El pino: 4

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El pino Hans Christian Andersen


- ¡Cuenta, cuenta!- Querían oír también el cuento de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Clumple- Dumpe.

El pino estaba inmóvil y pensativo; los pajaritos, allá en el bosque, no habían contado nunca semejantes cuentos.-¡Clumpe-Dumpe rodó la escalera y sin embargo se casó con la princesa! ¡Sí, si, ese es el mundo! – pensaba el pino, y lo creía porque el que lo contaba era un hombre muy agradable. –Sí, sí, quién sabe..., acaso ruede yo también la escalera y me case luego con una princesa – Y se alegraba ya de pensar que al día siguiente le adornarían de nuevo con luces y juguetes, oro y fruta.

¡Mañana no temblaré! – pensaba. – Gozaré de toda mi magnificencia! Mañana oiré otra vez el cuento de Clumple-Dumpe, y acaso también el de Ivede-Avede. Y durante toda la noche el árbol estuvo silencioso y pensativo.

El día siguiente los criados y las criadas entraron.

¡Ahora me van a adornar de nuevo!- pensaba el árbol; pero ellos le sacaron arrastrando de la habitación y la escalera arriba hasta la guardilla donde lo colocaron en rincón oscuro, adonde la luz del día no llegaba.

-¿Qué significa esto? – pensaba el árbol . -¿Qué haré yo aquí?¿Qué querrán que oiga?- Y apoyándose contra la pared se puso a pensar y meditar. Y lugar tenía para hacerlo, porque pasaban días y noches. Nadie venía y cuando entró alguno, por fin, sólo era para colocar unos grandes armarios. El árbol estaba tan escondido, como si ya le hubiesen dado al olvido.

-¡Ahora debe ser invierno! – pensaba el árbol. – La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no me pueden plantar; sin duda me dejan por eso aquí al abrigo hasta que llegue la primavera ¡Qué bien me cuidan! ¡Qué buenos son los hombres! ¡ Con tal de que no estuviese tan oscuro aquí y tan retirado! ¡ Ni siquiera una liebre se encuentra aquí! ¡Allá en el bosque, cuanta alegría cuando había nieve y la liebre pasaba, hasta cuando pasaba por encima de mí: es verdad, que entonces no me gustaba. ¡Qué triste y solitario estoy aquí!

¡Pi-pip! – dijo de repente un ratoncito y salió de su escondite seguido de otro. Olfateaban el pino y se escurrían por entre sus ramas.

-¡Qué frío tan cruel! – decían los ratoncitos.- ¡Por lo demás, esto es un sitio magnífico¡, ¿no es verdad, viejo pino?

-¡ Yo no soy viejo todavía! – replicó el pino.- ¡Los hay mucho más viejos que yo!

¿De dónde vienes? – preguntaron los ratones, - ¿y qué sabes? Eran muy curiosos.- ¡Cuéntanos de los sitios más hermosos del mundo! ¿Los has visto tú? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos, jamones, donde se baila sobre velas de sebo y donde se entra flaco y se sale gordo?

-Verdad es que no conozco ese sitio.-dijo el árbol, -pero conozco el bosque, donde da el sol y cantan los pájaros! Después les contó todos los acaecimientos de su juventud, y los ratoncitos que no habían oído nunca semejantes cosas, escuchaban con atención y decían: -¡Cuántas cosas has visto!¡Qué feliz has sido!

-¡Yo!- Replicó el pino y sólo entonces empezó a reflexionar sobre su propia historia.- ¡Sí, después de todo, eran tiempos felices! Pero luego contó lo sucedido en la Nochebuena, cuando le adornaron con bombones y luces.

-¡Oh!- decían los ratoncitos, -¡qué feliz has sido, viejo pino!

-¡Si yo no soy viejo¡-respondió el pino, - Hasta este invierno no había salido del bosque!



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