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El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado (1891)/IX

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IX
Barbarie y civilización.

Ya hemos seguido el curso de la disolución de la gens en los tres grandes ejemplos particulares de los griegos, romanos y germanos. Para concluir, investiguemos las condiciones económicas generales que en el estadio superior de la barbarie minaban ya la organización gentil de la sociedad y la hicieron desaparecer con la entrada en escena de la civilización. El Capital de Marx nos será tan necesario aquí como el libro de Morgan.

Nacida la gens en el estadio medio y desarrollada en el estadio superior del salvajismo, según nos permiten juzgarlo los documentos de que disponemos, alcanzó su época más floreciente en el estadio inferior de la barbarie. Por tanto, este grado de evolución es el que tomaremos como punto de partida.

Aquí, donde los pieles rojas de América deben servirnos de ejemplo, encontramos completamente desarrollada la constitución gentil. Una tribu se escinde en varias gentes, por lo común en dos; aumentando la cifra de sus miembros, cada una de estas gentes primitivas se segmenta en gentes hijas para las cuales la gens madre aparece como fratria; la tribu misma se subdivide en tribus, donde encontramos en gran parte las antiguas gentes; una confederación, por lo menos en ciertos casos, enlaza á las tribus emparentadas. Esta sencilla organización responde por completo á las condiciones sociales que la han engendrado. No es más que su agrupamiento espontáneo; es apta para allanar todos los conflictos que pueden nacer en el seno de una sociedad así organizada. La guerra es lo que resuelve los conflictos exteriores; puede aniquilar á la tribu, pero no avasallarla. El lado grandioso del régimen de la gens, pero también su lado débil, es que no permite dominación ni servidumbre. En el interior, no existe aún diferencia entre derechos y deberes; para el indio no existe el problema de saber si es un derecho ó un deber tomar parte en los negocios públicos, asociarse á una venganza de familia ó aceptar una composición; planteárselo le parecería tan absurdo como preguntarse si comer, dormir ó cazar es un deber ó un derecho. Tampoco puede haber allí división de la tribu y de la gens en clases distintas. Y esto nos conduce al examen de la base económica de este orden de cosas.

La población está en extremo espaciada, y no es relativamente densa sino en el lugar de residencia de la tribu; alrededor de éste se extiende en vasto círculo el territorio para la caza; luego viene la zona neutral del bosque protector que la separa de las otras tribus. La división del trabajo es en absoluto espontánea: sólo existe de sexo á sexo. El hombre va á la guerra, se dedica á la pesca y pone los avíos necesarios para ello, así como la primera materia de la alimentación. La mujer cuida de la casa, de los alimentos y de los vestidos; guisa, hila y cose. Cada uno de los dos es el amo de en sus dominios: el hombre en la selva, la mujer en la casa. Cada uno es propietario de los instrumentos que elabora y usa: el hombre de sus armas, de sus pertrechos de caza y pesca; la mujer, de sus trebejos caseros. El domicilio es común de varias y á menudo de muchas familias[1]. Lo que se hace y se utiliza en común es de propiedad común: la casa, los huertos, las barcazas. Sólo aquí es aplicable la expresión de la propiedad, fruto de trabajo personal, que los jurisconsultos y los economistas aplican á la sociedad, último subterfugio jurídico en el cual se apoya hoy aún la propiedad capitalista.

Pero los hombres no se quedaron en todas partes en esta etapa. En Asia encontraron animales que se dejaron primero amansar y después criar. Hubo que ir de caza para apoderarse de la hembra del búfalo salvaje; domesticada, suministra cada año un choto y por añadidura leche. Cierto número de tribus de las más adelantadas (arias, semitas y hasta turanias) se ocuparon principalmente de domesticar, criar y guardar ganados. Las tribus de pastores se destacaron del resto de la masa de los bárbaros: primera gran división social del trabajo. Las tribus pastoriles, no sólo produjeron muchos más, sino también otros víveres que el resto de los bárbaros. Tenían sobre las otras la ventaja de poseer más leche, productos lácteos y carnes; además poseían pieles, lanas, pelo de cabra, así como hilos y tejidos cuya cantidad aumentaba con la masa de las materias primeras.

Así fué posible por primera vez establecer un cambio regular de riquezas. En los estadios anteriores, no puede haber sino cambios accidentales. Verdad es que una particular habilidad en la fabricación de las armas y de los artefactos puede producir una transitoria división del trabajo; así, se han encontrado en muchos sitios restos de talleres para fabricar instrumentos de sílex, procedentes de los últimos tiempos de la edad de piedra. Pero los artistas que ejercitaban allí su habilidad, es verosímil que trabajasen por cuenta de la colectividad, como aún lo hacen los obreros actuales de las aldeas indias. En todo caso, en ese momento de la evolución sólo podía haber cambio en el medio mismo de la tribu, y este cambio era un hecho excepcional. Pero en cuanto las tribus pastoriles se desprendieron del resto de los salvajes, encontramos enteramente formadas las condiciones necesarias para el cambio entre los miembros de tribus diferentes y para el desarrollo y consolidación del cambio como una institución regular. Al principio, el cambio se hizo de tribu á tribu por la mediación recíproca de los jefes de la gens; pero en cuanto los rebaños llegaron á ser poco á poco propiedad privada, el cambio individual fué predominando cada vez más y acabó por ser la forma única. El principal artículo que las tribus de pastores daban en cambio á sus vecinos era el ganado, el cual llegó á ser la mercancía que valoraba á todas las demás, y se aceptaba en todas partes á cambio de ellas, en una palabra, el ganado desempeñó las funciones de la moneda y representó el papel del dinero en aquella época[2]. Desde el comienzo del cambio de las mercancías, con esa rapidez se desarrolló la necesidad de una mercancía que sirviese de moneda.

El cultivo de los huertos, probablemente desconocido para los bárbaros asiáticos del estadio inferior, apareció entre ellos lo más tarde en el estadio medio, como precursor de la agricultura. El clima de las mesetas turánicas no permite la vida pastoril sin provisiones de forraje para una larga y rigurosa invernada. Así, pues, era una condición allí necesaria el cultivo pratense y de los granos. Lo mismo sucede con las estepas del norte del mar Negro. Pero si al principio se recolectó el grano para los ganados, no tardó en llegar á ser también un alimento para el hombre. La tierra cultivada continuó siendo propiedad de la tribu; en primer lugar de la gens, que luego confiaba su explotación á las comunidades de familias, y por último, á los individuos. Podían tener ciertos derechos de ocupantes, pero de seguro que nada más.

Entre los descubrimientos industriales de ese estadio, hay dos importantisimos. El primero es el telar, el segundo la fundición de minerales y el trabajo de los metales. El cobre, el estaño y el bronce, combinación de los dos, eran con mucho los más importantes; el bronce suministraba instrumentos de utilidad y armas de guerra, pero no podia sustituir á los de piedra; esto sólo le era posible al hierro, y aún no se sabía cómo obtenerlo. El oro y la plata comenzaron á emplearse en alhajas y adornos, y debían de haber alcanzado un valor subido con relación al cobre y bronce.

A consecuencia del desarrollo de todos los ramos de la producción (ganadería, agricultura, oficios manuales), la fuerza «trabajo humano» iba haciéndose capaz de crear más productos que los necesarios para su sostenimiento[3]. Una productividad mucho más grande aumentó al mismo tiempo la suma de trabajo cotidiano que correspondía á cada miembro de la gens, de la comunidad doméstica ó de la familia aislada. Llegóse á apetecer conseguir nuevas fuerzas de trabajo, y la guerra las suministró: los prisioneros de guerra fueron transformados en esclavos. Aumentando la productividad del trabajo, y por consiguiente la riqueza, extendiéndose el campo de la producción y dado el conjunto de las condiciones históricas, la primera gran división del trabajo tenía que traer consigo necesariamente la esclavitud. De la primera gran división social del trabajo nació la primera gran escisión de la sociedad en dos clases: señores y esclavos, explotadores y explotados.

Nada sabemos hasta ahora acerca de cuándo y cómo pasaron los rebaños de ser propiedad común de la tribu ó de la gens á serlo de los jefes de familia aislados; pero, en lo esencial, esto debió de acontecer durante ese estadio. En tal momento, con los rebaños y las demás riquezas nuevas, hubo una revolución en la familia. El ganar para comer había sido siempre asunto del hombre; los medios necesarios para esto, producidos por él, eran propiedad suya. Los rebaños constituían los nuevos medios de ganar; su domesticación al principio y su custodia después, eran obra del hombre. Por eso le pertenecían los ganados, así como las mercancías y los esclavos que tomaba á cambio del ganado. Todo el beneficio que entonces dejaba la producción le correspondía al hombre; la mujer gozaba de él, pero no tenía ninguna participación en su propiedad. El guerrero, el cazador «salvaje», habíase contentado con ocupar en la casa el segundo lugar, después de la mujer; el pastor, «más dulce», engriéndose con su riqueza, se puso en el primer lugar y relegó al segundo á la mujer. Y ella no podía quejarse. La división del trabajo en la familia había sido la norma para distribuir la propiedad entre el hombre y la mujer; continuaba siendo la misma, y, sin embargo, cambiaba ahora por completo las relaciones domésticas, únicamente porque fuera de la familia había cambiado de aspecto la división del trabajo. La misma causa que había asegurado á la mujer su anterior autoridad en la casa (su empleo exclusivo en las labores domésticas), aseguraba ahora la preponderancia del hombre: el trabajo doméstico de la mujer desaparecía desde entonces junto al trabajo productivo del hombre; el segundo lo era todo, y el primero un accesorio insignificante. Esto demuestra que la emancipación de la mujer y su igualdad de condición con el hombre, son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluída del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo privado doméstico. La emancipación de la mujer no es posible sino cuando ésta puede tomar parte en vasta escala en la producción social, y el trabajo doméstico no la ocupa sino un tiempo insignificante. Y esta condición sólo ha podido realizarse en la gran industria moderna, que no solamente admite el trabajo de la mujer en vasta escala, sino que hasta lo exige formalmente, y tiende á transformar cada vez más el trabajo doméstico privado en una industria pública.

La autoridad efectiva del hombre en la casa había hecho caer los postreros obstáculos que se oponían á su poder absoluto. Este poder absoluto se consolidó y se eternizó con la caída del derecho materno; la introducción del derecho paterno y el paso gradual del matrimonio sindiásmico á la monogamia. Pero esto produjo también un trastorno en el orden antiguo de la gens; la familia particular llegó á ser fuera potencia y alzóse amenazadora en frente de la gens.

El progreso más inmediato nos conduce al estadio superior de la barbarie, período en que todos los pueblos cultos pasan sus tiempos heroicos: la edad de la espada, pero también del arado y del hacha de hierro. Con la adquisición de este metal, el hombre se había hecho dueño de la última y más importante de las primeras materias que representaron en la historia un papel revolucionario; la última... hasta la patata[4]. El hierro hizo posible la agricultura en grandes superficies, el descuaje de las más extensas comarcas selváticas; dió al obrero un instrumento de una dureza y un filo que ninguna piedra y ningún otro metal podian resistir. Todo esto acaeció poco á poco; el primer hierro era aún á menudo más blando que el bronce. Así es que el arma de piedra no desapareció sino con suma lentitud; no sólo en el canto de Hildebrando, sino también en la batalla de Hastings, en 1066, aparecen en el combate las hachas de piedra. Pero el progreso prosiguió desde entonces sin discontinuidad, con interrupciones menos frecuentes y de una manera más rápida.

La ciudad, encerrando dentro de su recinto de murallas, torres y almenas de piedra, casas también de piedra ó de ladrillo, hízose la residencia central de la tribu ó de la confederación de tribus; progreso considerable en la arquitectura, pero también señal de peligro y de necesidad de protección. Acrecentóse la riqueza con rapidez, pero bajo la forma de riqueza individual; el arte de tejer, el trabajo en metales y los demás oficios, cada vez más especializados, dieron una variedad y una perfección creciente á la producción; la agricultura suministró, además de grano, legumbres y frutas, á la vez que aceite y vino, cuya preparación habíase aprendido. Como un mismo individuo ya no podía ejercitarse en un trabajo tan variado, efectuóse la segunda gran división del trabajo; el oficio manual se separó de la agricultura. El constante crecimiento de la producción, y con ella de la productividad del trabajo, aumentó el valor de la fuerza «trabajo humano»; la esclavitud, aún en estado naciente y esporádico en el anterior estadio, llega á ser entonces un elemento esencial del sistema social; los esclavos dejan de ser simples auxiliares, y por docenas se les lleva al trabajo de los campos ó del taller. Al escindirse la producción en las dos ramas principales (la agricultura y los oficios manuales), nace la producción directa para el cambio, la producción mercantilista, y con ella el comercio, no sólo en el interior y en las fronteras de la tribu, sino también por mar, aunque muy poco desarrollado todavía. Los metales preciosos comienzan á convertirse en la mercancía moneda, dominante y universal; sin embargo, no se acuñan aún, y sólo se cambian al peso.

La diferencia entre ricos y pobres se asienta junto á la otra entre libres y esclavos; de la nueva división del trabajo resulta una nueva escisión de la sociedad en clases. La desproporción de bienes de los jefes de familia individuales destruye las antiguas localidades comunistas en todas partes donde se habían mantenido hasta entonces, y con ellas el trabajo común de la tierra por cuenta de las colectividades. El suelo cultivable se distribuye entre las familias particulares; al principio de un modo temporal, y más tarde para siempre; el paso á la propiedad privada completa se realiza poco á poco y paralelamente al tránsito del matrimonio sindiásmico á la monogamia. La familia empieza á convertirse en la unidad económica de la sociedad.

Haciéndose más densa la población, obliga á crear lazos más estrechos dentro y fuera. La confederación de tribus consanguíneas llega á ser en todas partes una necesidad; muy pronto sucede lo mismo con su fusión y con la reunión de los territorios de tribus aisladas en territorio colectivo de la nación. El jefe militar del pueblo (rex, basileus, thiudans) llega á ser un funcionario indispensable y permanente. La asamblea del pueblo créase allí donde aún no existía. Jefe militar, consejo y asamblea del pueblo son los representantes de la sociedad gentil que tiende á ser una democracia militar; porque en lo sucesivo la guerra y la organización para la guerra son funciones regulares de la vida del pueblo. Las riquezas de los vecinos excitan la codicia de los pueblos, para quienes la adquisición de las riquezas es ya uno de los primeros fines de la vida. Son bárbaros: el saqueo les parece más fácil y hasta más honroso que la ganancia obtenida con el trabajo. La guerra, hecha en lo pasado únicamente para vengar la usurpación ó con el fin de extender un territorio que ha llegado á ser insuficiente, hácese ahora sin más propósito que el saqueo y se convierte en una industria permanente. Por algo se alzan amenazadoras las murallas alrededor de las ciudades nuevamente fortificadas: en sus fosos se abre la tumba de la gens, y sus torres se levantan hasta la civilización. Dentro sucede lo mismo. Las guerras de rapiña aumentan el poder del jefe militar superior, como el de los jefes inferiores; la elección habitual de sus sucesores en las mismas familias, sobre todo desde que se introduce el derecho paterno, pasa poco á poco al estado de herencia, tolerada al principio, reclamada después, usurpada por último; con la cual se ponen los cimientos de la monarquía y de la nobleza hereditaria. Así se desprenden poco á poco de su raíz los órganos de la constitución gentil en el pueblo, en la gens, la fratria y la tribu, y se trastorna la constitución entera.

De una organización de la tribu con objeto del libre ordenamiento de sus propios asuntos, truécase la gens en una organización que se propone saquear y oprimir á los vecinos; y con arreglo á esto, sus órganos dejan de ser instrumento de la voluntad del pueblo, y se convierten en órganos independientes para dominar y oprimir al pueblo. Pero eso no hubiera sido posible nunca, si el afán de riquezas no hubiese dividido á los miembros de la gens en ricos y pobres, «si la diferencia de bienes en el seno de una misma gens no hubiese transformado la unidad de los intereses en antagonismo de los gentiles» (Marx), y si la extensión de la esclavitud no hubiese comenzado á hacer considerar el hecho de ganarse la vida por medio del trabajo como un acto digno tan sólo de un esclavo y más deshonroso que la rapiña.

Henos ya en los umbrales de la civilización, que se inicia por un nuevo progreso de la división del trabajo. En el estadio más inferior, los hombres no producían sino directamente para satisfacer sus propias necesidades; los pocos actos de cambio que se efectuaban eran aislados y sólo tenían por objeto lo superfluo allegado por casualidad. En el estadio medio de la barbarie, encontramos ya en los pueblos pastores una propiedad en forma de ganadería, que, supuesta una importancia relativa de los rebaños, suministra con regularidad un excedente de las necesidades personales; al mismo tiempo encontramos una división del trabajo entre los pueblos pastores y las tribus atrasadas, sin rebaños; y de ahí dos grados de producción diferentes y simultáneos uno junto á otro, y de ahí también las condiciones para un cambio regular.

El estadio superior de la barbarie nos presenta una división más grande aún del trabajo, entre la agricultura y los oficios manuales; y de ahí la producción cada vez más grande de objetos fabricados directamente para el cambio de productos, y elevación del cambio entre productores individuales á la categoría de necesidad vital de la sociedad. La civilización consolida y aumenta todas estas divisiones del trabajo ya existentes, sobre todo acentuando el antagonismo entre la ciudad y el campo (lo cual permite á la ciudad dominar económicamente al campo, como en lo antiguo, ó al campo oprimir á la ciudad como en la Edad Media), y añade una tercera división del trabajo, propia de ella y de capital importancia: crea una clase que no se ocupa de la producción, sino únicamente del cambio de los productos, los mercaderes.

Hasta entonces, la producción sola era quien había determinado la formación de clases nuevas; las personas que tomaban parte en ella se dividían en directores y ejecutores, y hasta en productores en grande y en pequeña escala. Ahora aparece por primera vez una clase que, sin tomar la menor parte en la producción, sabe conquistar su dirección general y avasallar económicamente á los productores; una clase que se hace el intermediario indispensable entre dos productores y los explota á ambos. So pretexto de desembarazar á los productores de las fatigas y los riesgos del cambio, de extender la salida de sus productos hasta los mercados lejanos y llegar á ser así la clase más útil de la población, se forma una clase de parásitos, verdadera «miseria» social, que bajo la forma de salarios crecidos por servicios reales muy mezquinos chupa lo mejor de la producción indígena y extranjera, adquiere riquezas enormes y una influencia social proporcionada á éstas, y por eso mismo durante el período de civilización se ve llamada á honores siempre nuevos y á un dominio cada vez más grande de la producción, hasta que acaba por dar á luz un producto propio: las crisis comerciales periódicas.

Verdad es que en el grado de evolución á que hemos llegado en esta reseña, el comercio naciente no sospecha aún las grandes cosas á que está destinado. Pero se forma y se hace indispensable, y eso basta. También con él se crea la moneda metálica, la moneda acuñada, nuevo medio para que el no productor tenga en sus manos al productor y á su producción. Estaba hallada la mercancía por excelencia, que encierra en estado latente todas las demás, el poder mágico que puede transformarse á voluntad en todas las cosas deseables y deseadas; quien la tenía era dueño del mundo, de la producción. ¿Y quién la tenía antes que todos? El mercader. Acaparado por él, estaba asegurado el culto del dinero. Cuidó de hacer manifiesto que todas las mercancías, y con ellas todos sus productores, deben prosternarse ante el dinero. Probó de una manera práctica que todas las demás formas de la riqueza no son sino una quimera en frente de esta encarnación de la fortuna. De entonces acá, nunca se ha manifestado el poder del dinero con tal brutalidad, con semejante violencia primitiva como en aquel período de su infancia. Después de la compra de mercaderías por dinero, vinieron los préstamos y con ellos el interés y la usura. Ninguna legislación posterior arroja tan cruel é irremisiblemente al deudor á los pies del acreedor usurero, como lo hacían las leyes de la antigua Atenas y de la antigua Roma; y en ambos casos esas leyes nacieron espontáneamente, bajo la forma de derecho consuetudinario, sin más apremio que el de las necesidades económicas.

Junto á la riqueza en mercaderías y en esclavos, junto á la fortuna en dinero, apareció también la riqueza territorial. El derecho de propiedad sobre las parcelas del suelo, concedidos primitivamente á los individuos por la gens ó por la tribu, habíase consolidado hasta tal punto que esas parcelas les pertenecían como bienes hereditarios. Lo que en los últimos tiempos habían reclamado ante todo era quedar libres de los derechos que tenía sobre esas parcelas la colectividad de la gens, derechos que se convertian para ellos en una traba. Quedáronse sin esa traba, pero poco tiempo después sin la nueva propiedad territorial también. La propiedad plena y completa del suelo no significaba sólo facultad de poseerla de una manera absoluta y sin restricción, sino que también quería decir facultad de enajenarla. Esta facultad no existió mientras el suelo era propiedad de la gens. Pero cuando el nuevo propietario terrateniente suprimió de una manera definitiva las trabas impuestas por la gens y por la tribu como propietarios directos, rompió también el vínculo que hasta entonces le unía indisolublemente con el suelo. Aprendió lo que esto significaba con el descubrimiento del oro, contemporáneo de la propiedad territorial privada. Desde entonces pudo convertirse el suelo en una mercancía que se vendía y se pignoraba. Apenas se introdujo la propiedad territorial, quedó inventada también la hipoteca. (Véase Atenas.) Así como el hetairismo y la prostitución pisan los talones á la monogamia, de igual modo, á partir de este momento, la hipoteca se agarra á los faldones de la propiedad inmueble. ¿No quisisteis tener la propiedad del suelo completa, libre, enajenable? Pues bien, ¡ya la tenéis!... «Tú lo quisiste, fraile mostén; tú lo quisiste, tú te lo tén.»

Así fué como con la extensión del comercio, el dinero y la usura, la propiedad territorial y la hipoteca, la concentración y la centralización de la fortuna en manos de una clase poco numerosa hicieron rápidos progresos, simultáneamente con el empobrecimiento de las masas y el aumento numérico de los pobres. La nueva aristocracia de la riqueza, en todas partes donde no se había confundido ya con la antigua nobleza de raza, acabó por arrinconar á ésta (en Atenas, en Roma y entre los germanos). Y junto con esa división de los hombres libres en clases con arreglo á sus bienes de fortuna, prodújose, sobre todo en Grecia, un enorme acrecentamiento del número de esclavos[5] cuyo trabajo forzado formaba la base de todo el edificio social.

Echemos ahora una mirada atrás, para ver qué ha sido de la gens en el curso de esa revolución social. Yacía sin fuerzas, frente á los nuevos elementos que habían surgido sin participación de ella. Su primera condición de existencia era que los miembros de una gens ó de una tribu estuviesen reunidos en el mismo territorio y habitasen en él exclusivamente. Ese estado de cosas había concluido desde mucho tiempo atrás. En todas partes estaban mezcladas gentes y tribus; en todas partes vivían esclavos y metecos y extranjeros entre los ciudadanos.

La estabilidad, obtenida sólo hacia el fin del estadio medio de la barbarie, quedó rota de nuevo sin cesar por la movilidad y la incertidumbre del domicilio, debidas al comercio, á lo variable del trabajo y á las vicisitudes de las propiedades. Los miembros de la gens no podían reunirse ya para salvaguardia de sus propios asuntos comunes; en ella no se ocupaban ya sino de cosas sin importancia, como de las fiestas religiosas. Junto á las necesidades y á los intereses para defender los cuales era llamada y apta la gens, la revolución en las relaciones del trabajo, y los cambios sociales resultantes de ésta, habían dado origen á nuevas necesidades é intereses nuevos, que, no sólo eran extraños al antiguo orden de la gens, sino que hasta lo contrariaban en redondo. Los intereses de los grupos de oficios nacidos de la división del trabajo, las necesidades particulares de la ciudad opuestas á las del campo, exigían representantes nuevos; pero cada uno de esos grupos componíanse de personas pertenecientes á las gentes, fratrias y tribus más diversas, y hasta extranjeros. Esos cuerpos representativos tenían, pues, que formarse fuera de la gens, aparte de ella y, por tanto, contra ella. Y en cada corporación de gentiles á su vez dejábase sentir este conflicto de intereses y alcanzaba su punto culminante en la reunión de pobres y ricos, de usureros y deudores dentro de la misma gens y de la misma tribu. Luego vino la masa de la nueva población extraña á las asociaciones de la gens, que podía llegar á ser una fuerza en el país, como en Roma, y que además era harto numerosa para poder ser admitida en las estirpes y tribus consanguíneas. Los miembros de la gens figuraban frente á esa masa como corporaciones cerradas, privilegiadas; la democracia primitiva, espontánea, se había transformado en una detestable aristocracia. En una palabra, el régimen de la gens, fruto de una sociedad que no conocía antagonismos interiores, no era adecuado sino para una sociedad de esta clase. No había más medios coercitivos que la opinión pública. Pero acababa de surgir una sociedad que, en virtud del conjunto de las condiciones económicas de su existencia, había tenido que dividirse en hombres libres y en esclavos, en explotadores ricos y en explotados pobres; una sociedad que, no sólo no podía conciliar estos antagonismos, sino que, por el contrario, veíase obligada á llevarlos cada vez más á sus límites extremos. Una sociedad de este género no podía existir sino gracias á una lucha incesante de estas clases entre sí, ó bajo el dominio de un tercer poder que, puesto ostensiblemente por encima de las clases en lucha, pesase sobre sus conflictos públicos y no permitiese la lucha de clases más que en el terreno económico, bajo una forma sedicente legal. La gens había vivido. Fué destruida por la división del trabajo, que escindió en clases á la sociedad, y reemplazada por el Estado.


Más atrás hemos estudiado una por una las tres formas principales con que se alza el Estado sobre las ruinas de la gens. Atenas presenta la forma más pura, más clásica; en ella nace el Estado directamente y de una manera preponderante de los antagonismos de clases que se desarrollan en el seno mismo de la sociedad gentil. En Roma, aquella sociedad se convierte en una aristocracia cerrada en medio de una plebe numerosa, tenida aparte, privada de derechos y llena de deberes; la victoria de la plebe destruye la antigua constitución de la gens é instituye sobre sus ruinas el Estado, donde no tardan en confundirse la aristocracia de la gens y la plebe. Por último, entre los germanos vencedores del imperio romano surge directamente el Estado de la conquista de vastos territorios extranjeros que el régimen de la gens es impotente para dominar. Pero como á esa conquista no se une una lucha seria con la antigua población, ni una división más completa del trabajo; como el grado de desarrollo económico de los vencidos y de los vencedores casi es el mismo, y, por consiguiente, subsiste la antigua base económica de la sociedad, la gens puede sostenerse á través de largos siglos, bajo una forma territorial modificada, en la constitución de la marca, y hasta rejuvenecerse durante cierto tiempo, bajo una forma aminorada, en las casas nobles y patricias posteriores y hasta en las familias campesinas como entre los dithmarsos[6].

Así, pues, el Estado no es de ningún modo un poder exteriormente impuesto á la sociedad; tampoco es la realización de la idea moral, «ni la imagen y la realización de la razón», como lo pretende Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega á un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se pone en una irremediable contradicción consigo misma, y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero á fin de que las clases antagonistas, de opuestos intereses económicos, no se consuman á sí mismas y á la sociedad con luchas estériles, hácese necesario un poder que domine ostensiblemente á la sociedad y se encargue de dirimir el conflicto ó mantenerlo dentro de los límites del «orden». Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se le hace cada vez más extraño, es el Estado.

Frente á la antigua organización de la gens, el Estado se caracteriza en primer término por la distribución de los individuos que lo componen, según el territorio. Las antiguas asociaciones, constituidas y sostenidas por los vínculos de la sangre, según lo hemos visto, habían llegado á ser insuficientos en gran parte, porque suponían la unión de los asociados con un territorio determinado, lo cual había dejado de suceder desde largo tiempo atrás. El territorio no se había movido, pero los hombres sí. Tomóse como punto de partida la división territorial, y se dejó á los ciudadanos ejercitar sus derechos y sus deberes donde se hubiesen establecido, sin ocuparse de la gens ni de la tribu. Esta organización de los súbditos del Estado conforme á su distribución local es común á todos los Estados. Por eso nos parece natural; pero en anteriores capítulos hemos visto cuán porfiadas y largas luchas fueron menester hasta que en Atenas y en Roma pudo sustituir á la antigua organización por razas.

El segundo punto es la institución de una fuerza pública, que ya no es el pueblo armado. Esta fuerza pública particular es necesaria, porque desde la escisión en clases se ha hecho imposible una organización armada, nacida espontáneamente de la población. Los esclavos también forman parte de la población; los 90.000 ciudadanos de Atenas no forman más que una clase privilegiada, frente á los 365.000 esclavos. El pueblo en armas de la democracia ateniense era una fuerza pública aristocrática contra los esclavos, á quienes mantenía sumisos; mas, para tener á raya á los ciudadanos, hízose necesaria una fuerza pública policíaca, como hemos dicho más atrás. Esta fuerza pública existe en todo Estado; y no sólo consiste en hombres con armas, sino también en accesorios materiales, prisiones y tribunales de justicia de todas especies, de los cuales no supo la gens ni una palabra. Puede ser muy poco importante, ó hasta casi nula, en las sociedades donde aún no se han desarrollado los antagonismos de clases y en territorios lejanos, como sucede en ciertos lugares y épocas en los Estados Unidos de América. Pero se refuerza á medida que los antagonismos de clase se hacen más intensos en el seno del Estado, y conforme los Estados vecinos se van haciendo más poderosos y más poblados; y si no, examínese nuestra Europa actual, donde la lucha de las clases juntamente con las conquistas, han hecho elevarse la fuerza pública á una altura tal que amenaza absorber á la sociedad entera y aun al Estado mismo.

Para sostener en pie esa fuerza pública, se necesitan contribuciones por parte de los ciudadanos del Estado: los impuestos. La gens no los conoció nunca, ni poco ni mucho. Nosotros podemos hablar hoy acerca de ellos con conocimiento pleno. Con los progresos de la civilización, á su vez llegan á ser insuficientes esos impuestos; el Estado gira letras de cambio contra el porvenir, hace empréstitos, contrae deudas de Estado. También de esto puede hablar con cocimiento de causa la vieja Europa.

Dueños de la fuerza pública y del derecho de recaudar los impuestos, ya tenemos á los funcionarios, mandatarios de la sociedad, sobrepuestos á ella.

El tributo de respeto que se pagaba libre y espontáneamente á los investidos con el poder en la gens, ya no les basta (suponiendo que lo hubiesen podido obtener); provistos de un poder que se ha hecho extraño á la sociedad, necesitan hacerse respetar por medio de las leyes de excepción, merced á las cuales gozan de una santidad y de una inviolabilidad particulares. El más ruin polizonte del Estado civilizado tiene más «autoridad que todos los investidos con el poder en la gens reunidos; pero el príncipe más poderoso, el más grande hombre político ó guerrero de la civilización, puede envidiar al menor jefe gentil el respeto espontáneo y universal que se le profesa. El uno se mueve dentro de la sociedad; el otro pretende representar algo exterior y superior á ella.

Habiendo nacido el Estado de la necesidad de refrenar los antagonismos de clases, pero naciendo también en el seno del conflicto de esas clases, como regla general es el Estado una fuerza de la clase más poderosa, de la que impera económicamente, y que por medio del Estado se hace también clase preponderante desde el punto de vista político, y crea de ese modo nuevos medios de postergar y explotar á la clase oprimida. Así es que el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los poseedores de esclavos para tener á éstos bajo el yugo; lo mismo que el Estado feudal fué el órgano de la nobleza para sujetar á los campesinos, siervos ó vasallos; y como el Estado representativo de hoy es el instrumento de la explotación de los asalariados por el capital. Sin embargo, por excepción hay períodos en que las clases en lucha están tan bien equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto á una y otra. En este caso se halla la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, que mantenía á nivel la balanza entre la nobleza y el estado llano; y en este caso estuvieron el bonapartismo del primero, y sobre todo el del segundo imperio francés, valiéndose de los proletarios contra la clase media, y de ésta contra aquéllos. La más reciente producción de esta especie, donde directores y oprimidos hacen una figura tan cómica unos como otros, es el nuevo imperio alemán de la nación bismarckiana, donde se contrapesa á capitalistas y trabajadores unos con otros, y se les saca el jugo sin distinción en provecho de los hidalguetes aguiluchos prusianos.

En la mayor parte de los Estados históricos, los derechos concedidos á los ciudadanos gradúanse con arreglo á su fortuna; y con eso se declara expresamente que el Estado es un organismo para proteger á la clase que posee contra la desposeída. Así sucedía ya en Atenas y en Roma, donde la clasificación era por la cuantía de los bienes de fortuna. Lo mismo sucede en el Estado feudal de la Edad Media, donde el poder político se distribuyó según la propiedad territorial. Y aún acontece lo mismo con el censo electoral de los Estados representativos modernos. Sin embargo, no es esencial este reconocimiento político de la diferencia de fortunas. Por el contrario, denota un grado inferior en el desarrollo del Estado. La forma más elevada del Estado, la república democrática, que en nuestras condiciones sociales modernas se va haciendo cada vez más una necesidad ineludible, y es la forma de Estado única bajo la cual puede darse la batalla definitiva entre el proletariado y la burguesía, la república democrática no reconoce oficialmente diferencias de fortuna.

La riqueza ejerce en ella su influencia de un modo indirecto, pero por lo mismo más seguro, por una parte bajo la forma de corrupción directa de los funcionarios (de lo cual es América un modelo clásico), y, por otra parte, bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con tanta mayor facilidad, cuanto más crecen las deudas del Estado y más van concentrando en sus manos las sociedades por acciones, no sólo los transportes, sino también la producción misma, y encuentran su punto de apoyo en la Bolsa. Fuera de América, la nueva República francesa es un pasmoso ejemplo de ello, y la honradota y pequeña Suiza también lo es en este orden de ideas. Pero que no sea necesaria la república democrática para esa unión fraternal entre la bolsa y el gobierno, aparte de Inglaterra, lo prueba el nuevo imperio alemán, donde no puede decirse á quién ha elevado más arriba el sufragio universal, si á Bismarck ó á Bleichrœder. Y, por último, la clase posidente impera de un modo directo por medio del sufragio universal. Mientras tanto que la clase oprimida (en nuestro caso el proletariado), no esté madura para libertarse ella misma, todo ese tiempo reconocerá el orden social de hoy como el único posible, y formará la cola, la extrema izquierda de la clase capitalista. Pero á medida que se va haciendo capaz de emanciparse ella misma, se constituye como un partido distinto, elige su propios representantes y no los de los capitalistas. El sufragio universal da de esta suerte la medida de la madurez de la clase de los trabajadores. No puede hacer ni hará nunca más dentro del Estado actual, pero es bastante. El día en que el termómetro del sufragio universal marque para los trabajadores el punto de ebullición, sabrán, lo mismo que los capitalistas, á qué punto han llegado[7].

Así, pues, el Estado no existe desde toda la eternidad. Hubo sociedades que se pasaron sin él, que no tuvieron ninguna noción del Estado y de la autoridad del Estado. En cierto grado del desarrollo económico, necesariamente unido á la escisión de la sociedad de clases, esta escisión hizo del Estado una necesidad. Ahora nos aproximamos á paso de gigante á un grado de desarrollo de la producción en que, no sólo ha dejado de ser una necesidad la existencia de estas clases, sino que ha llegado á ser un obstáculo positivo para la producción. Las clases desaparecerán tan fatalmente como surgieron. La sociedad, que organizara de nuevo la producción sobre las bases de una asociación libre é igualitaria de los productores, transportará toda la máquina del Estado allí donde desde entonces le corresponde tener su puesto: al museo de antigüedades, junto al torno de hilar y junto al hacha de bronce.


Por todo lo que hemos dicho, la civilización es, pues, el grado de evolución de la sociedad en que la división del trabajo, el cambio entre individuos que de ella se deduce, y la producción mercantilista que abarca ambos hechos, alcanzan su pleno desarrollo y vuelven de arriba abajo toda la sociedad anterior.

En todos los grados inferiores de la sociedad, la producción era esencialmente en común; así como el consumo se efectuaba bajo un régimen de reparto directo de los productos en el seno de pequeñas ó grandes colectividades comunistas. Esa comunidad de producción se realizaba dentro de los más estrechos límites, pero traía consigo á favor de los productores el dominio del proceso de su producción y de su producto. Saben qué llega á ser del producto: lo consumen y no sale de sus manos. Y mientras la producción se efectúa sobre esta base, no puede ejercer autoridad sobre los productores, ni hacer surgir frente á ellos el espectro de fuerzas extrañas, cual sucede regular é inevitablemente en la civilización.

Pero en este modo de producir se introduce lentamente la división del trabajo. Mina á la comunidad de producción y apropiación, erige en regla predominante la apropiación individual, y de ese modo crea el cambio entre individuos (ya examinamos cómo, más atrás).

Poco á poco, la producción mercantil se hace la forma dominante.

Con la producción mercantil (no ya para el consumo personal, sino para el cambio), los productos cambian de manos por necesidad. El productor se deshace de su producto en el cambio, y ya no vuelve á saber qué se hace de él. A medida que interviene la moneda, y con ella el mercader como intermediario entre los productores, se complica más el sistema de cambio y se vuelve todavía más incierto el destino final de los productos. Desde entonces, las mercancías no sólo van de mano en mano, sino de mercado en mercado; los productores han dejado ya de ser dueños de la producción colectiva de su medio, y los comerciantes no han llegado á serlo todavía. Productos y producción están entregados al azar.

Pero el azar no es más que uno de los polos de un conjunto, el otro polo del cual se llama necesidad. En la naturaleza, donde también parece dominar el azar, hace mucho tiempo que hemos demostrado en cada dominio particular de la ciencia la necesidad inmanente y las leyes intimas que se afirman en aquel azar. Pues lo que es cierto para la naturaleza, también lo es para la sociedad. Cuanto más se eximen de la intervención consciente del hombre y le dominan un modo de actividad social y una serie de hechos sociales, cuanto más abandonados parecen al puro azar, tanto más se afirman sus leyes propias é inherentes en ese azar, como por una necesidad de la naturaleza. Análogas leyes rigen á las eventualidades de la producción y del cambio de las mercaderías; frente al productor y al comerciante aislados, surgen como poderes extraños y desconocidos, cuya naturaleza es preciso desentrañar y profundizar con sumo trabajo. Estas leyes económicas de la producción mercantil se modifican según los diversos grados de desarrollo de esta forma de producir; pero, en general, todo el período de la civilización está regido por ellas. Hoy, el producto domina aún al productor; hoy, aún está regulada la producción total de la sociedad, no conforme á un plan elaborado en común, sino por leyes ciegas que se imponen con la violencia de los elementos, en último término, en las tempestades periódicas de las crisis comerciales.

Hemos visto cómo en un grado bastante primitivo del desarrollo de la producción la fuerza «trabajo del hombre» llega á ser apta para suministrar un producto mucho más cuantioso de lo que exige el sustento de los productores, y cómo este grado de desarrollo es en lo esencial el mismo donde nacen la división del trabajo y el cambio entre individuos. De esto no hubo sino un paso para descubrir la gran «verdad» de que el hombre mismo puede servir de mercancía, que la fuerza «trabajo humano» puede llegar á ser un objeto de cambio haciendo del hombre un esclavo.

Apenas comenzaron los hombres á practicar el cambio, cuando ellos mismos fueron cambiados. El activo se convirtió en pasivo, quisieran ó no los hombres.

Con la esclavitud, que alcanzó su desarrollo máximo bajo la civilización, realizóse la primera gran escisión de la sociedad en una clase explotadora y una clase explotada. Esta escisión se sostuvo durante todo el período civilizado. La esclavitud es la primera forma de la explotación, y propia del mundo antiguo; la sucede la servidumbre, en la Edad Media, y la reemplaza el asalariamiento, en los tiempos modernos. Estas son las tres grandes formas del avasallamiento, que caracterizan igualmente á las tres grandes épocas de la civilización; á las cuales acompaña siempre la esclavitud, franca al principio, más ó menos disfrazada después.

El estadio de la producción mercantilista, con el cual comienza la civilización, se señala desde el punto de vista económico por la introducción: 1.º, de la moneda metálica, y con ella del capital en dinero, del préstamo, del interés y de la usura; 2.º, de los mercaderes, como clase intermediaria entre los productores; 3.º, de la propiedad territorial y de la hipoteca, y 4.º, del trabajo de los esclavos como forma dominante de la producción. La forma de familia que corresponde á la civilización y vence definitivamente con ella es la monogamia, la supremacía del hombre sobre la mujer, y la familia individual como unidad económica de la sociedad. El conjunto de la sociedad civilizada se resume en el Estado, que, en todos los períodos clásicos modelos, es exclusivamente el Estado de la clase directora y sigue siendo en todos los casos una máquina esencialmente destinada á tener á raya á la clase oprimida y explotada. También es característico de la civilización: por una parte, fijarse el antagonismo entre campos y ciudades como base de toda la división del trabajo social; y, por otra parte, introducirse los testamentos por medio de los cuales el propietario puede aún disponer de sus bienes hasta después de su muerte. Esta institución, que es un ultraje directo á la antigua constitución de la gens, era desconocida en Atenas hasta en los tiempos de Solón; introdújose muy pronto en Roma, pero ignoramos en qué época[8]. En Alemania la introdujeron los clérigos para que los cándidos alemanes pudiesen instituir con toda libertad legados sobre su herencia á favor de la Iglesia.

Con este régimen por base, la civilización ha realizado cosas de que distaba muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentil. Pero las ha llevado á cabo poniendo en movimiento las tendencias y pasiones más viles de los hombres y á expensas de sus mejores disposiciones. La más baja codicia ha sido el alma de la civilización desde sus primeros días hasta hoy; su único objetivo final es la riqueza, y siempre la riqueza, pero no la de la sociedad, sino la de tal ó cual bellaco individuo. Si á pesar de eso han correspondido á la civilización el desarrollo creciente de la ciencia, y, en algunos períodos, el más magnífico florecimiento del arte, sólo ha acontecido así porque sin ellos no hubiera sido posible la plena conquista de la fortuna.

Siendo la base de la civilización la explotación de una clase por otra, su desarrollo es constantemente antinómico. Cada progreso de la producción es al mismo tiempo un retroceso para la clase oprimida, es decir, para la mayoría. Cada beneficio para unos es por necesidad un perjuicio para otros; cada grado de emancipación conseguido por una clase es un nuevo elemento de opresión para otra. La prueba más inconcusa de esto nos la da la introducción del maquinismo, cuyos efectos conoce hoy el mundo entero. Y si, como hemos visto, entre los bárbaros apenas puede establecerse la diferencia entre los derechos y los deberes, la civilización señala entre los dos una diferencia y un contraste que saltan á la vista del hombre menos inteligente, en el sentido de que da casi todos los derechos á una clase y casi todos los deberes á la otra[9].

Pero no hace falta que suceda lo contrario, puesto que lo que es bueno para la clase directora debe ser bueno para la sociedad con la cual se identifica aquélla. Cuanto más progresa la civilización más obligada se cree á cubrir con el manto de la caridad los males que ha engendrado fatalmente, á paliarlos ó á desaprobarlos. En una palabra, introduce una hipocresía convencional que no conocían las primitivas formas de la sociedad ni aun los primeros grados de la civilización, y que á la postre llega á pretender que la explotación de la clase oprimida la ejerce la clase explotadora únicamente en beneficio de la clase explotada; y que si esta última no lo reconoce así y hasta se muestra rebelde, esto constituye por su parte la más negra ingratitud hacia sus bien hechores, los miembros de la clase explotadora[10].

Y, para concluir, véase el juicio que acerca de la civilización emite Morgan (Ancient Society, pág. 552):

«Desde el comienzo de la civilización ha llegado á ser tan enorme el acrecentamiento de la riqueza, tan diversas sus formas, tan extensa su aplicación y tan hábil su administración en beneficio de los propietarios, que esa riqueza se ha constituido frente al pueblo en un poder que le es imposible desenmarañar. El espíritu humano se encuentra desconcertado y atónito ante su propia creación. Pero, sin embargo, tiempo llegará en que la razón humana sea suficiente fuerte para dominar á la riqueza, en que fije las relaciones del Estado con la propiedad á quien éste protege, lo mismo que los límites de los derechos de los propietarios.

»Los intereses de la sociedad son superiores y anteriores en absoluto á los intereses individuales, y unos y otros deben concertarse en una relación justa y armónica. La simple caza de la fortuna no es el destino final de la humanidad, á lo menos si el progreso continúa siendo la ley del porvenir como ha sido la del pasado. El tiempo transcurrido desde el advenimiento de la civilización no es más que una fracción ínfima de la existencia pasada de la humanidad, una fracción ínfima del tiempo futuro que aún le queda por delante. La disolución de la sociedad se yergue amenazadora ante nosotros, como el término de una carera histórica cuya meta es la fortuna, porque semejante carrera encierra los elementos de su propia ruina. La democracia en la administración, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y la instrucción general, inaugurarán la próxima etapa superior del la sociedad, á la cual tienden constantemente la experiencia, la ciencia y la razón. Será una rediviviscencia de la libertad, igualdad y fraternidad de las antiguas gentes, pero bajo una forma superior.


FIN

  1. Sobre todo en las costas occidentales de América. (Véase Bancroft.) Entre los haidhas, en la isla de la reina Carlota, se encuentran bajo el mismo techo hasta setecientas personas. Entre los notkas, tribus enteras vivían bajo el mismo techo.
  2. De pecus, oris (ganado lanar) viene pecunia, ae (dinero metálico amonedado).—(N. del T.)
  3. Esto es lo que Marx llama «plus valor» y de lo cual se aprovechan el mercantilismo y el capitalismo, según el célebre autor de El Capital.—(N. del T.)
  4. No puede negarse el papel revolucionario de la pólvora y demás explosivos como armas, puesto que la primera contribuyó á extinguir el feudalismo y los restantes son hoy un arma tremenda de reivindicaciones sociales, cuyo alcance futuro no sabemos. Entre el hierro y la patata está la pólvora.—(N. del T.)
  5. Véase más atrás (Génesis del Estado ateniense) el total en Atenas. En Corinto en los tiempos florecientes de la ciudad, era de 460.000; en Egina de 470.000; en los dos casos, el número de esclavos era décuplo del de los ciudadanos libres.
  6. El primer historiador que se ha formado una idea por lo menos aproximada acerca de la naturaleza de la gens, es Niebuhr. La debe (asi como también los errores aceptados al mismo tiempo por él) al conocimiento que tenia de las familias dithmársicas.
  7. Lo acontecido este mismo año con el trampantojo del sufragio universal en Bélgica, escamoteándoselo al partido obrero cuando él era el temido por entonces, demuestra que es una inocentada de Engels esto que dice.—(N. del T.)
  8. El Sistema de los derechos adquiridos, de Lassalle, en su parte segunda, gira principalmente sobre la tesis de que el testamento romano es tan antiguo como Roma misma, que nunca hubo una época sin testamento en la historia roma- na, y que el testamento nació del culto de los muertos, mucho antes de la época romana. Lassalle, en su calidad de antiguo creyente hegeliano hace remontarse las disposiciones del derecho romano, no á las condiciones sociales de los romanos, sino al «concepto especulativo» de la voluntad, y de este modo llega á ese aserto absolutamente contrario á la historia. No debe extrañar eso en un libro que en virtud de este mismo concepto especulativo llega al resultado siguiente: que en la herencia romana era una simple cuestión accesoria la transmisión de los bienes de fortuna. Lassalle no se limita á creer en las ilusiones de los jurisconsultos romanos, especialmente de los de la primera época, sino que aún va más lejos que ellos.
  9. La propiedad individual hace que el propietario tenga todos los derechos y ningún deber con sanción jurídica. Los no propietarios no tienen derecho ninguno respecto á la propiedad, pero si deberes con responsabilidad civil y sanción penal, si desconocen los derechos absolutos de los propietarios. Los Códigos civil y penal son leyes exclusivas á favor de una clase y en contra de otra. Los únicos deberes legales de los propietarios son: pagar al Estado la contribución territorial (el seguro más importante de la propiedad individual), y soportar las servidumbres, que son un derecho de condominio de otros propietarios.—(N. del T.)
  10. Tuve intenciones de valerme de la brillante critica de la civilización que se encuentra esparcida en las obras de Carlos Fourier, para compararla con la de Morgan y con la mia propia. Por desgracia, no he tenido tiempo para eso. Haré notar sencillamente que Fourier consideraba ya la monogamia y la propiedad territorial como las instituciones caracteristicas de la civilización, á la cual llama una guerra de los ricos contra los pobres. También se encuentra ya en el esta idea profunda; que en todas las sociedades defectuosas y llenas de antagonismos, las «familias incoherentes» son las unidades económicas.