El rey de las praderas (Versión para imprimir)

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Vicente Blasco Ibáñez[editar]


Capítulo I[editar]

Durante su último año en la Universidad de mujeres donde hacía sus estudios, la impetuosa Mina Graven expresó siempre el mismo deseo.

Sus compañeras las senior, instaladas en el mismo cuerpo de edificio que ella, hablaban de la nueva vida que iban á encontrar al salir del colegio; y las junior, que empezaban sus estudios, las oían en un silencio respetuoso de seres inferiores.

Una de las amigas de Mina pensaba casarse apenas volviese á su casa; era asunto convenido por las familias de los dos novios. Y este matrimonio de estudianta apenas emancipada de la vida escolar daba motivo para que todas las otras soñasen despiertas, á la hora del té, describiendo cada una de ellas la posición social y el aspecto físico del futuro esposo que aún se mantenía oculto en el misterio del porvenir.

—Yo quiero casarme con un millonario que me pague los mayores lujos.

—Yo, con un hombre que me quiera mucho y me obedezca en todo.... ¿Y tú, Mina?

La intrépida señorita Graven daba siempre la misma respuesta:

—Yo me casaré con un hombre célebre.

Ella no necesitaba soñar con un millonario. Todas sabían que allá, en el Oeste, existen minas de oro y pozos de petróleo cuyo valor figura en forma de pedazos de papel, y que muchas de tales acciones estaban á su nombre en los libros del millonario James Foster (padre), su tutor.

El viejo Craven había empezado su caza del dólar, como simple peón de mina, en California. La fortuna pareció divertirse siguiendo los pasos de este hombre que apenas sabía leer ni escribir. Un espíritu diabólico salido de las entrañas de la tierra le hablaba al oído, guiando sus manos.

Allá donde él cavaba surgía oro, plata, ó, cuando menos, cobre. Perforaba un pozo para que los mineros de su campamento no muriesen de sed, y, en vez de encontrar agua, saltaba petróleo de su fondo. Detrás de su avance victorioso iban constituyéndose sociedades anónimas y sindicatos de capitalistas. En el Wall Street, los grandes capitanes del dinero recibían al viejo Craven como á un igual cuando se le ocurría perder una semana en el ferrocarril yendo de San Francisco á Nueva York.

Podía haber dejado á su hija una fortuna inmensa; pero el minero era hombre de acción más que de administración, y se gozaba en emprender cada año un nuevo negocio, abandonando los mejores provechos de los anteriores á los consocios fríos y marrulleros que quedaban á sus espaldas. Él necesitaba ir siempre adelante, olvidando la buena suerte de ayer para soñar con la nueva fortuna de mañana.

El señor Foster (padre), su compañero de miseria cuando ambos eran simples jornaleros, poseía una fortuna mayor que la suya, por haberse limitado á seguirle en las explotaciones segaras, dejándole avanzar solo en las que consideraba aventuradas. Pero, aun así, el día en que Graven murió, aplastado por la caída del andamiaje de un pozo de petróleo, su desconsolado camarada Foster, que era su albacea testamentario, se encontró, al hacer el balance, con que la única hija de su amigo representaba para el que se casase con ella unos sesenta millones de dólares.

Por esto Mina, al oír hablar á sus amigas de un marido rico, sonreía con cierto desprecio. Ella no necesitaba dinero, y podía casarse con quien le placiese. Con no menos indiferencia acogía la imagen del atleta, hábil en todos los deportes, que evocaban otras. A la señorita Craven le bastaba con su propio atletismo. Su padre la había enviado á la famosa Universidad cuando era una pequeña salvaje de trece años, acostumbrada á galopar días enteros en las llanuras de Arizona sobre caballos domados por ella misma. Su madre, una mujer sencilla, había muerto como abrumada por la avalancha de millones que iba derrumbándose sobre su hogar; y Craven, preocupado por esta hija algo indómita que no le dejaba dedicarse con tranquilidad á sus negocios, la había metido en un colegio célebre para que fuese una gran señora como las que él había visto de lejos en las ciudades. La fama de este centro de enseñanza, establecido en un bosque de varias leguas, con lagos, montañas y palacios, había llegado confusamente hasta sus oídos. Le bastaba con saber que vivían en él varias hijas y sobrinas de antiguos presidentes. Y allá, envió á Mina, poco antes de su muerte.

Ésta, aburrida y furiosa al verse encerrada en el enorme parque, que á ella le parecía pequeño, ideó varios planes terribles, que, afortunadamente, no puso nunca en práctica. Pensó incendiar el palacio en que estaba el gabinete de Física con sus instrumentos, creados únicamente para aburrir á las pobres muchachas; pensó igualmente, durante los primeros meses, en matar á tiros de revólver á cierto vejete que explicaba matemáticas y se había reído sarcásticamente de su ignorancia. Luego abandonó tales proyectos, y, con la ambición de demostrar que no era una salvaje, se entregó al cultivo de todas las artes que estaban de acuerdo con sus facultades.

Llegó á ser la primera en el gimnasio. Saltó horas y horas el caballo de madera, con un volteo incansable, riendo de este ejercicio pueril con la superioridad de una amazona acostumbrada á ponerse de pie sobre caballos en pelo, apeándose y volviendo á subir en el animal sin que éste detuviese su carrera. Fué capitana de polo-water, atravesando como una náyade el profundo cristal de la piscina del gimnasio. En la clase de esgrima cansaba al profesor con su florete impetuoso y sus piernas de acero. La directora de la Universidad empezó á inspirarle cierta antipatía por haberle prohibido que tirase al revólver en un rincón del parque, lo mismo que tiraba de pequeña en algunos de los campamentos de Craven, ante los viejos mineros.

La gloria estaba para ella en los ejercicios físicos, dejando á sus compañeras los laureles de las ciencias y de las letras. De todo el profesorado, amaba á la maestra de francés, porque podía hablar con ella de París y las artistas célebres como de un mundo lejano entrevisto en los periódicos de modas. También amaba á la maestra de español, que le describía cómo eran las corridas de toros y le enseñaba á ponerse la mantilla lo mismo que una andaluza.

No necesitó de estudios penosos y áridos para sobrepasar á todas. La admiraban por su hermosura física de bello animal sano, vigoroso y de líneas correctas. Cada vez que en el polo-water se arrojaba en la piscina de cabeza, sin más vestido que un ligero mallón de muchacho, el público lanzaba un murmullo aprobador, á pesar de la identidad de sexo. Los viejos profesores del establecimiento y los visitantes, que eran siempre personas graves, se sentían inquietos ante su cabellera de un rubio subido, igual á la llama de una antorcha, y la fijeza algo insolente y dominadora de sus ojos claros. Los hombres se ruborizaban sin saber por qué, apartando la mirada, como si no pudieran resistir el encuentro de sus pupilas.

Ni millonarios, ni hombres de sports. Ella tomaría á quien quisiera escoger. Los hombres iban á ofrecerse á Mina Craven formando legión, satisfechos y felices si se dignaba hacerlos sus esclavos. Estaba segura de ello.... Y pasaba por su memoria la imagen de James Foster (hijo), un muchacho de orejas demasiado separadas del cráneo, fuerte mandíbula y ojos de perro bueno, que tenía un año más que ella.

Inmediatamente, como un síntoma de cariño fraternal, sus dientes castañeteaban de cólera y se le cerraban los puños. ¡Qué deseos tan vehementes tenía de aporrear á este compañero de juegos infantiles!...

Todos los veranos, al vivir juntos durante las vacaciones en la casa del tutor, Mina daba de puñetazos á su amigo, el cual, perdida la paciencia, acababa por devolverle los golpes.

Y la señorita Graven, que había aprendido recientemente á batirse á la japonesa, deseaba, al abandonar el colegio, medirse con James definitivamente. Quería hacerlo caer á sus pies, como un adversario aborrecido y apreciado al mismo tiempo.



Capítulo II[editar]

El viejo Foster, que nunca tenía bastantes horas para los negocios, aprobó con alegre laconismo los propósitos de la hija de su amigo. Su cargo de tutor le había proporcionado muchas inquietudes, y celebraba librarse de Mina por algún tiempo.

Luego de salir de la Universidad, la joven había desaparecido, con gran espanto de Foster, que creyó en un secuestro ó un asesinato. Transcurrieron dos meses, y antes de que la policía hubiese averiguado su paradero, se presentó Mina tranquilamente en el despacho de su tutor. Quería conocer la vida de cerca, tal como es, y para esto había huído á Chicago, viviendo como una obrera. Pero las crueldades de la realidad le hicieron arrepentirse muy pronto de esta escapatoria, sugerida por ciertas lecturas, y volvió en busca de su tutor y de las comodidades que corresponden á una muchacha millonaria.

Una dama vieja y pobre fué la encargada por Foster de acompañar á Mina, dando cierta respetabilidad á su juventud independiente y poco miedosa de la opinión ajena. El millonario, después de ordenar esto, ya no supo qué otra cosa podía hacer. Por eso se alegró cuando su pupila le dijo que pensaba viajar por Europa, acompañada de su escudero femenino.

Mina Craven, atrevida de maneras como un muchacho, ganosa de desafiar la curiosidad de las gentes con sus audacias y excentricidades, fué una americana de las que pueden llamarse «de exportación». El viajero observador atraviesa los Estados Unidos, de Nueva York á San Francisco y de Chicago á Nueva Orleáns, viendo mujeres que son iguales á las de todas partes: buenas madres, buenas esposas, ó excelentes muchachas que aspiran á ser lo uno y lo otro. Sólo rodando por el viejo mundo, en París, en Londres ó en Roma, se encuentra la americana atrevida, arrolladoramente hermosa y de voluntad refractaria á los escrúpulos, la cual ha servido de modelo para tantos personajes de novela y de comedia.

Los condes y marqueses deseosos de una heredera rica se agolparon en torno de miss Craven en los grandes hoteles, en las playas de moda y las estaciones invernales de Suiza. ¡Diez y nueve años, y sesenta millones de dólares!...

—Miss, cásese usted—decía la dama acompañante, como si, á pesar del enorme sueldo que le había señalado el tutor, quisiera libertarse de la esclavitud que suponía aguantar el carácter desigual é imperioso de la joven.

—Yo sólo me casaré con un hombre que sea célebre.

Y Mina quedaba pensativa después de esta declaración. ¿Qué celebridad podía encontrar?...

En Londres había creído enamorarse de un duque que databa del tiempo de los Estuardo. Después olvidó este amor, adivinando que en el porvenir tendría celos de la cuadra de dicho personaje. El duque la olvidaría por sus caballos de carreras. En Francia puso sus ojos en varios escritores célebres. Pero todos eran casados ó arrastraban desde su primera juventud compromisos ineludibles. Además, ¡tan viejos vistos de cerca! ¡tan prosaicos en sus costumbres íntimas, á pesar de las raciones de idealismo y poesía que servían al público en forma de libros y piezas de teatro!...

En Italia se interesó por dos pintores, y anduvo como loca durante una semana por un tenor de fama universal. Pero le bastó invitar una noche á comer á este ruiseñor humano, para desprenderse de sus ilusiones. ¡Qué torrente de necedades cuando hablaba! ¡Qué feo y vulgar al despojarse de sus trajes escénicos y limpiarse los colores del rostro!...

Estando en Sevilla durante la Semana Santa, sintió interés por un torero joven al que adoraba España entera. El rey era su amigo; el presidente del Consejo de ministros preguntaba por su salud siempre que recibía una cornada. Era una gloria nacional, y Mina le siguió durante unas semanas de plaza en plaza. Pero, al fin, el héroe tuvo la misma suerte que los otros. No se atrevía á resistir la mirada de la millonada; balbuceaba al contestarle. Además, descubrió de pronto que este gladiador, que parecía un gigante en medio del circo, tendiendo la fiera cornuda muerta á sus plantas, apenas sobrepasaba con su cabeza los hombros de ella.

Pensó, después de esto, si su felicidad consistiría en casarse con un boxeador campeón del mundo; pero le bastó presenciar un encuentro entre dos hombres medio desnudos, que parecían dos fardos de músculos barnizados de sudor, para renunciar á tal idea.

¡Ay, el hombre célebre! ¿Dónde encontrarlo?... ¿En qué debía consistir su celebridad?...

Mientras tanto, James Foster (hijo) le salía al encuentro en los lugares donde menos podía sospecharse su presencia. Se presentaba ruboroso, balbuciente, tímido, como un señor que desea pedir algo importante y asegura que ha venido á visitar á un amigo, por casualidad, aprovechando el haber pasado por cerca de la casa.

—Estoy de paso para Australia; y al enterarme de que vivimos en el mismo hotel....

Y la entrevista ocurría, por ejemplo, en Madrid. Según el joven Foster, todo el mundo era camino para ir adonde él deseaba. Otras veces, al encontrar á su compañera de infancia en Bucarest, decía ruborizándose:

—Vengo de América, con dirección al Transvaal, y al pasar por aquí la encuentro. ¡Qué feliz casualidad!

Foster (hijo) podía justificar con un motivo glorioso estos viajes incesantes que le hacían cruzar la tierra en todas direcciones. Mientras Foster (padre) reunía nuevos millones y defendía la integridad de los antiguos, él se dedicaba á la tarea de hacer su nombre célebre. Tal vez sentía este deseo á impulsos de una antigua rivalidad con Mina; tal vez aspiraba á la celebridad únicamente por serle grato.

Buscaba la gloria siguiendo el camino de sus aficiones, y por esto se había dedicado á cazador, persiguiendo y matando animales peligrosos en todas las latitudes del planeta. La señorita Craven recibía con frecuencia periódicos deportivos con el retrato de James carabina en mano, vestido de viajero ártico ó cubierto con un gran fieltro de cazador del centro de África. Los artículos contaban sus hazañas, las heridas que llevaba recibidas, las aventuras tenebrosas de las que había salido con vida milagrosamente.

Los ojos de ella pasaban sobre todo esto con fría curiosidad.

—¡Pobre James! ¡Tan insignificante!... Será un buen marido para una mujer de inteligencia corta.

Otras veces recibía regalos del cazador, que continuaba sus hazañas en el otro hemisferio del planeta: colmillos de elefante, astas de antílopes rarísimos, pieles de animales gigantescos. Y Mina, que admiraba estos envíos en el primer instante, acababa por despreciarlos al recordar á James.

—¡Infeliz muchacho!... Si yo me dedicase á cazar, haría, seguramente, más que él.... Todo lo que cuentan los periódicos de sus hazañas debe pagarlo á tanto la palabra.

Una primavera, encontrándose en Florencia, cambió instantáneamente la orientación de su vida. Vió su verdadero camino; se enteró de dónde estaba la celebridad.

En aquel momento solicitaba su mano un conde del país, de una palidez aceitunada y ojos de brasa, el cual permanecía días enteros en el salón de espera del hotel, lo mismo que un empleado de agencia de viajes, para acompañarla en todas sus salidas.

Mina era la vigésima millonaria americana á la que pretendía elevar, ofreciéndole su corona condal. Diez y nueve antes que ella habían renunciado á tan alto honor. Este heredero de un gran nombre histórico le enseñaba las fotografías de los diversos palacios de su familia, hermosos y venerables edificios, en los que no quedaba ni un cuadro ni un mueble, pues todo lo habían vendido sus antecesores. La aspiración suprema del nieto de tantos condottieri era establecer el comfort moderno en sus palacios. Con calefacción central, con baños y con water-closets, ¡qué vida tan dulce podía pasarse en estos edificios creados por los grandes artistas del Renacimiento! La millonaria venida del otro lado del Atlántico podía realizar este milagro sólo con cederle su mano.

Para conmoverla, enseñaba cartas de Maquiavelo, de Miguel Ángel, de Benvenuto Cellini y otros florentinos célebres, dirigidas á sus remotos ascendientes, únicos recuerdos de familia que se habían salvado, no se sabe cómo, de la rapacidad de los anticuarios. Mina reía de sus juramentos de amor acompañados de gestos trágicos, y lo convidaba á comer, exigiéndole que no faltase á sus costumbres y siguiera fumando entre plato y plato un largo cigarro atravesado por una paja, que esparcía un olor pestilente.

Una noche, el conde, para agradecer sin duda estas amabilidades, la invitó á un cinematógrafo. Un verdadero dispendio: una lira por persona; ¡pero cuando se aspira á casarse con una millonaria!...

Mina tuvo que aguardar en la puerta unos minutos, mientras su enamorado tomaba los billetes, parlamentando largamente con el empleado de la taquilla. Llegó á sospechar si estaría pidiendo una reducción en el precio, por ser dos los billetes comprados.

Un cartel de colores distrajo su atención. Un hombre aparecía en él á caballo, con la cara afeitada, gran sombrero, un pañuelo rojo sobre los hombros y dos revólveres en la cintura. Era una reproducción algo teatral de los jinetes que ella había conocido en su infancia. Encima de esta figura vió un nombre: «Lionel Gould». No era nuevo para ella; lo había oído alguna vez. Al pie del cartel encontró otro nombre: «El rey de las praderas». ¡Ah, sí! Este era el apodo de un artista americano llamado Gould, que había obtenido una celebridad universal interpretando el papel de cow-boy vengador y caballeresco en un sinnúmero de dramas cinematográficos cuya acción se desarrollaba, invariablemente, á través de las llanuras del Sur de los Estados Unidos.

Por primera vez miró Mina con atención al célebre artista de la tragedia silenciosa. Estaba segura de haberle visto en films de los que sólo guardaba un vago recuerdo; pero ahora «El rey de las praderas» ofrecía para ella el encanto de una novedad.

Le siguió con palpitaciones de verdadero interés mientras se batía, solo y á puñetazos, con un grupo de bandidos. Luego mató á un tigre; después los indios lo amarraron á un poste para quemarle vivo. ¡Cómo respiró al verle en salvo milagrosamente!... No había poder, en el cielo ni en la tierra, capaz de acabar con este buen mozo. Y por la atracción del contraste, miró un momento con ojos compasivos al conde de los palacios desamueblados, al nieto del protector de Miguel Ángel, que la hablaba de amor, pretendiendo separar su atención de las cosas interesantes que se desarrollaban sobre la blanca pantalla.

Hubo un momento en que creyó que un alfiler olvidado sobre su pecho se le metía carne adentro. «El rey de las praderas» quedaba visible únicamente de busto, con una cabeza enorme, y anonadado por lo angustioso de su situación, bajaba la mirada. Luego iba elevando sus ojos, para fijarlos directamente en el público con una expresión de dolor pueril. Era un héroe, indudablemente; pero un héroe bueno y simple, lo mismo que un niño, y Mina sintió un deseo de consolarle, de protegerle, como si acabase de despertar la confusa maternidad que toda mujer lleva dormida en su interior. Después tuvo la intuición de que la tal mirada iba á significar mucho en su vida futura.

A partir de esta noche, Lionel Gould le salió al encuentro en todas las ciudades de Italia que fué visitando y en las de otras naciones de Europa. De día, si se inmovilizaba su automóvil por una aglomeración de vehículos en una calle, era siempre frente á un cinematógrafo, y en la puerta figuraba «El rey de las praderas» á caballo, con su gran sombrero, sus revólveres y su pañuelo rojo. Si entraba en una sala de espectáculos, tenía la seguridad de que se apagarían inmediatamente las bombillas eléctricas, para que galopase por el lienzo iluminado el intrépido Lionel.

Sus hazañas resultaban interminables. Jamás caballero andante ni héroe de novela moderna pasó por tantas aventuras. Le vió en peligro de muerte un sinnúmero de veces. Además, mataba gente como si matase moscas. Llevaba exterminadas muchas fieras, especialmente tigres, y á él nunca le ocurría un contratiempo que fuese irremediable. Le herían frecuentemente, le sometían á tormentos atroces; pero sanaba, al fin, con una rapidez portentosa. Y en casi todas las representaciones, ¡su mirada, aquella mirada de héroe niño, que hacía sentir á Mina el pinchazo de un alfiler olvidado!...

Algunas damas encontradas en sus viajes contribuían, sin saberlo, á aumentar su preocupación:

—Usted, que es americana, ¿ha visto alguna vez personalmente á Lionel Gould?...

Una noche, Mina se convenció de que su acompañante era una vieja estúpida. La había llevado á ver una aventura sorprendente de «El rey de las praderas», y cuando el héroe lanzaba su mirada de angustia, miss Craven le preguntó en voz baja, con temblores de emoción:

—¿Qué le parece?... ¿Verdad que es muy guapo?...

La acompañante movió la cabeza. Sí, guapo; pero muy ordinario. Ella no amaba los cow-boys. Prefería los films en que aparecen señoras elegantes y todos los hombres van vestidos de frac.

De pronto, Mina mostró un patriotismo rabioso. ¿Qué hacía en Europa?... Sólo los snobs podían perder su tiempo y su dinero en un continente viejo y aburrido. Ella era americana, y debía vivir en América.

Y se embarcó, pensando que es necedad rodar por el mundo cuando, las más de las veces, lo que buscamos lo tenemos en la propia casa.



Capítulo III[editar]

Al saber, en Nueva York, que Foster (padre) estaba en San Francisco, atravesó inmediatamente los Estados Unidos.

Se había vuelto de repente mujer de orden; deseaba enterarse del estado de sus negocios; creía necesario conferenciar con su tutor. No sabía ciertamente qué podría decirle; pero consideraba urgente el verle, por el solo hecho de que vivía en California.

Cuando llegó á San Francisco, supo que Foster se hallaba en una propiedad suya, á dos horas de ferrocarril, y desistió de su visita. Ya le vería más adelante; estaba cansada; le asustaba estas dos horas de tren, después de haber pasado una semana entera en vagón. Y, á pesar del tal cansancio, salió inmediatamente para Los Ángeles, un viaje cinco veces mayor.

Pero tampoco en Los Ángeles estaba su reposo, y no paró hasta tres cuartos de hora más allá, en el pueblo de Hollywood, donde se fabrican la mayor parte de los films que entretienen á la humanidad presente.

Admiró la fresca hermosura de una población creada en pocos años, por la necesidad de sol y de cielo límpido que tiene la cinematografía. Vió avenidas formadas solamente de jardines y de estudios. Varios miles de artistas de ambos sexos, de maquinistas escénicos y de fotógrafos constituyen su único vecindario. En las calles, á la hora del lunch, se encuentran odaliscas arrastrando sus velos, españolas con mantilla, ó pieles rojas con penachos de plumas, según es el film que está en ejecución. Las figurantas van á sus casas á almorzar sin quitarse el traje, por no perder tiempo.

Sobre las vallas de los estudios se elevan, unas veces, la torre Eiffel, si la obra transcurre en París, y otras, el palacio de los Dogas venecianos ó los agudos minaretes de una mezquita oriental. Cuando el fotógrafo termina de dar vueltas á la última película, los albañiles demuelen estas sólidas construcciones de cemento para levantar otras inmediatamente, cambiando el aspecto de la «ciudad-camaleón».

Mina fué rectamente en busca de lo que le había atraído cuando estaba al otro lado de la tierra. Avanzó con resolución, por lo mismo que estaba segura de que le esperaba un cruel desengaño. Esta celebridad sería, seguramente, como las otras.

Una agencia de informes había puesto en movimiento sus detectives para hacer conocer á la millonaria todo el pasado de «El rey de las praderas».

Lionel Gould—un nombre de teatro—había sido estudiante; pero su afición á la vida intensa y á las novelas de aventuras le hicieron abandonar la casa de sus padres á los diez y siete años, yéndose á Texas para llevar la existencia ruda de los cow-boys que tantas veces había admirado en los libros. A los veintidós años, otro cambio de aficiones. El jinete de las llanuras, cansado de guardar vacas, se había hecho actor, sufriendo la vida errante y no menos aventurera que llevan en los Estados Unidos las gentes de teatro mediocres, saltando de pueblo en pueblo para trabajar una noche nada más.

El éxito universal de la cinematografía le sacó de pronto de esta miserable situación. Todo lo que había aprendido en las praderas de Texas le sirvió para su gloria artística. Ningún actor supo como él montar á caballo, echar el lazo, batirse á puñetazos, manejar las armas. Allá, entre vaqueros de verdad, había sido un discípulo mediocre, un muchacho de la burguesía empeñado en hacerse cow-boy bajo la obsesión de ciertas lecturas. En el cinematógrafo no tuvo rival, y fué al poco tiempo «El rey de las praderas».

Antes de los treinta años había juntado una fortuna considerable y su nombre era famoso en la tierra entera.

Un ayuda de cámara irlandés se encargaba de contestar, imitando su firma, los centenares de cartas femeniles que llegaban semanalmente de todos los extremos del planeta pidiendo á Gould un autógrafo sentimental.

Mina vió su casa, elegante edificio de madera, verde y blanco, entre jardines siempre primaverales. Después lo vió á él, una tarde que trabajaba en el interior del estudio cinematográfico, bajo una luz lívida. «El rey de las praderas» se batía en aquellos momentos á silletazos y tiros de revólver con todos los parroquianos de una taberna del desierto.

La primera impresión no fué buena. Miss Craven le vió alto, fornido, de arrogantes movimientos, tal como lo había contemplado muchas veces en los films, pero con la cara pintada de blanco, lo mismo que un Pierrot. La luz lívida y sepulcral de los tubos de mercurio exigía esta pintura de artista de circo.

Pero Gould, impresionado por la presencia de la millonaria que era hija del difunto Craven y tenía por tutor á Foster (padre), dos nombres ilustres del Oeste, la saludó con una torpeza conmovedora. En su confusión, lanzó la mirada, la famosa mirada de héroe niño que parecía pedir auxilio, y Mina dejó de ver la cara cubierta de almidón, para fijarse únicamente en sus ojos implorantes.

Desde este día, el gran artista terminó más pronto sus trabajos, para ir á Los Ángeles, donde miss Craven le había invitado á comer, ó para acompañarla en sus interesantes paseos á la hora en que muere el sol.

Lionel recitaba versos, estaba más enterado que Mina de las cosas literarias, y ella acabó por admirarle como un espíritu delicado, como un «alma romántica», capaz de llenar de poesía la existencia de una mujer. Además, era «El rey de las praderas», el atleta irresistible que ningún hombre podía domeñar.

Una visita inesperada perturbó esta existencia idílica.

Se presentó en el lujoso hotel de Los Ángeles Foster (hijo), con todo su equipaje de escopetas y demás aparatos para la caza de bestias feroces.

—¡Mi querida Mina! ¡Qué casualidad encontrarnos!... Vengo de Nueva York, para embarcarme en San Francisco. Voy al Congo....

Y ruborizándose por este absurdo rodeo geográfico, se apresuró á añadir:

—Quiero cazar donde no cazó el coronel Roosevelt. Voy á correr los países que él no visitó nunca.

Un secreto instinto le avisaba, sin duda, el peligro, y venciendo esta vez la cortedad de su carácter, manifestó sus deseos. Mina Craven y James Foster (hijo) podían hacer una linda pareja. ¿Por qué no se casaban?...

El gesto de lástima simpática que puso ella fué para acobardar al más valeroso cazador.

—Yo sólo me casaré con un hombre célebre.

Foster quiso protestar. Él no tenía la celebridad de un boxeador ó de un cantante de ópera; pero era alguien. Los periódicos hablaban de él.

—Yo sólo me casaré con un héroe—añadió Mina.

James creyó necesario insistir en sus méritos. Hizo memoria de los regalos enviados á Mina, especialmente de dos pieles de oso, enormes, con unas cabezas que metían espanto. Él, completamente solo, los había matado en Alaska.

—¡Unos osos!—dijo ella, levantando los hombros—. Eso lo mata cualquiera.... ¿Cuántos tigres ha cazado usted, James?...

El hijo de Foster inclinó la cabeza. Apenas quedaban tigres en el mundo. Él había pasado varios meses en la India, y, después de largas esperas, gastos y penalidades, sólo había conseguido matar uno.

—¡Un tigre nada más!...

Mina sonrió otra vez de lástima. Ella conocía á un cazador que llevaba matados más de treinta ante sus propios ojos, y no con largos intervalos, sino todas las noches.

Foster (hijo), como hombre práctico, abandonó inmediatamente sus pretensiones, juzgándolas imposibles. «¡Adiós, Mina!» Ya no pensó en sobrepasar las hazañas africanas de Roosevelt. Lo que deseaba era tropezar en el Congo con un hipopótamo, un león ó cualquiera otra bestia misericordiosa, que, al desgarrarlo en pequeños pedazos, le librase del recuerdo de miss Craven la ingrata.

Después de esta entrevista, la millonaria creyó necesario acelerar los acontecimientos. Ella fué la que tomó la iniciativa, sabiendo que «El rey de las praderas» se mostraba tímido en su presencia, quedando como adormecido bajo el poder de sus ojos.

—Ya estoy cansada de ser miss Craven. Ahora deseo ser mistress Gould. ¿Está usted conforme, Lionel?

Aunque él hubiese dicho que no, Mina habría preparado lo mismo el matrimonio.

Llevando tras de ella al célebre Lionel, como si lo raptase, se marchó á San Francisco para visitar á su tutor. Esta vez Foster (padre) estaba en su despacho.

—Le presento á mi futuro esposo. Me caso esta misma semana con «El rey de las praderas».

El millonario abrió la boca á impulsos de la sorpresa, mostrando todo el oro y el marfil de su interior. Luego pensó que un hombre de negocios no debe asombrarse nunca, y acabó por reír, con una carcajada ruidosa que dejó visible otra vez toda la riqueza de su dentadura.

—¡Original!... ¡Verdaderamente original!



Capítulo IV[editar]

Mina se consideró la mujer más feliz de la tierra. El escándalo de unas amigas y los comentarios burlones de las otras fueron para ella un motivo de orgullo.

—¡Envidiosas!... ¡De qué buena gana me quitarían mi «rey de las praderas»!

Gould era aún más dichoso. Los millones de su esposa suponían poco en esta felicidad. Él ganaba miles de dólares por semana.... Pero le enorgullecía haberse casado, siendo un simple cómico, con la hija única de Craven, llamado en vida «el Cristóbal Colón del petróleo».

Un gran contento físico vino á confundirse, además, con este amor admirativo.

Gould estaba harto de sus compañeras de trabajo. Un convencionalismo de la cinematografía americana, inventado no se sabe por quién, exige que todos los actores sean grandes, y las artistas, liliputienses. Lionel, que admiraba las hembras de su talla, tenía que trabajar con muñecas que apenas le pasaban del codo, mujeres «de bolsillo», que podía meter en cualquiera abertura de su traje.

A su esposa, la esbelta y fuerte Mina, la besaba de frente, sin necesidad de bajar la cabeza y doblar las vértebras. Además, las otras iban pintadas de blanco, como payasos; llevaban pegadas á los párpados unas tirillas erizadas de pelos, que fingían larguísimas pestañas, y en los momentos de emoción se colocaban unas gotitas de glicerina, que luego, en el film, resultaban lágrimas.... En cambio, la nueva mistress Gould era de una esplendidez corporal, fresca y firme, que parecía esparcir el perfume de los bosques cuando despiertan bajo el soplo de la primavera. ¡Oh, adorada Mina!

Se lanzaron á viajar por el mundo. Ella exigió que Lionel abandonase el arte cinematográfico. Más adelante, ¿quién sabe?... Un hombre célebre se debe á su celebridad. Pero, por el momento, «El rey de las praderas» debía ser para ella únicamente.

La vida conyugal no le trajo ninguna decepción. El célebre Gould fué, al mismo tiempo, un marido enamorado y un servidor respetuoso. Además, ¡cómo se sentía ella protegida al lado del héroe! ¡Qué impresión de orgullo y de seguridad cuando se abrazaba á él, percibiendo la fuerza almacenada en su vigoroso organismo!...

Muchas veces, al marchar apoyada en su brazo, tocaba amorosamente el bíceps contraído. Era fuerte, pero no de un vigor extraordinario. Ella había visto en los circos y en los pugilatos de boxeadores musculaturas más poderosas. Pero inmediatamente pensaba en las hazañas de «El rey de las praderas». La cinematografía tiene sus trucs y sus misterios, como todas las cosas teatrales; pero la verdad siempre es la verdad, y ella había visto á su Lionel levantar troncos enormes, agarrar á un enemigo y arrojarlo por la ventana como si fuese un pañuelo, echar puertas abajo....

«Y es que el músculo—pensaba Mina—no lo es todo; vale más la energía interior y misteriosa, que sólo poseen los héroes.» Su Lionel, indudablemente, era á modo de una batería eléctrica, que en ciertos momentos de excitación podía desenvolver una fuerza inmensa. Ella le había visto batiéndose con ocho á la vez, y sabía hasta dónde era capaz de llegar.

—¡Oh, Lionel!... ¡Mi hércules adorado!

Una noche, estando en Marsella de paso para Egipto, Mina quiso pasear por el Puerto Viejo, á la luz de la luna. ¡Ver los buques antiguos del Mediterráneo dormidos sobre las aguas de plata! ¡Creerse en tiempos de la Odisea al contemplar las filas de pequeños veleros procedentes de Grecia!...

Los muelles desiertos resultaban peligrosos después de media noche. En las callejuelas cercanas bullían rameras de la más extremada abyección, juntas con negros, con marineros levantinos, con marroquíes é indostánicos, con vagabundos de todo el planeta. Pero la millonaria no conocía el miedo. Además, iba apoyada en el más fuerte de los brazos.

Su cabellera de aurora, su andar majestuoso, el perfume que iban sembrando sus pasos, el brillo de un diamante en su diestra desenguantada, hicieron detenerse á sus espaldas á cuatro hombres morenos, de robustez cuadrada y rostros inquietantes, que se consultaron con voces roncas de ebrio.

Gould sólo tuvo tiempo para abandonar el brazo de su mujer y girar sobre sus talones, avisado por las palabras confusas de estos vagabundos, que parecían ponerse de acuerdo.

Los cuatro cayeron sobre él, que los recibió gallardamente con sus puños poderosos.

Mina quedó á pocos pasos, más curiosa que asustada, saboreando de antemano la gran corrección que iban á recibir los bandidos. «El rey de las praderas» terminaría la pelea en unos segundos.

Pero el pobre «rey», después de defenderse con una arrogancia teatral, sin vacilación alguna, seguro de su triunfo, vino al suelo tristemente, como se derrumban al dar los primeros pasos en la existencia todos los que han vivido una vida de ilusión.

Tres de aquellos miserables siguieron golpeando al caído para rematarlo, mientras el otro avanzaba hacia Mina con cierta indecisión, al ver que no intentaba huir.

Miss Craven, á pesar de sus fantasías, había conservado mucho del espíritu práctico de su padre, y sabía todo lo que una persona previsora no debe olvidar en sus viajes. Brilló en su diestra, salido no se sabe de dónde, un juguete plateado, la última novedad para la defensa personal: nueve tiros. Sonó una detonación, y el hombre se hizo atrás, lanzando juramentos y llevándose una mano al pecho. Sonó un nuevo disparo, y empezó á dar traspiés otro de los que estaban inclinados, sobre Lionel dándole golpes. Siguió apretando el gatillo, y los tiros hicieron desaparecer á aquellos facinerosos, unos corriendo, otros balanceándose dolorosamente, mientras de las callejuelas cercanas empezaba á salir gente. Mina se arrodilló junto á su marido.

—¡Oh, Lionel! ¡Mi rey!... ¿Te han matado?

Cuando, semanas después, pudieron salir de Marsella, la vida conyugal era otra. Gould, todavía convaleciente de sus heridas, parecía sentir vergüenza delante de su esposa. «¡No haber sabido defenderte!...», decían sus ojos. Y lanzaba á continuación su mirada suplicante.

Esta mirada devolvía á Mina un pálido recuerdo del antiguo afecto. Sólo esta mirada era verdad. Todo lo demás del héroe, pura mentira. Su marido resultaba un pobre muchacho, simple y bueno, necesitado de que lo protegiesen. Ella lo defendería, como en la noche de Marsella. ¡Adiós, amor! Sólo quedaba en la millonaria un afecto que tenía mucho de maternal.

Los dos, con la pesada tristeza del desengaño, se aburrieron en todas partes, y acortaron su viaje para volver á los Estados Unidos.

Creían adivinarse en los ojos sus respectivos pensamientos.

—Se divorciará apenas lleguemos á Nueva York.... Mejor: volveré á dedicarme á la cinematografía.

Pero esto representaba para Gould un suplicio. ¡Separarse de Mina, á la que amaba ahora más que antes, con la ternura de la gratitud y la amargura del remordimiento!...

Ella también pensaba en el divorcio.

—¡Todo mentira!... Tendré que rehacer mi existencia con otro.

Y empezó á pensar en África y en los continuadores de las cacerías de Roosevelt.

Al llegar á Nueva York, los periódicos hablaron de Mina por ser la esposa del célebre Gould. Las amigas seguían envidiándole el «rey de las praderas» y encontraban muy interesante su matrimonio. ¿Era prudente, después de esto, abandonar á su buen mozo, para que lo agarrase otra mujer?...

La vida en intimidad resultaba triste y penosa. El recuerdo de aquella noche se interponía entre los dos. El pobre «rey» conoció una reina que no había sospechado nunca: injusta, rencorosa, sarcástica, propensa á encontrar malo todo lo de su marido.

Una mañana, á la hora del breakfast, por una discusión insignificante, la misma mano que había disparado varios tiros en el Puerto Viejo de Marsella agarró un plato y lo arrojó contra la cara del hombre célebre. La porcelana se hizo pedazos, hiriéndole. Lionel se limpió la sangre de una mejilla, y luego miró á su esposa con aquellos ojos de niño abandonado é implorante.

—¡Oh, mi rey!—gritó ella, refugiándose en sus brazos—. ¡Pobrecito mío!... Perdóname; soy una loca. No te abandonaré nunca.

Y durante todo el día, Gould conoció la más amorosa y sumisa de las mujeres.

Desde entonces la vida de los dos se desarrolló con violentas alternativas: primeramente discusiones buscadas por ella, que terminaban con golpes, y luego, tras la mirada implorante del esposo, la feliz reconciliación. Hasta le permitió que volviese al arte cinematográfico, siendo protagonista de varios films, cuyos argumentos se hacía relatar ella anticipadamente. Su Lionel sólo debía aparecer en el círculo luminoso realizando hazañas nunca vistas.

Jamás había hablado con tanto entusiasmo de su esposo. Lo mismo en presencia de él que estando á solas con sus amigas, hacía elogios del héroe, ensalzando su fuerza irresistible, su valor temerario.

Lionel Gould era siempre el mismo. Estaba orgullosa de llevar su nombre.

Después de esto sonreía con verdadera satisfacción, halagada por orgullosos pensamientos que nadie podía adivinar.

Sí; su marido continuaba siendo el invencible, el único, «El rey de las praderas», y con esto quedaba dicho todo.

Pero ella, en su casa, le pegaba al «rey de las praderas».



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