El problema feminista/El problema feminista

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El problema feminista de Leopoldo Lugones
El problema feminista
EL PROBLEMA FEMINISTA


N

INGÚN agente de disolución social tan activo como el feminismo, que otra vez más aparece en la historia marcando un contraste de la civilización.

El fenómeno es conocido, en efecto. Cada crisis disolvente de las que sufren los pueblos en determinadas épocas, para transformar sus conceptos y caracteres sociales, presenta en el feminismo la expresión más grave de su trastorno. Como se trata de revoluciones, la subversión inherente a tales movimientos parece materializarse en ese supremo absurdo de la mujer igualada al hombre, contra toda razón y todo interés natural, presentando al fin de cuentas, como consecuencia forzosa, los resultados constantes del unisexualismo: la esterilidad y la corrupción.

Es conocido el método de perseguir la lógica hasta sus últimas consecuencias, para saber si opera como instrumento de la verdad. Es el método seguro, y el único además, como que en él se aduna la certidumbre, o sea el criterio matemático, a la realidad de las ciencias experimentales. En ese desarrollo lógico estriba toda la crítica filosófica, pues es, regularmente, el fruto más positivo de la filosofía.

Y bien: aplicando ese método al feminismo, pronto se obtiene el resultado que antes formulé, como consecuencia racional: si las mujeres fuesen iguales a los hombres, no existiría sino un sexo, y la especie humana se habría vuelto estéril. Ahora bien: el amor estéril (porque el amor subsiste dentro de la doctrina feminista) es la suprema corrupción, al constituir un placer sin la compensación del resultado que normalmente produce, o sea la procreación de hijos. La mujer y el hombre, unificados por la igualdad, formarían un monstruo, el andrógino, o sea el producto típico en que se complace la imaginación enferma de las decadencias. Lógicamente, pues, la doctrina produce una monstruosidad, lo cual es harto significativo; porque si el método de la finalidad lógica reviste el carácter que más arriba le atribuí, ha de haber también en ello una realidad experimental.

Es, en efecto, lo que ocurre. Cada crisis feminista ha coincidido en la historia con una crisis de esterilidad, lo cual asimila desde luego el feminismo a la prostitución.

Cuando la mujer honesta abandonó en Grecia el gineceo para entregarse primeramente a las competencias del lujo callejero con las cortesanas, y frecuentar después las escuelas de los filósofos, los conciliábulos de la política, en virtud de derechos inherentes a su pretendida igualdad, ya teorizaba con los mismos argumentos de ahora, la civilización griega sucumbió en la doble esterilidad de la materia y del espíritu. "¡Si pudiéramos tener hijos sin mujeres!", sería la última exclamación de su pesimismo. No los tuvieron, porque las mujeres habían empezado por querer tenerlos, confiando a las esclavas la función materna, así degradada en reproducción animal, y con ello perdiéronlo todo: libertad, patria, honor y genio. Hasta el genio, que fué a esterilizarse también en la aridez de la retórica alejandrina.

La inmensa Roma viril de las conquistas había de ver repetido el fenómeno. La matrona abandonó el hogar para lanzarse al lujo de la calle, cuyo tono, hoy como ayer, lo dió siempre la cortesana. De eso, fué a la literatura, a la filosofía y a la política, con los mismos argumentos actuales sobre su igualdad y su derecho. Juvenal lo expuso en sus sátiras, como lo había hecho Aristófanes en sus comedias, y estos documentos adquieren de nuevo la actualidad más completa. La consecuencia fué que las matronas renunciaron a la epónima tradicional maternidad. Y Roma se hundió en la iniquidad, en la sangre; vió rebajarse su espíritu en la retórica: dejó de ser.

El espantoso cataclismo medioeval que tiene su fórmula histórica en los terrores del Año mil, fué, ante todo, una crisis de maternidad. El aborto y el infanticidio disminuyeron la población de Europa hasta acabar con ciudades enteras. El Tíber llegó a convertirse en un inmenso pudridero con los cadáveres de los párvulos arrojados en él. ¿Y qué era? Que la corrupción de Bizancio, con el ejemplo de sus princesas literatas y adobadas por todos los artificios de la perfumería oriental, practicada en un laboratorio inmenso donde la química más sutil se cerraba en un misterio de santuario, por Zoe, la emperatriz, aquella lujuriosa dídima de las crónicas—era que eso, dije, se había propagado por el Occidente con el efecto habitual. Corrupción tan espantosa causó el secular desangramiento de las Cruzadas.

Repetición del fenómeno, en significativa sincronismo con las grandes guerras, y la profunda corrupción, y la espantosa iniquidad del Renacimiento. Florencia y Venecia, aquellas Atenas medioevales, sucumbieron de eso. Edad de tiranos, de lujo, de esterilidad y de retórica. Es el momento en que las lenguas romanas tanto perdieron con la pedantería humanista, como en el anterior ciclo medioeval, la crisis intelectual consiguiente se caracterizó por el abandono definitivo del latín y la adopción de los dialectos bárbaros en que se había descompuesto.

Nueva crisis de feminismo como principio y fin de la Revolución Francesa. Damas que abandonan el hogar por el lujo de la calle, por la literatura, la filosofía, la política. Dos cortesanas que hacen política, señalan, efectivamente, el principio y el fin de aquel sangriento período: madame de Pompadour y Theresia Cabarrús. Aquella saludable catástrofe que señaló el principio del fin a la civilización monárquica, o sea al último ciclo cristiano, se repite, por lo que concierne al feminismo, en la crisis presente, con asombrosa fidelidad. Y desde luego, en su rasgo más característico: la esterilidad, sugerente de las mismas lamentaciones, diagnósticos y remedios que en el siglo XVIII. Son, efectivamente, aquellos dos países donde la mujer es más dueña y está más orgullosa de su personalidad, los que presentan la natalidad más pobre: Francia y los Estados Unidos.

Observamos, entretanto, como su útil recapitulación, que el feminismo ha preludiado y acompañado siempre a las crisis sangrientas con que acaban las civilizaciones. Así en la civilización griega, en la romana, en la feudal de la primera edad media, en la comunal que la sucedió, en la monárquica finalizada con la Revolución Francesa. La ley es constante, como se ve, para el mundo greco latino, y se repite con progresiva frecuencia, porque la aceleración de los ciclos históricos es una consecuencia del progreso general. Así nuestra sociedad vuelve a encontrarse en el mismo estado que la sociedad de la Revolución.

Esa constancia del fenómeno, es significativa y comporta una prueba de suyo, hasta que la contraprueba la convierta en demostración.

Los éxitos de la civilización que los pueblos disfrutan en la prosperidad y en la paz de las ideas, coinciden a su vez con el estado exclusivamente doméstico de la mujer. La madre de familia, que no es tan sólo la productora de hijos, sino principalmente la formadora de hombres, resulta, en efecto, el elemento más importante de la sociedad y de la civilización. Más importante que el hombre, porque sin ella no hay hogar ni patria; tampoco existe para ella ni es posible que exista condición más alta sobre la tierra. De aquí que su permanencia en ella, caracteriza las civilizaciones felices: aquellas en que el miedo de la vida insegura no suprime el goce superior, la heroica plenitud de las posteridades numerosas. Así, cuando las civilizaciones son más robustas y más amables, cuando aseguran a todos con mayor eficacia el encanto y la utilidad de la vida, la mujer hállase reclusa en el gineceo griego, en la casa romana, en el castillo medioeval, en el inviolable domicilio hidalgo. Allá, como la semilla oculta, está renovando la patria que así viene a constituir una emanación de su ser, pues en su seno fecundo y en su enseñanza, fórmanse los héroes, los trabajadores, los pensadores que engrandecen y que ilustran la patria. Ocupada como las plantas nobles, de florecer y de fructificar, cualquier otra misión resultaríale inferior y absurda. Por esto, ella misma la prefiere y busca, y se enorgullece de estar colocada así, mientras no la perturba el desorden de próximas catástrofes. Que entonces, cuando en vez de su libertad femenina equivalente a un reino, el reino del hogar, donde tiene como todo soberano el deber, dijéramos constitucional de la residencia; cuando en vez de esto, quiere la libertad del hombre, abdica; y así caída de su majestad natural en una condición ajena, su destino conviértese en esta triple fatalidad: o la mala madre, ese monstruo; o la solterona, esa víctima lamentable; o la cortesana, esa alimaña venenosa.

En esta degradación va implícita la ruina de la patria y el horror de la guerra. Porque el hombre, o sea el defensor de la patria que su compañera forma y renueva, el guerrero, el eterno combatiente, no es sino un bárbaro primitivo cuando le falta su dama. Es ella, la reina de la casa, del "domus" antiguo, la "domina", la "dama" nuestra, quien "domestica", en efecto, y "domina" la fiera siempre despierta en el combatiente, pero también, por la misma razón, quien la instiga a toda ferocidad: la responsable de toda guerra, porque sólo por ella, por su amor, pelea el hombre.

La guerra bajo todos sus aspectos, operación táctica de ejércitos, revoluciones políticas, huelgas, atentados anárquicos, obedece siempre a este móvil recíproco en los adversarios: tentativa de uno que quiere aumentar su haber con el haber de otro, y resistencia de este último a dejarse despojar.

Mas ¿para qué quiere ese haber el hombre? Para engrandecer y embellecer su hogar, que sin la mujer no existiría. Porque es ella quien ha exigido para asegurar el éxito de su misión materna, la civilización estable del hogar. Y la pareja repite, aun en los mayores refinamientos de civilización, el estado de la caverna primitiva: ella es quien se queda dentro, el elemento permanente de civilización útil que empieza con la cocina, y de estética caracterizada en el arreglo del rudimentario menaje; él es quien sale y combate para asegurar la existencia común: el que vuelve con la presa. Faltárale aquel estímulo de estética y de bienestar, y nunca dejaría de ser un cazador salvaje.

El objeto adquisitivo de las guerras, es la apropiación de bienes desproporcionados con las necesidades de los gobernantes y jefes que los aprovechan, en cuanto esas necesidades provienen de sus exigencias personales; pero no cuando se trata de satisfacer el lujo que es una exigencia femenil. Para esto quiere el hombre riquezas desmesuradas, y así es como la mujer resulta la responsable de la guerra. El sólo, para él mismo, contentaríase con muy poco. Su civilización sería rudimentaria y sobria. Es la mujer quien le estimula al bienestar y a la belleza, nunca degenerados en pasión exhibicionista, en lujo, cuando ella sabe limitarse al reino de su hogar. Entonces basta al hombre el trabajo. No necesita combatir, o sea volverse por una exageración de su energía, violento e injusto. Cuando la mujer exajera sus exigencias, el trabajo normal que es un encanto solidario, no basta. Sus frutos resultan escasos o tardíos. Y entonces los reemplaza el despojo que exige combates.

Cuando el patrón obstinado y cruel que se niega a aumentar en unos cuantos centavos el salario bien miserable de sus obreros, nos dice que no puede, esta declaración no expresa un impedimento personal. El sabe que sus obreros tienen razón, quizá le conmueve aquel reclamo de la miseria. Pero si cediera, su venta disminuiría y con ella el presupuesto de su hogar, que es opulento, mas no cómodo; porque las exigencias de la sociedad donde actúa son cada vez más tiránicas, no sobre él, sino sobre su mujer, sobre la reina que nadie ni nada debe atreverse a tocar. El se sacrificaría, pero es incapaz de sacrificarla a ella. Y entonces, no queda más que la guerra sin solución posible, porque su causa no está en el patrón atacado, en el responsable visible de la iniquidad, sino en una influencia más fuerte que la suya. Así la guerra social en que estamos com prometidos, tiene por causa y por responsable a la mujer. Es su abandono del hogar el origen de todos esos males, porque la echa a las competencias del lujo, al intelectualismo, a la política, a todas las exigencias insaciables con que pretende substituir, sin conseguirlo nunca, la verdadera superioridad de la condición abandonada. Es que la mujer no resulta inferior al hombre porque sea desigual a él. Repito que, al contrario, es superior como elemento social, puesto que representa la estabilidad, el bienestar y la estética de la civilización. Su error está en que se compara, y en que así comparada, resulta inferior al hombre intelectualmente. Pero el hombre, a su vez, resulta inferior a ella en otras cosas. El feminismo no revela, así, sino la ignorancia femenina en filosofía y en historia. La lógica nunca fué un tesoro femenino; y en cuanto a la historia, desdeñada por una pedagogía excesivamente racionalista, como asignatura mnemónica, representa la gran deficiencia de la cultura contemporánea. Si las mujeres supieran historia, advertirían que el feminismo es una doctrina de infamia y degradación.

Atendamos, en tanto, una objeción que hace rato formularon las lectoras de estas líneas.

La igualdad que el feminismo pregona, no es la de los sexos, sino la de los derechos inherentes a la condición humana. Y así la esterilidad deducida como una consecuencia del sexo único, es un sofisma. Queremos que la mujer se iguale al hornbre, pero sólo como entidad jurídica.

Desde luego, insisto una vez más en la esterilidad efectiva que coincide con las épocas del feminismo; en el menosprecio de la maternidad, que el intelectualismo femenino comporta; en el abandono de la maternidad que ocasiona el lujo. Es que todas esas, son formas de egoísmo, mientras la maternidad significa una generosidad suprema. Belleza, seguridad, salud, quietud. libertad, los mejores encantos de la vida egoísta, todo lo sacrifica la mujer madre al divino dolor de fructificar para la especie, con tanta frecuencia, ay de mí, bajo el riego único de las lágrimas.

Pero es que al reclamar la igualdad de derechos, sólo se piensa en ellos abstractamente: como si fueran una cosa que la ley puede dispensar "ad libitum", o los deberes humanos ejercer y disfrutar sin atención ninguna a sus diversas condiciones. Nadie ignora que sucede precisamente lo contrario. Los derechos son una consecuencia de aquéllas, provienen del carácter moral, intelectual, fisiológico, que reunidos determinan a su vez la actividad normal de los individuos; de manera que una actividad normal distinta de la masculina, ha de engendrar y exigir también distintos derechos. Y es lo que pasa. No basta la condición humana, pues los niños la presentan, y sin embargo, no tienen los mismos derechos que el adulto. Al contrario, cuanto más distintos sean al hombre y la mujer más profunda resultará la armonía social, más agradable la vida en común, y más fecunda sexualmente hablando; pues la acentuación del dimorfismo sexual estimula la inclinación mutuamente complementaria que recibe el hombre del amor. Cuanto más hombre sea el hombre, y más mujer la mujer, más robusta ha de resultar la pareja y más intensa la atracción que la ha formado.

Esto nos lleva otra vez al fondo de la cuestión práctica, que no es, como va viéndose un mero desarrollo lógico. Es precisamente una feminista quien lo ha demostrado hace poco, por medio de un libro poco difundido, aunque a la verdad interesante. La señorita Arria Ly dió mucho que hablar la vez pasada con motivo de un desafío lanzado por ella a un periodista, con todas las reglas masculinas del caso, dos padrinos, o mejor dicho testigos, para eludir con el común de dos la necesidad un tanto irónica de decir madrinas, pues se trataba de dos señoritas; pistola o espada, a elegir; acta y sangre.

Como el provocado no aceptara, la señorita hubo de abofetearle en público, aunque sin mayor éxito a los efectos del lance; pero lo más interesante en esto no es el desafío mismo. Desde el ya clásico con que se disputaren a puñaladas el amor de Filipo de Macedonia, Olympias, madre de Alejandro, y otra princesa degollada por aquélla en el lance, los duelos femeninos son cosa vista. Menos frecuente es el caso de la señorita Ly, si bien existe, en literatura al menos, el clásico de Clorinda. Pero repito que no es esto lo interesante, sino la causa del incidente, o sea una crítica adversa a cierto libro de la señorita Ly, titulado de esta significativa manera: "¡Vive Mademoiselle!" Fácil es adivinar la tesis: el matrimonio es una desventaja para la mujer. El estado de señorita es superior al de señora; y en cuanto al porvenir de la especie, no es cosa que deba preocupar a las mujeres, "víctimas" de la maternidad. Esta consecuencia egoísta y epicúrea, coincide, como fácilmente se echa de ver, con la propaganda cristiana de la virginidad, que la iglesia declara estado superior al materno; pues toda doctrina contraria al desarrollo normal de las condiciones naturales de los sexos conduce fatalmente a la esterilidad. El cristianismo proclamó también, en teoría a lo menos, la igualdad de la mujer....

En cambio, el libro en cuestión tiene el mérito de la franqueza y de la lógica: descubre la última consecuencia del feminismo, o sea la monja laica, todavía más quimérica que la antigua amazona, pues ni siquiera entiende que el sentimiento del honor, tanto como sus consecuencias sociales, son cosas distintas en el hombre y en la mujer. Las amazonas guerreras, las Clorindas, las Juanas de Arco, las rusas exterminadoras de Sacher Masoch, en dos palabras: los marimachos soldadescos, las "varonas", sólo interesan al sentimentalismo degenerado de ciertos histéricos; pero la feminista es una plaga general, un elemento de corrupción, que si ayuda, ciertamente, a disolver esta civilización cristiana tan poco apetecible, resulta intolerable, sin embargo, al comprometer con su desvarío el desarrollo normal de la vida, o sea la propia condición fundamental del mejoramiento futuro. Su origen y hasta su consecuencia son cristianos, vale decir, retrógrados en su aparente audacia revolucionaria.

Pero la literatura feminista acaba de enriquecerse con otras dos obras, si bien de muy diversos caracteres, móviles y propósitos. Las memorias de la princesa Luisa de Sajonia, lanzadas hace algunos meses a la publicidad, y las actualísimas de doña Eulalia, infanta de España.

Inútil añadir que lo menos interesante de estas producciones, es para mí el escándalo después de todo mediocre, pues en esta capital de la revolución, no hay cosa más vulgar que una princesa destornillada. Lo cual ya es de suyo un triunfo sabrosamente revolucionario. Un destino trascendental en su aparente ligereza, hace que París sea el quebradero de las monarquías, el sitio donde la gente de sangre real viene a exhibir todos los vicios y las bajezas. La compostura y la dignidad han quedado para los plebeyos jacobinos de la re pública. Así también, entre nosotros, no está abajo, en la capa directamente limítrofe, la supervivencia de la indiada.

Los seudo libros principales tienen una importancia indirecta pero grande para el asunto, al comportar dos rebeliones en el seno de esas familias inmóviles de la monarquía, donde, naturalmente, el dogma de obediencia que esa forma de gobierno representa en su plenitud, impera absoluto. Como ejemplo, será indudablemente nefasto para todas las mujeres chifladas de aristocracia, que viven de imitar en las princesas lo más fácil, y vistoso, o sea las malas costumbres; pero dichas damas no merecen una profunda piedad.

Sucede lo mismo con las casas reales, donde todos los sentimientos, empezando por aquellos más nobles, hállanse subordinados a las conveniencias de la política, haciendo de tales familias despreciables raleas cuyos mismos dolores son farsas indignas de compasión. Lo que interesa, como digo, en aquellas aventuras, es la rebelión inherente, o sea el procaso interno de destrucción que revelan en las dos monarquías más reaccionarias de Europa: las dos casas cuya unión representó durante el auge absolutista el máximo poderío. Algo quiere decir, sin duda, que la princesa real de la beata Sajonia, una Hapsburgo-Barbón, y de los ultra-reaccionarios Barbones de Nápoles, se eche a arrastrar por media Europa, en un escándalo periodístico, el honor de su marido y de su familia con el vengativo cinismo de una criada despedida; así como que una infanta de España salga declarándose "feminista rabiosa", socialista y enemiga de la Inquisición, aunque luego se retracte para no perder la pensión que la sirve su necesitado país, por el trabajo de haber nacido princesa.

Pero ello significa algo más: que ninguna mujer, por reina que sea, puede liberarse sin escándalo de la tutela del hogar. Todos esos libros son, antes que nada, escandalosos, y en ello estriba su deplorable valor; pues de lo contrario, apenas habría nada menos interesante que las calaveradas de la princesa de Sajonia y el feminismo de la infanta de España.

Revelan estos actos una cosa más importante aún: la extensión de la calamidad que se ha infiltrado por doquier y que todo lo corrompe, imponiendo con urgencia la necesidad de correctivo. Ello requiere, ante todo, la acción de las mismas mujeres a quienes es necesario revelar claramente la falacia de semejante empresa; pues una apreciación superficial puede presentárselas tolerable, a título de mal entendida solidaridad.

Los países jóvenes y ricos deben evitar en lo posible toda emigración de las enfermedades que sufren estos más antiguos, como resultado de la miseria y del desgaste. Su juventud y su anhelo de progresar, suelen arrastrarlos a una imitación excesiva que no discierne entre lo provechoso y lo nocivo, sacrificando, en ocasiones, excelentes prendas nativas a novedades de dudosa utilidad. Tal, por ejemplo, esa cultura ilimitada de la mujer en establecimientos preparados para los hombres, o sea la apertura de las enseñanzas secdaria y superior, sin reflexión previa, por inercia, por imitación, por deficiente apreciación de lo que es la verdadera cultura. Desde luego, el acceso de nuestras mujeres a la ilustración masculina, coincide con una visible deficiencia de su educación, con un desborde espantoso de lujo y con inclinaciones callejeras cada vez más desarrolladas. Estos son, en todas partes, los prodromos de la esterilidad, las causas esenciales de toda corrupción. Salvo excepciones rarísimas, el hombre sacrificará siempre al lujo que su mujer le pida todo principio moral; de tal manera es imperioso en él el instinto de proteger y agradar a su compañera, la formadora y conservadora del hogar. He dicho ya que toda la ambición masculina de enriquecimiento proviene de ahí, y por ello el supremo orgullo del rico es la exhibición de una mujer lujosa. Del propio modo, el esfuerzo por la gloria, por las posiciones honoríficas, pero sigue como supremo coronamiento, aunque más o menos indirecto y obscuro, la satisfacción de ser algo ante una mujer. Así es ella quien nos civiliza o nos degrada, a costa, sin duda, de un sacrificio como lo es para ella el amor; pero esta es la ley de justicia sobre la tierra: no hay superioridad que no exija un sacrificio correspondiente, y aquélla es la primera entre todas. Así, la misma alternativa compensadora que constituye la vida de las cosas y de los seres la ley suprema, puesto que a ella nada escapa, está enseñándonos la quimera del egoísmo que pretende hacer de la existencia un continuo goce: subordinarlo todo a la satisfacción individual.

Ahora bien, el organismo de la mujer, constituído ante todo para la maternidad, es egoísta de suyo, al resultar, así, absorbente, centrípeto, eminentemente conservador. Desde el movimiento instintivo de la defensa, el hombre opone sus brazos al peligro: la mujer los aprieta sobre su seno. Luego, la envidia que constituye la crisis negra del egoísmo, constituye una afección bien femenil; y no es difícil percibir sus efectos en la pretensión feminista de la igualdad con el hombre: todos los derechos de éste, pero también todos los de la mujer. Con poco esfuerzo probaríase, entretanto, que los derechos masculinos son una consecuencia del destino combatiente del hombre, de su condición de guerrero; precisamente de aquello que la mujer no será jamás por imposibilidad física; pero no hay, por ahora, tiempo para demostrarlo, y cualquier persona inteligente sabrá hacerlo, por lo demás, si le interesa. Unicamente quiero advertir que para mí esos derechos no son, como suele afirmarse, una compensación del servicio militar. El hombre es el eterno combatiente de la libertad y de la justicia, y por ello el organizador de ese combate. En esto consisten sus derechos y para esto son. A la mujer incumbe custodiar y convertir en bien privado la justicia y la libertad que ha conseguido el hombre.

No extrañe el lector si en vez de una crónica sobre el feminismo y sobre las memorias de las princesas he preferido hacerle la filosofía del asunto. Aquéllo érame más fácil; pero entiendo que esto resulta más útil. El escándalo no interesa a ningún espíritu recto; y tanto esas memorias de damas aristocráticas como las ridículas comparsas de "suffragettes", son escándalo liso y llano. Eso es lo que hace ruido, lo que se oye y puede parecer por lo mismo fruto de porvenir. Error profundo. Allá en el silencio de sus hogares, millones de madres silenciosas y fecundas como la tierra útil, son las verdaderas autoras del porvenir que aseguran prolongando la vida. Ellas no hacen ruido, ni teorías, pero hacen hijos, que es mejor. Pueden decir con justicia que cada una de esas vidas inteligentes equivale a muchos libros; que conservar una patria y formar una raza, es más importante que constituir gobiernos y mandar ejércitos; que aun siendo inculta y grosera, vale más la fecundidad de una madre que la producción intelectual de una doctora, porque las doctoras son reemplazables por los doctores, mientras sin madres deja de existir la patria.


París. 1912