El señor Bergeret en París: XIV

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El señor Bergeret en París Anatole France



Aquella noche, el señor Bergeret recibió la visita de su colega Jumage.

Alfonso Jumage y Luciano Bergeret habían nacido el mismo día, a la misma hora y de dos madres muy amigas, para las cuales aquella casualidad fue en lo sucesivo un inagotable asunto de conversaciones. Se habían criado juntos. A Luciano no le intranquilizaba lo más mínimo haber entrado en la vida al mismo tiempo que su camarada. Alfonso, más minucioso, pensaba en ello con satisfacción. Acostumbrado a comparar, en el transcurso de su existencia, aquellas dos vidas comenzadas simultáneamente, se persuadió poco a poco de que era justo, equitativo y saludable que sus progresos fuesen idénticos.

Observaba con interés las dos carreras gemelas consagradas a la enseñanza, y al comparar con la otra su fortuna, se procuraba una serie de cuidados inútiles y constantes que turbaban la limpidez natural de su alma. Eso de que fuera Bergeret profesor de la Facultad, mientras Jumage no había pasado de profesor de Gramática de un modesto Liceo, no estaba conforme con la idea de justicia divina que llevaba Jumage impresa en su corazón. Era de sobra honrado para mostrarse quejoso de su amigo; pero cuando nombraron a Bergeret profesor de la Sorbona, Jumage se dolió, por simpatía.

Como resultante, un poco extraña, de aquel estudio comparativo de ambas existencias, Jumage se acostumbró a pensar y a obrar siempre en oposición a Bergeret, no por falta de sinceridad y de honradez, sino porque no dejaba de sospechar alguna malicia en los éxitos de carrera mayores y mejores que los suyos, y, por consiguiente, inicuos. De modo que, por las varias razones honrosas que se había dado a sí mismo y por el afán de ser el contradictor de Bergeret, se unió a los nacionalistas al ver que el profesor de la Facultad se había alistado en el partido revisionista; se hizo inscribir en la Liga de Agitación francesa, y hasta pronunció discursos.En todo absolutamente sostenía opiniones contrarias a las de su amigo, ya se tratara de sistemas de calefacción económica, ya de reglas de Gramática latina; y como Bergeret no siempre tenía razón, Jumage no se equivocaba siempre.

Aquella divergencia, que con los años había adquirido la exactitud de un sistema razonado, no alteró su antigua amistad. Interesaban a Jumage las contrariedades que Bergeret sufría en el transcurso a veces atormentado de su vida, y le visitaba cuando le suponía desdichado. Era el amigo de las circunstancias difíciles.

Aquella tarde se acercó a su viejo camarada con la expresión borrosa y turbia, con el rostro alegre y triste a la vez que Luciano reconocía.

—¿Estás bien, Luciano? ¿Te molesto?

—No. Leía en Las mil y una noches, traducidas recientemente por el doctor Mardrus, la historia de "El esportillero y las mozas". Dicha versión es literal y muy distinta de Las mil y una noches de nuestro viejo Galland.

—Venía a verte... —dijo Jumage— porque deseo hablar contigo... Pero esto no tiene importancia... ¿De modo que leías Las mil y una noches...?

—Las leía —respondió Bergeret—. Las leía por primera vez, porque el honrado Galland no nos dio una idea exacta de ellas. Es un narrador excelente que ha corregido con minuciosidad las costumbres árabes. Su Scherezade, lo mismo que la Ester, de Coypel, tiene mérito; pero en esta nueva traducción hallamos la Arabia con todos sus perfumes.

—Te traía un artículo —repuso Jumage—. Aunque, te repito, que no es nada importante.

Y sacó su periódico del bolsillo. Bergeret hizo ademán de cogerlo y Jumage lo retiró; entonces Bergeret encogió el brazo y Jumage, con mano temblorosa, dejó el papel sobre la mesa.

—Te repito que no tiene importancia; sin embargo, creí oportuno... Quizá sea conveniente que lo sepas... Tienes enemigos, muchos enemigos.

—¡Adulador! —dijo Bergeret.

Cogió el periódico y leyó los renglones señalados con lápiz azul:

"Un vulgar pasante dreyfusista, el intelectual Bergeret, que vegetaba en provincias, ha sido nombrado profesor de un nuevo curso en la Sorbona. Los alumnos de la Facultad de Letras protestan enérgicamente contra el nombramiento de dicho protestante antifrancés, y no puedesorprendernos que muchos dei ellos hayan decidido recibir con silbidos a ese indecente judío alemán que el ministro de la traición pública ha tenido la insolencia de imponerles como profesor.

Cuando Bergeret hubo terminado su lectura, Jumage dijo:

—No leas eso. No vale la pena. ¡Es tan poca cosa!

—Es poco, sin duda; opino como tú —respondió Bergeret—. Sin embargo, basta como testimonio oscuro y débil, pero honroso y verdadero, de mi proceder en los tiempos difíciles. Aunque no ha sido mucho, he arrostrado algún peligro. El decano Stapfer quedó cesante por hablar de la justicia sobre una tumba. Bourgeois era entonces rector de la Universidad. Hemos atravesado circunstancias más difíciles, y gracias a la generosa energía de mis jefes, no he sido expulsado de la Universidad por un ministro falto de talento. Entonces no se me ocurrió pedir nada; pero ahora puedo reclamar una recompensa por mi conducta. ¿Y qué premio más digno, más hermoso y más elevado que la injuria de los enemigos de la justicia? Hubiera preferido que el escritor, cuando, sin pretenderlo, me facilita semejante testimonio, supiera expresar su pensamiento en forma memorable. Pero sería demasiado pedir.

Después de hablar así, el señor Bergeret hundió la hoja del cuchillo de marfil entre las páginas de las nuevas Mil y una noches. Le agradaba cortar las hojas de los libros. Era un sabio que se creaba voluptuosidades propias de su condición. El austero Jumage, envidioso de aquel goce inocente, le tiró de la manga, y le dijo:

—Oyeme, Luciano: no comparto ninguna de tus opiniones respecto al proceso. Reprobé ya tu conducta. La repruebo aún. Temo que tenga consecuencias graves para tu porvenir. Los franceses verdaderos no te perdonarán jamás. Sin embargo, haré constar que también repruebo enérgicamente la actitud agresiva que algunos periódicos mantienen contra ti. La repruebo. ¿No lo dudas, verdad?

—No lo dudo.

Y, después de un breve silencio, Jumage prosiguió:

—Observa, Luciano, que te difaman por el cargo que desempeñas oficialmente. Podrías denunciar a tu difamador; pero no te aconsejo que lo hagas, porque le absolverían.—Esto es de suponer —dijo Bergeret—, a no ser que yo entrara en la sala con sombrero de plumas, una espada al cinto, espuelas, botas de montar, y me siguieran veinte mil alborotadores pagados por mí. En ese caso los jueces y los jurados atenderían mi denuncia. Si cuando sometieron a su juicio aquélla carta que Zola escribió a un presidente de la República mal preparado para leerla, los jurados del Sena condenaron al autor, fue porque deliberaron entre gritos inhumanos, entre amenazas odiosas, entre un inaguantable ruido de hierro viejo y entre todos los fantasmas del error y la mentira. Yo no dispongo de tan atronadora mojiganga, y es muy probable que mi difamador fuese absuelto.

—Sin embargo, no puedes permanecer insensible a los ultrajes. ¿Qué piensas hacer?

—Nada. Me doy por satisfecho. Me envanecen tanto las injurias de la Prensa como sus elogios. La verdad ha sido tan realzada en los periódicos por sus enemigos como por sus amigos. Cuando un pequeño grupo mantenía el honor de Francia denunciando la condena injusta de un inocente, aquellos hombres se vieron tratados como enemigos por el Gobierno y por la opinión. Sin embargo, hablaron, y con la palabra fueron los más fuertes. La mayoría de los periódicos trabaja contra ellos, ¡ ya sabes con cuánto ardor! Pero sólo consiguió con sus mentiras fortalecer la verdad. La publicación de falsos documentos...

—No hubo tantos documentos falsos como tú supones, Luciano...

—...ha permitido que se descubriese la falsedad. El error, una vez propalado, no pudo reunir sus fragmentos dispersos. Al fin, sólo subsiste lo que tiene ilación y continuidad. La verdad presenta un encadenamiento de que el error carece; ante la injuria y el odio impotentes, formó una cadena que ya nadie podría romper. El triunfo de nuestra causa se lo debemos a la libertad y al libertinaje de la Prensa.

—Pero ¡si no habéis triunfado aún —exclamó Jumage— ni estamos vencidos! Al revés: la opinión del país se declara en contra vuestra. Siento decirte que a ti y a tus amigos os aborrecen, os odian y os desprecian por unanimidad. ¿Vencidos nosotros? Lo dirás en broma. Todo el país está de nuestra parte.

—Pero interiormente estáis vencidos. Si me fiara de las apariencias, podría creeros victoriosos y desconfiar de la justicia. Hay criminales impunes; la felonía y los falsos testimonios están aprobadospúblicamente como actos laudables. No espero que los adversarios de la verdad confiesen que se han equivocado; semejante esfuerzo sólo es propio de almas nobles.

"Sufren pocas variaciones las ideas corrientes. La ignorancia pública apenas ha sido turbada. No se han producido esos bruscos cambios de las muchedumbres, que sorprenden; no sucedió nada sensible ni extraordinario. Sin embargo, no estamos ya en los tiempos en que el presidente de la República rebajaba al nivel de su alma la justicia el honor de la patria, las alianzas extranjeras, cuando el poder de los ministros era la resultante de su buena armonía con los enemigos de las instituciones que debieron proteger... Tiempos de brutalidad y de hipocresía, en los cuales el desprecio de la inteligencia y el odio a la justicia eran a la vez una opinión popular y una doctrina del Estado, en que los poderes públicos amparaban a los portadores de matracas, en que era un delito gritar: ¡Viva la República!' Aquellos tiempos están lejos, en un pasado profundo, sumergidos en la sombra de las edades bárbaras.

"Pueden volver: nada sólido, ni aparente, ni palpable nos separa de ellos; se han desvanecido como las nubes del error que los habían formado. El menor soplo puede traer de nuevo aquellas sombras. Pero aunque todo conspirase para fortaleceros, no dejaríais de hallaros irremediablemente perdidos. Estáis derrotados por dentro, y ésa es la derrota irreparable. Cuando sólo se está vencido por fuera, se puede aún resistir y esperar un desquite. Vuestra ruina está dentro de vosotros; las consecuencias inevitables de vuestros errores y de vuestros crímenes se producen a pesar vuestro, y veis con extrañeza iniciarse vuestra derrota. Por injustos y violentos os destruyen vuestra injusticia y vuestra violencia. He aquí de qué modo el enorme partido de la iniquidad, que hasta el presente permaneció intacto, respetado, temido, cae y se desploma por sí solo.

"¿Qué importa, pues, que las sanciones legales se retrasen o no lleguen? La única justicia natural y verdadera está en las mismas consecuencias del acto y no en las fórmulas exteriores, con frecuencia estrechas y a veces arbitrarias. ¿Por qué lamentar que los culpables escapen a la ley y conserven minúsculos honores?... Esto, en nuestro estado social, tiene la misma importancia que pudo tener en la juventud de la Tierra, cuando los saurios de losocéanos primitivos eran reemplazados por otros animales de más perfectas formas y de un instinto más feliz, la permanencia entre el limo de las playas de algunos monstruos supervivientes de una raza condenada."

*

Al salir de casa de su amigo, encontró Jumage delante de la verja del Luxemburgo al joven Goubin.

—Vengo de ver a Bergeret —le dijo—. Me da lástima. Está muy abrumado, muy abatido. El proceso le aplastó.



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