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El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado (1891)/V

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V
Génesis del Estado ateniense.

En ninguna parte podemos seguir mejor que en la antigua Atenas (por lo menos la primera fase de la evolución) de qué modo se desarrolló el Estado cuando se transformaron en parte los órganos de la gens, y en parte fueron sustituidos por la intrusión de nuevos órganos, y, por último, los reemplazó la administración del Estado, mientras que una «fuerza pública» armada al servicio de esa administración del Estado, y, por consiguiente, utilizable contra el pueblo, usurpaba el lugar del «pueblo en armas», protector de sí mismo en sus gentes, fratrias y tribus. Morgan expone en sus puntos esenciales las modificaciones de forma; en cuanto á las condiciones económicas productoras de ellas, en gran parte necesitaré añadirlas yo mismo.

En los tiempos heroicos, las cuatro tribus de los atenienses aún se hallaban establecidas en distintos territorios: hasta las doce fratrias que las componían parece ser que también tuvieron residencia particular en las doce ciudades de Cecrops. La constitución era la de la época heroica: asamblea del pueblo, consejo del pueblo y basileus. Hasta donde alcanza la historia escrita, se ve que el suelo estaba ya repartido y era propiedad privada, conforme á la producción. mercantil relativamente desarrollada ya hacia el final del estadio superior de la barbarie, y al comercio de mercaderías que á ella corresponde. Además de granos, producíanse vinos y aceites; el comercio marítimo en el mar Egeo fué arrebatado cada vez más á los fenicios y gran parte de él cayó en manos de los atenienses. Por la compraventa de la propiedad territorial, por la progresiva división del trabajo entre la agricultura y los oficios manuales, el comercio y la navegación, muy pronto debieron de mezclarse los miembros de las gentes, fratrias y tribus, y el distrito de la fratria y de la tribu recibir en su seno habitantes que, aun siendo conciudadanos, no formaban parte de estas corporaciones y que, por consiguiente, eran unos extraños en su propia residencia. Porque cada fratria y cada tribu administraba ella misma sus asuntos en tiempo de paz, sin enviar á nadie á Atenas al consejo del pueblo ó al basileus. Pero todo el que residiese en el territorio de la fratria ó de la tribu sin pertenecer á ellas particularmente, no podía tomar parte en esa administración.

Hasta tal punto se desequilibró el funcionamiento de la constitución gentil, que en los tiempos heroicos hízose ya necesario remediarlo y se adoptó la constitución atribuida á Teseo. El cambio consistía, sobre todo, en instituir en Atenas una administración central; es decir, en que una parte de los asuntos hasta entonces administrados de una manera independiente por las tribus fué declarada común y llevada ante el consejo general residente en Atenas. Los atenienses fueron en esto más lejos que lo hizo nunca ninguno de los pueblos indígenas de América; en vez de una simple confederación de tribus vecinas, procedióse á su fusión en un solo pueblo. De ahí nació un derecho popular ateniense general, que estaba por encima de las costumbres legales de las tribus y de las gentes; el ciudadano de Atenas recibió como tal derechos determinados, así como una protección jurídica sobre el terreno mismo donde era extraño á la tribu. Pero esto fué también el primer paso para la admisión de ciudadanos extraños á las tribus de toda el Atica, las cuales estaban y siguieron completamente fuera de la constitución gentil ateniense. La segunda institución atribuida á Teseo fué la división de todo el pueblo en tres clases, sin tener en cuenta la gens, la fratria ó la tribu: los eupátridas ó nobles, los geomoros ó agricultores y los demiurgos ú obreros, así como la atribución del derecho exclusivo de los empleos á la nobleza. Verdad es que, excepto en lo de ocupar la nobleza los empleos, esta división quedó sin efecto por cuanto no establecía otras diferencias de derecho entre las clases. Pero es importante, porque nos indica los nuevos elementos sociales que habían ido desarrollándose en silencio. Demuestra que la ocupación de las funciones gentiles, habitual en ciertas familias, se había transformado ya en un derecho de éstas á los empleos públicos; que esas familias, poderosas además por sus riquezas, comenzaron á reunirse fuera de sus gentes en una clase privilegiada propia; y que el Estado apenas naciente consagró esta pretensión. Demuestra que la división del trabajo entre campesinos y obreros había llegado á ser ya lo bastante fuerte para disputar el primer puesto en importancia social á la antigua distribución en gentes y en tribus. Por último, proclama el irreconciliable antagonismo entre la gens y el Estado; el primer ensayo de formación del Estado consiste en desgarrar las gentes, dividiendo los miembros de cada una de ellas en privilegiados y no privilegiados, y separando estos últimos en dos nuevas clases de trabajadores para oponerlas así la una á la otra.

La historia política ulterior de Atenas, hasta Solón, se conoce de un modo muy imperfecto. Las funciones del basileus cayeron en desuso, poniéndose á la cabeza del Estado arcontas salidos del seno de la nobleza. La autoridad de la aristocracia aumentó cada vez más, hasta llegar á hacerse insoportable, hacia el año 600 antes de nuestra era. Y el principal medio de oprimir la libertad común fué el dinero y la usura. La nobleza solía residir en Atenas y en los alrededores, donde el comercio marítimo, así como la piratería en ocasiones, y por añadidura, la enriquecían y concentraban en sus manos el dinero. Desde allí se difundió el tráfico del dinero, como un ácido corrosivo de las condiciones de existencia, en las antiguas comunidades agrícolas basadas en el comercio de productos naturales. La constitución de la gens es en absoluto incompatible con el tráfico de dinero; la ruina de los pequeños agricultores del Atica coincidió con la relajación del antiguo vínculo de la gens que los protegía. El crédito y la hipoteca (porque los atenienses habían inventado ya la hipoteca) no respetaron ni á la gens, ni á la fratria. Y la gens no conocía el dinero, ni el préstamo, ni las deudas de dinero. Por eso la «plutocracia» que se extendía sin cesar, creó un nuevo derecho consuetudinario para garantía del acreedor contra el deudor, y para consagrar la explotación del agricultor en pequeña escala por el poseedor del dinero. Todas las llanuras del Atica estaban erizadas de postes hipotecarios en los cuales estaba escrito que los fundos, donde se veían puestos, hallábanse empeñados á fulano ó mengano, por tanto ó cuánto dinero. Los campos que no tenían esos postes, se habían vendido ya la mayor parte, por no haberse pagado la hipoteca ó los intereses, y se habían hecho propiedad del usurero noble; el campesino podía considerarse feliz cuando le dejaban establecerse allí como colono y vivir con un sexto del producto de su trabajo, mientras tenía que pagar á su nuevo amo los cinco sextos como precio del arrendamiento. Y aún más. Cuando el producto de la venta del lote de tierra no bastaba para cubrir el importe de la deuda, ó cuando se contraía la deuda sin asegurarla con prenda, el deudor tenía que vender sus hijos como esclavos en el extranjero para satisfacer por completo al acreedor. La venta de los hijos por el padre: ¡éste es el primer fruto del derecho paterno y de la monogamia! Y si el vampiro no quedaba satisfecho aún, podía vender como esclavo á su mismo deudor. Tal fué la hermosa aurora de la civilización en el pueblo ateniense.

Semejante trastorno era imposible en el pasado, en la época en que las condiciones de existencia del pueblo aún correspondían á la condición de la gens; y, eso no obstante, habíase producido sin saber cómo. Volvamos por un momento á nuestros iroqueses. Entre ellos era inconcebible una situación tal como se les había impuesto á los atenienses, sin su concurso, y á pesar de ellos, digámoslo así. Siendo siempre el mismo el modo de producir las cosas necesarias para la existencia, con buenos ó malos años, nunca podían crearse tales conflictos impuestos por una presión, hasta cierto punto exterior, ni engendrarse ningún antagonismo entre ricos y pobres, entre explotadores y explotados. Los iroqueses distaban mucho de enseñorearse aún de la naturaleza, pero dentro de los límites naturales que les eran impuestos, eran dueños de su propia producción. A parte de las malas cosechas en sus huertecillos, de la escasez de pescado en sus lagos y ríos y de caza en sus bosques, sabían lo que resultaba de su manera de proporcionarse medios de existencia. El resultado de esto era el mantenimiento de su vida, con más ó menos abundancia de recursos; pero lo que no podía resultar nunca, eran trastornos sociales imprevistos, la ruptura de los vínculos de la gens, la escisión de los gentiles y de los miembros de la tribu en clases opuestas que combatiesen recíprocamente. La producción se movía dentro de los más estrechos límites, pero... los productores eran dueños de sus propios productos. Esta era la inmensa ventaja de la producción bárbara, que se perdió con la entrada en escena de la civilización y que las generaciones futuras tendrán el deber de reconquistar, pero dándole por base el poderoso dominio de la naturaleza, conseguido en la actualidad por el hombre y la libre asociación posible en adelante.

Entre los griegos sucedían de otro modo las cosas. Los progresos en rebaños y en objetos de lujo hechos por la propiedad privada, condujeron al cambio de productos entre los individuos y á la transformación de esos productos en mercancías. Y este es el germen de la revolución subsiguiente. En cuanto los productores no consumieron ya directamente ellos mismos sus productos, sino que se deshicieron de ellos por medio del cambio, dejaron de ser dueños de éstos. Ignoraban ya qué sería de ellos, y llegó á ser posible que el producto se emplease algún día contra el productor para explotar y oprimir á éste. Por eso, ninguna sociedad puede ser dueña de sus propios productos de un modo duradero ni conservar su intervención sobre los efectos sociales de su sistema productor, si antes no destierra de su seno el cambio entre individuos.

Pero los atenienses iban á aprender á su costa con qué rapidez domina el producto al productor en cuanto comienzan el cambio entre individuos y la transformación de los productos en mercaderías. Con la producción mercantilista apareció el cultivo de la tierra por individuos por su propia cuenta, y, en seguida, la apropiación individual del suelo[1]. Más tarde vino el dinero, la mercancía universal por la que podían cambiarse todas las demás; pero, cuando los hombres inventaban la moneda, no sospecharon que creaban así una fuerza nueva, la fuerza universal única, ante la que iba á inclinarse la sociedad entera. Y esta nueva fuerza, al surgir súbitamente sin saberlo sus propios creadores y á pesar de ellos, dejó sentir su poderío sobre los atenienses, con toda la brutalidad de su juventud.

¿Qué había de hacerse? La constitución de la gens habíase mostrado impotente contra la marcha triunfal del dinero; además, era en absoluto incapaz de conceder dentro de sus límites lugar ninguno para cosas como el dinero, los acreedores y los deudores, el cobro de las deudas por la violencia. Pero allí estaba la nueva fuerza social; y ni los pios deseos, ni el ardiente afán por volver á los buenos tiempos antiguos, no pudieron expulsar ya del mundo al dinero ni á la usura. Habíase abierto, además, otra serie de brechas menos importantes en la gens. La mezcla de los gennetes (gentiles) y de los frator en todo el territorio ático, particularmente en la misma ciudad de Atenas, acentuábase cada vez más de generación en generación, aun cuando por aquel entonces un ateniense tenía el derecho de vender un fundo fuera de su gens, pero no su casa habitación. Con los progresos de la industria y<ref follow=notap202>un robo, refiriéndose a la apropiación individual de la propiedad común, única que es de derecho natural.—(N. del T.) del negocio habíase desarrollado cada vez más la división del trabajo entre las diferentes ramas de la producción (agricultura y oficios manuales, y entre estos últimos una multitud de subgéneros, tales como el comercio, la navegación, etc.). La población se dividía ahora, según sus ocupaciones, en grupos bastante bien determinados; cada uno de los cuales tenía una serie de nuevos intereses comunes para los que no había lugar ninguno en la gens ó en la fratria, y que, por consiguiente, necesitaban nuevas funciones para velar por ellos. Había aumentado muchísimo el número de esclavos, y en aquella época debía de exceder con mucho del de los atenienses libres; la gens no conocía al principio ninguna esclavitud, ni, por consiguiente, ningún medio de mantener bajo su yugo aquella masa de personas no libres. Y, por último, el comercio había llevado á Atenas una multitud de extranjeros que se establecieron allí por la mayor facilidad que hallaban de ganar dinero; y continuaron siendo en medio del pueblo un elemento extraño, privado de derechos y de protección por la constitución antigua, á pesar de la tolerancia tradicional.

En resumen, llegó su término á la constitución gentil. La sociedad pasó por encima de ella más cada día; no pudo atajar ni suprimir los peores males que habían nacido ante su vista. Los nuevos grupos constituidos por la división del trabajo, primero entre la ciudad y el campo, después entre las diferentes ramas de la industria en las ciudades, habían creado nuevos órganos para la defensa de sus intereses, instituyéndose oficios públicos de todas clases. Luego, el joven Estado tuvo, ante todo, necesidad de una fuerza propia, que, entre los atenienses navegantes, no pudo ser al principio sino una fuerza naval, con la mira de pequeñas guerras particulares y para proteger á sus barcos de comercio. En una época indeterminada anterior á Solón se establecieron las Naucrarias, pequeñas circunscripciones territoriales á razón de doce por tribu; cada naucraria debía suministrar, armar y tripular un barco de guerra, y proporcionar además dos jinetes. Esta institución perjudicaba por dos conceptos á la gens: en primer término, porque creaba una fuerza pública que ya no se confundía con el conjunto del pueblo armado; y en segundo lugar, porque por vez primera dividía al pueblo, en los negocios públicos, no con arreglo á los grupos consanguíneos, sino con arreglo á la residencia local. No tardaremos en ver qué significaba esto.

No pudiendo la constitución gentil acudir en auxilio del pueblo explotado, no le quedaba sino el del Estado naciente. Y éste acudió á socorrerle por medio de la constitución de Solón, mientras se fortalecía de nuevo al amparo de la constitución antigua. No nos incumbe tratar aquí acerca del modo cómo se realizó la reforma de Solón en el año 594 antes de nuestra era. Solón inicia la serie de lo que se llama «revoluciones políticas», y lo hizo con un ataque á la propiedad. Hasta ahora, todas las revoluciones han sido en favor de un género de propiedad y en contra de otro género de la misma. No pueden proteger á uno sin lesionar á otro. En la gran Revolución francesa, la propiedad feudal fué sacrificada para dejar á salvo la propiedad plebeya; en la de Solón, la propiedad de los acreedores fué la que tuvo que sufrir en provecho de la de los deudores. Las deudas fueron sencillamente declaradas nulas. No conocemos con exactitud los detalles, pero Solón se jacta en sus poesías de haber hecho quitar los postes hipotecarios de los campos empeñados en pago de deudas, y de haber reimpatriado los hombres que á causa de ellas habían sido vendidos como esclavos ó habían huido al extranjero. Eso no podía hacerse sino por una descarada violación de la propiedad. Y de hecho, desde la primera hasta la última de estas pretensas revoluciones políticas, todas ellas se han hecho en defensa de una especie de propiedad y se han realizado por medio de la confiscación, ó dicho de otra manera, de un robo de otra especie. Tanto es así, que desde hace tres mil años no ha podido mantenerse la propiedad sino por medio de la violación de la propiedad.

Pero tratábase á la sazón de impedir la vuelta de semejante esclavizamiento de los libres atenienses. Al principio acudióse á remediarlo con medidas generales; por ejemplo, prohibiendo los contratos de préstamo en los cuales el deudor se hacía prenda del acreedor. Además, se fijó la extensión máxima de bienes raíces que podía poseer un mismo individuo, con el propósito de poner un freno que moderase la avidez de los nobles por apoderarse de las tierras de los campesinos. Después hubo cambios en la constitución, siendo para nosotros los principales los siguientes:

El consejo se elevó hasta el número de cuatrocientos miembros, ciento de cada tribu; hasta aquí seguía siendo, pues, la tribu aún la base del sistema. Pero también éste fué el único punto en que la constitución antigua se introdujo en el nuevo cuerpo del Estado. Pues, en lo demás, Solón dividió los ciudadanos en cuatro clases, con arreglo á su propiedad territorial y á su renta. Los rendimientos mínimos que se fijaron para las tres primeras clases fueron de quinientos, trescientos y ciento cincuenta medimnos de grano respectivamente (un medimno viene á equivaler á unos cuarenta y un litros para áridos); formaban la cuarta clase los que tenían menos bienes raíces ó carecían de ellos en absoluto. Sólo podían ocupar todos los oficios públicos los individuos de las tres primeras clases, y los más importantes los de la primera nada más; la cuarta no tenía sino el derecho de tomar la palabra y votar en la asamblea del pueblo, pero en esta asamblea se elegían todos los funcionarios; allí era donde éstos tenían que dar sus cuentas, allí era donde se hacían todas las leyes, y allí formaba la mayoría la cuarta clase. Los privilegios aristocráticos renováronse en parte, en cuanto á la forma, en los privilegios de la riqueza; pero el pueblo fué quien conservó el poder supremo. Por otra parte, las cuatro clases formaron la base de una nueva organización militar. Las dos primeras suministraban la caballería, la tercera debía servir en la infantería de línea, y la cuarta como tropa ligera (sin coraza) ó en la flota naval; esta clase estaba á sueldo, probablemente.

Aquí se introducía, pues, un elemento nuevo en la constitución: la propiedad privada. Los derechos y los deberes de los ciudadanos del Estado determináronse con arreglo á la importancia de sus bienes territoriales; y conforme aumentó la influencia de las clases poseedoras, quedaron suplantadas las antiguas corporaciones consanguíneas. La gens había sufrido otra nueva derrota.

Sin embargo, la atribución de los derechos políticos según los bienes de fortuna no era una de esas instituciones sin las cuales no puede existir el Estado. Por grande que sea el papel que represente en la historia de la constitución de los Estados, gran número de éstos, y precisamente los más desarrollados de ellos, no la necesitaron. En Atenas misma, no representó sino un papel transitorio; desde Arístides, todos los empleos eran accesibles á cada ciudadano.

Durante los ochenta años que siguieron, la sociedad ateniense tomó gradualmente la dirección en la cual ha seguido desarrollándose en los siglos posteriores. Habíase puesto coto á los abusos del rico usurero anterior á Solón, y asimismo á la concentración excesiva de la propiedad territorial. Ejerciéndose cada vez más en grande (gracias al trabajo de los esclavos) el comercio, los oficios manuales y artísticos, llegaron á ser las principales ramas de la producción. Cundió la cultura general. En vez de explotar á sus propios conciudadanos de una manera inicua, como al principio, se explotó sobre todo á los esclavos y á los clientes no atenienses. La fortuna mueble, la riqueza rentística, el número de los esclavos y de las naves aumentaron cada vez más; pero no fueron ya un simple medio de adquirir bienes inmuebles, como en los limitados tiempos de la primera época, sino que tuvieron finalidad propia. Por una parte, la nobleza antigua había encontrado así unos competidores victoriosos en las nuevas clases de ricos industriales y comerciantes; pero también por otra parte se había destruido de esta suerte la última base de los restos de la constitución gentil. Las gentes, las fratrias y las tribus, cuyos miembros andaban ya á la sazón dispersos por toda el Atica y vivían completamente entremezclados, por eso mismo habíanse hecho impropias del todo para formar cuerpos políticos; una multitud de ciudadanos atenienses no pertenecían ya á ninguna gens; eran inmigrantes que habían sido admitidos á participar de los derechos de ciudadanos, pero no en ninguno de los antiguos grupos consanguíneos; junto con ellos estaba también el número cada vez mayor de inmigrantes extranjeros (metecos).

Durante ese tiempo, seguían su curso las luchas de los partidos; la nobleza trataba de reconquistar sus privilegios y volvió á tener otra vez por el pronto vara alta; hasta que la revolución de Cleistenes (año 509 antes de nuestra era) la derribó definitivamente, pero también con ella el último vestigio de la gens.

En su nueva constitución, Cleistenes no se ocupó de las cuatro tribus antiguas basadas en las gentes y en las fratrias. En su lugar, vino una organización nueva cuya base, ensayada ya en las naucrarias, era la distribución de los ciudadanos con arreglo á su residencia local. Ya no decidió para nada el hecho de pertenecer á los grupos consanguíneos, sino tan sólo el domicilio. No fué el pueblo, sino el suelo, lo que se subdividió; los habitantes hiciéronse políticamente un simple accesorio del territorio nacional.

Toda el Atica quedó dividida en cien circunscripciones de comunidades municipales (demos), cada una de ellas administrada por sí misma. Los ciudadanos (demotas) habitantes en cada demos elegian su jefe (demarca) y su tesorero, así como también treinta jueces con jurisdicción respecto á los asuntos de poca importancia. Tenían igualmente un templo propio y un dios protector ó héroe, eligiendo á los sacerdotes de éste. El poder supremo en el demos pertenecía á la asamblea de los demotas. Según advierte Morgan con mucho acierto, este es el tipo de las comunidades urbanas de América, que se gobiernan por sí mismas. El Estado naciente tuvo por punto de partida en Atenas la misma unidad que distingue al Estado moderno en su más alto grado de perfeccionamiento.

Diez de estas unidades ó demos formaban una tribu; pero ésta, al contrario de la antigua tribu de raza, llamóse ahora tribu local. La tribu local, no sólo era un cuerpo político que se administraba á sí propio, sino también un cuerpo militar, elegía su filarca ó jefe de tribu, que mandaba la caballería, el taxiarca para la infanteria, y el estratega que tenia á sus órdenes el conjunto de las tropas reclutadas en el territorio de la tribu. Suministraba además cinco naves de guerra con sus tripulaciones y comandantes, y recibía como protector sagrado un héroe del Atica, cuyo nombre llevaba. Por último, elegía cincuenta miembros del consejo de Atenas.

La reunión de todos estos elementos formaba el Estado ateniense, gobernado por un consejo compuesto de los quinientos representantes elegido por las diez tribus; y en última instancia por la asamblea del pueblo, en la cual tenía entrada y voto cada ciudadano ateniense; junto con esto, velaban por las diversas ramas de la administración y de la justicia los arcontas y otros funcionarios. En Atenas no había depositario supremo del poder ejecutivo.

Con esta constitución y con admitirse un gran número de metecos (unos inmigrantes, otros libertos), los órganos de la gens quedaban desposeídos de la gestión de la cosa pública. Pero la influencia moral, los modos de ver y de pensar procedentes de los tiempos de la gens se perpetuaron aún y no desaparecieron por completo sino poco á poco. Preparóse el camino para una institución gubernamental posterior.

Vemos que uno de los caracteres esenciales del Estado consiste en una fuerza pública distinta de la masa del pueblo. Atenas no tenia entonces más que un ejército popular y una flota naval directamente suministrada por el pueblo. Estos la protegían en el exterior y mantenían en la obediencia á los esclavos, que en aquella época formaban ya la mayor parte de la población. Al principio, en frente de los ciudadanos, no existía fuerza pública sino bajo la forma de polizontes, los cuales son antiguos como el Estado; por eso, los ingenuos franceses del siglo XVII ya no hablaban tampoco de «naciones civilizadas», sino de «naciones con policía[2]».

Los atenienses instituyeron, pues, un verdadero cuerpo de la guardia civil á pie y á caballo. Pero esa gendarmería se formó de... esclavos. Este oficio de corchete parecía tan indigno al libre ateniense, que prefería ser detenido por un esclavo armado á prestarse él á semejante envilecimiento. Ese era aún el antiguo estado de ánimo del gentilis. El Estado no podía existir sin la policía; pero aún era joven y no tenía suficiente autoridad moral para hacer respetable un oficio que los antiguos gentiles consideraban como necesariamente infame.

El rápido vuelo que tomaron la riqueza, el comercio y la industria nos prueba cuán adecuado era á la nueva condición social de los atenienses el Estado, perfecto ya desde entonces en sus grandes líneas. Ya no existía entre nobles y plebeyos el antagonismo de clases, en el cual se fundaban las instituciones sociales y políticas; sino entre esclavos y hombres libres, metecos y ciudadanos. En el tiempo de su mayor prosperidad, el conjunto de los ciudadanos libres de Atenas entera (comprendiendo las mujeres y los niños), componíase de unos 90.000 individuos; junto á los cuales se contaban 365.000 esclavos del uno y del otro sexo, y 45.000 metecos (extranjeros y libertos). Por cada ciudadano adulto contábanse por lo menos diez y ocho esclavos y más de dos metecos. La causa de haber un número tan grande de esclavos era que muchos de ellos trabajaban en común, á las órdenes de capataces, en manufacturas y grandes talleres. Pero con el acrecentamiento vino la acumulación y la concentración de las riquezas en un pequeño número de manos; y con ello el empobrecimiento de la masa de los ciudadanos libres, á los cuales no les quedaba otro recurso sino el de elegir entre hacer competencia al trabajo de los esclavos con su propio trabajo manual (lo que se consideraba como deshonroso, y, por añadidura, no producía sino escaso provecho), ó convertirse en parásitos. En vista de las circunstancias, tomaron por necesidad este último partido; y como formaban la masa general, trajeron consigo también la ruina del Estado ateniense entero. No fué la democracia lo que condujo á Atenas á la ruina, como lo pretenden los pedantescos quiamotas de los príncipes europeos, sino la esclavitud que proscribía el trabajo del ciudadano libre.

La formación del Estado entre los atenienses es un modelo notablemente típico de la formación del Estado en general, pues, por una parte, se realiza sin que intervengan violencias exteriores ó interiores (la usurpación de Pisístrato no dejó en pos de sí la menor huella de su breve paso); por otra parte, hace brotar inmediatamente de la gens un Estado de una forma muy perfeccionada, la República democrática; y, en último término, porque estamos suficientemente enterados de sus particularidades esenciales.



  1. P.—J. Proudhon, dijo la célebre frase la propiedad es
  2. Con permiso de Engels, «civilisé» y «policé» son tan sinónimos como lo son civis (ciudad) en latin y polis (ciudad) en griego. En esa sinonimia, la diferencia está en el idioma elegido para tomar la raiz etimológica. Nuestra benemérita Guardia civil es un cuerpo de policía. La existencia de la ciudad y de derechos políticos caracterizan á un pueblo civilizado. (N. del T.)