El señor Bergeret en París: XVIII

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El señor Bergeret en París Anatole France



Félix Panneton subía lentamente por la avenida de los Campos Elíseos. Resuelto a formar parte del senado, al dirigirse hacia el Arco de Triunfo calculaba las probabilidades y la composición de su candidatura. El señor Panneton pensaba, como Bonaparte: "Preparar, calcular, actuar..." Circulaban dos listas entre los electores del departamento. Los cuatro senadores salientes: Laprat-Teulet, Goby, Mannequin y Ledru, se presentaban de nuevo; los nacionalistas presentaban al conde de Brecé, al coronel Despautéres, al señor Lerond, antiguo magistrado, y al carnicero Lafolie.

Era difícil saber cuál de las dos listas triunfaría. Los senadores antiguos se recomendaban a los pacíficos habitantes del departamento por una larga práctica del Poder legislativo y como guardianes de las tradiciones, a la vez autoritarias y liberales, que se remontaban a la fundación de la República e iban unidas al nombre legendario de Gambetta. Se recomendaban también por algunos favores distribuidos con mesura y por abundantes promesas. Su partido era numeroso y disciplinado. Aquellos hombres públicos, contemporáneos de los grandes acontecimientos, manteníanse fieles a sus doctrinas con una firmeza que embellecía los sacrificios realizados al atender las exigencias de la opinión bajo el imperio de las circunstancias. Eran oportunistas antiguos y se llamaban radicales. Cuando se suscitó el proceso, los cuatro habían demostrado un profundo respeto al Consejo de guerra, y en uno de ellos aquel respeto llegó a ser sentimental; el anciano abogado Goby hablaba siempre de la justicia militar con lágrimas en los ojos. El predecesor, el republicano de los tiempos heroicos, el hombre de las grandes luchas, Laprat—Teulet, hablaba del Ejército nacional en términos conmovedores; en otros tiempos hubiérase juzgado más oportuno aplicar ternura semejante a una pobre huérfana que a una institución poderosa con tantos hombres y tantos millares de millones. Aquellos cuatro senadores habían votado la ley de expropiación yexpresado ante la Diputación provincial su deseo de que el Gobierno tomase disposiciones rigurosas para contener la agitación revisionista. Eran tenidos por dreyfusistas en el departamento, y como no había otros, los nacionalistas los combatían furiosamente. Reprochaban a Mánnequin ser cuñado de un consejero del Tribunal Supremo. En cuanto a Laprat—Teulet, que encabezaba la lista, recibía injurias y ofensas bastantes para salpicar la lista entera. Le recordaban los tiempos en que, comprometido en Panamá, bajo la amenaza de un auto judicial, dejóse crecer la barba blanca para tener un aspecto venerable, y se hizo pasear en un coche de paralítico por su devota mujer y por su hija con traje de beata. Rodeado por tales apariencias de santidad cruzaba todos los días el paseo a la sombra de los olmos, tomaba el sol y hacía rayas en la arena con la punta del bastón, mientras en su espíritu astuto preparaba su defensa, que un sobreseimiento hizo innecesaria. Luego se rehabilitó, pero el furor nacionalista ensañóse contra él. Era panamista y le supusieron dreyfusista.

—Ese hombre —dijo Ledru— desacreditará la candidatura.

Y participó asimismo sus inquietudes a Worms-Clavelin.

—Señor prefecto, ¿no habría manera de hacer comprender a Laprat-Teulet, a quien debe la República tan señalados servicios, que ya le llegó la hora de retirarse a la vida privada?

El prefecto dijo que lo reflexionaran mucho antes de decapitar la candidatura republicana.

Entre tanto, el periódico La cruz, introducido en el departamento por la señora de Worms-Clavelin, hacía una activa campaña contra los senadores salientes y apoyaba a los candidatos nacionalistas hábilmente elegidos. El señor de Brecé reunía a los realistas, que en su departamento eran bastante numerosos; el señor Lerond, antiguo magistrado y abogado de las congregaciones, era agradable al clero; el coronel Despautéres, oscurecido anciano, representaba el honor del Ejército; había alabado mucho a los falsarios y figuraba en la lista de socorros para la viuda del coronel Henry; el carnicero Lafolie agradaba a los obreros semicampesinos de los barrios. Empezó a suponerse que la candidatura de Brecé obtendría más de doscientos votos y lograría triunfar. El señor Worms-Clavelin no estaba muy tranquilo, y dejó deestarlo en absoluto cuando La cruz^ publicó el manifiesto de los candidatos nacionalistas. Ultrajaban al presidente de la República, llamaban al Senado "corral" y "muladar", calificaban al Gabinete de "ministerio de traición".

"Si esas gentes triunfan, me dimiten" —pensó el prefecto.

Y con mucha dulzura, dijo a su mujer:

—Amiga mía, no debiste patrocinar la propaganda de La Cruz^ en este departamento.

—¿Qué quieres? —respondió la señora de Worms-Clavelin—. Como soy judía, creí prudente exagerar los sentimientos católicos. Este sistema nos ha dado buenos resultados.

—Es cierto —respondió el prefecto—. Pero me parece que tal vez hemos ido ya demasiado lejos.

El secretario de la Prefectura, el señor Lacarelle, a quien su notorio parecido con Vercingetorix predisponía al nacionalismo, hacia alusiones favorables a la candidatura de Brecé. El señor Worms-Clavelin, sumido en sus tristes preocupaciones, olvidaba sobre los brazos de las butacas sus cigarros mascados y encendidos.

Por entonces, el señor Panneton fue a visitarle. Félix Panneton, hermano menor de Panneton de La Barge, negociaba con los abastecimientos militares.

Nadie podía acusarle de no estimar al Ejército, puesto que lo vestía y calzaba. Era nacionalista gubernamental, nacionalista con el señor Loubet y con Waldeck-Rousseau. No lo ocultaba, y cuando le ponían de manifiesto la imposibilidad de serlo así, respondía:

—No es posible, ni siquiera difícil. Basta sólo proponérselo.

Panneton, nacionalista, no dejaba de ser gubernamental. "Hay siempre motivo para dejar de serlo", pensaba, y todos los que se enemistaron apresuradamente con el Gobierno, tuvieron que arrepentirse.

No calcularon bastante que un Gobierno, aunque se halle ya hundido, puede reventar a cualquiera de una patada".

Esta previsión procedía de su espíritu práctico y de ser abastecedor. Era ambicioso, pero se esforzaba en satisfacer su ambición sin que se resintieran en lo más mínimo sus negocios y sus goces, los cuadros y las mujeres.Así, pues con actividad extremada iba y venía constantemente desde su fábrica a París, donde tenía tres o cuatro domicilios.

La idea de deslizar su candidatura entre los radicales y los nacionalistas verdaderos se le había ocurrido de pronto, y fue a visitar al prefecto Worms-Clavelin, para decirle:

—Lo que vengo a proponerle, señor prefecto, de seguro le agradará, y me prometo su apoyo. ¿Usted desea que triunfe la candidatura Laprat-Teulet? Es su deber. En este punto respeto sus intenciones, pero no puedo secundarlas. Teme usted el triunfo de la candidatura Brecé. Nada más legítimo. Por este lado puedo serle útil. Con tres amigos míos formo una candidatura nacionalista. Este departamento es nacionalista, pero es moderado. Mi programa será nacionalista y republicano. En contra mía estarán las congregaciones, y en mi favor el obispo. No me combata usted. Observe una neutralidad bondadosa. No restaré muchos votos a la candidatura Laprat, y, por el contrario, restaré bastantes a la candidatura Brecé. No le oculto que espero triunfar en la tercera votación, y mi triunfo será un éxito para usted, pues los violentos se quedarán en la calle.

El señor Worms-Clavelin respondió:

—Señor Panneton, hace mucho tiempo que puede usted estar seguro de mi simpatía. Le agradezco la interesante noticia que ha tenido la amabilidad de comunicarme. Reflexionaré y obraré como convenga a los intereses del partido republicano, esforzándome en penetrar las intenciones del Gobierno.

Y mientras ofrecía un cigarro al señor Panneton, le preguntó amistosamente si acababa de llegar de París' y si había visto el último estreno del Variétés. Le dirigió aquella pregunta porque sabía que Panneton era el amante de una actriz de aquel teatro. Félix Panneton tenía fama de mujeriego.

Era un hombre corpulento, de unos cincuenta años, calvo, con la cabeza hundida entre los hombros, feo y con fama de chispeante.

Algunos días después de su entrevista con el prefecto Worms-Clavelin, atravesaba los Campos Elíseos, preocupado por su candidatura, que se presentaba bastante bien y que debería lanzarse lo antes posible. Pero en el momento de publicar la lista a cuya cabeza figuraba su nombre, uno de los candidatos, el señor de Terremondre, habíase arrepentido. Era el señor de Terremondre sobradamente moderado para separarse de losvientos, y volvió a reunirse con ellos al oír redoblar sus gritos. Me lo esperaba —pensó Panneton—. El contratiempo no es irreparable; pondré a Gromance en el lugar de Terremondre; Gromance me servirá lo mismo. Gromance es propietario, y aun cuando no tiene ni una hectárea de tierra sin hipotecar, esto sólo puede perjudicarle en su distrito. Está en París. Voy a verle.

En este punto de sus reflexiones y de su paseo, vio acercarse a la señora de Gromance, que, a pesarde ir envuelta hasta los pies en un abrigo de marta, lucía la esbeltez de su figura. A Félix Panneton le pareció deliciosa.

—Encantado de verla, señora. ¿Cómo está el señor de Gromance?

—Bien...

Cuando le preguntaban por su marido, siempre temía que la pregunta encerrase una intención irónica de mal gusto.

—¿Me permite usted que la acompañe un momento, señora? Tengo que hablarle de cosas importantes... Aprovecharé la ocasión.

—Diga.

—Ese abrigo le da un aspecto huraño... Parece usted una deliciosa salvaje.

—Son ésas las cosas importantes que...

—Vamos a ello. Es preciso que el señor de Gromance presente su candidatura de senador. El interés del país lo exige. El señor de Gromance es nacionalista, ¿verdad?

Ella le miró algo indignada.

—Seguramente no es un intelectual.

—¿Es republicano?

—Sí... Pero... le diré... Mi marido es realista... Y usted comprende...

—Señora, esos republicanos son los mejores. Pondremos el nombre del señor de Gromance entre nuestros nacionalistas re—republicanos.

—¿Y usted cree que Dieudonné querrá?

—Creo que sí. Tenemos de nuestra parte al obispo y a muchos electores senatoriales que, nacionalistas por convicción y por impulso propio, están ligados al Gobierno por sus funciones y sus intereses. En caso de que fracasáramos, sería de un modo honroso, y el señor de Gromance podría contar siempre con la gratitud de la administración y del Gobierno. Se lo diré a usted en confianza: el señor Worms—Clavelin nos apoya.

—Entonces no veo inconvenientente en que Dieudonné...

—¿Me asegura usted que aceptará?

—Háblele usted mismo.

—Sólo a usted atiende.

—¿Lo cree usted así?

—Estoy seguro de ello.

—Pues... convenido.

—No, no está convenido. Hay mil detalles delicados que no se pueden arreglar así, en la calle. Vaya usted a verme. Al mismo tiempo le enseñaré mis Baudouines. Vaya mañana.

Y le dijo al oído el número de una calle solitaria en el barrio de Europa. Allí, a una respetable distancia de su hogar legal y espacioso de los Campos Elíseos, tenía un hotelito que había sido edificado poco antes para un pintor mundano.

—¿Tanta prisa corre?

—¡Sí, tanta! Considere usted, señora, que sólo nos quedan tres semanas para preparar nuestra campaña electoral, y los Brecé la preparan desde hace seis meses.

—Pero ¿es de absoluta necesidad esa visita?

—Ver mis Baudouines... Es indispensable...

—Cree usted...

—Oigame y juzgue usted misma, señora. El nombre de su marido ejerce cierto prestigio sobre las poblaciones rurales y, principalmente, en los cantones donde no es muy conocido. No puedo ocultarle que cuando resolví que formara parte de nuestra lista, algunos pusieron inconvenientes, que subsisten aún. Es indispensable que usted me dé fuerzas para vencerlos. Es necesario que yo adquiera con... su amistad, esa irresistible decisión que... En fin: siento que si no me anima usted mucho, me faltará energía suficiente para...

—No es muy correcto que yo vaya...

—¡Oh! ¡En París!

—Si voy, será por la patria y por el Ejército. Hay que salvar a Francia.

—Lo mismo pienso yo.

—Salude usted en mi nombre a la señora de Panneton.

—Lo haré con muchísimo gusto, señora. Hasta mañana.



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