El mal sino

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El mal sino
de Stéphane Mallarmé

Nota: Traducción de Mauricio Bacarisse.


Dominando el rebaño de la humanidad horrenda
mostraban las hirsutas melenas por momentos
los mendigos de azul, perdidos en la senda.
 
Su estandarte agitaban encenizados vientos
que en sí llevan del mar la divina hinchazón,
y en torno a ellos abrían grandes surcos sangrientos.
 
Retaban al Infierno, la frente ante el ciclón,
y viajaban sin pan, sin cayado y sin urnas,
chupando del amargo Ideal el limón.
 
Casi todos murieron en barrancas nocturnas,
embriagados de gozo al verse malheridos.
La Muerte les besó las frentes taciturnas.
 
Es ángel poderoso quien les tiene vencidos;
enrojece el ocaso de su espada el fulgor,
pero están sus espíritus por el orgullo henchidos.
 
Ayer amamantados de Ensueño, hoy el Dolor
les da el pecho. Al medir sus llantos voluptuosos
se levanta su madre, se arrodilla en su honor
 
el pueblo; les consuela el ser majestuosos.
Mas a sus pies están los hermanos que humilla
el martirio irrisorio de azares tortuosos.
 
Surca el salobre llanto su pálida mejilla
y tragan las cenizas con idéntico amor;
la suerte los enroda, burlesca y ramploncilla.
 
Pudieron conseguir a toque de tambor
de razas ojisainas falsa compasión tierna,
prometeos sin un buitre devorador.
 
Mas no; viejos, frecuentan desiertos sin cisterna;
caminan bajo el látigo de un espectro rabioso:
El Mal Sino. Sus mellas ríen si se prosterna
 
la gente; él trepa encima, jinete pegajoso,
y del torrente lleva al barrizal que enfanga
y cambia en sucio orate al nadador brioso.
 
Quien por tocar la propia bocina se remanga,
gracias a él se verá por rapaces befado,
que soplando en sus puños remeden su charanga.
 
Gracias a él, si quieren tentar un pecho ajado
con flores que consiguen encender la impureza
le nacerán babosas al ramo condenado.
 
Gusanera en su axila, y en su monda cabeza
lleva chapeo de plumas el esqueleto enano.
Es, para ellos, el colmo de la humana tristeza,
 
y si, zurrados, retan al perverso tirano,
su estoque rechinando sigue al rayo de luna
que bruñe la osamenta y la atraviesa en vano.
 
Sin el orgullo austero de la mala fortuna,
aunque quieren odiar, solo guardan rencor;
de la afrenta desdeñan tomar venganza alguna.
 
Y así, son el sarcasmo de cualquier rascador
de rabel, de los chicos, de la astrosa ralea
que con la andorga huera danza de buen humor.
 
Predican sabios vates vengadora pelea,
y sin saber su mal, al verles fracasados
les juzgan impotentes, les niegan toda idea:
 
«Pueden, sin recoger suspiros mendigados,
cual se encabrita el búfalo que aspira la tormenta,
saborear ahora males eternizados.»
 
«De incienso embriagaremos al Fuerte porque alienta
en lucha con los fieros serafines del Mal;
cada farsante de estos sin ropa roja intenta
 
detenernos.» Y escupen su desprecio mortal
al desnudo que implora, de inmensidad indigente.
Y estos Hamlets ahítos de zozobra jovial
 
a ahorcarse de un farol van ridículamente.