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El paisano

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El paisano: Reflexiones sobre la vida del campo (1887)
de Carlos Lemée

BIBLIOTECA RURAL



EL PAISANO


REFLEXIONES

SOBRE

LA VIDA DEL CAMPO

POR

CARLOS LEMÉE



BUENOS AIRES


Establecimiento tipográfico de EL CENSOR
289—CORRIENTES—289


1887

PREFACIO



Me he apartado en esta obra del camino que seguí en la anterior; he dejado de hablarle al estanciero de sus haciendas para hablarle de su casa y de su familia.

Pero, si el tema ha cambiado, nuestra población rural reconocerá á la primera lectura que el móvil sigue siendo el mismo: el deseo de serle útil.

Carlos Lemée.


Exaltación de la Cruz, Marzo de 1887.


EL PAISANO

CAPÍTULO I


VENTAJAS DE LA VIDA DEL CAMPO



Descripción del hombre feliz por Nodier—El hombre de campo es el miembro más independiente y el mas útil de la sociedad—Porqué quiere el hombre de campo cambiar su posición—Placeres de las grandes ciudades—El hombre de campo y el hombre de la ciudad envidiandose mútuamente su posición—Agitación de la vida de las grandes ciudades—Efecto de los ferro-carriles sobre la población de la campaña—La emigración de la población rural es un mal nacional—Ventajas que ofrece la vida de campo para la formación y el desarrollo de la familia—Paralelo con la vida de la ciudad—El hombre que tiene experiencia prefiere la vida de campo—Afición al campo de los grandes hombres—Shakespeare en New-Place—Cervantes en el prólogo del D. Quijote—Washington—Napoleón el 13 de Noviembre de 1819.

Está en nuestra naturaleza el no apreciar en su justo valor los bienes que poseemos y el exagerarnos el valor de los que nos faltan; tendencia desgraciada que hace que pocos estén conformes con el destino que les ha tocado. El hombre de las ciudades suspira por la libertad, el espacio y los horizontes del campo. El hombre del campo suspira por el movimiento, los goces y los placeres de las ciudades. Esa inquietud del espíritu, esa aspiración contínua hácia lo que no se tiene es probablemente uno de los resortes más poderosos del progreso, pero no es ciertamente uno de los elementos de la felicidad. «El hombre feliz, si existe en alguna parte, lo que me guardaré bien de afirmar, dice Nodier, es aquel que toma el tiempo como viene y se contenta con la posición en que lo hizo nacer la Providencia.»

Y, sin embargo, no obstante esa escasez de hombres felices, tan justamente señalada por el espiritual crítico que acabamos de citar, los elementos de felicidad no faltan; la Providencia los ha derramado en los campos y en las ciudades; en el trabajo físico que fortalece el cuerpo y en el trabajo intelectual que eleva el espíritu, y todos poseemos algunos, muchos á veces, pero casi siempre estérilmente para nuestra propia felicidad por no darnos cuenta de su valor. Para disipar esa ignorancia que se opone á nuestra dicha, conviene, pues, estudiar los elementos de felicidad que tenemos á nuestro alcance, y en estas páginas trataremos de indicar y analizar los que rodean al hombre de campo.

Notamos primeramente que la vida del campo satisface una de las principales y más nobles aspiraciones del alma: la independencia. En la vida de las ciudades el comerciante depende de la buena voluntad de sus favorecedores, el empleado de la de sus superiores; el hombre de campo no depende sinó de los elementos: de la lluvia que hace brotar los pastos y las plantas, y del sol que los sazona y los madura.

Si examinamos la importancia del papel que desempeña en la sociedad, encontramos que es el más importante de todos y el único indispensable. Porque la humanidad podría subsistir sin artes, sin ciencias y hasta sin industrias, pero no sin alimentos y todas las materias alimenticias son producidas por los hombres de la campaña, salvo el pescado que figura en una proporción muy mínima en la alimentación general: el estanciero produce las carnes, el chacarero produce los cereales y las legumbres.

Nuestra primera investigación nos ha hecho reconocer inmediatamente que el hombre de campo tiene en su lote de los favores de la Providencia la independencia, esa eterna aspiración de las almas libres, y la importancia del papel social que atrae la consideración de los demás miembros de la comunidad. ¿Por qué desea entonces á menudo cambiar su independencia por la servidumbre, su papel principal por un papel secundario? Es que no se dá cuenta de su posición y mucho ménos todavía de las posiciones que ambiciona.

Las apariencias engañan frecuentemente. El movimiento vertiginoso de las grandes ciudades, sus placeres ruidosos, no son siempre la exuberancia de la alegría que rebosa, como se presentan á la mirada inesperta del habitante de la campaña. Son también muchas veces el remedio con el cual la desgracia trata de adormecer sus dolores; y muchos son los convidados que piden á esas fiestas lujosas, no el placer, sinó el olvido, momentáneo siquiera, de sus sufrimientos. Qué bien les vendría á esos heridos del combate de la vida la serenidad de los campos, la sombra de los árboles y la frescura del arroyo que baña en su curso las ramas inclinadas de los sauces! Pero el mecanismo complicado de la sociedad moderna, tan inflexible como el mecanismo de sus mismas máquinas, los detiene entre sus engranajes; no puede abandonar la plaza y tienen que morir sobre la brecha.

Contrastes de la vida! cuántas veces al cruzarse en las calles de Buenos Aires, el hombre del campo y el hombre de la ciudad, habrán envidiado mútuamente su destino: el hombre de la ciudad personificando para el hombre de campo la variedad de los espectáculos, de las distracciones, de los placeres que le faltan, y el hombre de campo personificando para el hombre de la ciudad la tranquilidad y la independencia que tanto necesita!

Sin embargo, si el hombre de campo pudiese penetrar en el interior de esas posiciones que envidia, si pudiese contemplar de cerca la existencia febril de las ciudades que absorben por entero el trabajo diario y las exigencias sociales, sin dejar un momento para la familia ni para la reflexión siquiera, como lo notaba hace poco un pensador ilustre, retrocedería asustado y apreciaría entonces en su justo valor su tranquilidad y su independencia inestimable.

Ese prestigio de las ciudades, ilusión de óptica producida por la ignorancia de los que seduce, es real, sin embargo, y atrae contínuamente con su fascinación numerosos habitantes de la campaña que abandonan la felicidad para asir su sombra.

Los ferro-carriles, facilitando las comunicaciones, han contribuido mucho á ese resultado. Con pocos gastos se puede visitar la ciudad y después ir á habitarla. Este hecho se produce hoy en todos los países. Los campos se despueblan en cierta medida, y con la emigración de la campaña se forman esas ciudades, desconocidas antes, y que son el hecho culminante de nuestra época. En 1881 Londres contaba 3.814,571 habitantes; los publicistas ingleses avalúan hoy su población en 5.000,000 de almas. En 1881 París tenia 2.269,023 habitantes y su población debe haber seguido poco más ó ménos el aumento de la de Londres. Como punto de comparación recordaremos que el censo de 1882 ha dado 2.942,000 habitantes para la República Argentina.

Ninguna otra ciudad ha crecido en una proporción sensible durante el último período, ni en Inglaterra, ni en Francia, y en esos dos países se nota la emigración constante de las campañas para las ciudades. Las cosas van tomando igualmente ese rumbo entre nosotros. El prodigioso desarrollo de Buenos Aires no es debido únicamente á la emigración europea, pues nuestras provincias proporcionan también sus contingentes. En la provincia de Buenos Aires, pocos son los pueblos que no tengan ausentes, y su número aumenta á cada año. En cuanto al adelanto de estos pueblos se nota el mismo fenómeno que en Europa, salvo los puertos, casi todos permanecen estacionarios. Al cabo de medio siglo de esplotación los ferro-carriles han venido á producir un resultado que nadie esperaba: concentrar todo el adelanto del país en la Capital. Esto es lo que ha hecho decir que las naciones modernas están amenazadas de una hipertrofia al corazón.

El abandono de la campaña por las ciudades es un mal nacional por que, como lo dice muy exactamente Washington, la agricultura es la base más sólida de la nacionalidad; el que cultiva la tierra con amor, sabrá defenderla con coraje, pues es la tierra la madre que lo alimenta.

Si la emigración de las campañas para las ciudades es un mal nacional, no puede decirse que sea siquiera un bien para los individuos.

Para los más, después de disipados los atractivos de la novedad, pronto se ofrecen las dificultades de la vida real en un centro nuevo y desconocido. Muchos desearían volverse atrás, pero la vergüenza detiene á algunos, y los más han perdido la posición que antes ocupaban ó la costumbre del trabajo que hacían. El emigrante que tome el ferro-carril ó el trasatlántico, como Cortés, quema sus naves y, planta arrancada, arraiga penosamente en el suelo nuevo echando siempre de ménos el suelo natal. Feliz todavia si no busca en el vicio un aturdimiento á sus penas, en cuyo caso la campaña ha perdido un ciudadano útil y la ciudad ha adquirido un atorrante más.

Pero es sobre todo para la constitución de la familia y su desarrollo que la vida del campo ofrece una ventaja inmensa sobre la vida de la ciudad, y esa ventaja basta para constituirle una superioridad incontestable, por la importancia del papel que desempeña la familia en la sociedad y la felicidad de sus miembros.

La vida de la campaña favorece por su aislamiento la formación de la familia, pues, no teniendo las distracciones estériles del club y del teatro, el hombre necesita poblar su hogar y tomar una compañera de su vida. Más tarde, la estensión, el espacio sonrien á la nueva familia. Por numerosos que sean los hijos, hay lugar y subsistencia para todos y nunca alcanzarán á poblar el campo paterno. Nuestros establecimientos rurales no se pueblan con una familia; los más tienen el área suficiente para una colonia.

No sucede lo mismo en las ciudades. Muchas veces el joven tiene que comprimir los latidos de su corazón, ó aguardar largos años á que su posición haya mejorado para poder contraer los cargos de la familia. Durante esos años de espera y de sufrimiento la esperanza va menguando, y muchas veces llega un día en que esa primera inclinación, la más profunda de todas, se apaga como la llama á la cual le falta el alimento. Otras veces, el jóven busca en las disipaciones el olvido de sus pesares y concluye por acostumbrarse á ese nuevo género de vida; feliz todavía si la naturaleza contrariada, volviendo á cobrar sus derechos más tarde, no lo lleva al altar á una edad en la cual eran hijos los que al altar debía conducir. Por una serie de efectos de la aglomeración, repercutiéndose al infinito, todo ha venido á ser artificial en las grandes ciudades; sus horizontes de edificios, la luz que alumbra sus noches, todo, hasta la misma vida privada de sus habitantes.

El hombre de campo puede tener constantemente sus hijos á su lado; puede ser su maestro enseñándoles su oficio, y hacerlos trabajar á la par suya mientras los años se lo permitan; verlos sucederle más tarde cuando las fuerzas lleguen á faltarle, y morir en fin, en los brazos de esos séres queridos, sin que nada lo haya nunca separado de ellos.

Muy distinto es el destino del hombre de la ciudad. Con las modificaciones incesantes de la industria y de la vida moderna, acontece rara vez que su oficio ofrezca un porvenir ventajoso ó admita nuevos brazos, y, las más de las veces, tiene que hacer adoptar otra industria ú otra profesión á sus hijos, y separarse de ellos á su entrada en la vida, puede decirse, para ponerlos en aprendizaje en otra parte.

No quisiéramos que esas ventajas serias que constatamos en la vida del campo, comparada con la vida de la ciudad, hiciesen pensar al lector que presentamos sistemáticamente la vida de las ciudades bajo una faz poco favorable para hacer resaltar mejor las ventajas de la vida campestre. Le rogamos recuerde que hemos dicho al empezar que, según nuestro modo de ver, los elementos de felicidad no faltan al hombre y que la providencia los ha derramado en los campos y en las ciudades; en el trabajo físico fortalece el cuerpo y el trabajo intelectual que eleva el espíritu. Si nuestra tarea fuese señalar y analizar los elementos de felicidad que ofrecen las ciudades hablaríamos de sus bibliotecas, de sus museos, de sus jardines, de sus monumentos, de sus centros intelectuales, academias, institutos, aulas, etc., y de ese movimiento social admirable é incesante que alumbra la prensa y conduce la humanidad hacia sus destinos, gloria del espíritu humano que no tiene ni puede tener la campaña. Pero eso no es nuestro objeto, pues nos hemos propuesto en estas páginas indicar y analizar los elementos de felicidad que rodean al hombre del campo.

Todos los escritores que han estudiado el corazón humano nos muestran al hombre de alguna superioridad que goce de una fortuna independiente, llegado á la edad madura, en toda la plenitud de su inteligencia y con la esperiencia completa del mundo, dejando la ciudad que había ofrecido algún atractivo á su juventud para ir á establecerse en el campo. La inutilidad de la comedia humana lo ha causado, y necesita algo más serio para sus contemplaciones y sus meditaciones. Si este hecho no se produce entre nosotros, es preciso atribuirlo únicamente al estado de atraso de nuestra campaña que ofrece pocos encantos naturales, y que no se ha tratado de embellecer hasta hoy.

El amor de los grandes hombres por el campo es muy conocido, y si hubiera de citarse todos los que han tenido esa pasión, sería preciso emprender la biografía de todos; sin embargo, citaremos algunos para concluir este capítulo.

Shakespeare, el gran poeta inglés, gustaba mucho de las plantas y de los árboles. En los últimos años de su vida había hecho construir en Stratford sobre el Avon, la aldea donde nació, una casa con jardín, que llamó New-Place y donde plantó la primera morera que haya tenido Stratford.

En 1613 se estableció definitivamente en su quinta de New-Place y allí el genio poderoso que había entrevisto en sus visiones terribles á Hamlet, Macbetth, el Rey Lear, Otello, esos huracanes de pasiones y de crímenes, olvidó á Londres y al teatro, entregado al cultivo de sus flores.

Fué en medio de esa ocupación que le sorprendió la muerte el 23 de Abril de 1616.

Esa fecha, 23 de Abril de 1616, hace meditar. Fué ese mismo día que murió también Miguel de Cervantes Saavedra.

El caballeresco y simpático autor de Don Quijote fué constantemente demasiado pobre para poder seguir su gusto, pero en el prólogo de su libro inmortal nos dá su opinión sobre el campo y los efectos que produce sobre la inspiración.

«El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las Musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo, que le colmen de maravilla y de contento.» (Prólogo del Don Quijote.)

Durante sus campañas por la independencia de su país y en medio de sus tareas administrativas para afianzarla, el ilustre Washington miraba siempre su estancia de Monte-Vernon como el navegante mira el faro que señala el puerto. Concluida la guerra de la Independencia, llega y escribe:

«La víspera de Navidad á la tarde, las puertas de esta casa han visto entrar un hombre con nueve años más que cuando la dejó....... Empiezo á sentirme contento y aliviado de toda atención pública..... Espero pasar el resto de mis días cultivando relaciones con la gente de bien, y practicando las virtudes domésticas... La vida de agricultor, es la más deliciosa de todas. Es honorable, entretenida, y, teniendo juicio, es lucrativa.»

Pero poco después es nombrado Presidente y escribe:

«Hoy 16 de Abril de 1789 á las diez, me he despedido de Monte-Vernon, de la vida privada, de la felicidad doméstica, y con el corazón oprimido por sentimientos tan dolorosos que no puedo expresarlos, he salido para New-York, decidido á servir á mi país, puesto que me ha llamado, pero con poca esperanza de satisfacer su anhelo.»

Al cabo de dos presidencias consecutivas vuelve definitivamente á Monte-Vernon, después de haber dirigido á sus compatriotas esa admirable despedida que el pueblo norte-americano recordará siempre con enternecimiento, y de la cual extractamos el párrafo siguiente:

«Aunque al recorrer los actos de mi administración no recuerde ninguna falta intencional, tengo una conciencia tan profunda de mis defectos, que no puedo desconocer que debo haber cometido muchas faltas. Cualquiera que ellas sean, pido fervorosamente al Todopoderoso aparte y disipe los males que puedan ocasionar. Llevo también conmigo la esperanza de que mi país no dejará nunca de mirarlas con indulgencia, y que después de cuarenta y cinco años de una vida consagrada á servirlo con celo y rectitud, las faltas de importancia secundaria caerán en el olvido, como caeré yo mismo bien pronto en las moradas del descanso.»


Es digno de notarse también que el desterrado, el hombre que la ola de los acontecimientos ha arrojado fuera de su patria, invoca el recuerdo de su país en su hora postrera y vuélvelo á ver casi siempre bajo el aspecto de sus campos, de su aire, de sus costas, y no de sus ciudades.

«Noviembre 13 de 1819—La noche ha sido buena. Acompaño al Emperador en el jardín. Está débil, se sienta, mira á derecha é izquierda y me dice con expresión pesarosa:—Ah! doctor ¿dónde está la Francia? ¿dónde su clima alegre? Si pudiese contemplarla todavía! Si pudiese respirar siquiera un poco de aire que hubiese rozado ese país afortunado! Qué específico es el suelo que nos ha visto nacer! Anteo recobraba fuerzas tocando la tierra; ese prodigio se renovaría para mí: lo siento, reviviría si divisase nuestras costas.» Antommarchi. Los últimos momentos de Napoleón.)

El prodigio de Anteo no debía renovarse para el héroe; el 15 de Abril de 1822 escribía:

«1º Muero en la religión apostólica y romana en el seno de la cual he nacido van más de cincuenta años.

«2º Deseo que mis cenizas descansen sobre las riberas del Sena, en medio de ese pueblo francés que he querido tanto.»


Y el 5 de Mayo, el sicario de la oligarquía inglesa apuntaba en sus «Memorias»: «Fué el 5 de Mayo de 1821, al estampido de los cañones del fuerte de Santa Elena anunciando la puesta del sol, que murió el más grande hombre de guerra de los tiempos modernos.»


CAPÍTULO II


RESULTADO DE LOS VICIOS EN EL CAMPO



La independencia que goza el hombre en el campo se pierde con contraer deudas.—Las nuevas costumbres; su resultado para el presupuesto de las familias.—El lujo es mas peligroso en la campaña que en la ciudad.—Modo de vivir de nuestros padres.—Valor de nuestros productos en 1857.—Invasión del alcoholismo en el campo.—Régimen de los pueblos que viven entre los 22º y 39º de latitud.—Los europeos y las bebidas fermentadas.—Influencia de la sobriedad de nuestros padres sobre la longevidad.—Modo de procurarse el pan mas barato.—Necesidad de una huerta en las estancías.—Del juego, sus víctimas y sus resultados.—El trabajo es la única fuente de la prosperidad.—La reina de Inglaterra en Balmoral.


Hemos reconocido en el capítulo anterior, que el hombre de campo posee naturalmente la independencia, la libertad y la tranquilidad: debe, pues, contraer todos sus esfuerzos á conservar esos bienes preciosos que una imprudencia puede arrebatarle. El hombre que debe, por ejemplo, ha perdido algo de su independencia y de su libertad, según el carácter de su deuda y sus acreedores, y casi siempre pierde también su tranquilidad.

Todos están de acuerdo en reconocer que uno de los principales medios de ser feliz, en el campo como en la ciudad, es saber limitar sus necesidades y sus deseos. Sin embargo, pocos son los que ponen en práctica ese principio, y nuestra época parece más bien obedecer á una corriente completamente opuesta. La inmigración europea nos ha traido nuevas costumbres y nuevas necesidades que hemos añadido á nuestras costumbres y á nuestras necesidades sin que, sin embargo, nuestras entradas hayan aumentado. De ahí una falta de equilibrio en el presupuesto de muchas familias que han pasado por apuros de dinero y pedidos de firmas, ellas, que antes vivían felices con las costumbres antiguas y no habían nunca pedido nada á nadie, ellas han venido con esos gastos inconsiderados á enagenar su independencia y á perder su tranquilidad.

Las naturalezas nobles se conservan honradas pasando por estas pruebas, pero otras muchas, en medio de esos compromisos, pierden la delicadeza y la honradez de sus padres, y van acostumbrándose á dejarse cobrar y á no pagar. Si se notan muchos adelantos de la civilización en nuestra campaña, desgraciadamente se nota también el envilecimiento de los caracteres. La palabra de nuestros antiguos paisanos valía tanto como una firma; hoy sucede con muchos que para tener alguna seguridad, se precisa no sólamente la firma sinó también testigos.

En el capítulo anterior hemos hecho resaltar la pesadez de la cadena de la vida de las ciudades, pero si se importan sus costumbres en la campaña acarrearán los mismos resultados. El lujo, el bienestar llevado más allá de los recursos, absorberán las entradas y después de haber sufragado lo supérfluo no quedará nada para lo necesario.

Hay más; el lujo, los gastos inútiles, son más peligrosos en la campaña que en la ciudad. En la ciudad, los hombres enérgicos que han visto aumentar los gastos de su casa por haberla puesto en un pié más costoso, por un motivo ú otro, pueden á veces hacer frente á esos nuevos gastos. Los trabajadores, que componen la inmensa mayoría, pueden consagrar algunas horas más al trabajo de las que antes dedicaban al club ó al descanso; el empleado puede, después de cerrada la oficina, invertir algunas horas en dar lecciones ó en llevar los libros de alguna casa de comercio, etc. El hombre de campo no puede aumentar sus entradas, aunque esté muy dispuesto á sacrificarse para lograrlo. Es preciso añadir también que el comerciante conoce poco más ó ménos sus entradas, que el empleado conoce exactamente su sueldo y que el hombre de campo no puede saber nunca cual será el resultado del año. Es el reverso de la medalla. Está libre, no depende sinó de los elementos, pero los elementos son tan inconstantes como los hombres. De ahí resulta para él, más que otro ninguno, la obligación de ser muy prudente.

Y, sin embargo, no es la prudencia la que nos ha guiado al reformar de un modo tan radical el sistema de vida de nuestros padres. Ellos vestían sencilla y uniformemente, librándose del tributo de la moda, y parte de la ropa, ponchos, caronas, etc. la tejía la misma familia. No tomaban vino ni licores; no comían pan ni legumbres, de modo que no tenían casi nada que comprar fuera de su casa. Y, sin embargo, salvo los campos que han aumentado de valor de un modo prodigioso y han venido así á salvar á muchos de una ruina segura, los frutos del país, haciendas, cueros, lanas, no han aumentado de valor entre nosotros de 30 años á esta parte, cuando existían todavía las costumbres que acabamos de bosquejar.

En Enero de 1857, cuando nos establecimos en el campo, pagamos á 31 pesos moneda corriente las ovejas regulares de entonces, que serían clasificadas muy ordinarias hoy, y pagamos 60 pesos moneda corriente quinientas ovejas á sacar de la pata, sin elegir, es decir, sin voltear, de una majada buena pero sin sangre. Un estanciero irlandés que nos ayudó con los consejos de su experiencia en esta circunstancia vendió entonces la lana de sus borregas en 120 pesos moneda corriente la arroba, según nos lo dijo. Ni las ovejas ni la lana alcanzan hoy estos precios, teniendo en cuenta sobre todo que la diferencia entre el oro y el papel era muy poca en 1857, si recordamos bien.

De modo que es gozando siempre de la misma renta, que hemos llegado á aumentar nuestros gastos de una manera considerable. Y, sin embargo, la civilización, por poderosos que sean sus medios de acción, no puede impedir que si se saca seis de cuatro quedará lo que los algebristas llaman ménos dos; y que aquel que gasta 6,000 nacionales anualmente, si tiene sólamente 4,000 nacionales de entradas, deberá 2,000 nacionales al fin del año.

Recordando el modo de vivir de nuestros padres, hemos dicho que no tomaban vino ni licores. No se dirá ciertamente que hemos ganado con el cambio. Hoy nuestra campaña está minada por el alcoholismo. La invasión del mal es tal que los pocos hombres sobrios que quedan se avergüenzan de su sobriedad. Hace poco tiempo conversábamos con un paisano, padre de familia, trabajador y muy apreciable, que nos decía: «A mi no me gusta ningún licor, hasta me repugnan, pero tengo que tomar cuando me encuentro con otros, porque me dá vergüenza. Hoy todos toman, y si uno no toma dicen que es de miserable, ó que es ridículo.» Le aconsejamos dijera á los que le convidasen á tomar que el médico le había prohibido toda clase de bebidas. Se vé que para los amigos de este buen hombre la civilización tiene por emblema el ajenjo ó el bitter.

El alcoholismo es la principal causa de los dramas que ocurren diariamente en las familias y en las pulperías; cada uno puede interrogar sus recuerdos ó recorrer los diarios; sobre cien de esos crímenes que espantan, más de ochenta de los criminales, estaban ébrios ó bajo la influencia febril del delirium tremens, fatal resultado del alcoholismo. Para aquellos mismos que no ultrapasan los límites de la moderación, el uso del vino y de los licores es perjudicial porque los recibimos horriblemente falsificados. Teniendo en cuenta nuestra latitud, la ciencia y la experiencia prueban que el régimen que más nos conviene es el agua y algún estimulante como el café, el té ó el mate. El mate amargo es el mejor de los tres, particularmente en los grandes calores y en los trabajos fuertes del verano, para combatir la sed y estimular al organismo debilitado.

La parte poblada hasta hoy de la República Argentina se extiende, puede decirse, desde los 22 grados hasta los 39 grados de latitud Sud, es decir desde la punta Norte del Chaco hasta Bahía Blanca. La zona comprendida entre el 22º y el 39º de latitud abarca en el hemisferio Norte los paises siguientes: la Andalucía, la Sicilia, Marruecos, la Argelia, Tunez, Trípoli, Fez, el Ejipto, el Sud de la Turquía y el Norte de la Arabia. Los habitantes de todos estos paises, salvo la Andalucía y la Sicilia, no toman vino ni licores, su religión se lo prohibe; toman agua y como estimulante el café. En el Asia, los pueblos que ocupan la zona comprendida entre el paralelo 22 y el 39, persas, afganes, indios, chinos, etc., no toman licores tampoco, toman agua y como estimulante el té.

De modo que todos los pueblos que habitan la misma latitud que nosotros siguen el mismo régimen que seguían nuestros padres, y no toman vinos ni licores.

En cuanto á los europeos que vemos acostumbrados á las bebidas alcohólicas, el caso es distinto. Son habitantes de paises más frios que el nuestro, donde esas bebidas son hasta cierto punto útiles según se dice. La región más templada produce el vino, la que la sigue produce la sidra, que se hace con las manzanas y las peras, y la región más fria produce la cerveza.

Como acabamos de decirlo, las bebidas fermentadas tienen cierta utilidad en estos paises frios de que carecen en el nuestro, y si examinamos su uso bajo el punto de vista económico encontramos también una grán diferencia. El paisano europeo, después de fabricar el vino, vuelve á echar agua sobre el orujo y obtiene un vino liviano que no podría vender, pero que no le cuesta nada y le sirve para el consumo de la casa. Con la sidra no se puede emplear el mismo procedimiento, pero es bebida tan barata que la que se consume en la casa no recarga sensiblemente el presupuesto del chacarero. Su valor en los paises de producción puede calcularse en 10 nacionales la pipa. En el verano de 1835 hubo una grán seca en Bretaña y en varios puntos se cambiaron pipas de sidra por pipas de agua.

Hay otra razón también que hace usar á los europeos las bebidas fermentadas en las comidas: es que las consideren como alimenticias, y la experiencia ha venido á confirmar plenamente esa opinión. Con motivo de los daños hechos por la filoxera, insecto importado hace poco de Norte-América á Europa, donde ha destruido ya la mayor parte de los viñedos, el vino ha subido mucho de precio. Por economía lo suprimieron en varios colegios, fábricas, etc. y en cuanto se hubo suprimido el vino en las comidas, el consumo del pan aumentó sensiblemente.

El paisano europeo habita, pues, un país más frio que el nuestro y en el cual las bebidas fermentadas pueden tener su utilidad. Esas bebidas las fabrica él mismo y por lo tanto las consigue libres de drogas y, puede decirse, sin que le cuesten nada. Nosotros habitamos un país en que las bebidas fermentadas no son necesarias á la salud, como lo prueba el ejemplo de nuestros padres y el de todos los pueblos que habitan la misma latitud; y no sólo nos llegan recargadas con todas esas drogas perniciosas, con las cuales el utilitarismo moderno no tiene reparo en adulterar las materias alimenticias, sino que, asimismo, vienen á salir muy caras en las estancias y más todavía en el menudeo de las pulperías. Luego, pues, deben borrarse del presupuesto de las familias.

Un hecho conocido de todos los que habitan la campaña y que prueba evidentemente la superioridad del régimen de nuestros padres sobre el nuestro, en cuanto á la salud, es que los más de los ancianos que conocemos han conducido al cementerio á sus hijos y nietos que habían adoptado el uso de las bebidas. A muchos no les queda ningún descendiente. La intemperancia, cual un huracan irresistible, ha volteado todos los retoños alrededor del anciano sobrio.

Hemos dicho también que nuestros padres no comían pan ni legumbres. Ese cambio de costumbres es ciertamente más digno de interés que el cambio del agua por las bebidas fermentadas, así es que no debe por ningún concepto tratarse de suprimirse; pero creemos que se podría mejorarlo.

Hemos explicado de cómo los chacareros europeos toman vino y sidra sin que les cueste nada, puede decirse; su costumbre de comer pan y legumbres es dictada también por la economía, porque allá el pan y las legumbres cuestan mucho más barato que la carne. En los campos de Europa hay molinos á cortas distancias unos de otros: los hay movidos por el viento, por el agua y por el vapor. El chacarero, después de la cosecha, guarda la provisión de trigo necesaria para su familia y vende lo demás. De cuando en cuando lleva algunas bolsas de trigo al molino más cercano, el cual la muele en su presencia por un precio módico. El chacarero vuelve á su casa con la harina y el afrecho que ha producido el trigo; su familia amasa la harina y hace el pan. Se vé que el chacarero ha sembrado y recogido el trigo, que por una indemnización insignificante lo ha hecho convertir en harina, y que su misma familia convierte la harina en pan.

Hemos conocido en los pueblos de nuestra campaña hasta familias ricas de extranjeros que amasaban ellas mismas su pan, después de haberse enriquecido. Nos decían que no sólo lo que gana indemniza el trabajo, sino que además el pan que amasaban les gustaba más que el de las panaderías.

Ese procedimiento es muy distinto del nuestro. Nosotros pagamos tributo al chacarero, al molinero, al panadero, y muchas veces al repartidor. Nuestros paisanos, particularmente los que tienen una familia numerosa, realizarían una economía importante haciendo el pan en su propia casa. La cosa es fácil, siguiendo para los primeros ensayos las indicaciones de los extranjeros que observan este sistema.

El consumo de las legumbres pertenece al mismo orden de hechos, pues la variedad en la alimentación es no sólamente más agradable sino también más sana, y en una casa donde se consume pan y legumbres, se consume menos carne.

Pero si se puede realizar algunas economías en el consumo del pan, modificando el modo de proporcionárselo, muchas mayores todavía podríamos realizar con las legumbres. Efectivamente, sólo los que no han viajado pueden no comprender todo lo que hay de anómalo, de increible, en la conducta de un hombre que teniendo centenares y á veces miles de cuadras de terreno compra afuera la legumbre que precisa en su casa.

Sin duda que aquí tenemos las hormigas, los bichos moros y las secas que no tiene el hortelano europeo, pero asimismo, con un poco de perseverancia, los más de los años se logra ampliamente lo que puede precisar un establecimiento. En Europa los hombres cultivan la chacra y las mujeres y los niños cultivan la huerta. La huerta es un excelente campo de ejercicio para una familia laboriosa, un excelente terreno de estudio para los niños, que deban ser un día estancieros ó chacareros; allí estudian prácticamente, haciendo una gimnasia saludable y acostumbrándose al trabajo, al cultivo de las plantas, á observar sus varios modos de vegetar, de reproducirse, y los varios cuidados que requieren. Un establecimiento de campo que no tiene una huerta es un establecimiento incompleto.

Como se vé, por los datos que acabamos de exponer, la población rural europea usa las bebidas fermentadas, que consigue puras y sin gastos, fabricándolas ella misma. Usa el pan y las legumbres porque con su trabajo logra producirlos muy barato, mientras la carne le cuesta un precio exorbitante. Entre nosotros los términos del problema están invertidos. Las bebidas están envenenadas y es muy alto su precio y el pan y las legumbres cuestan más caro que la carne. Pero, como acabamos de explicarlo, con un poco de laboriosidad podríamos procurarnos el pan y las legumbres con pocos gastos. Siguiendo este sistema, nuestra población rural tendría una alimentación mejor que la de ningún otro pueblo.

Hemos hablado del alcoholismo, vicio importado del extranjero que tantas desgracias ocasiona en nuestras campañas; nos queda todavía que hablar de otro vicio, nacional éste, que hace también numerosas víctimas; nos referimos al juego.

Los casos de víctimas del juego en nuestra campaña son tan numerosos y tan deplorables que querer hablar del asunto es cosa de no saber por donde empezar.

¿Quién no tiene alrededor suyo jóvenes ó niños en la indigencia, á cuyos padres ha conocido en la opulencia y cuya fortuna les fué arrebatada por el juego? Sin hablar de esas grandes desgracias, tan comunes sin embargo, el juego hace un mal incalculable en el campo, hasta entre los hombres honrados y sensatos. Si nuestros paisanos, que empiezan á jugar desde su juventud, pudiesen darse cuenta del efecto de los intereses capitalizados, es decir de la proporción en que sube con los años una cantidad de dinero, por mínima que sea, puesta á interés, si al fin de cada año se añade los intereses al capital, reconocerían que los más moderados, al pisar el umbral de la vejez, han perdido ya un capital. Habrán podido con su trabajo sostener su posición, mejorarla quizás, pero no por eso han dejado de perder el capital que indicamos.

El juego, la codicia constante del bien ajeno es una pasión baja y cruel, y lo es hasta en sus mismos triunfos. ¡Cuántas veces, efectivamente, la ganancia se compone del pan de una familia inocente que ha jugado un padre desalmado! En muchas circunstancias, es preciso que aquel que gana lleve el egoismo hasta la ferocidad para que el éco del llanto de las madres y de las criaturas arruinadas no perturbe su sueño.

Nuestros paisanos deben convencerse de que el juego es una pasión perniciosa en su esencia misma, y que, por lo tanto, no puede acarrear sino males, porque nada que no sea perjudicial puede salir de una fuente envenenada.

«Se sabe, generalmente, que el juego es una pasión codiciosa, cuya costumbre es ruinosa; pero esa verdad no ha sido quizás jamás demostrada sinó por una triste experiencia, sobre la cual no se ha reflexionado lo bastante para corregirse por la convicción. Un jugador, cuya fortuna expuesta cada día á los golpes del azar se desmorona poco á poco y se encuentra en fin necesariamente destruida, no atribuye sus pérdidas sinó á ese mismo azar que acusa de injusticia; siente igualmente lo que ha perdido y lo que ha dejado de ganar, la codicia y la falsa esperanza le daban derechos sobre el bien ageno: hállase tan humillado de encontrarse en la necesidad, como afligido de no contar con los medios de satisfacer su avidez y en su desesperación echa la culpa á su estrella desgraciada; no se imagina que esa potencia ciega, la fortuna del juego, camina con paso indiferente é incierto, es verdad, pero que á cada paso tiende, sin embargo, á un objeto, y se dirige á un término fijo, que es la ruina de los que la tientan. No vé que la indiferencia aparente que tiene para el bien y para el mal, produce con el tiempo la necesidad del mal; que una larga serie de azares es una cadena fatal, cuya prolongación trae la desgracia; no comprende que independientemente del impuesto pesado de los naipes, y del impuesto más pesado todavía que ha pagado á la bribonada de algunos adversarios, se ha pasado la vida en hacer convenciones ruinosas; y que, en fin, el juego, por su naturaleza misma, es un contrato perjudicial á cada contratante en particular, y contrario al bien de toda sociedad...»

«En el juego, en general, en el juego el más igual, y de consiguiente el más honesto, se encuentra una esencia viciosa, y bajo el nombre de juego, comprendo hasta las convenciones, hasta las apuestas donde el hombre espone al azar una parte de sus bienes, para conseguir igual parte del bien ageno; y digo que en general, el juego es un pacto mal comprendido, un contrato desventajoso para las dos partes, pues su efecto es hacer la pérdida siempre mayor que la ganancia, y quitar al bien para añadir al mal...»

«Si á dos hombres se les ocurriese jugar todo su haber ¿cuál sería el efecto de esa convención? El uno no haría más que duplicar su fortuna, y el otro reduciría la suya á cero; ¿qué proporción, pues, hay aquí entre la pérdida y la ganancia? La misma que entre todo y nada; la ganancia de uno no pasa de una cantidad bastante módica, y la pérdida del otro es numéricamente infinita, y moralmente tan grande, que el trabajo de toda su vida no bastará quizás para volver á ganar su haber.»

«La pérdida es infinitamente más grande que la ganancia, cuando se juega todo el haber... En una palabra, en cualquiera pequeña porción de fortuna que se arriesgue al juego, hay siempre más pérdida que ganancia. De modo que el pacto del juego es un contrato vicioso y que tiende á la ruina de los dos contratantes.» (Buffon, Ensayo de Aritmética Moral.)

Es, pues, del trabajo, y del trabajo únicamente, que el hombre debe esperar la mejora de su posición. La ganancia del trabajo, léjos de dejar los remordimientos que deja la ganancia del juego, llena el alma de satisfacción y ennoblece al hombre, mientras que la del juego lo envilece y lo deshonra.

El trabajo tiene la propiedad de labrar su propia recompensa, además se encuentra muchas veces recompensado indirectamente por el respeto y la simpatía que inspira, y á veces lo es también de un modo que puede llamarse providencial. A este respecto no podemos resistir el placer de relatar una anécdota que los diarios publicaron, van unos cuantos años ya:

«La reina de Inglaterra acababa de llegar á su castillo de Balmoral, á donde pasa casi todos los años algunos meses del verano, habiendo salido á dar una vuelta á pié por el campo, acompañada de algunas de sus damas de honor; la comitiva real encontró una mujer anciana que sacaba de la tierra algunas papas, en una huerta situada á orillas del camino; la reina se detuvo entonces y la preguntó á la anciana porqué trabajaba así sola.

—«Que le he de hacer, señora, contestó la viejecita, todos esos locos y esas locas han dejado el trabajo para ir á ver á la reina que debe llegar hoy.»

—«¿Y por qué no ha ido Vd. también á ver á la reina?»

—«Ir á ver á la reina! con eso no le había de comprar pan á mi pobre viejo que está en cama van más de seis meses!»

—«Pues bien, cuando los otros vuelvan, Vd. les dirá que ellos han ido á ver la reina y que la reina ha venido á verla á Vd., porque yo soy la reina.»

Y en seguida ordenó á sus damas de honor que entregaran á la anciana el dinero que llevasen.»


CAPÍTULO III


LA FAMILIA EN EL CAMPO



El alcoholismo y el juego se oponen á la formación de la familia.—Uniones irregulares; sus consecuencias desgraciadas.—Padres de familia que el juego arrastra fuera de su casa.—Deberes de los padres de familia.—Necesidad del trabajo en nuestra época.—La mujer argentina.—Reflexiones sobre la moda.—Lo que debe entenderse por civilización.—Necesidad del ahorro en las familias.—Preparación de los alimentos.—Las hijas de los oficiales de la Legión de Honor en su colegio de Paris.—Papel de la madre de familia; su importancia.—El crédito en el campo; sus ventajas.—Un apólogo de Esopo.—Peligros que encierra el abuso del crédito.—Los mas ricos no son los más felices.—El hombre sin camisa.


Hemos visto en el capítulo primero que la vida del campo favorece la formación y el desarrollo de la familia. Pero, del mismo modo que hemos reconocido que el hombre de campo posee naturalmente la independencia más puede fácilmente perderla, notamos también que esos goces de la familia, con que lo favorece la Providencia con tanta liberalidad, pueden ser por culpa suya una fruta que no llevará á sus lábios ó se le tornará una fruta amarga.

Los jóvenes que se entregan al alcoholismo y á los naipes llevan una vida ficticia; absórbelos la sobreexcitación alcohólica y la fiebre del juego, y, felizmente, las más de las veces no piensan en casarse. Los favores de la Providencia han sido para ellos una fruta que no han saboreado y de ellos puede decirse que han errado la vida, según la enérgica expresión de la señora de Staël para designar á los que no han amado.

Para que la familia sea feliz una vez fundada con arreglo á las leyes religiosas y sociales, es preciso que reine la unión entre sus miembros y ese resultado se consigue sólamente cuando cada uno cumple con sus obligaciones. En el cumplimiento de las obligaciones, el que debe dar el ejemplo es el que manda. Desgraciadamente sucede con frecuencia que éste se vale de su independencia para exonerarse de los deberes que incumben á su posición.

Para que el amor, la amistad sean duraderos, es preciso que tengan por base el aprecio y ¿qué aprecio puede tenerse para los que no cumplen con sus deberes? ¿Cómo puede esperar el hombre que prefiere la sociedad de las pulperías, á donde pasa todos sus ratos desocupados, á la sociedad de su mujer y de sus hijos, que aquellos tengan para él los mismos sentimientos que si lo viesen buscar entre ellos el descanso de sus trabajos?

Por eso es que vemos tantas familias en decadencia. Queda á veces todavía algo de la impulsión primera; queda todavía una especie de costumbre muy debilitada de las ocupaciones; pero el amor, el aprecio de los primeros días, la efusión de las almas unidas en una misma aspiración, que hacía el trabajo tan agradable y tan productivo, han desaparecido para siempre. A todos estos bienes, el marido ha preferido la compañía innoble de algunos perdidos, con los cuales bebe ó juega en las pulperías el pan de su mujer y de sus hijos! Este hombre tenía un Edén en su casa y lo ha convertido en una Geheuna!!

Si el que manda debe dar el ejemplo del cumplimiento de las obligaciones, ese deber es más imperioso, más sagrado para un padre. ¿Cómo puede recomendar á sus hijos la sobriedad y el ahorro cuando lo ven entregado á la intemperancia ó al juego? El padre de familia que se deja arrastrar por el vicio, no sólamente arruina su propia casa, sino que prepara también la ruina de sus hijos. Les ha dado el ejemplo y saldrán viciosos como él, pues cuando el vicio dirige una casa pronto viene la ruina á cerrarla. Esa perspectiva horrorosa é inevitable debería hacer reflexionar á los padres de familia que olvidan sus deberes y detener sobre la fatal pendiente á aquellos que sienten todavía latir algo bajo su tetilla izquierda.

La naturaleza ha dado al hombre la fuerza y el valor para atender con su trabajo ó su dirección, segun su estado de fortuna, las necesidades de la familia. Dando el ejemplo de la laboriosidad y de la bondad, conserva el respeto, el agradecimiento y el amor de los suyos, y su casa, provista de todo lo necesario, le proporciona un descanso delicioso en medio de séres queridos y alegres que le deben su felicidad. Y ¡qué contraste el que ofrece la casa encantadora de estos hombres hacendosos con la morada regada de lágrimas de los pilares de pulpería, embrutecidos por la caña ó por los naipes!

Es preciso conocer su época, darse cuenta de sus tendencias y de sus exigencias. Hemos tenido ya la ocasión de señalar en qué proporción han aumentado los gastos entre nosotros de treinta años á esta parte, y no es de esperar que ese movimiento se detenga. Es lícito quizás sentir que se haya producido, pero ello es irresistible y fatal. En semejantes circunstancias no queda más que prepararse á recibir el choque y tratar en lo posible de dirigir y moderar el movimiento.

Cuanto más adelantada está una población, más gastos tiene, de consiguiente más tiene que trabajar para hacer frente á estos gastos. Es evidente que si un trabajador introduce un gasto nuevo en su casa, tendrá que aumentar su trabajo en la misma proporción si quiere conservar el equilibrio que antes tenía su presupuesto. Y ese presupuesto puede presentar dos casos: ó las entradas igualan los gastos ó los superan. En la primera hipótesis, si aumenta sus gastos sin aumentar su trabajo, estará en pérdida y correrá á su ruina; y en la segunda verá desparecer el todo ó parte de sus ahorros. De modo que no es sino con mucha prudencia que se debe introducir gastos nuevos en una casa, porque si cuesta poco introducirlos, cuesta mucho después el sostenerlos particularmente al hombre de campo que no puede aumentar sus entradas sin mucha dificultad, como lo hemos dicho ya.

Resulta también de este estado de cosas, la obligación cada vez más imprescindible del trabajo para un padre de familia; la obligación de enseñar temprano á sus hijos el trabajo y el ahorro, para que un día puedan hacer frente á las necesidades de su época.

Nacionales y extranjeros han celebrado en la mujer argentina su gracia, su elegancia, su energía y su valor en los momentos supremos; y si nosotros lo recordamos es para unir nuestros aplausos á los suyos. En las casas donde entra la ruina, el marido tiene casi siempre la culpa de la desgracia de la familia; pero es preciso reconocer que en la época de transición que atravesamos, la mujer de campo ha venido á quedar sin ocupación, y eso es un mal grave.

Antíguamente ella tejía parte de la ropa de la familia, como hemos tenido ocasión de recordarlo ya, pero la moda ha hecho abandonar esa clase de ropa. Hacía también sus vestidos de un corte uniforme, pero hoy ha adoptado las formas modernas que cambian cada mes, y naturalmente tiene que valerse de personas de los pueblitos que se dedican á ese género de trabajo, y reciben los periódicos técnicos que las ponen al corriente de las innovaciones. Como, por otra parte, no ha entrado todavía á amasar el pan ni á cultivar las legumbres, como lo hacen las extranjeras, aunque hoy se consume pan y legumbres en su casa, sucede que á pesar de tener mucho más gasto que antes, ha quedado más desocupada, y casi puede decirse que sin ocupación ninguna. Hay en estos hechos una anomalía que es de interés vital para ella el hacer cesar cuanto antes.

Hemos dicho, ya que nuestros padres vestían de un modo uniforme, librándose así de la tiranía de la moda, que cambia todos los días sus modelos con gran provecho de los sastres y de las modistas, pero no de las familias. Más ¿qué decir de una costumbre tan pueril, tan extravagante á veces, que arrastra sin embargo en su torbellino á la sociedad entera? Lo más acertado es tomar la cosa por su lado filosófico y pensar que ya que contribuye á uniformar la humanidad, haciéndola vestir del mismo modo en las dos Américas, en Europa, en Australia y en parte del Asia y del Africa, quizás prepara el terreno á la lengua universal y á la fraternidad humana.

Mientras sucedan estas cosas, que ciertamente no alcanzaremos á ver, cada uno debe seguir la moda según sus recursos y no participar de esa emulación insensata que hace que cada una quiera sobrepujar á su vecina y que la que es pobre pretenda igualar á la que es rica. Los periódicos de Paris destinados á las familias, contienen siempre un artículo sobre las modas, y los más las dividen en dos secciones que intitulan así: Modas que deben seguirse y Modas que deben huirse. Se comprende que las modas que deben seguirse son las que se distinguen por su buen gusto y elegancia, y las modas que deben evitarse aquellas que resaltan por su mal gusto y extravagancia. Las madres de familia, á medida que aparecen las modas, deberían también clasificarlas en dos categorías: Modas que deben seguirse y Modas que deben evitarse, y poner en la primera categoría las modas baratas y sencillas, y en la segunda las modas costosas y recargadas. Deben reflexionar en que no hay modo más estéril de emplear el dinero, y que esa fútil innovación ha comprometido y compromete todos los días la tranquilidad de muchas familias en el campo.

Se ha notado que los pueblos nuevos toman generalmente los vicios y los defectos de la civilización, antes de tomar lo que tiene de bueno. Las personas sensatas deben estudiar las innovaciones con que las brinda á la luz de los principios y de su propia conveniencia, y rechazar con firmeza las que no se ajustan á estas reglas, sin temor de ser tachadas de ridículas, calificación que los pobres de espíritu aplican generalmente entre nosotros á las personas sensatas.

La civilización, en su acepción más general, es la aplicación de los progresos incesantes de las ciencias á la mejora moral y material de la humanidad. La industria, apoderándose de los descubrimientos científicos, produce cada día más y mejor, y puede de este modo entregar los artículos necesarios á la vida, perfeccionados y cada vez más al alcance de todos.

Pero el uso de esos nuevos artículos debe tener por regla la que servía para el uso de los antiguos, es decir, los recursos de cada uno. Una excelente institución de la civilización, muy generalizada en las campañas de la Europa, y que no tenemos todavía desgraciadamente en las nuestras, son las cajas de ahorro, aunque nuestros bancos puedan suplirlas. Pero no es haciendo subir los gastos arriba de las entradas que se puede depositar algo al fin del año en las cajas de ahorro ó en los bancos.

Y, sin embargo, el depósito, es decir el ahorro, debe ser el objeto constante de un padre de familia. El año que no se ha depositado algo, por poco que sea, es un año estéril y, mientras tanto, el padre se ha acercado un año más á la vejez y los hijos han crecido y han aumentado quizás. Pero nuestra indolencia es tal, que consideramos como un año bueno el año en que no nos hemos empeñado. Por toda marcha hácia adelante nos contentamos con no ir para atrás. Esa indolencia es una herencia de nuestros padres, pero nuestros padres eran lógicos y nosotros no lo somos, porque ellos no tenían necesidades y no necesitaban hacer ahorros.

Hemos dicho ya que si nuestros paisanos amasasen en su casa el pan necesario á su familia y tuviesen en su establecimiento una huerta para el cultivo de las legumbres, tendrían una alimentación mejor que la de cualquier otro pueblo. Sin embargo, para completar la obra, después de haber aumentado la lista de los alimentos, sería preciso aprender el modo de prepararlos.

Las mujeres del campo, salvo el asado que preparan de un modo superior á cualquier otro, no saben condimentar los alimentos. Las madres de familia deberían consultar á las francesas y á las italianas de su relación. Las mujeres de estas dos naciones preparan perfectamente las comidas y de modos muy variados. Una vez al corriente, podrían preparar comidas excelentes sin ningún gasto, y entonces no verían á sus maridos ir á las fondas de los pueblitos á gastar plata en las comidas que allá sirven, atraidos por el deseo de diferenciar quizás, pero no ciertamente por lo que ellas valen.

Una vez al corriente, deberían también emprender la educación de sus hijas, teniendo en cuenta que este estudio del arte de preparar los alimentos es incontestablemente más útil á una jóven que el estudio de las modas. El gobierno francés tiene un magnífico establecimiento á donde se educan las hijas de los oficiales de la Legión de Honor que lo solicitan. Allá nada se ahorra por parte de un gobierno rico para dar una educación sobresaliente á las hijas de sus más ilustres servidores, y entre los cursos del establecimiento figuran los cursos de cocina. Ciertos días de la semana, y á ciertas horas, esas niñas destinadas las más á desempeñar un grán papel social, aprenden el manejo de la sartén y de la cacerola bajo la dirección de cocineras hábiles.

Es bueno no olvidarlo. Es en París, de donde nos vienen las modas, donde se enseña á hacer la comida á las hijas de los oficiales de la Legión de Honor, en el colegio levantando á todo costo para ellas, por el gobierno francés.

La mujer es la reina del hogar y debe penetrarse bien de su papel para poder desempeñarlo debidamente y cumplir con todas las obligaciones que le impone. Debe tratar que su casa sea cada día más agradable á su marido y á sus hijos; debe pensar constantemente en las mejoras, en los embellecimientos que puede introducir, así como el marido debe pensar constantemente en las mejoras que puede introducir en sus campos y en sus haciendas, y cuando hablamos de mejoras y embellecimientos no hablamos de gastos en desproporción con los recursos de la familia, hablamos del aseo irreprochable, de la disposición inteligente de lo que hay. ¿Cuántas veces no nos sucede recibir una impresión más agradable en una casa modesta, en donde todo relumbra de aseo, donde todo está colocado con gusto, que en una casa rica, con muebles lujosos, de una limpieza dudosa, y colocados al acaso?

Otro tanto puede decirse de las comidas. No son las familias que gastan más dinero las que tienen la mesa mejor servida. La dueña de casa, que trata de agradar á su marido y sus hijos, se pone pronto al corriente y no demora en hacerlo todo mucho mejor que las mercenarias.

Pero es sobre todo, por medio de un humor igual, por medio de una bondad inagotable, que una madre debe reinar en su casa. Un hermoso paisaje no resalta bajo un día nublado; los planos de perspectiva se confunden, un velo de tristeza parece cubrirlo. Así también, aunque la casa esté bien arreglada, es preciso además que ilumine la bondad de la mujer para que tenga todos sus atractivos.

La innovación más importante que tenemos en la campaña de muchos años á esta parte, es incontestablemente el establecimiento de sucursales de los Bancos, y este hecho nos conduce naturalmente á hablar del empleo que ciertas personas hacen del crédito.

Hay hombres que abusan de todo y el abuso convierte en calamidad las cosas y las instituciones más útiles. Nada puede contribuir tan eficazmente al progreso y á la riqueza de la campaña como los establecimientos de crédito, y bajo ese punto de vista los consideramos como superiores á los mismos ferro-carriles. Mientras tanto, en los Partidos donde hay sucursales, no han faltado imprudentes y criminales también que han tomado dinero para pagar deudas ó para aumentar el lujo de su casa, y el resultado ha sido que la sucursal ha tenido que hacer ejecutar á los incautos que les habían prestado su firma.

Viendo la ruina de esos hombres, cuyo único delito fué haber querido servir á individuos que creían sus amigos, las naturalezas generosas se indignan y maldicen el establecimiento que los hizo ejecutar. Por eso, en los Partidos donde hay sucursales, se oye frecuentemente á hombres sensatos y honrados que dicen: «Si no nos hubiesen traído eso aquí, Fulano y Zutano no estarían hoy en la miseria.»

Los historiadores antiguos refieren que Esopo, el padre del apólogo, siendo esclavo del filósofo Xantus, su amo le encargó comprar lo mejor que encontrase en el mercado, porque al día siguiente algunos amigos suyos debían ir á comer con él. Esopo no compró más que lenguas, las que hizo preparar de varios modos. Xantus se sorprendió y le recordó que le habia encargado comprara lo mejor que hubiese. «Señor, le contestó Esopo, la lengua es lo mejor que hay; ella es el vínculo y el encanto de la sociedad; con la lengua se hace la paz, se construyen las ciudades, se propaga la verdad y se alaba á los Dioses.»—«Pues bien, le dijo el filósofo, los mismos amigos vendrán á comer conmigo mañana y nos servirás á la mesa lo que haya de peor»..... Esopo les sirvió lenguas como la víspera.—«¿Qué es eso?» le preguntó Xantus irritado.—«Señor, contestó Esopo, la lengua es la cosa peor que hay. Ella calumnia, siembra la discordia é intenta los pleitos. La lengua declara las guerras, arrasa las ciudades, propala los errores y profiere las blasfemias contra los Dioses.»

El crédito, como la lengua, se presta á consideraciones muy opuestas, y, como la lengua, según el uso que de él se hace.

Si se hace uso del crédito para cercar campos abiertos, para poblar los que están casi desiertos ó para mejorar las razas de los animales que los ocupan; procediendo con prudencia y consultando cada cual sus fuerzas antes de contraer un nuevo compromiso, entonces no hay beneficio mayor que el crédito. Nada hay que pueda como él cambiar la posición de una familia ó el aspecto de un país. Comprendido así, el crédito es una de las conquistas más útiles de la civilización y su palanca más poderosa.

Pero, si al contrario, se hace uso del crédito para sostener la holgazaneria ó el lujo, entonces no hay cosa peor. Si el holgazán no hubiese encontrado ese dinero hubiera tenido que trabajar y se hubiera encontrado entonces en mejores condiciones físicas para el trabajo que después de algunos años de ociosidad; moralmente, no estaba tan desacreditado, y finalmente no hubiese arrastrado á otro desgraciado en su ruina.

O bien todavia, si se hace uso del crédito, como hemos visto hacerlo en varias ocasiones para organizar industrias y de las cuales no se conoce ni la primera palabra siquiera, con el primer aventurero que se presente ¿qué resultado puede esperarse de semejantes operaciones? Claro está que mejor sería para los que quieren emprenderlas que el Banco les rechazase su solicitud.

Ayudado por los recursos de la época, entre los cuales el crédito debe figurar en primer lugar, el hombre honrado y laborioso logra vencer las dificultades con que tropieza. Pero, arriba, muy arriba, de los bienes de la fortuna debe poner la paz de su hogar y la satisfacción del deber cumplido, factores mucho más importantes de la felicidad del hombre y acordarse siempre de que los más ricos no son siempre los más felices. La siguiente leyenda india expresa de un modo muy ingenioso esta verdad:

El hijo de un Sultán de las Indias cayó enfermo de melancolía, á tal punto que nada podía vencer su tristeza y su hastío de todo. Después de haber ensayado varios remedios sin éxito, fué á consultar un Dervis anciano que gozaba de grán fama de saber y de santidad. El Dervis, como hombre experimentado, comprendió que el caso era grave y pidió tres días para reflexionar. Al cabo de los tres días, le dió la contestación siguiente:—«Cómprese la camisa de un hombre feliz y úsela.»

El príncipe conocía demasiado la corte de su padre para imaginarse ni por un momento que alguno de sus dignatarios ó de sus cortesanos fuese feliz, y, por lo tanto, resolvió viajar.

Su viaje lo llevó fuera de los estados de su padre y duró varios años. Muchas veces creyó haber encontrado el hombre que buscaba, pero lo habia engañado la apariencia; cuando interrogaba al hombre que le habia parecido feliz, éste confesaba que no lo era.

Desesperado, más triste que nunca, volvía para la corte de su padre, cuando á orillas del camino encontró á un pobre chacarero que cubierto de harapos cantaba dirigiendo su arado. El príncipe se acercó y lo interrogó. Aquel hombre era feliz, perfectamente feliz. Después de un viaje tan largo y tan penoso, cuando ya desesperaba del éxito, el príncipe encontraba por fin el hombre que buscaba!... Pero, aquí se presentó una dificultad insuperable: el hombre feliz no usaba camisa!


CAPÍTULO IV


LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS



La educacion en la campaña es incompleta é imperfecta—Necesidad de colegios de educación secundaria en los pueblos de la campaña—Los defectos de la educación provienen de los defectos de la representación política—Defectos de las elecciones en la campaña—El voto obligatorio—Absurdo de la intolerancia en materia de elecciones—De cómo sucede a veces que dos amigos adoptan candidatos distintos y se pelean después—Los que piden votos, los que regalan su voto y los que no van a votar—Las disculpas de los que no votan no tienen fundamento—Reformas en las costumbres electorales—Es deber de los ciudadanos el aceptar las funciones públicas—Ejemplos de egoismo—Lo que se necesita saber para desempeñar las funciones municipales y escolares—Necesidad de reformar las costumbres electorales para salvar las deficiencias del sistema de educación y de la administración de justicia—El sistema de educación y la administración de justicia constituyen una inferioridad notable de la vida del campo comparada con la vida de la ciudad—El ideal de la enseñanza.


En nuestra revista de las cosas de la campaña hemos llegado á hablar de la educación de los hijos, y por primera vez constatamos una inferioridad de la vida del campo comparada con la vida de la ciudad. En la campaña desgraciadamente, el sistema de educación es incompleto é imperfecto.

Es incompleto porque no se estiende á todos los niños. Según una estadística que tenemos á la vista hay en la provincia de Buenos Aires 120,000 niños de 6 á 14 años de edad, de los cuales 40,003 saben leer y escribir; 12,702 que saben leer sólamente y 67,265 que no saben leer ni escribir. Dudamos que esta estadística sea exacta, y creemos que calculando como educándose sólamente á los niños que habitan los pueblos cabezas de partido se acercaría más á la verdad. Hay algunas escuelas rurales embrionarias en la mayor parte de los partidos, es verdad, pero en los pueblos hay muchos niños que no frecuentan la escuela, ó la frecuentan con tanta irregularidad que ningún provecho sacan de ella. Aún adoptando las cifras de la estadística que hemos citado, resultaría que más de la mitad de los niños no reciben ninguna clase de educación.

Decimos que el sistema de educación en la campaña es imperfecto porque no abarca más que la educación primaria, lo que no permite aplicar el estudio al adelanto de un arte ó de un oficio, ni permite al hombre figurar decentemente en una sociedad culta.

No desconocemos la dificultad de dotar de suficientes escuelas á un territorio tan estenso, habitado por una población tan poco densa, pero asimismo se podía haber hecho algo en este sentido. Con una parte de las sumas que se han invertido de seis años á esta parte en gastos mucho ménos útiles, se hubiese podido llevar la empresa á cabo. Y creemos que si no se ha hecho, ha sido porque los interesados no estaban representados en los consejos del Gobierno.

Esa falta de representación de los intereses rurales en los consejos del Gobierno nos conduce naturalmente á hablar de las elecciones de la campaña. Nuestra población rural tiene aversión á los actos cívicos y abandona las urnas á los partidos políticos de la capital: no debiera estrañar, pues, que sus intereses no se tomen siempre en consideración. Los electos son generalmente abogados, hombres ilustrados y apreciables, pero que no conocen prácticamente las necesidades de la campaña, y estas elecciones vienen á recordar el dicho de Beaumarchais: «Se necesitaba un matemático; se nombró á un bailarín.»

La raza latina es así. Hace revoluciones hasta conseguir el sufragio universal, y cuando lo obtiene no va á votar. Nuestras elecciones, las de Francia, etc., dan siempre la misma proporción: apenas si la tercera parte de los electores toma parte en las elecciones. Y estas elecciones producen naturalmente cuerpos colegiados como el actual concejo municipal de Paris, como los concejos municipales de Buenos Aires que han hecho imposible la práctica de la ley municipal.

Nos encontramos con el sufragio universal en la misma posición que nos encontrábamos hace algunos años con la instrucción pública. Se ofrecía gratuitamente la educación á los padres de familia y no mandaban sus hijos á la escuela. Entonces hubo que declarar la educación obligatoria. Hoy se ofrece á todos los ciudadanos sin escepción de casta, de religión ó de fortuna venir á nombrar sus representantes para el gobierno nacional, provincial y municipal y apenas si la tercera parte de los electores se presenta. El voto obligatorio es el único remedio que vemos para un estado de cosas que tiene consecuencias incalculables sobre la marcha del país.

No nos hemos propuesto escribir un libro sobre teorías gubernativas, pero sí un libro práctico, cuyas deducciones puedan ser útiles á nuestra población, rural, más la cuestión elecciones encierra consecuencias tan graves que tenemos que detenernos un poco para exponerlas y tratar de llegar á establecer el convencimiento de la imprescindible necesidad del voto.

Uno de los defectos capitales de nuestras elecciones es el espíritu de acritud que las anima, y que contribuye mucho á que la mayor parte de la poblacion pacífica no asista á ellas. La diferencia de opiniones cava un abismo insalvable entre los hombres; los amigos se vuelven enemigos si se afilian en partidos políticos distintos. Y, verdaderamente, es preciso tener una intolerancia muy desarrollada ó una inteligencia muy limitada para caer en semejante aberración. ¿No es evidente, hasta para el hombre más ignorante, que no se puede probar que tal programa de gobierno convenga mejor que tal otro, como se prueba que dos y dos son cuatro? Qué, ¿no se puede probar que tal candidato será más fiel á su programa que tal otro, como se prueba que si de dos se saca dos queda cero? Ya que no se puede probar, no hay regla absoluta y cada uno tiene que llevarse según su modo de ver. Pero si usted se lleva únicamente de su modo de ver sin reglas admitidas y probadas, puesto que no las hay—¿no es el colmo de la brutalidad pretender que los otros abdiquen su modo de ver para adoptar el suyo?

Usted tiene un amigo á quien las secas han arruinado y que prefiere los campos bajos; usted ha perdido muchas ovejas del sahuaipè y prefiere los campos altos. Su amigo prefiere las ovejas de lana de peine y usted prefiere las ovejas de lana merina. No obstante esa diferencia de opiniones sobre hechos positivos, que se han pasado la vida en estudiar y que conocen á fondo, ustedes son amigos, se aprecian y se quieren mutuamente. Llegan las elecciones, usted se afilia en un bando, su amigo en otro, y los dos amigos de antes se vuelven enemigos irreconciliables. ¿No es esto demencia pura?

Y lo más célebre es que usted conoce tanto á su candidato como su amigo conoce al suyo. Pero usted ha leído un diario que ensalzaba el candidato que ha adoptado y atacaba el candidato de su amigo, lo que le ha hecho considerar inmediatamente á su candidato como un grán hombre y el de su amigo como un grán pícaro. Por su parte, su amigo ha leído otro diario que dice todo lo contrario de los candidatos, y entonces se ha formado inmediatamente la opinión de que su candidato es un grán patriota y el de usted un grandísimo embrollón. Mientras tanto, los dos periodistas que han escrito los artículos que ustedes han leído están pagos por los círculos que sostienen las candidaturas, y no creen una sóla palabra ni de lo bueno ni de lo malo que han escrito de los candidatos, así como dos abogados lo defienden indistintamente á usted ó á su adversario en un pleito. Cenan juntos, y si supiesen que sus artículos le han peleado á usted con su amigo, pasarían un rato alegre.

Los pocos que toman parte en las elecciones ni siquiera van espontáneamente á los comicios; los corredores de elecciones han puesto en juego todos los medios de presión para determinar á acompañarlos á estos hombres que lo que querían antes de todo era quedarse en su casa. Todos estos hechos: hombres que piden su voto á sus conciudadanos como se pide el diario para ver un telegrama; electores que conceden su voto como se dá un cigarro; ciudadanos que se dispensan de asistir á las elecciones, como uno se dispensa de ir al teatro cuando hace mucha calor, prueban una ignorancia increible de las consecuencias del voto.

¡Cómo! Usted me pide mi voto, mi parte en la soberanía nacional, así como si viniera á pedirme que admitiera su tropilla en mi campo porque el suyo se ha echado á perder! Pero ese voto representa mi parte en el derecho que tiene mi patria de hacer la paz ó la guerra; de hacer leyes favorables ó desfavorables á la educación de mis hijos, á mi libertad, á mis intereses! ¿Me considera usted como un insensato, ó es que usted me pide mi voto como á las criaturas se les ocurre á veces pedir la luna?

Por monstruoso que sea es así como suceden las cosas: los caudillos electorales de los partidos de la capital son quienes tratan de mover algunos miembros de la masa indiferente entre aquellos cuya posición precaria ó su moralidad dudosa son más accesibles á la presión. Con semejante participación de la población rural en las elecciones, ¿cómo puede pretender ésta que sus intereses estén representados en los consejos del gobierno?

Muchos, para disculpar su apatía, dicen, ¿qué importa un voto más ó ménos? Ciertamente, si no fuese más que un voto influiría poco en el resultado; pero no es un sólo ciudadano el que se hace ese raciocinio, es la mayoría, y á fin de cuentas un voto repetido un cierto número de veces viene á constituir el voto del pueblo argentino, así come un real, cantidad tan mínima, sin embargo, repetido un cierto número de veces viene á constituir los millones del presupuesto nacional. Otros alegan las escenas de violencia que se producen á veces en los comicios; la imposibilidad de contrarrestar tal ó cual influencia. Todo eso no pasa de capitulaciones con la conciencia. Primeramente nada puede exonerar de la obligación de ir á votar y finalmente si todos los electores, es decir, el pueblo en masa, asistiesen á las elecciones, los condottieri no levantarían la voz y no habría más influencia irresistible que la legítima: la del pueblo soberano. Nuestros paisanos deben convencerse que, ya que tenemos el sufragio universal, tendremos siempre el gobierno que ellos gusten que tengamos: sea que lo nombren ellos mismos, ó que lo dejen nombrar por otros.

Debemos, pues, introducir una reforma completa en nuestras costumbres electorales. Debemos convencernos de la importancia suprema del voto y de su obligación moral para cumplir religiosamente con sus disposiciones. Antes de votar, sino estamos bien impuestos de los candidatos y de su programa, consúltese personas sensatas para tomar una disposición acertada y mirar con desprecio esos mendigos de votos que hacen prueba de grán cinismo ó de grán ignorancia al pedir sus votos á los demás. Debemos sobre todo considerar con la misma simpatía á nuestros adversarios y á nuestros correligionarios, porque todos son argentinos, y porque los que votan por la lista contraria usan de un perfecto derecho, del mismo derecho que usamos nosotros para votar por la nuestra y porque, además, sus sentimientos pueden ser tan patrióticos y tan bien intencionados como los nuestros.

Si el voto es moralmente obligatorio, la elección lo es también. Es decir que si un ciudadano resulta electo para un puesto público, es deber suyo aceptarlo. Sin embargo en la campaña vemos rehusar las funciones municipales y escolares hasta á los que más obligación tienen de aceptarlas. Siendo municipal de un pueblo de campaña, nos ha sucedido en varias ocasiones solicitar la conformidad de padres de 7 y 8 hijos para proponerlos para miembros del Consejo Escolar sin haber podido conseguirlo. Hay hombres que entienden la vida de un modo estraño. Aquí está una escuela levantada y sostenida con el dinero de todos los contribuyentes de un partido, entre los cuales figuran solteros, hombres que no tienen hijos, ricos que mandan sus hijos á Buenos Aires, ó tienen un profesor en su casa y que pagan su parte de la escuela sin precisarla para nada. Hay otros que tienen un hijo ó dos, y de consiguiente la ocuparán poco. En fin hay otros que tienen 7 ú 8 hijos que se educarán en esa escuela, levantada y costeada con el dinero de los demás puede decirse, si se hace la parte proporcional de cada uno, y se niegan todavía á tomar parte en su dirección! Será preciso que otros, de aquellos que ayudan á costearla y no la precisan para nada, se encarguen también de su dirección.

En Inglaterra las funciones municipales son obligatorias, según creemos, y á eso tendremos que llegar nosotros también.

Entre los ciudadanos que se niegan á desempeñar las funciones municipales ó escolares en la campaña, muchos las rehusan por egoísmo, lo que abona muy poco en su favor. Pero los hay también que las rehusan por modestia; no se consideran capaces, no saben hablar en público etc. Es preciso reaccionar contra ese sentimiento, por honorable que sea. Nuestros paisanos saben bien que en el trabajo, que no es otra cosa sino el cumplimiento del deber, hay que vencer á veces la fatiga, á veces el hambre y á veces el sueño también. Del mismo modo, en el cumplimiento del deber cívico hay que vencer á veces la modestia.

Primeramente, les aseguramos que exageran mucho las dificultades de la tarea; se precisa honradez, buen sentido y nada más. Y para que no vayan á creer que nos hemos formado esa opinión teóricamente, les diremos que contamos con once años de funciones municipales en la campaña.

Las prácticas técnicas de administración pública se trasmiten por la tradición de unos á otros, y los recién llegados las aprenden pronto de los antiguos municipales. En cuanto á la falta de costumbre de hablar en público, que hemos oido invocar á veces, nos limitaremos á hacer observar que entre cuatro ó seis hombres de un mismo partido las relaciones no tardan en ser familiares, y ya no queda lugar á la impresión que produce el público sobre los que no tienen la costumbre de las asambleas.

Se ha dicho con muchísima razón que la municipalidad es la escuela primaria de la vida pública. El que no ha pasado por la Municipalidad podrá difícilmente representar con propiedad en la Cámara de Diputados los intereses del partido.

Es en la Municipalidad que los ciudadanos que gustan de la vida pública deben aprender las primeras nociones de administración y el conocimiento práctico de las necesidades de su localidad. Y es en la Municipalidad donde nuestra población rural debe buscar sus candidatos para hacerse representar en el Gobierno de la Provincia. Con esos representantes genuinos de sus intereses, podría ver desaparecer las graves deficiencias del actual sistema de educación que hemos señalado y las deficiencias no ménos graves de la administración de justicia.

Las deficiencias del sistema de educación y de la administración de justicia en la campaña son dos males muy serios, y tememos mucho no verlos desaparecer sino cuando la población rural haya vuelto á reasumir su soberanía en las elecciones, dejando de servir de instrumento á los partidos políticos de la capital. Mientras tanto, constituyen por ahora una inferioridad muy notable de la vida del campo comparada con la vida de la ciudad.

Nuestra población rural debe emprender resueltamente las reformas electorales para conseguir esas reformas sociales. Debe reflexionar sobre la importancia de la educación, la mejor herencia que un padre puede dejar á sus hijos como se ha dicho con tanta exactitud. En cuanto á la herencia pecuniaria que pueda dejarles, sabe bien que el arreglo de las testamentarías según se practica hoy, les dejará los huesos, como dice el pueblo.

En Setiembre de 1871 La Prensa relató un hecho cuyo compendio es el siguiente: «Una mujer pobre heredó 62,000 pesos moneda corriente. A los cuatro años un abogado respetable intervino en el asunto á instancias de la heredera que no había recibido nada todavía.

«Le quedaban 4,000 pesos moneda corriente de sus 62,000 pesos; lo demás se había consumido en honorarios de abogado, procurador, contador, escribano y gastos de remate. Adviértase que ningún litigio había mediado en el asunto.»

En la misma época, poco más ó ménos, apoyándonos en hechos análogos, escribíamos en El Monitor de la Campaña, que en el campo los socialistas tendrían poco que hacer, porque el arreglo de las testamentarías hace casi ilusoria la trasmisión de la propiedad. Las cosas han cambiado poco desde entonces, pues cuando abusos de esta clase se han arraigado en una sociedad, no es con el egoismo ó la indiferencia pública que se estirpan.

Si nuestra población rural se uniese para conseguir esas reformas que de importancia tan vital son para ella, en lugar de dividirse por cuestiones que la interesan tanto como las que se ventilan en la China ó en el Japón, las conseguiría prontamente. Porque es preciso reconocerlo y decirlo, ningún poder se las niega sistemáticamente; esas reformas no se llevan á cabo porque los interesados no las piden y porque no hacen falta á los que gobiernan.

Como se ve, la educación en el campo está íntimamente ligada á las elecciones, de modo que para estudiar la cuestión en su raíz, hemos tenido que consagrar á las elecciones casi por entero este capítulo que hemos dedicado á la educación, tratando de señalar sus defectos y explicar lo que son y lo que deberían ser.

Por lo demás, poco necesitamos insistir para persuadir á nuestra población rural de la importancia de la instrucción. La prédica del General Sarmiento y otros incansables apóstoles de la educación no ha sido estéril y el espíritu público está bien preparado. Nuestra población rural, en general, comprende la necesidad de hacer instruir sus hijos y más bien le faltan los medios que la buena voluntad.

Un grán poeta ha dicho con muchísima razón que la enseñanza como todas las cuestiones tiene su ideal.

El ideal de la enseñanza para nosotros es el siguiente: La escuela primaria en cada cuartel; la escuela secundaria, levantada por el gobierno, por la Municipalidad ó por el pueblo, en cada asiento de Municipalidad; la escuela superior en cada ciudad; las escuelas superiores ligadas con la universidad. Una vasta red de enseñanza saliendo de cada rancho para venir á parar en La Plata. El corazón de la provincia puesto en contacto con el cerebro de la provincia. Una redención general de la ignorancia. La ciencia suavizando las asperezas sociales, disipando las prevenciones, perfeccionando los métodos, uniformando las costumbres y haciendo efectiva la igualdad proclamada en nuestros códigos.


CAPÍTULO V


LA EDUCACIÓN DE LA FAMILIA



La educación debe seguirse después de la salida de la escuela—El hombre puede aprender a leer y escribir en cualquier edad—No necesita maestros—Cursos de adultos—Ejemplo tomado en el hogar—Necesidad de saber leer y firmar para la administración de intereses—Clasificación de los libros—El punto de partida de algunas ciencias—Consideraciones sobre las obras maestras de la poesía—Diferencia que existe entre el arte y la ciencia—Libros que tratan de artes y oficios—Libros de historia y geografía—Las novelas y la escuela naturalista—Libros útiles y libros peligrosos—Una lista de buenos libros para las familias—El libro es un amigo fiel y útil—El libro es el hombre de genio ó de talento despojado de las miserias y de las debilidades de nuestra naturaleza—Los libros sufren las mismas vicisitudes que los demás monumentos de los hombres—Incendio de la Biblioteca de Alejandria por Omar.


La educación de los hijos no debe concluir á la salida de la escuela, pues debe continuarse en la familia por medio de la lectura. Los elementos que se enseñan en las escuelas primarias de la campaña son tan superficiales, que si el alumno no sigue practicando lo que ha estudiado, se borran de su espíritu al cabo de poco tiempo. Hasta en las escuelas más adelantadas que las nuestras no se aprende ciencia ninguna, sino el modo y los medios de estudiarlas. El alumno que sabe leer y escribir se encuentra en condiciones de adquirir por el estudio los conocimientos que precisa.

Pero si los elementos de las escuelas primarias se olvidan fácilmente, hay un hecho cuyo conocimiento debe tratarse de difundir en la campaña y es que esos elementos se adquieren fácilmente, á cualquiera edad y con cualquier maestro, es decir, con cualquiera persona que los conozca, particularmente los de la lectura, el más útil de todos y la llave de los demás.

No hay absoluta necesidad de ser joven para iniciarse en un trabajo intelectual tan sencillo cual la lectura; como sucede en ciertos ejercicios gimnásticos. Claro está, por ejemplo, que el marino que no empieza de grumete podrá difícilmente llegar un día á tomar rizos en las gavias una noche de tormenta y que el ginete que no empieza á montar á caballo desde niño podrá difícilmente llegar á domar un potro; pero vemos todos los días á extranjeros montar á caballo por la primera vez á los 25 y 30 años de edad, y después de haber hecho reir un poco á los de la casa y recibido también algunos porrazos, lograr al cabo de algunos meses andar á caballo lo suficiente para hacer su trabajo. No son capaces de rayar un caballo ó de montar un redomón, pero montan regularmente al poco tiempo, y algunos llegan á ser bastante fuertes en el recado. Del mismo modo, el que aprende á leer de viejo ya no podrá llegar á leer en una conferencia literaria, pero sabe leer y podrá instruirse y recrearse con la lectura.

Hemos aprendido á leer y á montar á caballo y podemos asegurar á nuestros paisanos que lo primero es mucho más fácil que lo segundo, y pensando en eso nos hemos preguntado muchas veces cómo es que tantos hombres pueden quedarse sin aprender á leer. No se precisa más que querer y tener á su lado á alguien que sepa leer y hoy, felizmente, los que saben leer, grandes ó chicos, no escasean. Porque es otro error en el cual es preciso no caer el de creer que sólamente un maestro de escuela puede enseñar á leer y á escribir. Toda persona que sabe leer y escribir puede enseñar la lectura y la escritura, como todos los que saben montar á caballo pueden enseñar la equitación y todos los que saben nadar pueden enseñar la natación.

Para quedar privado de un conocimiento tan útil, que es la llave de todos los demás y cuya adquisición es tan fácil, es forzoso que circulen preocupaciones y es de utilidad pública desvanecerlas. Los hombres que no saben leer se imaginan que sólo los niños pueden aprenderlo, como muchos se imaginan que sólamente las mujeres pueden lavar y coser. Y, sin embargo, son dos errores. Los hombres pueden aprender á leer lo mismo que los niños, y mucho más pronto porque ponen más empeño, y los soldados y los marinos, lavan y componen perfectamente su ropa. Los padres de familia que no saben leer y han podido dar educación á sus hijos deben aprender á leer con ellos. Además de la utilidad, es un modo muy agradable de pasar las noches de un invierno y ¡qué cuadro encantador: el niño enseñando á leer al padre, la debilidad, maestra de la fuerza! Después de haber pasado agradablemente las noches de un invierno aprendiendo á leer, el padre podrá pasar las noches de los inviernos siguientes de un modo más agradable todavía leyendo con su familia libros instructivos ó recreativos. Sabiendo leer, le será fácil con el auxilio de una aritmética aprender la teoría de la numeración y la solución de las cuatro primeras reglas. Se encontrará entonces en aptitud de leer los diarios, las noticias comerciales que se relacionan con sus intereses y los libros que tratan de sus trabajos, ó de alguna industria nueva que quisiese emprender.

En casi todas las ciudades hay cursos de adultos en los cuales los obreros que no han recibido educación en su niñez aprenden á leer y á escribir, y donde los que han recibido poca van á perfeccionarse. Estos cursos tienen lugar de noche para que los obreros puedan seguirlos sin faltar á sus trabajos.

En fin, para tratar de llevar la convicción al espíritu de nuestros lectores en una cuestión que tanto les interesa, citaremos todavía un caso que conocemos personalmente.

Cuando nos establecimos en el campo un amigo nuestro nos mandó de Buenos Aires dos vascos que acababan de llegar de su país. Eran dos hombres excelentes como lo son casi todos los vascos. A los dos años de estar en casa, José Maria, uno de ellos, recibió una propuesta muy ventajosa de un partido algo retirado. Le aconsejamos la aceptara, aunque sintiendo mucho verlo irse. Aceptó, y todos los años pedia una licencia para venir á vernos. Se encontraba en campos estensos y buenos, le fué bien, y al cabo de algunos años se estableció de su cuenta, pero más lejos. Estuvimos algunos años sin noticias suyas, cuando un día recibimos una carta en la cual nos decía: «¿Qué le parece, patrón? Cuando estaba en su casa no sabía ni leer ni escribir, y hoy le escribo de mi mano. No escribo todavía como Vd. pero creo que podrá leer mi carta...» Quedamos verdaderamente sorprendidos. La letra era muy clara y bastante buena, nadie hubiese podido creer que era obra de un trabajador que había aprendido á leer y á escribir recién á los 35 ó 40 años.

Hemos dicho que la lectura no ofrece dificultades. La escritura no ofrece dificultades sérias tampoco. Sin embargo, como es en parte un ejercicio físico, el hombre maduro, particularmente aquel que se ha entregado á los trabajos manuales, tiene los dedos demasiado tiesos, para poder aprender á escribir pronto, y sobre todo para llegar á escribir ligero y bien; sin embargo esas dificultades no son insuperables y se vencen con un poco de perseverancia. Debemos decir también á los que no están familiarizados con esas cosas, que la escritura es un arte esencialmente útil y que la elegancia de la letra tiene poca importancia: una vez que se llega á trazarla de modo que se pueda leer con facilidad, el objeto se ha conseguido. Pero en cuanto á la escritura es preciso aprender á firmar siquiera, lo que constituye un trabajo que nunca pasará de una semana según creemos, porque no se precisa tampoco que la firma sea muy clara, bastando que sea siempre igual. Ha habido muchos grandes hombres y grandes personajes que escribían muy mal; entre otros citaremos á Napoleón cuya firma era ilegible. En semejante caso lo que se precisa es hacer siempre los mismos garabatos, eso basta para los objetos de la firma y vale tanto como una firma muy clara.

El hombre que tiene algunos ratos desocupados debe aprender á leer y á firmar. Hemos indicado ya la necesidad de la lectura para estar al corriente de los precios y de las mejoras que se introducen contínuamente en todas las industrias. El hombre que tiene algunos intereses y no sabe firmar, tiene á cada paso que hacer redactar documentos costosos que requieren mucho tiempo á veces y muchos galopes para procurárselos en el campo, y de los que no necesita aquel que sabe firmar. El hombre que sabe leer y firmar no tiene que recurrir á nadie para sus negocios, y, lo repetimos, estas cosas pueden aprenderse muy fácilmente con los niños que salen de la escuela.

No sólamente la lectura proporciona al padre los precios y datos necesarios al manejo de sus intereses, sino que, proporciona á los niños que han salido de la escuela el medio de seguir sus estudios y á toda la familia un medio agradable de pasar reunida las noches de invierno. Después de haber constatado la utilidad de la lectura, entremos á hablar de los libros, á dar algunos pormenores sobre su clasificación, sobre el carácter de sus varias secciones y los recursos que ofrecen.

Los libros pueden dividirse en dos clases principales: los libros de ciencia cuyo objeto es instruir, y los libros de imaginación cuyo objeto es recrear.

Un libro de ciencia dá á conocer el estado de la ciencia que trata en el momento de su publicación y á veces los descubrimientos del autor. La generación siguiente realiza nuevos progresos y se hace necesaria la aparición de otro libro porque el anterior queda incompleto y á veces erróneo: el progreso contínuo de las ciencias declara frecuentemente errores las verdades de ayer, y cada generación va añadiendo un nuevo eslabón á la cadena, el cual se condensa en un libro.

Mirando para atrás el primer eslabón de esa larga cadena de las ciencias nos aparece hoy como una quimera. Así nos aparecen en lontananza de los siglos la astronomía de Tolomeo, la geografía de Estrabón, la historia natural de Plinio, la medicina de Hipócrates, etc. Esas quimeras, esos errores, han sido la base de lo que consideramos hoy como la verdad. Sin el libro, el primer eslabón de la cadena no se hubiese conservado y no hubiese podido servir de base al segundo, el segundo al tercero y así sucesivamente.

Los libros de imaginación no envejecen como los libros de ciencia; las grandes creaciones de la poesía permanecen inmutables. Tal es la diferencia que existe entre la ciencia y el arte: la primera esencialmente perfectible, el segundo esencialmente irreductible; la ciencia hace descubrimientos, el arte hace obras; la primera es un estudio, el segundo una inspiración.

Mirando hacia atrás, la Iliada es todavía tan grande como la Divina Comedia: el Prometeo de Esquilo es tan grande como el Hamlet de Shakespeare. La ciencia persigue la verdad que va alejándose á medida que crée haberla alcanzado, y en esa persecución de la verdad por la ciencia los sabios que la hacen adelantar son superados por los sabios que les suceden. En el arte, Homero no es superado por Víctor Hugo ni Fidias por Miguel Angel. En las ciencias un sabio hace olvidar á otro sabio, pero en el arte un poeta no hace olvidar á otro poeta.

Por la descripción que acabamos de dar de la marcha de las ciencias, se comprende á primera vista de qué utilidad es el libro. Para hacer una aplicación práctica, supongamos que un estanciero quiera utilizar la leche de las vacas mansas que tiene, organizando una quesería. Si no tiene más que algunas indicaciones verbales, gastará su vida y su fortuna antes de llegar á producir una mercancía que acepte el comercio; mientras que si estudia la cuestión en un tratado, encontrará inmediatamente allí el modo de hacer el queso de Chester, de Holanda ó de Gruyére. Proporcionándose los utensilios necesarios, no precisará más que adquirir un poco de práctica siguiendo las indicaciones del libro para llegar á fabricar un buen producto. El libro le habrá evitado todas las dificultades, los errores, las decepciones y las pérdidas con que ha tropezado la fabricación de los quesos desde los primeros ensayos hasta nuestros días.

El libro no presenta sólamente el resultado de la experiencia de muchos siglos; dá también, en una página á veces, el resultado de la vida entera de un hombre de genio. Las leyes de Newton caben en una media página, y para citar casos que tienen aplicación en la vida del campo, los admirables descubrimientos de Bakwell y de Carlos Colling caben en un par de páginas.

El lector puede juzgar si estos resultados valen la pena que se haga un esfuerzo para aprender á leer.

Entre los libros de ciencia, unos tratan de la ciencias propiamente dichas, como el álgebra, la geometría, la física, la química, etc., otros tratan de las artes que llamaremos útiles para distinguirlas de la poesía, la escultura, la pintura y la música, que se llaman las bellas artes, ó simplemente el arte en oposición á la ciencia, como lo hemos hecho más arriba en el paralelo de esas dos creaciones del espíritu humano. Es en esta sección de las artes útiles que los hombres del campo pueden encontrar los libros de más provecho para su instrucción y sus intereses. Se ha publicado bajo la denominación de Manuales, colecciones muy completas de libros que abarcan todas las artes y oficios y se venden separadamente. Así hay el Manual del jardinero, el Manual del verdulero, el Manual del quesero, el Manual del criador de aves, etc., etc. Hay, además, miles de libros que tratan cuestiones que interesan á los hombres del campo y no hacen parte de ninguna colección de manuales.

Hay otra sección de libros de ciencia que tratan de la historia y de la geografía, ciencias que no se relacionan con los intereses, pero que ofrecen un estudio muy agradable y muy necesario á los que quieren adquirir un poco de educación.

La historia tiene tanta variedad y ofrece tanto interés como la novela y le lleva toda la superioridad que la verdad lleva á la ficción. La rama que más nos interesa es la historia argentina que habla de nuestros padres, de sus pruebas, de sus virtudes y de sus acciones heróicas. Remontando el curso de los siglos, la historia que más nos interesa después de la historia argentina es la historia de España, patria de nuestros antepasados, después la de Roma, para llegar en seguida á la de Grecia, cuna de nuestra civilización.

La geografía nos dá la descripción de la tierra, de los pueblos que la habitan y de los animales, plantas y árboles propios á cada país. El mejor modo de estudiarla es valiéndose de un atlas. Se llaman así unas colecciones de mapas que se venden en las librerías. Mirando los mapas uno se dá cuenta prontamente de la situación de cada país, de su configuración, del curso de sus rios y cordilleras y de la situación de sus principales ciudades, lo cual ha hecho decir que la geografía es una ciencia que se aprende con los ojos.

Aunque la historia y la geografía sean ciencias, su estudio es tan entretenido como la lectura de las obras de imaginación.

Se comprende fácilmente que las obras de imaginación no tienen la misma importancia, ó más bien la misma utilidad, que las obras de ciencia, ya que no pasan de mero entretenimiento, y para percibir y apreciar las bellezas de la poesía, la más noble de las obras de imaginación, se requiere un espíritu cultivado por el estudio. Si se apartan las obras de los poetas, no queda más que las novelas entre las obras de imaginación y ese género de literatura no ofrece ningún beneficio para las familias.

La novela moderna con pretensiones de pintar la sociedad, pinta únicamente los vicios y esto cada vez más cínicamente. Como pintura social es absurda y como literatura no pasa de un eclipse de la literatura. Poder de la moda! Esas caricaturas de estudios sociales y de producciones literarias han sido aplaudidas cincuenta años después de Walter Scott y Chateaubriand, treinta años después del ilustre Balzac, quince años después de Alejandro Dumas, estando vivos todavía el autor de Nuestra Señora de París, Carlos Dilke y Julio Verne, cuando era de suponerse que tantas obras maestras debían haber hecho al gusto público un poco más exigente.

Hay personas que creen que todos los libros son buenos ó á lo ménos que ninguno puede hacer mal: creemos que es un error. Se considera generalmente á los libros como el alimento del espíritu, y creemos que eso es muy exacto. Mientras tanto, si se admite esta comparación, sabiendo que hay alimentos sanos, otros nocivos y otros venenosos para el cuerpo, forzoso es admitir también que hay alimentos sanos, otros nocivos y otros venenosos para el espíritu.

Todos los libros de ciencia son útiles y de consiguiente proporcionan un alimento sano al espíritu. Los libros peligrosos se encuentran entre los libros de imaginación. Para las personas que no están al corriente de la producción literaria daremos algunas reglas para evitarlos.

Un padre de familia no debe dar á sus hijos ni permitirles traer de afuera un libro que no conoce. Por la misma razón no debe comprar libros que no conoce, salvo aquellos cuyo título indica claramente que tratan de ciencias, de oficios, de historia ó de viajes. En fin, no debe nunca comprar libros sino en las librerías, y no á esos vendedores ambulantes que cruzan el campo ó se encuentran en los ferro-carriles. Estos industriales venden libros inmundos y la prensa los ha denunciado ya varias veces á la policía.

A más de los libros que tratan de las artes útiles y se relacionan con sus trabajos, aconsejamos á nuestros lectores que se proporcionen las obras magistrales de Mitre y de Sarmiento, las que se estudiarán y se admirarán todavía cuando haya desaparecido la escuela naturalista; las encantadoras obras de D. Estanislao Zeballos, tan llenas de interés y de color local. Entre las novelas, las de Julio Verne merecen una mención especial. Es un género completamente nuevo, creado por el ilustre novelista francés. Todas sus obras son instructivas y sumamente interesantes; se encuentran en las librerías de Buenos Aires vertidas al español.

Víctor Hugo dice en su estilo expresivo que una estátua es un codazo dado á la ignorancia, y refiere el hecho siguiente, que le sucedió al pasar el puente de Ruan, en el cual se encuentra la estátua de Corneille:

«Al pasar un día por el puente de Ruan encontré un paisano, quien me dijo mostrándome la estátua:

«—¿Conoce usted á Corneille? Aquí está.

«—Sí, conozco á Corneille; ¿y usted conoce el Cid? le pregunté.

«No; me contestó el paisano.»

El paisano conocía al poeta por su estátua, pero no conocía todavía las tragedias del poeta.

Puede también decirse de las encantadoras novelas de Julio Verne, que son un codazo dado á la ignorancia. Este hombre de conocimientos enciclopédicos, de imaginación inagotable debe consolar á su patria de haber creado la escuela naturalista.

Las novelas, por mucho mérito que tengan, no interesan sino en la primera lectura, de modo que aquel que tiene el gusto de la lectura tiene que renovar con frecuencia sus libros, lo que exige dinero para comprarlos y bibliotecas para depositarlos, cosa que no todos tienen. Después de haberse hecho de un núcleo de buenos libros como los que acabamos de indicar, lo mejor para una familia es suscribirse á alguna de las Revistas ilustradas que se publican hoy y tienen á sus lectores al corriente del movimiento social, científico, literario y las más de ellas hasta del movimiento de la moda.

El libro es un amigo que os instruye en vuestros trabajos. Otro hombre no puede ofreceros más que el resultado de su experiencia, el libro os ofrece el resultado de la experiencia de miles de hombres. El libro es un amigo fiel que consuela al hombre en sus desgracias, muchas veces cuando sus amigos lo han abandonado. Porque si Séneca dijo, van unos dos mil años: «Mientras seais feliz tendréis muchos amigos, pero si la suerte os abandona quedaréis sólo;» la cosa sigue siendo exacta en nuestros días.

El libro es un amigo de humor igual, siempre listo á instruiros ó á recrearos á todas horas: podéis presentaros de día ó de noche, lo encontraréis siempre dispuesto á recibiros. Las desgracias, las contrariedades, las enfermedades, etc., influyen sobre el carácter de nuestros amigos; el libro no varía jamás.

Una biblioteca es una reunión de los príncipes del genio y del talento. Entrad, Newton os explica el secreto de la creación, el cómo los mundos infinitos se sostienen en el espacio sin límites; Shakespeare os hace estremecer con las peripecias angustiosas de sus dramas terribles, mientras Bossuet con su estilo rápido, avasallador, os relata los cambios y las revoluciones de la historia, os parece oir en la lontananza de los siglos el estrépito del derrumbe de los imperios.

Los libros son tan variados en su forma como los demás monumentos creados por el hombre. Los más son modestos y útiles como las casas que nos abrigan de la intemperie, pero los hay también colosales como las Pirámides; sublimes como la basílica de San Pedro ó la catedral de Colonia; inimitables como el Parthenon ó graciosos como la Alhambra.

Sufren también las mismas vicisitudes que las demás obras humanas, y así las ciudades han tenido sus Atila y sus Tamerlan.

La más colosal colección de libros de la antigüedad fué la biblioteca de Alejandría que contenía setecientos mil volúmenes y entre otros tesoros, el único ejemplar completo del gran trágico griego Esquilo.

En el siglo séptimo, Omar llegó á Alejandría. Acababa de conquistar la mitad del Asia y del Africa, había tomado ó incendiado treinta y seis mil ciudades, villas y fortalezas, destruido cuatro mil templos cristianos ó paganos y edificado mil cuatrocientas mezquitas.

El sombrío Califa no tomaba más que agua y no se sentaba nunca sinó sobre el suelo; entró á la ciudad montado sobre un camello, teniendo á un lado una bolsa de higos y del otro una bolsa de trigo, su única comida, y dió órden á su teniente Amrou de que quemara la biblioteca. Pasando por la Bersia, en su marcha sobre Alejandría había hecho quemar ya la biblioteca formada por los Medos, por su teniente Saad.

Según el historiador inglés Gibbon, Alejandría tenía entónces cuatro mil baños y según el historiador árabe Abulfaradge, los libros de la biblioteca calentaron esos cuatro mil baños durante seis meses!!


CAPÍTULO VI


EL CAMPO Y LA CIENCIA



La ciencia mejora los campos y los embellece—Plantas introducidas de cincuenta años á esta parte—Datos sobre el Ramié—Movimiento intelectual y comercial que produce hoy la ciencia rural—Animales introducidos de cincuenta años a esta parte; datos sobre el Yack—Mejora de los animales domésticos—Movimiento de la piscicultura; su descubrimiento; su estado actual—Posición del hombre iletrado en presencia del movimiento científico—La rotación de los cultivos—Sistema agrícola del siglo anterior—Tierras cultivadas y tierras vírgenes; errores corrientes—Recursos de la arboricultura para la decoración de los parques y grandes jardines—Recursos de la floricultura para la decoración de los jardines, de las rocallas, de las aguas y de sus riberas—No sacamos ningún partido de las conquistas de la ciencia—Introducción del café en América.


Por productivo que sea el campo, la ciencia nos permite aumentar mucho su producción, y por hermoso que sea su aspecto ella nos dá los medios de aumentar mucho su hermosura. De modo que, puede decirse, la ciencia aumenta la producción del campo y sus encantos.

Si examinamos lo que la ciencia fecundada por el trabajo ha hecho para la producción rural, vemos que de cincuenta años á esta parte ha introducido una cantidad considerable de plantas, entre las cuales citaremos:

Legumbres: Amarantus chinensis, de la China; Arracacha esculenta, de Colombia; Basella, de la China; Brassica chinensis, de la China; Cerifera, de la China; Claytonia perfoliata, de Cuba; Dioscorea batatas, de la China; Hibiscus esculentus, de la América Meridional; Oxalis crenata, del Perú; Pallchoï, de la China; Physalis pubescens, de la América Meridional; Sinapis pekinensis, de la China.

La más notable de estas legumbres es la Dioscorea batatas, especie de batata de la China, la cual es una de las plantas propuestas para reemplazar la papa cuyo rinde ha disminuido mucho desde la enfermedad que la atacó en 1846, la cual no ha podido clasificarse hasta hoy y sigue llamándose la enfermedad.

Forrajes: Agrotis dispar, de Norte-América; Bunias orientalis, del Oriente; Eleusine Coracana, de Africa; Galega officinalis, de Europa; Lolium multiflorum, de Bretaña; Melilotus alba, de Siberia; Ornithopus sativus, de Portugal; Phalaris arundinacea, de Europa; Panicum altissimun, de las Antillas; Trifolium incarnatum, de Europa.

El más importante de estos forrajes es el Trifolium incarnatum, el cual ha mejorado considerablemente la posición agrícola de muchas localidades. Es un trébol anual que alcanza una vara de altura y se consume verde, porque el heno que dá es de poco valor.

Plantas oleaginosas: Guizotia oleifera, de la Abisinia; Madia sativa, de Chile; Raphanus sativus oleifer, de la China.

Plantas textiles: Cannabis gigantea, de la China; Urtica nivea, (Ramié) Bœmeria de la China.

Plantas tintóreas: Poligonum tinciorium, de la China.

De todas estas plantas industriales la más notable es la Urtica nivea (Ramié) especie de ortiga vivaz cuya fibra sirve en la China para la fabricación de los hermosos tejidos llamados A-poo (tela de verano). Esta planta era cultivada de tiempo atrás en los jardines botánicos, cuando en 1844 M. Leclancher, cirujano de la corbeta La Favorite, llevó de la China ramas secas para el Museo de historia natural de París, y M. Decaisne, profesor del Museo, llamó entonces, sin resultado, la atención de los agricultores sobre esa planta textil en un artículo publicado por el Journal d'agriculture pratique en Abril de 1845.

Veinte años después, sobrevino la guerra de secesión de Norte-América y la abolición de la esclavitud, que trastornó el cultivo del algodón. Los manufactureros ingleses no encontrando bastante algodón en América para surtirse, importaron de la China grandes cantidades de cerro de ortiga y reconocieron que el nuevo producto era muy superior al algodón.

Viendo esa superioridad, Benito Roezl ensayó en 1867 la Urtica nivea en la América del Norte, donde dió los mejores resultados, y hoy su cultivo está muy generalizado en la Luisiana, Tejas, el Mississipi, etc., habiendo reemplazado al algodón en muchas partes.

El éxito obtenido en Norte América hizo que Francia siguiese los consejos dados por Decaisne en 1845 y emprendiese el cultivo de la ortiga vivaz. Como en la Luisiana, el ensayo ha tenido muy buen éxito; la planta dá dos cortes abundantes al año y se supone que dará tres en la Argelia. Su producto es incomparablemente más remunerador que el producto del cáñamo y del lino. Se le ha conservado el nombre de Ramié por el cual se la designa en Java, de donde se supone que es originaria.

Esas plantas que hemos citado no representan sino una pequeña parte de las plantas nuevas que se han introducido. En cuanto á las nuevas variedades de las plantas cultivadas ya, que se consiguen cada año por medio de los semilleros, se cifran por centenar en los árboles frutales, en las legumbres, en los cereales y en las plantas económicas. Cuando un jardinero consigue una variedad nueva en sus semilleros dá cuenta de ello en los periódicos técnicos y la inserta en el catálogo de los árboles y plantas de su establecimiento. Si tiene algún mérito, no demora en generalizarse en todos los paises de Europa y en pasar en seguida á Argel, Norte-América, Australia, las Indias, el Cabo de Buena Esperanza, etcétera.

El movimiento intelectual y comercial que produce hoy la agricultura es admirable. Todas las naciones de Europa cuentan con sabios que tratan de hacer adelantar alguna de sus ramas: la arboricultura que abarca el cultivo de los árboles frutales, de los árboles forestales y de los de adorno; la agricultura propiamente dicha que abarca el cultivo de las plantas alimenticias: legumbres, cereales, raices, tubérculos, etc.; el cultivo de las plantas industriales; plantas oleaginosas, textiles, tintóreas, etc., y el cultivo de los forrajes: tubérculos, raices, plantas vivaces y plantas anuales. En fin, la floricultura que abarca el cultivo de arbustos, plantas vivaces, plantas anuales, plantas de cabeza, etc., unas de los paises frios, otras de los paises templados y otras de la zona tórrida que se cultivan en invernáculos.

Para los estudios, los gobiernos han fundado colegios, universidades, museos, invernáculos y otros establecimientos más estensos, con todas las comodidades para efectuar los experimentos.

La industria privada rivaliza con los gobiernos. Gran número de periódicos independientes discuten las cuestiones, los sistemas, propagan los descubrimientos. Las ciudades y hasta las aldeas, tienen establecimientos en donde se venden las distintas variedades de árboles y de plantas. Algunos son tan importantes y tan valiosos como los más grandes establecimientos de las demás industrias. Se dice que los invernáculos de la casa Van Houtte, de Gante, superan en importancia y en magnificencia á los invernáculos del Jardin de Plantas de París y á los del gobierno inglés.

Dos continentes trabajan constantemente en conseguir mejores variedades por los semilleros contínuos: Europa y Norte-América. Europa ha mandado á norte-américa sus frutos y sus métodos y los norte-americanos siguiendo esta iniciativa enriquecen con sus trabajos el patrimonio común de la humanidad.

En los catálogos y libros técnicos se notan hoy bastantes variedades de frutas y de plantas señaladas como provenientes de Norte-América. Es probable que dentro de poco la República Argentina, la Australia, la Argelia, el Japón, etc., tomen parte también en la tarea común.

A más de los sabios, de los escritores y de los trabajadores que ocupa, la agricultura, lo mismo que el comercio y la geografía, tiene sus viajeros. Las más hermosas variedades de la begonia, azalea, rododendron, plantas muy de moda hoy, provienen de las cordilleras del Himalaya y de la China de donde las traen viajeros intrépidos. Otros viajeros recorren los bosques del Brasil y de la India en busca de orquideas, plantas parásitas que viven en los árboles y están también hoy muy de moda. Estas plantas dan flores muy hermosas y muy estrañas. Hay muchas variedades de ellas en las selvas del Chaco.

En lo que toca á la ganadería, la ciencia ha hecho ménos por ella en cuanto á la introducción de nuevas especies. Las especies son más numerosas en el reino vegetal que en el reino animal y la introducción de nuevas especies es más fácil.

Sin embargo, se ha importado en Europa el Yach dela China, Bos grunniens. Es una especie de vacuno que tiene todo el cuerpo cubierto de un pelo largo y lanudo, siendo su cola como la del caballo. Su grito es parecido al gruñido del cerdo, de donde proviene su nombre de Bos grunniens, buey gruñidor.

En la China se le emplea como bestia de carga y de labor. En cuanto á la carne y la producción de la leche no puede compararse con nuestra especie vacuna, pero es excelente para el trabajo y tiene además una lana larga y gruesa, pero bastante suave. Como se cria sobre las sierras mas altas del Tibet, se ha pensado que podría servir para utilizar las cumbres de los Alpes y de los Pirineos.

Se han importado también muchas especies de aves y de insectos, particularmente los gusanos de seda.

Pero donde el progreso ha sido admirable es en las mejoras de las especies existentes y para apreciarlo no hay más que comparar á nuestro caballo con el pura sangre en cuanto á la lijereza, con el percheron si se trata del trabajo, con el anglo-árabe respecto á la hermosura y relativamente al tiro pesado con el Boulanais, que lleva fácilmente sólo dos toneladas en carros de ruedas bajas por las calles escabrosas del Havre.

En la especie vacuna podemos comparar nuestra raza en cuanto á la producción de la carne con la Durham y en cuanto á la producción de la leche con la holandesa, que dá hasta sesenta cuartas por día.

En fin, en la especie lanar, podemos comparar nuestra antigua oveja criolla con la Rambouillet ó la Lincoln, por la producción de la lana y de la carne.

La ciencia ha mejorado los campos haciendo circular el aire en su seno por medio del drenaje y estudiando los agentes químicos que aumentan su fertilidad, los ha poblado de las plantas más útiles y de los pastos más productivos que ofrece la creación, mejorados todavía por los semilleros constantes; ha encontrado también el secreto de la producción contínua con alternar los cultivos; ha mejorado todas las especies domésticas, como acabamos de recordarlo, por el régimen, por la selección y la mestización á punto de haber casi trasformado algunas; pero eso no era todavía suficiente para su actividad: acaba de descubrir las costumbres y el modo de reproducción de los pescados y ha fundado la piscicultura. Hoy se cría pescados como se cría ovejas ó aves, y se trabaja en mejorar las aguas como se trabaja á mejorar los campos.

Un intercambio tan activo de peces para la reproducción se hace hoy entre los continentes, como el cambio de animales, de plantas y de frutos que hemos señalado ya. Mientras los norte-americanos pueblan los rios de Europa con el salmón de California, Salmoquinnat, y los arroyos y lagunas con la trucha arco-iris, Trutta-iridens, los ingleses pueblan los rios de la Australia con el salmón de Europa, Salmon-salar, y los arroyos con la trucha, Trutta.

En 1882, el establecimiento de piscicultura de Howictown (Inglaterra) despachó 70,000 truchitas para la Nueva Zelandia y el Cabo de Buena Esperanza, y en 1883 echó 30,000 salmones en el Testh. Este establecimiento cría anualmente doce millones de truchas y salmones.

Hablemos un poco del orígen de esta ciencia nueva.

Se ha notado que la brújula no ha sido descubierta por un marino, ni la imprenta por un literato, ni la pólvora por un hombre de guerra, pero la piscicultura ha sido descubierta por un pescador.

En 1848, Remy, pobre pescador de truchas de los Vosges (Francia) notaba que el pescado se hacía cada vez más escaso. Contristado por este hecho que lo privaba de sus medios de existencia, pasaba los días echado al borde de los arroyos observando las truchas con la idea fija de encontrar el modo de volver á atraer el pescado, y fué así como sorprendió el secreto de su reproducción. Remy se asoció con otro pescador Gehin, y los dos iniciaron las fecundaciones artificiales copiando los procedimientos de la naturaleza.

M. Coste, sabio profesor de embriología en el Colegio de Francia, se apoderó de esta interesante cuestión y dirigió al instituto un extenso informe sobre el descubrimiento de Remy. Su trabajo fué publicado en el Moniteur Universel; Remy y Gehin fueron recompensados y se fundó el establecimiento piscícolo de Huningue para volver á poblar de peces los arroyos de la comarca. La guerra de 1870 y 71 que arrebató á Francia la Alsacia y la Lorena, le arrebato también el establecimtento de Huningue, que constituye hoy una de las glorias de la piscicultura alemana.

Esto no obstó á que Francia siguiera imprimiendo un grán impulso á la ciencia que descubriera, creando cátedras de piscicultura y gastando sumas considerables para popularizarla.—Ha gastado más de diez millones de nacionales en los sólos estanques de Arcachón para la cría de ostras.—Sin embargo, se considera hoy la piscicultura norte-americana como la más adelantada de todas.

Hemos trazado esta breve reseña del movimiento rural actual, porque no hay movimiento de la actividad humana más interesante para el hombre del campo, y sobre todo para probarle mejor la necesidad que tiene de instruirse y de hacer instruir sus hijos, necesidad que hemos apuntado ya en varios capítulos.

En presencia de ese movimiento formidable de la ciencia en marcha, que se acerca y pronto nos rodeará de todas partes, ¿qué hará el hombre iletrado? ¿cómo podrá competir? Tanto valdría aguardar con arcos y flechas un regimiento armado á remington. Pero, felizmente, tratándose de invasiones de la ciencia, la defensa es fácil y la misma ciencia nos da los medios de hacerlas servir para nuestro engrandecimiento y bienestar.

Enumerando las conquistas de la ciencia, hemos dicho más arriba que había encontrado el secreto de la producción contínua con alternar los cultivos. Anteriormente, hasta en el siglo pasado, después de recoger el trigo, que era, puede decirse, el único cultivo de entonces, se dejaba descansar la tierra uno, dos y tres años, según su fertilidad. Resultaba de este sistema que más de la_mitad de la tierra de labor quedaba en barbecho y que si el trigo no producía, bien por las dificultades con que se tropezaba al sembrar, por la piedra ó por exceso de lluvia en la cosecha, había hambres que diezmaban generaciones enteras. Hoy se ha reconocido que cambiando los cultivos la tierra produce indefinidamente, empleando los abonos que deben reemplazar la absorción de ciertas plantas. Con este sistema la tierra produce todos los años y la humanidad está al abrigo de las hambres, porque si la cosecha del trigo se pierde, queda la del arroz seco, la del arroz acuático, del maíz, del alfartón, de la cebada, de las papas, de las batatas, de la mandioca, de las habas, alberjas, porotos y demás legumbres que desempeñan hoy un papel tan importante en la alimentación.

El tema de la rotación de los cultivos nos conduce á hablar de los errores que circulan sobre las tierras cultivadas de los paises agrícolas y las tierras vírgenes de los paises nuevos. Decir que la tierra se agota con un cultivo inteligente, aunque sea contínuo, es una heregía agrícola y casi una blasfemia, porque la Providencia no ha querido que la tierra retribuyese ménos al hombre á medida que la trabajara más. La verdad es que, siendo de calidad igual, los campos más productivos son aquellos que se cultivan desde hace más tiempo, si se cultivan con arreglo á los principios que la ciencia ha determinado y que ha confirmado la experiencia.

En cuanto á la fertilidad inagotable de las tierras vírgenes, los norte-americanos la han probado ya hace mucho. Después de haber desmontado varias partes de su territorio, sembraron trigo sobre trigo y pronto la tierra dejó de dar una cosecha que pudiese remunerar el trabajo. La dejaron entonces, los montes volvieron á formarse, y hoy los ciervos y las gamas pululan otra vez en los antiguos rastrojos. Nuestros chacareros han probado también últimamente esa inagotable fertilidad de las tierras vírgenes, cuando empezaron á sembrar lino. Sembraron lino el primer año, lino el segundo, lino el tercero é iban á sembrar lino el cuarto, cuando la planta se les enfermó el tercer año. Y lo peor es que muchos no parecen haber comprendido siquiera la causa de la enfermedad. Días pasados, un chacarero que ha sembrado lino por segunda vez este año en el mismo terreno y ha conseguido una cosecha muy mínima, nos decía, para probarnos que la tierra no esta cansada, que ha salido una gramilla lindísima:—«Su tierra, le dijimos, no está cansada de producir gramilla, papas, tabaco ó maní, pero lo está de producir lino.»

Todas estas teorías se encuentran con las pruebas correspondientes en libros que se venden á un nacional. Pero es preciso saber leer para poder sacar partido de ellos.

Hemos dicho al empezar este capítulo que por hermoso que sea el campo, la ciencia nos dá los medios de embellecerlo más todavía.

Para la decoración de los parques y grandes jardines la arboricultura nos ofrece la Wellingtonía gigantesca que se eleva á más de cien metros, el Eucalypto que pasa de sesenta metros y muchos otros árboles de grán elevación que lo siguen de cerca como el el Roble, la Casuarina, el Abeto, la Haya, el Castaño, el Nogal, el Pino, etc. Como variedad de formas, estos árboles nos ofrecen la pirámide geométrica del abeto, la elegancia altanera de la Wellingtonía y del Eucalypto, la masa imponente de la Casuarina y del Ombú, el aspecto tan variado de los Pinos y las formas tan graciosas de las Palmeras.

Las hojas de cada especie difieren con las demás de forma, de tamaño y de color. Tenemos todos los matices del verde, los reflejos cobrizos del Fagus cuprea, el blanco puro de los brotes y de la parte inferior de las hojas del Populus nivea, el punzó subido al principio y punzó oscuro después, de las hojas del Fagus purpurea, etc. etc. A más de los árboles de segundo y tercer tamaño que adornan el paisaje con sus hojas ó sus flores, y cuyo número es tan considerable que sería casi imposible enumerarlos, hay otros árboles y arbustos que lo adornan con sus bayas ó frutos. Catorce se emplean para la decoracion de los parques y jardines por sus bayas punzó, seis por sus bayas amarillas, cuatro por sus bayas azules, ocho por sus bayas negras, tres por sus bayas moradas, cinco por sus bayas blancas y ocho por sus bayas estrañas.

La cantidad de plantas que la floricultura ha reunido en todos los paises del mundo para el adorno de los jardines es algo increible. Las variedades que ha conseguido con los semilleros se encuentran en el mismo caso. Demos una cifra: las variedades de rosas pasan actualmente de cinco mil.

La ganadería utiliza hoy para el pastoreo las toscas de los campos sembrándolas de Lolium multiflorum, de Poterium sanguisorba, etc. Para adornar las toscas y rocallas de los parques y jardines, la floricultura cuenta hoy con más de cincuenta especies de plantas, entre las cuales figuran las siguientes de notable belleza: Alyssum sexalile, Aubrieta, Corylalis lutea, Anothera mocrocarpa, Zauschuria, tres variedades de Erica, cuatro variedades de Geranium y todas las variedades de Sedum, Sempervivum y Vinca.

La piscicultura, según lo hemos esplicado, mejora las aguas vivas y las aguas muertas y las puebla de pescados exóticos ó de mejores especies indígenas. La floricultura tiene unas treinta especies de plantas acuáticas para adornarlas, entre las cuales citaremos: Menyantes trifoliata, Nuphar lutea, Nymphœa alba, Pontedería Cordata, Thalia de albata, Tipha latifolia, y Tiphaangustifolia, y unas veinte especies para adornar las riberas como: Arundo pfrogmites, Epilobium hirsutum, Houttuynia cordata, Lythrum saluaria, Lithrum virgatum, etcétera.

En el número de las plantas que hemos indicado para adornar las rocallas, las aguas y sus riberas no hemos mencionado las que temen el frio y que es preciso cultivar en invernáculo durante el invierno: sección numerosa que contiene plantas espléndidas. Las plantas que hemos nombrado resisten á los inviernos de Europa.

Por las líneas que anteceden se vé el doble trabajo de la ciencia rural en todos los ramos: unos obreros mejoran y otros embellecen.

Mientras tanto ¿qué uso hemos hecho de tantos elementos acumulados?

En cuanto á forrages, seguimos con los que producen espontáneamente los campos, contando muy equivocadamente con la virtud de la mestización para mejorar razas de animales abandonados á las alternativas de las estaciones en campos de pastos anuales ó de esparto.

En cuanto al cultivo de los árboles y de las legumbres, puede decirse que no se conoce sino alrededor de Buenos Aires.

Si pasamos á la parte decorativa, el paisaje es siempre el mismo. Si se trata de campos de pastos tiernos se llega á la estancia atravesando un monte de cardos verdes, de Octubre á Diciembre; un monte de cardos secos de Diciembre á Febrero y una playa de cardos secos ó verdes, según el año, de Febrero á Octubre. Llegado á la estancia se encuentra uno ó dos ombúes y un montecito de durazneros á cualquier rumbo de la casa.

La estancia de pasto fuerte es igual, pero la entrada es siempre la misma y no tiene esa variedad de aspecto que el cardo comunica, según la estación, á la entrada de la estancia de pastos tiernos.

Y, sin embargo, la conquista de muchas de estas plantas que desdeñamos y podrían sernos tan útiles ha costado grandes esfuerzos y grandes sufrimientos, A veces ha dado lugar á rasgos de verdadero heroismo.

En 1762, el Jardin de Plantas de Paris poseia varias plantas de cafetero, arbusto originario de Arabia, cuyas semillas son el café del comercio, y Decieux fué encargado de llevar una á la Martinica, donde se suponía que debía prosperar. La travesía fué muy contrariada y los tripulantes se vieron reducidos durante más de un mes á una escasísima ración de agua. Declieux tuvo el coraje de soportar los tormentos de la sed durante este largo período, y de emplear parte de su insuficiente ración de agua en regar su planta, que desembarcó lozana.

Es de este cafetero que provienen las plantaciones de café que se han hecho en la América, y de consiguiente á él le debe el Brasil su riqueza agrícola. Es probable que el Brasil no conozca ni el nombre de Declieux, y es probable también que habrá levantado estátuas á más de un personaje que no habrá sufrido tanto por sus intereses.


CAPÍTULO VII


CONCLUSIÓN



Facilidad que tienen los peones para ganar dinero en la campaña.—El poco provecho que sacan de esta facilidad.—Fin desgraciado de muchos trabajadores en el campo.—Los peones ganan mas que sus patrones.—Costumbre de los peones de no tener más cama que su recado.—Peligros de esta costumbre.—Episodios del cólera de 1868.—Influencia de la cama en el tratamiento de los coléricos.—Costumbre de maltratar los animales.—Cómo se ejecutan generalmente los trabajos en la campaña.—Modo de carnear las reses en Europa, en Estados Unidos y entre los indios.—Influencia de los consejos anteriores sobre la felicidad.—Algunas paginas de Thiers.—Resumen.


Ningún país civilizado ofrece una remuneración tan generosa al trabajo como el nuestro, y es incontestablemente su carácter distintivo entre todos. Si si se compara el precio de los salarios y el precio de los artículos necesarios á la vida, tanto en la ciudad como en la campaña, se reconoce á primera vista que el trabajador gana como para poder hacer ahorros importantes, sin privarse de nada y viviendo como no pueden vivir los pobres en ningún otro país.

Desgraciadamente, duele decirlo, esa abundancia de trabajo, esa facilidad para vivir, son de muy poco provecho para nuestros peones. Desde la juventud emplean su dinero en contraer vicios, y más tarde en satisfacerlos; la vida desordenada que llevan con su consiguiente séquito de desgracias les aumenta la irascibilidad del carácter, les deseca el corazón, y no cobran ningún cariño á sus patrones; siempre están dispuestos á cambiar de casa por un sí ó por un nó, y forzoso es reconocer que la facilidad que tienen para ganar dinero y encontrar trabajo redunda en un mal para ellos y para sus patrones.

En los primeros capítulos hemos señalado á nuestros trabajadores los peligros del vicio y sus consecuencias fatales. No deja también de ser una consecuencia terrible, después de haber pasado la juventud y la edad madura cambiando de casas, el ser sorprendido por la vejez, sin ahorros y sin un servicio prestado á alguien que se pueda invocar para merecer su protección. Y ese fin del trabajador es desgraciadamente muy común en nuestra campaña. Cuántas veces, siendo miembro de una Municipalidad hemos tenido intervención en las formalidades para remitir á los hospitales de Buenos Aires á hombres que habían ganado bastante dinero en su vida como para pasar la vejez en su casa, al abrigo de la miseria!

Y mientras tanto, qué facilidad admirable tienen nuestros peones para asegurar su porvenir! En medio de la escasez de hombres que hay en la campaña, y sobre todo de hombres que quieren cumplir con sus obligaciones, el peon que se conduce bien pronto se hace apreciar y no tarda en ser casi necesario para la marcha del establecimiento. Tiene entonces una posición segura, al abrigo de las secas y de las pestes que tantas pérdidas ocasionan á estancieros y chacareros. Porque la verdad es que entre nosotros si el trabajo está ampliamente retribuido, si el comercio tomado en su conjunto gana dinero, el estanciero y el chacarero hacen excepciones á esa prosperidad general. Los estancieros propietarios han tenido á su favor la suba de los terrenos que les ha indemnizado las pérdidas de las haciendas, pero ¿qué indemnización han encontrado el chacarero y el estanciero que arriendan? Con este estado de cosas estraño y exacto, sin embargo, el peon tiene una posición muchas veces más lucrativa que la de su mismo patrón, y duele ver que no saque ninguna utilidad de ella.

El derroche de los vicios y la ignorancia han hecho que el paisano siga en el campo con las costumbres que existían antes por falta de comunicaciones y de obreros; entre estas costumbres citaremos la de no tener cama. En las estancias los peones no tienen más cama que su recado. Esa costumbre que siempre ha sido peligrosa para la salud, lo es mucho más hoy con la invasión siempre posible del cólera y de la fiebre amarilla. ¿Cómo atender un enfermo que no tiene más cama que su recado? Es probable que á esta circunstancia se debe en grán parte el número tan crecido de víctimas que hizo en la campaña el cólera de 1868. Esa opinión está basada sobre lo que sucedió en nuestro establecimiento.

Eramos ocho personas. En los primeros días de la invasión de la epidemia un peon cayó enfermo. Ya habíamos podido procurarnos un ejemplar de las instrucciones del Departamento de Higiene, en las cuales se aconsejaba hacer sudar á los enfermos, etcétera, etcétera.

Organizamos una cama con un catre para hacer sudar al enfermo, porque no tenía más cama que un recado miserable. Cuando hubo traspirado bastante, le preguntamos á donde estaba su ropa para que se mudase. Nos contestó que no tenía más que dos camisas, la puesta y la que estaba en poder de la lavandera; le dimos una y le hicimos tomar algunas tazas de menta: al día siguiente estaba bueno. Días después otro peon cayó enfermo, éste de más gravedad, porque cuando se quejó ya había tenido los vómitos y algunos calambres; como no tenía más cama que el recado le proporcionamos una y le dimos los medicamentos del sistema Raspail, porque en el intervalo de la enfermedad de estos dos hombres, un amigo nos había enviado de Buenos Aires las instrucciones y los remedios de este sistema curativo, diciéndonos que por su sencillez convenía para el campo donde no siempre se puede conseguir un médico. La primera toma del licor Raspail hizo cesar los vómitos y las tomas sucesivas no demoraron en cortar la diarrea. A los dos días el enfermo estaba bueno. Más tarde un tercer peon cayó enfermo, le proporcionamos cama, pues á este respecto se hallaba en idénticas condiciones á los primeros. El médico del pueblecito que no había podido atender á los dos primeros—se encontraba sólo en un partido de unas cuarenta leguas cuadradas—pudo asistirlo. Estuvo muy mal, el Doctor lo consideró un momento como perdido, sin embargo, mejoró y salvó.

De modo que tuvimos tres enfermos: el primero salvó con remedios que pueden llamarse caseros, el segundo con remedios del sistema Raspail, y el tercero con los recursos de la ciencia, asistido por un Doctor en medicina, hombre formal y de experiencia.

Ninguno tenía cama y parece probable que si no hubiésemos podido proporcionarles una, no hubiesen salvado. Si esa opinión es exacta, es preciso entonces admitir que una cama al principio de la enfermedad desempeña un grán papel en el tratamiento del cólera, ya que vemos tres enfermos sanar con remedios tan distintos. Alrededor nuestro la mortalidad fué espantosa; el partido contaba unos 4,000 habitantes y las víctimas pasaron de 400. Estamos íntimamente convencidos que las tres cuartas partes fallecieron por falta de una cama con sus correspondientes accesorios.

En virtud de la gravedad del asunto, nos detenemos un poco sobre estas consideraciones, á las cuales la presencia del cólera en muchos puntos de la República (Enero del 87) dá un triste carácter de actualidad. No son sólamente los pobres, los perdidos, los que tienen la costumbre de no tener más cama que el recado; se encuentran también hombres juiciosos y de buena conducta. Algunos llevan en su recado prendas de más valor que el de una cama de lujo. Es una costumbre.

Pero es una costumbre contra la cual es preciso reaccionar y que debe hacerse desaparecer cuanto antes porque tiene resultados funestísimos y nada que lo justifique. Los padres deben acostumbrar á sus hijos desde niños á dormir en una cama, y los patrones deben exijir que cada peon tenga la suya. Confunde la razón ver hombres que, á más de sus gastos excesivos, juegan cinco ó diez nacionales á la taba, como otros fuman un cigarro, no tengan una cama siquiera!

Existe en la campaña la costumbre bárbara de maltratar á los animales; semejante costumbre es una vergüenza y todas las personas de sentimientos nobles deben combatirla enérgicamente. Los patrones deben prohibir á sus peones esas crueldades que perjudican sus intereses, y los padres de familia deben prohibirlas á sus hijos, porque son más propias de salvajes que de hombres civilizados.

En las hierras, en las esquilas, en las señaladas, etc., es costumbre demasiado general, tratar á los animales como si no fuesen sensibles al dolor lo mismo que nosotros; trátanlos casi como los chacareros tratan los miembros del reino vegetal en sus eras. El alcoholismo ha aumentado el mal todavía; se encuentran con frecuencia ébrios que castigan su caballo por la cabeza, y uno se pregunta en virtud de qué imperfección de las cosas de este mundo, el hombre caído más abajo que el bruto con el alcohol, tiene todavía poder sobre el animal.

Cuando los trabajos son bien dirigidos, cuando los peones saben trabajar y atienden su trabajo, no se estropean los animales. Pero si las disposiciones han sido mal tomadas; si se han asustado los animales sin lograr encerrarlos de la primera vez, costará para volverlos á encerrar y habrá quizás que estropearlos para conseguirlo. Una vez empezado el trabajo, si el que lo dirige se va á las casas ó no lo atiende, los peones se entregarán inmediatamente á esos juegos propios de su falta de educación. En lugar de atar ligero los animales una vez pialados, les dejarán levantarse por descuido, ocupados en conversar con el vecino, ó intencionalmente para tener el gusto de voltearlos otra vez. Volverán á pialar los animales que se suelten después de herrados ó castrados para tener el gusto de aplicarles otro golpe con todas sus fuerzas, con riesgo de quebrarles algun miembro.

Todas esas escenas dan un carácter salvaje que entristece á nuestros trabajos de campo. Sin duda nuestros animales criados á campo no pueden manejarse como los animales criados á pesebre, pero asimismo podrían manejarse de otro modo. La verdad es que nadie se acuerda de los sufrimientos de los animales y los tratamos como si fuesen de palo.

A más de ese sentimiento natural de bondad que hace que nos duela ver sufrir los séres, los animales nos rinden tantos servicios que la gratitud debe también hacernos ahorrarles con cuidado todos los sufrimientos inútiles.

Lo que hemos dicho de los trabajos, se refiere igualmente á la carneada. En Europa y en Norte América antes de degollar la res, se procede á ponerla insensible al dolor con un golpe de maza en la frente. Actualmente se trata de emplear la electricidad, etc., siempre en vista de disminuir los sufrimientos de los animales.

El General Mansilla presenció una carneada en los corrales del cacique Mariano Rosas, y la relata así en su interesantísima obra Una escursión á los indios Ranqueles:

«Enlazada y pialada la res, calló en tierra.

«Un indio le dió un bolazo en la frente y la dejó sin sentido.

«En seguida la degollaron.

—«Para qué es ese bolazo, hermano? le pregunté á Mariano.

—«Para que no brame, hermano, me contestó. No vé que dá lástima matarlo así?

Se vé, pues, que el modo cruel de carnear las reses que se usa en las estancias y los corrales de los pueblos de campaña no tienen ninguna disculpa porque si las haciendas de Europa y de Norte-América son haciendas de pesebre, las que tenían los indios eran iguales á las nuestras y avergüenza pensar que los indios eran ménos crueles que nosotros con los animales.

Cerraremos aquí esta revista de las cosas de la campaña, porque creemos haber señalado á nuestros lectores todos los escollos que hemos encontrado en el camino. Ahora no nos queda más que contestar una objeción.

Se nos preguntará quizás ¿y evitando los escollos que Vd. ha señalado, el hombre tiene que ser feliz? Entendámonos.

El hombre que se abstiene de jugar evita la ruina segura que ocasiona el juego; el hombre sóbrio evita las enfermedades que produce inevitablemente la intemperancia etc., pero el hombre que no juega puede tener reveses de fortuna, y el hombre sóbrio puede caer enfermo, etc. Evitando los vicios, se evitan las desgracias que ocasionan, pero no las desgracias y las penas de la vida que son el resultado de nuestra misma naturaleza, y que les toca indistintamente á los hombres de buena conducta y á los que llevan una conducta desordenada.

Thiers, en su libro De la Propiedad, ha consagrado el último capítulo que ha titulado: Del mal en el mundo al exámen de esas penas de la vida, independientes de las leyes de los gobiernos y de la conducta de los individuos. Creemos que nuestros lectores nos agradecerán la traducción de algunas de esas páginas elocuentes. No nos comprometemos á reproducir el colorido del grán artista, pero nos esforzaremos por traducir fielmente las ideas del pensador ilustre.

Después de haber probado lo absurdo de las doctrinas de los socialistas y que los gritos contra el órden social actual son infundados, Thiers añade:

«Suprimid hasta esos gritos, y quedará un largo y contínuo gemido. Pero ese gemido, ¿cuál es? Es el del corazón humano. Remontad los siglos, id de la feudalidad al imperio romano, bajo el imperio romano escoged la felicidad de los Antoninos, el largo descanso de Augusto; id á Grecia, visitad esas ciudades tan opulentas, la brillante Atenas y la rica Corinto, volved á bajar el curso de los tiempos, recorred los dos hemisferios, observad al indolente indio y al laborioso chino que con un poco de arroz se alimenta; volved entre otros pueblos, pasad el Océano, recorred de un polo á otro esas Américas, adelantándose como dos grandes islas entre los dos Océanos; seguid en su carrera á ese salvaje que no corre más riesgo en las sábanas que alcanzar ó errar el bisonte cuya carne come, y poniendo el sentimiento de la patria en los huesos de sus antepasados, que lleva consigo encerrados en pieles, ha reducido tanto los azares de la vida; volved sobre los buques del americano o del inglés, admirad la opulencia sentada sobre las riberas del Támesis ó del Zuiderzee; venid á ver, en fin, los pastores del Oberland; observad, en una palabra, la universalidad del género humano, escuchad todos los corazones: ¿no hay acaso el dolor común en el fondo de todos? Entre esos hombres tan diferentes, ¿cuál tiene lo que desea? ¿Cuál no tiene algo que sentir, algo que temer? ¿Cuál en el curso de su vida no ha perdido al padre, la madre, la mujer, el hijo? ¿Cuál no tiene delante de sí las penas de la vida que empieza, que está llena de labores, que no ha dado resultado todavía, ó las penas de la vida que declina hácia la muerte como el sol hácia el horizonte, y los deseos á punto de apagarse une las vagas aprensiones del fin que se acerca, aprensiones amargas para el espíritu limitado, sólamente tristes para el espíritu elevado, pero para aquel mezcladas de mil otros pesares que el espíritu limitado no tiene...

«Este, feliz en apariencia, no quereis interesaros á él porque lo que aspira es dinero y poder. Consiento en ello. Pero hélo que manda ejércitos, que practica la noble profesión de las armas. Muere como Epaminondas en Mantinea, después de haber vencido en Leuentres; muere como Gustavo-Adolfo Lutzen, después de haber vencido en Leipzig; ó bien como Gastón de Foix, á la entrada misma de su carrera, muere en Ravena en medio del más hermoso triunfo. Feliz guerrero, mueres, mueres jóven, eres feliz en morir, porque mueres sobre una cama de banderas. Pero ese anciano Cárlos V á quien todo ha salido bien, vencedor de Francisco I, ¿dígame por qué abdica y concluye consumido de tristeza? Anibal, vencedor durante veinte años, hélo vencido en Zama, ¿vencido por quién? Por un jóven. Y ese jóven, ese Escipión, que tuvo al empezar su carrera esa grán gloria, gloria inmortal que nunca ha sido borrada, de vencer á Aníbal, ese joven pasa el resto de su vida siendo envidiado, deplorando el tener un hijo indigno y manteniéndose alejado de Roma maldiciendo su patria. Y esos felices que la historia llama Luis XIV y Napoleón, esos felices que llenaron el universo de despecho, el uno durante cincuenta años, el otro durante veinte, el primero viejo ya, pasado de la ternura de La Valliére á la triste dominación de la señora de Maintenon, de las Dunas, de Rocroy á Malplaquet, de Turenne y de Condé á Villeroy, dijo un día á este último:—Señor mariscal, á nuestra edad ya uno no es feliz.—El otro de Rivoli, de Marengo de Austerlitz, de Friendlan, pasa á Leipzig y á Waterloo, de las Tullerias, del Escorial, del Schœbrunn, de Patsdam, del Kremlin á Santa Elena. Muere sólo, sin una esposa, sin un hijo, ligado como Prometeo sobre su roca. Y vosotros que habeis visto caer á Cárlos X y á Luis Felipe, caer rama sobre rama, trono sobre trono, creeis acaso que no hay dolores arriba, abajo, en todas partes, y más arriba que abajo! Inútil divagación á través del campo de los dolores universales! Os hablo de los dolores del sayal, y me contestais con los de la púrpura. ¡Ah! muy corta sería vuestra vista si no alcanzase á ver que esa púrpura y ese sayal son un velo insignificante arrojado sobre el alma humana, y que debajo del brillo deslumbrante de la una y el color empañado del otro, hay una terrible igualdad de sufrimientos. Dios puso en todos, ese mismo resorte del alma humana, el cual apretado por el mundo resiste, se dobla, vuelve á levantarse se dobla todavía, no cesa de gemir en esos varios movimientos, pero obra siempre, y hace adelantar la humanidad á través de una prueba visible, hácia un término invisible...»

«Efectivamente, ¿qué es sentir? ¿Es esperimentar una sensación indiferente, como sería la de un color sucediendo á otro, y no causando á aquel que lo vé ningún sentimiento de placer ó de pena? Pero entonces no me moveria, quedaría inactivo. No empiezo á sentir en realidad sino cuando estoy afectado agradable ó desagradablemente; entónces hay pena, pero placer también; hay movimiento para huir la pena, para alcanzar el placer, hay acción, hay vida.

«Decidme que mejor valdría no ser, ó ser ménos, y bajar, por ejemplo, del hombre que siente mucho á la abeja que no siente sino en proporción del móvil necesario á su vida, de la abeja al pólipo, al vejetal, á la piedra, á la nada. Lo admito, pero eso es el suicidio. O bien me diréis que es preciso, en lugar de bajar, subir más arriba, elevarse allá donde no se siente el mal, adonde se descansa en el seno de Dios, Lo admito tadavía. Sin embargo, os diré: Es demasiado temprano.

»La religión, yendo más léjos que la filosofía, la religión sacando de las necesidades del alma una conjetura sublime, que es un deseo para el que no cree completamente y una certidumbre para aquel que tiene la fé entera, la religión os dice: Sufrid, sufrid con humildad, paciencia, esperanza, mirando que Dios os observa y os recompensará.—Hace así de cada dolor una jornada del largo viaje que debe conducirnos á la felicidad postrera. Y entonces el dolor no es más que una de las penas de ese viaje inevitable, y si hace sufrir, está seguido por un consuelo inmediato que es la esperanza.

«Por eso es que esa poderosa religión, que se llama el Cristianismo, ejercita sobre el mundo una dominación contínua, y lo debe entre otros motivos, á una ventaja que sóla ha poseido entre las demás religiones. Esa ventaja, ¿sabéis cuál es? Es sólo haber dado un sentido al dolor. El espíritu humano ha tenido más de una controversia con ella sobre sus dogmas, pero ninguna sobre su moral, es decir sobre su modo de entender el corazón humano.

«El paganismo no pudo resistir á la primera mirada de Sócrates ó de Cicerón, porque esa religión consistía en leyendas fabulosas, poesía graciosa más bien que religión, historia de las pasiones, de los amores, de los placeres, de los pesares, de los reyes puesta en los cielos. Como historia no pasaba de una crónica falsa, como moral de un escándalo. Pero la que vino y dijo: No hay más que un sólo Dios, ha sufrido él mismo, sufrido por vosotros; la que le mostró sobre una cruz, subyugó los hombres correspondiendo á su razón por la idea de la unidad de Dios, conmoviendo su corazón por la deificación del dolor.

«Y cosa admirable, ese Dios sufriendo, presentado sobre una cruz en las angustias de la muerte, ha sido mil veces más adorado por los hombres, que el Júpiter, tranquilo, sereno y tan magestuosamente hermoso de Fidias. Las artes lo han vuelto sublime, mucho más sublime que el Júpiter de los antiguos. Y ahí está todo el secreto de la diferencia que existe entre el arte antiguo y el arte moderno: el primero superior por la forma, el segundo por el sentimiento: el uno dotado de un cuerpo, el otro de un alma.»

«Así es que mientras el paganismo no pudo soportar un momento el exámen de la razón humana, el Cristianismo subsiste después que Descartes ha puesto el fundamento de la certidumbre, después que Galileo ha descubierto el movimiento de la tierra, después que Newton ha descubierto la atracción, después que Voltaire y Rousseau han volteado los tronos. Y todos los políticos sensatos, sin juzgar sus dogmas, que no tienen sino un juez, la fé, desean que dure.»

Resulta pues de nuestras investigaciones que hay dos clases de males en el mundo: unos muy numerosos y muy dolorosos, son la consecuencia fatal de los vicios y se evitan con una buena conducta.

Los otros males, resultado de nuestra naturaleza mortal, no está en nuestro poder el evitarlos. Su remedio, es la resignación y sobre todo la confianza en Dios y la esperanza en un mundo mejor.



FIN

ÍNDICE


Páginas
 Prefacio del autor..........................................................................................................................................................................................................................................................
3
 capítulo iVentajas de la vida del campo—Descripción del hombre feliz por Nodier—El hombre de campo es el miembro más independiente y el mas útil de la sociedad—Porqué quiere el hombre de campo cambiar su posición—Placeres de las grandes ciudades—El hombre de campo y el hombre de la ciudad envidiandose mútuamente su posición—Agitación de la vida de las grandes ciudades—Efecto de los ferro-carriles sobre la población de la campaña—La emigración de la población rural es un mal nacional—Ventajas que ofrece la vida de campo para la formación y el desarrollo de la familia—Paralelo con la vida de la ciudad—El hombre que tiene experiencia prefiere la vida de campo—Afición al campo de los grandes hombres—Shakespeare en New-Place—Cervantes en el prólogo del Don Quijote—Washington—Napoleón el 13 de Noviembre de 1819..........................................................................................................................................................................................................................................................
5
 capítulo iiResultado de los vicios en el campo—La independencia que goza el hombre en el campo se pierde con contraer deudas—Las nuevas costumbres; su resultado para el presupuesto de las familias—El lujo es mas peligroso en la campaña que en la ciudad—Modo de vivir de nuestros padres—Valor de nuestros productos en 1857—Invasión del alcoholismo en el campo—Régimen de los pueblos que viven entre los 22º y 39º de latitud—Los europeos y las bebidas fermentadas—Influencia de la sobriedad de nuestros padres sobre la longevidad—Modo de procurarse el pan mas barato—Necesidad de una huerta en las estancías—Del juego, sus víctimas y sus resultados—El trabajo es la única fuente de la prosperidad—La reina de Inglaterra en Balmoral...........................................................................................................................................................................................................................................................
19
 capítulo iiiLa familia en el campo—El alcoholismo y el juego se oponen á la formación de la familia.—Uniones irregulares; sus consecuencias desgraciadas.—Padres de familia que el juego arrastra fuera de su casa.—Deberes de los padres de familia.—Necesidad del trabajo en nuestra época.—La mujer argentina.—Reflexiones sobre la moda.—Lo que debe entenderse por civilización.—Necesidad del ahorro en las familias.—Preparación de los alimentos.—Las hijas de los oficiales de la Legión de Honor en su colegio de Paris.—Papel de la madre de familia; su importancia.—El crédito en el campo; sus ventajas.—Un apólogo de Esopo.—Peligros que encierra el abuso del crédito.—Los mas ricos no son los más felices.—El hombre sin camisa..........................................................................................................................................................................................................................................................
35
 capítulo ivLa educación de los hijos—La educacion en la campaña es incompleta é imperfecta.—Necesidad de colegios de educación secundaria en los pueblos de la campaña.—Los defectos de la educación provienen de los defectos de la representación política—Defectos de las elecciones en la campaña—El voto obligatorio—Absurdo de la intolerancia en materia de elecciones.—De cómo sucede a veces que dos amigos adoptan candidatos distintos y se pelean después.—Los que piden votos, los que regalan su voto y los que no van a votar.—Las disculpas de los que no votan no tienen fundamento.—Reformas en las costumbres electorales—Es deber de los ciudadanos el aceptar las funciones públicas.—Ejemplos de egoismo.—Lo que se necesita saber para desempeñar las funciones municipales y escolares.—Necesidad de reformar las costumbres electorales para salvar las deficiencias del sistema de educación y de la administración de justicia.—El sistema de educación y la administración de justicia constituyen una inferioridad notable de la vida del campo comparada con la vida de la ciudad—El ideal de la enseñanza..........................................................................................................................................................................................................................................................
49

 capítulo v.—La educación de la familia.—La educación debe seguirse después de la salida de la escuela—El hombre puede aprender a leer y escribir en cualquier edad.—No necesita maestros.—Cursos de adultos.—Ejemplo tomado en el hogar.—Necesidad de saber leer y firmar para la administración de intereses.—Clasificación de los libros.—El punto de partida de algunas ciencias.—Consideraciones sobre las obras maestras de la poesía.—Diferencia que existe entre el arte y la ciencia.—Libros que tratan de artes y oficios.—Libros de historia y geografía.—Las novelas y la escuela naturalista.—Libros útiles y libros peligrosos.—Una lista de buenos libros para las familias.—El libro es un amigo fiel y útil.—El libro es el hombre de genio ó de talento despojado de las miserias y de las debilidades de nuestra naturaleza.—Los libros sufren las mismas vicisitudes que los demás monumentos de los hombres—Incendio de la Biblioteca de Alejandria por Omar..........................................................................................................................................................................................................................................................
63
 capítulo viEl campo y la ciencia—La ciencia mejora los campos y los embellece—Plantas introducidas de cincuenta años á esta parte—Datos sobre el Ramié—Movimiento intelectual y comercial que produce hoy la ciencia rural—Animales introducidos de cincuenta años a esta parte; datos sobre el Yack—Mejora de los animales domésticos—Movimiento de la piscicultura; su descubrimiento; su estado actual—Posición del hombre iletrado en presencia del movimiento científico—La rotación de los cultivos—Sistema agrícola del siglo anterior—Tierras cultivadas y tierras vírgenes; errores corrientes—Recursos de la arboricultura para la decoración de los parques y grandes jardines—Recursos de la floricultura para la decoración de los jardines, de las rocallas, de las aguas y de sus riberas—No sacamos ningún partido de las conquistas de la ciencia—Introducción del café en América..........................................................................................................................................................................................................................................................
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 capítulo viiConclusión—Facilidad que tienen los peones para ganar dinero en la campaña—El poco provecho que sacan de esta facilidad.—Fin desgraciado de muchos trabajadores en el campo.—Los peones ganan mas que sus patrones.—Costumbre de los peones de no tener más cama que su recado.—Peligros de esta costumbre.—Episodios del cólera de 1868.—Influencia de la cama en el tratamiento de los coléricos.—Costumbre de maltratar los animales.—Cómo se ejecutan generalmente los trabajos en la campaña.—Modo de carnear las reses en Europa, en Estados Unidos y entre los indios.—Influencia de los consejos anteriores sobre la felicidad.—Algunas paginas de Thiers.—Resumen..........................................................................................................................................................................................................................................................
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