El perro del hortelano (Versión para imprimir)

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Autor: Lope de Vega

Personas
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El perro del hortelano



DIANA, condesa de Belflor
TEODORO, su secretario
OTAVIO, su mayordomo
FABIO, su gentilhombre
TRISTÁN, lacayo


ANARDA, dama
MARCELA, dama
DOROTEA, dama
FEDERICO, conde
LUDOVICO, conde


RICARDO, marqués
LEONIDO, criado
ANTONELO, lacayo
FURIO


LIRANO
CELIO, criado
CAMILO
Un PAJE


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Salen TEODORO y TRISTÁN; vienen huyendo


Teodoro:

 Huye, Tristán, por aquí.

Tristán:

 Notable desdicha ha sido.

Teodoro:

 ¿Si nos habrá conocido?

Tristán:

 No sé; presumo que sí.
(Vanse. Sale Diana)

Diana:

 ¡Ah gentilhombre!, esperad.
 ¡Teneos, oíd! ¿qué digo?
 ¿Esto se ha de usar conmigo?
 Volved, mirad, escuchad.
 ¡Hola! ¿No hay aquí un crïado?
 ¡Hola! ¿No hay un hombre aquí?
 Pues no es sombra lo que vi,
 ni sueño que me ha burlado.
 ¡Hola! ¿Todos duermen ya?
(Sale Fabio)

Fabio:

 ¿Llama vuestra señoría?

Teodoro:

 Para la cólera mía
 gusto esa flema me da.
 Corred, necio, enhoramala,
 pues merecéis este nombre,
 y mirad quién es un hombre
 que salió de aquesta sala.

Fabio:

 ¿De esta sala?

Diana:

 Caminad,
 y responded con los pies.

Fabio:

 Voy tras él.

Diana:

 Sabed quién es.

Fabio:

 ¿Hay tal traición, tal maldad?
(Sale Otavio)

Otavio:

 Aunque su voz escuchaba,
 a tal hora no creía
 que era vuestra señoría
 quien tan aprisa llamaba.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Diana:

 ¡Muy lindo Santelmo hacéis!
 ¡Bien temprano os acostáis!
 ¡Con la flema que llegáis!
 ¡Qué despacio que os movéis!
 Andan hombres en mi casa
 a tal hora, y aún los siento
 casi en mi propio aposento;
 que no sé yo dónde pasa
 tan grande insolencia, Otavio.
 Y vos, muy a lo escudero,
 cuando yo me desespero,
 ¿ansí remediáis mi agravio?

Otavio:

 Aunque su voz escuchaba,
 a tal hora no creía
 que era vuestra señoría
 quien tan aprisa llamaba.

Diana:

 Volveos; que no soy yo;
 acostaos; que os hará mal.

Otavio:

 Señora...

(Sale Fabio)

Fabio:

 No he visto tal.
 Como un gavilán partió.

Diana:

 ¿Viste las señas?

Fabio:

 ¿Qué señas?

Diana:

 ¿Una capa no llevaba
 con oro?

Fabio:

 Cuando bajaba
 la escalera...

Diana:

 ¡Hermosas dueñas
 sois los hombres de mi casa!

Fabio:

 A la lámpara tiró
 el sombrero y la mató.
 Con esto los patios pasa,
 y en lo escuro del portal
 saca la espada y camina.

Diana:

 Vos sois muy lindo gallina.

Fabio:

 ¿Qué querías?

Diana:

 ¡Pesia tal!
 Cerrar con él y matalle.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Otavio:

 Si era hombre de valor,
 ¿fuera bien echar tu honor
 desde el portal a la calle?

Diana:

 ¡De valor aquí! ¿Por qué?

Otavio:

 ¿Nadie en Nápoles te quiere,
 que mientras casarse espere,
 por dónde puede te ve?
 ¿No hay mil señores que están,
 para casarse contigo,
 ciegos de amor? Pues bien digo,
 si tú le viste galán,
 y Fabio tirar bajando
 a la lámpara el sombrero.

Diana:

 Sin duda fue caballero
 que, amando y solicitando,
 vencerá con interés
 mis crïados; que crïados
 tengo, Otavio, tan honrados.
 Pero yo sabré quién es.
 Plumas llevaba el sombrero,
 y en la escalera ha de estar.

(A Fabio)

Diana:

 Ve por él.

Fabio:

 ¿Si le he de hallar?

Diana:

 Pues claro está, majadero;
 que no había de bajarse
 por él cuando huyendo fue.

Fabio:

 Luz, señora, llevaré.

(Vase Fabio)

Diana:

 Si ello viene a averiguarse,
 no me ha de quedar culpado
 en casa.

Otavio:

 Muy bien harás;
 pues cuando segura estás,
 te han puesto en este cuidado.
 Pero aunque es bachillería,
 y más estando enojada,
 hablarte en lo que te enfada,
 ésta tu injusta porfía
 de no te querer casar
 causa tantos desatinos,
 solicitando caminos
 que te obligasen a amar.

Diana:

 ¿Sabéis vos alguna cosa?

Otavio:

 Yo, señora, no sé más
 de que en opinión estás
 de incansable cuanto hermosa.
 El condado de Belflor
 pone a muchos en cuidado.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Sale Fabio

Fabio:

 Con el sombrero he topado;
 mas no puede ser peor.

Diana:

 Muestra. ¿Qué es esto?

Fabio:

 No sé.
 Éste aquel galán tiró.

Diana:

 ¿Éste?

Otavio:

 No le he visto yo
 más sucio.

Fabio:

 Pues éste fue.

Diana:

 ¿Éste hallaste?

Fabio:

 Pues ¿yo había
 de engañarte?

Otavio:

 ¡Buenas son
 Las plumas!

Fabio:

 El es ladrón.

Otavio:

 Sin duda a robar venía.

Diana:

 Haréisme perder el seso.

Fabio:

 Este sombrero tiró.

Diana:

 Pues las plumas que vi yo,
 y tantas, que aun era exceso,
 ¿en esto se resolvieron?

Fabio:

 Como en la lámpara dio,
 sin duda se las quemó,
 y como estopas ardieron.
 Ícaro, ¿al sol no subía,
 y abrasándose las plumas,
 cayó en las blancas espumas
 del mar? Pues esto sería.
 El sol la lámpara fue,
 Ícaro el sombrero; y luego
 las plumas deshizo el fuego,
 y en la escalera le hallé.

Diana:

 No estoy para burlas, Fabio.
 Hay aquí mucho que hacer.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Otavio:

 Tiempo habrá para saber
 la verdad.

Diana:

 ¿Qué tiempo, Otavio?

Otavio:

 Duerme agora; que mañana
 lo puedes averiguar.

Diana:

 No me tengo de acostar,
 no, por vida de Dïana,
 hasta saber lo que ha sido.
 Llama esas mujeres todas.
(Vase Fabio)

Otavio:

 Muy bien la noche acomodas.

Diana:

 Del sueño, Otavio, me olvido
 con el cuidado de ver
 un hombre dentro en mi casa.

Otavio:

 Saber después lo que pasa
 fuera discreción, y hacer
 secreta averiguación.

Diana:

 Sois, Otavio, muy discreto;
 que dormir sobre un secreto
 es notable discreción.

(Salen Fabio, Marcela, Dorotea, Anarda)

Fabio:

 Las que importan he traído;
 que las demás no sabrán
 lo que deseas, y están
 rindiendo al sueño el sentido.
 Las de tu cámara solas
 estaban por acostar.

Anarda:

 (De noche se altera el mar, Aparte
 y se enfurecen las olas.)

Fabio:

 ¿Quieres quedar sola?

Diana:

 Sí.
 Salíos los dos allá.

Fabio: [Fabio habla] aparte a Otavio

 ¡Bravo examen!

Otavio:

 Loca está.

Fabio:

 (Y sospechosa de mí.)

(Vanse Otavio y Fabio)

Diana:

 Llégate aquí, Dorotea.

Dorotea:

 ¿Qué manda vuseñoría?

Diana:

 Que me dijeses querría
 quién esta calle pasea.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Dorotea:

 Señora, el marqués Ricardo,
 y algunas veces el conde
 Paris.

Diana:

 La verdad responde
 de lo que decirte aguardo,
 si quieres tener remedio.

Dorotea:

 ¿Qué te puedo yo negar?

Diana:

 ¿Con quién los has visto hablar?

Dorotea:

 Si me pusieses en medio
 de mil llamas, no podré
 decir que, fuera de ti,
 hablar con nadie los vi
 que en aquesta casa esté.

Diana:

 ¿No te han dado algún papel?
 ¿Ningún paje ha entrado aquí?

Dorotea:

 Jamás.

Diana:

 Apártate allí.

([Marcela habla] aparte a Anarda)

Marcela:

 (¡Brava inquisición!)

Anarda:

 Cruel.

Diana:

 Oye, Anarda.

Anarda:

 ¿Qué me mandas?

Diana:

 ¿Qué hombre es éste que salió?

Anarda:

 ¿Hombre?

Diana:

 Desta sala; y yo
 sé los pasos en que andas.
 ¿Quién le trajo a que me viese?
 ¿Con quién habla de vosotras?

Anarda:

 No creas tú que en nosotras
 tal atrevimiento hubiese.
 ¡Hombre, para verte a ti,
 había de osar traer
 criada tuya, ni hacer
 esa traición contra ti!
 No, señora, no lo entiendes.

Diana:

 Espera, apártate más;
 porque a sospechar me das,
 si engañarme no pretendes,
 que por alguna crïada
 este hombre ha entrado aquí.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Anarda:

 El verte, señora, ansí,
 y justamente enojada,
 dejada toda cautela,
 me obliga a decir verdad,
 aunque contra la amistad
 que profeso con Marcela.
 Ella tiene a un hombre amor,
 y él se le tiene también;
 mas nunca he sabido quién.

Diana:

 Negarlo, Anarda, es error.
 Ya que confiesas lo más,
 ¿para qué niegas lo menos?

Anarda:

 Para secretos ajenos
 mucho tormento me das,
 sabiendo que soy mujer;
 mas basta que hayas sabido
 que por Marcela ha venido.
 Bien te puedes recoger;
 que es sólo conversación,
 y ha poco que se comienza.

Diana:

 ¡Hay tan crüel desvergüenza!
 ¡Buena andará la opinión
 de una mujer por casar!
 ¡Por el siglo, infame gente,
 del conde mi señor!

Anarda:

 Tente,
 y déjame disculpar;
 que no es de fuera de casa
 el hombre que habla con ella,
 ni para venir a vella
 por esos peligros pasa.

Diana:

 En efeto, ¿es mi criado?

Anarda:

 Sí, señora.

Diana:

 ¿Quién?

Anarda:

 Teodoro.

Diana:

 ¿El secretario?

Anarda:

 Yo ignoro
 lo demás; sé que han hablado.

Diana:

 Retírate, Anarda, allí.

Anarda:

 Muestra aquí tu entendimiento.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Diana:

 (Con más templanza me siento, Aparte
 sabiendo que no es por mí.)
 Marcela...

Marcela:

 Señora...

Diana:

 Escucha.

Marcela:

 ¿Qué mandas? (Temblando llego.) Aparte

Diana:

 ¿Eres tú de quien fiaba
 mi honor y mis pensamientos?

Marcela:

 Pues ¿qué te han dicho de mí,
 sabiendo tú que profeso
 la lealtad que tú mereces?

Diana:

 ¿Tú, lealtad?

Marcela:

 ¿En qué te ofendo?

Diana:

 ¿No es ofensa que en mi casa,
 y dentro de mi aposento,
 entre un hombre a hablar contigo?

Marcela:

 Está Teodoro tan necio
 que donde quiera me dice
 dos docenas de requiebros.

Diana:

 ¿Dos docenas? ¡Bueno a fe!
 Bendiga el buen año el cielo,
 pues se venden por docenas.

Marcela:

 Quiero decir que, en saliendo
 o entrando, luego a la boca
 traslada sus pensamientos.

Diana:

 ¿Traslada? Término extraño.
 ¿Y qué te dice?

Marcela:

 No creo
 que se me acuerde.

Diana:

 Sí hará.

Marcela:

 Una vez dice, “Yo pierdo
 el alma por esos ojos.”
 Otra, “Yo vivo por ellos;
 esta noche no he dormido,
 desvelando mis deseos
 en tu hermosura.” Otra vez
 me pide sólo un cabello
 para atarlos, porque estén
 en su pensamiento quedos.
 Mas ¿para qué me preguntas
 niñerías?


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Diana:

 Tú a lo menos
 bien te huelgas.

Marcela:

 No me pesa;
 porque de Teodoro entiendo
 que estos amores dirige
 a fin tan justo y honesto,
 como el casarse conmigo.

Diana:

 Es el fin del casamiento
 honesto blanco de amor.
 ¿Quieres que yo trate desto?

Marcela:

 ¡Qué mayor bien para mi!
 Pues ya, señora, que veo
 tanta blandura en tu enojo
 y tal nobleza en tu pecho,
 te aseguro que le adoro,
 porque es el mozo más cuerdo,
 más prudente y entendido,
 más amoroso y discreto,
 que tiene aquesta ciudad.

Diana:

 Ya sé yo su entendimiento
 del oficio en que me sirve.

Marcela:

 Es diferente el sujeto
 de una carta, en que les pruebas
 a dos títulos tu deudo,
 de verle hablar más de cerca,
 en estilo dulce y tierno,
 razones enamoradas.

Diana:

 Marcela, aunque me resuelvo
 a que os caséis, cuando sea
 para ejecutarlo tiempo,
 no puedo dejar de ser
 quien soy, como ves que debo
 a mi generoso nombre;
 porque no fuera bien hecho
 daros lugar en mi casa.
 (Sustentar mi enojo quiero.) Aparte
 Pues ya que todos lo saben,
 tú podrás con más secreto
 proseguir ese tu amor;
 que en la ocasión yo me ofrezco
 a ayudaros a los dos;
 que Teodoro es hombre cuerdo,
 y se ha criado en mi casa;
 y a ti, Marcela, te tengo
 la obligación que tú sabes,
 y no poco parentesco.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Marcela:

 A tus pies tienes tu hechura.

Diana:

 Vete.

Marcela:

 Mil veces los beso.

Diana:

 Dejadme sola.
 [ANARDA habla] aparte a MARCELA
 |-

ANARDA:

 (¿Qué ha sido?

Marcela:

 Enojos en mi provecho.

Dorotea:

 ¿Sabe tus secretos ya?

Marcela:

 Sí sabe, y que son honestos.)
 MARCELA, DOROTEA y ANARDA
hacen tres reverencias a la condesa,
y se van

Diana:

 Mil veces he advertido en la belleza,
 gracia y entendimiento de Teodoro,
 que a no ser desigual a mi decoro,
 estimara su ingenio y gentileza.
 Es el amor común naturaleza;
 mas yo tengo mi honor por más tesoro,
 que los respetos de quien soy adoro,
 y aun el pensarlo tengo por bajeza.
 La envidia bien sé yo que ha de quedarme;
 que si la suelen dar bienes ajenos,
 bien tengo de que pueda lamentarme,
 porque quisiera yo que, por lo menos,
 Teodoro fuera más, para igualarme,
 o yo, para igualarle, fuera menos.
 Vase DIANA. Salen TEODORO Y TRISTÁN

Teodoro:

 No he podido sosegar.

Tristán:

 Y aun es con mucha razón;
 que ha de ser tu perdición
 si lo llega a averiguar.
 Díjete que la dejaras
 acostar, y no quisiste.

Teodoro:

 Nunca el amor se resiste.

Tristán:

 Tiras, pero no reparas.

Teodoro:

 Los diestros lo hacen ansí.

Tristán:

 Bien sé yo que si lo fueras,
 el peligro conocieras.

Teodoro:

 ¿Si me conoció?


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Tristán:

 No y sí;
 que no conoció quién eras,
 y sospecha le quedó.

Teodoro:

 Cuando Fabio me siguió
 bajando las escaleras,
 fue milagro no matalle.

Tristán:

 ¡Qué lindamente tiré
 mi sombrero a la luz!

Teodoro:

 Fue
 detenelle y deslumbralle,
 porque si adelante pasa,
 no le dejara pasar.

Tristán:

 Dije a la luz al bajar,
 “Di que no somos de casa”;
 y respondióme: “Mentís.”
 Alcé y tiréle el sombrero;
 ¿quedé agraviado?

Teodoro:

 Hoy espero
 mi muerte.

Tristán:

 Siempre decís
 esas cosas los amantes
 cuando menos pena os dan.

Teodoro:

 Pues ¿qué puedo hacer, Tristán,
 en peligros semejantes?

Tristán:

 Dejar de amar a Marcela,
 pues la condesa es mujer
 que si lo llega a saber,
 no te ha de valer cautela
 para no perder su casa.

Teodoro:

 Y ¿no hay más sino olvidar?

Tristán:

 Liciones te quiero dar
 de cómo el amor se pasa.

Teodoro:

 ¿Ya comienzas desatinos?


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Tristán:

 Con arte se vence todo:
 oye, por tu vida, el modo
 por tan fáciles caminos.
 Primeramente has de hacer
 resolución de olvidar,
 sin pensar que has de tornar
 eternamente a querer;
 que si te queda esperanza
 de volver, no habrá remedio
 de olvidar; que si está en medio
 la esperanza, no hay mudanza.
 ¿Por qué piensas que no olvida
 luego un hombre a una mujer?
 Porque, pensando volver,
 va entreteniendo la vida.
 Ha de haber resolución
 dentro del entendimiento,
 con que cesa el movimiento
 de aquella imaginación.
 ¿No has visto faltar la cuerda
 de un reloj, y estarse quedas
 sin movimiento las ruedas?
 Pues desa suerte se acuerda
 el que tienen las potencias,
 cuando la esperanza falta.

Teodoro:

 Y la memoria, ¿no salta
 luego a hacer mil diligencias,
 despertando el sentimiento
 a que del bien no se prive?

Tristán:

 Es enemigo que vive
 asido al entendimiento,
 como dijo la canción
 de aquel español poeta;
 mas por eso es linda treta
 vencer la imaginación.

Teodoro:

 ¿Cómo?


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Tristán:

 Pensando defetos,
 y no gracias; que olvidando,
 defetos están pensando,
 que no gracias, los discretos.
 No la imagines vestida
 con tan linda proporción
 de cintura, en el balcón
 de unos chapines subida.
 Toda es vana arquitectura;
 porque dijo un sabio un día
 que a los sastres se debía
 la mitad de la hermosura.
 Como se ha de imaginar
 una mujer semejante,
 es como un disciplinante
 que le llevan a curar.
 Esto sí; que no adornada
 del costoso faldellín.
 Pensar defetos, en fin,
 es medicina aprobada.
 Si de acordarte que veías
 alguna vez una cosa
 que te pareció asquerosa,
 no comes en treinta días;
 acordándote, señor,
 de los defetos que tiene,
 si a la memoria te viene,
 se te quitará el amor.

Teodoro:

 ¡Qué grosero cirujano!
 ¡Qué rústica curación!
 Los remedios al fin son
 como de tu tosca mano.
 Médico empírico eres;
 no has estudiado, Tristán.
 Yo no imagino que están
 desa suerte las mujeres,
 sino todas cristalinas,
 como un vidrio transparentes.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Tristán:

 ¡Vidrio! Sí, muy bien lo sientes,
 si a verlas quebrar caminas;
 mas si no piensas pensar
 defetos, pensarte puedo,
 porque ya he perdido el miedo
 de que podrás olvidar.
 Pardiez, yo quise una vez,
 con esta cara que miras,
 a una alforja de mentiras,
 años cinco veces diez;
 y entre otros dos mil defetos,
 cierta barriga tenía,
 que encerrar dentro podía,
 sin otros mil parapetos,
 cuantos legajos de pliegos
 algún escritorio apoya,
 pues como el caballo en Troya
 pudiera meter cien griegos.
 ¿No has oído que tenía
 cierto lugar un nogal,
 que en el tronco un oficial
 con mujer y hijos cabía,
 y aun no era la casa escasa?
 Pues de esa misma manera,
 en esta panza cupiera
 un tejedor y su casa.
 Y queriéndola olvidar
 —que debió de convenirme—,
 dio la memoria en decirme
 que pensase en blanco azar,
 en azucena y jazmín,
 en marfil, en plata, en nieve,
 y en la cortina, que debe
 de llamarse el faldellín,
 con que yo me deshacía.
 Mas tomé más cuerdo acuerdo,
 y di en pensar, como cuerdo,
 lo que más le parecía;
 cestos de calabazones,
 baúles viejos, maletas
 de cartas para estafetas,
 almofrejes y jergones;
 con que se trocó en desdén
 el amor y la esperanza,
 y olvidé la dicha panza
 por siempre jamás amén;
 que era tal, que en los dobleces,
 y no es mucho encarecer,
 se pudieran esconder
 cuatro manos de almireces.

Teodoro:

 En las gracias de Marcela
 no hay defetos que pensar.
 Yo no la pienso olvidar.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Tristán:

 Pues a tu desgracia apela,
 y sigue tan loca empresa.

Teodoro:

 Toda es gracias: ¿qué he de hacer?

Tristán:

 Pensarlas hasta perder
 la gracia de la condesa.
 Sale DIANA

Diana:

 Teodoro

Teodoro:

 (La misma es.) Aparte

Diana:

 Escucha.

Teodoro:

 A tu hechura manda.

Tristán:

 (Si en averiguarlo anda, Aparte
 de casa volamos tres.)

Diana:

 Hame dicho cierta amiga
 que desconfía de sí
 que el papel que traigo aquí
 le escriba. A hacerlo me obliga
 la amistad, aunque yo ignoro,
 Teodoro, cosas de amor;
 y que le escribas mejor
 vengo a decirte, Teodoro.
 Toma y léele.

Teodoro:

 Si aquí,
 señora, has puesto la mano,
 igualarle fuera en vano,
 y fuera soberbia en mí.
 Sin verle, pedirte quiero
 que a esa señora le envíes.

Diana:

 Léele.

Teodoro:

 Que desconfíes
 me espanto: aprender espero
 estilo que yo no sé;
 que jamás traté de amor.

Diana:

 ¿Jamás, jamás?

Teodoro:

 Con temor
 de mis defetos, no amé;
 que soy muy desconfïado.

Diana:

 Y se puede conocer
 de que no te dejas ver,
 pues que te vas rebozado.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Teodoro:

 ¡Yo, señora! ¿Cuándo o cómo?

Diana:

 Dijéronme que salió
 anoche acaso, y te vio
 rebozado el mayordomo.

Teodoro:

 Andaríamos burlando
 Fabio y yo, como solemos,
 que mil burlas nos hacemos.

Diana:

 Lee, lee.

Teodoro:

 Estoy pensando
 que tengo algún envidioso.

Diana:

 Celoso podría ser.
 Lee, lee.

Teodoro:

 Quiero ver
 ese ingenio milagroso.
 Lee
 “Amar por ver amar, envidia ha sido;
 y primero que amar estar celosa
 es invención de amor maravillosa,
 y que por imposible se ha tenido.
 De los celos mi amor ha procedido
 por pesarme que, siendo más hermosa,
 no fuese en ser amada tan dichosa,
 que hubiese lo que envidio merecido.
 Estoy sin ocasión desconfïada,
 celosa sin amor, aunque sintiendo:
 debo de amar, pues quiero ser amada.
 Ni me dejo forzar ni me defiendo;
 darme quiero a entender sin decir nada:
 entiéndame quien puede; yo me entiendo.”

Diana:

 ¿Qué dices?

Teodoro:

 Que si esto es
 a propósito del dueño,
 no he visto cosa mejor;
 mas confieso que no entiendo
 cómo puede ser que amor
 venga a nacer de los celos,
 pues que siempre fue su padre.

Diana:

 Porque esta dama, sospecho
 que se agradaba de ver
 este galán, sin deseo;
 y viéndole ya empleado
 en otro amor, con los celos
 vino a amar y a desear.
 ¿Puede ser?


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Acto Primero
Pág. 18 de 95
El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Teodoro:

 Yo lo concedo;
 mas ya esos celos, señora,
 de algún principio nacieron,
 y ése fue amor; que la causa
 no nace de los efetos,
 sino los efetos de ella.

Diana:

 No sé, Teodoro: esto siento
 de esta dama, pues me dijo
 que nunca al tal caballero
 tuvo más que inclinación,
 y en viéndole amar, salieron
 al camino de su honor
 mil salteadores deseos,
 que le han desnudado el alma
 del honesto pensamiento
 con que pensaba vivir.

Teodoro:

 Muy lindo papel has hecho:
 yo no me atrevo a igualarle.

Diana:

 Entra y prueba.

Teodoro:

 No me atrevo.

Diana:

 Haz esto, por vida mía.

Teodoro:

 Vuseñoría con esto
 quiere probar mi ignorancia.

Diana:

 Aquí aguardo: vuelve luego.

Teodoro:

 Yo voy.
Vase [TEODORO]

Diana:

 Escucha, Tristán.

Tristán:

 A ver lo que mandas vuelvo,
 con vergüenza destas calzas;
 que el secretario, mi dueño,
 anda salido estos días;
 y hace mal un caballero,
 sabiendo que su lacayo
 le va sirviendo de espejo,
 de lucero y de cortina,
 en no traerle bien puesto.
 Escalera del señor,
 si va a caballo, un discreto,
 nos llamó, pues a su cara
 se sube por nuestros cuerpos.
 No debe de poder más.

Diana:

 ¿Juega?


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Tristán:

 ¡Pluguiera a los cielos!
 Que a quien juega, nunca faltan,
 de esto o de aquello, dineros.
 Antiguamente los reyes
 algún oficio aprendieron,
 por, si en la guerra o la mar
 perdían su patria y reino,
 saber con qué sustentarse:
 ¡dichosos los que pequeños
 aprendieron a jugar!
 Pues en faltando, es el juego
 un arte noble que gana
 con poca pena el sustento.
 Verás un grande pintor,
 acrisolando el ingenio,
 hacer una imagen viva,
 y decir el otro necio
 que no vale diez escudos;
 y que el que juega, en diciendo
 “paro,” con salir la suerte,
 le sale a ciento por ciento.

Diana:

 En fin, ¿no juega?

Tristán:

 Es cuitado.

Diana:

 A la cuenta será cierto
 tener amores.

Tristán:

 ¡Amores!
 ¡Oh qué donaire! Es un hielo.

Diana:

 Pues un hombre de su talle,
 galán, discreto y mancebo,
 ¿no tiene algunos amores
 de honesto entretenimiento?

Tristán:

 Yo trato en paja y cebada,
 no en papeles y requiebros.
 De día te sirve aquí;
 que está ocupado sospecho.

Diana:

 Pues ¿nunca sale de noche?

Tristán:

 No le acompaño; que tengo
 una cadera quebrada.

Diana:

 ¿De qué, Tristán?

Tristán:

 Bien te puedo
 responder lo que responden
 las malcasadas, en viendo
 cardenales en su cara
 del mojicón de los celos:
 “Rodé por las escaleras.”


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Pt Diana:
Tristán:

 Por largo trecho.
 Con las costillas conté
 los pasos.

Diana:

 Forzoso es eso,
 si a la lámpara, Tristán,
 le tirabas el sombrero.

Tristán:

 (¡Oxte, puto! ¡Vive Dios,
Aparte
 que se sabe todo el cuento!)

Diana:

 ¿No respondes?

Tristán:

 Por pensar
 cuándo..., pero ya me acuerdo:
 Anoche andaban en casa
 unos murciélagos negros;
 el sombrero les tiraba,
 fuese a la luz uno de ellos,
 y acerté, por dar en el,
 en la lámpara, y tan presto
 por la escalera rodé,
 que los dos pies se me fueron.

Diana:

 Todo está muy bien pensado;
 pero un libro de secretos
 dice que es buena la sangre
 para quitar el cabello,
 de esos murciélagos digo;
 y haré yo sacarla luego,
 si es cabello la ocasión,
 para quitarla con ellos.

Tristán:

 (¡Vive Dios, que hay chamusquina, Aparte
 y que por murciegalero
 me pone en una galera!)

Diana:

 (¡Qué traigo de pensamientos!)
Sale FABIO

FABIO:

 Aquí está el marqués Ricardo.

Diana:

 Poned esas sillas luego.
Salen RICARDO y CELIO, y vanse FABIO y TRISTÁN


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Diana:

 Ea, que ya te sonrojas,
 y lo que niega la lengua,
 confiesas con las colores.

Teodoro:

 Si ella te lo ha dicho, es necia.
 Una mano le tomé,
 y no me quedé con ella,
 que luego se la volví;
 no sé yo de qué se queja.

Diana:

 Sí, pero hay manos que son
 como la paz de la Iglesia,
 que siempre vuelven besadas.

Teodoro:

 Es necísima Marcela.
 Es verdad que me atreví
 pero con mucha vergüenza,
 a que templase la boca
 con nieve y con azucenas.

Diana:

 ¿Con azucenas y nieve?
 Huelgo de saber que templa
 ese emplasto el corazón.
 Ahora bien, ¿qué me aconsejas?

Teodoro:

 Que si esa dama que dices
 hombre tan bajo desea,
 y de quererle resulta
 a su honor tanta bajeza,
 haga que con un engaño,
 sin que la conozca, pueda
 gozarle.

Diana:

 Queda el peligro
 de presumir que lo entienda.
 ¿No será mejor matarle?

Teodoro:

 De Marco Aurelio se cuenta
 que dio a su mujer Faustina,
 para quitarle la pena,
 sangre de un esgrimidor;
 pero estas romanas pruebas
 son buenas entre gentiles.

Diana:

 Bien dices; que no hay Lucrecias;
 ni Torcatos ni Virginios
 en esta edad; y en aquélla
 hubo Faustinas, Teodoro,
 Mesalinas y Popeas.
 Escríbeme algún papel
 que a este propósito sea,
 y queda con Dios.
 [Se] cae [DIANA]
 ¡Ay Dios!
 Caí. ¿Qué me miras? Llega,
 dame la mano.


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Acto Primero
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El perro del hortelano Acto I Lope de Vega


Teodoro:

 El respeto
 me detuvo de ofrecella.

Diana:

 ¡Qué graciosa grosería!
 ¡Que con la capa la ofrezcas!

Teodoro:

 Así cuando vas a misa
 te la da Otavio.

Diana:

 Es aquella
 mano que yo no le pido,
 y debe de haber setenta
 años que fue mano, y viene
 amortajada por muerta.
 Aguardar quien ha caído
 a que se vista de seda,
 es como ponerse un jaco
 quien ve al amigo en pendencia;
 que mientras baja, le han muerto.
 Demás que no es bien que tenga
 nadie por más cortesía,
 aunque melindres lo aprueban,
 que una mano, si es honrada,
 traiga la cara cubierta.

Teodoro:

 Quiero estimar la merced
 que me has hecho.

Diana:

 Cuando seas
 escudero, la darás
 en el ferreruelo envuelta;
 que agora eres secretario:
 con que te he dicho que tengas
 secreta aquesta caída,
 si levantarte deseas.
Vase

Teodoro:

 ¿Puedo creer que aquesto es verdad? Puedo,
 si miro que es mujer Dïana hermosa.
 Pidió mi mano, y la color de rosa,
 al dársela, robó del rostro el miedo.
 Tembló, yo lo sentí: dudoso quedo.
 ¿Qué haré? Seguir mi suerte venturosa;
 si bien, por ser la empresa tan dudosa,
 niego al temor lo que al valor concedo.
 Mas dejar a Marcela es caso injusto;
 que las mujeres no es razón que esperen
 de nuestra obligación tanto disgusto.
 Pero si ellas nos dejan cuando quieren
 por cualquiera interés o nuevo gusto,
 mueran también como los hombres mueren.


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