El postrer godo de España (Versión para imprimir)

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Elenco
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El postrer godo de España Félix Lope de Vega y Carpio


El postrer godo de España

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



Fabila
Leosindo
Teodoredo
Armildo
Abén Búcar
Zara
Célimo
El conde Don Julián


Florinda
Ben Adulde, Rey de Argel
Elverio, esclavo
Abraido, moro
[Arsindo]
Muza
Rodrigo
Pelayo


Tarife
La reina
Sisiberto
Lucinda
Un villano
Adulfo
Anagildo
Ilderico


Orpaz
Un moro
Solmira
Zaide
Zulema
Leocán
España
Músicos




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Acto I
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El postrer godo de España Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen FABIO , ARSINDO , LEOSINDO , TEODOREDO , DON RODRIGO , las espadas desnudas.
RODRIGO:

  Él tiene lo que merece.

TEODOREDO:

Antes con piedad le obligas,
que en el daño que padece
no parece que castigas,
mas que perdonas parece.

RODRIGO:

  Las espadas envainad,
que ya no hay quien os resista.

FABIO:

Pacífica la ciudad,
desea tu alegre vista
y te muestra voluntad.

RODRIGO:

  Godos, sentaos junto a mí,
y tú Arsindo, y los romanos
que me han ayudado ansí
haber el cetro en mis manos,
que por Witiza perdí.

LEOSINDO:

  Toma esta silla, Rodrigo,
a quien ya por rey tenemos,
dando al tirano castigo.

TEODOREDO:

Por señor te obedecemos.


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El postrer godo de España Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Siéntase RODRIGO en una silla, los demás en unos banquillos.)
RODRIGO:

Todos reinaréis conmigo;
  ya sabéis, godos, que al rey Wamba santo,
que para rey sacó de entre los bueyes
el cielo porque diese al mundo espanto,
a España, culto, devoción y leyes.
El conde Ervigio, aborrecido tanto,
le dio ponzoña; Ervigio, que de reyes
fue decendiente por mujer y nieto
de Erudescinto, para tal efeto,
  del godo Recisindo había quedado
un hijo niño, pero Ervigio aplica
a su hija el reino, que la había casado,
como sabéis, con el valiente Egica.
Teodofredo quedó desheredado,
a quien la línea justamente aplica.
El reino por Egica se le niega,
y a su hijo, Belisa se le entrega.
  Belisa infame, viendo a Teodofredo
sin el reino, sintió justos enojos
para perder a su derecho el miedo.
En Córdoba le saca los dos ojos.
Este fue mi buen padre, que no puedo
acordándome aquí de sus despojos,
menos de enternecerme, aunque pues plugo
al cielo mi venganza, el llanto enjugo.
  Viéndome yo legítimo heredero,
nieto de Recisindo valeroso,
hijo de Teodofredo, que primero
reinar debiera, que Belisa odioso
con ayuda de Roma, a quien espero
mostrarme agradecido, no reposo
hasta que del tirano por despojos
ofrezco a mi buen padre los dos ojos.
  No le quise matar, sino tratalle
como él trató a mi padre Teodofredo,
y la muerte que voy bebiendo dalle,
llena de pena, confusión y miedo.
No es posible agora que en vos se halle,
godos, alguno, ni creerlo puedo,
que no conozca que es el reino mío,
de padre a hijo, no por yerno o tío.


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LEOSINDO:

  Todos, Rodrigo famoso,
en justicia conocemos,
como a nieto generoso
de Recisindo, en quien vemos
un retrato glorioso,
  que sangre de aquel varón
nos da igual satisfación,
que no es menos que del cielo
para España este consuelo
y esta divina elección.
  Si los ojos le sacaste
a Belisa, bien hiciste,
que en fin tu padre vengaste,
aquí en fin sus ojos viste,
y con los tuyos lloraste,
  quede en Córdoba en profundo
llanto y tú digno del mundo,
vuelve a reinar a Toledo,
por hijo de Teodofredo,
y nieto de Recisindo.
  Allí tu Corte tendrás,
allí por hacernos bien,
casarte, señor, podrás,
haciendo elección de quien
te iguale y te agrade más.
  Ponte la corona aquí,
y toma el cetro en la mano,
para que vayas ansí,
como godo y rey cristiano,
que este ha de lucir en ti
  hasta la iglesia mayor.


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RODRIGO:

Dadme el cetro y la corona.
(Pónenle la corona y toma el cetro.)

LEOSINDO:

Bien asienta en tu valor
porque te llama y abona
legítimo sucesor.

TEODOREDO:

  Que bien con ella pareces,
mas tal valor te acompaña,
y de suerte la engrandeces,
que aunque eres señor de España
no tienes lo que mereces.
  Pero tú la ensancharás,
que si hasta el África llega
hasta el Asia pasarás,
esto España al cielo ruega.

FABIO:

Tente, señor, ¿dónde vas?
(Cáese la corona y el cetro.)

RODRIGO:

  Cayóseme la corona
de la cabeza sin ver
que me tocase persona,
¡cielo!, ¿qué puede esto ser?


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LEOSINDO:

Tu virtud, señor, te abona.

FABIO:

  Y el cetro también cayó.

RODRIGO:

¿No lo veis?

ARSINDO:

¡Qué mal agüero!

RODRIGO:

Antes ninguno me dio
y advertid bien cómo quiero
este agüero entender yo.
  La corona que ha corrido
de mi cabeza hasta el suelo
quiere decir que estendido
será, por gusto del cielo,
mi imperio y siempre temido;
  el cetro como medida
fue a tomar la posesión
desta tierra a mí debida.

FABIO:

Tan buenas señales son
pronóstico de tu vida,
  ven para que des contento
con tu persona, Rodrigo,
al pueblo que aguarda atento.

RODRIGO:

Cielos, aunque aquesto digo
vosotros sabéis que miento.


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(Salgan con panderos y tamboriles, de zambra, algunos moros, ABÉN BÚCAR y ZARA .)
(Canten.)
[VOCES]:

  Vamos a la playa,
noche de San Juan
que alegra la tierra
y retumba el mar.
En la playa hagamos
fiestas de mil modos,
coronados todos
de verbena y ramos,
a su arena vamos,
noche de San Juan,
que se alegra la tierra
y retumba el mar.

ABÉN BÚCAR:

  Siéntate en aquesta orilla
en tanto, famosa Zara,
que se acosta la barquilla.

ZARA:

¡Por Alá, música rara!,
huelgo en estremo de oílla.


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ABÉN BÚCAR:

  He por servirte labrado
una bella galeota
que hasta agora no se ha echado
al mar, en cuanto alborota,
vaso tan bien acabado.
  He hecho una popa en ella
cercada de mil cristales
para que salgan por ella
esos rayos celestiales,
que al sol por la aurora bella,
  de marfil y de nogal,
suelo, espaldas y molduras.
Puse de plata un fanal
y el color de mis venturas,
para dosel y cendal,
  mil dorados comedores.
La cercan mil estandartes
de mil diversas colores,
llevando por varias partes
las cifras de mis amores.
  Flámulas y banderolas
bajan de las altas gavias
casi a tocar en las olas
y si desto no te agravias,
con vitorias españolas
  la chusma viste damasco.
Moviendo unos remos rojos,
alas de coral del casco,
pero mírenla tus ojos
a los pies de aquel peñasco.


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ZARA:

  Por mi vida que es muy bella,
¿cuándo entraremos en ella?

ABÉN BÚCAR:

Cuando te diere contento,
que ya el subido elemento
está jugando con ella.
  Parece que con las manos
como plato el mar la ofrece
a tus ojos soberanos
y por acercarla crece
con mil pensamientos vanos
  en que te parece a mí,
pues cuando más voy a ti,
más huyes de que te tenga,
quiera Alá que a tiempo venga
en que te duelas de mí.

ZARA:

  Si mi padre se agraviara
de sí, yo sé que tu amor
del mío no se quejara.

ABÉN BÚCAR:

Harto iguala a tu valor,
a ti no te igualo, Zara.


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ZARA:

  Ahora bien, esto dejemos,
y en esta noche de Juan,
solo de holgarnos tratemos.

ABÉN BÚCAR:

Las olas vienen y van,
es que se acercan los remos.
(CÉLIMO con esclavos de la galeota, y muchos ramos y hachas encendidas.)

CÉLIMO:

  Poned en tierra la planta,
guárdeos Alá, bella Infanta,
hija del gran rey de Argel.

ABÉN BÚCAR:

Regocijado tropel.

ZARA:

No he visto yo fiesta tanta,
  buenos los esclavos vienen
con los hachos encendidos.

ABÉN BÚCAR:

Y los ramos que previenen
a esos pies, a quien rendidos
muestran los dueños que tienen;
  pasad todos adelante.

ZARA:

¿Tiene noche semejante
el mundo, ni en él es vista?


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ABÉN BÚCAR:

Bien merece ese Baptista,
que el mundo sus glorias cante,
  fue gran profeta de Cristo,
y allá piensan los cristianos,
que es con nosotros mal quisto,
y adorámosle, africanos
esclavos, como habéis visto
  aun a costa de esa plancha,
dame aquesa mano hermosa
y entra que la tabla es ancha.

ZARA:

Vamos.

ABÉN BÚCAR:

La mar espumosa
de que la has de honrar se ensancha.

ZARA:

  ¡Hola!, Zaide, el leño enfrena,
lleva la rienda en la mano,
tú da a la barca carena.

ABÉN BÚCAR:

¡Hola, quién fuera troyano
para robar esta Elena!


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(Éntrense y salgan RODRIGO y godos.)
RODRIGO:

  ¿Por qué no habéis de romper
estas fuertes cerraduras?

LEOSINDO:

Señor, mira que has de ser
retrato de desventuras
si esto te atreves hacer.

RODRIGO:

¡Aguardad!

TEODOREDO:

  Rompió el candado
y en la escura cueva entró.

LEOSINDO:

Ya temo, rey desdichado,
que en mal punto España vio
tu cetro en sangre bañado.

TEODOREDO:

  La codicia de creer
que aquí gran riqueza había
las puertas hizo romper.

LEOSINDO:

Ya tiemblo ya dese día
lo que le ha de suceder.

RODRIGO:

  Hombres como esos serán
los que a España quitarán
a quien estos lienzos viere
que dirán los que esto oyeren.


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LEOSINDO:

¿Tu desventura dirán?

TEODOREDO:

Muestra, a ver.

RODRIGO:

  Quitadle allá
y no le mire ninguno.

LEOSINDO:

Estarás contento ya
de ser al cielo importuno,
que esos avisos te da,
  si rey ninguno entre tantos
en aquesta cueva entró
llena de miedos y espantos,
ni tu agüelo se atrevió,
santo entre los reyes santos,
  ¿cómo te atreves al cielo?

RODRIGO:

Que eran cobardes recelo
y que por eso sería.

LEOSINDO:

Estoy como nieve fría.


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TEODOREDO:

Y yo convertido en yelo,
  ¿viste los hombres tostados
de mil tocas guarnecidos,
los bonetes colorados,
de alarbes trajes vestidos,
rojos, verdes y morados?
  ¿Viste los jinetes todos,
y con sus jinetas lanzas,
a cuadrillas de mil modos?
Resto verás las mudanzas
del Imperio de los godos.

LEOSINDO:

  ¡Qué tristeza que le ha dado!

TEODOREDO:

Aunque es valiente ha quedado
en notable confusión,
que estaba su perdición
debajo de aquel candado.
  No de otra suerte el villano,
cuando va a coger el nido,
del ruiseñor el verano
se queda descolorido,
puesta en el áspid la mano,
  que el miserable Rodrigo
pues pensando hallar riqueza
halló tormento y castigo.


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LEOSINDO:

¿De qué es, señor, la tristeza?

RODRIGO:

Estaba sin mí y conmigo,
  estaba considerando
cómo se irá dilatando
nuestro Imperio, aunque esta tierra
ha mucho que está sin guerra,
perezosa paz gozando,
  pero oyendo el instrumento
que al más vil caballo anima
levantará el pensamiento.

TEODOREDO:

La paz, gran señor, estima,
que es de los reinos aumento;
  la guerra es la destruición
de las vidas y ciudades.
Mientras que no hay ocasión,
¿para qué te persuades
a escándalo y confusión?
  Florece en letras España,
Córdoba en Filosofía,
admira la tierra estraña,
y en divina Teología
Toledo que el Tajo baña.
  Mientras en paz ha vivido
Isidoro ha florecido,
Leandro, Arcadio y Eugenio,
Alfonso de raro ingenio,
Julián, Fulgencio e Indalido
  deja cosas tan molestas.


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RODRIGO:

¿Pues de qué podré tratar?

LEOSINDO:

De casarte y hacer fiestas,
y sobre todo de dar
leyes piadosas y honestas,
  aunque ha de ser sobre todo
hacer que el culto divino,
se engrandezca de tal modo
que el cielo, como a rey digno
en ti ensanche el reino godo.

RODRIGO:

  Bien me habéis aconsejado;
¿pero quién es esta gente?

LEOSINDO:

El palacio han alterado.

TEODOREDO:

No es traje diferente
del que hemos visto pintado.
(Salgan ARMILDO , capitán, ZARA , ABÉN BÚCAR y CÉLIMO .)

ARMILDO:

  Dame esos pies y estima, godo ilustre,
que Armildo, capitán de tus fronteras,
sea el primero que por buen principio
de tu dichoso Imperio a ellos te traiga
estos cautivos de preciosa estima.

RODRIGO:

Con gran razón, Armildo valeroso,
me pides que al principio de mi Imperio,
estime estos principios de tus armas
que demás del servicio me parece
que ellas por sí merecen estimarse.
¿De dónde y cómo esta dama fue cautiva?,
¿de qué tierra salió y adónde iba?


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ARMILDO:

  La fortaleza de Denia
era mi frontera y guarda,
Denia al mar Mediterráneo,
puesta sobre peñas altas.
Allí celebrando el día
de aquel que vio en carne humana,
desde el vientre de su madre
al rey de la Esfera sacra.
Aquel que de siete años,
hizo cielo las montañas
de Judea y Palestina
con sus penitentes plantas,
aquel Santo, que Bautista
moros y cristianos llaman,
y estando todos en misa
dando a Dios debidas gracias,
al tiempo que el sacerdote
su partícula quebranta
y el silencio y devoción
parece que roba el alma,
entra un soldado corriendo,
con estas mismas palabras:
«¡Oh, famoso Armildo godo!,
¡oh, capitanes de fama!,
¡oh, gente noble de Denia!,
corred volando a la playa.


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ARMILDO:

Que con tormenta deshecha,
que hasta las peñas contrasta,
de Argel una galeota
hasta la tierra se lanza.»
No lo ha dicho, cuando el Preste,
vuelta hacia el pueblo la cara
con el cáliz en la izquierda
la mano diestra levanta.
Echonos la bendición
y a la puerta, por tomarla
como el agua en la redoma,
no hay hombre que apenas salga.
Por una cuesta arenosa,
desde la iglesia a la plaza,
como las piedras al centro,
la gente de Denia baja.
Los jinetes de la costa,
ya con sus lanzas y adargas
van pisando de la orilla
las arenas y las algas.
Ya va la gente de a pie,
mas cuando llegan al agua
la galeota rendida
a los enemigos llama.
Venía rota y deshecha;
que no para tomar armas,
cubierta de seda y ramos,
de alfombras y de almohadas.


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ARMILDO:

Rica presa y digna, solo
de un rey de las dos Españas.
porque es la famosa hija
del rey de Argel, Lela Zara.
Este es su primo Abén Búcar,
que la llevaba en su guarda
solo para entretenerla
por las costas africanas.
Llevolos el enordueste,
de un golpe a cabo de Gata,
desde allí a la Formentera,
mudándose en otra cuarta
de Ibiza, al fin vinieron,
y sin árboles y jarcias,
del cabo de San Martín
y a Denia, donde se acaba
su naufragio, con que agora
desde allá vinieron a Almansa.
Cobraron salud, gusto,
y pasando a Guadeana,
llegan a tu insigne Corte,
y se ofrecen a tus plantas.


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RODRIGO:

  Si quisiese la presa encarecerle,
Armildo noble, solo con mi reino,
el premio que mereces te daría;
es la mora un tesoro que en la tierra
no tiene igual, de manera, Armildo,
has admirado mis turbados ojos,
que si en algún espejo me mostraras
las siete maravillas todas juntas
no lo fueran tan grandes como esta.
No os aflijáis, hermosa Zara, tanto
porque si vos queréis el cautiverio
no será vuestro, sino proprio mío.

ZARA:

Claro, señor de España, ilustre godo
de tan famosos reyes descendiente,
que el mundo tiene lleno de su nombre
y para su valor parece estrecho.
Zara, del rey de Argel humilde hija,
a vuestros pies heroicos se presenta
alegre de tener dueño que puede
serlo del mundo.

ABÉN BÚCAR:

Y yo, famoso godo,
en tanto estremo estimo mi ventura,
que no daré mi esclavitud agora,
por el estado que en Argel tenía,
aunque heredaba a Tremecén y Tripol.


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RODRIGO:

Yo estimo tus razones, Abén Búcar,
y de tu libertad tendré cuidado,
pero si la hermosa Zara quiere
dejar su Ley, que en fin no es ley, le ofrezco
la salvación del alma y después della
a España, que es lo más que puedo dalla.

ZARA:

¿A España?, ¿cómo?

RODRIGO:

Siendo mujer mía.

ZARA:

Sin premio tan notable deseaba
antes de agora ser cristiana y creo
que este deseo saben estos moros,
dadme el agua divina, que este premio
quiero de mi deseo solamente.

RODRIGO:

Resolución dichosa para todos,
¿no te agrada, Leosindo?

LEOSINDO:

Su hermosura
en estremo me agrada, pero advierte
que aunque los reyes godos se han casado
a su modo, no es justo que tú seas
tan arrojado en esto porque puedes
de tus vasallos escoger señora;
quedará España de tu misma sangre.


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RODRIGO:

No quiero suegro que me inquiete el reino,
no quiero hijos deudos de vasallos
que tanta sangre cuestan a los godos;
esta es hija de rey, si mi ley toma,
en que es muy desigual hágase luego
su bautismo, vasallos, con gran fiesta,
avisen esto a Urbán, nuestro arzobispo,
porque apenas habrá bañado el agua
su hermoso cuerpo cuando sea mi esposa.

LEOSINDO:

Señor, tu gusto es ese.

RODRIGO:

Leosindo,
denle a Abén Búcar libertad si quiere
y para Argel la gente que pidiere.
(Vanse, quedan CÉLIMO y ABÉN BÚCAR .)

CÉLIMO:

  Alza los ojos del suelo.


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ABÉN BÚCAR:

¿Dónde los tengo de alzar,
cuando al infierno bajar
ves mi esperanza del cielo?
  No era el daño el cautiverio,
no fue la tormenta el daño,
no del cómitre el engaño,
ni dar en el reino hisperio,
  ni el traer al rey Rodrigo
aquesta infame mujer.
Sino al quererse poner
en brazos de su enemigo,
  que nunca el mar nos sufriera
y que de una en otra ola,
hasta la playa española,
fluctuando nos trujera,
  que tras la fiera tormenta
de aquel deshecho huracán,
por trazar fiestas a Juan
nos pagara en tanta afrenta
  que viviéramos cautivos
o que en la desierta arena
os matara propia pena,
menor mal que quedar vivos
  no era tanto de estimar
cómo ver que esta mujer,
tras querer cristiana ser
se quiera también casar,
  ¡ay, Célimo, daré voces!
¡Oh, cruel Zara!


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CÉLIMO:

¡Detente!

ABÉN BÚCAR:

Ignoras el accidente
deste mal que no conoces,
  quien no sabe qué es amor,
y aunque lo sepa no sabe,
que hay en el dolor tan grave
que excede el mayor dolor,
  esto no es celo ni olvido,
esto es ausencia, no,
que ya entrambos males yo
quedé con alma y sentido,
  esto es, Célimo, perder
sin prevención, sin aviso
una mujer de improviso
y verla de otro mujer.

CÉLIMO:

  Si Zara no te quería,
¿qué te importa que se case
si el hado quiere que pase
de África a España este día
solo a ser su reina?

ABÉN BÚCAR:

  ¡Ah, cielos!,
tanto más, porque el amor
es con la envidia mayor
y se aumenta con los celos;
  iré a su iglesia, entraré
a matarle.


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CÉLIMO:

¡Tente, loco!,
y no tengas en tan poco
los misterios de su fe,
  que Dios te castigará
si en la iglesia de cristianos
entras ni pones las manos.
A la iglesia parten ya.

ABÉN BÚCAR:

  ¿Es posible que mis ojos,
podrán sufrir tanto mal?
Mejor es que este puñal
ponga fin a mis enojos.
  Ea, furioso dolor,
sacadme todo de mí,
que el amor que vive en sí
no puede llamarse amor.
  Muera el cristiano Rodrigo.

CÉLIMO:

Detén la furiosa mano
que si tocas al cristiano
te dará el cielo castigo,
  demás que no has de poder
esa furia ejecutar,
que no te darán lugar
para más de acometer,
  pues no pienses que el cristiano
ha de ser otro por seña,
ni esa tu mano tan buena,
como fue la del romano,
  no debe un hombre intentar
con lo que no ha de salir.


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ABÉN BÚCAR:

No basta intentar morir
el que no puede matar.

CÉLIMO:

  Pues para morir no intentes
mayor fuerza que el dolor
pues se ha de matar tu amor
si crecen los accidentes;
déjate así.

ABÉN BÚCAR:

  ¿Cómo puedo
si a tantas desdichas bajo?,
¡oh, famoso y claro Tajo
en quien se mira Toledo!
  Plega al cielo que te veas
de goda sangre corriendo
más turbulento y horrendo
que van las aguas Leteas
  Y plegue Alá que estas torres,
que desesperado dejo
quiebren cayendo del espejo
en que se ven cuando corren.
  Y nuestras lunas volando
lleguen de tropel furioso
hasta el castillo famoso
que llamáis de San Servando.
  Véase Zara en él
abatida, esclava y pobre,
donde todo falte y sobre,
la cadena y el cordel.
  Y cuando de aquestas voces,
no quiera dolerse Alá,
gózale y gozado ya,
un año apenas le goces.
  ¡Ay, Célimo!, así descanso
aunque no lo haya de hacer,
déjame hablar hasta ver
si por ventura me canso,
  ¿pero qué gente es aquesta?


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(El CONDE DON JULIÁN y FLORINDA , su hija, y LEOSINDO .)
LEOSINDO:

Seáis, Conde, bienvenido.

JULIÁN:

Huelgo en que haya sido
en tanto contento y fiesta,
¿qué moros son estos?

LEOSINDO:

  Son
de los que trujo la Infanta.

JULIÁN:

Buena fue la presa.

LEOSINDO:

Tanta
que es pequeño el galardón,
  pero un título le ha dado
el rey a Armildo, con renta,
y entre los Grandes le asienta.

JULIÁN:

Armildo es un gran soldado.

LEOSINDO:

  Pues, Abén Búcar, ¿queréis
ver las fiestas o partiros?
Ya entiendo de esos suspiros
que callando respondéis.
  Conde, Armildo viene aquí;
dadme licencia y lugar,
para aqueste moro hablar
que está encomendado a mí.


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JULIÁN:

Id en buen hora.

LEOSINDO:

  Perdido
tiene el amor de Zara.

ABÉN BÚCAR:

Tan perdido que trocará
con un mármol mi sentido.
  Quisiera no ver ni oír,
no sentir, en fin, no ser.

LEOSINDO:

Ya es Zara del rey mujer.

ABÉN BÚCAR:

Paciencia gozo y morir.
(Entre ARMILDO , y váyanse ABÉN BÚCAR , CÉLIMO y LEOSINDO .)

ARMILDO:

  Ya, buen conde don Julián,
el rey sabe tu venida,
y a su casa te convida,
donde él y sus deudos van,
  acompañando a su esposa
recién cristiana y casada,
y vos seáis bien llegada,
Florinda noble y hermosa.


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JULIÁN:

  Armildo de la merced,
que el rey agora os ha hecho,
estoy yo muy satisfecho
y de mi opinión creed
  que es poco lo que os ha dado
para vuestro gran valor.

FLORINDA:

Ya que el Conde, mi señor,
su regocijo ha mostrado,
  Armildo, de vuestro bien,
yo como su hechura digo
que su parabién prosigo
y que os doy el parabién.
  Mas pues habéis asistido
al bautismo y desposorio,
siéndoos tan claro y notorio,
que nos lo contéis os pido.


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ARMILDO:

  La nobleza de la Corte
en caballos andaluces
con mil vistosas libreas,
lanzas, pajizas y azules
salieron delante haciendo
un largo escuadrón ilustre,
que no es posible que en Persia
más riqueza el Soldán junte.
Detrás, los hombres de guerra,
con más armas que en el ayunque
de Vulcano fabricaron,
los que su acero sacuden.
Luego la guarda de España
con yerros de Orán y Túnez
en quien dando el claro sol
la librea blanca y verde
de los godos tanto sube
que un verde espino parece
cuando flor blanca produce.
Luego las doce estranjeras
de Zelanda y Brandemburg,
por dos hileras distintas
un ancho campo descubren,
a quien seguían las fuentes
que las dos Indias no encubren
tantas piedras como llevan
aunque sus entrañas busquen.


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ARMILDO:

Después de insignias y mazas,
chirimías, sacabuches,
atabales y trompetas,
más que a otras fiestas acuden.
La hermosa Zara de Argel,
hija del rey Ben Adulfe,
vestida al traje español,
de flores la tierra cubre.
Acompáñala Rodrigo
y algunos moros que truje
que se bautizan con ella,
todos Zaides y Gazules.
Luego de cuchillas forma
la guarda una excelsa cumbre
con mil listones de nácar
de aquel fresno blanco pulen.
Llegan a la santa iglesia
donde ya el pueblo concurre
a ver a Urbán su Arzobispo
con mil clérigos y cruces.
Meten a Zara en la iglesia
y a un alto teatro suben
a donde la pila estaba;
si me admiro no me culpes
que cuando de un blanco velo
dicen que un hombre desnuden
no hay ojos que no se espanten
ni pechos que no se turben.


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ARMILDO:

Recibió el agua de aquella
paloma que entre las nubes
vio el Bautista en el Jordán
entre mil cánticos dulces,
y vuelta a vestir Rodrigo
a Urbán pide que le añude
en el lazo más estrecho,
que un alma entre dos infunde.
Toma sus reales manos
y apenas que les pregunte
aguardan cuando responden
lo que ya por fuerza cumplen.
Desto el amor de Rodrigo
y su buen celo se arguye
y más en las ricas fiestas
con que el palacio se hunde.
Y no hay porqué siendo mora
sus vasallos se disgusten,
que antes le ha acertado el rey
para que su Imperio dure.
María tomó por nombre,
que este nombre gracia influye
por la que nació en su nombre,
aunque esta nació en otubre.
Vuelve, Conde, hacia palacio,
que no habrá quien te disculpe
si no le besas la mano
por más que lo dificultes.


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JULIÁN:

  Digo, Armildo generoso,
que ir a besarla me agrada
a la nueva bautizada
y al nuevo amante su esposo,
  y en muestras de mi placer,
que no hay más parias que rinda,
hoy, para dama, a Florinda
quieroa la Reina ofrecer;
  con ella podrá vivir
que pues ya el rey es casado,
mi honor me tendrá guardado
mientras le voy a servir.

ARMILDO:

  Aciertas notablemente,
Conde, pues con eso alcanza
tu amor del rey la privanza.

JULIÁN:

Yo soy al rey obediente,
  de lo que quisiere, gusto.
hija, a servir a la Reina
que, como ya sabes, reina,
fuera de ser fuerza, es justo.
  Aquí te puedes quedar
y mientras vivo en frontera.

FLORINDA:

Señor, de cualquier manera
os debo servir y amar.


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JULIÁN:

  Mal puedo yo entre los moros
guardarte, que a una mujer
más guarda se debe hacer
que a millares de tesoros.
  ¿Quién mejor podrá en mi ausencia
guardar mi honra que el rey?

FLORINDA:

Vuestra voluntad es ley
y el silencio mi obediencia.
(Vanse. Entren rey de Argel, BEN ADULFE y ELVERIO , esclavo, y un esclavo cristiano y ABRAIDO , moro.)

BEN ADULFE:

  Si en tanta desventura
no queréis que me quite,
moros, reventaré por no quejarme.
Zara en el mar perdida,
Zara cautiva en Denia,
torna a decir, cristiano, lo que pasa.

ELVERIO:

Digo, rey generoso,
que en Denia era soldado
del general Armildo
cuando la galeota
dio al través en la playa en una cala,
y que dél fue cautiva.


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BEN ADULFE:

¿Que aquesto escucho siendo padre y viva?
  ¿Qué furias me engendraron,
qué tigre, y a sus pechos
me dio el sustento en tiernos años?
¿Cómo dura mi vida
oyendo tales nuevas?

ABRAIDO:

Que durees bien para tomar venganza
del mar y de la tierra,
que entrambos son culpados.
Haz, señor, que se apresten
tus ociosos navíos,
tus fuertes galeotas, y corriendo
de España las riberas,
metan hasta Valencia tus banderas.

BEN ADULFE:

¡Oh, Abraido valeroso!,
en ti, preso Abén Búcar,
se funda mi esperanza;
no queda de mi sangre otra reliquia;
ya cual Fénix concluyo,
resucítame tú, que Argel es tuyo.
(Salen CÉLIMO y ABÉN BÚCAR .)

ABÉN BÚCAR:

  Desde Toledo a Valencia
y desde Valencia aquí,
no sé si el viento por mí
ha llegado a tu presencia;
  en fin, dejándole atrás
cual ves, estoy a tus pies.


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ABRAIDO:

Señor, Abén Búcar es,
¿qué es lo que mirando estás?

BEN ADULFE:

  Miro si contigo viene,
sobrino, aquella mitad
de esta alma.

ABÉN BÚCAR:

Gran verdad
amor en sus cosas tiene,
  de ser fuego le ha nacido
este brío y ligereza,
a cubrir de luto empieza,
rey de Argel, alma y vestido,
  que desde Denia a Toledo,
un capitán español
llevó tu hija y mi sol.

BEN ADULFE:

¡Tal oigo y con vida quedo!

ABÉN BÚCAR:

  Pues mientras más escuchares
irán creciendo por puntos.

BEN ADULFE:

Dilos, Abén Búcar, juntos;
si han de matarme, no pares.

ABÉN BÚCAR:

  Zara se ha vuelto cristiana
y es de Rodrigo mujer.


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BEN ADULFE:

¿Qué Rodrigo?

ABÉN BÚCAR:

El que ha de ser
la pestilencia africana.

BEN ADULFE:

El Rey de España.

ABÉN BÚCAR:

  Ese mismo.

BEN ADULFE:

¡Oh, nunca nacido hubiera
o en naciendo decendiera
desde la tierra al abismo!
  Cristiana y mujer de aquel
que es nuestro enojo y castigo.
Maldiga el cielo a Rodrigo
y a quien se junta con él.

ABRAIDO:

  Señor, llegado a este caso,
le descubro la intención.
Yo tuve a Zara afición,
y aún hoy por Zara me abraso.
  Dame tu gente, que quiero
correr las costas de España
por cuanto su margen baña
el mar, a tus quejas fiero,
  que tocando aquí y allí,
haré presas hazañosas,
aunque todas estas cosas
no han de remediarme a mí.


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ABÉN BÚCAR:

  Lo que Abraido te ha ofrecido,
quiero también ofrecerte,
que Argel sabe de qué suerte
por Zara estuve perdido.
  Entraré por el mar libre
hasta sus calas angostas
por cuanto lava en sus costas
desde Alicante a Colibre,
  y si por dicha te atreves
a meter gente en España
verás una loca hazaña
y cumplirás lo que debes.

BEN ADULFE:

  Por Alá que esta corona
he de ver hecha pedazos,
o han de poner estos brazos
mis lunas en Barcelona,
  que aunque en Toledo metido,
al rey no puedo ofender,
por lo menos dé a entender
que siento el verme ofendido.
(Váyanse. Entre el CONDE DON JULIÁN , FLORINDA y RODRIGO .)

JULIÁN:

  Con esto, señor, no tengo
otra cosa que pediros,
que sola desta os prevengo.


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RODRIGO:

Bien podéis, Conde, partiros,
pues acompañaros vengo.

JULIÁN:

  No pasará vuestra alteza
desta sala.

RODRIGO:

¿Cómo no?
Cubrid, Julián, la cabeza,
tan bueno sois como yo.

JULIÁN:

¡Qué virtud, qué gentileza!

RODRIGO:

  Deudos somos y entre todos
sola una sangre ha de haber
y un amor de varios modos.

JULIÁN:

Vos me confirmáis el ser
que me dejaron los godos,
  guarde esos años el cielo,
Cava Florinda, a Dios queda,
que llevo grande consuelo
en ver que Rodrigo hereda
las virtudes de su abuelo.

FLORINDA:

  Así se conoce en él
aquel divino valor
que en España cuentan dél.
Guárdeos el cielo, señor,
y vuelva con bien de Argel.


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JULIÁN:

  Dadme esos pies diez mil veces.

RODRIGO:

Conde, mis brazos os doy,
adiós, adiós. Ya pareces
sombra, que aunque más me voy
más junto a mí te apareces.

JULIÁN:

  Hija, el servicio te encargo
de la reina, mi señora.

FLORINDA:

Dejadme, señor, el cargo.

RODRIGO:

Bueno, a hablarla vuelve ahora,
¡oh, qué embajador tan largo!

JULIÁN:

  Quitándome está la vida,
no sé cómo me despida,
que el alma me está diciendo
que hay grande mal en partiendo.
Señor.

RODRIGO:

Terrible partida,
  ¿queréis algo, Julián?

JULIÁN:

Si acaso allá no me dan
audiencia y fe conviniente,
¿qué haré del rico presente?

RODRIGO:

Andad, buen Conde, sí harán,
  que el rey de Argel tendrá gusto
de saber que soy su yerno.

JULIÁN:

Dios os haga un rey muy justo.


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RODRIGO:

¿Puede haber en el infierno
pena de mayor disgusto?
  Ya se fue, ya se partió,
apenas me atrevo a ver
la que por verme mató,
que temo que ha de volver.
¿Qué es esto? ¡Cielos! ¿Soy yo,
  era yo aquel que adoraba
en Zara desde aquel día
que tiernamente llamaba
la mi querida María?
¿Tanto amor tan presto acaba?
  Mas que mucho que se acabe
la Cava, si acabar sabe
las vidas. ¡Oh, Cava fuerte,
que de mi vida y mi muerte,
eres fortaleza y llave!
  A hablarla voy, tiemblo, dudo.
¿Qué es esto?, ¿de qué estoy mudo
si no es de tanta mudanza?
Ánimo, dulce esperanza,
creed vos lo que amor pudo.
  ¡Qué cobarde estoy después
que la vi! Sin duda tiene
toda mi fuerza a sus pies.
Dicen que amor fuego es,
¿cómo tan helado viene?
  Suele del rey la presencia
turbar al que viene a hablarle.
¡Oh, qué estraña diferencia!
¡Que dé una mujer audiencia,
y un rey de turbado calle!
  Mas ya entiendo lo que fue,
que como todo me di
y a su pecho me entregué
estoyme mirando a mí
adonde verla pensé.


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FLORINDA:

  Válame Dios, ¿qué tendrá
el rey que temblando está?
Maldito mi talle sea
si por dicha me desea.

RODRIGO:

Qué estraña pasión me da.
  Llega, Cava, por tu vida,
quita esta trenza a este cuello.

FLORINDA:

¡Jesús!, señor, está asida
de fuerte.
(Cógela, en llegando.)

RODRIGO:

Mas de un cabello
esta alma, dulce homicida.

FLORINDA:

Suelta, señor.

RODRIGO:

  Pues desata
la trenza, y no te me enojes.

FLORINDA:

Temor las manos me ata,
no acierto.


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RODRIGO:

¿De qué te encoges,
matas y huyes, ingrata?

FLORINDA:

  ¿Cómo, señor, yo te he muerto?
Suelta, que la Reina viene.
(Suéltala.)

RODRIGO:

Que me verá muerto es cierto,
no viene, por Dios.

FLORINDA:

No tiene
culpa el rey.

RODRIGO:

Llega.

FLORINDA:

No acierto.
  ¡Ah, padre! Tu confianza
en este punto me ha puesto.


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RODRIGO:

Burlaste al fin mi esperanza,
ánimo, pecho, ¿qué es esto?,
quien no pretende no alcanza.
  Florinda, no es este gusto
fuerza de mi inclinación
ni querer lo que no es justo,
por ser rey, sino pasión,
gusta de un amor injusto,
  alabado del César
te vi, comenceme arder,
resistime de mirar,
cuanto menos que se ven,
tanto más vine a pensar,
  pensé, pené, resistí,
rendime y a ver volví,
volviendo a ver ardí más
que aunque como yelo estás
eres fuego para mí,
  mire al fin tanto que estoy
abrasado de un deseo,
Florinda casado estoy,
pero soy Rey y desseo,
esto busco y esto doy.
  España es mía y será
harto más suya que mía,
que ni el oro nacerá
en la India ni el mar cría
perla que a tus pies no está,
  piensa que a ti te ha de dar,
su mina el oro, el diamante
su luz, sus perlas el mar,
que quien tiene un rey amante
diamantes puede pisar,
  lugar habrá de gozarte,
y tú me podrás servir,
haré yo licencia darte
para venirme a vestir,
darásmela si he de hablarte;
  con esta ocasión eché
a tu padre de Toledo.
¿Qué me respondes?


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El postrer godo de España Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FLORINDA:

Que esté
Vuestra alteza, agora quedo
aunque mi padre se fue.

RODRIGO:

Dame esa mano.

FLORINDA:

  Señor,
la fuerza de un grande amor
consiste en obedecer
un rey a una vil mujer.

RODRIGO:

¿Qué quieres?

FLORINDA:

Hazme un favor.

RODRIGO:

  Tu serás obedecida,
a fe de godo cristiano.

FLORINDA:

¿Cierto?

RODRIGO:

Y deste rey servida.


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FLORINDA:

Pues no me pidas la mano,
señor, en toda tu vida.

RODRIGO:

  Digo que lo prometí.

FLORINDA:

Pues que tan bien obedeces,
déjame ir.

RODRIGO:

Sea ansí.

FLORINDA:

Adiós.

RODRIGO:

Vuelve, que enfiereces,
desdén, como amor en mí.

FLORINDA:

  ¿Pues cómo quieres que digan
que quiebras el juramento
con que los reyes se obligan?

RODRIGO:

Palabras de cumplimiento,
hermosa Cava, no obligan,
  cüanto más, que no jure.

FLORINDA:

De un rey la palabra es obra
por de burlas que la dé.


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RODRIGO:

Pues si mi palabra es obra,
¿cómo es palabra mi fe?

FLORINDA:

  Muy pesado estás, Rodrigo,
voyme huyendo.

RODRIGO:

Yo te sigo
y con razón voy tras ti
porque me llevas a mí,
que sin ti no estoy conmigo.


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Acto II
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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


El CONDE DON JULIÁN , con una carta, y MUZA y moros.
MUZA:

  Sálganse todos afuera,
no quede aquí moro alguno,
tú también, Zorrayes me espera.
Habla, Conde, que ninguno
te escucha.

JULIÁN:

Hablarte quisiera
  mas no me deja el dolor,
aunque ventura mayor
no pudiera sucederme
que, cuando tal vengo a verme,
hallarme con tu favor.

MUZA:

¿Lloras?

JULIÁN:

  Tengo bien porqué.

MUZA:

¿Pues cómo, de ayer venido?

JULIÁN:

Ayer mi desdicha fue.


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MUZA:

Tanto mal te ha sucedido
y apenas has puesto el pie,
  en Túnez, sin duda alguna
traes de Argel este daño,
¿qué te aflige y importuna?

JULIÁN:

Nunca Muza en reino estraño
me han hecho afrenta ninguna.

MUZA:

  Sin duda tienes gran mal,
que en un hombre principal
lágrimas no suelen verse
sin gran causa, ni ofenderse
con ellas ánimo igual.

JULIÁN:

  Si alguna hija tuvieras
y esto te escribiera, di:
¿qué entendieras y qué hicieras?

MUZA:

Muestra.

JULIÁN:

Toma.

MUZA:

Dice ansí.


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JULIÁN:

Ya espero.

MUZA:

Escucha, si esperas:
(Carta.)
  «Padre de mi corazón.»

JULIÁN:

De dos puede decir ya
porque tan partido está
que dos corazones son.

MUZA:

  «Para daros a entender
mi soledad no escribiera.»

JULIÁN:

Quiere decir que eso fuera
lo imposible encarecer.

MUZA:

  «Las nuevas dan ocasión,
entiéndelas cuando debas.»

JULIÁN:

Advierta bien que esas nuevas
toda mi desdicha son.


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MUZA:

  «La sortija de los lazos
que me distes, padre mío,
cuya piedra verde invío
como veis hecha pedazos,
  se me ha logrado muy mal,
pues siendo tan casta y bella,
por mis pecados sobre ella
cayó el estoque real.
  Es mi pena tan estraña
que si no venís acá
no entiendo yo qué podrá,
remediarme toda España.
  Padre, con esta sortija
sin honra quedas y quedo.
Dios te guarde de Toledo,
tu desventurada hija.»

JULIÁN:

¿Qué entiendes?

MUZA:

  Que ha sido amor
de hija si en tu partida,
como prenda tan querida,
diste ese anillo en favor;
  que habiéndosele quebrado
lo tendrá por mal agüero.


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JULIÁN:

No lo entiendes, que más fiero
dolor viene aquí guardado.
  Esta piedra que desmedra
mi honor, con violencia estraña
ha de costar que en España
no haya piedra sobre piedra.

MUZA:

  ¿Por una piedra no más,
muros de piedra tan fuertes
derribas?

JULIÁN:

Si un poco adviertes
mi intento y mi mal sabrás.
  Yo soy generoso, Muza,
de aquella estirpe preclara
que crio en sus cielos Scitia
para ser fuego de España.
Tan cercano a la Corona
que otros con menores causas
han empeñado su cetro
de que mi lealtad se aparta.
El castillo de Consuegra
era mi hacienda y mi casa,
Illán me llama Castilla,
don Julián me llama Francia.
Gané a los reinos, a quien
sucede el que agora enlaza
sus sienes de piezas de oro
esmaltadas de arrogancia,
la isla verde en que vivo,
a quien el bárbaro llama
en arábigo, su lengua,
las Algeciras Tralades.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JULIÁN:

Tenía una hermosa hija,
más que bella, desdichada,
que una hija hermosa a veces
es destruición de una casa.
Florinda, por ser tan linda,
le puse en la Iglesia santa,
cuando a seis días nacida
le dieron la crisma y agua.
Pensar en sus desventuras,
la del corazón me saca,
por quien di censo de un año
mudó el pecho de cien amas.
De donde quiera que iba,
cuando ya en sus pies andaba,
o por ojo o por caídas
volvía con mil desgracias.
Cuando el ama la enseñó,
fue la primera palabra
España y otras; ella dijo:
«Nací para mal de España».
Seis años la tuve enferma,
melancólica y turbada,
porque decía que vía
muertes, moros y fantasmas.
Jamás en sus blancas manos
tomó género de armas
que no hiciese con ellas
cosa que en estremo espanta.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JULIÁN:

En mi mesa los cochillos,
botos y sin punta andaban,
y cerrados hasta el medio
corredores y ventanas.
Porque un astrólogo dijo
que de una torre muy alta
se había de echar Florinda
en la ciudad de Malaca.
Yo he procurado saber
si en Francia o España o Italia
si hay ciudad de aqueste nombre,
pero ninguna se halla.
Por mi mal vine a Toledo
cuando con Zara Abenalza
se casó el rey don Rodrigo
para ocasión de mi infamia.
Pareciole bien mi hija
y para poder gozalla
inviome al rey Ben Adulfe
con grande presente y cartas.
El presente era yo, ¡triste!
que presente le estorbaba,
pues ausente la forzó
dentro de su misma casa.


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JULIÁN:

Eso, Muza, significa
esta esmeralda quebrada,
que por ser contra el amor
las dieron nombre de castas.
Y el decir que es el estoque
real el que la quebranta
es decir que el rey lo hizo,
de quien me pide venganza.
Y darésela tan buena
que le he de entregar a España
al rey Miramamulín,
cuyas banderas ensalzas.
Llévame, Muza, a sus ojos,
escríbele lo que pasa
mientras que voy por mi hija,
que con su gente africana
me obligo en menos de un año
darle a España, si allá pasa
con cien mil hombres de guerra
de Berbería y Arabia.
Esto es honor con el mundo,
esta disculpa me basta,
quiero venderle su tierra
pues él me vende mi fama.


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MUZA:

  Conde, dame aquesa mano,
que por Alá poderoso
que estar en la tuya es llano.
Pasar su reino dichoso,
hasta el límite cristiano,
  ¡oh mal Rodrigo!, eso ha hecho.

JULIÁN:

Aquí nos han de escuchar,
guarda el secreto en el pecho
porque nunca del hablar
se saca mucho provecho;
  pues callo mi pena estraña,
calla tú el gozo que gana
tu pecho.

MUZA:

Eso mismo digo.

JULIÁN:

¡Ay de ti, godo Rodrigo!

MUZA:

Y de ti, mísera España.

JULIÁN:

Ve adelante.

MUZA:

  Tú podrás.

JULIÁN:

No iré, General.


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MUZA:

Sí irás.

JULIÁN:

Pues voy.

MUZA:

Ya temo su guerra,
que hombre que vende su tierra
no le oso llevar detrás.
(Váyanse y salgan la Cava y el REY .)

RODRIGO:

  Enjuga, Florinda, el llanto
de esas divinas auroras,
siempre que me ves me lloras,
soy muerto o vivo de espanto.
  Dos meses ha que tus ojos
no cesan de hacerse ríos
por culpar mis desvaríos
y engrandecer tus enojos.
  Florinda, rey soy, ¿qué quieres?,
portentos del cielo son
no darte la audición
que tienen otras mujeres.
  Las más fuertes y deseadas,
más esquivas y altaneras,
hasta gozadas son fieras,
mas no después de gozadas.
  Pon los ojos en un hombre,
el que más bien te parezca
que tus méritos merezca
y que tenga ilustre nombre.
  Que ese será tu marido,
pues no sabrá que le doy
mujer de quien dueño soy
o a lo menos que solo he sido.
  ¿A qué quieres persuadirte?,
en todo quiero agradarte,
que ayer fui rey en forzarte
y hoy soy esclavo en servirte.


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FLORINDA:

  ¡Cruel scitaque aquel día,
que entre rigurosos yelos
le dieron vida los cielos,
nació la muerte a la mía!
  Guarda de jardín, que has hecho
traición tan falsa y astuta
que comiéndote la fruta
dejas el árbol deshecho.
  Amigo de confianza,
que a la honra se atrevió
y que por acción tomó
donde no tuvo esperanza.
  Falso correo, que abriste
de la confianza el sello.
Rey que el reino de un cabello
de una mujer suspendiste.
  Hombre que ya no lo eres,
pues la palabra quebraste
en que por mujer llegaste
a igualarte a las mujeres.
  Tirano que no se doma,
por el mal ni por el bien.
Nerón de España, por quien
se abrasará como Roma.


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FLORINDA:

  Traidor a las blancas canas
de aquel viejo, te atreviste
por quien tus fuerzas tuviste
con seguras barbacanas.
  Godo afrenta de los godos,
ya sentenciado a morir,
en quien se han de resumir
las desventuras de todos.
  Que Dios te ha de castigar
por tus pecados inormes
y, ¡ay de ti!, si son conformes,
las penas que te ha de dar.
Pues serán de aquesto informes
  mi afrenta, fue justamente,
porque es agua desta fuente
  y troncos de aquestas ramas.
Ya por vengarse camina
bañada en llanto la cara,
alta la espada, que es vara
de la justicia divina.
  Este es el pesquisidor
que Dios contra un rey invía
porque no es la fuerza mía
bastante a cobrar mi honor.
(Vase.)


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RODRIGO:

  Cava, Cava, mi señora,
¡ah, Florinda!, al fin se fue,
mucho en no matarla erré
pero matarela agora;
  ¿mas qué digo?, que estas son
amenazas de mujer,
sin duda deben de ser
sospechas de mi afición.
  Hame visto un poco frío
después de aquel pensamiento
que fue el arrepentimiento
fin del apetito mío.
  A estar celosa comienza,
yo tibio cuando más veo,
que no hay ardiente deseo
que no se acabe en vergüenza.
  En mi tibieza repara
y echa la culpa a su injuria,
quien come con mucha furia
con la misma furia para.
  Disimular me conviene
el odio que la he cobrado
por si el padre está avisado
y con aspereza viene,
  aunque no puedo creer
que le haya escrito, que todo
es querer de aqueste modo
mi delito encarecer.


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(Entre PELAYO .)
PELAYO:

Aquí, Rodrigo, invicto
  está tu echura.

RODRIGO:

¡Oh, Pelayo gallardo, honor y gloria
de la española sangre.
¡Oh, primo mío!

PELAYO:

¿Qué era, señor, lo que te dio cuidado?
A llamarme me enviaste a mis Asturias,
donde después que del traidor Betica
huyendo fui, con mis hermanos vivo,
tan lejos de las Cortes de los Príncipes,
que solo para verte me he vestido,
que hasta Toledo vine en otro hábito
harto del cortesano diferente.

RODRIGO:

Pelayo, yo he tenido estos días
sospecha que un vasallo y deudo nuestro,
hombre de guerra y que en fronteras vive,
quiere contra su rey alzar las armas.
No lo sé de su boca pero puedo
decirte que lo sé del mismo agravio
que este dice a los hombres el castigo.

PELAYO:

¿Agravio tú a vasallo?


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RODRIGO:

Agravio en duda,
porque si no se sabe no es agravio.
Haz, por tu vida, alguna gente, aliste
un número bastante de soldados
y estemos para el daño prevenidos,
que prevenido el mal no daña tanto.

PELAYO:

El fiero rey Betica, ilustre godo,
para dar a entender a sus vasallos
que la pública paz de su república
era lo principal que procuraba
la cosa más infame hizo en España
que imaginó jamás bárbaro pecho.

RODRIGO:

¿Es lo de las espadas?

PELAYO:

Cuantas armas,
se pudieren hallar mandó romperlas
y dellas hizo azadas y segures,
hoces y podadores, y instrumentos
del campo solas para trigo y viñas.
Con esto España está tan desarmada,
que allá en Vizcaya donde yo resido
se hallan solamente algunas armas,
pero daremos prisa a que se forjen,
yo entre tanto juntaré la gente.


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RODRIGO:

No entiendo que será muy necesario,
pero por si lo fuere...

PELAYO:

Está seguro
que tu servicio, invicto rey, procuro.

[VOCES]:

  ¡Tierra, tierra! ¡Tierra, tierra!
¡Acosta, acosta!
(Entre ABÉN BÚCAR , MUZA , TARIFE , ABRAIDO , DON JULIÁN , saltando en tierra, con su bastón de general, y esclavos que los traigan a hombros.)

JULIÁN:

La mar
se para, el viento se encierra.

TARIFE:

Todos nos dejan pasar.

MUZA:

Buen pronóstico de guerra.

ABÉN BÚCAR:

¡A tierra, a tierra!

JULIÁN:

  No quede
hombre que en tierra no salte,
yo sé que seguro puede.


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TARIFE:

Mientras el resguardo falte,
tu amor al crédito excede,
pero hasta que tu mujer
nos traigas, o a tu Florinda,
  la gente no ha de poner
la plantas en la ciudad,
que podrá, sin esta seguridad,
más la industria que el poder,
  que aunque eres persona honrada,
en la guerra es muy usada
la traición, esta es tu tierra
y tanta gente de guerra
no ha de morir encerrada.

JULIÁN:

  ¿Es por ventura blasfema,
operjura mi nación?

MUZA:

Bien es que Tarife tema
que la que es en paz traición
es en guerra estratagema,
  trae tu mujer aquí.

JULIÁN:

Haré lo que prometí
a Dios, generales fuertes.
(Váyase el CONDE .)


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ABÉN BÚCAR:

De lo que importa le adviertes,
no entréis en España ansí,
  yo he llegado hasta Toledo
cuando cautivo con Zara
y volví a Túnez con miedo
del trato y la industria rara,
y apenas deciros puedo
  si este trae a su mujer,
como al Miramamolín
lo supo allá prometer,
no temáis trágico fin,
bien podéis acometer,
  pero si no, no salgáis
desta margen arenosa.
Bien es que no le creáis
hasta que una prenda honrosa
en vuestro poder tengáis,
  aunque cierto entre cristianos
mejor se guarda la fe
que entre alarbes africanos.

TARIFE:

Traza en la guerra se dé
si estos son embustes vanos.


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MUZA:

Mahomete
  a Abén Búcar lleve,
un tercio de cuatro mil,
infantes por esa nieve
que va dirritiendo abril
y del monte al prado llueve.
  Abraido lleve otros tantos.
Tarife con arco y mantos
lleve mil árabes sueltos
porque son más desenvueltos
para malezas y cantos,
  que España es toda aspereza.
Y tras ellos siete mil
caballos de la nobleza
de África, a quien el sutil
velo adorne la cabeza;
  llevarán lanzas y adargas,
bizcocho y pasta en zurrones
para andar leguas largas.
Asidos a los arzones,
que no han de esperar las cargas,
  yo llevaré de fecíes,
tafiletes marroquíes,
y los de Orán, diez mil hombres,
sin dos mil de ilustres nombres,
argeles y tunecíes
  llevarán jacos de malla
y cerrarán la batalla.
Celín con los bagajeros
llevará dos mil onderos,
carruaje y vitualla
que espante.


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TARIFE:

  Que Mahoma
te inspire.

MUZA:

Vete a embarcar
y ninguno en tierra coma.

TARIFE:

Sí, porque en fin es la mar
del primero que la toma.
(Váyanse, y salgan RODRIGO , con la espada desnuda, y la REINA , tiniéndole TEODOREDO .)

REINA:

  ¡Jesús!, señor, ¿dónde vais?

RODRIGO:

Dejad que le dé la muerte.

REINA:

¿A dónde vais de esa suerte
vos, no veis que os engañáis?

RODRIGO:

  Digo que me despertó
un alano dando aullidos
y me asió de los vestidos.

REINA:

¿Qué es esto que el rey soñó?

TEODOREDO:

  Durmiendo estaba la siesta,
y yo con la guarda estaba
cuando oí que voces daba.


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RODRIGO:

Alguna desdicha es esta.

REINA:

  ¿Y no sabéis si, por dicha,
entró algún perro de caza
en la cámara?

TEODOREDO:

En la plaza
la dio acaso.

RODRIGO:

¡Oh, gran desdicha!

REINA:

  Señor mío, no habéis
de hacer los sueños verdad
contra la fidelidad
que a vuestra fe le debéis.
  Sosegaos, quien tal hiciera...

RODRIGO:

Melancolía es, por Dios,
tomad esa espada vos
y esos sálganse allá fuera.

REINA:

  No os habéis de entristecer,
traigamos por vida mía
algo que os alegre.


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RODRIGO:

El día
es pasado.

REINA:

Podrá ser
  que dél haya procedido,
sentaos, ¿quereisme jurar
algo?
(Siéntanse los reyes.)

RODRIGO:

No estoy para hablar.

TEODOREDO:

Los músicos han venido.

REINA:

¿Queréis que canten?

RODRIGO:

  Cantad.

REINA:

Decid algo de alegría.

RODRIGO:

al triste la compañía
es la mayor soledad.
(Canten.)
  Enamorado Nerón,
de la divina Popea,
a Roma pone a sus plantas,
y con ser rey se las besa,
que una mujer que reina
en quien la quiere, más que el rey es reina.


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RODRIGO:

  No paséis más adelante,
salíos allá fuera luego,
agora de Roma el fuego
o aquel del tirano amante
  mayor tristeza me dan;
no quisiera haberlo oído.

TEODOREDO:

Aquí, señor, ha venido
el conde don Julián.

RODRIGO:

Por vida tuya.

TEODOREDO:

  Aquí está,
si acaso le queréis ver.

RODRIGO:

Mi pesar vuelve en placer;
di que entre.
(El CONDE entre.)

JULIÁN:

Esos pies me da.

RODRIGO:

  ¡Oh, Conde!, bien seáis venido,
¿traéis salud?

JULIÁN:

Sí, señor,
bienvenido, harto mejor
me fuera no haber nacido.


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RODRIGO:

  ¿Habéis negociado bien?

JULIÁN:

Por Dios, señor, no vi mal
con tu presente real
y con mi dicha también.
  Llevé a su padre el presente,
de la Reina, mi señora,
desde una noche al aurora
pasando a Argel fácilmente.
  Y supe en entrando el mal
que me había sucedido,
que fue su muerte, que ha sido,
sentimiento general.
  No se fíe ningún rey,
de que ha de pagar tributo
debiendo al nacer que es fruto
del vivir a humana ley:
  cada cual esté advertido
del bien o mal que en efeto,
muere el grande y el sujeto.

REINA:

Desdicha, señor, ha sido,
  que pudiera ser viniendo,
que por mí a Dios conociera.

JULIÁN:

Antes fue de rabia fiera,
de que le estés conociendo
  con esto dejando amigos
que el presente negoció,
que un ausente siempre halló
desventuras y enemigos,
  vine por Consuegra y vi
muy enferma a la Condesa.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RODRIGO:

De aqueso, por Dios, me pesa,
llevad médicos de aquí.

JULIÁN:

  El mejor que llevar puedo
es mi hija, aquesta os pido.

RODRIGO:

No quisiera sin marido
que saliera de Toledo,
  pero si se ha de alegrar
su madre, Conde, llevadla.
¡Hola, a Florinda llamadla!

TEODOREDO:

Ella te viene a buscar.

JULIÁN:

  Luto, hija, ¿pues por qué?
(FLORINDA salga con luto.)

FLORINDA:

Dijéronme que era muerta
mi madre.

JULIÁN:

Fue nueva incierta,
que anteayer la vi y la hablé.
Que te lleve a verla
con licencia el rey nos honra.

FLORINDA:

Padre, la muerte es mi honra
y este luto es por la injuria.
  Con este oro y plata bordo
mis galas, tal flor, tal fruto.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JULIÁN:

Calla, que harto habla el luto,
sino que el rey está sordo;
  pero déjale vivir
por agora a su placer,
que ya yo sé que el poder
hace a los hombres dormir.
  Señor, con vuestra licencia
mi hija a Consuegra irá,
que creo que alegrará
su madre con su presencia.
  Yo me quedaré en Toledo,
que he sentido un atambor,
y así me dice, señor,
que tras él serviros puedo.
  Iré con Florinda a hacer
que el camino se aperciba;
mil años su alteza viva.
(Váyanse JULIÁN y la Cava.)

RODRIGO:

No le puedo responder,
  cuánto enmudece la ofensa.
¿No veis señora mía?

REINA:

El veros con alegría
fue de mi dolor ofensa,
  que era padre aunque era malo.
(La REINA se vaya.)


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RODRIGO:

Dejad tristezas, por Dios,
que si lo estamos los dos,
¿dónde hallaremos regalo?
  Basta, que parece que el Conde
sabía todo el suceso;
que tuve temor confieso.
La Cava, a quien él responde,
  pues él se queda en Toledo;
segura está nuestra vida,
di a Pelayo que despida
los soldados de Odoredo.
(PELAYO entre con dos capitanes, SISIBERTO y TEODOMIRO .)

PELAYO:

  Gallarda gente se alista.

TEODOREDO:

No los sabe mal la guerra,
aunque de ninguno es vista.

SISIBERTO:

Y no sabremos la tierra
que su majestad conquista.

PELAYO:

  Yo no entiendo, Capitán,
que a conquista alguna van,
sino que en la paz hermosa
estaba la gente ociosa
y despertallos querrán.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Váyanse y salgan TARIFE , MUZA , ABÉN BÚCAR , ABRAIDO y el CONDE .)
TARIFE:

  Con la prenda estoy contento
y a todos mejor la dieras
si en resguardo de su intento
a tu Florinda trujeras,
que es luz de tu pensamiento.

JULIÁN:

  Antes estáis engañados,
porque si os doy mi mujer
os dejo más obligados.
Porque la prenda ha de ser
de los bienes más honrados,
si el que tiene más honra
este tiene más valor.
Mi hija sin honra vive,
luego ningún valor tiene
y era el engaño mayor.
  Estimad a mi mujer
por prenda más estimada
y el honor que puede hacer
a la misma honra honrada,
que no hay más que encarecer.

MUZA:

  Sí estimamos. ¿Dónde dejas
tu hija?

JULIÁN:

Entre cuatro rejas
y una torre de una villa.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ABÉN BÚCAR:

¿En Castilla?

JULIÁN:

No es Castilla,
aunque della, sin mis quejas,
  en el reino de Granada
la deje.}}

ABRAIDO:

¿Y el rey qué hacía?

JULIÁN:

Pasa vida regalada
con su cristiana María,
que es dél en estremo amada.
  Dejad, amigos, la mar,
tomemos a Gibraltar
y vamos a Andalucía,
que cada ciudad un día
el tiempo os ha de costar.
  Todos están desarmados,
ociosos y regalados,
hasta los caballos tienen
tan gordos, que muertos vienen
y a media legua sudados.
  Entrad por España todos;
esparcidos de mil modos,
sed señores de una tierra
que tanta riqueza encierra,
son la que tienen los godos.
  Aquí las minas nos dan
oro y plata y yerro fuerte,
aquí los campos están
dando de la misma suerte
miel, aceite, vino y pan.
  Hay ríos de agua sabrosa
y de pescados notables,
ríos, puertos, mar famosa;
ciudades inexpugnables
que harán tu corona hermosa.
  Es divina su templanza,
ni el yelo ni el fuego alcanza
de las dos zonas opuestas.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


TARIFE:

Bravas virtudes son estas.

JULIÁN:

Hinca, Tarife, esa lanza
  en señal de posesión.
Alza, Muza, ese pendón;
juega esa adarga, Abén Búcar,
que el Tajo, el Betis, el Júcar,
vuestros desde agora son.
(Toquen y éntrense. Salga RODRIGO y TEODOREDO .)

RODRIGO:

  ¡Que ninguno me avisó
que el Conde sin mi licencia
así de Toledo huyó!

TEODOREDO:

No culpes nuestra inocencia.

RODRIGO:

Mi descuido culpo yo,
  ¿veis cómo el Conde cruel,
moros de Arabia y de Argel,
de Zamora y de Marruecos,
traiga a España, que a los ecos
del espantoso tropel
  así llegan a Toledo?
¡Ah, traidor! ¡Ah, godo infame!
Piensas que tengo miedo.
¡Alto!, a Pelayo se llame.
Rabio, sufrirlo no puedo,
¡dadme unas armas!


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REINA:

  Señor,
¿qué es esto tanto rumor
en palacio y la ciudad?

RODRIGO:

Un bando en la tierra echad
que diga...

REINA:

¡Oíd, por mi amor!
  ¿No hacéis más caso de mí?

RODRIGO:

Ansí vos estáis aquí,
señora, una cosa estraña.

REINA:

¿Cómo?

RODRIGO:

Moros en España.

REINA:

¿Cierto?

RODRIGO:

Mi señora, sí.
  El conde don Julián,
inducido del demonio
por traerlos donde están,
me levanta un testimonio.

REINA:

¿Y qué es la disculpa que dan?


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RODRIGO:

  Dice que forcé a la Cava,
a su Florinda, a su hijuela,
a la que con vos estaba.
Ved con qué hermosa cautela
Judas de venderme acaba.

REINA:

  ¿Hay tal maldad, mi Rodrigo?
Del cielo venga el castigo
sobre quien eso os levanta.

RODRIGO:

Perdonad, que prisa tanta
me lleva tras mi enemigo.
  Diga el bando que daré
diez pagas adelantadas
y que a todos armaré
de ballestas y de espadas.

TEODOREDO:

Ansí, señor, lo diré.

RODRIGO:

  Vos acordaba partiros.

LEOSINDO:

Dicen que va como un rayo
Pelayo a Valladolid.

RODRIGO:

¿Pues por qué se va Pelayo?


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LEOSINDO:

Anoche dormió en Madrid
  y ha despedido la gente.
Como mandaste se ausente...
de que pienso que le injurias.

RODRIGO:

¿Mas que se va a las Asturias?

LEOSINDO:

No hay Corte que le contente;
  allí vive entre peñascos,
que las sedas y damascos
le ofenden.

RODRIGO:

¿Pues qué hace allá?

LEOSINDO:

Labrando espadas está,
ballestas, petos y cascos.
(ARSINDO entre.)

ARSINDO:

  Toda el África, señor,
parece que desembarca
en España sin temor
o que abre Noé su arca
para número mayor.
  Parece que de su armada
sale mayor escuadrón
o que de la abierta ijada
del griego Paladión
sale a otra tanta celada.
  Ya han tomado a Gibraltar,
Tarifa, Ronda y Sanlúcar
y en Sevilla quiere entrar
aquel mahomete Abén Búcar
que echó sobre Denia el mar.


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RODRIGO:

  Poneos, señora, en camino,
salir al paso imagino
y enviar mis Capitanes.

REINA:

A Julián.

RODRIGO:

Destos julianes
poco bien a Italia vino
  y lo mismo será agora,
que este apóstata será
si ya tiene la ley mora.

REINA:

Adiós, mi bien.

RODRIGO:

¿Partís ya?

REINA:

Sí, señor.

RODRIGO:

Adiós, señora.
(Entren y salgan los moros, con DON JULIÁN , TARIFE y otros.)

JULIÁN:

  Esta es la Villaviciosa,
la que queda atrás más bella,
aquí está mi hija hermosa.

TARIFE:

Por cierto, la Villa es bella,
sobre el mar fuerte vistosa;
  Mahometo estará en Sevilla.


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JULIÁN:

Cerca estará de su orilla,
que a Córdoba ha de pasar,
que en Jerez ha de esperar
Muza.

TARIFE:

Di que abran la Villa.

JULIÁN:

¡Ah del muro!
(La Cava, en la torre.)

FLORINDA:

¿Quién llama?

JULIÁN:

  ¡Oh, hija! ¡Oh, Florinda! Yo.
¡Qué buen soldado! ¡Qué agüero!

TARIFE:

¡Qué sol, mañana y lucero!
Su luz al alma llegó,
  por cierto, con gran razón
la gozó el godo cristiano,
aunque fue su perdición,
que yo mi reino africano
diera a la misma ocasión.

JULIÁN:

Abre, hija.

TARIFE:

  Aún sospecho
que la he de dar este pecho,
mientras que reina la llama.


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JULIÁN:

Abre, hija.

FLORINDA:

Padre infame,
que tan mala hija has hecho,
  ¿cuándo ha visto que por mí
España se perdiera ansí
y que su sangre derramas
y que en pechos de sus amas
hablan los niños de mí?
  Cuando veo que he de ser,
de todos llamada Cava,
de España gloria y poder,
en estremo arrepentida.
A cobrar quiero mi vida,
aquesta villa llamada,
Malaca o Málaga ciudad,
tierra a la Cava homicida.
No de ti ni un hombre solo,
sino de tantos que acaba
que será de Polo a Polo
maldito el nombre de Cava.
En tanto que alumbra a Polo
  ves aquí el cuerpo enemigo,
que fue de España castigo,
donde echó pedazos baja
porque ahorres la mortaja
que me dio en dote Rodrigo.


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(Échase allá detrás del teatro, porque acá seríalástima, que se haría mucho mal.)
JULIÁN:

¡Tente, tente!

TARIFE:

Echose.

JULIÁN:

  ¡Ay, cielo!
Dadme a cubierto un yelo,
entremos, Tarife, allá.

TARIFE:

Echa pedazos está
con mi esperanza en el suelo.
(Éntranse, y salgan RODRIGO y LEOSINDO , TEODOREDO y gente de guerra, y TEODOMIRO .)

RODRIGO:

  ¿Que muerto se quedó sobre el caballo,
Teodoredo, el Alférez Sisiberto?

TEODOREDO:

A todos dio grave lástima mirallo.

RODRIGO:

Agüero de mi mal seguro y cierto,
¡con qué tristezas míseras batallo!
Hasta que pase de Jerez y el puerto,
que ni en Sevilla vimos Abén Búcar,
ni osó pasar de Ronda y Sanlúcar.

TEODOREDO:

  Señor, el vulgo pinta esas quimeras
con el temor.


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RODRIGO:

¡Oh!, amigo, quiero darte,
porque siempre has honrado mis banderas,
del muerto Sisiberto el estandarte.

TEODOREDO:

Todas las manos africanas fieras
no podrán ser para sacarle parte
desta en que me le pones.

RODRIGO:

Yo lo creo
de tu heroico valor y buen deseo.
(LEOSINDO entre.)

LEOSINDO:

  Basta, señor, que vienes engañado.

RODRIGO:

¿De qué manera?

LEOSINDO:

Que se cubre y cierra
el campo de Jerez de armas sembrado;
con banderas y máquina de guerra
no tiene tantas flores este prado
ni tantas ramas esa oculta sierra,
como he visto turbantes y ginetas.

RODRIGO:

¿Qué me aconsejáis todos?


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TODOS:

Que acometas,
  que si en aqueste encuentro el moro toma
indicios de que llegas tan cobarde,
la arrogancia después tarde le doma
y quien no llegó luego llega tarde.

RODRIGO:

Ya suena en sus ejércitos Mahoma,
redúzgase a escuadrones nuestro alarde
y lleven hoy de su soberbia el pago,
godos, Santiago, España, Santiago.
(Toquen a guerra y salgan algunos cristianos, acuchillando los moros, y luego un VILLANO con su mujer, y él traiga en brazos un niño.)

VILLANO:

  No sé cuál pueda llevar,
si el hijo o si a la mujer,
porque este no ha de hablar
ni aqueste sabe correr
y a los dos debo ayudar.
  Espera, Lucinda, un poco.

LUCINDA:

¿Adónde vais, estáis loco,
aquí me dejáis?

VILLANO:

No puedo
irme, ni me deja el miedo;
que aquí me quede tampoco.
  Esperad, esconderé
el niño.


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El postrer godo de España Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LUCINDA:

¿Ansí me dejáis?

VILLANO:

Luego, amiga, volveré.
(LEOSINDO , huyendo.)

LEOSINDO:

Pies cansados, ¿dónde vais,
guiando un hombre sin fe?
  Pero yo voy tan herido
que ya no importa que huya,
don Orpaz nos ha vendido,
bien mostró la sangre suya
que la de Julián ha sido.

LUCINDA:

  Triste yo, la gente es esta
de Rodrigo desdichada,
que en lo alto de esa cuesta,
confusa y desbaratada.
  ¡Hola, Albano!, ¿no me huís?
(TEODOMIRO , con la bandera herido.)

TEODOMIRO:

En fin, bandera, salís,
aunque vengo echo pedazos,
toda entera en esos brazos
y a honrar mi muerte venís,
  sirvireisme de mortaja,
paréceme que el rey baja
entre aquella gente herida,
voy a ofrecerle esta vida.


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[VOCES]:

Ataja, aquel es, ataja.

LUCINDA:

  Día triste y temeroso.
(Entre el REY , muy sangriento y desarmado.)

RODRIGO:

¿Dónde vas, rey desdichado?

LUCINDA:

¡Ay, qué hombre tan espantoso,
quiero huir!

RODRIGO:

¡Qué triste estado
y el de ayer qué venturoso!

[VOCES]:

¡Vitoria Mahoma!

RODRIGO:

  ¡Oh, guerra!
¡Oh, muerte!, mis ojos cierra,
ayer era rey de España,
hoy por mi desdicha estraña
no tengo un palmo de tierra.
  Del cielo ha sido el castigo,
sin remedio o sin amigo,
de polvo y sangre cuajado,
de las batallas cansado
se sale el rey don Rodrigo.
  Acaba mi vida, acaba,
como arrojada en tu cieno,
del cuerpo sepulcro y Cava,
Aurelio mi amigo bueno,
solo a ti mi lengua alaba,
  aunque animal has tenido,
la fe que nadie promete
cuando ven que salgo herido,
la cabeza sin almete
y el arnés todo rompido.


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(El VILLANO entre.)
VILLANO:

  ¿Dónde mi Lucinda estás?

RODRIGO:

¡Oh!, buen pastor, ¿dónde vas?

VILLANO:

En busca de una mujer.

RODRIGO:

¿Tienes algo que comer?

VILLANO:

Pan moreno.

RODRIGO:

Pan no más.

VILLANO:

  Y una cebolla os darán.

RODRIGO:

Ved qué golpe de fortuna,
ayer dejé el faisán
y otros manjares en suma,
hoy una cebolla y pan.
  ¿Hay aquí algún ermitaño?

VILLANO:

Cerca de aquesta arboleda.

RODRIGO:

¿Ese vestido de paño
me trueca aqueste de seda?

VILLANO:

Sí haré.

RODRIGO:

¡Oh, humano desengaño!
  ¡Oh, vida, juego engañado
donde es perder el vivir!
¡Oh, reino prestado estado,
que del reinar al morir
no hay más que volverse el dado!


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Acto III
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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ABÉN BÚCAR y REINA , ya cautiva, y moros.
ABÉN BÚCAR:

  A Córdoba perdonara
si el combatirla supiera
que en Córdoba estabas, Zara,
que como Alejandro hiciera
por tabla de Apeles rara,
  aunque no sé si el amor
me diera tanta licencia.

REINA:

Ya muerto el rey, mi señor,
darme vida tu clemencia
tuviera por más rigor
  ni repararaen que ha sido
de tus ojos estimada.
Cuando en Argel me has querido,
ni en que tengas sangre honrada
y de la tuya el nacido,
  ni te parezca crueldad
vengarte en una mujer
que ofendió tu voluntad,
que en el tiempo del poder
no halla lugar la piedad,
  sino pásame este pecho.


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ABÉN BÚCAR:

Debes de pensar que es hecho
de diamante el dueño suyo
o que se parece al suyo,
nunca en mi mal satisfecho.
  ¡Ay!, Zara, desde aquel día
que trocaste por María
aqueste nombre en Toledo
menos resistirme puedo,
que un tiempo en Argel solía.
  Más te quiero, más te adoro.
Ya, Zara, es muerto Rodrigo,
ya en España reina el moro
cuyas banderas que sigo
me han dado un rico tesoro:
  este, con otros despojos.
Zara, alfombra de esas plantas
si con tus piadosos ojos.
a ser tuyo me levantas
del centro de mis enojos.
  Haz como el sol pues lo eres,
sube la unidad del llanto
que ver en mis ojos quieres
a los rayos de tu manto,
aunque deshacerme esperes.
  No sane, tan mal amigo
o esposo, muerto Rodrigo,
para amparar tu viudez.
Mira que han visto en Jerez
despojos de su castigo.
  Ya España es África toda,
ya en el último Rodrigo
hizo sin la gente goda.
Cásate, Zara, conmigo
y el tiempo al tiempo acomoda.
  No es discreto el que por fuerza,
quiere usar del tiempo triste,
y a hacerle bueno se esfuerza,
si tu condición resiste,
haz que tu dureza tuerza.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REINA:

  Sin duda, fuerte Mahometo,
Abén Búcar valeroso
diera a tu deseo efeto
viendo difunto a mi esposo
y el reino al moro sujeto.
  Si la ley que ya tomé,
el casarme permitiera
con moro, porque yo sé
que esta sola es verdadera
y no el de ofender mi fe,
  hay en ella una verdad
que al alma inmortal anima
con cierta seguridad,
de aquella vida que estima
para su inmortalidad.
  Eso de Mahoma es seta
a mil blasfemias sujeta,
donde el alma va perdida
y para la eterna vida
a eterno infierno sujeta.
  Di esta palabra a María,
madre de Cristo, Dios y hombre;
tomé su nombre aquel día
y dejar su amado nombre
terrible infamia sería.
  Voy bien por este camino,
veo grandes fundamentos
en esta ley y un divino
estilo en sus sacramentos
y en la vuestra un desatino
  porque sola la hermosura
de un templo, de un santo altar,
su ornato, su compostura,
ver la misa celebrar,
a la Hostia santa y pura,
  a un bárbaro que no entiende,
lo que ella comprehende,
puede causar afición.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ABÉN BÚCAR:

Que mi ley es perdición
lo veo en lo que me ofende,
  que lo que me quita a ti,
¿quién duda que sea muy malo?
¡Hola!, retiraos de aquí.

REINA:

¿Qué dices?

ABÉN BÚCAR:

Que hoy me señalo
de tu señal.

REINA:

¿Cierto?

ABÉN BÚCAR:

Sí,
  que no es aquesto fingido
ni porque habré conquistado
con esto el ser tu marido,
mas porque Dios me ha tocado
y siento que Dios ha sido,
  ¿pero cómo podrá ser?,
que si los alcaides saben
que en Cristo quiero creer
es tan cierto que me acaben
como el llegarlo a saber.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REINA:

  ¡Ay!, querido Mahometo,
bautízate con secreto.

ABÉN BÚCAR:

Hoy, mi señora, lo haré.

REINA:

Pues con eso yo podré
dar a tu esperanza efeto;
  ¿cómo te quieres llamar?

ABÉN BÚCAR:

A Juan tuve afición moro;
ese nombre me has de dar.

REINA:

Bautizó a Cristo.

ABÉN BÚCAR:

Ese adoro,
que sé que me ha de salvar.

REINA:

¿Y a María?

ABÉN BÚCAR:

  Después dél.

REINA:

En fin, ¿crees en Dios?

ABÉN BÚCAR:

Creo
y en María por él.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REINA:

Cumplido se ha mi deseo,
¿serás firme, serás fiel?

ABÉN BÚCAR:

  ¿Tienes imagen ahí
de tu Dios?

REINA:

La de María.

ABÉN BÚCAR:

Virgen, esto juro ansí,
vuestro soy desde aqueste día,
tened vos piedad de mí.

REINA:

  Moros vienen, ten recato.

ABÉN BÚCAR:

Digo que es bueno el retrato,
allá no se usan.
(CÉLIMO entre.)

CÉLIMO:

Julián
y los alcaides que están
aguardándote gran rato
  te llaman para consejo.

ABÉN BÚCAR:

¿Pues qué hay agora que hacer?


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CÉLIMO:

De cierto cristiano viejo,
que de Asturias vino ayer
con un dardo y un pellejo,
  han sabido que es rendido
Pelayo por la montaña.
Abraido se ha resistido,
que solo este hombre en España
atrevimiento ha tenido.

ABÉN BÚCAR:

  Zara, al Consejo me voy.
Célimo, quédate en guarda.

REINA:

Vamos, que segura soy.

ABÉN BÚCAR:

Y yo, pues Cristo me guarda,
en su Fe divina estoy.
¿Dónde están?

CÉLIMO:

  En la mezquita,
que su iglesia solía ser.

ABÉN BÚCAR:

Divina imagen bendita,
la casa os haré volver
que el fiero Mahoma quita.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(PELAYO , ANAGILDO y otros montañeses, con dardos y monterillas.)
PELAYO:

  Aquí, amigos, estarán
nuestras reliquias muy bien.

ANAGILDO:

Y como si bien están.

ADULFO:

Dios quiera que siempre estén.

PELAYO:

¿Adónde se queda Urbán?

ANAGILDO:

  Componiéndolas quedó.

PELAYO:

Dennos a todos candelas
que no he visto el altar yo.
(Traigan velas encendidas y cada uno tome la suya.)

ADULFO:

Aquí están, repartirelas.

PELAYO:

Sí, amigo Adulfo; pues no.

ANAGILDO:

  Ya que están repartidas
de rodillas nos pongamos.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Descubren una cortina, con música que hace un altar, con las reliquias y URBÁN , de rodillas a un lado.)
PELAYO:

Reliquias esclarecidas,
humilde sagrario os damos,
pero en fin vais defendidas.
  Con gran riqueza en Toledo
os tuvieron reyes godos,
yo soy pobre, ¿cómo puedo,
huyendo, hacer lo que todos?,
entre estas peñas de Oviedo,
  tiempo vendrá que no falte,
quien de oro, piedras y esmalte
cubra vuestras pobres cajas.
(ILDERICO entre corriendo.)

ILDERICO:

Si al moro el paso no atajas,
Pelayo, de Asturias salte
  porque viene tan furioso
que será total ruina
de tu pueblo temeroso.

PELAYO:

Cierra, Adulfo, esa cortina.
¿Qué hay, Ilderico famoso?


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ILDERICO:

  Tu bella hermana Solmira,
que a Numancio le quitaste
y por quien llora y suspira.
Cuando los puertos dejaste,
que Vizcaya en Francia mira,
  Abraido se le ha quitado
a cuarenta montañeses
que en su guarda habías dejado,
que pellejos por arneses
no resisten brazo airado.
  Pasole el moro contento
de la otra parte del río.

PELAYO:

¡Oh!, triste nueva, si intento
cobrarla parece el mío
temerario atrevimiento.

ILDERICO:

  Ya está en la sierra más alta,
que hebrero de nieve esmalta.

PELAYO:

Venid, tomaré consejo,
que este es el mejor espejo
a donde el remedio falta.


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(La REINA y ABÉN BÚCAR , presos, TARIFE y gente.)
TARIFE:

  ¡Traidor Mahomete Abén Búcar!
¡Tú cristiano!

ABÉN BÚCAR:

¿En qué reparas?

TARIFE:

Enviadle al Tajo, a Júcar.
Nunca, plega Alá, pasaras
de la barra de Sanlúcar.
  Este traidor nos vendiera,
si cual quise a Cuenca fuera;
y tú, Zara, ¿en esto entiendes?

REINA:

¿Por qué, Tarife, me prendes?

TARIFE:

Por cristiana y hechicera,
  ¿no sabías que era hijo
del rey de Túnez Mahometo?

ABÉN BÚCAR:

Cristiano soy.

TARIFE:

Que lo dijo
en mi presencia, a que efeto
a España gobierno y rijo
  porque el gran Almanzor
ha entregado a mi valor
de su justicia la vara.


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ABÉN BÚCAR:

El que de Cristo se ampara
no teme humano rigor.

TARIFE:

  Llevadlos luego de aquí
y cortadlos las cabezas.

ABÉN BÚCAR:

Cristo es Dios y vive en mí.

TARIFE:

Moros, hacedles mil piezas.

ABÉN BÚCAR:

¡Ay!, desdichado de ti,
  vamos a morir, María.

REINA:

Vamos, mi querido Juan.

TARIFE:

¡Qué notable hechicería!
¿Pues cómo que a morir van
y van con tanta alegría?
  Decid que las quiero ver
porque no le he de creer
menos que a mis propios ojos.
(ORPAZ y JULIÁN .)

JULIÁN:

Dejo cual digo en despojos,
Orpaz, a mi amada mujer;
  mas ya me manda imbiar
Tarife agora por ella.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ORPAZ:

¿Aquí está?

JULIÁN:

Llégale a hablar.

TARIFE:

Del que su ley atropella,
¿qué puede nadie fiar?

JULIÁN:

  Orpaz, Tarife está aquí.

TARIFE:

¡Oh!, Capitán, solo en ti
hallará consuelo agora.

ORPAZ:

Quien ve el África, señora,
de España se queja ansí,
  quien desde el famoso estrecho
de Gibraltar con mil furias
su fortaleza ha deshecho
hasta las fuertes Asturias,
que a nadie pagaron pecho,
  consuelo pide, ¿de qué?

TARIFE:

Mahomete Abén Búcar fue
de mi mal dueño tirano.

TARIFE:

¿Cómo?


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TARIFE:

Volviose cristiano,
Zara le enseñó la fe.

TARIFE:

  ¿Zara entiende en eso agora?

TARIFE:

Ya no entenderá que ya
está muerta o viva llora
la injuria que ha hecho a Alá
en esto y volverse mora.
  Tú, Orpaz, porque ha tenido
nueva que en esa montaña
ese mozuelo atrevido,
esa reliquia de España
que de tu fuego ha salido,
  ese Pelayo, ese loco,
tiene mis moros en poco.
Quiero que vayas allá,
háblale y dile que ya
las plantas de Asturias toco,
  predícale por ventura;
se rendirá.

ORPAZ:

Yo te ofrezco
con fiereza o con blandura,
rendirle si esto merezco
de nuestra amistad segura.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Un MORO .)
MORO:

  Ya puedes, señor, mirar
de los dos, Juan y María,
que acaban de degollar,
las cabezas.

TARIFE:

¡Gran porfía,
que se han dejado matar!
(Descubren los dos mártires, descabezados, y un ángel detrás con dos guirnaldas en las manos.)

JULIÁN:

  Bravo espectáculo es,
a compasión me ha movido.

ORPAZ:

Mas por lo que en Zara ves
de aquel Rodrigo atrevido,
es bien que contento estés.

TARIFE:

  Cerrad y vamos de aquí
y tú parte a Asturias luego.

ORPAZ:

Harelo, Tarife, ansí.

JULIÁN:

Cielos, ¿qué será de mí
que he sido de España fuego?


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Una batalla dentro y salgan ABRAIDO y SOLMIRA , hermana de PELAYO .)
ABRAIDO:

  Este, tu hermano, es demonio
que con dos desnudos hombres
es un Piro, un Marco Antonio.

SOLMIRA:

De que merece ellos nombres,
dan sus obras testimonio.

ABRAIDO:

  ¡Que con dos descalzos llegue
a acometer dos mil moros
y hasta embestirlos se ciegue!
¿Defiende algunos tesoros
qué tiene que nos entregue?

SOLMIRA:

  La tierra en que reinar piensa.
No es moro, justa defensa
y primero la que has visto,
que es la santa fe de Cristo
a quien hacéis tanta ofensa.
  No penséis que este es Rodrigo
ni que ha visto el rostro al miedo;
cual le veis descalzo, os digo
que ha de llegar a Toledo
en busca de su enemigo.
  ¡A Toledo! ¡Ah, gran donaire!


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SOLMIRA:

Parece que haces desaire.

ABRAIDO:

Sí, porque a este español
detendrá primero el sol
y podrá coger el aire.
  ¡Cuán bien su hermana pareces,
Solmira, en él arrogancia
con que tu España encareces!

SOLMIRA:

Las obras son de importancia,
¡mira tú si las padeces!,
  ¡mira si te hace huir!

ABRAIDO:

Eso te quiero sufrir
porque en fin te espero ver
o mi amiga o mi mujer,
que yo te dejo elegir.

SOLMIRA:

  Haz cuenta que a nadie elijo.

ABRAIDO:

Ya la noche va tendiendo
su manto negro y prolijo,
lo que ella me está diciendo
no es lo que tu boca dijo.

SOLMIRA:

¿Qué te dice?


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El postrer godo de España:107

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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(PELAYO , vestido de moro, con dos espadas.)
PELAYO:

  Con este moro vestido
y el de mi honor que me anima
de Abraido al campo he venido.
Tanto de su hermana estima
Pelayo el honor perdido;
  pero aquí dos moros vienen
que en guarda a Solmira tienen.

ZULEMA:

¿Quién va allá?

PELAYO:

Un soldado soy
que a buscar a Abraido voy
porque he visto que previenen
  los montañeses salir
desta cueva y encalada
el paso al monte impedir.
(Dele una espada.)
Toma, Solmira, esta espada,
que hoy habemos de morir.

SOLMIRA:

¿Eres mi hermano?

PELAYO:

  Yo soy.

SOLMIRA:

¡Mueran, mueran!

ZULEMA:

¡Oh, Mahoma!


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PELAYO:

¡Pégales bien!

SOLMIRA:

¡Bien les doy!
(Sacuden a los moros SOLMIRA y PELAYO .)

PELAYO:

Del río el camino toma,
que detrás del río estoy.

SOLMIRA:

  Ya se juntan la canalla.
(ABRAIDO sale y moros.)

ABRAIDO:

¿Por dónde va? ¿Qué es de ella?

SOLMIRA:

¿Pelayo?

PELAYO:

¡Camina y calla!

ABRAIDO:

Caminar todos tras ella,
que he de morir o alcanzalla.
(Váyanse; y salgan el CONDE DON JULIÁN y TARIFE .)

TARIFE:

  Esto me escribió Abraido desde Asturias
y que deste Pelayo apenas puede
resistir con mil hombres las injurias,
porque con ciento a mil vence y accede.
Dice que de la cueva como furias,
sin que en el centro alguna furia quede,
salen hombres descalzos y desnudos,
rotos, sin armas, bárbaros, y rudos.
  mas que pelean como mil leones;
Muza me escribe que tome a Granada.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


JULIÁN:

¿Y no te dice al fin de esos ringlones
cuándo me invía mi mujer amada?

TARIFE:

Como en traerla tanta furia pones
callaba tu tragedia desdichada;
murió de un cáncer y labrando dicen.

JULIÁN:

¿Hay más penas que un hombre martiricen?
  Ya entiendo, cielo airado, lo que es esto;
vendí mi patria, puse fuego a España,
vendí mi caro honor, mas del honesto
metí en mi propria tierra gente estraña;
lunas por cruces en su campo he puesto,
en su sangre por mí, sus montes baña,
los huesos de sus hijos por los cerros
blanquean comidos de águilas y perros.
  Murió en los campos de Jerez Rodrigo,
arrastrólas banderas de los godos
el africano bárbaro enemigo,
entre sus armas perecieron todos;
despeñose Florinda por castigo,
blasfémanla los hombres de mil modos,
Cava la llama el moro por ser mala,
tan mala que ninguna hasta hoy la iguala.
  ¿Qué haré, triste de mí, que en templos santos,
donde adorado fue Cristo y de Roma
le obedeció al pontífice Ancitantos?
Por mí se adora en ellos a Mahoma,
no usando otra cosa sino llantos.
El niño, apenas por el vientre asoma,
cuando dice: «la Cava fue maldita,
que el templo de Toledo hizo mezquita».
  ¡Qué bien me ayudarán santos y santas,
habiendo sus reliquias destrüido
y en el trono de Dios vírgenes tantas
como por mí martirio han padecido!
¡Cuán justamente contra mí levantas,
señor, el brazo angélico ofendido!
Peor soy que Eliedor si no me ayudas.
Judas fui en vida, seré en muerte Judas.
(Váyase, despachado, el CONDE .)


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TARIFE:

  Allá vais, traidor, que si me aguarda
la traición, aborrezco al que la ha hecho.
Moros, corred tras él, sacad la espada
o con las lanzas le pasad el pecho,
que un hombre que vendió su patria amada
no puede ser a nadie de provecho.
Castigarame Alá si aquí le tengo;
voy a matarle ,que hoy a España vengo.
(Vase TARIFE y entre PELAYO mojado, y los montañeses ANAGILDO y ADULFO y ILDERIGO .)

ADULFO:

  Enjuga, señor, la ropa.

ANAGILDO:

Quítenle aqueste alquicel.

PELAYO:

Bien fuera enterrarme en él.
¿Cuál hombre nació en Europa
más cobarde, más cruel?

ILDERIGO:

  ¿Pues cómo pasas, señor,
de una margen a otra un río
con tanto esfuerzo y valor,
que de Cenegiro el brío
confiesa el tuyo mayor?
  Cortas, como el pez espada,
con esa tuya en la boca
al agua en sangre mezclada.
¿Y tienes hazaña poca
llegar vivo?


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PELAYO:

Todo es nada,
  saqué mi hermana, Ilderigo,
del poder de mi enemigo
dándole otra espada fuerte
con que dio a sus moros muerte,
más aprisa que lo digo;
  y antes que al río llegase,
tanta canalla acudió
que porque no me matase,
que escondida la dejase
ella misma me rogó.
  Dejela entre aquellas peñas
y echeme vestido al río
y hice en la otra margen señas,
mas fue vano intento mío
y ellas y mi ley pequeñas.
  No sé si estará cautiva
o si se ha de defender
porque no la vuelvan viva.

ADULFO:

Ella se sabrá esconder,
que es discreta aunque es altiva.
  No querrá perderse ansí,
para no perderte a ti.

PELAYO:

Sí, pero es mayor amor
el que ha tenido su honor;
temo que haya muerto allí.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ANAGILDO:

No lo creas.

PELAYO:

  ¡Plega al cielo!

ANAGILDO:

Rumor siento, algo recelo.
Sobre la cueva está un hombre.

PELAYO:

Pregunta, Anagildo, el nombre;
o venga rodando el suelo.
(ORPAZ , en alto.)

ANAGILDO:

  ¿Quién eres? ¡Hola, que estás
en lo alto de la cueva!
Habla presto o bajarás
donde otra lengua te mueva,
aunque te haré callar más.


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ORPAZ:

  Pelayo, amigo, yo soy Orpaz, creo
que ya me conociste entre cristianos,
con mitra, con grimal, con sacro arco
y el báculo dorado entre las manos.
Vi de Rodrigo el lastimoso empleo
que en él hicieron góticos hispanos
desta joya de España a quien mil reyes
dieron santas costumbres, justas leyes.
  Fui con él a Jerez y porque fuese
vencido de Tarife como cuerdo,
mandé que mi escuadrón se retrujese,
pues gano agora lo que entonces pierdo.
Dijéronme que yo cuanto quisiese
tomase del despojo, y por acuerdo
de deudos míos tomé treinta villas,
todas en tierra de las dos Castillas.
  Estoy rico, contento, honrado y vivo,
a mi modo, a mi ley, sin ley, sin cosa
que impida el bien que de vivir recibo,
vida tan descansada y deleitosa.
Supe que estabas, como estás, cautivo
en esta dura tierra pedregosa,
sembrando por sus campos y montaña
la poca sangre que ha quedado a España.
  Vuelve, mancebo ilustre y generoso,
los ojos a tu patria desdichada;
mira el estrago rígido y lloroso
que ha hecho en ella la africana espada.
¿Qué me miras, intrépido y furioso,
no es mejor que tu frente coronada,
descanse en paz sirviendo al gran Tarife,
que no que ocupe un banque de su esquife?
  Darete si te rindes seis ciudades,
cincuenta villas y de sus tesoros.


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El postrer godo de España Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PELAYO:

Pon silencio, traidor, a tus maldades,
ve a predicar como alfaquía tus moros.
apóstata, ¿a Pelayo persüades,
que está sudando sangre por los poros
por restaurar este rincón de España,
este fénix guardando en su montaña?
  Si te vi con el alba y la casulla,
agora te verá el demonio fiero
en la garganta que el cerbero arrulla
pues no te escaparás de prisionero.
Ved qué paloma blanca nos arrulla,
para tomalla por dichoso agüero,
sino un sacro pecho que en despojos
dará a las aves de Aquirón sus ojos.
  La batalla, traidor, en que Rodrigo
morir dejaste como vil cobarde,
aquel pendón rindiendo al enemigo
que con las rojas cruces hizo alarde,
más que provecho te dará castigo
si tu arrepentimiento llega tarde.
Orpaz, vuélvete a Dios, que darte puedo
hacienda y tierra aquí en Oviedo.
  Y mira la vil Florinda despeñada,
la Condesa, su madre, que rabiando
dio el alma en fuego y cólera bañada
y que Julián tal muerte está esperando;
la fe de Cristo ha de vivir guardada
en estas peñas duras confiando
en el que ha de salir y propagarse
y otra vez hasta el África ensancharse.
  No quiera Dios que digan que ha quedado
España sin cristianos solo un día,
que deste fénix que ha de estar guardad[o]
más nobleza se espera que tenía.


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ORPAZ:

¡Oh!, mozo loco de años engañado,
si tu temeridad eso porfía,
resístete, veamos quién lleva
lo mejor.
(ABRAIDO y moros.)

ABRAIDO:

¡Ea!, moros, a la cueva;
  no quede vivo un cristiano.

MORO:

¿No ves que los flechazos que los tiran
vuelven al pecho de la misma mano?
¿Hay más hechizo?

MORO:

¡Por Alá, que admiran!

ABRAIDO:

Las flechas y las armas son en vano,
cual basilisco vencen si nos miran;
los moros mueren de sus propias flechas.

MORO:

Destos encantamientos, ¿qué sospechas?

ORPAZ:

  ¡Huid, moros, huid, que esto es sin duda
milagro en su favor de aquesta gente!

PELAYO:

Salgamos pues el cielo nos ayuda;
ya contra cuatro mil bastamos veinte.


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ILDERIGO:

¡Orpaz muera, señor!

ORPAZ:

El cielo muda
  nuestra bonanza en cristianos diferente.
(Mata a ORPAZ .)

PELAYO:

¡Muera, apóstata vil!

TODOS:

¡Pelayo viva!
¡Arriba, al monte, arriba!
¡Arriba, arriba!
(Tras ellos entresalga SOLMIRA , y otros moros acuchillándola.)

SOLMIRA:

  Hüid, canalla crüel,
que aunque yo no soy Pelayo
soy tan buena como él.

MORO:

Esta es furia, es muerte, es rayo.

SOLMIRA:

Soy una centella dél,
  rayo es Pelayo y yo soy,
como de Pelayo hermana,
centella, que ardiendo voy
tras vuestra gente africana
a quien abrasando estoy.
  Huid de mis ojos lüego,
que este fuego deja ciego
a cualquiera que atropell[a];
mirad que de una centella
se suele encender gran fuego;
  cansada estoy de reñir,
la espada en estos cobardes
ya no los quiero seguir.


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(ABRAIDO entre.)
ABRAIDO:

¿De qué sirve hacer alardes
y estas montañas subir?
  Cuatro hombres, con cuatro pieles
de esos bueyes y lobos,
troncos de hayas y laureles,
hacen en nosotros robos
temerarios y crüeles,
  y nos cautivan y prenden,
y a nuestras tiendas encienden,
y furiosos nos responden;
que ya en cuevas no se esconden
ni entre peñas se defienden.
  Cuál dellos pone una viga
en la boca de una cueva,
y aunque un mundo le persiga
no hay quien las plantas le mueva
de que su intento prosiga;
  y el otro, viéndole igual,
Alcides que va imitando
por valerle en tanto mal,
que dijo Val tú, rey Sando,
se ha llamado Sandoval;
ya toman mil apellidos,
ya se llaman vencedores,
ya nos cuentan por vencidos,
ya traen vestidos mejores,
hechos de nuestros vestidos.
  Mas, ¿qué digo? ¿No es Solmira
esta que enfrente me mira?
¡Oh, vil cautiva!


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SOLMIRA:

¡Oh, traidor!

ABRAIDO:

Así pagaste mi amor;
a Mahoma golpes tira.
¿Espada traes?

SOLMIRA:

  Pues no.

ABRAIDO:

Para matar mirar basta.

SOLMIRA:

No soy basilisco yo,
sino mujer noble y casta,
armas que el cielo me dio.

ABRAIDO:

  Mira que te daré muerte.

SOLMIRA:

Mejor será defenderte.}}

ABRAIDO:

Mahoma, por no matarte
quiero huir.

SOLMIRA:

Mas por guardarte
de que en el pecho te acierte.


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(TARIFE y moros, y CÉLIMO .)
TARIFE:

  Este en fin es León, ciudad famosa.

CÉLIMO:

Casi desde ella empiezan las montañas,
por esta parte Astorga de Galicia
muestra el camino a Francia, que a Santiago
camina alguna gente; las Asturias,
a aquella mano caen.

TARIFE:

De esa suerte
a España atravesamos desde Tánger
pues desde Gibraltar nuestros alcaides
hasta el mar vizcaíno han descubierto.
¿Qué me dará Armanzor por esta empresa?
¿Qué tesoro, Célimo, tiene el África
que se me puede dar en justo premio?

CÉLIMO:

¿Qué mayor que la gloria que está sola?
Los grandes capitanes pretendieron
que los despojos son de los soldados
y más que fuera della la riqueza
que traes contigo excede la de Midas.

TARIFE:

Si Miramamolín quiere pagarme
con su hija, Célimo, me contento,
que las riquezas, donde falta el gusto,
es como la comida en el enfermo.


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TARIFE:

¿A quién de toda el África y Europa
honrar puede mejor que a ti con ella?

TARIFE:

Gran gente viene aquí.

CÉLIMO:

Leocán parece,
¿en Asturias no estaba aqueste moro?
Alguna mala nueva nos ofrece
si no esconde el sol sus rayos de oro.

LEOCÁN:

  De las Asturias de Oviedo,
famoso alcaide Tarife,
vengo huyendo por los montes
cual fiera que alarbes siguen.
Aquel mancebo Pelayo,
que ya de laurel se ciñe
las vedijas del cabello,
como otro español Alcides,
retirado en una cueva,
aquí con varios matices
jaspes y árboles esmaltan,
tus escuadrones resiste.
Predicándole don Orpaz
para que se viese libre
con solo rendir tributo
a tus alcaides facíes,
respondió tales soberbias
que en fin Abraido le embiste
con dardos, flechas y espadas
por ver si hace lo que dice.


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LEOCÁN:

Mas las flechas que de espesas
entre los aires sutiles
se topaban muchas veces
y cual granizo se impiden,
a quien Alá, que los ayuda,
que cuantas más flechas tiren
más vuelven contra tus moros
y el yerro en sus pechos tiñe?
Salen con esto animosos
y de manera nos siguen,
que muerto a don Orpaz manda
que su cuerpo descuarticen.
Por los caminos le pone
y la cabeza infelice
clavándola en una peña
aquestas letras escribe:
«Esta fue de un hombre infame;
toda España le maldice,
acabó como vivió,
que mal muere, quien mal vive.»
Tu famoso alcaide Abraido,
que esto parece imposible,
a manos de una mujer
el fiero espíritu rinde.
Dejando van las montañas
y siguiendo el nuevo Aquiles,
no hay leones africanos
que así los caminos pisen.


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LEOCÁN:

Juran que hasta que te encuentren
de sus cuerpos invencibles
no desnudarán las pieles,
que son las armas que visten.
Ni de sus fuertes cabezas
quitarán aunque caminen
las que traen de leones,
de panteras y de tigres.
Y sin duda ese ruido
de tus cajas y añafiles,
que obliga que los caballos
pidiendo frenos relinchen
debe de ser que ya llegan
con la cruz que traen por timbre
de una bandera sangrienta
que con una aspa dividen.
Las cruces de todas ramas
atada con unas mimbres
y el Alférez que la lleva,
un Sandoval, hombre insigne.

TARIFE:

Para, Leocán, que ya siento
que llegan sus armas viles.
¡Ea, fuertes africanos!,
¡ea, alcaides y adolides!,
no entre en León Pelayo,
que es afrenta que no estime
el poder del gran señor
y las armas de Tarife.
¡A ellos, moros, a ellos!,
¡Toquen al arma, salgan, brillen
los aceros en las manos!
¡Seguidme!


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TODOS:

¡Todos te siguen!
¡Vitoria, vitoria!
(Batallen dentro, y saliendo afuera cristianos y moros; publicada vitoria, salgan PELAYO , ILDERIGO , SOLMIRA , ADULFO , ANAGILDO ; traiga ILDERIGO la cruz, otro la bandera y otros las de los moros arrastrando.)

PELAYO:

  Nombre
que así alegras mi memoria.

[VOCES]:

¡Vitoria España, vitoria!

PELAYO:

A vos, señor, que no al hombre,
se debe el triunfo y la gloria;
  arrastad esas banderas.

ADULFO:

Huyendo Tarife sale
lleno de arrogancias fieras.

PELAYO:

Pues de los pies se vale,
no creas que habla de veras.

ADULFO:

  ¡Cómo huyó de entrar conmigo
en campo!

ANAGILDO:

Lo mismo digo.


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PELAYO:

Alzad en alto esa cruz,
que nuestra vida y luz
valiente godo Ilderigo,
  y aquí adorándola todos
la fijad.

ANAGILDO:

Desta montaña
eres rey.

ILDERIGO:

Por varios modos
vendraslo a serlo de España,
fénix de los muertos godos,
  y permite que a traer
vamos la insignia real
que te queremos poner
con aplauso al tiempo igual.

ADULFO:

Un laurel puedes torcer
  y con un velo de plata
por los estremos le ata,
y triunfará por León
aquel que en el corazón
de que los venció retrata.

PELAYO:

  Partid y dejadme aquí,
que tengo un poco que hacer.
Tú, hermana, a don Arias di
que me venga luego a ver.


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SOLMIRA:

Harelo, señor, ansí.
(Váyase y quede PELAYO solo.)

PELAYO:

  España bella que de Hispan te llamas
y del lucero con que nace el día
el tronco de los godos fenecía,
si no quedaran estas pobres ramas
ves aquí el fénix de sus muertas llamas,
que nuevas alas de su indicio cría
para que ocupes con la historia mía
versos y rosas lenguas y plumas, famas.
Yo soy Pelayo, España, yo la piedra
que te ha quedado, sola en esta vuelve
a hacer tus torres que no ofenda el rayo,
las que de sangre vestiré de yedra,
que puesto que Rodrigo se resuelve
de sus cenizas nacerá Pelayo.
(España entre, y córrese una cortina en que se vea un lienzo con muchos retratos de reyes pequeños.)
  ¿Pero qué música y voces
son estas?

ILDERIGO:

Parad aquí.

PELAYO:

¿Quién viene?

ILDERIGO:

No nos conoces;
viva Pelayo decid.


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TODOS:

¡Viva!

ILDERIGO:

Mil años te goces.
(Toda la compañía con ramos, ILDERIGO con el laurel, y corónele, y digan luego los MÚSICOS .)

[MÚSICOS]:

  par bien amanezca el sol,
bendígale España
y guarde Dios
el sol de Pelayo,
gran restaurador
de Asturias y Galicia,
Castilla y León,
el que mata moros
con sola su voz,
mas que ellos cristianos
con tanto escuadrón;
el que de Toledo
a San Salvador
trujo las reliquias
de nuestro Señor,
coronado llega
con gran devoción
donde ya le espera
la iglesia mayor.


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TODOS:

¡Bendígale España
y guárdele Dios!
Darale el Obispo
ya su bendición;
niños y mujeres
van de dos en dos;
mozas en cabello
van de otra en pos,
de órganos y flautas,
bailaron al son.
Irán las casadas
y dueñas de honor
a besar la mano
al rey su señor;
casarase luego
con dama de don,
dichosa quien goza
tan lindo infanzón!

TODOS:

¡Bendígale España
y guárdale Dios!

PELAYO:

  Vamos a la iglesia ansí,
Solmira, dame la mano,
que un príncipe castellano
hoy le ha de emplear en ti.


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SOLMIRA:

El mío a tu gusto allano.

PELAYO:

  Toma aquesta mano hermosa,
Ilderigo.

ILDERIGO:

Soy indigno.

PELAYO:

Desde hoy mi hermana es tu esposa,
que así premiar determino
tus servicios.

ILDERIGO:

Paga honrosa
  y aunque excedes deste modo,
su esclavo soy.

PELAYO:

Ella y todo.

SOLMIRA:

Noble marido me has dado.

PELAYO:

Aquí, discreto senado,
se acaba El último godo.

Fin01.jpg


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