El señor Bergeret en París: VII

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El señor Bergeret en París Anatole France



El señor Bergeret estimaba mucho a los hombres dedicados a oficios manuales; pero como no hacía nunca obras de importancia le faltaban ocasiones que le permitieran tratarlos, y sólo al emplear alguno en el arreglo de la casa dialogaba con él, seguro de oír sesudas frases.

Por esto acogió afablemente al carpintero Roupart cuando se presentó una mañana para colocar los estantes en el estudio.

Entre tanto, Riquet, según su costumbre, dormía tranquilamente hundido en el sillón de su amo; pero el recuerdo inmemorial de los peligros que asediaban en los bosques a sus antepasados selváticos avizora el sueño de los perros domésticos; también conviene advertir que semejante aptitud hereditaria estaba sostenida en Riquet por el sentimiento de su deber.

Riquet se juzgaba a sí mismo un perro guardián y, firmemente convencido de que su obligación era guardar la casa, sentíase orgulloso de ello; pero imaginaba que son todas las casas como las de los pueblos y las de las fábulas de La Fontaine, con patio y jardín, de modo que se pueda dar la vuelta en torno oliscando el suelo perfumado con emanaciones de animales y de estiércol, por lo cual nunca pudo comprender la distribución de la vivienda de su amo en el quinto piso de un confuso inmueble.

Ignorante de los límites de su dominio, sin saber exactamente lo que debía guardar, era un guarda feroz y supuso muy peligrosa para su vivienda la llegada de aquel desconocido con pantalón azul remendado, que olía a sudor y arrastraba por el suelo unas tablas. Abandonó la butaca de un salto para ladrar al carpintero, a la vez que se retiraba con una lentitud heroica, y cuando el señor Bergeret le mandó que se callara, obedeció muy a pesar suyo, sorprendido y triste al ver que su abnegación era inútil y sus advertencias despreciadas. Con los ojos fijos en su amo parecía decirle:

"Recibes a este anarquista que arrastra sus artefactos; yo cumplo con mi obligación y no me atiendes; ahora, ¡suceda lo que haya de suceder!"

Acogióse a su retiro acostumbrado y volvió a dormirse. El señor Bergeret abandonó los comentaristas de Virgilio para hablar con el carpintero; le hizo varias preguntas referentes a la venta, corte y pulimento de la madera y a las ensambladuras de las tablas; le agradaba instruirse y conocía las excelencias del lenguaje popular. Roupart le respondió de cara a la pared; interrumpía sus respuestas con prolongados silencios, durante los cuales tomaba medidas. En aquella postura trató de los chapeados y de los ensamblajes.

—El de cola de milano no necesita otra sujeción que su ajuste, si es perfecto.

De aquel modo el profesor se instruía con las respuestas del artesano. Después el carpintero volvió la cabeza para encararse con el señor Bergeret. Su rostro enflaquecido, sus facciones muy acusadas, su color moreno, su cabello lacio sobre la frente y sus barbas de chivo cubiertas de polvo gris, le daban el aspecto de una figura de bronce. Su sonrisa, forzada y bondadosa, descubría sus dientes blancos y juveniles.

—Lo conozco a usted, señor Bergeret.

—¿Ciertamente?

—Sí, sí, le conozco..., señor Bergeret; ha hecho usted algo que no todos hacen... ¿Le molestará que se lo diga?

—De ninguna manera.

—Pues bien: ha hecho usted algo para lo cual se necesita valor: oponerse a sus colegas y no transigir con los defensores del sable y del hisopo.

—Detesto a los falsarios, amigo mío —respondió Bergeret—; esto debería serle permitido a un filólogo. No he ocultado mi opinión, pero tampoco la he divulgado. ¿Cómo la conoce usted?

—Se lo voy a explicar. A mi obrador de la calle de Saint—Jacques va mucha gente de los unos y de los otros, gordos y flacos; y mientras labraba la madera oía decir a Pador: "¡Ese canalla de Bergeret!", y Pablo preguntó: "¿Cuándo le ahorcan?" Entonces comprendí que usted era partidario de la verdad y de la justicia; no son muchos los que se atreven a opinar contra sus camaradas en el dichoso proceso.

—¿Y qué dicen los amigos de usted?

—Los socialistas no son muy numerosos, y no están de acuerdo. El sábado sólo asistieron cuatro pelanas a la "Fraternal", y nos tiramos los trastos a lacabeza. El compañero Flechier, un anciano, un veterano del setenta, un comunero, un deportado, en fin, ¡todo un hombre!, subió a la tribuna y nos dijo: "Ciudadanos, tranquilizaos. Los burgueses intelectuales no son menos burgueses que los burgueses militares; dejad que los capitalistas se muerdan unos a otros; cruzaos de brazos y contemplad a los antisemitas: en este momento hacen el ejercicio con fusiles de caña y sables de madera. Pero cuando se trate de proceder a la expropiación de los capitales, no veo inconveniente ninguno en empezar por judíos." Al oír aquellas palabras, los compañeros le aplaudieron. Dígame usted: ¿es así como debe hablar un comunero, un revolucionario? No soy tan instruido como el ciudadano Fleicher, que leyó las obras de Marx, pero me figuro que no razona cuerdamente. Sin duda, el socialismo, además de ser la verdad, es también la justicia y la bondad, y todo lo bueno y justo se produce naturalmente como la manzana del árbol. Me parece que combatir una injusticia es trabajar por nosotros los proletarios, sobre quienes pesan todas las injusticias. A mi entender, todo lo equitativo es un comienzo de socialismo. Creo, como Jaurés, que unirse a los defensores de la violencia y del embuste es volver la espalda a la revolución social. No conozco a los judíos ni a los cristianos; sólo conozco a los hombres y sólo distingo entre ellos a los justos de los injustos. Judíos o cristianos, a los ricos les es muy difícil ser justos; pero cuando las leyes sean justas los hombres lo serán también. Al presente, los colectivistas y los liberales preparan lo por venir combatiendo todas las tiranías e inspirando a los pueblos el odio a la guerra y el amor al género humano; desde ahora podemos hacer algún bien; esto evitará que muramos desesperados y rabiosos, aunque seguramente no presenciaremos el triunfo de nuestras ideas, pues para cuando el colectivismo se haya establecido en el mundo, habré salido ya de mi casa con los pies por delante... Pero mientras charlo, el tiempo corre.

Sacó su reloj, y al ver que ya eran las once se puso la chaqueta recogió sus herramientas, encasquetóse la gorra hasta el cogote y dijo, sin volver la cabeza:

—¡La verdad es que la burguesía está perdida! Claramente se ha visto en el asunto Dreyfus.

Y Roupart se fue en busca del almuerzo.

Entonces, ya porque mientras dormía ligeramente, un sueño hubiese turbado su alma oscura, ya porque al despertar espiase la retirada del enemigo y se aprovechó de aquella ventaja, ya porque el nombre que acababa de oir le enfurecía — como fingió creerlo su amo—, Riquet se abalanzó con la boca abierta, el pelo erizado y los ojos encendidos sobre los talones de Roupart, a quien persiguió con ladridos frenéticos.

Luego, el señor Bergeret, en tono cariñoso y triste, le dirigió las siguientes frases:

—También tú, pobre ser oscuro, tan débil a pesar de tu ancha boca y tus dientes puntiagudos que ridiculizan con su aspecto de fiereza tu debilidad y tu graciosa poltronería; también tú profesas el culto de las grandezas humanas y la religión de la antigua iniquidad; también tú adoras las injusticias por respeto al orden social que te asegura casa y comida; también tú creerías verdadera una sentencia irregular lograda por el embuste y el fraude; también tú eres juguete de las apariencias, te dejas seducir por las mentiras y te atiborras de fábulas groseras; tu espíritu tenebroso se alimenta de confusiones, te engañan y te engañas con una plenitud deliciosa.

También tienes odios de raza y prejuicios crueles, también desprecias a los desgraciados.

Los ojos de Riquet le miraron con inocencia infinita, y el señor Bergeret prosiguió, todavía con más dulzura:

—No ignoro que tienes una bondad innata, la bondad de Calibán. Eres religioso, conforme a una teología y a una moral, y crees conducirte bien sin darte cuenta de lo que haces. Guardas la casa, hasta contra los que la defienden y la adornan. El artesano a quien te proponías arrojar de aquí manifiesta con sencillez ideas admirables; y tú no le has escuchado; tus orejas peludas no atienden al que habla con más acierto, sino al que grita más. El miedo, el miedo natural que guió a tus antepasados y a los míos en la edad de las cavernas, el miedo creador de los dioses y de los crímenes, te aparta de los desdichados, y te hace desconocer la piedad. No quieres ser justo; miras como a un forastero importuno la clara justicia, divinidad nueva, y te arrastras ante los antiguos dioses de la violencia y del miedo, oscuros como tú. Admiras la fuerza brutal, porque la supones absoluta soberana, y no sabes que se devora a sí misma; ignoras que todos los armamentos se desploman ante una idea de justicia. No sabes que laverdadera fuerza está en la sabiduría, y que sólo por ella son poderosas las naciones; no sabes que no se funda la gloria de los pueblos en los clamores estúpidos lanzados en las plazas públicas, sino en el pensamiento augusto que se oculta en alguna buhardilla, y que una vez extendido por el mundo cambiará la faz de la Tierra. No sabes que honran a su patria los hombres que han sufrido la prisión, el destierro y la injuria por la justicia. Tú no sabes, Riquet...



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