El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado (1891)/II
II
La familia.
Morgan, que pasó gran parte de su vida entre los iroqueses establecidos aún actualmente en el Estado de New York, y fué adoptado en una de sus tribus (la de los senekas), encontró vigente entre ellos un sistema de parentesco en contradicción con sus verdaderos vínculos de familia.
Reinaba allí esa especie de matrimonio, fácilmente disoluble por ambas partes, llamado por Morgan «familia sindiásmica». La descendencia de una pareja conyugal de esta especie era, pues, patente y reconocida por todo el mundo; ninguna duda podía quedar acerca de saber á quién debían aplicarse los apelativos de padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana. Pero el empleo de estas expresiones está en completa contradicción con aquella manera de ver. El iroqués, no sólo llama hijos é hijas á los suyos propios, sino que también á los de sus hermanos; y los hijos del segundo llaman padre también al primero. Por el contrario, llama sobrinos y sobrinas á los hijos de sus hermanas, los cuales le llaman tío. Inversamente la iroquesa, á la vez que á los propios, llama hijos é hijas de ella á los de sus hermanas, quienes la dan el nombre de madre. Pero llama sobrinos y sobrinas á los hijos de sus hermanos, hijos que la llaman tía. Los hijos de hermanos se llaman entre sí hermanos y hermanas, y lo mismo hacen por su parte los hijos de hermanas. Los hijos de una mujer y los del hermano de ésta se llaman mutuamente primos y primas. Y no son simples nombres, sino expresión de la idea que se forma de lo próximo ó lejano, de lo igual ó desigual del parentesco consanguíneo, expresiones que sirven de base á un sistema de parentesco completamente elaborado y capaz de expresar muchos centenares de relaciones de parentesco diferentes para un solo individuo. Hay más. Este sistema, no sólo se halla en pleno vigor en todos los indios de América (hasta ahora no se han encontrado excepciones), sino que además existe, casi sin cambio ninguno, en los aborígenes de la India, en las tribus dravidianas del Dekán y en las tribus goras del Indostán. Los nombres de parentesco de los tamilas del Sur de la India y los de los senekas-iroqueses del Estado de New York están hoy aún de acuerdo para más de doscientos géneros de parentesco diferentes. Y en esas tribus de la India, como entre los indios de América, las relaciones de parentesco resultantes de la vigente forma de la familia están en contradicción con el sistema de parentesco.
¿Cómo explicarlo? Por el fundamental papel que la consanguinidad representa en el orden social entre todos los pueblos salvajes y bárbaros; es imposible suprimir con mera palabrería la importancia de un sistema tan difundido. Un sistema que está universalmente en vigor en América, que existe en Asia entre pueblos de razas diferentes del todo, del cual se encuentran formas más ó menos modificadas por todas partes en Africa y en Australia, semejante sistema requiere ser explicado históricamente y no soslayarse con frases, como, por ejemplo, ha intentado hacerlo Mac-Lennan. Los apelativos de padre, hijo, hermano, hermana, no son simples títulos honoríficos, sino que, por el contrario, traen consigo serios deberes recíprocos perfectamente definidos, y cuyo conjunto forma una parte esencial de la constitución social de esos pueblos. Y se ha encontrado la explicación del hecho. En las islas Sandwich (Hawai) aún existía en la primera mitad de este siglo una forma de familia que suministraba el mismo género de padres y madres, hermanos y hermanas, hijos é hijas, tíos y tías, sobrinos y sobrinas, que requiere el sistema de parentesco de los indios primitivos de América. Pero (¡cosa extraña!) el sistema de parentesco que estaba vigente en Hawai tampoco respondía á la forma de familia que allí existía de hecho; es decir, que en este país todos los hijos de hermanos y hermanas, excepción, son hermanos y hermanas entre sí y se reputan como hijos comunes, no sólo de su madre y de las hermanas de ésta ó de su padre y de los hermanos de éste, sino que también de todos los hermanos y hermanas de sus padres y madres sin distinción. Por tanto, si el sistema americano de parentesco presupone una forma más primitiva de la familia, que ya no existe en América, por otra parte el sistema hawaiano nos lleva á otra forma aún más rudimentaria de la familia, cuya existencia es cierto que ya no podemos demostrar en ninguna parte, pero que ha debido necesariamente existir, puesto que sin eso no hubiera podido nacer el sistema de parentesco que le corresponde. «La familia, dice Morgan, es el elemento activo; nunca permanece estacionaria, sino que pasa de una forma inferior á una forma superior á medida que la sociedad evoluciona de un grado más bajo á otro más alto. En cambio, los sistemas de parentesco son pasivos; sólo después de largos intervalos registran los progresos hechos por la familia en el curso de las edades, y no sufren radical modificación sino cuando se ha modificado radicalmente la familia.»—« Y, añade Karl Marx, lo mismo sucede con los sistemas políticos, jurídicos, religiosos y filosóficos.»—Al paso que la familia continúa viviendo, el sistema de parentesco se osifica; y mientras que éste se mantiene por la fuerza de la costumbre, la familia sigue independiente de aquél. Pero, así como Cuvier, al descubrirse en el suelo parisiense huesos marsupiales de un esqueleto, pudo deducir que éste pertenecía á un animal didelfo[1], y que animales de este género, desaparecido entonces, vivieron en otros tiempos en aquella comarca; de igual manera, de un sistema de parentesco históricamente transmitido, podemos inducir que existió una forma de familia correspondiente, hoy extinta.
Los sistemas de parentesco y las formas de familia que acabamos de recordar difieren de los reinantes hoy en que cada hijo tenía varios padres y madres. En el sistema americano de parentesco, al cual corresponde la familia hawaiana, pueden ser padre y madre de un mismo hijo un hermano y una hermana; pero el sistema de parentesco hawaiano presupone una familia en la cual, por el contrario, esto es la regla. Llegamos aquí á una serie de formas de familia que están en contraposición absoluta con las admitidas hasta ahora como únicas valederas. Según las ideas corrientes, nuestra sociedad no conoce más que la monogamia, junto á ella la poligamia de un hombre, y, en rigor, la poliandria de una mujer; como conviene al fariseo moralista, pasa en silencio que en la práctica se salta tácitamente y sin escrúpulos por encima de las barreras impuestas por la sociedad oficial. En cambio, el estudio de la historia primitiva nos manifiesta condiciones en que la poligamia de los hombres y la poliandria de las mujeres van juntas, y en que, por consiguiente, los hijos comunes se considera que les pertenecen en común. A su vez, esas mismas condiciones pasan por toda una serie de modificaciones hasta que se resuelven en la monogamia. Estas modificaciones son de tal especie, que el círculo que abarca la unión conyugal común, y que era muy amplio en su origen, se estrecha poco á poco hasta que, por último, ya no deja subsistir sino la pareja aislada que hoy predomina.
Reconstituyendo de esta suerte la historia de la familia, Morgan llega á estar de acuerdo con la mayor parte de sus colegas acerca de un primitivo estado de cosas según el cual en el seno de una tribu imperaba el comercio sexual sin obstáculos, de tal suerte, que cada mujer pertenecía igualmente á todos los hombres y cada hombre á todas las mujeres.
Desde el siglo anterior habíase hablado de un estado primitivo de esta clase, pero sólo de una manera general; Bachofen fué el primero (y este es uno de sus mayores méritos) que lo tomó en serio, é investigó sus vestigios en las tradiciones históricas y religiosas. Sabemos hoy que esos vestigios descubiertos por él no conducen á ningún período social de comercio sexual sin trabas, sino á una forma muy posterior: el matrimonio por grupos. Aquel período social primitivo, aun admitiendo que haya existido realmente, pertenece á una época tan remota, que de ningún modo podemos prometernos encontrar pruebas directas de su existencia, ni aun en los fósiles sociales, entre los salvajes más atrasados. El mérito de Bachofen consiste precisamente en haber puesto este punto en el primer término de la discusión[2].
En estos últimos tiempos se ha hecho de moda negar ese período inicial de la vida sexual del hombre. Se quiere ahorrar esa «vergüenza» á la humanidad. Y para ello apóyanse, no sólo en la falta de pruebas directas, sino sobre todo en el ejemplo del resto del reino animal. De éste ha sacado Letourneau (Evolution du mariage et de la famille, 1888) numerosos hechos, con arreglo á los cuales un comercio sexual sin trabas no es propio sino de las especies más inferiores. Pero de todos esos hechos no puedo inducir más conclusión que esta: no prueban absolutamente nada respecto al hombre y á sus primitivas condiciones de existencia. El emparejamiento por largo plazo en los vertebrados tiene suficiente explicación en los motivos fisiológicos, por ejemplo, en las aves por la necesidad de proteger á la hembra mientras incuba los huevos; los ejemplos de fiel monogamia que se encuentran en las aves no prueban nada respecto al hombre, puesto que éste no desciende precisamente del ave. Y si la estricta monogamia es el colmo de la virtud, la palmera tiene que ceder ante la tenia solitaria, que en cada uno de sus cincuenta á doscientos anillos posee un aparato sexual masculino y femenino completo, y se pasa la existencia entera ayuntándose casualmente consigo misma en cada uno de esos anillos reproductores. Pero si nos atenemos á los mamíferos, encontramos en ellos todas las formas de la vida sexual, la promiscuidad, la unión por grupos, la poligamia, la monogamia; sólo falta la poliandria, á la cual nada más que seres humanos podían llegar. Hasta nuestros parientes más próximos, los cuadrumanos, presentan todas las variedades posibles del agrupamiento entre machos y hembras; y si nos encerramos en límites aún más estrechos y no ponemos mientes sino en las cuatro especies de monos antropomorfos, Letourneau no sabe decirnos acerca de ellos sino que viven cuándo en la monogamia, cuándo en la poligamia; mientras que Saussure (en la obra de Giraud-Teulon) declara que son monógamos. También distan mucho de probar nada los recientes asertos de Westermarck (The History of Human Marriage, London, 1891) acerca de la monogamia del mono antropomorfo. En resumen, los datos son de tal naturaleza, que el honrado Letourneau conviene en que «no hay en los mamíferos ninguna relación entre el grado de desarrollo intelectual y la forma de la unión sexual». Y Espinas dice con franqueza (Des sociétés animales, 1877): «El aduar es el más elevado de los grupos sociales que hemos podido observar en los animales: Parece compuesto de familias, pero hasta en su origen son antagónicos la familia y el aduar; se desarrollan en razón inversa una de otro.»
Según acabamos de decirlo, no sabemos nada positivo acerca de los grupos de familia y otras agrupaciones sociales de los monos antropomorfos; los datos que de eso tenemos se contradicen diametralmente, y no hay que extrañarlo. ¡Las nociones que tenemos respecto á las tribus humanas en estado salvaje están ya tan llenas de contradicciones y tan necesitadas de pasarlas por el tamiz del examen crítico! Pues las sociedades de los monos son mucho más difíciles de observar que la de los hombres. Por tanto, hasta una información amplia, necesitamos renunciar á inducir ninguna conclusión definitiva de datos tan por completo insuficientes.
Por el contrario, la frase de Espinas que hemos citado nos da mejor punto de apoyo. La horda y la familia, en los animales superiores, no son complementos recíprocos, sino antagónicos. Espinas demuestra muy bien cómo la rivalidad de los machos durante el período del celo relaja ó suprime momentáneamente los lazos sociales de la horda. «Allí donde está íntimamente unida la familia no vemos formarse hordas, salvo raras excepciones. Por el contrario, las hordas se constituyen de un modo natural, hasta cierto punto, donde reinan la promiscuidad ó la poligamia... Para que se produzca la horda se necesita que los lazos domésticos se hayan relajado algún tanto y que el individuo haya recobrado su libertad. Por eso escasean de tal manera entre las aves las hordas organizadas... En cambio, entre los mamíferos es donde encontramos sociedades un poco constituidas, precisamente porque en esta clase el individuo no se deja absorber por la familia... Así, pues, la conciencia colectiva de la horda no debe de tener en su origen enemigo más grande que la conciencia colectiva de la familia. No titubeamos en decirlo: si se establece una sociedad superior á la familia, no puede ser sino incorporándose á ella familias profundamente alteradas, salvo el permitir á éstas más adelante reconstituirse en el seno de aquélla al resguardo de condiciones infinitamente más favorables» (Espinas, citado por Giraud-Teulon: Origines du mariage et de la famille, 1884, páginas 518-520.)
Vemos, pues, que, en efecto, las sociedades animales tienen cierto valor para las conclusiones que pueden inducirse de ellas respecto á las sociedades humanas, pero un valor puramente negativo. Según nos es posible saberlo hasta ahora, el vertebrado superior no conoce sino dos formas de familia: la poligamia y la monogamia. Los celos del macho, lazo y limite de la familia á la vez, hacen de la familia animal lo antagonista de la horda; la horda, que es la forma más elevada de la sociabilidad, se hace imposible: se relaja ó se disuelve durante el período del celo; y, en el caso más favorable, entorpecen su desarrollo los celos de los machos. Esto basta para probar que la familia animal y la sociedad humana primitiva son dos cosas incompatibles; que los hombres primitivos, en la época en que pugnaban por elevarse por encima de la animalidad, ó no tenían ninguna noción de la familia, ó á lo sumo, sólo conocían una forma que no se encuentra en los animales. Un animal tan inerme como el hombre pudo, en pequeño número sostenerse aun en estado de aislamiento; mientras que la forma de sociabilidad más elevada es la monogamia, tal como bajo la fe de cazadores la atribuye Westermarck al gorila y al chimpancé. Para salir de la animalidad, para realizar el mayor progreso que presenta la naturaleza, era preciso un elemento nuevo, hacía falta reemplazar la carencia de poder defensivo del hombre aislado, por la unión de fuerzas y la acción común de la horda. En condiciones como las en que viven hoy los monos antropomorfos, sería sencillamente inexplicable el tránsito á la humanidad; estos monos producen más bien el efecto de líneas colaterales desviadas, que caminan á la extinción y que de todas maneras están en decadencia. Con esto basta para rechazar toda especie de paralelo entre sus formas de familia y las de la humanidad primitiva. Pero la tolerancia recíproca entre machos adultos, la falta de celos, eran las primeras condiciones necesarias para formarse esos grupos extensos y duraderos en el seno de los cuales únicamente es donde ha podido realizarse la evolución de la animalidad hacia la humanidad. Y, en efecto, ¿qué encontramos como forma más antigua y primitiva de la familia, aquella cuya existencia indudable nos manifiesta la historia y que aún podemos estudiar hoy en algunas partes? El matrimonio por grupos, la forma en que grupos enteros de hombres y grupos enteros de mujeres se poseen recíprocamente, es forma que deja poquísimo lugar á los celos. Y además encontramos, en un estadio posterior de desarrollo, la forma excepcional de la poliandria, que excluye en absoluto los celos, y que, por tanto, es desconocida entre los animales. Pero como las formas de matrimonio por grupos que conocemos, van acompañadas por una complicación tan característica, que recuerdan necesariamente formas anteriores más sencillas de la unión sexual, y, en último término, un período de promiscuidad correspondiente al tránsito de la animalidad á la humanidad, el retorno á las uniones animales nos conduce exactamente al punto que se nos debía hacer pasar de una vez para siempre.
¿Qué significa lo de comercio sexual sin trabas? Eso significa que no existían los límites prohibitivos de ese comercio vigentes hoy ó en una época anterior. Ya hemos visto caer las barreras de los celos. Hay un hecho de los más ciertos de todos, y es: que los celos son un sentimiento que se ha desarrollado relativamente tarde. Lo mismo sucede con la idea del incesto. No sólo en la época primitiva eran marido y mujer el hermano y la hermana, sino que aun hoy es lícito en cierto número de pueblos el comercio sexual entre padres é hijos. Bancroft (The native Races of the Pacific Coast of Nort America, 1885, tomo 1) atestigua este hecho respecto á los kadiakos, cerca de Alaska, y respecto á los tinnehs, en el centro de la América del Norte inglesa; Letourneau reune numerosos ejemplares del mismo hecho, relativos á los indios chippenways, los cucús de Chile, los caribes, los karens del fondo de la India; y esto, dejando á un lado los relatos de los antiguos griegos y romanos acerca de los parthos, los persas, los escitas, los hunos, etc.... Antes de la invención del incesto (porque es una invención, y hasta de las más preciosas), el comercio sexual entre padres é hijos no podía ser más horripilante que el habido entre otras dos personas que pertenecieron á generaciones diferentes. Y esto último sucede aún muy á menudo en nuestros días, hasta en los países más mojigatos, sin producir grande horror. «Señoritas» viejas de más de sesenta años, se casan con hombres jóvenes menores de treinta años, con tal de que sean bastante ricas. Pero si á las formas primitivas de la familia que conocemos les quitamos las ideas de incesto que corresponden á aquéllas (ideas que difieren en absoluto de las nuestras, y que a menudo las contradicen por completo), vendremos á parar á una forma de trato carnal que sólo puede llamarse comercio sexual sin reglas, en el sentido de que aún no existían las restricciones impuestas más tarde por la costumbre. Pero de esto no se deduce de ninguna manera que en la práctica cotidiana hubiese un confuso revoltillo. De ningún modo quedan excluidas las uniones temporales á plazo, hasta el punto de que forman la mayoría de los casos aun en el casamiento por grupos. Y cuando Westermarck, que es quien más recientemente ha negado ese estado de cosas, designa con el nombre de matrimonio á todo estado en el cual permanecen unidos los dos sexos hasta el nacimiento de un vástago, puede respondérsele que esta clase de matrimonio podía muy bien hallarse en el estado del comercio sexual sin reglas, sin contradecir en nada á la falta de trabas, es decir, á la carencia de límites señalados por la costumbre al comercio sexual. Verdad es que Westermarck parte del punto de vista de que «la falta de trabas supone la compresión de las inclinaciones individuales», de tal suerte, que «su forma por excelencia es la prostitución». Paréceme más bien que es imposible formarse la menor idea de las condiciones primitivas, mientras para examinarlas se mire á través del cristal del lupanar. Cuando hablemos del matrimonio por grupos volveremos á tratar de este asunto.
Según Morgán, salieron verosímilmente pronto de ese estado primitivo del comercio sexual sin trabas:
1.º La familia consanguínea. -Es la primera etapa de la familia. Los grupos conyugales sepáranse aquí según las generaciones: todos los abuelos y abuelas, en los límites de la familia, son maridos y mujeres entre sí; lo mismo sucede con sus hijos, es decir, los padres y las madres; los hijos de éstos forman, á su vez, el tercer círculo de cónyuges comunes; y sus hijos, es decir, los biznietos de los primeros, el cuarto. En esta forma de la familia, los ascendientes y los descendientes, los padres y los hijos, son los únicos que están excluidos entre sí de los derechos y de los deberes (pudiéramos decir) del matrimonio. Hermanos y hermanas, primos y primas en primero, segundo y restantes grados más lejanos, son todos ellos entre sí hermanos y hermanas, y por eso mismo todos ellos maridos y mujeres unos de otros. El vínculo de hermano y hermana, en ese período, tiene consigo el ejercicio del comercio carnal recíproco[3]. La fisonomía típica de una familia de esta clase consiste en descender de una pareja; y en que á su vez, los descendientes en cada grado particular son entre sí hermanos y hermanas, y por eso mismo maridos y mujeres unos de otros.
La familia consanguínea ha desaparecido. Ni aun los pueblos más groseros de que habla la historia nos presentan ningún ejemplo de ella. Pero nos vemos obligados á admitir que ha debido de haberla, puesto que el sistema de parentesco hawaiano que aún reina hoy en toda la Polinesia, expresa grados de parentesco consanguíneo que sólo han podido nacer con esa forma de familia; y nos vemos obligados á ello por todo el desarrollo ulterior de la familia, que exige esa forma como estadio previo necesario.
2.º La familia punalúa.—Si el primer progreso de la organización ha consistido en excluir á los padres y los hijos del comercio sexual recíproco, el segundo ha consistido en la exclusión de los hermanos y las hermanas. Por la mayor igualdad de edades de los interesados, este progreso ha sido infinitamente más importante, pero también mucho más difícil que el primero. Es verosímil que se haya realizado poco á poco, excluyendo del comercio sexual á los hermanos y hermanas uterinos (es decir, por parte de madre), al principio en casos aislados, luego como regla general (en Hawai aún había excepciones en los comienzos de este siglo), y acabando por prohibirse el matrimonio hasta entre hermanos colaterales (es decir, según nuestros actuales nombres de parentesco, los primos carnales, primos segundos y primos terceros). Este progreso constituye, según Morgan, «un pasmoso ejemplo de la influencia del principio de la selección». Sin duda, las tribus donde ese progreso limitó la reproducción entre consanguíneos, debieron desarrollarse de una manera más rápida y más completa que aquéllas donde continuó siendo la regla general el matrimonio entre hermanos y hermanas. La institución de la gens nos hace comprender hasta qué punto se dejaba sentir la acción de ese progreso: la gens, nacida inmediatamente de él, y que pasándose con mucho del fin que se le había señalado, formó la base del orden social de la mayoría, si no de todos los pueblos de la tierra, y desde la cual pasamos en Grecia y en Roma, sin transiciones, á la civilización.
Cada familia primitiva tenía que excindirse á lo sumo después de algunas generaciones. El hogar doméstico comunista primitivo, que domina exclusivamente hasta muy entrado el estadio medio de la barbarie, prescribía una extensión máxima de la comunidad familiar, variable según las circunstancias, pero bastante determinada en cada localidad. En cuanto brotó la idea de la inconveniencia de la unión sexual entre hijos de la misma madre, debió de ejercer una acción eficaz sobre esas excisiones de antiguos hogares comunistas y sobre la formación de otros nuevos que, por supuesto, no coincidían por necesidad con la agrupación de familia. Una ó varias series hacíanse núcleo de uno de ellos, y sus hermanos carnales núcleo de otro. De la familia consanguínea salió, así ó de una manera análoga, la forma de familia á la cual ha dado Morgan el nombre de punalúa.
Según la costumbre hawaiana, cierto número de hermanas carnales ó más lejanas (es decir, primas en primero, segundo y otros grados), eran mujeres comunes de sus maridos comunes, de los cuales quedaban excluidos los hermanos de ellas; esos hombres por su parte, tampoco se llamaban entre sí hermanos (lo cual ya no tenía necesidad de ser), sino punalúa, es decir, compañero íntimo, como quien dice consocio. De igual modo, una serie de hermanos uterinos ó más lejanos, tenían en matrimonio común cierto número de mujeres, con exclusión de las hermanas de ellos, y esas mujeres se llamaban entre sí punalúa. Este es el tipo clásico de una formación de familia que tiene una serie de variaciones, y cuyo rasgo característico esencial era: comunidad recíproca de hombres y mujeres en el seno de un determinado círculo de familia, pero del cual se excluían al principio los hermanos carnales, y más tarde, también los hermanos más lejanos de las mujeres, é inversamente también las hermanas de los hombres.
Esta forma de la familia nos indica ahora con la más perfecta exactitud los grados de parentesco, tal como los expresa el sistema americano. Los hijos de las hermanas de mi madre son también hijos de ésta, como los hijos de los hermanos de mi padre lo son también de éste; y todos esos hijos son hermanas y hermanos míos. Pero los hijos de los hermanos de mi madre son sobrinos y sobrinas de ésta, como los hijos de las hermanas de mi padre, son sobrinos y sobrinas de éste; y todos esos hijos son primos y primas míos. Pues, al paso que los maridos de las hermanas de mi madre son también maridos de ésta, y de igual modo las mujeres de los hermanos de mi padre son también mujeres de éste ―de derecho, si no siempre de hecho— la prohibición social del comercio sexual entre hermanos y hermanas, ha dividido en dos clases los hijos de hermanos y de hermanas, tratados hasta entonces indistintamente como hermanos y hermanas: unos siguen siendo después, como lo eran antes, hermanos y hermanas entre sí (más lejanos); otros no pueden seguir siendo ya hermanos y hermanas, ya no pueden tener progenitores comunes, ni el padre solo, ni la madre sola, ni ambos juntos; y por eso se hace necesaria por primera vez la clase de los sobrinos y sobrinas, de los primos y primas. El sistema de parentesco americano, que parece sencillamente absurdo en toda forma de familia que descanse de cualquier modo en la monogamia, se explica de una manera racional y se motiva de una manera natural, hasta en sus particularidades más ínfimas, por la familia punalúa. Allí donde se encuentre este sistema de parentesco, tuvo que hallarse establecida la familia punalúa, ó una forma análoga.
Esta forma de la familia, cuya existencia actual está demostrada en Hawai, verosímilmente lo hubiera sido también en toda la Polinesia si los piadosos misioneros, como antaño los frailes españoles en América, hubiesen podido ver en estas situaciones anticristianas otra cosa más que una sencilla «abominación»[4]. Cuando César nos dice de los bretones, los cuales se hallaban en aquel momento en el estadio medio de la barbarie: «Tienen comunes entre sí las mujeres, por decenas ó docenas, y hasta con la mayor frecuencia entre hermanos y hermanas, padres é hijos», esto se explica sin dificultad ninguna con el matrimonio por grupos. Las madres bárbaras no tienen diez ó doce hijos en edad de poder sostener mujeres comunes; pero el sistema americano de parentesco, que corresponde á la familia punalúa, suministra gran número de hermanos, puesto que todos los primos próximos ó remotos de un hombre son hermanos de él. Es posible que lo de «padres é hijos » sea un concepto erróneo de César; sin embargo, no está absolutamente prohibido por este sistema que puedan encontrarse en el mismo grupo conyugal padre é hijo, madre é hija; pero sí lo está el que se encuentren en él padre é hija, madre é hijo. Esta forma de la familia suministra también la más fácil explicación de los relatos de Herodoto y de otros escritores antiguos acerca de la comunidad de mujeres en los pueblos salvajes y bárbaros. Lo que Watson y Kaye (The people of India) cuentan de los tikurs del Audh, al Norte del Ganges, debe de referirse también á la familia punalúa: «Viven casi indistintamente juntos (es decir, sexualmente) en grandes comunidades; y cuando dos individuos se consideran como casados el uno con el otro, no por eso deja de ser puramente nominal el vínculo que los une.»
En la inmensa mayoría de los casos, la institución de la gens ha salido directamente de la familia punalúa. Cierto es que el sistema de clases australiano también presenta un punto de partida de aquélla; los australianos tienen gentes, pero aún no tienen familia punalúa. Sin embargo, su organización social es un hecho harto aislado para que hayamos de tenerlo en cuenta.
En ninguna forma de la familia por grupos puede saberse con certeza quién es el padre de la criatura, pero sí se sabe quién es la madre. Aun cuando ésta llama hijos suyos á todos los de la familia común y tiene deberes maternales para con ellos, no por eso deja de distinguir á sus propios hijos entre los demás. Por tanto, es claro que en todas partes donde existe el matrimonio por grupos, la descendencia no puede demostrarse sino por la línea materna, y por consiguiente, sólo se reconoce la filiación femenina. En ese caso se encuentran, en efecto, todos los pueblos salvajes y los que se hallan en el estadio inferior de la barbarie; haberlo descubierto antes que nadie es el segundo gran mérito de Bachofen. Designa este reconocimiento exclusivo de la filiación maternal, y las relaciones de herencia que después se han deducido de él, con el nombre de «derecho materno»; conservo esta expresión en aras de la brevedad. Sin embargo, es inexacta; porque en ese estadio de la sociedad no existe aún derecho en el sentido jurídico de la palabra.
Tomemos ahora en la familia punalúa uno de los dos grandes grupos modelo; por ejemplo, el de una serie de hermanas carnales, más ó menos lejanas (es decir, descendientes de hermanas carnales en primero, segundo y otros grados), con sus hijos y sus hermanos directos por línea materna (los cuales, con arreglo á nuestra suposición, no son sus maridos), y tenemos exactamente el círculo de los individuos que más adelante aparecerán como miembros de una gens en la primitiva forma de esta institución. Todos ellos tienen por tronco común una madre, y en virtud de este origen, los descendientes femeninos forman generaciones de hermanas. Pero los maridos de estas hermanas ya no pueden ser sus hermanos; luego ya no pueden despacender de aquel tronco materno, y no pertenecen á este grupo consanguíneo que más adelante llega á ser la gens; pero sus hijos pertenecen á este grupo, puesto que la descendencia por línea materna es la única que lo constituye, por ser la única cierta. En cuanto fué objeto de la reprobación de la sociedad el comercio sexual entre todos los hermanos y hermanas (incluso los colaterales más lejanos) por línea materna, el grupo antedicho queda transformado en una gens, es decir, se constituye un círculo cerrado de parientes consanguíneos por línea femenina, que no pueden casarse unos con otros; círculo que desde ese momento se consolida cada vez más por medio de instituciones comunes, de orden social y religioso, que lo distinguen de las otras gentes de la misma tribu. Más adelante volveremos á ocuparnos de este punto. Pero si encontramos que la gens nace necesaria y naturalmente de la familia punalúa, nos vemos muy cerca de admitir como casi cierta la existencia anterior de esta forma de la familia en todos los pueblos donde se puede demostrar la institución de la gens, es decir, en casi todos los pueblos bárbaros y civilizados.
Cuando Morgan escribió su libro eran escasísimos nuestros conocimientos acerca del matrimonio por grupos. Teníanse vagas nociones respecto al matrimonio por grupos entre los australianos organizados en clases; y, además, Morgan había publicado en 1871 todos los datos que poseía sobre la familia punalúa en Hawai. La familia punalúa, por un lado, suministraba la explicación completa del sistema de parentesco vigente entre los indios americanos y que había sido el punto de partida de todas las investigaciones de Morgan; por otro lado, constituía el punto de arranque de la gens matriarcal; por último, presentaba un grado de evolución mucho más alto que las clases australianas. Comprendíase, pues, que Morgan la tomase por el período evolutivo inmediatamente anterior al matrimonio sindiásmico y le atribuyese una difusión general en una época precedente. De entonces acá, hemos llegado á conocer otra serie de formas de matrimonio por grupos, y sabemos ahora. que Morgan fué demasiado lejos en este punto. Pero no por eso es menos cierto que, en su familia punalúa, tuvo la suerte de encontrar la forma más elevada, la forma clásica del matrimonio por grupos, gracias á la cual se explica de la manera más sencilla el paso á una forma superior.
Si las nociones que tenemos del matrimonio por grupos se han enriquecido radicalmente, lo debemos al misionero inglés Lorimer Fison, que durante años ha estudiado esta forma de la familia en su tierra clásica, la Australia. Entre los negros australianos del monte Gambier, en la Australia del Sur, es donde encontró el grado más inferior de desarrollo. La tribu entera se divide allí en dos grandes clases: los krokis y los kumitas. Está terminantemente prohibido el comercio sexual en el seno de cada una de estas dos clases; en cambio, todo hombre de una de ellas es marido nato de toda mujer de la otra, y recíprocamente. No son los individuos, sino grupos enteros, quienes están casados unos con otros, clase con clase. Y nótese que allí no hay en ninguna parte restricciones por diferencia de edades ó de consanguinidad especial, salvo la que se desprende de la división en dos clases exógamas. Un kroki tiene de derecho por esposa á toda mujer kumita; y como su propia hija, como hija de una kumita, es también kumita en virtud del derecho natural, por este solo hecho es esposa nata de todo kroki, y, por consiguiente, también de su propio padre. A lo menos, ningún obstáculo opone á esto la organización por clases, tal como se nos presenta. Pues bien; ó esa organización de prohibir el comercio sexual en el seno de cada clase procede de una época en que, á pesar del vago instinto de limitar la propagación en el seno de la raza, no se encontraba nada aún de odioso, en las relaciones entre hijos y padres, y entonces el sistema de clases ha debido nacer directamente de las condiciones del comercio sexual sin trabas; ó, por el contrario, cuando se crearon las clases estaban ya prohibidas por las costumbres las relaciones entre padres é hijos, y entonces la situación actual recuerda á la familia consanguínea y constituye el primer paso dado para salir de ella. Este último caso es el más verosímil. No tengo conocimiento de ningún ejemplo de unión conyugal entre padres é hijos suministrado por la Australia; y, aparte de eso, la forma ulterior de la exogamia, la gens basada en el derecho materno, pasa en silencio en general la prohibición de este comercio, como una cosa que había en contrado ya establecida antes de su fundación.
El sistema de las dos clases aún se encuentra en el monte Gambier de la Australia del Sur; en el río Darling más al Este, y en el Queensland al N-E.; de modo que está muy difundido. Sólo excluye el matrimonio entre hermanos y hermanas, entre hijos de hermanos y entre hijos de hermanas por línea materna, porque estos pertenecen á la misma clase; por el contrario, los hijos de hermanos y los de hermanas pueden casarse unos con otros. Un nuevo paso para limitar el matrimonio entre consanguíneos se ha dado entre los kamilaros, en las márgenes del río Darling, en la Nueva Gales del Sur, donde las dos clases originarias se han excindido en cuatro, y donde cada una de estas cuatro clases se casa en junto con otra determinada. Las dos primeras clases son esposas natas una de otra; pero según pertenezca la madre á la primera ó á la segunda, pasan los hijos á la tercera ó á la cuarta. Los hijos de estas dos últimas clases, igualmente casadas una con otra, pertenecen de nuevo á la primera y á la segunda. De suerte que siempre una generación pertenece á la primera y á la segunda clase, la siguiente á la tercera y á la cuarta, y la que viene inmediatamente después á la primera y á la segunda. Dedúcese de aquí que hijos de hermanos y de hermanas (por línea materna) no pueden ser marido y mujer, pero sí los nietos de hermanos y hermanas. Este complicado orden se enreda aún más porque (aun cuando más adelante) se ingerta en él el de las gentes basadas en el derecho materno; pero no podemos tratar de este asunto. Sin embargo, se echa de ver constantemente el deseo de impedir el matrimonio entre consanguíneos, pero con tanteos espontáneos y sin conocimiento preciso del fin que se propone.
El matrimonio por grupos, que en Australia es además un matrimonio por clases, la unión conyugal en masa de toda una clase de hombres —á menudo difundida por toda la superficie del continente, con una clase entera de mujeres tan diseminada como aquella—este matrimonio por grupos, visto de cerca, no tiene un aspecto tan monstruoso como se lo representa la fantasía de los mogigatos acostumbrados á lo que sucede en las casas de prostitución. Por el contrario, han transcurrido muchísimos años antes de que se tuviese ni siquiera noción de su existencia, la cual hasta se ha puesto en duda de nuevo. A los ojos del observador superficial, se presenta como una monogamia de vínculos muy flojos, con poligamia de vez en cuando, junto con una infidelidad ocasional. Hay que consagrarle años de estudio, como lo han hecho Fison y Howitt, para descubrir en esas relaciones conyugales (que, en la práctica, recuerdan más bien á la generalidad de los europeos las costumbres de su patria), la ley en virtud de la cual el negro australiano extranjero, alejado miles de kilómetros de su patria nativa, no por eso deja de encontrar, entre gentes cuyo lenguaje no comprende (y á menudo de un campamento ó de una tribu á otros), mujeres que se le entregan de buena fe y sin resistencia; ley en virtud de la cual, quien tiene varias mujeres, cede una de ellas á su huésped para la noche. Allí donde el europeo ve inmoralidad y carencia de ley, reina de hecho una ley inexorable. Las mujeres pertenecen á la clase conyugal del forastero, y por consiguiente, son sus esposas natas; la misma ley moral que destina el uno á la otra prohibe, so pena de infamia, todo comercio sexual fuera de las clases conyugales que se pertenecen recíprocamente. Aun allí donde se practica el rapto de las mujeres, que á menudo y en gran parte de la Australia es la regla general, se mantiene escrupulosamente la ley de las clases.
Pero en el rapto de las mujeres, encuéntrase ya un vestigio del tránsito á la monogamia, por lo menos en la forma del matrimonio sindiásmico; cuando un joven, con ayuda de sus amigos, ha cogido de grado ó por fuerza á una joven, ésta sirve para todos, uno tras otro, pero después se considera como esposa del promotor del rapto. Y á la inversa, si la mujer robada huye de casa de su marido y la recoge otro, se hace esposa de este último y el primero pierde sus prerrogativas. En el seno del matrimonio por grupos que se mantiene en su generalidad, se encuentran, pues, relaciones exclusivistas, uniones á plazo más ó menos largo, junto á la poligamia; de suerte que allí también está en decadencia el matrimonio por grupos, y sencillamente se trata de saber quién desaparecerá antes de la escena, por la influencia europea, si el matrimonio por grupos ó los negros australianos que lo practican.
El matrimonio por clases enteras, tal como existe en Australia, es en todo caso una forma muy atrasada y muy primitiva del matrimonio por grupos, al paso que la familia punalúa es su grado más alto de evolución. El primero parece ser la forma correspondiente al estado social de los salvajes errantes; la segunda supone ya el establecimiento relativamente fijo de poblados comunistas, y conduce sin transición al grado de desarrollo inmediatamente superior. Entre los dos hallaremos aún de seguro muchos grados intermedios; este es un terreno de investigaciones que acaba de descubrirse, y en el cual no se han dado todavía sino los primeros pasos,
3.º La familia sindiásmica.—Bajo el régimen del matrimonio por grupos, ó quizá antes, formábanse ya parejas conyugales unidas para un tiempo más menos largo; el hombre tenía una mujer en jefe (no puede aún decirse que una mujer favorita) entre sus numerosas esposas, y era para ella el esposo principal de todos. Esta circunstancia no ha contribuido poco á la confusión producida por los misioneros, quienes en el matrimonio por grupos ven ora la comunidad de mujeres sin regla ninguna, ora el adulterio arbitrario. Pero conforme se desarrollaba la gens é iban haciéndose más numerosas las clases de «hermanos» y de «hermanas », entre quienes en adelante era imposible el matrimonio, han debido de contraerse cada vez más uniones de ese género. Aún fué más lejos el impulso dado por la gens á la prohibición del matrimonio entre parientes consanguíneos. Así vemos que entre los iroqueses y entre la mayoría de los demás indios del estadio inferior de la barbarie, está prohibido el matrimonio entre todos los parientes que cuenta su sistema, y hay algunos centenares de parentescos diferentes. Con esta creciente complicación de las prohibiciones del matrimonio, hiciéronse cada vez más imposibles las uniones por grupos, las cuales fueron sustituidas por la familia sindiásmica. En esta etapa, un hombre vive con una mujer, pero de tal suerte, que la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un derecho para los hombres, al paso que casi siempre se exige la más estricta fidelidad á las mujeres, mientras dure la vida común, y su adulterio se castiga cruelmente. Pero el vínculo conyugal se disuelve con facilidad por una y otra parte; y después, como antes, los hijos pertenecen á la madre sola.
La selección natural continúa obrando en esta exclusión cada vez más grande de los parientes consanguíneos del lazo conyugal. He aquí lo que dice Morgán acerca de esto: «El matrimonio entre gentes no consanguíneas engendra una raza más fuerte, en lo físico y en lo moral; mezclábanse dos tribus avanzadas, y los nuevos cráneos y cerebros crecían naturalmente hasta que contuviesen dentro las capacidades de ambas.» Las tribus que habían adoptado el régimen de las gens, tenían, pues, que tomar la delantera respecto á las que se habían quedado retrasadas, ó arrastrarlas en seguimiento suyo con su ejemplo.
Por tanto, la evolución de la familia en la historia primitiva, consiste en estrecharse constantemente el círculo en el cual reina la comunidad conyugal entre los dos sexos, y que en su origen abarcaba la tribu entera. La exclusión progresiva primero de los parientes cercanos, después de los más ó menos lejanos, y luego de los que son simples parientes por alianza, hacen, por fin, imposible en la práctica, toda especie de matrimonio por grupos; en último término no queda sino nada más que la pareja provisionalmente unida por un vínculo frágil aún es la molécula con la disociación, de la cual concluye el matrimonio en general. Esto prueba cuán poco tiene que ver el origen de la monogamia con el amor sexual individual, en la actual acepción de la palabra.
Mientras que en las anteriores formas de la familia los hombres nunca pasaban apuros por encontrar mujeres, antes bien tenían más de las que les hacían falta; desde este momento escasearon las mujeres y fueron más buscadas. Por eso, con el matrimonio sindiásmico empiezan el rapto y la compra de las mujeres, síntomas muy difundidos, pero nada más, de un cambio mucho más profundo efectuado; Mac-Lennan, ese escocés pedante, ha transformado esos síntomas, que no son sino simples métodos de adquirir mujeres, en distintas clases de familias, bajo la forma de «matrimonio por captura» y «matrimonio por compra.» De igual modo, entre los indios de América y en otras partes (en el mismo estadio), no incumbe el convenir en un matrimonio á los interesados, á quienes á menudo ni aun se les consulta, sino á sus madres. Muchas veces quedan prometidos así dos seres que no se conocen el uno al otro, y llegan á saber el cierre del trato, cuando se acerca el momento del enlace matrimonial. Antes de la boda, el futuro hace regalos á los parientes gentiles de la prometida, es decir, á los parientes por parte de la madre de ésta y no al padre ni á los parientes de éste; regalos que se consideran como el precio por el cual compra á la joven núbil que le ceden. El matrimonio es disoluble á voluntad de cada uno de los dos cónyuges; sin embargo, en numerosas tribus (por ejemplo, entre los iroqueses), se ha formado poco a poco una opinión pública hostil á esas rupturas; en caso de haber disputas, median los miembros de la gens parientes de cada parte, y, sólo cuando no da buen resultado este paso es cuando se lleva á cabo la separación, en virtud de la cual se queda la mujer con los hijos, y cada una de las dos partes es libre de casarse de nuevo.
La familia sindiásmica, demasiado débil é inestable por sí misma para hacer sentir la necesidad, ó, aunque sólo sea el deseo de un hogar doméstico particular, no suprime de ningún modo el hogar comunista que nos presenta la época anterior. Pero el hogar comunista significa predominio de la mujer en la casa; lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa profunda estimación de las mujeres, es decir, de las madres. Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la de decir que en el origen de la sociedad la mujer fué la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y entre todos los bárbaros de los estadios medio é inferior, y en parte hasta entre los del estadio superior, la mujer no sólo tiene una posición libre, sino también muy considerada. Arturo Wright, que fué durante muchos años misionero entre los iroqueses-senekas, puede decirnos lo que aún es en el matrimonio sindiásmico: «Respecto á sus familias, en la época en que aún vivían en las antiguas «casas grandes» (domicilios comunistas de muchas familias)... reinaba allí siempre el sistema de un «clan» (un gens), de tal suerte que las mujeres tomaban sus maridos en otros «clanes» (gentes)... En general, la parte femenina gobernaba en la casa; las provisiones eran comunes, pero ¡desdichado del pobre marido ó amante harto holgazán ó torpe para aportar su parte al acervo de las provisiones de la comunidad! Sea cual fuere el número de hijos ó la cantidad de enseres personales que tuviese en la casa, podía á cada instante ser puesto en la precisión de liar los bártulos y tomar el portante. Y era inútil que intentase hacer resistencia, porque la casa se hacía inhabitable para él; no le quedaba más remedio sino volverse á su propio «clan» (gens), ó, lo que solía suceder más á menudo, contraer un nuevo matrimonio en otro. Las mujeres eran el gran poder dentro de los «clanes» (gentes), lo mismo que fuera de ellos. Llegado el caso, no se les encogía el ombligo para destituir á un jefe y arrojarlo á las filas de los simples guerreros.
El hogar doméstico comunista, donde la mayoría, si no la totalidad de las mujeres, pertenecen á una misma gens, mientras que los hombres se dividen en gentes diferentes, es la base efectiva de aquella preponderancia de las mujeres, que en los tiempos primitivos estuvo difundida por todas partes, y el descubrimiento de la cual es el tercer mérito de Bachofen. Además, advierto que los relatos de los viajeros y de los misioneros acerca de los trabajos con que se abruma á las mujeres entre los salvajes y los bárbaros, no están de ninguna manera en contradicción con lo que acabo de decir. La división del trabajo entre los dos sexos, depende de otras causas que nada tienen que ver con la posición de la mujer en la sociedad. Pueblos, en los cuales las mujeres se ven obligadas á trabajar mucho más de lo que, según nuestras ideas, les corresponde, tienen á menudo mucha más consideración real hacia ellas que nosotros los europeos. La «señora » de la civilización, rodeada de falsos homenajes, extraña á todo trabajo efectivo, tiene una posición social muy inferior á la de la mujer de la barbarie, que trabaja de firme y se ve en su pueblo conceptuada como una verdadera «dama» (lady, frawa, frau, domina) y que lo es también por su carácter.
Nuevas investigaciones acerca de los pueblos del Noroeste, y, sobre todo, del Sur de América, que aún se hallan en el estadio superior del estado salvaje, nos dirán si el matrimonio sindiásmico ha reemplazado ó no por completo hoy, al matrimonio por grupos en América. Respecto á los sudamericanos, refiérense tan variados ejemplos de licencia sexual, que apenas es admisible la desaparición completa del antiguo matrimonio por grupos. En todo caso, aún no se han perdido los vestigios de éste. En cuarenta tribus de la América del Norte lo menos, el hombre que se casa con la hermana mayor, tiene derecho á tomar igualmente por mujeres á todas las hermanas de ella, en cuanto llegan á la edad núbil: resto de la comunidad de los hombres para toda la serie de las hermanas. De los peninsulares de la California (estadio superior del salvajismo), cuenta Bancroft que tienen ciertas festividades en que se reunen varias tribus con el fin de practicar el comercio sexual; con toda evidencia, son gentes que en esas fiestas conservan un oscuro recuerdo del tiempo en que las mujeres de una gens tenían por maridos á todos los hombres de otra, y recíprocamente. La misma costumbre impera aún en Australia. En algunos pueblos acontece que los ancianos, los jefes y los hechiceros, practican en provecho propio la comunidad de mujeres y monopolizan la mayor parte de éstas; pero, en cambio, durante ciertas fiestas y grandes asambleas populares, están obligados á dejar otra vez en vigor la antigua comunidad y permitir que sus mujeres se recreen con los hombres jóvenes. Westermarck (páginas 28-29), presenta una serie de ejemplos de saturnales de este género, en las que recobra el vigor por corto tiempo la antigua libertad del comercio sexual: en los Hos, Santalas, Pandschas y Cotaros, en las Indias, en algunos pueblos africanos, etc. Cosa notable: Westermarck deduce que estos hechos constituyen restos, no del matrimonio por grupos (que niega él), sino... del período del celo que los hombres primitivos tuvieron de común con los animales.
Llegamos al cuarto gran descubrimiento de Bachofen: el de la gran difusión de la forma del tránsito del matrimonio por grupos al matrimonio sindiásmico. Lo que Bachofen representa como una penitencia por la transgresión de los antiguos mandamientos de Dios, como una penitencia impuesta á la mujer para comprar su derecho á la castidad, no es, en resumen, sino la expresión mística de la multa, por medio de la cual se rescata la mujer de la antigua comunidad de los hombres y adquiere para sí el derecho de no entregarse más que á uno solo. Esa multa consiste en una prostitución limitada: las mujeres babilónicas estaban obligadas á prostituirse una vez al año en el templo de Mylitta; otros pueblos del Asia anterior enviaban durante años enteros sus hijas al templo de Anaitis, donde debían entregarse al amor libre con favoritos elegidos por ellas antes de poderse casar; en casi todos los pueblos asiáticos entre el Mediterráneo y el Ganges hay análogas usanzas, disfrazadas de costumbres religiosas. El sacrificio expiatorio para el rescate se hace cada vez más ligero con el tiempo, como ya lo había hecho notar Bachofen: «La ofrenda, repetida cada año, cede el puesto á un sacrificio hecho una sola vez; sustituye al hetairismo de las matronas el de las jóvenes solteras; se practica antes del matrimonio, en vez de ejercitarlo durante éste; en lugar de abandonarse á todos, sin tener derecho de elegir, la mujer ya no se entrega sino á ciertas personas.» (Derecho materno, pág. 19.) En otros pueblos falta el disfraz religioso; en algunos, como los tracios, los celtas, etc.; en la antigüedad; en gran número de aborígenes de la India; en los pueblos malayos, insulares de la Oceanía y muchos indios americanos en el día, las jóvenes gozan de la mayor libertad sexual hasta que contraen matrimonio. Así sucede, sobre todo en la América del Sur, como pueden atestiguarlo todos los que han penetrado algo en el interior. De una rica familia de origen indio refiere Agassiz (A Journey in Brazil, Boston and New-York, 1886, pág. 266) que, habiendo conocido á la señorita de la casa, preguntó por su padre, suponiendo que lo sería el marido de la madre, oficial del ejército en campaña contra el Paraguay; pero la madre le respondió sonriéndose: Naô tem pai, he filha da fortuna (no tiene padre, es hija del acaso). «Las mujeres indias ó mestizas hablan constantemente en este tono, sin vergüenza ni censura, de sus hijos ilegítimos; y esto es la regla, mientras que lo contrario parece ser la excepción. Los hijos... á menudo sólo conocen á su madre, porque todos los cuidados y toda la responsabilidad recaen sobre ella; nada saben acerca de su padre, y tampoco parece que la mujer tuviese nunca la idea de que ella ó sus hijos pudieran reclamarle la menor cosa.» Lo que aquí parece pasmoso al hombre civilizado es sencillamente la regla en el matriarcado y en el matrimonio por grupos.
En otros pueblos, los amigos y parientes del novio ó los convidados á la boda ejercen con la novia, durante la boda misma, el derecho adquirido por usanza inmemorial, y al novio no le llega la vez sino el último de todos; así sucedía en las islas Baleares y entre los augilas africanos en la antigüedad, y así sucede aún entre los bareas en Abisinia. En otros, un personaje oficial, sea jefe de la tribu ó de la gens, cacique, «schaman», sacerdote ó príncipe, es quien representa á la colectividad y quien ejercita en la desposada el jus primae noctis. A pesar de todos los ensayos de rehabilitación neo-romántico, ese jus primae noctis existe hoy aún como resto del matrimonio por grupos entre los habitantes del territorio de Alaska (Bancroft: Native Races, I, 81), entre los tahus del Norte de México (ibid., pág. 584) y entre otros pueblos; y ha existido durante toda la Edad Media, por lo menos en los países de origen céltico (donde nació directamente del matrimonio por grupos), en Aragón, por ejemplo[5]. Al paso que en Castilla nunca fué siervo el campesino, la servidumbre más abyecta reinó en Aragón hasta la sentencia ó bando arbitral de Fernando el Católico, en 1486, documento donde se dice: «Juzgamos y fallamos que los señores (senyors, barones) susodichos no podrán tampoco pasar la primera noche con la mujer que haya tomado un campesino, ni tampoco podrán durante la noche de boda, después de que se hubiere acostado en la cama la mujer, pasar la pierna encima de la cama ni de la mujer, en señal de su soberanía; tampoco podrán los susodichos señores servirse de las hijas ó de los hijos de los campesinos contra su voluntad, con y sin pago.» (Citado, con el texto original en catalán, por Sugenheim, La Servidumbre, Petersburgo, 1861, pág. 35.)
Aparte de eso, Bachofen tiene razón evidente cuando afirma que el paso de lo que llama «hetairismo» ó «generación pantanosa» á la monogamia se ha realizado esencialmente por las mujeres. Cuanto más han hecho perder á las antiguas relaciones sexuales su candoroso carácter primitivo el desarrollo de las condiciones económicas, y, por consiguiente, la desaparición del antiguo comunismo y la densidad cada vez más grande de la población, más envilecedoras y opresivas han debido parecer esas relaciones á las mujeres, y más han debido apetecer como una manumisión el derecho á la castidad, el derecho al matrimonio temporal ó definitivo con un solo hombre. Por otra parte, este progreso no podía deberse al hombre, por la sencilla razón de que nunca, ni aun en nuestra época, se le ha pasado por las mientes la idea de renunciar á los goces del matrimonio por grupos. Sólo después de efectuado por la mujer el tránsito al matrimonio sindiásmico, es cuando los hombres pudieron introducir la monogamia estricta, por supuesto, en perjuicio de las mujeres.
La familia sindiásmica aparece en el límite que separa el salvajismo de la barbarie, las más de las veces en el estadio superior del primero, y sólo de vez en cuando en el estadio inferior de la segunda. Es la forma de familia característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para que evolucione hasta llegar á la monogamia definitiva han sido menester otras causas diversas de aquellas cuya acción hemos estudiado hasta aquí. En la familia sindiásmica había quedado ya reducido á su última unidad; y su molécula á dos átomos, un hombre y una mujer. La selección natural había realizado su obra con la exclusión cada vez más completa de la comunidad de los matrimonios; nada le quedaba que hacer en este sentido. Por tanto, si no entraban en juego nuevas fuerzas impulsivas de orden social, no hubiese habido ninguna razón para que de la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas fuerzas impulsivas.
Abandonemos ahora la América, tierra clásica de la familia sindiásmica. Ningún indicio permite afirmar que en ella se haya desarrollado una forma de la familia más perfecta, que haya existido allí la monogamia definitiva en ningún tiempo ni lugar, antes del descubrimiento y de la conquista.
Lo contrario sucedió en el Antiguo Mundo. La domesticación de animales y la cría de ganados habían abierto aquí un manantial de riqueza desconocido hasta entonces, creando condiciones sociales enteramente nuevas. Hasta el estadio inferior de la barbarie, la riqueza duradera limitábase poco más ó menos á la habitación, los vestidos, alhajas y enseres necesarios para preparar los alimentos: la barca, las armas, los trebejos caseros más sencillos. Antes, había que conquistar al día el alimento. Pero desde aquel instante, con sus manadas de caballos, camellos, asnos, bueyes, carneros, cabras y cerdos, los pueblos pastores, que iban ganando terreno (los arios en el país de los cinco ríos y en el valle del Ganges, así como en las á la sazón mucho más espléndidamente irrigadas estepas de Oxus y del Iaxartes, y los semitas en el Eufrates y el Tigris), habían adquirido riquezas que sólo necesitaban vigilancia y los más burdos cuidados para reproducirse en una proporción cada vez más grande, y suministrar abundantísima alimentación en carne y leche. Desde entonces quedaron en segundo término todos los medios con anterioridad empleados; la caza, que en otros tiempos era una necesidad verdadera, trocóse en un lujo.
¿A quién pertenecía aquella nueva riqueza? No cabe dudo alguna de que, en su origen, á la gens. Pero muy pronto debió desarrollarse la propiedad particular de los rebaños. Es difícil decir si el patriarca Abraham era considerado por el autor de lo que se llama el primer libro de Moisés, como propietario de sus rebaños, en virtud de un derecho particular (como jefe de una comunidad familiar), ó en virtud de su carácter de jefe hereditario de una gens. Lo cierto es que no debemos imaginárnoslo como propietario, en el sentido moderno de la palabra. Además, es lo cierto que en los umbrales de la historia auténtica encontramos ya en todas partes los rebaños como propiedad particular de los jefes de familia, con el mismo título que los productos del arte de la barbarie, los enseres de metal, los objetos de lujo, y, finalmente, el ganado humano, los esclavos.
Porque desde ese momento queda también inventada la esclavitud. El esclavo no tenía valor ninguno para los bárbaros del estadio inferior. Por eso los indios americanos de aquella época obraban con sus enemigos vencidos de una manera muy diferente de como se hizo en el estadio superior. Los hombres eran muertos ó los adoptaban como hermanos la tribu vencedora; casaban á las mujeres ó las adoptaban, al mismo tiempo que á sus hijos supervivientes. En ese estadio, la fuerza «trabajo humano » no produce aún excedente apreciable sobre sus gastos de coste. Pero al introducirse la cría de ganados, la fabricación de los metales y de los tejidos, y, por último, la agricultura, tomaron otro aspecto las cosas. Así como las mujeres, tan fáciles de adquirir en otro tiempo, lograban ahora tener valor cambiable y se compraban, lo mismo aconteció con las fuerzas productoras de trabajo, sobre todo desde que los rebaños se habian convertido definitivamante en propiedad familiar. La familia no se multiplicaba con tanta rapidez como el ganado. Se necesitaban más personas para la custodia de éste; podía utilizarse para ello el prisionero de guerra, que además se prestaba para producir una raza, lo mismo que el ganado.
Convertidas todas estas riquezas en propiedad particular de las familias, y aumentadas después rápidamente, removían en sus cimientos la sociedad fundada en el matrimonio sindiásmico y en la gens, basada en el matriarcado. El matrimonio sindiásmico había introducido en la familia un elemento nuevo. Junto á la verdadera madre había puesto el verdadero padre (verosímilmente más auténtico que muchos «padres» de nuestros días). Con arreglo á la división del trabajo en la familia de entonces, el papel del hombre consistía en proporcionar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios para ello, y, por consiguiente, era propietario de estos últimos; se los llevaba consigo en caso de separación, de igual manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos. Según la costumbre de aquella época, el hombre era igualmente propietario del nuevo manantial de alimentación (el ganado), y más adelante, del nuevo medio de trabajo (el esclavo). Pero según la usanza de aquella misma sociedad, sus hijos no podían heredar de él, porque acerca de este punto pasaban las cosas como vamos á ver ahora.
Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras la descendencia sólo se contó por línea femenina, y según la costumbre hereditaria primitiva usual en la gens, los miembros de ésta heredaban al principio de su pariente gentil difunto. La fortuna debía quedar, pues, en la gens. Por efecto de su poca importancia en la práctica, debió de ir la sucesión á los parientes más próximos, es decir, á los consanguíneos por línea materna. Pues bien: los hijos del difunto no pertenecían á su gens, sino á la madre; al principio heredaron con los otros consanguíneos de su madre; más tarde heredaron de ella en primera línea, pero no podían ser herederos de su padre, porque no pertenecían á su gens, en la cual debía quedar su fortuna. A la muerte del propietario de rebaños, éstos pasaban en primer término á hermanos y hermanas, y á los hijos de estos últimos, ó á los descendientes de las hermanas; en cuanto á sus propios hijos, estaban desheredados.
A medida que iba en aumento la fortuna, por una parte daba al hombre una posición más importante que á la mujer en la familia, y, por otra parte, hacía nacer la idea en él de valerse de esta ventaja para derribar en provecho de los hijos el orden de suceder establecido. Pero esto no pudo hacerse mientras permaneció vigente la filiación de derecho materno, la cual tenía que ser abolida, y lo fué. Eso no fué tan difícil como hoy nos parece; porque aquella revolución (una de las mayores que la humanidad ha visto) no tuvo necesidad de tocar ni á uno solo de los miembros vivos de una gens. Todos los miembros de ésta podían seguir siendo después lo que habían sido antes. Bastó decidir sencillamente que en lo venidero los descendientes de un miembro masculino permanecían en la gens, pero los de un miembro femenino saldrían de ella pasando á la gens de su padre. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno. Nada sabemos respecto á cómo y cuándo hubo esta revolución en los pueblos cultos, puesto que se remonta á los tiempos prehistóricos. Pero tenemos pruebas más que suficientes de que se realizó en los numerosos vestigios del matriarcado reunidos principalmente por Bachofen; y con qué facilidad se verificó, lo vemos en toda una serie de tribus indias donde acaba de efectuarse recientemente y se efectúa aún en la actualidad, en parte por influjo del incremento de las riquezas y el cambio de género de vida (emigración desde los bosques á las praderas), y en parte por la influencia moral de la civilización y de los misioneros. En ocho tribus del Missouri, seis tienen una filiación y un orden de suceder masculinos, que en las otras dos son femeninos. Entre los schawnees, los miamies y los delawares se ha introducido la costumbre de dar á los hijos un nombre perteneciente á la gens paterna, para hacerlos pasar á ésta con el fin de que puedan heredar de su padre. «Casuística innata en los hombres la de cambiar las cosas cambiando sus nombres y hallar rodeos para romper con la tradición sin salirse de ella, en todas partes donde un interés directo da el impulso suficiente para ello.» (Marx.) Resultó de ahí una espantosa confusión, la cual no se podía remediar, y no se remedió sino en parte, más que con el paso al patriarcado. «Por lo común, ésta parece ser la transición más natural.» (Marx.) Acerca de lo que á los jurisconsultos se les ocurre decir sobre el modo cómo en la antigüedad hubo de realizarse esa transición (casi puras hipótesis), véase Kovalevsky, Cuadro de los orígenes y de la evolución de la familia y de la propiedad. Stockolmo, 1890.)
La abolición del derecho materno fué la gran derrota del sexo femenino. El hombre llevó también el timón en la casa; la mujer fué envilecida, domeñada, trocóse en esclava de su placer y en simple instrumento de reproducción. Esta degradada condición de la mujer, tal como se manifiesta sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos clásicos, ha sido gradualmente retocada y disimulada, en ciertos sitios hasta revestida de formas más suaves; pero de ningún modo se ha suprimido.
El primer efecto del poder exclusivo de los hombres, desde el punto y hora en que se fundó, se encuentra en la forma intermedia de la familia patriarcal que surgió en ese momento. Lo que la caracteriza, sobre todo, no es la poligamia, de la cual hablaremos luego, sino la organización de cierto número de individuos (libres ó no) en una familia bajo el poder paterno del jefe de ésta. En la forma semítica, ese jefe de familia vive en plena poligamia, los esclavos tienen mujer é hijos, y el objetivo de la organización entera es la guarda de ganados en un determinado terreno. El punto esencial consiste en la incorporación de los esclavos y la patria potestad paterna; por eso, la familia romana es el tipo cabal de esta forma de familia. En su origen, la palabra familia no significa el ideal formado por una mezcla de sentimentalismo y disensiones domésticas del mogigato de nuestra época; al principio, entre los romanos, ni siquiera se aplica á la pareja conyugal y á sus hijos, sino tan sólo á los esclavos. Famulus quiere decir «esclavo doméstico», y familia designa el conjunto de los esclavos pertenecientes á un mismo hombre. Todavía se transmitía testamentariamente en tiempo de Cayo la familia, id est patrimonium, es decir, la parte de herencia. La expresión ésta la inventaron los romanos para designar un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo su poder á la mujer, á los hijos y á cierto número de esclavos, con la patria potestad romana y derecho de vida y muerte sobre todos ellos. «La palabra no es, pues, más antigua que el broncíneo sistema de familia de las tribus latinas que nació al introducirse la agricultura y la esclavitud legal, y después de la excisión entre los arios itálicos y los griegos.» Y añade Marx: «La familia moderna contiene en germen, no sólo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, puesto que desde el comienzo refiérese ésta á los servicios de la agricultura; encierra en miniatura todos los antagonismos que se desarrollarán más adelante en la sociedad y en su Estado.»
Esta forma de familia señala el tránsito del matrimonio sindiásmico á la monogamia. Para asegurar la fidelidad de la mujer, y, por consiguiente, la paternidad de los hijos, es entregada aquélla sin reservas al poder del hombre; cuando éste la mata, no hace más que ejercitar su derecho.
Con la familia patriarcal entramos en los dominios de la historia escrita, donde la ciencia del derecho comparado nos presta gran auxilio. Y en efecto, nos ha valido aquí para un progreso esencial. A Kovalevsky (obra citada, páginas 60-100) debemos la idea de que el hogar doméstico patriarcal, según existe aún entre los servios y los búlgaros con el nombre de zádruga (que puede traducirse poco más ó menos como «alianza de amistad ») ó bratstvo («unión fraterternal»), y bajo una forma modificada entre los orientales, ha constituido el estadio de transición entre la familia de derecho materno, fruto del matrimonio por grupos, y la monogamia moderna. Esto parece probado, por lo menos respecto á los pueblos civilizados de la antigüedad, los arios y los semitas.
La zádruga de los eslavos del Sur constituye el mejor ejemplo, existente aún, de una comunidad familiar de esta clase. Abarca muchas generaciones de descendientes del mismo padre, los cuales viven juntos con sus mujeres bajo el mismo techo; cultivan en común sus tierras, tienen provisiones comunes para alimentarse y vestirse, y poseen en común el sobrante de sus productos. La comunidad está sujeta á la administración superior del dueño de la casa (domacin), quien la representa fuera de ella; tiene el derecho de enajenar las cosas de valor mínimo, lleva la caja y es responsable de ésta, lo mismo que de la buena marcha de los negocios. Es elegido, y no necesita ser el de más edad. Las mujeres y el trabajo de ellas están bajo la dirección de la dueña de la casa (domácica), quien suele serlo la mujer del domacin. Esta tiene también voz deliberativa, á menudo hasta preponderante, cuando se trata de elegir marido para las jóvenes solteras. Pero el poder supremo reside en el consejo de familia, en la asamblea de todos los asociados adultos, hombres y mujeres. Ante esa asamblea da sus cuentas el domacin; ella es quien zanja las cuestiones, ejerce la jurisdicción sobre todos los miembros de la sociedad, decide acerca de las compras ó ventas de alguna importancia, sobre todo respecto á propiedades territoriales, etc.
No hace ni diez años que se ha probado la existencia en Rusia de comunidades familiares de esta especie; y está generalmente reconocido hoy que en la costumbre popular rusa tienen raíces tan hondas como la obscina, ó comunidad de aldea. Figuran en el más antiguo código ruso, el Pravda de Jaroslaw, con el mismo nombre (verbi) que en las leyes de Dalmacia; y se encuentran de igual modo en las fuentes históricas, polacas y tcheques.
También entre los alemanes, según Heussler (Instituciones del derecho alemán), la unidad económica primitiva no es la familia aislada en el sentido moderno de la palabra, sino una comunidad familiar que se compone de muchas generaciones ó familias y que además encierra muy á menudo individuos no libertos. La familia romana se refiere igualmente á este tipo; y, por tanto, el poder absoluto del padre sobre los demás miembros de la familia privados de derechos por completo se ha puesto muy en duda recientemente. Comunidades familiares del mismo género han debido de existir entre los celtas de Irlanda; en Francia, se han mantenido en el Nivernesado con el nombre de parçonneries hasta la Revolución, y no se han extinguido aún en el Franco-Condado. En los alrededores de Louhans (Saône-et-Loire) se ven grandes caserones de labriegos, con una sala común muy alta de techo, hasta el caballete del tejado; alrededor se encuentran los dormitorios, á los cuales se sube por unas escalerillas de seis á ocho peldaños; habitan en esas casas varias generaciones de la misma familia.
La comunidad familiar, con cultivo de suelo en común, menciónase ya en las Indias por Nerco, en tiempo de Alejandro Magno, y aún subsiste en el Pandschâb y en todo el Noroeste del país. El mismo Kovalevsky ha podido encontrarla en el Cáucaso. En Argelia existe aún en las kabilas. Ha debido de hallarse hasta en América, donde se cree descubrirlas en las calpullis descritas por Zurita en Nuevo-México; por el contrario, Cunow (Ausland, 1890, números. 42-44) ha demostrado de una manera bastante clara la existencia de una especie de régimen de federación local en el Perú, en la época de la conquista (en el que, ¡cosa extraña! la federación local se llamaba marca), con reparto periódico de las tierras cultivadas, y, por consiguiente, cultivo individual.
Desde entonces, la comunidad familiar del patriarcado, con posesión y cultivo del suelo común, ha tenido en todos los casos una importancia mucho mayor que anteriormente. Ya no podemos dudar del gran papel que representó entre los pueblos civilizados y otros de la antigüedad para establecer el tránsito desde la familia de derecho materno á la familia individual. Más adelante hablaremos de otra consecuencia deducida por Kovalevsky, á saber: que la comunidad familiar ha formado igualmente la fase de transición de donde ha salido la comunidad de aldea ó de la federación local (marca), con cultivo individual del suelo y reparto al principio periódico y después definitivo de los campos y pastos.
Respecto á la vida de familia en el seno de esos domicilios familiares comunes, debe hacerse notar que, por lo menos en Rusia, el amo de casa tiene la reputación de abusar mucho de su carácter con las mujeres más jóvenes de la comunidad, principalmente las nueras, y de formarse á menudo con ellas un harén; las canciones populares rusas son harto elocuentes acerca de este punto.
Antes de pasar á la monogamia, á la cual da rápido desarrollo el derrumbamiento del matriarcado, digamos algunas palabras de la poligamia y de la poliandria. Estas dos formas de matrimonio sólo pueden ser excepciones, productos de lujo de la historia, digámoslo así, á menos de que no se presenten simultáneamente en un mismo país, lo cual no es del caso, como sabemos. Pues bien; como los hombres excluidos de la poligamia no pueden consolarse con las mujeres dejadas en libertad por la poliandria, y como el número de hombres y mujeres (dejando á un lado lo que influyan en ello las instituciones sociales) ha seguido siendo casi igual, desde luego es imposible que se generalice una ú otra de estas formas del matrimonio. De hecho, la poligamia de un hombre era un producto manifiesto de la esclavitud, y se limitaba á casos excepcionales sueltos. En la familia patriarcal semítica, el patriarca mismo, y á lo sumo algunos de sus hijos, viven como polígamos; los demás, vénse obligados á contentarse con una mujer. Así sucede hoy aún en todo el Oriente: la poligamia es un privilegio de los ricos y de los grandes, y se recluta, sobre todo, por la compra de esclavas; la masa del pueblo es monógamo. Una excepción parecida es la poliandria en la India y en el Thibet, nacida del matrimonio por grupos, y cuyo interesantisimo origen queda por estudiar más á fondo. En la práctica, parece de mucho mejor componer que la organización celosa del harem musulmán. Entre los naires de la India, es verdad, por lo menos, tres, cuatro ó más hombres, tienen una mujer común; pero cada uno de ellos puede tener, en unión con otros hombres, una segunda y hasta una tercera, cuarta mujer, etc. Es extraño que Mac-Lennan no haya descubierto la nueva clase del matrimonio por club, en estos clubs conyugales de varios de los cuales se puede formar parte, y que él mismo describe. Por supuesto, el sistema de clubs conyugales no tiene nada que ver con la poliandria efectiva. Por el contrario, según lo ha hecho notar ya Giraud-Teulon, es una forma especializada del matrimonio por grupos: los hombres viven en poligamia, y las mujeres en poliandria.
4.º La familia monogámica.— Nace de la familia sindiásmica, según hemos demostrado, en la época que sirve de límite entre el estadio medio y el estadio superior de la barbarie; su triunfo definitivo es uno de los signos característicos de la civilización naciente. Se funda en el poder del hombre, con el fin formal de procrear hijos de una paternidad cierta; y esta paternidad se exige, porque esos hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de la fortuna paterna. Se diferencia del matrimonio sindiásmico, por una solidez mucho más grande del vínculo conyugal, cuya disolución ya no es facultativa. De ahora en adelante, sólo el hombre puede romper este vínculo y repudiar á su mujer. También se le otorga el derecho de infidelidad conyugal, por lo menos las costumbres (el Código Napoleón se lo otorga expresamente, mientras no tenga la concubina en el domicilio conyugal), y se ejercita cada vez más, á medida que progresa la evolución social; si la mujer se acuerda de las antiguas prácticas sexuales y quiere renovarlas, es castigada más severamente que en ninguna época anterior[6].
Entre los griegos encontramos en todo su vigor la nueva forma de la familia. Al paso que, según la observación de Morgan, el papel de las diosas en la mitología indica un período anterior en que las mujeres aún tenían una posición más libre y más estimada, encontramos ya á la mujer de los tiempos heroicos humillada por el predominio del hombre y la competencia de las esclavas. Léase en la Odisea cómo da Telémaco una repulsa á su madre y la impone silencio. En Homero, las mujeres jóvenes conquistadas quedan á disposición de los vencedores según su antojo; los jefes elegían para sí, por turno y conforme á su categoría, las más hermosas; sabido es que la Ilíada entera gira sobre la disputa entre Aquiles y Agamenón, disputa cuya causa es una esclava de esta clase. Junto á cada héroe de Homero, de alguna importancia, se cita la joven cautiva con la cual comparte su tienda y su lecho. Esas jóvenes eran también conducidas al país nativo, á la casa conyugal, como Casandra por Agamenón en Esquilo; los hijos nacidos de esas esclavas reciben una pequeña porción hereditaria del padre, y se consideran como hombres libres; así, Teucros es un hijo ilegítimo de Telamón, y tiene derecho á llevar el nombre de su padre. En cuanto á la mujer legítima, se exige de ella que aguante todo esto, y que á la vez guarde una castidad y una fidelidad conyugal rigurosas. Cierto es que la mujer griega de la época heroica es más respetada que la del período civilizado; pero sin embargo, en último término, para el hombre no es más que la madre de sus hijos legítimos, la que gobierna la casa y dirige á las esclavas, de las cuales tiene derecho á hacer él concubinas suyas á su voluntad. La existencia de la esclavitud junto á la monogamia, la presencia de jóvenes y bellas cautivas que pertenecen en cuerpo y alma al hombre, es lo que constituye desde su origen el carácter específico de la monogamia, la cual sólo es monogamia para la mujer, y no para el hombre. Y en la actualidad, aún tiene este carácter.
En cuanto á los griegos de una época más reciente, debemos distinguir entre los dorios y los jonios. Los primeros, de los cuales Esparta es el ejemplo clásico, se encuentran desde muchos puntos de vista en condiciones conyugales mucho más primitivas que las pintadas por Homero. En Esparta existe un matrimonio sindiásmico modificado conforme á la idea local del Estado y que presenta muchas reminiscencias del matrimonio por grupos. Las uniones estériles se rompen; el rey Anaxándridas (hacia el año 650 antes de nuestra era) tomó una segunda mujer, sin dejar á la primera que fué estéril, y sostenía dos domicilios conyugales; hacia la misma época, teniendo el rey Ariston dos mujeres sin hijos, tomó otra tercera, pero en cambio repudió á una de las dos primeras. Además, varios hermanos podían tener una mujer común; el hombre á quien convenía más la mujer de su amigo podía participar de ella con éste; y se encontraba muy decente poner su mujer á disposición de «un buen semental» (como diría Bismarck), aun cuando no fuese un ciudadano libre. De un pasaje de Plutarco en á que una espartana envía su marido un amante que la persigue con sus proposiciones, hasta parece deducirse, según Schaemann, una libertad de costumbres aún más grande. Pero, también por esta razón, era cosa inudita el adulterio efectivo, la infidelidad de la mujer á espaldas de su marido. Por otra parte, la esclavitud doméstica era desconocida en Esparta, por lo menos en la mejor época; los ilotas esclavos vivían aparte en las tierras de sus señores, y, por consiguiente, era menor la tentación de frecuentar á las mujeres de aquéllos para los espartanos. Por todas estas razones, las mujeres de Esparta tenían una posición mucho más respetada que entre los otros griegos. Las casadas espartanas y la flor y nata de la hetairas atenienses, son las únicas mujeres de quienes hablan con respeto los antiguos, y de las cuales tomáronse el trabajo de recoger los dichos.
Otra cosa muy diferente era lo que pasaba entre los jonios, respecto á los que es característico el régimen de Atenas. Las doncellas no aprendían sino á hilar, tejer y coser, á lo sumo á leer y escribir. No teniendo trato sino con otras mujeres, equivale á decir que estaban prisioneras. Su habitación era un aposento separado de la casa, sito en el piso alto ó detrás de ésta; los hombres, sobre todo los extraños, no entraban fácilmente allí, donde se retiraban ellas así que iban visitas masculinas. Las mujeres no salían sin que las acompañase una esclava; dentro de casa eran objeto de una vigilancia exquisita; Aristófanes habla de perros de adiestrados para espantar á los galanes, y (á lo menos en las ciudades asiáticas) para vigilar á las mujeres había eunucos, que desde los tiempos de Herodoto se fabricaban en Quios para comerciar en ellos, y que sólo servían á los bárbaros, si hemos de creer á Wachsmuth. En Eurípides se designa á la mujer como un oikurema, como una «cosa» destinada al cuidado del hogar doméstico (la palabra es neutra), y, fuera de la procreación de los hijos, no era para el ateniense sino la criada principal. El hombre tenía sus ejercicios gimnásticos, sus discusiones públicas, de donde estaba excluida la mujer; además tenía esclavas á su disposición, y en la época floreciente de Atenas, una prostitución muy extensa y por lo menos protegida por el Estado. Precisamente, esa prostitución fué el punto de partida del desarrollo del carácter de ciertas mujeres griegas, que por su ingenio y su gusto artístico sobresalen por encima del nivel general del mundo femenino antiguo tanto como las mujeres espartanas lo superan por el carácter. Pero el hecho solo de que para convertirse en mujer fuese preciso antes hacerse hetaira, es la condenación más severa de la familia ateniense.
Con el transcurso de las edades, esa familia ateniense llegó á ser el tipo por el cual modelaron cada vez más sus condiciones domésticas, no sólo el resto de los jonios, sino también todos los griegos del interior y de las colonias. Pero, á pesar del secuestro y de la vigilancia, las griegas hallaban harto á menudo ocasiones para pegársela á sus maridos. Estos, que se hubieran ruborizado de mostrar el más pequeño amor á sus mujeres, recreábanse con las hetairas en toda clase de galanterías; pero el envilecimiento de las mujeres se vengó en los hombres y los envileció á su vez hasta hacerlos caer en las repugnantes prácticas de la pederastia, y deshonrar á sus dioses con el mito de Ganímedes como se deshonraban ellos mismos.
Tal fué el origen de la monogamia, según hemos podido seguirla en el pueblo más civilizado y que llegó al más culminante desarrollo de la antigüedad. De ninguna manera fué fruto del amor sexual individual, con el que no tenía nada de común, siendo los matrimonios de pura convención después, como lo eran antes. Fué la primera forma de familia que tuvo por base condiciones sociales, y no las naturales; y fué, más que nada, el triunfo de la propiedad individual sobre el comunismo espontáneo primitivo. Preponderancia del hombre en la familia, y procreación de hijos que sólo pudieran ser de él y destinados á heredarle: tales fueron, franca y descaradamente proclamados por los griegos, los únicos móviles de la monogamia. En lo demás, el matrimonio era para ellos una carga, un deber para con los dioses, el Estado y sus propios padres, deber que se veían obligados á cumplir. En Atenas, la ley no sólo imponía el matrimonio, sino que además obligaba al marido á un mínimum de pagos de lo que se llama debito conyugal.
Por tanto, la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como una reconciliación entre el hombre y la mujer, y mucho menos aún como la forma más elevada de la familia. Por el contrario: entra en escena bajo la forma de esclavizamiento de un sexo por el otro, proclamación de un conflicto entre los sexos desconocido hasta entonces en la historia. En un antiguo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí, encuentro esta frase: «La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación. de hijos.» Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fué un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con la propiedad privada, aquella época que aún dura en nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un retroceso relativo, en que la ventura y el desarrollo de unos verifícanse á expensas de la desventura y de la represión de otros. Es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que se propagan y crecen plenamente en esta sociedad.
La antigua libertad relativa de comercio sexual no desapareció del todo con el triunfo del matrimonio sindiásmico, ni aun con el de la monogamia. «El antiguo sistema conyugal, reducido á más estrechos límites por la gradual desaparición de los grupos punaluenses, continuó adhiriéndose á la familia en su desarrollo ulterior y se agarró á ella hasta en la aurora de la civilización...; desapareció al cabo con la nueva forma del hetairismo, que sigue á los hombres hasta en plena civilización como una sombra densa que se cierne sobre la familia.» Morgan entiende por hetairismo el comercio extraconyugal, existente junto á la monogamia, de los hombres con mujeres no casadas, comercio carnal que, como se sabe, florece bajo las formas más diversas durante todo el período de la civilización y se transforma cada vez más y más en descarada prostitución.
Este hetairismo desciende en línea recta del matrimonio por grupos, del sacrificio de su persona, mediante el cual adquirirán las mujeres para sí el derecho á la castidad. La prostitución venal fué al principio un acto religioso; practicábase en el templo de la diosa del amor, y primitivamente el dinero ingresaba en las arcas del templo. Las hieródulas de Anaitis en Armenia, de Afrodita en Corinto, lo mismo que las bailarinas religiosas agregadas á los templos de la India, que se conocen con el nombre de bayaderas (la palabra es una corrupción del portugués bailadeira), fueron las primeras prostitutas. La prostitución, deber de todas las mujeres en un principio, no fué ejercida más tarde sino por estas sacerdotisas, en reemplazo de todas las demás. En otros pueblos, el hetairismo proviene de la libertad sexual concedida á las jóvenes antes del matrimonio; así, pues, es también un resto del matrimonio por grupos, pero que ha llegado hasta nosotros por otro camino. Con la desproporción entre la propiedad, es decir, desde el estadio superior de la barbarie, aparece esporádicamente el asalariamiento junto al trabajo de los esclavos; y con él, como un correlativo necesario, la prostitución por oficio de la mujer libre, junto á la prostitución obligatoria de la esclava. Así, pues, la herencia que el matrimonio por grupos legó á la civilización es doble, como todo lo que la civilización produce es también de dos caras, de doble lenguaje, contradictorio: acá la monogamia, acullá el hetairismo, comprendiendo en éste su forma extremada, la prostitución. El hetairismo es una institución social como otra cualquiera; mantiene la antigua libertad sexual... en provecho de los hombres. No sólo tolerado de hecho, sino que practicado también libremente, sobre todo por las clases directoras, repruébase nada más que de palabra. Pero en realidad, esta reprobación nunca va contra los hombres, sino solamente contra las mujeres; á éstas se las desprecia y se las rechaza, para proclamar con eso una vez más como ley fundamental de la sociedad, la supremacía absoluta del hombre sobre el sexo femenino.
Pero, en la monogamia misma, se desenvuelve una segunda antinomia. Junto al marido, que embellece su existencia con el hetairismo, se encuentra la mujer abandonada por su marido. Y no puede existir un término de una antinomia sin que exista el otro, como no se puede tener en la mano una manzana entera después de haberse comido la mitad. Sin embargo, esta parece haber sido la opinión de los hombres hasta que las mujeres les pusieron otra cosa en la cabeza. Con la monogamia aparecieron dos constantes y características figuras sociales, desconocidas hasta entonces: el amante de la mujer, y el marido cornudo. Los hombres habían logrado la victoria sobre las mujeres, pero las vencidas se encargaron generosamente de coronar á los vencedores. El adulterio, prohibido con severas penas y castigado con rigor, pero indestructible, llegó á ser una institución social irremediable junto á la monogamia y al hetairismo. La certeza de la paternidad de los hijos descansó en el convencimiento moral, lo mismo después que antes; y para resolver la insoluble contradicción, el Código Napoleón dispuso: «Art. 312.—El hijo concebido durante el matrimonio tiene por padre al marido.» Este es el último resultado de tres mil años de monogamia[7].
En los casos que permanecen fieles á su origen histórico y manifiestan con claridad el conflicto entre el hombre y la mujer expresado por el dominio exclusivo del primero, tenemos, pues, en la monogamia una imagen en pequeño de las contradicciones y de los antagonismos en medio de los cuales se mueve la sociedad dividida en clases, desde la salida á escena de la civilización, sin poder resolverlos ni vencerlos. Naturalmente, sólo hablo aquí de esos casos de monogamia en que la vida conyugal se efectúa con arreglo á las prescripciones del carácter original de toda la institución, pero en que la mujer se rebela contra el dominio del hombre. Que no todos los matrimonios viven así, lo sabe mejor que nadie el mojigato alemán que ya no sabe mantener su soberanía ni en su casa ni en el Estado, y cuya mujer lleva con pleno derecho los pantalones de que él no es digno. Mas no por eso deja de creerse muy superior á su compañero de infortunios francés, á quien más á menudo que á él mismo le suceden cosas mucho más desagradables.
Por supuesto, la familia monogámica no ha revestido en todos los lugares y tiempos la forma clásica y ruda que tuvo entre los griegos. La mujer era más libre y más considerada entre los romanos, quienes en su calidad de futuros conquistadores del mundo tenían unas miras más amplias aunque menos agudas que los griegos. El romano creía suficientemente garantizada la fidelidad de su mujer por el derecho de vida y muerte que sobre ella tenía. También la mujer podía allí romper el vínculo matrimonial á su antojo, lo mismo que el hombre. Pero el mayor progreso en el desenvolvimiento de la monogamia se realizó ciertamente con la entrada de los germanos en la historia, y fué así porque, dada su pobreza, no parece que en aquel momento se había desprendido aún aquella por completo entre los mismos del matrimonio sindiásmico. Sacamos esta conclusión de tres circunstancias mencionadas por Tácito: en primer lugar, junto con la escrupulosa observancia del matrimonio («se contentan con una sola mujer, las mujeres viven ceñidas en su pudor»), la poligamia estaba vigente para los grandes y los jefes de tribu; situación análoga á la de los americanos entre quienes existía el matrimonio sindiásmico. En segundo término, la transición del derecho materno al derecho paterno no había debido realizarse sino poco antes, puesto que el hermano de la madre (el pariente gentil más próximo, según el matriarcado) casi era tenido como pariente más próximo que el propio padre; lo cual corresponde igualmente al punto de vista de los indios americanos, entre los cuales, como lo decía á menudo, había encontrado Marx la clave para comprender nuestros propios tiempos primitivos. Y en tercer lugar, entre los germanos, las mujeres gozaban de suma consideración y ejercían una gran influencia hasta en los asuntos públicos, lo cual es diametralmente opuesto á la supremacía masculina de la monogamia. Todos estos son puntos respecto á los cuales los germanos están casi por completo de acuerdo con los espartanos, entre quienes tampoco había desaparecido del todo el matrimonio sindiásmico, según hemos visto. Así, pues, también desde este punto de vista, llegaba con los germanos un elemento enteramente nuevo á la dominación del mundo. La nueva monogamia que entre las ruinas del mundo romano salió de la mezcla de los pueblos, dió á la supremacía masculina formas más dulces y dejó á las mujeres una posición mucho más considerada y más libre (por lo menos en las exterioridades) de lo que nunca había conocido la edad clásica. Gracias á eso fué posible desprender de la monogamia (desarrollándose de ella, junto á ella ó contra ella) el progreso moral más grande que la debemos: el amor sexual moderno, desconocido anteriormente.
Pues bien; este progreso debíase con toda seguridad á la circunstancia de que los germanos vivían aún bajo el régimen de la familia sindiásmica, y de que ingertaron en la monogamia, en cuanto les fué posible la posición de la mujer deducida de aquélla; pero no se debía de ningún modo á la legendaria pureza de costumbres ingénita en los germanos, reducida en efecto á que el matrimonio sindiásmico no se mueve dentro de tan culpables contradicciones morales como la monogamia. Por el contrario, en sus emigraciones, particularmente al Sudeste, entre los nómadas de las estepas del Mar Negro, los germanos habían perdido mucho de sus buenas costumbres, y habían aprendido entre esos pueblos, además del arte de la equitación, feos vicios contranaturales, de lo cual tenemos los expresos testimonios de Amiano acerca de los taifalienses y de Procopio respecto á los hérulos.
Pero si la monogamia fué de todas las formas de familia conocidas la única en que pudo desarrollarse el amor sexual moderno, eso no quiere decir de ningún modo que se desarrollase en ella exclusivamente y ni aun de una manera preponderante, bajo la forma de recíproco amor entre los esposos. Lo excluía la naturaleza entera de la monogamia, basada en la supremacía del hombre. En todas las clases históricas activas, es decir, en todas las clases directoras, el matrimonio siguió siendo lo que había sido desde el matrimonio sindiásmico, cuestión de pactos convenidos entre los padres. Y la primera forma histórica del amor sexual, en concepto de pasión propia de todos seres humanos (por lo menos, en las clases directoras) y como forma superior del instinto sexual (lo que constituye precisamente su carácter específico), esa primera forma, el amor caballeresco de la Edad Media, no fué, de ningún modo, el amor conyugal. Muy por el contrario, en su fisonomía clásica (entre los provenzales), marcha á toda vela hacia el adulterio que cantan sus poetas. La flor de la poesía amorosa provenzal son las Albas, en alemán Tagelieder (cantos de la alborada). Pintar con brillantes colores cómo el caballero está acostado con su amada (la mujer de otro), mientras está por fuera el escucha apostado, el cual le llama así que clarea la primera luz de la aurora (el alba), con el fin de que pueda escaparse sin ser visto: la escena de la separación forma entonces el punto culminante del poema. Los franceses del Norte y nuestros honradotes alemanes adoptaron este género de poesías, al mismo tiempo que la manera caballeresca del amor correspondiente á él; y nuestro antiguo Wolfram von Eschenbach dejó sobre este atractivo tema tres encantadores Tagelieder, que prefiero á sus tres largos poemas épicos.
El matrimonio de la clase media es de dos modos en nuestros días. En los países católicos, ahora, como antes, los padres son quienes proporcionan al hijo la mujer que le conviene, de lo cual resulta naturalmente el desarrollo de la contradicción que encierra la monogamia: el hetairismo exuberante por parte del hombre, adulterio exuberante por parte de la mujer. Y si la Iglesia católica ha abolido el divorcio, es probable que sea porque habrá reconocido que contra el adulterio, como contra la muerte, no hay remedio que valga. Por el contrario, en los países protestantes la regla general es conceder al hijo de familia más ó menos libertad para buscar mujer dentro de su clase; de esto resulta que cierto grado de amor puede formar la base del matrimonio y se supone siempre que así es por el bien parecer, lo cual está muy en carácter con la hipocresía protestante; pero como en todas clases de matrimonio siguen siendo los seres humanos después lo que antes eran, y como la clase media de los países protestantes consta en su mayoría de mogigatos, esa monogamia protestante suele venir á parar (en los casos más favorables) á un aburrimiento mortal sufrido en común y que se llama felicidad doméstica. El mejor espejo de estos dos métodos de matrimonio es la novela: la novela francesa para la manera católica; la novela alemana, para la protestante. En los dos casos, el hombre «la logra»: en la novela alemana, el mozo logra á la joven á quien ama; en la novela francesa, el marido logra una cornamenta. ¿Cuál de los dos sale peor librado? No siempre es posible decirlo. Por eso también, el aburrimiento de la novela alemana inspira á los lectores franceses de la clase media el mismo horror que la «inmoralidad» de la novela francesa inspira al mogigato alemán. Sin embargo, en estos últimos tiempos, desde que «Berlín se está haciendo una gran capital», la novela alemana comienza á tantear excursiones algo menos tímidas al hetairismo y al adulterio, bien conocidos allá lejos hace largo tiempo.
Pero en ambos casos, el matrimonio se funda en la posición social de los contrayentes; y, por tanto, siempre es un matrimonio de conveniencia. También en los dos casos, este matrimonio de conveniencia se convierte en la más vil de las prostituciones, á veces por ambas partes, pero mucho más habitualmente en la mujer; ésta solo se diferencia de la cortesana ordinaria en que no alquila su cuerpo á ratos como una asalariada, sino que lo vende de una vez para siempre como una esclava. Y á todos los matrimonios de conveniencia les viene de molde la frase de Fourier: «Así como en gramática dos negaciones equivalen á una afirmación, de igual manera en la moral conyugal dos prostituciones equivalen á una virtud.» En las relaciones con la mujer, el amor sexual no es, ni puede ser, una regla efectiva más que en las clases oprimidas, es decir, en nuestros días en el proletariado, estén ó no estén autorizadas oficialmente esas relaciones. Pero también desaparecen en estos casos todos los fundamentos de la monogamia clásica. Faltan allí por completo los bienes de fortuna, para la conservación y transmisión, de la cual se han instituido precisamente la monogamia y el dominio del hombre, y, por consiguiente, también falta allí todo motivo para hacer valer la supremacía masculina. Y aún más: faltan hasta los medios de conseguirlo. El derecho burgués, que protege á esta supremacía, sólo existe para los que poseen y para regular sus relaciones con los proletarios; cuesta dinero, y, por consiguiente, á causa de la pobreza del trabajador, no regula la situación de éste para con su mujer. En este caso, otras relaciones personales y sociales son quienes deciden. Sobre todo, desde que la gran industria ha arrancado del hogar á la mujer para arrojarla al mercado del trabajo y de la fábrica, y la convierte harto á menudo en el sostén de la casa, se han destruido las bases de los últimos restos de la supremacía del hombre en el domicilio del proletario; á no ser que se reconozcan aún vestigios de ella en la brutalidad para con las mujeres, que se ha propagado con la introducción de la monogamia. Así, pues, la familia del proletario ya no es monogámica en el sentido estricto de la palabra, ni aun con el amor más apasionado y la más absoluta fidelidad de los cónyuges y á pesar de todas las bendiciones espirituales y temporales posibles. Por eso, el hetairismo y el adulterio, los eternos compañeros de la monogamia, sólo representan aquí un papel casi nulo; la mujer ha reconquistado de hecho el derecho de divorcio; y cuando ya no pueden entenderse, prefieren separarse los esposos. En resumen: el matrimonio proletario es monógamo en el sentido etimológico de la palabra, pero de ningún modo lo es en su sentido histórico.
Es verdad que á nuestros juriconsultos les parece que el progreso de la legislación va quitando cada vez más á las mujeres todo motivo de queja. Los sistemas legislativos de la civilización moderna van reconociendo, en primer lugar, que para ser válido el matrimonio, debe ser un contrato libremente consentido por ambas partes, y en segundo lugar, que durante el matrimonio las dos partes deben tener una frente á otra los mismos derechos y los mismos deberes. Y si estas dos condiciones se aplicasen con rectitud, las mujeres tendrían todo lo que pudieran apetecer.
Esta argumentación, que apesta á leguleyo, es exactamente la misma, por medio de la cual los republicanos radicales burgueses toman el pelo á los proletarios. El contrato del trabajo debe ser un contrato libremente consentido por ambas partes. Pero se presume libremente consentido desde el momento en que la ley estatuye en el papel la igualdad de las dos partes. La fuerza que la diferencia de su situación de clase da á una de las partes, la presión que ésta ejerce sobre la otra, la condición económica real de ambas: esto no le importa á la ley. Y mientras dura el contrato de trabajo, sigue la presunción jurídica de que las dos partes continúan disfrutando de iguales derechos, en tanto que una ú otra no los hayan renunciado expresamente. Que el estado económico de cosas obligue al obrero á renunciar hasta á la última apariencia de igualdad de derecho: la ley no tiene nada que ver en eso.
Respecto al matrimonio, hasta la ley más perfecta se satisface por completo desde el punto y hora en que los interesados han hecho inscribir formalmente en el acta su libre consentimiento. En cuanto á lo que pasa fuera de las bambalinas jurídicas donde se representa la vida real, y de qué manera se obtiene ese consentimiento, ni la ley ni el legista pueden preocuparse de ello. Y sin embargo, la más sencilla comparación del derecho debiera mostrar al jurisconsulto lo que pasa con esa libertad del consentimiento. En los países donde la ley asegura á los hijos una porción legítima de la fortuna paterna, y donde, por consiguiente, no pueden ser desheredados (en Alemania, en los países que siguen el régimen del derecho francés, etc.), los hijos necesitan el consentimiento de los padres para contraer matrimonio. En los países donde se practica el derecho inglés, donde el consentimiento paterno no es una condición legal del matrimonio, los padres gozan también de una absoluta libertad de testar, y pueden desheredar á su antojo á sus hijos. Sin embargo, claro es que pesar de eso, y aun por eso mismo, la libertad para contraer matrimonio no es, de hecho, ni un ápice mayor en Inglaterra y en América en Francia y en Alemania.
No anda mucho mejor lo de la igualdad jurídica de los derechos del hombre y de la mujer en el matrimonio. Su desigualdad legal, que hemos heredado de condiciones sociales anteriores, no es causa sino efecto de la opresión económica de la mujer. En el antiguo hogar doméstico comunista, que encerraba numerosas parejas conyugales con sus hijos, la dirección de la casa, confiada á las mujeres, era también una industria pública, socialmente tan necesaria como el cuidado de proporcionar los víveres, que se confió á los hombres.
Las cosas cambiaron con la familia patriarcal y aún más con la familia individual monogámica. La dirección del hogar doméstico perdió su carácter público: la sociedad ya no tuvo nada que ver con eso. Se transformó en servicio privado; la mujer se convirtió en una criada principal, sin tomar ya parte en la producción social. Sólo la gran industria de nuestros días le ha abierto de nuevo el camino de la producción social, y aun así sólo para las mujeres del proletariado.
Pero esto se ha hecho de tal suerte, que si la mujer cumple con sus deberes en el servicio privado de la familia, queda excluida del trabajo social y no puede ganar nada; y si quiere tomar parte en la industria pública y ganar por su cuenta, es imposible que cumpla con sus deberes de familia. Lo mismo le acontece á la mujer en toda clase de negocios, en la medicina ó en el foro, igual que en la fábrica. La familia individual moderna se funda en la esclavitud doméstica más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es una masa donde las moléculas son las familias individuales. El hombre de nuestros días tiene que ganar en la mayor parte de los casos para la vida de la familia, por lo menos en las familias posidentes; y esto le da una posición preponderante que no necesita ser privilegiada de un modo especial por la ley. El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella el proletario. Pero en el mundo industrial, el carácter específico de la opresión económica que pesa sobre el proletariado no se manifiesta en todo su rigor sino una vez suprimidos todos los privilegios legales de la clase de los capitalistas y jurídicamente establecida la plena igualdad de las dos clases. La república democrática no suprime el antagonismo entre las dos clases; por el contrario, no hace más que suministrar el terreno en que puede desplegarse este antagonismo. Y, de igual modo, el carácter particular del predominio del hombre sobre la mujer, así como la necesidad y la manera de establecer una real igualdad social de ambos, no quedarán claramente de manifiesto, sino cuando el hombre y la mujer tengan, según la ley, derechos iguales en absoluto. Entonces se verá que la manumisión de la mujer exige, como condición primera, la vuelta de todo el sexo femenino á la industria pública, y que á su vez esta condición exige que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad.
Conforme llevamos dicho, hay tres formas principales de matrimonio, que corresponden aproximadamente á los tres estados fundamentales de la evolución humana: en el salvajismo el matrimonio por grupos; en la barbarie el matrimonio sindiásmico; en la civilización la monogamia con sus complementos, adulterio y prostitución. Entre el matrimonio sindiásmico y la monogamia se deslizan, en el estadio superior de la barbarie, la sujeción de las mujeres esclavas á los hombres y la poligamia.
Según lo ha probado todo lo antes expuesto, el progreso que se manifiesta por el orden antedicho se enlaza con la particularidad de que se ha ido quitando más y más á las mujeres la libertad sexual del matrimonio por grupos, pero no á los hombres. Lo que es para la mujer un crimen de graves consecuencias legales y sociales, considérase muy honroso para el hombre, ó á lo sumo como una ligera mancha moral que se lleva con gusto. Pero cuanto más se modifica el hetairismo antiguo en nuestra época, por la producción capitalista á la cual se adapta, más se transforma en prostitución descocada y más desmoralizadora se hace su influencia. Y, á decir verdad, aún desmoraliza mucho más á los hombres que á las mujeres. La prostitución, entre las mujeres, no degrada sino á las infelices que á ella se dedican y aun á éstas en un grado mucho menos de lo que suele creerse. En cambio, envilece el carácter del sexo masculino entero. Y así es de advertir que, el noventa por ciento de las veces, el noviazgo prolongado es una verdadera escuela preparatoria para la infidelidad conyugal.
Caminamos en estos momentos á una revolución social en que las bases económicas actuales de la monogamia desaparecerán tan seguramente como las de la prostitución, complemento de ella. La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas manos, las de un hombre; y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia á los hijos de este hombre, excluyendo á los de cualquier otro. Para eso era necesaria la monogamia de la mujer, pero no la del hombre; tanto es así, que la monogamia de la primera no ha sido el menor óbice para la poligamia descarada é hipócrita del segundo. Pero la revolución social inminente, transformando por lo menos la inmensa mayoría de las fortunas inmuebles hereditarias (los medios de producción) en propiedad social, reducirá al minimum todos esos cuidados de transmisión hereditaria. Y ahora cabe hacer esta pregunta: habiendo nacido de causas económicas la monogamia, ¿desaparecerá cuando esas causas?
Pudiera responderse, no sin razón: lejos de desaparecer, más bien se realizará plenamente á partir de ese momento. Porque con la transformación de los medios productores en fortuna social desaparecen el salario, el proletarismo, y, por consiguiente, la necesidad de que se prostituyan por dinero cierto número de mujeres, fácil de valorar por la estadística. Desaparece el proletarismo, y en vez de decaer la monogamia, llega por fin á ser una realidad, hasta para los hombres.
Así, pues, se modificará mucho la condición de los hombres de todas maneras. Pero también sufrirá profundos cambios la de las mujeres, la de todas ellas. En cuanto los medios de producir pasen á ser de propiedad común, la familia individual deja de ser la unidad económica de la sociedad. La guarda y educación de los hijos se convierte en asunto público; la sociedad cuida con el mismo esmero de todos los hijos, sean legítimos ó naturales. Así desaparece el cuidado de «las consecuencias» que es hoy el motivo social esencial (tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista económico) que impide á una joven soltera entregarse sin miramientos al hombre á quien ama. ¿No bastará eso para devolver progresivamente más libertad al comercio sexual, y también para hacer á la opinión pública menos rigorista acerca de la honra de las vírgenes y la deshonra de las mujeres? Y, por último, ¿no hemos visto que en el mundo moderno la prostitución y la monogamia es verdad que son antinomias, pero antinomias inseparables, los dos polos del mismo estado social? ¿Puede desaparecer la prostitución sin arrastrar consigo al abismo la monogamia?
Ahora interviene un elemento nuevo, un elemento que en la época en que nació la monogamia existía á lo sumo en germen: el amor sexual individual.
Antes de la Edad Media no puede hablarse de que existiese amor sexual individual. Claro es que la belleza personal, la intimidad, las inclinaciones comunes, etc., han debido despertar á individuos de sexo diferente el deseo de relaciones sexuales; y que la cuestión de saber con quién entablaban las relaciones más íntimas no debía ser indiferente en absoluto ni á los hombres ni á las mujeres. Pero de eso á nuestro amor sexual moderno aún media muchísima distancia. En toda la antigüedad, los padres son quienes conciertan las bodas en vez de los interesados, los cuales pasan por ello tranquilamente. El poco amor conyugal que la antigüedad conoce no es una inclinación subjetiva, sino más bien un deber objetivo; no es la base, sino el correlativo del matrimonio.
El amor, en el sentido moderno de la palabra, no se presenta en la antigüedad sino fuera de la sociedad oficial. Los pastores, de quienes nos cantan Teócrito y Mosco los goces y pesares del amor, Dafnis y Cloe (de Longo), son simples esclavos que no tienen participación en el Estado, en la esfera donde se mueve el ciudadano libre. Pero fuera de los esclavos no encontramos la galanteria sino como un producto de la descomposición del mundo antiguo al declinar. Se ejercita con mujeres que también viven fuera de la sociedad oficial, con hetairas extranjeras ó libertas, en Atenas desde la víspera de su caída, en Roma por los tiempos de los emperadores. Si por casualidad había allí relaciones galantes, tratábase del adulterio en todas ellas. Y el amor sexual, en el sentido que nosotros le damos, era una cosa tan indiferente para el viejo Anacreonte, el poeta clásico del amor en la antigüedad, que le importaba poco hasta el sexo mismo del ser amado.
Nuestro amor sexual difiere esencialmente del simple deseo sexual, del Eros de los antiguos. En primer término, supone la reciprocidad del amor en el ser amado; desde este punto de vista, la mujer es en él igual que el hombre, al paso que en el Eros antiguo se está lejos de consultarla siempre. En segundo lugar, el amor sexual tiene cierto grado de duración y de intensidad que hace considerar á las dos partes la falta de posesión y la separación como una gran desventura, si no la mayor de todas; para poder ser el uno del otro, no se retrocede ante nada y se llega hasta jugarse la vida, lo cual no sucedía en la antigüedad sino en caso de adulterio. Y, por último, se crea una nueva regla moral para juzgar el comercio sexual. Ya no se pregunta solamente: «¿Es legítimo ó ilegítimo?», sino también: «¿Es hijo del amor y de un afecto reciproco?» Claro es que en la práctica feudal ó burguesa, esta regla no se respeta más que cualquiera otra regla moral, sino que se quebranta, pero se respeta tanto. Se halla tan reconocida como las demás, en teoría, en el papel. Y eso es todo lo que, hasta nueva orden, puede pedir.
La Edad Media vuelve á tomar las cosas en el mismo punto en que la Antigüedad inició sus tendencias al amor sexual, en el adulterio. Ya hemos pintado el amor caballeresco que inventó los Tagelieder. De este género de amor que tiende á destruir el matrimonio, hasta aquel que debe fundarlo, hay aún mucho camino que la caballería no recorrió nunca por completo. Hasta si de los frívolos provenzales pasamos á los virtuosos alemanes, encontramos en el poema de los Niebelungen á Kriemhilda no menos enamorada (aunque en silencio) de Siegfried que éste lo está de ella; mas no por eso responde Kriemhilda menos sencillamente á Gunther, al anunciarla que la ha prometido á un caballero, de quien calla el nombre: «No tenéis necesidad de suplicarme; tal como me lo ordenéis, así quiero siempre ser; estoy dispuesta de buena voluntad, señor, á unirme con aquel que me deis por marido.» No se le ocurre de ningún modo á Kriemhilda la idea de que su amor pueda tenerse en cuenta para nada. Gunther pide en matrimonio á Brünhilda y Etzel á Kriemhilda sin haberlas visto nunca; de igual manera Sigebant de Irlanda busca en Gutrun á la noruega Ute, Hetel de Hegelingen á Hilda de Irlanda, y, en fin, Siegfried de Morlandia, Hartmut de Ormania y Herwig de Seelandia piden los tres la mano de Gutrun; y sólo aquí sucede que ésta se pronuncie libremente á favor del último. Regla general: la futura del joven príncipe es elegida por los padres de éste, si aún viven, ó, en el caso contrario, por él mismo y previo el consentimiento de los grandes feudatarios, quienes siempre tienen algo que decir en tales circunstancias. Y no puede ser de otro modo, por supuesto. Para el caballero ó el barón, como para el mismo principe, el matrimonio es un acto político, una cuestión de aumento de poder mediante nuevas alianzas; el interés de la casa es quien decide y no la buena voluntad del individuo. ¿Cómo había de tener entonces arte ni parte el amor en lo de concertar el matrimonio?
La mismo sucede con la plebe de los gremios en las ciudades de la Edad Media. Precisamente, sus privilegios protectores, los reglamentos restrictivos de los gremios, las complicadas líneas fronterizas que separaban legalmente al plebeyo, acá de las otras corporaciones gremiales, acullá de sus propios colegas en maestría ó de sus oficiales y aprendices, hacían harto estrecho ya el círculo dentro del cual era posible que buscase una esposa adecuada para él. Y en este complicado sistema, evidentemente no era su gusto personal sino el interés de familia quien decidia respecto á cuál de todas era la mujer que más le convenía.
En la mayor parte de los casos, y hasta el final de la Edad Media, siguió siendo el matrimonio de esta suerte lo que había sido desde su origen: un negocio, para cerrar el cual no tenían que ver nada los más interesados en él. Al principio, se venía ya casado al mundo, casado con todo un grupo de seres del otro sexo. En la forma ulterior del matrimonio por grupos, verosimilmente existían análogas condiciones, pero con un estrechamiento progresivo del círculo. En el matrimonio sindiásmico es de regla el que las madres convengan entre sí acerca del matrimonio de sus hijos; también aquí, lo que decide es la consideración de los nuevos lazos de parentesco que deben robustecer la posición de la joven pareja en la gens y en la tribu. Y cuando la propiedad individual se sobrepuso á la propiedad colectiva, cuando los intereses de la transmisión hereditaria hicieron nacer la preponderancia de la familia patriarcal y de la monogamia, entonces fué cuando el matrimonio comenzó á depender de consideraciones económicas. Desaparece la forma del matrimonio por compra; pero continúa practicándose cada vez más y más; tanto que, no sólo la mujer tiene su precio, sino hasta el hombre también; y no según sus cualidades personales, sino con arreglo á la cuantía de sus bienes. En la práctica y desde el principio, si había alguna cosa inconcebible para las clases directoras, era que la inclinación recíproca de los interesados pudiese ser la razón por excelencia del matrimonio: esto sólo pasaba en las novelas ó... en las clases oprimidas, que no tocaban pito ni flauta en la sociedad.
Tal era la situación que encontró de frente la producción capitalista cuando, á contar desde la era de los descubrimientos geográficos, se puso en el caso de conquistar el imperio del mundo por medio del comercio universal y de la industria manufacturera. Debiera creerse que este modo de matrimonio le convendría excepcionalmente, y así era en verdad. Y, sin embargo (la ironía de la historia del mundo es insondable), ella fué quien hubo de abrir la brecha decisiva en él. Al transformar todas las cosas en mercaderías, desorganizó todas las situaciones transmitidas ó adquiridas antiguamente; reemplazó las costumbres hereditarias y el derecho histórico por la compraventa, por el «libre contrato»; y he ahí cómo el jurisconsulto inglés H. S. Maine ha creído haber hecho un descubrimiento extraordinario al decir que todo nuestro progreso sobre las épocas anteriores consistía en que hemos pasado from status to contract, es decir, de una situación hereditariamente transmitida á un estado de cosas libremente consentido..., lo cual encontrábase ya en el manifiesto comunista, en cuanto eso es verdad.
Pero para contratar se necesitan gentes que puedan disponer libremente de su persona, de sus acciones y de sus bienes, y que se encuentren unos en presencia de otros con iguales derechos. Crear esas personas «libres» é «iguales» fué precisamente una de las principales tareas de la producción capitalista. Aun cuando al principio no se hizo esto sino de una manera medio inconsciente, y por añadidura bajo el disfraz de la religión, á contar desde la Reforma luterana y calvinista, no por eso queda menos asentado el principio de que el hombre no es completamente responsable de sus acciones sino cuando las comete en pleno libre albedrío, y que es un deber el resistir á todo lo que constriñe á un acto inmoral. Pero, ¿cómo poner de acuerdo este principio con las prácticas usuales hasta entonces para concertar el matrimonio? Según el concepto plebeyo del matrimonio, era un contrato, una cuestión de derecho, y hasta la más importante de todas, puesto que disponía del cuerpo y del alma, de dos seres humanos, para mientras durase su vida. Verdad es que, desde esa época, el matrimonio era el concierto formal de dos voluntades; sin el «sí» de los interesados no había nada hecho. Pero harto bien se sabía cómo se pronunciaba el «sí» y cuáles eran los verdaderos autores del matrimonio. Sin embargo, puesto que para todos los demás contratos se exigía la libertad real para decidirse, ¿por qué no lo era en éste? Los dos jóvenes que debían ser unidos, ¿no tenían también el derecho de disponer libremente de sí mismos, de su cuerpo y de sus órganos? ¿No se había puesto de moda, gracias á la caballería, el amor sexual? En contra del amor adúltero de la caballería, ¿no era el amor conyugal su verdadera forma plebeya? Pero si el deber de los esposos era amarse recíprocamente, ¿no era tan deber de los amantes no casarse sino entre sí y con ninguna otra persona? Este derecho de los amantes, ¿no era superior al derecho del padre y de la madre, de los parientes y de los demás alcahuetes y terceros tradicionales de bodas? Desde el momento en que el derecho al libre examen personal penetraba en la Iglesia y en la religión, ¿podía no afirmarse, ante la intolerable pretensión de la generación vieja, de disponer del cuerpo, del alma, de los bienes de fortuna, de la ventura y de la desventura de una generación más joven?
Por fuerza debían de suscitarse estas cuestiones en un tiempo que relajaba todos los antiguos vínculos sociales y removía todas las ideas corrientes. De pronto habíase hecho la tierra diez veces más grande; en lugar de la cuarta parte de un hemisferio, el globo terrestre entero se extendía ante los ojos de los europeos occidentales, quienes apresurábanse á tomar posesión de las otras tres cuartas partes. Y, al mismo tiempo que las antiguas barreras del país natal, caían las milenarias trabas puestas al pensamiento en la Edad Media. Un horizonte infinitamente más extenso se abría ante los ojos y el espíritu del hombre. ¿Qué importaba la idea de respetabilidad, qué importaba el respetable privilegio corporativo, transmitido de generaciones en generaciones, al joven á quien atraían las riquezas de las Indias, las minas de oro y plata de México y del Potosi? Aquella fué la época de la caballería andante de la plebe; porque también ésta tuvo su romanticismo y su delirio amoroso, pero bajo un pie plebeyo y con plebeyas miras.
Así sucedió que la clase media naciente, sobre todo la de los países protestantes, donde se conmovió de una manera más profunda el estado de cosas existente, reconoció cada vez más y más para el matrimonio también la libertad del contrato, y puso en práctica su teoría del modo que hemos descrito. El matrimonio continuó siendo matrimonio de clase, pero en el seno de la clase concedióse cierto grado de libertad en la elección á los interesados. Y en el papel, en la teoría moral como en las narraciones poéticas, nada quedó tan inquebrantablemente asentado como la inmoralidad de todo matrimonio que no se funde en un amor sexual recíproco y en un contrato de los esposos efectivamente libre. En resumen: quedaba proclamado como derecho del hombre el matrimonio por amor; y no sólo derecho del hombre, sino que también y por excepción derecho de la mujer.
Pero este derecho difería en un punto de todos los demás que se llaman «Derechos del Hombre». Al paso que éstos en la práctica se reservaban á las clases directoras, y seguían siendo directa ó indirectamente letra muerta para las clases oprimidas, la ironía de la historia confirmase aquí una vez más respecto al proletariado. La clase directora prosiguió dominada por las influencias económicas conocidas, y sólo por excepción presenta casos de matrimonios concertados verdaderamente con toda libertad; mientras que éstos, como ya hemos visto, son la regla en las clases oprimidas.
Por tanto, el matrimonio no se concertará con toda libertad sino cuando, suprimiéndose la producción capitalista y las condiciones de propiedad creadas por ella, se aparten las consideraciones económicas accesorias que aún ejercen tan poderosa influencia sobre la elección de los esposos. Desde ese momento, el matrimonio ya no tendrá más causa determinante que la inclinación recíproca.
Pero dado que, por naturaleza suya, el amor sexual es exclusivista (aun cuando en nuestros días ese exclusivismo no se realiza nunca sino en la mujer), el matrimonio fundado en el amor sexual, por su naturaleza propia, es la monogamia. Hemos visto cuánta razón tenía Bachofen cuando consideraba el progreso del matrimonio por grupos al matrimonio por parejas como obra debida sobre todo á la mujer; sólo el paso del matrimonio sindiásmico á la monogamia puede atribuirse al hombre, y ha consistido sobre todo históricamente, en rebajar la situación de las mujeres y facilitar la infidelidad de los hombres. Que lleguen á desaparecer las consideraciones económicas en virtud de las cuales han aceptado las mujeres esta infidelidad habitual de los hombres (el cuidado de su propia existencia, y aún más el del porvenir de los hijos), y la igualdad que de ello resultará para la mujer producirá el efecto, según toda nuestra experiencia adquirida, de que los hombres se volverán monógamos en una proporción infinitamente más grande que poliandras las mujeres.
Pero lo que seguramente desaparecerá de la monogamia son todos los caracteres que la han impreso las condiciones de la propiedad á las cuales deben su origen; estos caracteres son, en primer término, la preponderancia del hombre, y luego la indisolubilidad. La preponderancia del hombre en el matrimonio es consecuencia, sencillamente, de su preponderancia económica, y caerá por sí sola con ésta. La indisolubilidad del matrimonio es consecuencia, en parte de la situación económica de donde salió la monogamia, y en parte es una tradición de la época en que, mal comprendido aún el enlace de esa situación económica con la monogamia, fué exagerado hasta el extremo por la religión. Actualmente está desportillada ya por mil lados. Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo podrá serlo donde el amor persista. Pero la duración del acceso del amor sexual es muy variable según los individuos, particularmente entre los hombres; y la desaparición del afecto ante un amor apasionado nuevo hace de la desaparición un beneficio, lo mismo para ambas partes que para la sociedad. Sólo que debe ahorrarse á las gentes patalear en el inútil fango de un pleito de divorcio.
Así, pues, lo que podemos augurar acerca de la organización de las relaciones sexuales, después de la inminente barrida de la producción capitalista, es más que nada de un orden negativo, y se limita principalmente á decir lo que desaparecerá. Pero ¿qué vendrá después? Eso se decidirá cuando haya crecido una nueva generación; una generación de hombres que en su vida se hayan encontrado en el caso de comprar á costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse á un hombre en virtud de otras consideraciones que las del amor real, ni de rehusar entregarse á su amante por miedo á las consecuencias económicas de este abandono. Y cuando hayan venido esas gentes, se burlarán de cuanto se hubiese pensado acerca de lo que habrían de hacer; se dictarán á sí mismas su propia conducta, y crearán una opinión pública basada en ella para juzgar la conducta de cada uno.—¡Y todo quedará dicho!
Pero volvamos á Morgan, de quien muchísimo nos hemos alejado. El examen histórico de las instituciones sociales que se han desarrollado durante el período de la civilización se sale de los límites de su libro. Por eso se ocupa muy poco de los destinos de la monogamia durante este período. También él ve en el perfeccionamiento de la familia monogámica un progreso, una aproximación á la plena igualdad de derechos entre ambos sexos, sin que tenga, no obstante, por conseguido este propósito aún. «Pero—dice—si se reconoce el hecho de que la familia ha atravesado sucesivamente por cuatro formas y se encuentra en la quinta actualmente, plantéase la cuestión de saber si esta forma puede ser duradera para lo futuro. Lo único que puede responderse es que debe progresar como progresa la sociedad, que debe modificarse conforme la sociedad se modifica; lo mismo que ha sucedido antes. Es producto del sistema social, y reflejará su estado de cultura. Habiéndose mejorado la familia monogámica desde los comienzos de la civilación, y de una manera muy notable en los tiempos modernos, lícito es por lo menos creer que es capaz de perfeccionamiento ulterior hasta que se consiga la igualdad entre los dos sexos. Si en un porvenir lejano, la familia monogámica no llegase á satisfacer las exigencias de la sociedad, es imposible predecir de qué naturaleza sería la que le sucediese.»
- ↑ Género de este curioso tipo animal es el ornitorinco australiano, que aún vive, aunque tiende á desaparecer.― (N. del T.)
- ↑ Bachofen prueba cuán poco ha comprendido lo que ha descubierto, ó más bien adivinado, al designar ese estado primitivo con el nombre de hetairismo. Cuando los griegos introdujeron esta palabra en su idioma, el hetairismo significaba para ellos el trato carnal de hombres célibes ó monógamos con mujeres no casadas; supone siempre una forma definida de matrimonio, fuera de la cual se mantiene ese comercio sexual, y encierra ya la prostitución dentro de sí, por lo menos como posibilidad. Esta palabra no se ha empleado nunca en otro sentido, y así la empleo yo, siguiendo á Morgan. Bachofen lleva en todas partes sus importantísimos descubrimientos hasta un misticismo increíble, pues imagina que las relaciones entre hombres y mujeres, al evolucionar en la historia, tienen su origen en las ideas religiosas de la humanidad en cada época, y no en las condiciones reales de su existencia.
- ↑ En una carta de la primavera de 1882, se expresa Marx en los términos más vivos acerca de los Niebelungen de Wagner, que falsean por completo los tiempos primitivos. Segismundo declama: «¿No es cosa inaudita que el hermano abrace á la hermana como á una esposa?» A esos dioses de la lujuria de Wagner que, al estilo moderno, hacen más picantes sus aventuras amorosas con su poquito de incesto, responde Marx: «En los tiempos primitivos, la hermana era la esposa, y esto era moral.» (Para la 4.ª edición.) Un francés, amigo mío, gran adorador de Wagner, no está de acuerdo con la nota anterior, y advierte que ya en el Edda antiguo, que sirvió de base á Wagner, Loki dirige á Freyja esta reconvención, en la Œgisdrecka: «Has abrazado á tu propio hermano delante de los dioses.» Por tanto, en aquella época estaba ya prohibido el matrimonio entre hermano y hermana. La Œgisdrecka es la expresión de una época en que estaba completamente destruida la fe en los antiguos mitos; constituye una simple sátira, por el estilo de la de Luciano, contra los dioses. Si Loki, representando el papel de Mefistófeles, dirige allí semejante reconvención á Freyja, esto constituye más bien un argumento contra Wagner. Algunos versos más adelante, dice también Loki á Niödhr: «Tal es el hijo que has procreado con tu hermana» (vidgh systur thinni gaztu slikan moeg). Pues bien, Niödhr no es un Ase, sino un Vane, y, en la fábula de los Inglinga, dice que los matrimonios entre hermano y hermana estaban en uso en el país de los Vanes, lo cual no sucedía entre los Ases. Esto tendería á probar que los Vanes eran dioses más antiguos que los Ases. Niödhr vive entre los Ases bajo un pie de igualdad en todo caso, y de esta suerte la Œgisdreca es más bien una prueba de que en la época de la formación de las leyendas mitonoruegas el matrimonio entre hermano y hermana no producía aún horror ninguno, por lo menos entre los dioses. Si se quiere disculpar á Wagner, en vez de acudir al Edda, quizá fuese mejor invocar á Goethe, quien en la balada El Dios y la bayadera comete una falta análoga en lo relativo al abandono sexual religioso de la mujer, que el gran poeta hace asemejarse demasiado á la prostitución moderna. N. del a.)
- ↑ Los vestigios del comercio sexual sin trabas, de lo que Bachofen llama «generación pantanosa» y que cree haber encontrado, se refieren al matrimonio por grupos, de lo cual es imposible dudar hoy. «Si Bachofen halla licenciosos esos matrimonios punaluenses, un hombre de aquella época consideraría la mayor parte de los matrimonios de la nuestra entre primos próximos ó lejanos, por línea paterna ó por línea materna, enteramente tan incestuosos como los matrimonios entre hermanos y hermanas consanguíneos, carnales. (Marx.)
- ↑ Ese derecho señorial, conocido con el nombre de «derecho de pernada», dudamos mucho que tenga nada que ver con el matrimonio por grupos, cuando lo explica mejor el abuso de la fuerza.—(N. del T.)
- ↑ Según el segundo apartado del art. 448 del Código
penal español, son adúlteros la mujer casada que yace con
varón que no sea su marido, y el hombre que yace con casada, sabedor de que ésta lo es; según el texto literal, el
hombre casado que yace con mujer que no sea la suya y la
mujer que yace con varón casado sabedora de que lo es, no
son adúlteros. Pero cometen un delito, puesto que el articulo 452 pena al marido que tiene manceba (no le llama adúltero) y á la manceba, á quien tampoco llama adúltera; sin
embargo, ambos aríiculos pertenecen al tit. IX, cap. I, Adulterio. Los que se hallan en el caso del art. 452, habrán de
llamarse, por lo visto, amancebados y no adúlteros. Para
sufrir pena los amancebados, será necesario que el amancebamiento se cometa en el domicilio conyugal (primer
caso), ó fuera de él con escándalo (segundo caso); pero no
habrá delito de amancebamiento, según el texto legal, si se
realizase fuera del domicilio conyugal y sin escándalo (tercer caso) no penado.
El adulterio tiene una doble penalidad, según el Código, una privada y otra por sentencia de los tribunales. La primera es la pena de muerte á los adúlteros sorprendidos infraganti por el marido, y ejecutada por este último. En efecto, el art. 438 autoriza para ello, puesto que en vez de penarlo como parricidio (uxoricidio), ó asesinato ú homicidio (estos últimos de una ó de dos personas), casos en que la pena sería, según se considere, cadena perpetua ó muerte (art. 417), ó cadena temporal en su grado máximo á muerte (art. 418), ó reclusión temporal (art. 419), ó penas inferiores (según la concurrencia de agravantes ó atenuantes ó de ambas en diverso número), pero todas ellas superiores á la de destierro, sólo ésta es la que aplica al marido matador de los adúlteros sorprendidos en adulterio el mencionado art. 438.
Si el Código no hubiera puesto este articulo, el marido sería condenado como parricida, asesino ú homicida, lo cual no quiso el legislador por parecerle excesivo. Si lo hubiera puesto eximiendo de toda pena al marido, eso equivaldría á que el Estado sancionase la penalidad privada ó venganza particular ó individual. En esa alternativa, el legislador optó por autorizar la muerte de los adúlteros por el marido, imponiendo à éste la ínfima pena de destierro (de medio año á seis años); esto equivale de hecho á la casi impunidad, y constituye lo que antes llamé penalidad privada del adulterio. La penalidad por sentencia de los tribunales, ya no es la pena de muerte, sino prisión correccional en sus grados medio y máximo (de dos años, cuatro meses y un día, á seis años); sin embargo, la ley no considera el adulterio como delito público, sino privado, es decir, que no se persigue de oficio, sino en virtud de querella del marido agraviado, quien tiene el derecho de remitir la pena.—(N. del T.)
- ↑ El art. los de nuestro Código civil dice: «Se presumirán hijos legitímos los nacidos después de los ciento ochenta dias siguientes al de la celebración del matrimonio, y antes de los trescientos días siguientes á su disolución ó á la separación de los cónyuges.» Y esta presunción de derecho es tan fuerte para la ley, que el art. 109 dispone que: «El hijo se presumirá legitimo, aunque la madre hubiese declarado contra su legitimidad ó hubiese sido condenada como adúltera. Cabe repetir con Engels: «¡Este es el resultado de tres mil años de monogamia!»-(N. del T.)