El pino: 5

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El pino Hans Christian Andersen


Estoy en la flor de mi edad, sólo que he crecido mucho.

-¡Qué bien cuentas las cosas.-decían los ratoncitos, y a la noche siguiente volvieron con cuatro ratoncitos más, para que oyesen también cómo hablaba el árbol, y cuanto más contaba, más se presentaba todo a su memoria y pensaba:

-¡Verdaderamente eran tiempos felices! Pero aún pueden volver, si, pueden volver. Clumpe-Dumpe rodó por la escalera, y sin embargo, se casó con la princesa; quizás yo también podré casarme con una princesa.- Y al mismo tiempo se acordó de una pequeña bétula que crecía allá en el bosque y que le parecía una verdadera princesa hermosa. -¿Quién es Clumpe-Dumpe?- preguntaron los ratoncillos.

Entonces el pino les contó todo el cuento que recordaba, palabra por palabra. Y los ratoncitos, de alegría deseaban saltar hasta la copa del árbol.

A la noche siguiente se reunieron aún más ratones y el domingo hasta vinieron dos ratas.

Pero estas pretendían que el cuento no era alegre y eso afligía a los ratoncitos, porque ahora les parecía menos hermoso también a ellos.

-¿No sabe Vd. Contar más que ese cuento.- preguntaron las ratas.

-Solo éste, - contestó el árbol. – Le oí la noche más feliz de mi vida, sólo que entonces no pensaba en lo feliz que era.

-¡Qué cuento tan miserable! ¿No sabe Vd, ninguno de tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?

No, -dijo el árbol.

-¡Entonces, muchas gracias!- replicaron las ratas y volvieron a marcharse.

También los ratoncitos dejaron por último de venir y el árbol suspiraba.

-¡Después de todo, qué agradable era cuando me rodeaban los graciosos ratoncillos y escuchaban mis cuentos! También eso ha pasado. Pero mis alegrías empezarán de nuevo cuando me saquen otra vez. ¿ Pero cuándo será eso?

Sí, una mañana subió gente a la guardilla. Movieron los armarios de su sitio y sacaron al árbol. Verdad es que le tiraron al suelo con alguna rudeza, pero inmediatamente le agarro un criado y le arrastró escalera abajo donde brillaba la luz del día.

-¡Empezará otra vez la vida!-pensaba el árbol.-Sentía el aire fresco, el primer rayo del sol, y hele aquí en el patio. Todo fue en tan corto momento, que el árbol no tuvo tiempo ni para mirarse; ¡ había tantas cosas que mirar a su alrededor! Inmediato al patio había un jardín lleno de hermosas flores. Rosas frescas y recién salidas colgaban por encima de la empalizada despidiendo dulce perfume, los tilos florecían y las golondrinas cruzaban el aire gorjeando: -¡Quivi, quivi! ¡Ha llegado mi marido! Pero con eso no entendían al pino. -¡Quiero vivir!,- decía éste extendiendo sus ramas. Pero ¡ay! Estaban secas y amarillas y yacía en un rincón entre cizañas y ortigas. La estrella de papel dorado estaba aún en su corona y brillaba a la luz del sol.



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