El príncipe y el mendigo : 28

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El príncipe y el mendigo

Capítulo XXVIII
El sacrificio

de Mark Twain



Entretanto, Miles se iba cansando bastante del confinamiento y de la inacción. Mas llegó su juicio, para gran satisfacción suya, y pensó que daría la bienvenida a cualquier sentencia, siempre que una nueva prisión no fuera parte de ella. Pero se equivocaba en esto. Se enfureció cuando se encontró con que lo describían como un "vagabundo tenaz", y que era sentenciado a dos horas de cepo por este cargo y por haber agredido al señor de Hendon Hall. Sus alegatos de que era hermano de su perseguidor, y heredero legítimo de los honores y patrimonio de Hendon, se desdeñaron sin prestarles atención ninguna, pues ni siquiera fueron dignos de examen.

Bramaba y amenazaba en su camino al castigo, pero de nada le valió. Fue violentamente arrastrado por los oficiales, y en ocasiones recibía un bofetón por sú conducta irreverente.

El rey no pudo abrirse paso entre la chusma que bullía detrás, y así fue obligado a seguir a la zaga, lejos de su buen amigo y servidor. Por poco se veía el rey condenado él mismo al cepo por estar en tan mala compañía, pero había salido libre con un sermón y una advertencia, debido a su corta edad. Cuando al fin la multitud hizo alto, voló febrilmente de un lado a otro alrededor de sus orillas, cazando un lugar para atraversarla, y al fin, después de muchas dificultades y tardanza, lo logró. Allí estaba su pobre criado, en el degradante cepo, hazmerreír y diversión de una sucia muchedumbre, él, ¡el servidor personal del rey de Inglaterra! Eduardo había oído dictar la sentencia, pero no se había dado cuenta ni por asomo de lo que significaba. Su ira comenzó a crecer a medida que el sentido de esta nueva indignidad que le infligían lo hirió en lo vivo; llegó a su paroxismo un momento después, cuando vio un huevo cruzar el aire y estrellarse en la mejilla de Hendon, y que la multitud rugía de júbilo por el episodio. Cruzó de un salto el círculo abierto, e hizo frente al alguacil de guardia gritando:

–¡Qué vergüenza! ¡Éste es mi criado; déjalo libre! ¡Yo soy el...!

–¡ Oh, calla! –exclamó Hendon, aterrorizado–. ¡Te perderás! No le hagáis caso, oficial, está loco.

–No temas que le haga caso, buen hombre, no tengo intención de hacérselo; pero a enseñarle algo sí que me siento inclinado. –Volviose a un subordinado y le dijo–: Dale al tontito una o dos probadas de látigo, para, enmendar sus modales.

–Media docena le bastarán –sugirió sir Hugo, que había llegado un momento antes a caballo para de pasada echar un vistazo a lo que ocurría.

Prendieron al rey. No se resistió siquiera, tan paralizado estaba ante la mera idea del monstruoso ultraje que se proponían infligir a su sagrada persona La historia ya había sido manchada con la marca de un rey inglés azotado con látigo, y era reflexión intolerable el que él hubiera de proporcionar la copia de aquella vergonzosa página. Estaba en la red, no había remedio, o aceptaba el castigo o rogaba que se le perdonara. ¡Duro dilema! Escogería los azotes, un rey lo haría, pero un rey no podía suplicar.

Mas, entretanto, Miles Hendon estaba resolviendo la dificultad.

–¡Dejad ir al niño –dijo–, perros desalmados! ¿No veis cuán joven y frágil es? Dejadle ir, yo me llevaré sus azotes.

–¡Justo! ¡Buena idea!, y gracias por, ella –dijo sir Hugo, su rostro relampagueando de sardónica satisfacción—. Dejad ir al mendiguilío, y dadle a este tipo una docena de azotes; en su lugar, una docena justa, y bien puestos.

El rey iba a iniciar una furiosa protesta, pero sir Hugo lo hizo callar con esta eficaz advertencia:

–Sí; habla, hazlo y desahógate; pero advierte que por cada palabra que pronuncies él se llevará seis golpes más.

Quitaron a Hendon del cepo y le desnudaron la espalda, y mientras le daban con el látigo, el pobre reyecito volteó la cara, y dejó que por sus mejillas corrieran libres lágrimas poco regias.

–¡Ah, buen corazón valeroso! –se dijo–: Este acto de lealtad no perecerá en mi memoria, no lo he de olvidar, ¡pero ellos tampoco! –agregó con ardor.

Mientras meditaba, su aprecio de la magnánima conducta de Hendon fue adquiriendo dimensiones más y más grandes en su mente, lo mismo que su agradecimiento. De pronto se dijo:

–El que salva a su príncipe de heridas y de una muerte probable –y esto ha hecho él por mí–, realiza un alto servicio; pero es poco, ¡es nada, oh, menos que nada; comparado con la acción de aquél que salva a su príncipe de la vergüenza!

Hendon no gritó al ser azotado, sino que soportó los fuertes golpes con ánimo marcial. Esto, más haber librado al niño sufriendo los azotes en su lugar, forzó al respeto aun a aquella chusma infeliz y degradada allí reunida; sus mofas y gritería terminaron, y no quedó otro sonido que el sonido del caer de los golpes. La quietud que invadió el lugar cuando Hendon se encontró de nuevo en el cepo, contrastaba fuertemente con el clamor insultante que había reinado muy poco antes. El rey se acercó lentamente a Hendon y le susurró al oído:

–Los reyes no pueden ennoblecerte, ¡tú, alma buena y generosa!, porque Aquel que está por encima de los reyes lo ha hecho ya; pero un rey puede confirmar tu nobleza ante los hombres. –Recogió el látigo del suelo, tocó levemente con él los sangrantes hombros de Hendon, y susurró–: Eduardo de Inglaterra te hace conde.

Hendon se conmovió. Las lágrimas fluyeron a sus ojos, pero, al mismo tiempo, la comicidad terrible de la situación, y de las circunstancias minó a tal grado su seriedad, que hizo lo que pudo para no mostrar ningún signo, de su regocijo interno. Verse de pronto, desnudo y manando sangre, elevado desde el cepo villano hasta la gran altura y esplendor de un condado, le parecía la última probabilidad en el terreno de lo grotesco.

–Primoroso oropel el mío, por cierto –se dijo–. El caballero espectral del Reino de los Sueños y de las Sombras me ha convertido en un conde espectral. –¡Vertiginoso vuelo para alas inexpertas!–. De seguir así pronto me colgarán adornado lo mismo que un mayo, con objetos fantásticos y lauros de mentirillas. Pero sabré valorarlos, tan sin valor como son, por el amor que los otorga. Mejores son estas pobres ficticias dignidades mías, que vienen sin pedirlas de mano limpia y espíritu recto, que las verdaderas, compradas por el servilismo al poder envidioso e interesado.

El temible sir Hugo hizo dar vuelta a su caballo y, al apretar el paso, el muro viviente se dividió silenciosamente para abrirle paso, y tan silenciosamente se juntó de nuevo. Y así permaneció; ninguno llegó tan lejos como para aventurar una observación en favor del prisionero ni en alabanza, suya; mas no importaba: la ausencia de insultos era de por sí suficiente homenaje. Un recién llegado que no estaba al tanto de las circunstancias y que lanzó una burla al "impostor", y estaba a punto de continuarla arrojándole un gato muerto, fue inmediatamente derribado y echado a puntapiés, sin palabra alguna, y luego el profundo silencio reinó de nuevo.



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