El saludo de las brujas: 03

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El saludo de las brujas
Primera parte - Capítulo II


El hijo[editar]

Por corto espacio calló Felipe María, recogiéndose, en actitud del que medita y delibera. Después, como embelesado, fijos los ojos en la alfombra, exclamó:

-¡Conque me ofrecen la corona de Dacia! Es preciso confesar que la suerte tiene caprichos bien extraños. ¡Lejos estaba yo de esperar semejante oferta!

-Dios -dijo gravemente el duque de Moldau- se complace en ocultarnos el porvenir. Vuestra Alteza ha pasado en la desgracia sus años juveniles: era una escuela donde se educaba, a fin de que la prosperidad le encontrase preparado, ceñidos los riñones y revestido el corazón de fortaleza.

-Ni he vivido en la desgracia, señor Duque, ni puede esperar de mí bienes ni males el país donde mi padre reina. Aprecio muy de veras la lealtad que impulsa a la comunión política que usted dirige... y usted, señor Miraya, hágase intérprete con el eminente repúblico Stereadi de mi sincera gratitud. Quedo reconocido, pero díganles ustedes que rehúso, no sólo ahora, sino para lo venidero, y que renuncio, no a mis derechos -los derechos no pueden renunciarse-, sino a toda pretensión o aspiración al trono de Dacia. Jamás -¿lo han oído ustedes bien?- jamás aceptaré ese puesto y, ese honor.

Al oír palabras tan categóricas, el Duque palideció; Miraya se demudó un instante, y Felipe María sintió que era preciso alegar razones, porque negativa fundada, negativa excusada. En tono más afable, se dio prisa a añadir:

-Las circunstancias, señores, han hecho de mí un hijo de mi siglo. No sé cómo pensaría si me hubiesen criado y educado desde niño para reinar; es posible que se hubiese formado en mí una segunda naturaleza, y que esa naturaleza me impulsase a ocupar mi sitio y a entrar en mi papel sin esfuerzo. Pero he vivido ajeno a esperanzas ambiciosas, y he abrazado las doctrinas de una filosofía egoísta... o llámenle ustedes como quieran, libre, he aprendido a conocer el precio de la libertad; apartado de la política, he presentido sus amarguras. ¿Qué quieren ustedes? Soy un vividor... o si lo prefieren, un epicúreo... no grosero. En mi estado actual me juzgo uno de los hombres más felices que comen pan a manteles. Ya que hará usted objeciones, señor Duque; no me niego a escucharlas, pero antes déjeme usted que le pinte el cuadro de mi existencia. Soy joven, tengo salud, y poseo un caudal no despreciable. Nada valdría todo ello, si me faltasen ciertas aficiones escogidas, que no solo ayudan a pasar las horas, sino que entretienen la imaginación dulcemente, excitándola de un nudo grato. Me refiero a esa curiosidad ilustrada que, sin llegar a ser, ¡Dios nos libre!, vocación científica, ni artística, basta para convertirnos en espectadores inteligentes del gran espectáculo. Tales aficiones serían hasta un martirio para mí, si me viese obligado por cualquier motivo a ahogarlas, vegetando en un rincón, en uno de esos países muertos donde ni se piensa ni se crea, donde los días se deslizan iguales y la gente se enmohece... Pero vivo en París en invierno, y viajo en el verano y en otoño: todavía no he recorrido sino una parte mínima del mundo, así es que me aguardan muchas sorpresas; el libro tiene cientos de hojas sin cortar. Un rico sin imaginación, es un atleta ciego; un pobre con imaginación, es un paralítico dotado de inútil segunda vista: ni me creo ciego, ni soy paralítico; me pertenezco, y no me resuelvo a entregarme. Con franqueza, señor de Miraya: ¿qué haría usted en mi lugar? Lo propio que yo.

Interpelado directamente Miraya, vaciló un segundo: era demasiado intelectual, a pesar de su ruda corteza, para no sentir el encanto del cuadro que bosquejaba el Príncipe. Por fin encontró salida:

-Los elevados sentimientos de Vuestra Alteza responderán por mí. No sabría objetar; sólo le ruego que lea en su alma... y allí encontrará la refutación victoriosa de lo que no me atrevo a llamar sofismas. Si fuésemos plantas, nos bastaría el deleite de vegetar bebiendo el rocío, absorbiendo el sol y cubriéndonos de hoja y de flor en primavera... Pero las mismas plantas, señor, dan su fruto, y al dar fruto adquieren el derecho a la vida. No suponga Vuestra Alteza que al venir aquí creímos convidarle a una excursión de recreo, a una cacería, a un alegre banquete, a una ópera. Diré más: sabíamos que nuestra proposición, si Vuestra Alteza la aceptase, le impondría sacrificios que hasta hoy no ha conocido, y le revelaría deberes que no sospechaba. Y me atrevo a añadir que el haber venido sabiendo todo esto, es una prueba que nuestra alta estimación. Si respetábamos en Vuestra Alteza al príncipe heredero de Dacia, también apreciábamos al hombre capaz de cumplir una función que hoy puede llamarse providencial.

El botón de fuego llegó a lo vivo. Felipe María se mordió el labio inferior, pálido y turgente.

-¿Y quién le dice a usted -contestó no sin vehemencia- que yo no soy ese hombre capaz de resolución y de sacrificio? No suponga usted, por lo que le he mostrado de ella, que conoce mi alma. Me he retratado superficial y gozador, quizás porque me desdeñaba de dar otras explicaciones, no estando obligado tampoco a darlas. Ha abierto usted heridas que van a sangrar, y lo siento... Acuérdense de que no es mía la culpa.

-Dígnese Vuestra Alteza perdonarme si me he excedido -murmuró hipócritamente Miraya, que sonrió guiñando de soslayo al Duque, el cual, lleno de desconsuelo, cruzaba las manos sin acertar a decir cosa alguna.

-No tengo que perdonarle a usted... porque usted no puede interpretar mi situación, y creo que únicamente siendo yo mismo la comprendería. Sin embargo, de sobra conocen ustedes mi historia... Y sobre todo la de mi madre. ¿Verdad, Duque?

-Señor... -articuló el Duque humilde y noblemente-, así que Vuestra Alteza ocupe el trono, mándeme encarcelar y procesar si lo merezco... Cuando Felipe Rodulfo I me consultó cuestiones muy graves y muy delicadas... ¡yo no he de negarlo! ¡yo no reniego de mis actos nunca!, opiné que el soberano de Dacia no podía declarar públicamente su enlace con una señora... con una señora... particular... que no era de estirpe regia. Mi dictamen fue que el matrimonio permaneciese secreto, hasta el fallecimiento de la madre de Vuestra Alteza; y sigo creyendo que así convenía. Si a Vuestra Alteza le contaron que intervine en lo de la nulidad del matrimonio, han mentido: como caballero, como militar, lo desmiento terminantemente. Es más: lo de la nulidad, siempre lo consideré inicuo... aunque se hizo por medios legales, como suelen hacerse las picardías. Moralmente, señor, válido era el enlace de vuestro padre. A no creerlo así, no hubiese venido a ofrecer a Vuestra Alteza la corona.

Esta vez Felipe María tendió al Duque la mano con amistosa cordialidad.

-La gran verdad que acaba usted de proclamar -dijo no sin esfuerzo- es precisamente una de las poderosas razones que me hacen rehusar la oferta. Si olvidase los agravios de mi madre, me tendría por el más miserable de los hombres. ¡Mi madre! Yo no he conocido otra protección sino la suya. Me hablan ustedes de un rey de Dacia, que es mi padre. ¿Los padres acarician a sus hijos?... No recuerdo que me haya besado el rey de Dacia. Mi madre sí: he calentado mil veces la cara en su pecho; he conciliado el sueño en su regazo; sus brazos me acogieron amorosamente. Si tengo alguna educación, es porque mi madre me buscó profesores; si no estragué en el vicio mis veinte años, es porque mi madre supo preservarme con su cariño. En mis en enfermedades, ella me asistía; en mis soledades, ella me consolaba... No; mi familia, es mi madre. Hasta las comodidades materiales que me rodean, la hacienda que disfruto, y que hace de mí un privilegiado de la vida, la debo al trabajo de mi madre.. ¡A las piruetas de la bailarina, señor Duque!

Chispeaban, con fosfóricos destellos, los cambiantes ojos de Felipe María, tan pronto grises como azulinos. La cólera le sacudía, y sus nervios se desataban, sin que ya pudiese dominarlos.

-Sí, señor; de la bailarina... añadió viendo que el Duque, avergonzado, bajaba la cabeza y que Miraya fijaba la vista obstinadamente en la Herodías, otra bailarina real-. ¡Mi madre, la Flaviani! (no lo oculto, y hasta me envanezco de ello), bailó en todas partes..., no sólo antes de haber llamado la atención al que había de ser rey de Dacia, sino después de haberse creído mucho tiempo su esposa; y después, naturalmente, tuvo mejores contratas... ¡Es un grano de anís ver bailar a la esposa de un rey! A las piruetas posteriores a la corona..., ¡me lo ha contado varias veces!, debemos la lucida renta que poseo... Gracias a esas piruetas, al venir a brindarme un trono, no me encuentran ustedes en alguna buhardilla royéndome los codos de hambre...

-Señor -imploró el Duque, ahogándose, literalmente-; comprendo las quejas de Vuestra Alteza... me explico sus resentimientos... pero me consta, y le empeño mi palabra, que se hicieron reiteradas tentativas para que la señora Flaviani aceptase una decorosa pensión...

-¿Y la aceptó? -interrogó Felipe con ironía.

-Desgraciadamente...

-¡Ah!... Prefirió bailar, y yo lo hubiese preferido también. No todo se paga con dinero. Sí, señores; la madre del Príncipe heredero volvió a calzar los zapatitos de raso y a vestir el tonelete de gasa, y a ser la Vili y la Gisela... Si me coronar ustedes, llevaré esos zapatitos en la mano. Los conservo como una reliquia.

-Señor -intervino el Duque a cada paso más angustiado, pidiendo auxilio con los ojos a Miraya, que se hacía el muerto-; no lleve a mal Vuestra Alteza que le recuerde algunos pormenores importantes... Dígnese oír sin enojo. Cuando Felipe Rodulfo I se unió a la señora Flaviani, no era rey, no era ni príncipe heredero de Dacia: su hermano, Alfredo III, monarca reinante, tenía dos hijos, hermosos y fuertes: nadie podía prever la catástrofe, la difteria pegada al mayor por el pequeño en una caricia, la muerte de ambos, y poco después la de su padre, despedido por un potro fogoso contra un tronco de árbol, donde se le quedaron estampados los sesos. Esta serie de fatalidades llamó al trono a vuestro padre, que ni estaba en Dacia siquiera: desde hacía años viajaba por Europa y usaba como le parecía su libertad. Recayeron en él los deberes más sagrados... se vio pastor de pueblos... y no tuvo más remedio que prescindir del cariño a su esposa. ¡Del respeto, señor, no prescindió nunca!...

-Del respeto..., ¿y la dejó bailar delante de todos, expuesta a los silbidos? -exclamó el Príncipe, cuyas delicadas facciones se contrajeron, cuyos ojos fulguraron, cuya voz se enronqueció-. Respeto..., ¿y anuló el matrimonio y rebajó a la que le había entregado su alma al rango de concubina? Respeto.... ¿y la condenó a presenciar desde los bastidores de un teatro cómo otra mujer ocupaba su puesto en el hogar y en el trono? A cada año que pasaba, Duque, a cada año que pasaba sin que los reyes de Dacia tuviesen sucesión, me decía madre al oído: «¡Hijo mío, hay Providencia!». ¡Si creo firmemente en Dios, Duque, es porque su justicia hizo estéril el segundo matrimonio de Felipe Rodolfo!

-Acaso, Señor -aprobó el Duque- haya sido designio del cielo, y efecto más que de la justicia, de la previsión divina, el no dar hijos a Sus Majestades. Vuestra Ateza existía, y es bastante para nuestra dicha y nuestro amor.

-No se trata de mí -exclamó Felipe, excitándose con sus propias palabras-, se trata de mi madre, señor Duque... ¡Si sólo a mí hubiesen ofendido, chico pleito sería! Lo que no se borra tan fácilmente de la memoria de un hombre, son los padecimientos de una madre. Si yo no pensase ya en ellos, merecería haberselos causado. Y les advierto que era animosa; que no se quejaba nunca; pero he comprendido muy bien que la mató la pena y la humillación inmerecida; y, sobre todo, la idea de que yo, nacido de un matrimonio tan legítimo como otro cualquiera, pasase por bastardo. En su justo orgullo me ordenó no usar más nombre que el de Flaviani, para demostrar que, al menos, no me avergonzaba de él. ¡Flaviani! -repitió Felipe con una carcajada seca y sardónica-, ¿quién sabe si este apellido es más ilustre, más antiguo que el de los soberanos de Dacia? Mi madre, que era romana, descendería de algún patricio de la familia de los Flavios... Me complazco en creerlo así -insistió con la misma risa cruel-. ¡Ya que mi padre ha pensado en mí... para combinaciones políticas... díganle de parte de su hijo, que todo, todo lo podría olvidar Felipe María... menos una idea... horrible: la de que, a no ser por las intrigas y las ambiciones, aún tendría madre hoy!

Dijo estor conmovido, con Lágrimas de rabia y temblor de cabeza; y levantándose de repente, pegó el rostro a los vidrios de la ventana, desde la cual se veía perfectamente la flecha de la iglesia gótica donde habían cantado el funeral a la bailarina, de donde había salido el hijo para acompañar hasta el cementerio el cadáver de la madre... Un dolor vivo, fresco, sano, mezcla de piedad y de indignación, le cortaba el aliento; se sentía grande, y padecía.

El duque de Moldau, caída la cabeza sobre el pecho, no encontraba argumentos ni razones: ¡era natural que Felipe María contestase así! Tan agobiado estaba, que no se movió del sillón al levantarse su príncipe: de pronto recordó y se incorporó automáticamente, confuso por haber infringido las leyes de la etiqueta. Miraya, siempre rudo, casi sonreía; sus ojos sólo se apartaban de la bella Herodías para descender a contar las incrustaciones del pavimento.

-Es cuanto tengo que responder a la honrosa proposición de ustedes -afirmó de improviso Felipe volviéndose a los enviados-. Despachado ya este asunto, me dispensarían un gran placer quedándose conmigo a almorzar sin cumplido, a lo que Dios depare. Están ustedes en casa de un amigo, de Felipe María Flaviani, que tiene en las venas sangre dacia.

-Estamos en casa de nuestro príncipe heredero -respondió Miraya concisamente-. Si él nos honra sentándonos a su mesa...

-Como príncipe heredero no les puedo convidar -declaró Felipe con sequedad exagerada.

Los enviados, que permanecían en pie, guardaron silencio. Estos momentos en que se interrumpe el diálogo desenlazan las audiencias reales. Cortesano respetuoso hasta el fin, el Duque lanzó a Miraya una ojeada expresiva, y, andando de costado, buscó la puerta, desde la cual los dos mensajeros se volvieron para inclinarse en reverencia profundísima, contestada por Felipe con otra más leve; al final de la entrevista, el hijo del soberano desmentía, sin querer, sus protestas de renuncia al trono: se despedía como se despiden los monarcas.

Asaz mohínos bajaron los enviados la corta escalera; el Duque tropezó en el último peldaño, y le sostuvo el periodista. El lacayo abrió la portezuela del trois quarts, y el Duque cayó en el mullido asiento como caería en la cama para morir. La antes atusada trova pendía en lacios mechones; la dentadura postiza se entrechocaba en la boca consumida y severa; las secos manos temblaban dentro de los guantes perla bien ceñidos. Miraya, entrando sin cumplimientos y sentándose al lado del gran señor, preguntó apenas el coche se puso en marcha:

-Duque, ¿no tendrá usted un habano?

-¡Ya va usted a apestarme! -gritó el viejo, perdiendo la paciencia.

-Por no apestarle a usted, le ruego que me dé un cigarro posible -respondió con flema Miraya-. Si saco mi tabacazo... me arroja usted por la ventanilla.

Al abrir la petaca de plata oxidada y martillada, con cifra y Corona ducal de diamantes, Miraya se echó a reír.

-¡Suprima por Dios esa cara de... de mochuelo melancólico! ¿Descorazonarse usted, usted, que representa el partido constante por excelencia, el que cree tener de su parte a Dios, y por consiguiente no puede desesperar?

-Hemos fracasado, Miraya -suspiró el magnate-. Tendremos a Aurelio IV, y a la vuelta de pocos años. Dacia sufrirá la suerte de Polonia: será borrada del mapa, desaparecerá hasta su nombre y su recuerdo... Mi consuelo es que para entonces no viviré; mi pena, que no haya sido estéril mi esposa, como lo fue la Reina. ¡Siento dejar fundada una familia que no ha de tener patria...!

Miraya, chupando el puro ya encendido, se encogió de hombros.

-¿De modo que, según eso, el partido antiguo o tradicional se retira de la coalición?

-El liberal, o mejor dicho, Stereadi, será quien primero rendirá pleitesía a Aurelio IV; y encontrará mil razones especiosas para aceptar el protectorado de Rusia y la mengua de nuestro país.

-Stereadi, ya que ustedes se echan atrás, seguirá el plan por cuenta propia.

-¿Eh? ¿Cómo? -interrogó alarmado el Duque.

-Y coronará en Vlasta a nuestro joven rey Felipe María... Ya lo creo. ¿Pero es posible, señor Duque, que aún sea usted tan cándido? ¿De manera que ha tomado por lo serio la negativa del Príncipe? Pues yo la aguardaba. Era visto que se produciría esta explosión sentimental. Respiró -¿y cómo quería usted que no respirase?- por la herida del amor propio, del rencor y la furia celosa, del veneno que la madre estuvo destilando tantos años en el alma del hijo. Ya desahogó, y ahora empiezan a trabajar otros sentimientos, muy lógicos también... muy humanos... Los tengo descontados, como tenía descontado el exabrupto de hoy.

A medida que Miraya se expresaba así, el rostro del Duque se coloreaba otra vez de fino matiz sonrosado, y sus arrugas parecían borrarse.

-¿Está usted seguro? -tartamudeó gozoso-. ¿El Príncipe aceptará?

-Lo juraría. Sólo que ustedes... no ven tres sobre un asno. Lléveme el diablo si no danza en este negocio, además de la bailarina difunta, otra mujer vivita y más peligrosa por consiguiente... Cuando el barco no sigue la corriente, ancla tenemos... El príncipe está anclado.

La satisfacción del Duque le rezumbaba por los poros. ¿Cómo no se le habían ocurrido a él tales cosas?

-Hay fémina, vaya si la hay... ¡La descubriré...! ¿Sabe usted lo que nos perjudica mucho? Que Su Alteza malgré lui tenga dinero largo... ¡Si le hubiésemos cogido en época de trueno...! Con todo, Duque, podemos organizar sin demora el partido felipista. Vuélvase usted a Vlasta; trabaje a los demás antiguos; prepare la opinión. Yo me quedo en París: que me envíe fondos Stereadi..., ¡y que no se ande con tacañerías!

-Por lo pronto, yo le adelantaré a usted una cantidad...

-Venga de ahí -exclamó Miraya crudamente.

-¿Subirá usted ahora a mi cuarto, en el hotel?

-¡Ay, querido Duque! Increíble parece que no viva usted más advertido. En su hotel no debo yo sentar la planta. Y tampoco usted debe ir al hotel en este coche, que está alquilado a nombre de un amigo mío, un brasileño. Bájese en la plaza de la concordia. y tome allí un simón. ¿Cree usted que el futuro Aurelio IV no nos ha puesto ya espías? ¿Sabe usted a quién he visto anteayer en un café del bulevar? A Nordis, ¿entiende usted? Al mismo Nordis. ¿Qué hace en París? Por recreo no viajará ese pájaro...

-¡Nordis aquí! -repitió pensativo el Duque.

-En persona. De modo que... prudencia. Nos veremos en el gabinete particular del restaurant Britannia, calle de San Honorato. Se entra por un sitio muy reservado... el pasaje, que parece ad hoc para tapujos. Estoy allí esta noche, a las siete. Ahora, me bajo. No se olvide usted de despachar el coche antes de llegar al hotel... Me llevo otros dos puros.

El periodista abrió la portezuela y salió rápidamente, sin que el coche parase. El Duque le siguió con la vista, antes de que se lo bebiese la muchedumbre. Después sacó el perfumado pañuelo y lo agitó, para disipar el humo y el ambiente de Miraya. Y murmuró:

-¡Talento, lo tiene! ¡Pero qué ordinariez! Da asco.




El saludo de las brujas de Emilia Pardo Bazán

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