Ir al contenido

El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado (1891)/VIII

De Wikisource, la biblioteca libre.

VIII
La formación del Estado de los germanos.

Según Tácito, los germanos eran un pueblo muy numeroso. Por César nos formamos una idea aproximada de la fuerza de los pueblos aislados: indica la cifra de 180.000 cabezas, incluyendo mujeres y niños, respecto á los usipéteros y teúcteros que se presentaron á la orillla izquierda del Rhin. Viene á ser de cerca de 100.000 por cada pueblo[1], cifra mucho más alta, por ejemplo, que la de la totalidad de los iroqueses en los tiempos más florecientes, cuando en número menor de 20.000 fueron el terror del país entero comprendido desde los grandes lagos hasta el Ohio y el Potomac. Si tratamos de agrupar á los que se hallaban en las márgenes del Rhin, y que conocemos con más exactitud por los relatos que acerca de ellos se han hecho, un pueblo así ocupa en el mapa, poco más ó menos, la misma superficie que un departamento prusiano, ó sea unos 10.000 kilómetros cuadrados ó 182 millas geométricas. La Germania Magna de los romanos, hasta el Vístula, abarca en cifra redonda 500.000 kilómetros cuadrados. Pues bien; tomando para cada pueblo aislado la cifra media de 100.000 individuos, la población total de la Germania Magna se elevaría á 5 millones: esta cifra es considerable para un grupo de pueblos bárbaros, pero en extremo débil para nuestras actuales condiciones (10 habitantes por kilómetro cuadrado, ó 550 por milla geográfica). Pero falta mucho para estar comprendido en ese número el de los germanos existentes en aquella época. Sabemos que á lo largo de los Kárpatos hasta la desembocadura del Danubio vivían pueblos alemanes de origen gótico (los bastarnos, los peukinos y otros), tan numerosos, que Plinio forma con ellos la quinta tribu principal de los germanos, y que habiendo pasado al servicio del rey macedonio Perseo en el año 180 antes de nuestra era, penetraron en los primeros años del imperio de Augusto en la comarca de Andrinópolis. Supongamos que sólo fuesen un millón, y tendremos, en los comienzos de nuestra era, un total probable de 6 millones de alemanes por lo menos.

Después de fijar su residencia definitiva en Germania, la población debió de crecer con mucha rapidez; prueba de ello, los progresos industriales de que antes hablamos. Los descubrimientos hechos en las lagunas del Schleswig son del siglo III, á juzgar por las monedas romanas que forman parte de ellos. Así, pues, por aquella época, había ya en las orillas del mar Báltico una industria metalúrgica y una industria textil perfeccionadas, y por consiguiente, un comercio activo con el imperio romano y cierto lujo entre los más ricos, indicio todo ello de una población más densa. Pero también por aquella época comienza la guerra ofensiva general de los germanos en toda la línea del Rhin, de la frontera fortificada romana y del Danubio, desde el mar del Norte hasta el mar Negro: prueba directa del aumento constante y la expansión forzada de la población. La lucha duró tres siglos, durante los cuales toda la tribu principal de los pueblos góticos (excepto los godos escandinavos y los burgundos) marchó hacia el Sudeste, formando el ala izquierda de la gran línea de ataque, en el centro de la cual los altoalemanes (Herminones) en el alto Danubio y en el ala izquierda de éstos los iskævones (llamados á la sazón francos) se precipitaban sobre el Rhin; á los ingævones les correspondió conquistar la Bretaña. A fines del siglo V el imperio romano, débil, desangrado é impotente, hallábase abierto á la invasión de los alemanes.

Antes estuvimos junto á la cuna de la antigua civilización griega y romana. Henos ahora junto á su sepulcro. La llana niveladora de la dominación de los romanos en el mundo había pasado por todos los países de la cuenca del Mediterráneo, durante siglos. En todas partes el idioma griego no siguió resistiéndose, las lenguas nacionales habían tenido que ir cediendo el paso á un latín degenerado; ya no había diferencias de nacionalidades; no más galos, iberos, liguros, nóricos; todos eran romanos. La administración y el derecho romanos habían roto en todas partes las antiguas agrupaciones y disuelto á la vez los últimos restos de independencia local ó nacional. La calidad de ciudadano romano, conferida á todos, no ofrecía compensación; no expresaba ninguna nacionalidad, sino que indicaba tan sólo falta de nacionalidad. Existían en todas partes elementos de nuevas naciones; los dialectos latinos de las provincias fueron diferenciándose cada vez más; las fronteras naturales, que habían hecho ser antes territorios independientes á Italia, Galia, España y Africa, subsistían y teníanse en cuenta aún. Pero en ninguna parte existía la fuerza necesaria para formar con esos elementos reunidos naciones nuevas; en ninguna parte quedaban huellas de capacidad para desarrollarse, de energía para resistir, de fuerzas creadoras. La enorme masa humana de aquel inmenso territorio, no tenía más vínculo para mantenerla unida que el Estado romano, y éste había llegado á ser con el tiempo su enemigo y su más cruel opresor. Las provincias habían arruinado á Roma; la misma Roma habíase convertido en una ciudad de provincia como las demás, privilegiada pero ya no soberana, ni punto céntrico del imperio universal, ni sede siquiera de los emperadores y subemperadores, quienes residían en Constantinopla, en Tréveris, en Milán. El Estado romano se había vuelto una máquina gigantesca y complicada, con el exclusivo fin de explotar á los súbditos. Impuestos, gabelas y requisas de todas clases, sumían á la masa de la población en una pobreza cada vez más miserable, por las exacciones de los gobernantes, de los recaudadores, de los soldados. He aquí á qué había venido á parar el dominio del Estado romano sobre el mundo: basaba su derecho á la existencia en el mantenimiento del orden en el interior y en la protección contra los bárbaros en el exterior; pero su orden era más dañoso que el peor desorden, y los bárbaros contra los cuales pretendía proteger á los ciudadanos eran esperados por éstos como salvadores.

No era menos desesperada la situación social. En los últimos tiempos de la república, fundábase ya la dominación romana en una explotación sin escrúpulos de las provincias conquistadas; el imperio no había suprimido aquella explotación, sino que, por el contrario, la había reglamentado. Conforme iba declinando el imperio, más aumentaban los impuestos y gabelas, con mayor sinvergüenza saqueaban y estrujaban los funcionarios. El comercio y la industria no habían sido nunca ocupaciones de los romanos, dominadores de pueblos; en la usura fué donde superaron á todo cuanto hubo antes y después de ellos. El comercio que había ido conservándose, pereció con las exacciones de los funcionarios; el que aún quedaba luego refiérese á la parte griega, oriental, del imperio, la cual está fuera de los limites del presente trabajo.

Empobrecimiento general; retroceso del comercio, del trabajo manual y del arte; diminución de la población; decadencia de las ciudades, tránsito de la agricultura á un grado inferior: tales fueron las últimas resultas de la dominación romana universal.

La agricultura, la más importante rama de la producción en todo el mundo antiguo, lo era de nuevo más que nunca. Los inmensos dominios (latifundia) que desde el fin de la república ocupaban casi todo el territorio en Italia, habían sido explotados de dos maneras: ó en pastos, allí donde la población estaba reemplazada por ganado lanar ó vacuno, cuya vigilancia no exigía sino un pequeño número de esclavos; ó en granjas donde masas de esclavos dedicábanse á la horticultura, en parte por lujo de los propietarios, en parte para proveer de víveres á los mercados de las ciudades. Las grandes dehesas de pastos habían sido conservadas y hasta extendidas; los dominios de las granjas y su horticultura suntuosa habíanse arruinado por efecto del empobrecimiento de sus propietarios y de la decadencia de las ciudades. La explotación de los latifundia, basada en el trabajo de los esclavos ya no producía beneficios, pero en aquella época era la única forma posible de la agricultura en grande escala. El cultivo en pequeño había llegado á ser la única forma remuneradora. Unas tras otras fueron divididas las granjas en parcelas pequeñas y entregadas á arrendatarios hereditarios que pagaban cierta cantidad en dinero, ó á partiarii (aparceros), más administradores que arrendatarios, quienes recibían por su trabajo la sexta ó nada más que la novena parte del producto anual. Pero de preferencia se entregaban esas pequeñas parcelas á colonos que pagaban en cambio un interés anual fijo; estos colonos estaban ligados al suelo y podían ser vendidos con sus parcelas, no eran esclavos, hablando propiamente, pero tampoco eran libres; no podían casarse con mujeres libres, y sus uniones entre sí no se consideraban como matrimonios válidos del todo, sino como un simple concubinato (contubernium), por el estilo de los de los esclavos. Fueron los precursores de los siervos de la Edad Media.

Había pasado el tiempo de la antigua esclavitud. Ni en el campo en la agricultura extensiva, ni en las manufacturas urbanas, daba ya ningún provecho que mereciese la pena; había desaparecido el mercado para sus productos. La agricultura en pequeño y la pequeña industria, que acababan de reemplazar á la gigantesca producción de los tiempos florecientes del Imperio, no tenían dónde emplear numerosos esclavos, quienes no encontraban lugar en la sociedad sino como esclavos domésticos y de lujo de los ricos. Pero la agonizante esclavitud aún era suficiente para hacer considerar todo trabajo productivo como tarea propia de esclavos é indigna de un romano libre (lo que cada cual era entonces). Y de ahí, por una parte, el aumento creciente de las manumisiones de esclavos superfluos convertidos en una carga; y, por otra parte, multiplicación, acá de colonos, acullá de mendigos libres (análogos á los poor whites de los antiguos Estados esclavistas de la América del Norte). El Cristianismo no ha tenido absolutamente nada que ver en la extinción progresiva de la esclavitud[2]. La ha practicado durante siglos en el Imperio romano; y más adelante jamás ha impedido el comercio de esclavos de los cristianos, ni el de los alemanes en el Norte, ni el de los venecianos en el Mediterráneo, ni más recientemente la trata de negros[3]. La esclavitud ya no producía más de lo que costaba, y por eso acabó por desaparecer. Pero, al morir, dejó detrás de sí su agijón envenenado bajo la forma de proscripción del trabajo productivo por los hombres libres. Tal es el callejón sin salida en el cual se encontraba el mundo romano: la esclavitud era económicamente imposible, y el trabajo de los hombres libres estaba moralmente proscrito. La primera ya no podía, y el segundo no podía aún ser la base de la producción social. El único remedio de esta situación era una revolución completa.

No tenían mejor aspecto las cosas en las provincias. Los más amplios informes que tenemos acerca de este asunto, conciernen á las Galias. Allí, junto á los colonos, aún había pequeños agricultores libres. Para estar seguros contra las violencias de los funcionarios, de los magistrados y de los usureros, poníanse á menudo bajo la protección y el patronato de un poderoso; y no fueron sólo individuos aislados quienes tomaron esta precaución, sino comunidades enteras, de tal suerte, que en el siglo IV prohibieron esto muchas veces los emperadores. Pero ¿de qué servía eso á los que buscaban protección? El señor les imponía la condición de poner en cabeza de él la propiedad de sus tierras, de las cuales les aseguraba el usufructo durante su vida, jugarreta de que se percató la Santa Iglesia y que imitó con muchas agallas en los siglos IX y X para agrandar el reino de Dios y los bienes terrenales de ella. Verdad es que por aquella época, hacia el año 475, Salviano, obispo de Marsella, indignábase aún contra semejante robo; cuenta que la opresión de los funcionarios romanos y de los grandes señores territoriales, había llegado á ser tan cruel, que muchos «romanos» huían á las regiones ocupadas ya por los bárbaros, y los ciudadanos romanos, establecidos en ellas, nada temían tanto como volver á caer bajo la dominación romana. Que por aquel entonces había gran número de padres que por miseria vendían como esclavos á sus hijos, lo prueba una ley promulgada contra esta costumbre.

Por haber librado á los romanos de su propio Estado, los bárbaros germanos les tomaban dos tercios de sus tierras y se las repartían entre ellos. El reparto se efectuaba según el régimen de la gens; á causa del pequeño número de los conquistadores, quedaban indivisos grandísimos espacios como propiedad en parte de todo el pueblo, en parte de las tribus y gentes aisladas. En cada gens, los campos y prados dividíanse por partes iguales entre todas las familias. No sabemos si en los primeros tiempos se hacían nuevos repartos periódicos; en todo caso, no tardó en perderse esta usanza en las provincias romanas, y las parcelas aisladas se hicieron propiedad particular transmisible (alod). Los bosques y los pastos permanecieron indivisos para su uso colectivo; este uso, lo mismo que el modo de cultivar la tierra repartida, se regulaba según la antigua costumbre y por decreto de la colectividad. Cuanto más tiempo llevaba establecida la gens en su poblado, más iban confundiéndose germanos y romanos poco á poco y borrándose el carácter familiar de la asociación ante su carácter territorial; fundióse la gens en la asociación de la marca, donde, sin embargo, se encuentran bastante á menudo las huellas del parentesco original de los asociados. De esa manera, la constitución gentil se transformó insensiblemente en una constitución local y se puso en condiciones de fundirse con el Estado, por lo lo menos en los países donde se sostuvo la comunidad de la marca (Norte de Francia, Inglaterra, Alemania y Escandinavia). Pero, no obstante, conservó el carácter democrático primitivo propio de toda constitución gentil, del cual conservó así vestigios hasta en la degeneración sufrida posteriormente, y con eso un arma que ha llegado hasta nosotros en manos de los oprimidos.

Si se perdió con presteza el vínculo de la sangre en la gens, depende de que sus representantes en la tribu y en el conjunto del pueblo degeneraron por efecto de la conquista. Sabemos que la dominación de los súbditos es incompatible con el régimen de la gens, y aquí lo vemos en gran escala. Los pueblos germanos, dueños de las provincias romanas, tenían que organizar su conquista. Pero no se podía admitir á las masas romanas en las corporaciones gentiles, ni dominar á las primeras por medio de las segundas. A la cabeza de los cuerpos locales de la administración romana conservados en gran parte, era preciso colocar un equivalente del Estado romano, y este equivalente no podía ser sino otro Estado. Así, pues, los representantes de la gens tenían que transformarse en representantes del Estado, y con suma rapidez, bajo la presión de las circunstancias. Pero el representante más directo del pueblo conquistador era el jefe militar. La seguridad interior y exterior del territorio conquistado exigía que se reforzase su poder. Había llegado el momento de transformarse el mando militar en monarquía, y se transformó.

Veamos el imperio de los francos. En él había correspondido como propiedad del pueblo á los salios victoriosos, no sólo los vastos dominios del Estado romano, sino también todos los demás inmensos territorios indivisos en las comunidades grandes y pequeñas, de localidad ó de comarca, principalmente todas las extensísimas superficies pobladas de bosques. Lo primero que hizo el rey franco, al convertirse de simple jefe militar superior en un verdadero príncipe, fué transformar esas propiedades del pueblo en dominios reales, robarlas al pueblo y darlas ó concederlas á las personas de su séquito. Este séquito, formado primitivamente por su guardia militar personal y por el resto de los oficiales del ejército, no tardó en reforzarse, no sólo con romanos (es decir, galos romanizados), cuyo talento de copiantes, su educación, su conocimiento en la lengua vulgar romana y de la lengua latina escrita[4] los hicieron muy pronto ser indispensables, sino también con esclavos, siervos y libertos de su corte, y entre los cuales elegía sus favoritos. A toda esta patulea se les donaron al principio muy á menudo lotes del territorio del pueblo; más tarde se les concedieron, bajo la forma de beneficios, otorgados la mayoria de las veces, en su origen, por toda la duración de la vida del rey. Así se formó la base de una nobleza nueva á expensas del pueblo.

Esto no bastaba. No había que pensar en gobernar la vasta extensión del nuevo reino con los medios de la antigua constitución de la gens; aun admitiendo que el consejo de los jefes no hiciera mucho tiempo que hubiese caido en desuso, no habría podido reunirse y no tardó en verse reemplazado por los que rodeaban de continuo al rey; se conservó por pura fórmula la antigua asamblea del pueblo, pero convirtiéndose cada vez más en una simple reunión de los jefes inferiores del ejército y de la nobleza naciente. Los campesinos libres y propietarios del suelo, que eran la masa del pueblo franco, quedaron exhaustos y arruinados por las eternas guerras civiles y de conquista (por estas últimas, sobre todo, bajo Carlomagno) tan completamente, como antaño lo habían sido los campesinos romanos en los postreros tiempos de la República. Habiendo formado primitivamente ellos todo el ejército y sido el núcleo de Francia después de conquistarla, estaban tan pobres en los comienzos del siglo IX, que apenas podia tomar aún las armas un hombre por cada cinco. En lugar del contingente de los campesinos libres llamados á las filas por el rey, surgió un ejército compuesto de la chusma lacayil de la nueva nobleza, entre la cual se encontraban siervos del terruño, descendientes de aquellos que en otro tiempo no habían reconocido ningún señor sino el rey, y que en una época aún más remota no reconocían señor ninguno, ni siquiera un rey. Bajo los sucesores de Carlomagno, completaron la ruina de los campesinos francos las guerras intestinas, la debilidad del poder real y las correspondientes usurpaciones de él por los grandes (á quienes vinieron á agregarse los condes instituidos por Carlomagno, que aspiraban á hacer hereditarias sus funciones), y por último, las incursiones de los normandos. Cincuenta años después de la muerte de Carlomagno yacía el imperio de los francos tan incapaz de resistencia á los pies de los normandos, como cuatro siglos antes el imperio romano á los pies de los bárbaros.

Y no sólo había impotencia en el exterior, sino en el orden, ó más bien en el desorden social interior. Los campesinos libres francos estaban reducidos á una situación análoga á la de sus predecesores, los colonos romanos. Arruinados por las guerras y por los saqueos, habían tenido que colocarse bajo la protección de la nueva nobleza ó de la Iglesia, siendo harto débil el poder real para protegerlos; pero les era preciso comprar cara esta protección. Como en otro tiempo los campesinos galos, tuvieron que traspasar la propiedad de sus tierras poniéndolas en cabeza del señor feudal, de quienes volvían á recibirlas á censo bajo formas diversas y variables, pero nunca de otro modo sino á cambio de servicios y de gabelas; reducidos á esta forma de dependencia, perdieron poco á poco su libertad individual; y al cabo de pocas generaciones, la mayor parte de ellos eran ya siervos. La rapidez con que se efectuó la ruina de los campesinos libres nos la manifiesta el libro catastral de la abadía de Saint-Germain-des-Prés, en otros tiempos próxima y en los actuales dentro de París. En los extensos territorios cultivados existentes en los alrededores de esa abadía habitaban entonces, en tiempo de Carlomagno, 2.788 cabezas de familia casi exclusivamente francos con apellidos alemanes. De ellos, contábanse 2.080 colonos, 220 esclavos, ¡y nada más que ocho rústicos libres! La práctica declarada impía por el obispo Salviano, y en virtud de la cual el señor feudal se quedaba con el dominio eminente de las tierras del campesino y sólo permitia á éste el usufructo de ellas, empleábala ya entonces de una manera general la Iglesia con los labriegos. Las prestaciones personales, que iban generalizándose cada vez más, habían tenido su modelo en las angarias romanas (trabajos forzados en pro del Estado), como en las prestaciones personales impuestas á los miembros de las comunidades locales alemanas, para construir puentes y caminos y para otros trabajos colectivos. Parece, pues, que la masa de la población había vuelto á su punto de partida al cabo de cuatro siglos.

Pero esto no probaba sino dos cosas: en primer lugar, que el orden social y la distribución de la propiedad en el imperio romano agonizante habían sido adecuados al grado de producción contemporánea en la agricultura y la industria, é inevitables por consiguiente; en segundo lugar, que, durante los cuatrocientos años posteriores, no habiendo tenido ningún progreso ni retroceso esenciales el estado de la producción, se había distribuido otra vez de la misma manera la propiedad y se habían creado las mismas clases de población. En los últimos siglos del imperio romano, la ciudad había perdido su autoridad sobre el campo y no la había vuelto á conquistar en los primeros siglos de la dominación alemana. Esto supone un grado de desarrollo inferior de la agricultura y de la industria. Esta situación de conjunto produjo por necesidad grandes propietarios poderosos y pequeños labradores dependientes. Las inmensas experiencias hechas por Carlomagno con sus famosas haciendas imperiales, desaparecidas sin dejar casi huellas, prueban cuán imposible era imponer á semejante sociedad la explotación latifúndica romana con esclavos, y á la vez el nuevo cultivo en grande por medio de prestaciones personales. Sólo las continuaron los conventos, y no podían ser productivas más que para ellos; pero los conventos eran asociaciones anormales basadas en el celibato; es cierto que podían realizar cosas excepcionales, pero por lo mismo tenían que seguir siendo excepciones.

Y sin embargo, habíanse hecho progresos durante esos cuatrocientos años. Si al expirar estos cuatro siglos encontramos casi las mismas clases principales que al principio, el hecho es que los hombres que formaban estas clases habían cambiado, desapareciendo la antigua esclavitud, y desapareciendo también los mendigos libres que menospreciaban el trabajo como servil. Entre el colono romano y el nuevo siervo había vivido el libre campesino franco. El «recuerdo inútil y la lucha vana» del imperio romano agonizante estaban muertos y enterrados. Las clases sociales del siglo IX se habían formado, no en el derrumbamiento de una civilización que se extingue, sino entre los dolores de parto de otra nueva. La nueva generación, lo mismo señores que siervos, era una generación de hombres, si se compara con la de sus predecesores romanos. Las relaciones entre poderosos propietarios territoriales y los campesinos que servían á éstos, relaciones que habían sido para los segundos la forma de ruina ineludible del mundo antiguo, fueron para los primeros el punto de partida de un desarrollo nuevo. Y además, por improductivos que parezcan esos cuatrocientos años, no por eso habían dejado de producir un gran resultado, á saber: las nacionalidades modernas, la refundición y la organización de la humanidad en la Europa occidental para la historia futura. Los germanos habían revivificado á la Europa, en efecto, y por eso la disolución de los Estados del período germánico no vino á parar en el avasallamiento por normandos y sarracenos, sino á la evolución de los beneficios y de la protección de un poderoso hacia el feudalismo; y con un acrecentamiento tan intenso de la población, que dos siglos después pudieron soportarse sin gran daño las fuertes sangrías de las cruzadas.

Pero ¿cuál era el misterioso sortilegio por el cual trasfundieron los germanos una fuerza vital nueva á la Europa agonizante? ¿Era un poder milagroso é innato en la raza del pueblo alemán, como nos cuentan nuestros historiadores patrioteros? De ninguna manera. Los germanos, sobre todo en aquella época, eran una tribu aria muy favorecida por la naturaleza y en plena vitalidad de desarrollo. Pero no son sus cualidades nacionales específicas quienes rejuvenecieron á Europa, sino sencillamente... su barbarie, su constitución gentil.

Su capacidad y su valentía personales, su espíritu de libertad y su instinto democrático, que veía un asunto propio en los negocios públicos; en una palabra, todas las cualidades que los romanos habían perdido y únicas capaces de formar Estados nuevos con el fango del mundo romano y de hacer producir nacionalidades nuevas, ¿qué eran sino los rasgos característicos de los bárbaros del estadio superior de la barbarie, los frutos del régimen de la gens?

Si metamorfosearon la forma antigua de la monogamia, suavizaron la autoridad del hombre en la familia y dieron á la mujer una situación más elevada de la que nunca había conocido el mundo clásico, ¿qué les hizo capaces de eso sino su barbarie, sus hábitos de gentiles, herencia viva de los tiempos del derecho materno?

Si (por lo menos en tres de los principales países, Alemania, el Norte de Francia é Inglaterra) salvaron una parte del régimen de la gens, transportándola al Estado feudal bajo la forma de comunidades locales, dando así á la oprimida clase de los campesinos, hasta con la más cruel servidumbre de la Edad Media, una cohesión y una fuerza de resistencia tales como no las tienen la esclavitud antigua ni el proletariado moderno, ¿á qué se debe sino á su barbarie, á su sistema exclusivamente bárbaro de colonización por familias?

Y, por último, si desarrollaron y pudieron hacer exclusiva la forma de servidumbre mitigada que habían empleado ya en su país natal y que fué sustituyendo cada vez más á la esclavitud en el imperio romano; una forma que, como Fourier ha sido el primero en evidenciarlo, «suministra á los cultivadores medios de manumisión colectiva y progresiva», superando así con mucho á la esclavitud con la cual era posible la manumisión inmediata y sin transiciones del individuo (la antigüedad no presenta ningún ejemplo de supresión de la esclavitud por una rebelión victoriosa), al paso que los siervos de la Edad Media llegaron poco á poco á conseguir su emancipación como clase, ¿á qué se debe sino á su barbarie, gracias á la cual no habían llegado aún á una esclavitud completa, ni á la antigua esclavitud del trabajo, ni á la esclavitud doméstica oriental?

Toda la fuerza y la animación vitales que los germanos aportaron al mundo romano, era barbarie. En efecto, sólo unos bárbaros son capaces de rejuvenecer á un mundo que sufre una civilización moribunda. Y el estadio superior de la barbarie al cual se elevaron, y en el seno del cual vivieron los germanos antes de la emigración de los pueblos, era precisamente el más favorable para este proceso. Así se explica todo.



  1. En un pasaje de Diodoro de Sicilia acerca de los celtas galos admitense las siguientes cifras: «En la Galia viven numerosas hordas, desiguales en fuerza numérica. En las más grandes, la cifra de sus individuos llega á ser de unos 200.000; en las más pequeñas, 50.000 (Diodorus Siculus, V, 25). O sea, por término medio, 125.000. Los pueblos galos, por efecto de su mayor grado de adelanto, deben considerarse con toda evidencia con alguna más fuerza numérica que los pueblos alemanes.
  2. En los Estados Unidos de la América del Norte costó una tremenda guerra civil y un presidenticidio el que los cristianos Estados septentrionales aboliesen la esclavitud existente en los cristianos Estados meridionales; los motivos fueron económicos y politicos, y la obra enteramente laica. Lo mismo ha sucedido con la nación católica por excelencia, España: donde la guerra separatista de Cuba está ligada con el triunfo del partido liberal y demócrata en la Península, en cuyo programa estaba la abolición de la esclavitud (también obra laica). Por último, la abolición de la esclavitud en el Brasil por su postrer emperador D. Pedro fué seguida de su destronamiento, de la proclamación de la República y un periodo de guerra civil que aún dura; no obstante ser una nación católica, la obra fué también laica. Cuando ya no había esclavitud en Europa, ni en sus colonias, ni en América, cuando ya no existía la trata de negros para importarlos en Estados cristianos, entonces un Cardenal de la Santa Iglesia Romana, el difunto Lavigerie (hombre político, republicano), fundó una Sociedad abolicionista... para los pueblos bárbaros y mahometanos, únicos donde hay esclavitud y trata, sociedad que carece de importancia, excepto la personal de sus distinguidos miembros.—(N. del T.).
  3. Según el obispo Luitprando de Cremona, en el siglo X y en Verdun, por consiguiente en el santo imperio alemán, el principal ramo de la industria era la fabricación de eunucos que se exportaban con gran provecho á España, para los ahrenes de los moros.
  4. La primera es el sermo rusticus, que con la latinización de muchas raices bárbaras fué minando el latín clásico y produciendo primero el latín bárbaro y el latin eclesiástico, y después los idiomas nacionales neolatinos.-(Nota del Traductor.)