato á fumar un cigarro.

MARTINA.

¡Y que yo aguante á un marido tan poltron y desidioso! Levántate y trabaja.,

BARTOLO.

Poco á poco, muger, si acabo de sentarme.

MARTINA.

Levántate.

BARTOLO.

Ahora no quiero, dulce esposa.

MARTINA.

¡Hombre sin vergüenza, sin atender á sus obligaciones! ¡Desdichada de mí!

BARTOLO.

¡Ay! ¡qué trabajo es tener muger! Bien dice Séneca, que la mejor es peor que un demonio.

MARTINA.

Miren qué hombre tan hábil, para traer autoridades de Séneca.

BARTOLO.

¿Si soy hábil? A ver, á ver, búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis años á un médico latino, ni que haya estudiado el quis vel qui, quæ, quod vel quid, y mas adelante, como yo lo estudié.

MARTINA.

Mal haya la hora en que me casé contigo.

BARTOLO.

Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello.

MARTINA.
Haragan, borracho.
BARTOLO.

Esposa, vamos poco á poco.

MARTINA.

Yo te haré cumplir con tu obligacion.

BARTOLO.

Mira, muger, que me vas enfadando.
(Se levanta desperezúndose, encaminase hácia el foro, coge un palo del suelo vuelve.)

MARTINA.

¿Y qué cuidado se me da á mí, insolente?

BARTOLO.

Mira que te he de cascar, Martina.

MARTINA.

Cuba de vino.

BARTOLO.

Mira que te he de solfear las espaldas.

MARTINA.

Infame.

BARTOLO.

Mira que te he de romper la cabeza.

MARTINA.
¿A mí? bribon, tunante, canalla, ¿á mí?
BARTOLO.

¿Sí? Pues toma. (Da de palos á Martina.)

MARTINA.

¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!

BARTOLO.

Este es el único medio de que calles..... Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.

MARTINA.

¿Despues de haberme puesto asi?

BARTOLO.

No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.

MARTINA.

No quiero.

BARTOLO.

Vamos, hijita.

MARTINA.

No quiero, no.

BARTOLO.
Mal hayan mis manos que han sido causa de enfadar á mi esposa..... Vaya, ven, dame un abrazo. (Tira el palo á un lado la abraza.)
MARTINA.

¡Si reventáras!

BARTOLO.

Vaya, si se muere por mí la pobrecita..... Perdóname, hija mia. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos mas ó menos no valen nada..... Voy hácia el barranquitero, que ya tengo alli una porcion de raices, haré una carguilla y mañana con la burra la llevaremos á Miraflores. (Hace que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago, si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha con sus piedras azules.

(Toma el hacha y unas al forjas, y se va por el monte adelante. Martina se queda retiradu á un lado, hablando entre si.)

MARTINA.
Anda, que tú me las pagarás..... Verdad es que á una muger no le pueden faltar medios para vengarse de su marido; pero no me satisface cualquier castigo, yo quisiera uno que él sintiera de veras.
 
ESCENA II.
MARTINA. GINĖS. LUCAS. (Salen por la izquierda.)


LUCAS.

Vaya, que los dos hemos tomado una buena comision... Y no sé yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo.

GINÉS.

¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer á nuestro amo; ademas que la salud de su hija á todos nos interesa..... Es una scñorita tan afable, tan alegre, tan guapa..... Vaya, todo se lo merece.

LUCAS.

Pero hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido á visitarla no hayan descubierto su enfermedad.

GINÉS.

Su enfermedad bien á la vista está; el remedio es lo que necesitamos.

MARTINA.
(Aparte. ¡Que no pueda yo imaginar alguna invencion para vengarme!
LUCAS.

Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello..... Como no hayamos equivocado la senda.....

MARTINA.

(Aparte, hasta que repara en los dos, y les hace cortesia. Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazon, No puedo olvidarlos)..... Pero, señores, perdonen ustedes, que no los habia visto porque estaba distraida.

LUCAS.

¿Vamos bien por aqui á Miraflores?

MARTINA.

Sí señor. (Señalando adentro por el lado derecho.) Ve usted aquellas tapias caidas junto á aquel nogueron? Pues todo derecho.

ĢINÉS.

¿No hay alli un famoso médico que ha sido médico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?

MARTINA.

¡Ay! sí señor. Curaba en griego, pero hace dos dias que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo de tierra.

GINÉS.

¿Qué dice usted?

MARTINA.

Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes á buscar?

LUCAS.

Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al rio.

MARTINA.

¡Ah! sí. La hija de Don Gerónimo. ¡Válgate Dios! Pues qué tiene?

LUCAS.

¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido á perder el habla.

MARTINA.
¡Qué lástima! Pues..... (Aparte, con expresion de complacencia. ¡Ay qué idea me ocurre!) Pues mire usted, aqui tenemos el hombre mas sabio del mundo que hace prodigios en esos males desesperados.
GINÉS.

¿De veras?

MARTINA.

Sí señor.

LUCAS.

¿Y en dónde le podemos encontrar?

MARTINA.

Cortando leña en ese monte.

GINÉS.

Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutiferas.

MARTINA.

No señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre patan, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dió.

GINÉS.

Cierto que es cosa admirable que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algun ramo de locura mezclada con su ciencia.

MARTINA.

La manía de este hombre es la mas particular que se ha visto. No confesará su capacidad á menos que no le muelan el cuerpo á palos; y asi les aviso á ustedes que si no lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido bien.

GINÉS.

¡Qué extraña locura!

LUCAS.

¿Habráse visto hombre mas original?

GINÉS.

¿Y cómo se llama?

MARTINA.

Don Bartolo. Facilmente le conocerán ustedes. El es un hombre de corta estátura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.

LUCAS.
No se me despintará, no.
GINÉS.

Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?

MARTINA.

¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre muger, ya iban á enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó á la difunta, sacó una redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y la muerta se levantó tan alegre cantando el frondoso.

GINÉS.

¿Es posible?

MARTINA.

Como que yo lo ví. Mire usted, aún no hace tres semaas que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta. Pues seîñor, llamaron á Don Bartolo, él no queria ir allá, pero mediante una buena paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete, y con una pluma le fue untando, untando al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se puso en pie, y se fue corriendo á jugar á la rayuela con los otros chicos.

LUCAS.

Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos á buscarle.

MARTINA.

Pero sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de los garrotazos.

GINÉS.

Ya, ya estamos en eso.

MARTINA.

Alli debajo de aquel arbol hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.

LUCAS.

¿Sí? Voy por un par de ellas.

(Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hácia el foro y coge otro, vuelve, y se le da á Ginés.)

GINÉS.
¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio!
MARTINA.

Y sino, todo será inútil. (Hace que se va, y vuelve.) ¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque corre como un gamo, y si les coge á ustedes la delantera no le vuelven á ver en su vida. (Mirando hácia dentro á la parte del foro.) Pero me parece que viene. Sí, aquel es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer bondad, menudito en él. A Dios, señores.


ESCENA III.
GINÉS. LUCAS.


LUCAS.

Fortuna ha sido haber hallado á esta muger. Pero no ves qué traza de médico aquella?

(Los dos miran hácia el foro.)

GINÉS.

Ya lo veo..... Mira, retirémonos uno á un lado otro á otro, para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor cortesía del mundo. Lo entiendes?

LUCAS.
Si.
GINÉS.

Y solo en el caso de que absolutamente sea preciso.....

LUCAS.

Bien..... Entonces me haces una seña, y le ponemos como nuevo.

GINÉS.

Pues apartémonos, que ya llega.

(Ocúltanse á los dos lados del teatro.)


ESCENA IV.
GINÉS. LUCAS. BARTOLO.

(Sale del monte, con el hacha y las alforjas al hombro, cantando; sientase en el suelo en medio del teatro y saca de las alforjas una bota.)


BARTOLO.

 En el alcazar de Venus,
Junto al Dios de los planetas,
En la gran Constantinopla,
Allá en la casa de Meca,
Donde el gran Sultan Bajá
Imperio de tantas fuerzas,
Aquel alcorán que todos
Le pagan tributo en perlas:
Rey de setenta y tres reyes,

De siete imperios..... (Bebe.)
De siete imperios cabeza:
Este tal tiene una hija
Que es del imperio heredera.

(Vuelve á beber, va á poner la bota al lado Lucas, el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesia. Bartolo, sospechando que es para quitarle la bota, va á ponerla al otro lado á tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que Lucas. Bartolo pone la bota entre las piernas, y la tapa con las alforjas)

Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé la bota..... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso la guardaremos y la arroparemos, porque no tienen cara de hacer cosa buena.

GINÉS.

¿Es usted un caballero que se llama el señor Don Bartolo?

BARTOLO.

¿Y qué?

GINÉS.

¿Que si se llama usted Don Bartolo?

BARTOLO.
No, y sí, conforme lo que ustedes quieran.
GINÉS.

Queremos hacerle á usted cuantos obsequios sean posibles.

BARTOLO.

Si asi es, yo me llamo Don Bartolo.
(Quitase el sombrero y le deja á un lado.)

LUCAS.

Pues con toda cortesía.....

GINÉS.

Y con la mayor reverencia.....

LUCAS.

Con todo cariño, suavidad y dulzura.....

GINÉS.

Y con todo respeto, y con la veneracion mas humilde.....

BARTOLO.

(Aparte. Parecen arlequines, que todo se les vuelve cortesías y movimientos.)

GINÉS.
Pues señor, venimos á implorar su auxilio de usted para una cosa muy importante.
BARTOLO.

¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa de mí, haré lo que pueda.

GINÉS.

Favor que usted nos hace..... Pero cúbrase usted, que el sol le incomodará.

LUCAS.

Vaya, señor, cúbrase usted.

BARTOLO.

Vaya, señores, ya estoy cubierto..... (Pónese el sombrero, y los otros tambien.) ¿Y ahora?

GINÉS.

No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su.....

BARTOLO.

Es verdad, como que soy el hombre que se conoce para cortar leña.

LUCAS.
Señor....
BARTOLO.

Si ha de ser de encina, no la daré menos de á dos reales la carga.

GINÉS.

Ahora no tratamos de eso.

BARTOLO.

La de pino la dare mas barata. La de raices, mire usted.....

GINÉS.

¡Oh! señor, eso es burlarse.

LUCAS.

Suplico á usted que hable de otro modo.

BARTOLO.

Hombre, yo no sé otra manera de hablar. Pues me parece que bien claro me explico.

GINÉS.
¡Un sugeto como usted ha de ocuparse en egercicios tan groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, ¿no ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?
BARTOLO.

¿Quién, yo?

GINÉS.

Usted, no hay que negarlo.

BARTOLO.

Usted será el médico y toda su generacion, que yo en mi vida lo he sido. (Aparte. Borrachos estan.)

LUCAS.

¿Para qué es excusarse? Nosotros lo sabemos, y se acabó,

BARTOLO.

Pero, en suma, ¿quién soy yo?

GINÉS.

¿Quién? Un gran médico.

BARTOLO.

¡Qué disparate! (Aparte. ¿No digo que estan bebidos?)

GINÉS.

Con que vamos, no hay que negarlo, que no venimos de chanza.

BARTOLO.
Vengan ustedes como vengan, yo no soy médico, ni lo he pensado jamas.
LUCAS.

Al cabo me parece que será necesario..... (Mirando á Ginés.) ¿Eh?

GINÉS.

Yo creo que si.

LUCAS.

En fin, amigo Don Bartolo, no es ya tiempo de disimular.

GINÉS.

Mire usted que se lo decimos por su bien.

LUCAS.

Confiese usted, con mil demonios, que es médico, acabemos.

BARTOLO.

(Impaciente.) ¡Yo rabio!

GINÉS.

¿Para qué es fingir, si todo el mundo lo sabe?

BARTOLO.

Pues digo á ustedes que no soy médico.
(Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban, y se le acercan, disponiéndose para apalearle.)

GINÉS.
¿No?
BARTOLO.

No señor.

LUCAS.

¿Con que no?

BARTOLO.

El diablo me lleve si entiendo palabra de medicina.

GINÉS.

Pues amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que valernos del remedio consabido..... Lucas.

LUCAS.

Ya, ya.

BARTOLO.

¿Y qué remedio dice usted?

LUCAS.

Este.
(Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas para que no se escape.)

BARTOLO.

¡Ay! ¡ay! ¡ay!.... (Quitándose el sombrero.) Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes quieran.

GINÉS.
Pues bien, ¿para qué nos obliga usted á esta violencia?
LUCAS.

¿Para qué es darnos el trabajo de derrengarle á garrotazos?

BARTOLO.

El trabajo es para mí que los llevo..... Pero señores, vamos claros. ¿Qué es esto? ¿es una humorada, ó estan ustedes locos?

LUCAS.

¿Aún no confiesa usted que es doctor en medicina?

BARTOLO.

No señor, no lo soy. Ya está dicho.

GINÉS.

¿Con que no es usted médico?.... Lucas.

LUCAS.

¿Con que no? (Vuelven á darle de palos.) ¿Eh?

BARTOLO.

¡Ay! ¡ay! ¡Pobre de mí! (Pónese de rodillas, juntando las manos, en ademan de súplica.) Si que soy médico. Sí señor.

LUCAS.
¿De veras?
BARTOLO.

Sí señor, y cirujano de estuche, y saludador, albeitar, y sepulturero, y todo cuanto hay que ser.

GINÉS.

(Levántanle cariñosamente entre los dos.)
Me alegro de verle á usted tan razonable.

LUCAS.

Ahora sí que parece usted hombre de juicio.

BARTOLO.

(Aparte. ¡Maldita sea vuestra alma!....) ¿Si seré yo médico, y no habré reparado en ello?

GINÉS.

No hay que arrepentirse. A usted se le pagará muy bien su asistencia, y quedará contento.

BARTOLO.

Pero, hablando ahora en paz, ¿es cierto que soy médico?

GINÉS.

Certísimo.

BARTOLO.
¿Seguro?
GINÉS.

Sin duda ninguna.

BARTOLO.

Pues lléveme el diablo si yo sabia tal cosa.

GINÉS.

¿Pues cómo, siendo el profesor mas sobresaliente que se conoce?

BARTOLO.

(Riéndose.) ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

GINÉS.

Un médico que ha curado no sé cuántas enfermedades mortales.

BARTOLO.

(Con ironia.) ¡Válgame Dios!

LUCAS.

Una muger que estaba ya enterrada.....

GINÉS.
Un muchacho que cayó de una torre y se hizo la cabeza una tortilla.....
BARTOLO.

¿Tambien le curé?

LUCAS.

Tambien.

GINÉS.

Con que buen ánimo, señor doctor. Se trata de asistir á una señorita muy rica, que vive en esa quinta cerca del molino. Usted estará alli, comido y bebido, y regalado como cuerpo de rey, y le traerán en palmitas.

BARTOLO.

¿Me traerán en palmitas?

LUCAS.

Sí señor, y acabada la curacion le darán á usted qué sé yo cuanto dinero.

BARTOLO.

Pues señor, vamos allá. ¿En palmitas y qué sé yo cuanto dinero?.... Vamos allá.

GINÉS.

Recójele todos esos muebles, y vamos.

BARTOLO.
No, poco á poco. (Lucas recoje las alforjas y el hacha. Bartolo le quita la bota y se la guarda debajo del brazo.) La bota conmigo.
GINÉS.

Pero señor, ¡un doctor en medicina con bota!

BARTOLO.

No importa, venga..... Me darán bien de comer y de beber (Apartándose á un lado, medita y habla entre si. Despues con ellos.) La pulsaré, la recetaré algo..... La mato seguramente..... Si no quiero ser médico me volverán á sacudir el bulto, y si lo soy, me le sacudirán tambien..... Pero díganme ustedes, ¿les parece que este trage rústico será propio de un hombre tan sapientísimo como yo?

GINÉS.

No hay que afligirse. Antes de presentarle á usted, le vestiremos con mucha decencia.

BARTOLO.

(Aparte. Si á lo menos pudiese acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les decia mi amo á los enfermos saldría del apuro.)

GINÉS.

Mira que se quiere escapar.

LUCAS.
Señor Don Bartolo, ¿qué hacemos?
BARTOLO.

(Aparte. Aquel libro de vocabulorum, que llevaba el chico al aula. ¡Aquel sí que era bueno!)

GINÉS.

Vaya, basta de meditacion.

LUCAS.

¿Será cosa de que otra vez..... (En ademan de volverle á dar.)

BARTOLO.

¡Qué! no señor. Sino que estaba pensando en el plan curativo..... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos.

(Los dos le cogen en medio, y se van con él por la izquierda del teatro.)