El maniquí: 4

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El maniquí Vicente Blasco Ibáñez


-Luis, Luis mío -decía ella sonriente en medio de las lágrimas-. ¿Cómo me encuentras? Ya no soy tan hermosa como en nuestros tiempos de felicidad..., cuando yo aún no era loca. Dime, ¡por Dios!, dime qué te parezco.

Su marido la miraba con asombro. Hermosa, siempre hermosa, con aquella belleza infantil e ingenua que tan temible la hacía. La muerte aún no estaba allí; únicamente, por entre el suave perfume de aquella carne soberana, de aquel lecho majestuoso, parecía deslizarse un vaho sutil y lejano de la materia muerta, algo que delataba la interior descomposición y que se mezclaba en sus besos.

Luis adivinó la presencia de alguien detrás de él. Un hombre estaba a pocos pasos, contemplándolo s con expresión confusa, como atraído allí por un impulso superior a la voluntad que le avergonzaba. El marido de Enriqueta conocía, como media nación, la austera cara de aquel señor ya entrado en años, hombre de sanos principios, gran defensor de la moral pública.

-Dile que se vaya, Luis -gritó la enferma-. ¿Qué hace ahí ese hombre? Yo sólo te quiero a ti..., sólo quiero a mi marido. Perdóname... Fue el lujo, el maldito lujo; necesitaba dinero, mucho dinero; pero amar..., sólo a ti.

Enriqueta lloraba, mostrando su arrepentimiento, y aquel hombre lloraba también, débil y humilde ante el desprecio.

Luis, que tantas veces había pensado en él con arrebatos de cólera, y que al verle había sentido impulsos de arrojarse a su cuello, acabó por mirarle con simpatía y respeto. ¡También la amaba! Y la comunidad en el afecto, en ves de repelerlos, ligaba al marido y al otro con una simpatía extraña.

-Que se vaya, que se vaya -repetía la enferma con una terquedad infantil. Y su marido miraba al hombre poderoso con expresión suplicante, como si pidiera perdón para su mujer, que no sabía lo que decía.

-Vamos, doña Enriqueta -dijo desde el fondo de la habitación la voz del cura-. Piense usted en sí misma y en Dios; no incurra en el pecado de soberbia.

Los dos hombres, el marido y el protector, acabaron por sentarse junto al lecho de la enferma. El dolor la hacía rugir; había que darle frecuentes inyecciones y los dos acudían solícitos a su cuidado. Varias veces se tropezaron sus manos al incorporar a Enriqueta, y no las separó una repulsión instintiva; antes bien, se ayudaban con efusión fraternal.

Luis encontraba cada vez más simpático a aquel buen señor, de trato tan llano, a pesar de sus millones, y que lloraba a su mujer más aún que él. Durante la noche, cuando la enferma descansaba bajo la acción de la morfina, los dos hombres, compenetrados por aquella velada de sufrimientos, conversaban en voz baja, sin que en sus palabras se notara el menor dejo de remoto odio. Eran como hermanos reconciliados por el dolor.

Al amanecer murió Enriqueta, repitiendo: ¡Perdón! ¡Perdón!» Pero su última mirada no fue para el marido. Aquel hermoso pájaro sin seso levantó el vuelo para siempre, acariciando con los ojos el maniquí de eterna sonrisa y mirada vidriosa: el ídolo del lujo que erguía cerca del balcón su cabeza hueca, sobre la cual, con infernal fulgor, centelleaban los brillantes, heridos por la azulada luz del alba.

FIN



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