El saludo de las brujas: 15

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El saludo de las brujas
Segunda parte - Capítulo III


Oda de Horacio[editar]

A ciertas horas del día, sobre todo en las primeras de la mañana y en las que preceden a la puesta del sol, la poesía de la Ercolani era indecible. Antes que el sol picase fuerte, la frescura y pureza del aire, aliento vital de la madre Venus, blando céfiro que sale de un baño de rocío sacudiendo las alitas, prestaba tonos rosados a las estelas de alabastro y a los bustos de mármol, y recordaba la serenidad luminosa de la atmósfera ateniense, que, según dicen, parece manar leche y miel. A medio día los fragmentos antiguos, caldeados y como estremecidos por el sol, halagados por los efluvios de amor esparcidos en el ambiente, revivían una vida singular, y las ninfas sonreían a los nervudos faunos, y los amorcillos tenían en sus pedestales actitud de impaciencia, ansiosos de volar, de beber la cálida atmósfera y la esencia de las rosas, violentamente profanadas por abejas y moscardones. A la tarde, con las primeras y refrigerantes brisas del mar, que subían impregnándose de resina en el verdiazul ramaje de los pinos, los mármoles se diría que reposaban, que se preparaban a disfrutar el sosiego de la noche, envueltos en aquel hálito suave y vivificador. Lo único que contrastaba con el helenismo de los mármoles, era una nota modernista, el aroma de gardenia que exhalaban los macizos de los jardines tapizados, a pesar del escocés, de plantas y flores desconocidos en la antigua Grecia.

La esplendorosa luna de miel de Rosario y Felipe lucía mejor sobre el fondo de arte y naturaleza que la Ercolani le prestaba. No sospecharía el maniático que la creación de sus antojos iban a aprovecharla dos seres que, al encontrarse allí, en los primeros instantes, creyeron haber descubierto el paraíso. Suele decirse comúnmente que el amor lo transforma y encanta todo, y puede convertir un tugurio o zaquizamí en palacio de domados camarines; y será verdad tratándose de gente sencilla, que no ha refinado las necesidades de la vida y no ha exaltado la imaginación con lo que más la enciende y solivianta, que es el arte; pero a los que tienen muy cultivada la sensibilidad artística; a los que siempre han vivido con lujo y llenos de requilorios, no les puede bastar una cabaña y un trozo de negro pan, así lo sazonen y condimenten todas las alegrías amorosas del mundo.

Por lo mismo que Rosario y Felipe -cada uno de ellos obedeciendo a distintos móviles, que producían el mismo resultado- se habían abrazado a aquella felicidad con el ímpetu del que quiere olvidarlo todo, con el arrebato del que cierra los ojos y, se lanza a un precipicio vestido de flores, y en cuyo fondo resuena misteriosa música, el contraste de un sitio feo, triste, incómodo, les hubiese impuesto lo que evitaban y temían: la realidad. En ciertos espíritus de gran cultura estética -ya que no moral- el ardor está cuajado de exquisiteces, de finuras idealistas, y pide condiciones donde lucir libremente su gallardía y belleza propia, sin que lo sujeten prosaicas ligaduras. En la Ercolani encontraron los dos enamorados esta idealización casi sobrenatural. Como niños a quienes presentan el apetecido juguete, batieron palmas transportados de gozo, cuando recorrieron por primera vez aquel albergue incomparable. La risa, dulce compañera de las tranquilas horas del amor satisfecho, les asaltaba al registrar el pasticcio del escocés, y al creerse, por momentos, trasladados a los tiempos de Horacio y Lidia.

Reíanse de los anacronismos que tanto habían desesperado al hipocondriaco magnate. Les hacía prorrumpir en festivas exclamaciones cada disonancia que advertían; una carretela descubierta -que por las tardes les llevaba a Rocabruna o les paseaba a orillas del mar, donde los grandes pinos, quitasoles de abiertas ramas, avanzaban atrevidamente sobre los peñascos debía ser, ¡quién lo duda!, una biga romana; y la bonita y ligera falúa -que tripulaban dos marineros corsos- una birreme con cordaje de seda y velas de púrpura. En ciertos sitios de la villa -por ejemplo el rincón de una de las terrazas, donde un bosquecillo de mirto y rosas servía de asilo a la Venus mutilada, admirable fragmento de una belleza que sorprendía a los artistas-, por momentos Rosario, que tenía imaginación más virgen y ardorosa que la de Felipe, se creía realmente fuera de la vida actual, en las edades en que se vivía para la felicidad breve, deshojada como la flor que a la mañana despliega su broche y a la tarde cae mustia y triste, aunque perfumada todavía y con restos de su prístina hermosura. Y de este recuerdo pagano nació en Rosario la primer fugitiva ráfaga de melancolía, esa melancolía sin fundado motivo que, como la risa involuntaria, acompaña a la excesiva ventura, abrumadora para el mortal. Pero con un esfuerzo ligerísimo disipó la pequeña nube. Era preciso no pensar sino en lo presente.

Arte supremo, en el cual consiste tal vez el secreto de la dicha, el de echar a un lado todo género de preocupaciones cuando se presenta un momento de los que en la vida son excepcionales y únicos. Ni Rosario ni Felipe calculaban: obedecían al instinto no queriendo saber si había algo fuera de la Ercolani. La villa podía pasar muy bien por uno de esos jardines mitológicos en que se pierde el sentido. Todo era allí cómplice de la enajenación y la embriaguez amorosa. Aquellos mármoles de Paros y de Samos tenían el clásico impudor y la fiebre de vida que animaban a las generaciones que los crearon. Su vaga sonrisa, la eterna torsión de su cuerpo, aconsejaban el olvido de las penas, de la vejez y de la muerte. Ni la naturaleza ni los complacientes mármoles dirigían a Rosario ninguna severa advertencia. En la Ercolani, el escocés se había guardado bien de colocar imágenes cristianas; allí los númenes eran Venus y las Ninfas; y la fe de española de Rosario se adormecía en su abrasado corazón. Ella y Felipe sentían que el arte es paganismo, al pie de aquellas Ninfas incitadoras que reían de gozo al verles pasar.

Nunca se levantaban a hora fija: las lunas de miel son enemigas del método. Había mañanas en que se despertaban muy tarde, agobiados de pereza y languidez, y otras en que el hervor de la sangre juvenil y la inquietud de la dicha ansiosa de adquirir conciencia de sí propia les movían a madrugar. Rosario era quien generalmente llamaba a la puerta del cuarto de Felipe, ya con traje de mañana, de blanca franela, armada de sombrilla y calzada de campo. Felipe se arreglaba a escape y salía a encontrarla bajo el pórtico, donde se doraban al vivo sol los robustos faunos y entreabrían sus labios de amante y pecadora piedra las Ninfas. Y corriendo como muchachos, ágiles, parlanchines, de bracero, subían a buscar la sombra del bosque, a tal hora animada con los gorjeos de las aves y las correrías de los insectos por el musgo de los troncos. Los cedros y los pinos derramaban bálsamo, y el olor de azahar de los limoneros, arrebatado por una brisa palpitante, sugería epitalamios. No hacía bastante calor para acogerse a la gruta, y sentados en un banco de piedra rojiza, traído de la famosa villa de Cicerón, hablaban o permanecían unidos y juntos, porque el silencio era tan hermoso como las palabras. Algunas veces llevaban consigo un libro, pero poco leían, porque el deseo de comunicarse lo leído era más fuerte que el afán de leer, y en realidad, si algo sacaban del libro, era pretexto para reanudar la conversación. En sus diálogos sólo discurrían acerca de lo presente: de lo venidero no se hablaba nunca, y respecto al pasado, no se nombraba a Viodal sino por alusión remota, y Felipe lo hacía con una especie de humorística y desdeñosa piedad, a lo cual tenía derecho, ya que Viodal por poco le cuesta la vida. Al leer no se asociaban: eran uno y otro demasiado refinados para no comprender que en la impresión que nos produce un poeta entra siempre algo de nosotros mismos, inefable, imposible de comunicar, tan imposible como que, a pesar de las desesperadas ansias del amor, un alma llegue a fundirse con otra alma. Los poetas verdaderos penetran en ese interior santuario donde ni el amor penetra, y hay que recibirles a solas. Es raro, además, que un mismo poeta logre, en momentos dados, conmover a dos almas. Cuando Rosario leía, era sólo por entregarse a igual ocupación que Felipe. Este, en cambio, buscaba en los poetas el reflejo de sus sensaciones y la armonía con el mundo exterior, y especialmente le deleitaba la lectura de Horacio:


Coge la flor que hoy nace alegre, ufana:
¡quién sabe si otra nacerá mañana!...


El afán de detener la dicha al vuelo, como se caza una mariposa, era lo que dominaba en Felipe. La convicción de que aquel celeste episodio no era eterno, ni aun duradero, prestaba a su sentimiento un ardor que a veces se parecía al frenesí; duplicaba la intensidad de su pasión y le despeñaba, por decirlo así, con los ojos cerrados, a un insondable golfo de ventura. ¿No acababa de ver de cerca el sepulcro? ¿No podría estar ahora ya disuelto, convertido en ceniza? Era pagano, pagano, y disfrutaba del instante fugaz...

Del bosque o de la playa no se retiraban hasta medio día. Entonces bajaban, saturado el pulmón de vivificantes brisas, el cuerpo restaurado con el ejercicio. Antes del almuerzo bañábanse en el mar. Rosario era gran nadadora, Felipe algo menos, pero ella le amaestraba y sostenía. Sencillo goce el de entregarse a aquellas olas azules tan limpias y tan apacibles como las de un lago, y ver los hermosos brazos de Rosario que las cortaban con elegante y rítmica precisión. Tranquilos, con la sangre fresca, subían a sentarse a la mesa del almuerzo, no sin que Rosario se vistiese uno de esos trajes de verano que son todo muselina y encajes. Tomaban el café en el pórtico, anacronismo del cual no se asustaban los latinos, que tampoco dejaban de gallardearse en sus pedestales cuando el humo del cigarro de Felipe -otra cosa bien ajena a los tiempos mitológicos- subía en espiral a envolver su eterna, su inmortal alegría...

En las horas de la siesta era cuando mejor saboreaban los dos el placer de verse juntos en la soledad. Sentían filtrarse por sus poros la molicie penetrante de aquel aire elástico y perfumado, olor de mar y de flores, y el goce de vivir como vivirían los semidioses, si les fuese dado elegir género de vida, y si descendiesen a la tierra en esta prosaica edad. Las delicadas manos de Rosario vagaban entre los rizos de Felipe, y al pasar cerca de los labios siempre recogían cosecha de caricias.

A las cinco tenían enganchado el coche, y o bajaban a Rocabruna, o recorrían la costa, por la cual serpeaba el camino tortuoso, en que, al través de los troncos y el ramaje horizontal de los grandes pinos, se veían jirones del azul del mar. A veces, en alguna playa solitaria, les esperaba un criado con cestillos de paja fina que contenían frutos, una botella de Ay, dos o tres exquisitas golosinas traídas de Mónaco. Y merendaban con expansión de chiquillos, cogiendo conchas, corriendo por la orilla, escondiéndose y traveseando. Otras veces salían a caballo: Rosario montaba sin miedo, y daba gusto verla derecha en la silla, con el magnífico rodete de su pelo recogido bajo el sombrerillo de fieltro a la tirolesa y el mórbido cuerpo modelado por el paño de su traje. El sano ejercicio aprovechaba a los enamorados y les evitaba esas crisis de abatimiento que a veces acompañan, en nuestra pobre naturaleza humana, a los derroches de fluido nervioso. Volvían a Ercolani cuando la luna plateaba el mar; cuando a lo lejos la iluminación de la ciudad se reflejaba como una torre de fuego en las serenas olas; cuando el aire, tibio aún del calor solar, adquiría la grata frescura nocturna; y su dicha, más recogida y misteriosa en aquella calma, adquiría la deliciosa vaguedad de un sueño. Tal era realmente la impresión de Rosario: creer soñar. La chilena se dejaba mecer por esta idea seductora: que estaba soñando, y que el aire que respiraba no era de aquí, sino de otro mundo mejor, más bello y apacible.




El saludo de las brujas de Emilia Pardo Bazán

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