El pino: 3

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El pino Hans Christian Andersen


-¡Ah! – pensaba el árbol, - ¡cuándo llegará la noche!, ¡ cuándo encenderán las luces! ¡Y qué sucederá luego!¿Vendrán acaso los árboles del bosque a verme?¿Volarán los gorriones contra los cristales?¿Echaré raíces y creceré aquí invierno y verano tan hermoso y adornado?

¡Qué bien enterado estaba! Pero de pura impaciencia tenía dolor de corteza y eso para el árbol significa lo que para nosotros dolor de cabeza.

Por fin encendieron las luces. ¡Qué resplandor! ¡Qué magnificencia! El árbol temblaba en todas las ramas, de modo que una cuantas pinochas prendieron fuego en una de las luces. ¡Cómo quemaba!

-¡Gran Dios! – exclamaban las señoritas, y lo apagaron inmediatamente.

Y el árbol no debía temblar siquiera.

¡Qué miedo! Estaba tan preocupado y pensando que podaría perder algo de su adorno, y de tanto resplandor estaba aturdido.

Abrióse de repente la puerta y un gran número de niños se precipitó a la habitación, como si hubiesen querido echar abajo el árbol. Las personas mayores venían detrás, los niños quedaron mudos; pero sólo un momento, luego gritaron de alegría, bailaron alrededor del árbol y fueron quitando de él un regalo tras otro.

-¿Qué pensarán hacer? – decía el árbol entre sí. ¿Qué pasará?

Las luces se consumían hasta las ramas y enseguida las apagaban y a los niños se les dio permiso de saquear el árbol . ¡Oh, cómo se echaron encima de manera que crujían todas las ramas! Si no hubiera estado sujeto por la copa y la estrella de oro en el techo, seguramente le hubiesen derribado.

Los niños saltaban de un lado a otro con sus preciosos juguetes. Nadie hacía caso del árbol, excepto la vieja niñera que miraba con atención

Por entre las ramas, pero sólo para ver si por casualidad habían olvidado un higo o una manzana.

-¡Un cuento, un cuento! – gritaron los niños, empujando a un hombre pequeño y gordo en dirección donde estaba el árbol, y el hombre, sentándose debajo, de este modo decía:

Estamos como en el campo, y el árbol, si quiere poner atención a lo que voy a contar, podrá recibir una lección. Pero no voy a contar más que un solo cuento. ¿Queréis oír el del Ivede-Avede o el de Clumple-Dumpe, que a pesar de rodar la escalera, subió al trono y alcanzó la mano de la princesa?

¡Ivede-Avede! – gritaron unos, -¡ Clumple-Dumpe! – exclamaron otros.

¡Qué gritos y qué disputas¡ Sólo el pino callaba. Su papel había concluido, ¿ no había ya cumplido con su obligación?

El hombre contaba el Clumple-Dumpe, que a pesar de haber rodado la escalera, subió al trono y se casó con la princesa. Y los niños, dando palmadas, gritaban:



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