El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado (1891)/Prólogo II
II
PARA LA CUARTA EDICIÓN, 1891
Las anteriores ediciones de este libro, á pesar de su gran tirada, se agotaron desde unos seis meses ha; y desde hace mucho tiempo venía rogándome el editor que preparase otra nueva. Trabajos más apremiantes me han impedido hacerlo hasta ahora. Desde que apareció la primera edición han transcurrido siete años, durante los cuales ha hecho importantes progresos el conocimiento de las formas primitivas de la familia. Por tanto, veíame en el caso de refundir y completar con esmero mi obra; y á mayor abundamiento, cuando, proyectándose estereotipar el actual texto, me sería imposible toda modificación ulterior.
Así, pues, he revisado con esmero todo el texto y he introducido en él una serie de adiciones en las cuales conío haber tenido en cuenta cual conviene, el estado actual de la ciencia. Aparte de eso, en este prólogo doy una rápida ojeada de conjunto al desarrollo de la historia de la familia desde Bachofen hasta Morgan; y sobre todo lo hago así porque la escuela prehistórica inglesa, patriotera á machamartillo, continúa haciendo los imposibles por guardar convenido silencio acerca de la revolución realizada en las nociones de historia primitiva por los descubrimientos de Morgan, á la vez que no se le da un ardite de apropiarse los resultados por él obtenidos. Y también en otros países se sigue este ejemplo dado por los ingleses.
Mi obra ha sido traducida á varios idiomas extranjeros. Primero al italiano: L'origine della famiglia, della proprietà privata e dello stato, versione riveduta dall' autore, di Pasquale Martignetti, Benevento, 1885. Después al rumano: Origina familei, proprietatei private si a statului, traducere de Joan Nadejde, en la revista de Jassy: Contemporamil (Setiembre de 1885 á Mayo de 1886). Luego al dinamarqués: Familjens, privatejendommens og Statens Oprindelse, Dansk af Forfatteren gennemgaaet Udgave, bosærget af Gerson Trier. Kæbenhavn, 1888. Está en prensa una traducción francesa, hecha de esta nueva edición, por Henri Ravé.
patriarcal de la familia, que se pinta allí con más detalles que en ninguna otra parte, no sólo se admitía de un modo corriente como la más antigua, sino que, después de suprimida la poligamia, identificábase aquélla con la familia plebeya contemporánea; de tal suerte, que la familia en general no había realizado ninguna evolución histórica, concediéndose, á lo sumo, que en los tiempos primitivos pudo haber habido un período de comercio sexual sin reglas. No cabe duda de que, aparte de la monogamia, conocíanse también la poligamia del Oriente y la poliandria del Thibet; pero estas tres formas no se sucedían en el orden de una serie histórica, sino que figuraban una junto á otra, sin relacionarse entre sí por medio de ningún vínculo. Que en algunos pueblos de la antigüedad y en ciertos salvajes de la época actual se cuenta la descendencia, no según el padre, sino según la madre, y, por consiguiente, la filiación femenina es la única que se considera entre ellos como válida; que en numerosos pueblos contemporáneos estuvo prohibido el matrimonio dentro del círculo de ciertos grandes grupos que aún no se habían determinado con exactitud, encontrándose esta usanza en todas las partes del mundo: es cierto que estos hechos eran conocidos, y cada día se agregaban á ellos otros nuevos ejemplos. Pero no se sabía qué consecuencia sacar; y hasta en las Researches into the Early History of Mankind, etc., de E. B. Tylor (1865), figuran como «costumbres singulares», junto con la prohibición vigente entre algunos salvajes de remover la leña ardiendo con ningún trebejo de hierro, y en compañía de otras futilezas religiosas análogas.
La historia de la familia empieza en 1861, con la aparición del Derecho materno de Bachofen. El autor asienta allí las siguientes proposiciones:
- Que los seres humanos habían vivido primitivamente en la promiscuidad, que designa de un modo impropio con el nombre de hetairismo.
- Que un comercio sexual de esta índole excluye toda certidumbre de paternidad; que, por consiguiente, la descendencia sólo podía contarse en línea femenina (es decir, con arreglo al derecho materno), y que en ese caso estuvieron en su origen todos los pueblos de la antigüedad.
- Que á consecuencia de este hecho, las mujeres, como madres y únicos parientes ciertos de la generación joven, gozaban de tal aprecio y respeto, que, según parecer de Bachofen, llegaron hasta la preponderancia femenina absoluta (ginecocracia).
- Que el paso á la monogamia, en que la mujer pertenece exclusivamente á un solo hombre, encerraba la transgresión de una ley religiosa primitiva (es decir, de hecho, la transgresión del derecho inmemorial que los demás hombres tenían sobre aquella mujer), transgresión que debía expiarse ó cuya tolerancia debía rescatarse por medio del abandono temporal de la mujer.
Bachofen halla pruebas de estas proposiciones en innumerables pasajes de la literatura de la antigüedad clásica, recogidos con suma diligencia. Según él, la transición del «hetairismo» á la monogamia y del derecho materno al derecho paterno se realiza, sobre todo en los griegos, á consecuencia del progreso de las ideas religiosas, de la intrusión de nuevas divinidades, representantes de las ideas nuevas en los grupos de dioses transmitidos por la tradición, y representantes á su vez de las ideas antiguas; de suerte que las segundas iban quedando cada vez más relegadas al último término por las primeras. Según Bachofen, lo que ha realizado modificaciones históricas en la situación recíproca del hombre y de la mujer, no es el desarrollo de las condiciones afectivas para la existencia de los seres humanos, sino el reflejo religioso de esas condiciones en los cerebros de esos mismos seres.
Con arreglo á esta idea, Bachofen presenta el Oreste, de Esquilo, como el cuadro dramático de la lucha entre el derecho materno agonizante y el derecho paterno naciente y vencedor en la época heroica. Clitemnestra, por amor á su amante Egisto, ha matado á su marido Agamenón al regresar éste de la guerra de Troya; pero Orestes, hijo de Clitemnestra y de Agamenón, venga la muerte de su padre matando á su madre. Persíguenle por este hecho las Erinias, demoniacas protectoras del derecho materno; el matricidio era, pues, el más odioso y el más inexpiable de los crímenes. Pero le protegen las dos divinidades que representan en este caso el orden nuevo, el derecho paterno: Apolo, que por conducto de su oráculo, ha incitado á Orestes á cometer ese acto, y Minerva, que llamada como juez, oye á las dos partes. Todo el litigio se resume brevemente en la discusión habida entre Orestes y las Erinias. Orestes se apoya en que Clitemnestra ha cometido un doble delito, matando al esposo de ella y al padre de él. ¿Por qué le persiguen las Erinias á él y no á ella, que es mucho más culpable? La respuesta es sorprendente:
«No estaba unida por los vinculos de la sangre al hombre á quien ha matado.»
La muerte violenta de un hombre no consanguíneo, aun cuando sea el esposo de la matadora, puede redimirse; no concierne á las Erinias, cuyas funciones no consisten sino en perseguir el homicidio entre consanguíneos; y según el derecho materno, el más grave, el más inexpiable, es el matricidio. Pero Apolo entra en escena como defensor de Orestes; Minerva hace votar á los Areopagitas (los regidores de Atenas); hay el mismo número de votos en pro de la absolución y en pro de la condena; entonces Minerva, en calidad de presidente, vota en favor de Orestes y le absuelve. El derecho paterno ha vencido al derecho materno; los «dioses de raza joven», como los llaman las mismas Erinias, pueden más que éstas, las cuales se dejan por último convencer también para ponerse al servicio del nuevo orden de cosas.
Esta interpretación nueva pero exacta del Orestes, es uno de los más hermosos y mejores pasajes del libro, pero prueba también que Bachofen cree en las Erinias, en Apolo y en Minerva por lo menos, tanto como en ellos creía Esquilo en su época; en efecto, cree que esas divinidades realizaron en los tiempos heroicos de Grecia el milagro de echar abajo el derecho materno y sustituirlo por el derecho paterno. Claro es que semejante concepto, según el cual se considera la religión como la palanca principal de la historia del mundo, tiene que ir á parar, por último, al más perfecto misticismo. Por eso es un trabajo árido y á veces de poco provecho el estudiar á fondo el grueso tomo en 4.º de Bachofen. Pero todo esto no disminuye su mérito de roturador; ha sido el primero en reemplazar las frases acerca de un desconocido tiempo primitivo en que reinaba la promiscuidad, por la prueba de que la literatura clásica de la antigüedad nos indica á montones los vestigios de un estado de cosas anterior á la monogamia, existente entre los griegos y entre los asiáticos, en el cual, no sólo un hombre tenía relaciones sexuales con muchas mujeres, sino también una mujer con muchos hombres, sin menoscabo de las buenas costumbres. Ha probado que esta usanza no desapareció sin dejar huellas bajo la forma de un abandono temporal, por el que las mujeres debían comprar su derecho á un matrimonio único; que, por tanto, primitivamente no podía contarse la descendencia sino en línea femenina, de madre á madre; que esta validez exclusiva de la filiación femenina se ha conservado aún largo tiempo en el seno de la monogamia, con la paternidad asegurada, ó, por lo menos, reconocida; y, por último, que esa situación primitiva de las madres, como únicos padres ciertos de sus hijos, aseguró á aquéllas (y, por consiguiente, á las mujeres en general) una condición social más elevada de la que desde entonces acá han tenido nunca. Bachofen no emitió esos principios con esta claridad, por impedírselo el misticismo de sus conceptos; pero los ha demostrado, y eso equivalía, en 1861, á una revolución completa.
El grueso tomo en 4.º de Bachofen estaba escrito en alemán, es decir, en la lengua de la nación que menos se había interesado hasta entonces por la historia primitiva de la familia contemporánea. Por eso permaneció desconocido: su más inmediato sucesor en este terreno entró en escena en 1865, sin haber oído hablar nunca de Bachofen.
Este sucesor fué J. F. Mac-Lennan, diametralmente opuesto á su predecesor. En lugar del místico genial, tenemos aquí al árido jurisconsulto; en vez de una exuberante y poética fantasía, las plausibles combinaciones de un alegato de abogado. Mac-Lennan encuentra en muchos pueblos salvajes, bárbaros y hasta civilizados de los tiempos antiguos y modernos, una forma de matrimonio en que el novio, solo ó con sus amigos, está obligado á arrebatar su futura esposa á sus padres, simulando un rapto por violencia. Esta usanza debe de ser vestigio de una costumbre anterior, por la cual los hombres de una tribu adquirían mujeres cogiéndolas realmente por la fuerza en el exterior, en otras tribus. Pero ¡cómo nació ese «matrimonio por rapto»! Mientras los hombres pudieron hallar en su propia tribu suficiente número de mujeres, no había absolutamente ningún motivo para practicarlo así. Por otra parte, con frecuencia no menor encontramos en pueblos no civilizados ciertos grupos (que en 1865 aún solían identificarse á menudo con las tribus mismas), en el seno de los cuales estaba prohibido el matrimonio, viéndose obligados los hombres á buscar esposas y las mujeres esposos fuera del grupo; al paso que en otras partes hallamos una costumbre en virtud de la cual los hombres de cierto grupo están obligados á no tomar, sino en el seno del mismo, sus mujeres. Mac-Lennan llama exógamos á los primeros, endógamos á los segundos, y sin más ni más, imagina en redondo una antítesis evidente entre «tribus» exógamas y endógamas. Y aun cuando sus propias investigaciones acerca de la exogamia le meten por los ojos el hecho de que esa antítesis no subsiste sino en su imaginación en muchos de los casos, cuando no en la mayoría ó hasta en la totalidad de los mismos, no por eso deja de tomarla como base de toda su teoría. Por tanto, las tribus exógamas no pueden tomar mujeres sino de otras tribus; y dada la guerra permanente de tribu contra tribu, que corresponde al estado salvaje, eso no puede hacerse de ninguna otra manera más que por medio del rapto.
Después plantea Mac-Lennan esta cuestión: «¿De dónde proviene esa costumbre de la exogamia?» A su parecer, nada tiene que ver con ella la idea de consanguinidad y de incesto, la cual ha nacido mucho más tarde. La causa de tal usanza pudiera ser la costumbre, muy difundida entre los salvajes, de matar á las niñas en seguida que nacen. De eso resultaría un excedente de hombres en cada tribu aislada, siendo la inmediata consecuencia de ello, que muchos hombres tendrían la posesión común de una misma mujer, y de ahí la poliandria. Otra consecuencia: sabíase quién era la madre de un niño, pero no quién era su padre; y de ahí el contarse la ascendencia sólo en línea femenina, con exclusión de la línea masculina (derecho materno). Y otra consecuencia de la escasez de mujeres en el seno de la tribu (escasez atenuada, pero no suprimida, por la poliandria) era precisamente el rapto sistemático y brutal de mujeres de tribus extrañas. «Desde el momento en que la exogamia y la poliandria proceden de una sola causa, del desequilibrio numérico entre los sexos, debemos considerar á todas las razas exógamas como entregadas primitivamente á la poliandria... Y por eso debemos tener por indiscutible que en las razas exógamas, el primer sistema de parentesco ha sido aquel que sólo el lado materno reconoce el vínculo de la sangre.» (MacLennan, Studies in Ancient History, 1886; Primitive Marriage, pág. 124.)
El mérito de Mac-Lennan consiste en haber indicado el uso general y la elevada significación de lo que llama él exogamia. En cuanto al hecho de la existencia de grupos exógamos, no lo ha «descubierto» ni mucho menos, y tampoco lo ha comprendido. Sin hablar de las noticias anteriores y sueltas, de numerosos observadores (precisamente las fuentes donde ha bebido Mac-Lennan), Lathan había descrito con mucha exactitud y precisión (Descriptive Ethnology, 1859) esa institución entre los magars de la India, y había dicho que estaba universalmente difundida y se encontraba en todas las partes del mundo, pasaje que el mismo Mac-Lennan reproduce. Y nuestro Morgan la había indicado y descrito perfectamente desde 1848 en sus cartas acerca de los iroqueses (American Review), y en 1851 en su obra respecto á la liga de los iroqueses (The leagne of the Iroquois); mientras que el ingenio triquiñuelista de Mac-Lennan ha cometido aquí una confusión mucho más grande que la fantasía mística de Bachofen en el terreno del derecho materno. Otro mérito de Mac-Lennan consiste en haber reconocido el orden de descendencia con arreglo al derecho materno, aun cuando en ello le precedió Bachofen, según lo ha confesado aquél más tarde. Pero ni aun en este caso ve bien claras las cosas, puesto que sin cesar habla de «parentesco en línea femenina solamente» (kinship through females only); y esta expresión, exacta para un período anterior, continúa empleándola también para un estudio de desarrollo en que, si es cierto que aún se contaban la descendencia y la herencia exclusivamente según la línea femenina, también está reconocido y expresado el parentesco por el lado masculino. La estrechez de criterio del jurisconsulto es quien se forja una expresión fija de derecho; y continúa aplicándolo sin modificarla, á circunstancias que entre tanto han ido haciéndola inaplicable.
A pesar de ser tan plausible, sin embargo, según las apariencias, la teoría de Mac-Lennan no le ha parecido á su autor asentada con mucha solidez. Por lo menos, le llama la atención el que sea de advertir «que la forma del rapto (simulado) de las mujeres es más marcada y expresiva precisamente en los pueblos donde domina el parentesco masculino (es decir, la descendencia en línea paterna) (pág. 140)». Y también escribe este concepto: «Es un hecho muy extraño que, según las noticias que acerca de ello tenemos, el infanticidio no se practica por sistema en ninguna parte donde coexisten la exogamia y la más antigua forma de parentesco (pág. 146).» Doble hecho que invalida directamente su manera de explicar las cosas, y al cual no pueden oponérsele sino nuevas hipótesis más enredosas aún.
No por eso tuvo menor resonancia su teoría en Inglaterra, donde encontró numerosas aprobaciones; Mac-Lennan fué considerado aquí por la generalidad como el fundador de la historia de la familia y como la primera autoridad en este asunto. Aunque se pudieron advertir excepciones y modificaciones sueltas á su antítesis entre «tribus» exógamas y endógamas, es lo cierto que continuó siendo base reconocida de la opinión dominante y trocóse en unas anteojeras que hicieron imposible ver con libertad el terreno explorado é impidieron, por consiguiente, todo progreso decisivo. Es un deber el presentar ante la exageración de los méritos de Mac-Lennan, consagrada hoy en Inglaterra y fuera de ella, el hecho de que con su mal comprendida antitesis de «tribus» exógamas y endógamas ha causado más daño que servicios ha prestado con sus investigaciones.
Entre tanto, diéronse á luz hechos que ya no cabían en su pequeño molde. Mac-Lennan sólo conocía tres formas de matrimonio: la poligamia, la poliandria y la monogamia. Pero así que este asunto llamó la atención, se hallaron pruebas, cada vez más numerosas, de la existencia de ciertas formas de matrimonio en que una serie de hombres poseían en común á una serie de mujeres, en los pueblos no desarrollados; y Lubbock (The origin of Civilization, 1870) reconoció como un hecho histórico este matrimonio por grupos (Communal marriage).
Poco después (en 1871) apareció Morgan en escena con documentos nuevos y decisivos desde muchos puntos de vista. Habíase convencido de que el sistema de parentesco propio de los iroqueses, y vigente aún entre ellos, era común á todos los aborígenes de los Estados Unidos, es decir, que estaba difundido en un continente entero, aun cuando se encuentra en contradicción formal con los grados de parentesco que resultan del sistema conyugal que rige en él. Incitó entonces al gobierno federal americano á que recogiese informes acerca del sistema de parentesco de los demás pueblos, tomando por base interrogatorios y cuadros formulados por él mismo. Y de las respuestas dedujo:
- Que el sistema de parentesco indio-americano estaba igualmente en vigor en Asia, y, bajo una forma un poco modificada, en numerosas poblaciones de Africa y de Australia;
- Que este sistema se explicaba perfectamente por una forma de matrimonio por grupos, á punto de desaparecer en Hawai y en otras islas australianas;
- Pero que en estas mismas islas existía, junto á esa forma de matrimonio, un sistema de parentesco que sólo podía explicarse mediante una forma, desaparecida hoy, de matrimonio por grupos más primitiva aún.
Morgan publicó el conjunto de estas noticias y las conclusiones deducidas de ellas en sus Systems of Consanguinity and Affinity, 1871, y llevó así la discusión á un terreno infinitamente más amplio. Tomando como punto de partida los sistemas de parentesco y reconstituyendo con ellos sus formas de familia correspondientes, abría nuevo campo á las investigaciones y un horizonte mucho más vasto á la historia primitiva de la humanidad. Si se aceptaba este método, se iba como el humo la ligera construcción de Mac-Lennan.
Mac-Lennan defendió su teoría en la nueva edición del Primitive marriage (Studies in Ancient History, 1875). Al paso que combina él mismo una historia de la familia con simples hipótesis y de una manera soberanamente artificial, exige á Lubbock y á Morgan, no sólo la prueba de cada uno de sus alegatos, sino nada menos que pruebas de una precisión inatacable, como las que sólo se admiten en algún tribunal de justicia escocés. Y ese mismo hombre es quien, apoyándose en el íntimo parentesco entre el tío materno y el sobrino en los germanos (Tácito: Germania, cap. xx), en el relato de César, según el cual los bretones tienen sus mujeres en común por grupos de diez ó doce, y en todas las demás relaciones que los autores antiguos hacen de la comunidad de las mujeres entre los bárbaros, saca de ello sin vacilar la consecuencia de que la poliandria ha reinado en todos esos pueblos. Parece estarse oyendo á un fiscal que, para amañar sus conclusiones, puede permitirse entera libertad, pero exige al defensor la prueba formal y jurídicamente valedera de cada palabra que éste pronuncie.
Pretende que es pura invención el matrimonio por grupos, y queda con eso muy por bajo de Bachofen. Añade que los sistemas de parentesco de Morgan no son sino simples fórmulas de cortesía social, demostradas por el hecho de que al dirigir los indios la palabra hasta á un extranjero, á un blanco, le tratan de hermano ó de padre.
Esto es lo mismo que si se quisiera pretender que las palabres padre, madre, hermano y hermana son puras fórmulas de apóstrofe sin significación, porque á los sacerdotes y á las abadesas católicas se les saluda igualmente con los nombres de padre y madre, y porque frailes y monjas, lo mismo que los masones y los miembros de los sindicatos ingleses, se tratan entre sí de hermanos y hermanas en sus reuniones solemnes. En una palabra, la defensa de Mac-Lennan era flojísima hasta más no poder.
Pero quedaba un punto acerca del cual no se le había derrotado. No sólo no se había bamboleado la antítesis de las «tribus» exógamas y endógamas en la cual se funda todo su sistema, sino que hasta se reconocía universalmente como el eje donde se sustenta toda la historia de la familia.
Concedíase que el ensayo de demostración de esta antitesis hecho por Mac-Lennan era insuficiente y estaba en contradicción con los hechos por él enumerados. Pero se consideraba como un indiscutible Evangelio la hipótesis misma, la existencia de dos géneros (exclusivos entre sí) de tribus autónomas é independientes, uno de los cuales tomaba sus mujeres en la misma tribu, mientras que eso le estaba prohibido en absoluto al otro. Consúltese, por ejemplo, Los Orígenes de la Familia, de B. Giraud-Teulon (1874) y aun la obra de Lubbock, Origin of Civilization (4.ª edición, 1884).
Aparece luego la obra fundamental de Morgan, Ancient Society (1877), que forma la base de este trabajo. En esta nueva obra se desenvuelve con pleno convencimiento lo que sólo vagamente sospechaba aún Morgan en 1871. La endogamia y la exogamia no forman ninguna antítesis; la existencia de «tribus» exógamas no está demostrada hasta ahora en ninguna parte.
Pero, en la época en que aún dominaba el matrimonio por grupos (y, según toda verosimilitud, ha existido en todas partes en un momento dado), la tribu se excindió en cierto número de grupos consaguíneos por lado materno (gentes), en el seno de los cuales estaba prohibido con absoluto rigor el matrimonio, de tal suerte, que los hombres de una gens es verdad que podían tomar mujeres en la tribu, y las tomaban efectivamente en ella, pero estaban obligados á tomarlas fuera de su propia gens. De esa manera, la gens era exógama en sentido estricto; pero la tribu, que comprendía la totalidad de las gentes, era también estrictamente endógrama. Esta demostración acabó de echar por el suelo el último resto de las sutilezas de Mac-Lennan.
Pero Morgan no se limitó á esto. La gens de los indios americanos le sirvió además para hacer el segundo progreso decisivo en el terreno por él explorado. En esa gens, organizada con arreglo al derecho materno, descubrió la forma primitiva de donde salió la gens ulterior basada en el derecho paterno, la gens tal como la encontramos en los pueblos civilizados de la antigüedad. La gens griega y romana, que había sido un enigma para todos los historiadores hasta nuestros días, quedó explicada por la gens india, y de paso se encontró de ese modo una base nueva para toda la historia primitiva.
Este descubrimiento de la primitiva gens de derecho materno, como etapa anterior á la gens de derecho paterno de los pueblos civilizados, tiene para la historia primitiva la misma importancia que la teoría de la evolución de Darwin para la biología, y que la teoría del exceso de precio de Marx para la economía política. Puso á Morgan en condiciones para bosquejar por vez primera una historia de la familia, donde por lo menos los estadios clásicos de la evolución quedan asentados en cuanto lo permiten así los datos actuales. A la vista de todo el mundo está que por eso mismo se inicia una nueva era para el estudio de la prehistoria. La gens de derecho materno ha llegado á ser el eje alrededor del cual gira toda esta ciencia; desde su descubrimiento, sábese cómo y en qué dirección encaminar sus investigaciones y de qué manera se ha de agrupar lo que se encuentre. Y por eso, en lo sucesivo se harán en este terreno progresos mucho más rápidos que antes de aparecer el libro de Morgan.
Los descubrimientos de Morgan se admiten ahora por la universalidad de los prehistoriadores ingleses; ó, más bien, éstos se los han apropiado. Pero en casi ninguno de ellos se declara al público que á Morgan debemos esa revolución en las ideas. En Inglaterra ha pasado en silencio su libro; en cuanto al autor del mismo, se han desembarazado de él dignándose dirigirle algunos elogios por sus precedentes producciones; escudríñanse con sumo cuidado los pequeños detalles de su exposición de hechos, pero se guarda silencio pertinaz acerca de sus descubrimientos verdaderamente importantes. La edición original de su libro Ancient Society se agotó; en América no hay salida remuneratriz para obras de esta clase; en Inglaterra parece que le han ahogado sistemáticamente, y la única edición de este libro (uno de los que forman época) que circula en las librerías es... la traducción alemana.
¿Por qué esa reserva, en la cual es difícil no advertir una conspiración del silencio, sobre todo al ver las numerosas citas de pura urbanidad y otras pruebas de compadrazgo que hormiguean en las obras de nuestros prehistoriadores de fama? ¿Quizá porque Morgan es americano, y resulta muy duro para los prehistoriadores ingleses, á pesar del indiscutible esmero que ponen en acopiar documentos, verse reducidos á seguir las indicaciones de dos extranjeros de genio, Bachofen y Morgan, en los puntos de vista generales, necesarios para ordenar y agrupar los datos, en una palabra, hasta en sus ideas? Aún pudiera pasar el alemán; pero ¡el americano! En presencia del americano, vuélvese patriota todo inglés; he visto en los Estados Unidos ejemplos chistosísimos. Agréguese á esto que Mac-Lennan era en cierto modo el fundador y el director oficial de la escuela prehistórica inglesa; que hasta cierto punto correspondía al buen tono prehistórico no hablar sino con el más profundo respeto de su alambicada construcción de la historia, que conducía desde el infanticidio á la familia de derecho materno, pasando por la poliandria y el matrimonio por rapto. Teníase como criminal herejía manifestar la menor duda acerca de la existencia de «tribus» endógamas y exógamas que se excluyen unas á otras; por consiguiente, al hacer Morgan deshacerse como el humo todos estos dogmas consagrados, cometía una especie de sacrilegio. Y, por añadidura, los hacía desvanecer con argumentos cuya sencilla exposición basta para hacer saltar inmediatamente la verdad á los ojos de todos. De tal suerte, que los adoradores de Mac-Lennan, que hasta entonces se zambullían desesperadamente entre la exogamia y la endogamia, casi se vieron obligados á darse de puñadas en la frente, y esclamar: «¿Cómo hemos podido ser tan pazguatos, para no haber encontrado esto nosotros mismos desde hace mucho tiempo?»
Y como si tantos crímenes no fuesen aún suficientes para prohibir á la ciencia oficial toda actitud que no sea la de un desdén de hielo, Morgan hizo desbordarse el vaso, no sólo criticando, de un modo que recuerda á Fourier, la civilización y la sociedad de la producción mercantil (forma fundamental de nuestra sociedad presente), sino, además, hablando de una transformación de esta sociedad en términos que hubieran podido salir de labios de Karl Marx. Así, pues, no tiene sino su merecido, cuando indignado Mac-Lennan le acusa de que «el método histórico le es absolutamente antipático», y cuando el señor profresor Giraud-Teulon le espeta la misma cosa en Ginebra en 1884. Y, sin embargo, el mismo señor Giraud-Teulon pateaba aún como un desesperado en 1874 (Orígenes de la familia) en el laberinto de la exogamia Mac-Lennanesca ¡de donde sólo Morgan había de sacarle!
No necesito detallar aquí los demás progresos que debe á Morgan la historia primitiva; en el curso de mi trabajo se hallará lo que es preciso decir acerca de este asunto. Los catorce años transcurridos desde que apareció su obra capital, han aumentado mucho el tesoro de nuestros materiales para la historia de las sociedades humanas primitivas. Junto con los antropólogos, viajeros y prehistoriadores de profesión, han venido á mezclarse en la contienda los jurisconsultos, aportando documentos inéditos los unos, y nuevos puntos de vista los otros. Más de una hipótesis de Morgan ha llegado á bambolearse y hasta á caducar. Pero los materiales recién acumulados no han conseguido suplantar en parte ninguna sus grandes ideas principales. El orden introducido por él en la historia primitiva subsiste aún en lo promordial de sus rasgos. Sí; puede afirmarse que cuanto más se trata de arrebatar á Morgan su carácter de autor de este gran progreso, tanto más encuentra la aprobación universal el orden que él ha creado[1].
Londres 16 de Junio 1891.
- ↑ Al regresar de New Yorck, en Setiembre de 1888, me encontré á un antiguo diputado en el Congreso por la circunscripción de Rochester, el cual diputado había conocido á Lewis Morgan. Por desgracia, no supo contarme gran cosa acerca de él. Morgan había vivido como particular en Rochester, ocupado únicamente en sus estudios. Su hermano había sido coronel y agregado al ministerio de la Guerra en Washington; gracias á la mediación de este hermano, había conseguido aquél interesar al gobierno en sus investigaciones y hacer publicar varias de sus obras á expensas del Erario público; mi interlocutor también se habia ocupado varias veces de ello mientras tuvo asiento en el Congreso.