El médico de su honra Acto 3: 7

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El médico de su honra Acto 3 Pedro Calderón de la Barca


MENCÍA:

          Señor, detén la espada,
          no me juzgues culpada.
          El cielo sabe que inocente muero.
          ¿qué fiera mano, qué sangriento acero
          en mi pecho ejecutas? ¡Tente, tente!
          Una mujer no mates inocente.
          Mas, ¿qué es esto? ¡Ay de mí!
          ¿No estaba agora Gutierre aquí?
          ¿No veía--¿quién lo ignora?--
          que en mi sangre bañada
          moría, en rubias ondas anegada?
          ¡Ay Dios, este desmayo
          fue de mi vida aquí mortal ensayo!
          ¡Qué ilusión! Por verdad lo dudo y creo.
          El papel romperé... ¿Pero qué veo?
          De mi esposo es la letra, y de esta suerte
          la sentencia me intima de mi muerte.

Lee

          "El amor te adora, el honor te aborrece; y
          así el uno te mata, y el otro te avisa.
          Dos horas tienes de vida; cristiana eres,
          salva el alma, que la vida es imposible."
          ¡Válgame Dios! ¡Jacinta, hola!
          ¿Qué es esto?
          ¿Nadie responde? ¡Otro temor funesto!
          ¿No hay ninguna criada?
          Mas, ¡ay de mí!, la puerta está cerrada.
          Nadie en casa me escucha.
          Mucha es mi turbación, mi pena es mucha.
          De estas ventanas son los hierros rejas,
          y en vano a nadie le diré mis quejas,
          que caen a unos jardines, donde apenas
          habrá quien oiga repetidas penas.
          ¿Dónde iré de esta suerte,
          tropezando en la sombra de mi muerte?

Vase doña MENCÍA. Salen el REY, y don DIEGO

REY:

          En fin, ¿Enrique se fue?

DIEGO:

          Sí, señor; aquesta tarde
          salió de Sevilla.

REY:

          Creo
          que ha presumido arrogante
          que él solamente de mí
          podrá en el mundo librarse.
          ¿Y dónde va?

DIEGO:

          Yo presumo
          que a Consuegra.

REY:

          Está el infante
          maestre allí, y querrán los dos
          a mis espaldas vengarse
          de mí.

DIEGO:

          Tus hermanos son,
          y es forzoso que te amen
          como a hermano, y como a rey
          te adoren. Dos naturales
          obediencias son.

REY:

          Y Enrique,
          ¿quién lleva que le acompañe?

DIEGO:

          Don Arias.

REY:

          Es su privanza.

DIEGO:

          Música hay en esta calle.

REY:

          Vámonos llegando a ellos;
          quizá con lo que cantaren
          me divertiré.

DIEGO:

          La música
          es antídoto a los males.

Cantan

MÚSICOS:

          "El infante don Enrique
          hoy se despidió del rey;
          su pesadumbre y su ausencia
          quiera Dios que pare en bien."

REY:

          ¡Qué triste voz! Vos, don Diego,
          echad por aquesa calle,
          no se nos escape quien
          canta desatinos tales.

Vase cada uno por su puerta,
y salen don GUTIERRE y LUDOVICO, cubierto el rostro


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