El signo de los cuatro: XII

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El signo de los cuatro
Capítulo XII - La extraña historia de Jonathan Small

de Arthur Conan Doyle


Capítulo XII
La extraña historia de Jonathan Small

Aquel inspector que se había quedado en el coche era un hombre muy paciente, porque transcurrió bastante rato antes de que me reuniera con él. Su rostro se ensombreció cuando le mostré la caja vacía.

––Adiós a la recompensa ––dijo en tono abatido––. Si no hay dinero, no hay paga. Si el tesoro hubiera estado ahí, el trabajo de esta noche nos habría valido a Sam Brown y a mí diez libras por cabeza.

––El señor Thaddeus Sholto es rico ––dije––. Él se ocupará de que sean recompensados, con tesoro o sin él.

Pero el inspector negó con la cabeza en un gesto de desaliento.

––Un mal trabajo ––repitió––. Y lo mismo pensará Athelney Jones.

Su predicción resultó acertada, porque el policía se quedó completamente pálido cuando llegué a Baker Street y le mostré la caja vacía. Holmes, el detenido y él acababan de llegar, porque habían cambiado de plan por el camino y habían ido a informar a una comisaría. Mi compañero estaba arrellanado en su butaca con su habitual expresión de indiferencia, y Small se sentaba impasible frente a él, con la pata de palo cruzada sobre la pierna buena. Cuando presenté la caja vacía, se echó hacia atrás en su asiento y soltó una carcajada.

––Esto es obra suya, Small ––dijo Athelney Jones, furioso.

––Sí, yo lo tiré donde ustedes jamás podrán echarle mano ––exclamó alborozado––. El tesoro era mío, y si no puedo quedarme con él, ya pondré buen cuidado de que no se lo quede ningún otro. Les aseguro que ningún ser viviente tiene derecho a él, con excepción de tres hombres que cumplen condena en el presidio de Andaman y de mí mismo. Me consta que yo ya no podré aprovecharlo, y sé que ellos tampoco. En todo momento he actuado en su nombre, tanto como en el mío propio. Siempre hemos sido fieles al signo de los cuatro. Pues bien, sé que ellos habrían querido que hiciera lo que he hecho: arrojar el tesoro al Támesis antes que permitir que se lo quedasen los amigos y familiares de Sholto o de Morstan. No le hicimos a Achmet lo que le hicimos para enriquecerlos a ellos. Encontrarán ustedes el tesoro en el mismo sitio que la llave y que al pobre Tonga. Cuando vi que su lancha nos iba a alcanzar, escondí el botín en lugar seguro. No hay rupias para ustedes en este viaje.

––Usted nos quiere engañar, Small ––dijo Athelney Jones en tono firme––. Si hubiera querido tirar el tesoro al Támesis, le habría resultado más fácil tirarlo con caja y todo.

––Más fácil para mí tirarlo, y más fácil para ustedes recuperarlo –– respondió Small, con una astuta mirada de soslayo––. Un hombre lo bastante listo como para seguirme la pista tiene que ser también lo bastante listo como para sacar una caja de hierro del fondo de un río. Pero ahora que las joyas están esparcidas a lo largo de unas cinco millas, puede que le resulte más difícil. La verdad es que me rompió el corazón tirarlas. Estaba medio loco cuando ustedes nos alcanzaron. Pero de nada sirve lamentarse. He pasado buenos y malos momentos en mi vida, pero he aprendido a no arrepentirme de nada.

––Éste es un asunto muy serio, Small ––dijo el inspector––. Si hubiera usted ayudado a la justicia, en lugar de burlarla de este modo, habría tenido más posibilidades a favor en su juicio.

––¡La justicia! ––se burló el ex presidiario––. ¡Bonita justicia! ¿A quién pertenecía ese botín sino a nosotros? ¿Dónde está la justicia en que se lo regale a quien no ha hecho nada por ganárselo? ¡Miren cómo me lo gané yo! Veinte largos años en aquel pantano plagado de fiebres, trabajando todo el día en los manglares y encadenado toda la noche en las mugrientas barracas de los presos, comido por los mosquitos, atormentado por la fiebre intermitente, sufriendo los abusos de todos aquellos malditos policías negros, encantados de poder ajustarle las cuentas a un blanco. Así me gané el tesoro de Agra, ¡y ustedes me hablan de justicia porque no puedo soportar la idea de haber pagado este precio sólo para que otro lo disfrute! Antes me dejaría colgar una docena de veces, o que me clavaran en la piel uno de los dardos de Tonga, que vivir en una celda de la cárcel sabiendo que otro vive cómodamente en un palacio con el dinero que debería haber sido mío.

Small había dejado caer su máscara de estoicismo, y todo este discurso lo soltó en un furioso torbellino de palabras, con los ojos echando llamas y haciendo chocar las esposas con los apasionados movimientos de sus manos.

Al contemplar la furia y el ardor de aquel hombre, comprendí que no era nada infundado ni ridículo el terror que se había apoderado del mayor Sholto al enterarse de que el agraviado presidiario le seguía la pista.

––Olvida usted que no sabemos nada de todo eso ––dijo Holmes tranquilamente––. No conocemos su historia y no podemos decir hasta qué punto pudo estar la justicia de su parte en un principio.

––Mire, señor, usted me habla con mucha amabilidad, aunque me doy perfecta cuenta de que es a usted a quien debo estos grilletes que llevo en las muñecas. Aun así, no le guardo rencor por ello. Ha jugado limpio, con las cartas encima de la mesa. Si quiere escuchar mi historia, no tengo ningún motivo para callármela. Lo que le voy a contar es la pura verdad, hasta la última palabra. Gracias, puede dejar el vaso aquí, a mi lado, y arrimaré los labios si tengo sed.

Yo soy de Worcestershire, nacido cerca de Pershore. Apuesto a que si se pasan por allí, encuentran un montón de gente apellidada Small. Muchas veces he pensado en ir a echar un vistazo por allá, pero la verdad es que nunca fui un motivo de orgullo para la familia, y dudo de que se alegraran mucho de verme. Son todos gente respetable, que va a la iglesia, pequeños granjeros, conocidos y respetados en toda la región, y yo siempre fui un bala perdida. Por fin, cuando tenía unos dieciocho años, dejé de causarles problemas, porque me metí en un lío por culpa de una chica y la única manera que encontré de salir fue aceptando el salario de la reina, alistándome en el Tercero de Casacas Amarillas, que estaba a punto de partir hacia la India.

Sin embargo, no estaba destinado a ser soldado mucho tiempo. Apenas había aprendido el paso de la oca y el manejo del mosquete cuando cometí la tontería de ponerme a nadar en el Ganges. Tuve la suerte de que John Holder, el sargento de mi compañía, que era uno de los mejores nadadores de todo el ejército, estuviera también en el agua en aquel momento. Cuando estaba en medio del río, un cocodrilo me atacó y me arrancó la pierna derecha tan limpiamente como lo habría hecho un cirujano. Con el susto y la pérdida de sangre, me desmayé, y me habría ahogado si Holder no me hubiera sostenido y llevado a la orilla. Pasé cinco meses en el hospital y cuando por fin pude salir renqueando con esta pata de palo sujeta al muñón, me encontré dado de baja en el ejército e incapacitado para cualquier ocupación activa.

Como podrán imaginar, aquello fue un golpe muy duro: sin haber cumplido aún los veinte años, me veía convertido en un inválido. No obstante, al poco tiempo mi desgracia resultó ser una bendición disfrazada. Un hombre llamado Abel White, que se había establecido allí para cultivar añil, buscaba un capataz que supervisara a sus peones y se ocupara de que trabajaran. Dio la casualidad de que era amigo de nuestro coronel, el cual se había interesado por mí desde mi accidente. Para abreviar la historia, el coronel me recomendó encarecidamente para el puesto y, como la mayor parte del trabajo se hacía a caballo, mi pierna no era un grave inconveniente porque me sujetaba perfectamente a la silla con la rodilla. Lo que tenía que hacer era recorrer la plantación, vigilar a los hombres durante el trabajo y dar parte de los holgazanes. La paga era buena, tenía un alojamiento confortable y, en general, me daba por satisfecho con pasar el resto de mi vida en una plantación de añil. El señor Abel White era un hombre amable y se pasaba con frecuencia por mi cabaña a fumar una pipa conmigo, porque en aquellos lugares los hombres blancos se tratan unos a otros con mucha más consideración que aquí en su país.

Pero la buena suerte nunca me duró mucho. De pronto, sin una señal de advertencia, nos cayó encima la gran rebelión. Un mes antes, la India parecía tan tranquila y pacífica como Surrey o Kent; al mes siguiente había doscientos mil diablos negros sueltos por allí, y el país era un completo infierno.

Pero ustedes, caballeros, ya deben saber todo esto..., probablemente, mejor que yo, porque nunca fui muy aficionado a la lectura. Yo sólo sé lo que vi con mis propios ojos. Nuestra plantación se encontraba en un lugar llamado Muttra, cerca de la frontera de las provincias del noroeste. Noche tras noche, el cielo entero se iluminaba con las llamas de los búngalos incendiados, y día tras día veíamos pasar por nuestras tierras pequeños grupos de europeos con sus mujeres y niños, que se dirigían hacia Agra, donde se encontraba la guarnición más cercana.

El señor Abel White era un hombre obstinado. Se le había metido en la cabeza que estaban exagerando el asunto y que la insurrección se extinguiría tan de golpe como había estallado. Y se quedó sentado en su terraza, bebiendo vasos de whisky con soda y fumando puros, mientras el país ardía a su alrededor. Como es natural, Dawson y yo nos quedamos con él. Dawson vivía con su mujer y se encargaba de llevar los libros y la administración. Y un buen día llegó la catástrofe. Yo había estado en una plantación bastante alejada y al atardecer cabalgaba despacio hacia la casa, cuando mis ojos se fijaron en un bulto informe que yacía en el fondo de una hondonada.

Descendí a caballo para ver lo que era y se me heló el corazón al descubrir que se trataba de la mujer de Dawson, cortada en tiras y medio devorada por los chacales y perros salvajes. Un poco más adelante, en la carretera, estaba el propio Dawson caído de bruces y completamente muerto, con un revólver vacío en la mano y cuatro cipayos tendidos uno sobre otro delante de él. Tiré de las riendas de mi caballo, preguntándome hacia dónde debía dirigirme; pero en aquel momento vi una espesa columna de humo que se elevaba del búngalo de Abel White, de cuyo tejado empezaban a surgir llamas.

Comprendí que ya no podía hacer nada por mi patrón, y que interviniendo no lograría más que perder yo también la vida. Desde donde me encontraba podía ver cientos de aquellos demonios morenos, todavía vestidos con sus casacas rojas, bailando y aullando en torno a la casa en llamas. Algunos señalaron hacia mí y un par de balas pasaron silbando junto a mi cabeza; así que emprendí la huida a través de los arrozales y aquella misma noche me puse a salvo dentro de los muros de Agra.

Sin embargo, pronto quedó claro que allí tampoco se estaba muy seguro. El país entero estaba revuelto como un enjambre de abejas. Allí donde los ingleses conseguían reunirse en pequeños grupos, podían mantener el terreno justo hasta donde alcanzaban sus fusiles. En todos los demás sitios eran fugitivos indefensos. Fue una lucha de millones contra centenares; y lo más sangrante del asunto era que aquellos hombres contra los que luchábamos, infantería, caballería y artillería, eran nuestras propias tropas selectas, soldados a los que habíamos enseñado y preparado nosotros, que manejaban nuestras propias armas y utilizaban nuestros propios toques de corneta. En Agra estaban el Tercero de Fusileros Bengalíes, algunos sikhs, dos compañías de caballería y una batería de artillería. Se había formado también un cuerpo voluntario de empleados y comerciantes, y a él me incorporé con mi pata de palo y todo. A principios de julio hicimos una salida para enfrentarnos con los rebeldes en Shahgunge, y los hicimos retroceder por algún tiempo, pero se nos acabó la pólvora y tuvimos que volver a refugiarnos en la ciudad.

De todas partes nos llegaban las peores noticias, lo cual no es de extrañar, porque si miran ustedes el mapa verán que nos encontrábamos en el corazón mismo del conflicto. Lucknow está a poco más de cien millas al Este, y Kanpur aproximadamente a la misma distancia por el Sur. En cualquier dirección de la brújula no había más que torturas, matanzas y atrocidades. Agra es una gran ciudad, en la que proliferan toda clase de fanáticos y feroces adoradores del demonio. Nuestro puñado de hombres habría estado perdido en sus estrechas y tortuosas calles. Así pues, nuestro jefe decidió cruzar el río y tomar posiciones en el viejo fuerte de Agra. No sé si alguno de ustedes, caballeros, habrá leído u oído algo acerca de aquel viejo fuerte. Es un sitio muy extraño..., el más extraño que he visto, y eso que he estado en rincones de los más raros. En primer lugar, tiene un tamaño enorme. Yo creo que el recinto debe abarcar varias hectáreas. Hay una parte moderna, donde se instaló toda la guarnición, las mujeres, los niños, las provisiones y todo lo demás, y aún sobraba cantidad de sitio. Pero la parte moderna no es nada, comparada con el tamaño de la parte vieja, donde no iba nadie, y que había quedado abandonada a los escorpiones y los cienpiés. Está toda llena de grandes salas vacías, pasadizos tortuosos y largos pasillos que tuercen a un lado y a otro, de manera que es bastante fácil perderse allí. Por está razón, casi nunca se metía nadie por aquella parte, aunque de vez en cuando se enviaba un grupo con antorchas a explorar.

El río pasa por la parte de delante del viejo fuerte, que así queda protegida, pero por los lados y por detrás hay muchas puertas y, naturalmente, había que vigilarlas, tanto en la parte vieja como en la que ocupaban nuestras tropas.

Andábamos escasos de personal y apenas disponíamos de hombres suficientes para controlar las esquinas del edificio y atender los cañones. Así pues, nos resultaba imposible montar una fuerte guardia en cada una de las innumerables puertas. Lo que hicimos fue organizar un cuerpo de guardia central en medio del fuerte y dejar cada puerta a cargo de un hombre blanco y dos o tres nativos. A mí me escogieron para vigilar durante ciertas horas de la noche una puertecilla aislada, en la fachada sudoeste del edificio. Pusieron bajo mi mando a dos soldados sikhs y se me ordenó que si ocurría algo disparase mi mosquete, asegurándome que inmediatamente llegaría ayuda desde el cuerpo de guardia central. Pero como el cuerpo de guardia se encontraba a sus buenos doscientos pasos de distancia, y el espacio intermedio estaba formado por un laberinto de pasadizos y corredores, yo tenía grandes dudas de que la ayuda pudiera llegar a tiempo en caso de un verdadero ataque.

La verdad es que yo me sentía bastante orgulloso de que me hubieran confiado aquella pequeña posición de mando, siendo como era un recluta sin experiencia, y encima cojo. Durante dos noches monté guardia con mis punjabíes. Eran unos tipos altos y de aspecto feroz, llamados Mahomet Singh y Abdullah Khan, ambos veteranos combatientes que habían empuñado las armas contra nosotros en Chilian Wallah. Hablaban inglés bastante bien, pero yo apenas pude arrancarles unas pocas palabras. Preferían quedarse juntos y charlar toda la noche en su extraña jerga sikh. Yo solía situarme fuera de la puerta, contemplando el ancho y ondulante río y el centelleo de las luces de la gran ciudad. El redoblar de los tambores, el batir de los timbales y los gritos y alaridos de los rebeldes, ebrios de opio y de bhang, bastaban para que nos acordáramos durante toda la noche de los peligrosos vecinos que teníamos al otro lado del río. Cada dos horas, el oficial de noche recorría todos los puestos de guardia para asegurarse de que todo iba bien.

La tercera noche de mi guardia era oscura y tenebrosa, con una fina y pertinaz llovizna. Era un verdadero fastidio permanecer hora tras hora en la puerta con aquel tiempo. Intenté una y otra vez hacer hablar a mis sikhs, pero sin mucho éxito. A las dos de la madrugada pasó la ronda, rompiendo por un momento la monotonía de la noche. Viendo que resultaba imposible entablar conversación con mis compañeros, saqué mi pipa y dejé a un lado el mosquete para encender una cerilla. Al instante, los dos sikhs cayeron sobre mí. Uno de ellos se apoderó de mi fusil y me apuntó con él a la cabeza, mientras el otro me aplicaba un enorme cuchillo a la garganta y juraba entre dientes que me lo clavaría si me movía un paso.

Lo primero que pensé fue que aquellos hombres estaban confabulados con los rebeldes y que aquello era el comienzo de un asalto. Si nuestra puerta caía en manos de los cipayos, todo el fuerte caería, y las mujeres y niños recibirían el mismo tratamiento que en Kanpur. Es posible que ustedes, caballeros, crean que pretendo darme importancia, pero les doy mi palabra de que cuando pensé aquello, a pesar de sentir en mi garganta la punta del cuchillo, abrí la boca con la intención de dar un grito, aunque fuera el último de mi vida, para alertar a la guardia principal. El hombre que me sujetaba pareció leer mis pensamientos, porque cuando yo tomaba aliento susurró: «No hagas ningún ruido. El fuerte está seguro. No hay perros rebeldes a este lado del río.» Se notaba en su voz que decía la verdad, y supe que si levantaba la voz era hombre muerto. Podía leerlo en los ojos castaños de aquel hombre. Así que aguardé en silencio, hasta enterarme de lo que querían de mí.

––Escúchame, sahib––dijo el más alto y feroz de los dos, al que llamaban Abdullah Khan––. O te pones de nuestra parte ahora mismo o tendremos que hacerte callar para siempre. El riesgo que corremos es demasiado grande para que vacilemos. O te unes a nosotros en cuerpo y alma, jurando sobre la cruz de los cristianos, o esta noche tu cuerpo irá a parar al foso y nosotros nos pasaremos a nuestros hermanos del ejército rebelde. No hay término medio.

¿Qué eliges, la vida o la muerte? Sólo podemos darte tres minutos para decidir, porque el tiempo corre y todo tiene que hacerse antes de que vuelva a pasar la ronda.

––¿Cómo puedo decidir? ––dije––. No me habéis explicado lo que queréis de mí. Pero os aseguro desde ahora que si es algo contra la seguridad del fuerte, no quiero saber nada del asunto y podéis clavarme el cuchillo en cuanto queráis.

––No se trata de nada contra el fuerte ––dijo él––. Sólo te pedimos que hagas lo que todos tus compatriotas vienen a hacer a esta tierra. Te proponemos que te hagas rico. Si te unes a nosotros esta noche, te juramos sobre este cuchillo desenvainado, y con el triple juramento que ningún sikh ha roto jamás, que tendrás tu parte equitativa del botín. Una cuarta parte del tesoro será tuya. No podemos hacer una oferta más justa.

––Pero ¿de qué tesoro me hablas? ––pregunté––. Estoy tan dispuesto a hacerme rico como podáis estarlo vosotros, pero tenéis que decirme cómo vamos a lograrlo.

––Entonces, ¿estás dispuesto a jurar por los huesos de tu padre, por el honor de tu madre, por la cruz de tu religión, que no levantarás la mano ni dirás una palabra contra nosotros, ni ahora ni después?

––Lo juraré ––dije––, siempre que el fuerte no corra peligro.

––En tal caso, mi compañero y yo juraremos que tendrás una cuarta parte del tesoro, que dividiremos a partes iguales entre nosotros cuatro.

––No somos más que tres ––dije yo.

––No. Dost Akbar debe recibir su parte. Te contaremos la historia mientras lo esperamos. Quédate en la puerta, Mahomet Singh, y avisa cuando lleguen. El asunto es el siguiente, sahib, y te lo cuento porque sé que los feringhees se sienten obligados por sus juramentos y que podemos confiar en ti. Si fueras un embustero hindú, aunque hubieras jurado por todos los dioses de sus falsos templos, tu sangre habría corrido por mi cuchillo y tu cuerpo estaría ya en el agua. Pero los sikhs conocemos a los ingleses y los ingleses conocen a los sikhs. Escucha, pues, lo que voy a decirte.

En las provincias del Norte hay un rajá que posee muchas riquezas, aunque sus tierras son pequeñas. Gran parte la heredó de su padre, y mucho más lo reunió él mismo, porque es un hombre de carácter ruin, más propenso a acaparar oro que a gastarlo. Cuando estalló la revuelta, quiso estar a bien con el león y con el tigre, con los cipayos y con el gobierno de la Compañía. Sin embargo, poco después empezó a creer que se acercaba el fin de los hombres blancos, porque las noticias que le llegaban de todas partes no hablaban más que de su muerte y su derrota. Aun así, como era hombre precavido, trazó sus planes de manera que, pasara lo que pasara, le quedara al menos la mitad de su tesoro. Todo el oro y la plata los guardó consigo en las bóvedas de su palacio; pero las piedras más preciosas y las perlas más perfectas que poseía las metió en un cofre de hierro y se las confió a un sirviente de confianza, para que éste, disfrazado de mercader, las trajera a la fortaleza de Agra, donde estarían a salvo hasta que vuelva a haber paz. Así, si triunfan los rebeldes, él conservará su dinero; pero si vence la Compañía, salvará sus joyas. Después de dividir así su tesoro, se sumó a la causa de los cipayos, porque éstos eran los más fuertes en torno a sus fronteras. Fíjate, sahib, en que al hacer esto, su propiedad se convierte en botín legítimo de los que se han mantenido leales. Este falso mercader, que viaja bajo el nombre de Achmet, se encuentra ahora en la ciudad de Agra y pretende entrar en el fuerte. Lleva como compañero de viaje a mi hermano de leche, Dost Akbar, que conoce su secreto. Dost Akbar le ha prometido guiarle esta noche a una puerta lateral del fuerte, y ha elegido ésta para sus propósitos. Está a punto de llegar, y aquí nos encontrará a Mahomet Singh y a mí aguardándolo. Es un lugar solitario y nadie se enterará de su llegada. El mundo no volverá a saber del mercader Achmet, pero el gran tesoro del rajá se dividirá entre nosotros.

¿Qué dices a eso, sahib?

En Worcestershire, la vida de un hombre parece algo importante y sagrado; pero la cosa es muy diferente cuando estás rodeado de fuego y sangre y te has acostumbrado a tropezar con la muerte en cada esquina. Que Achmet el mercader viviera o muriera me tenía completamente sin cuidado, pero al oír hablar del tesoro se me había animado el corazón y pensé en lo que podría hacer con él en mi tierra, en la cara que pondría mi familia al ver que el vástago inútil regresaba con los bolsillos repletos de monedas de oro. Así que ya había tomado mi decisión. Sin embargo, Abdullah Khan, creyendo que aún vacilaba, insistió todavía un poco más.

––Ten en cuenta, sahib ––dijo––, que si este hombre cae en manos del comandante, éste le hará ahorcar o fusilar, y sus joyas pasarán a poder del Gobierno, sin que nadie salga ganando ni una rupia. Pues bien, si lo atrapamos nosotros, ¿por qué no íbamos a hacer también lo demás? Las joyas estarán igual de bien con nosotros que en las arcas de la Compañía. Hay suficiente para convertirnos a los cuatro en hombres ricos y poderosos. Nadie sabrá nada del asunto, porque estamos aislados de todos. ¿Puede haber una oportunidad mejor? Así pues, sahib, dime otra vez si estás con nosotros o si debemos considerarte como un enemigo.

––Estoy con vosotros en cuerpo y alma ––dije.

––Está bien ––respondió él, devolviéndome mi fusil––. Ya ves que nos fiamos de ti, porque creemos que, igual que nosotros, no faltarás a tu palabra. Ahora sólo tenemos que esperar a que lleguen mi hermano y el mercader.

––¿Sabe tu hermano lo que vais a hacer? ––pregunté.

––El plan es suyo. Él lo ha ideado. Vamos a la puerta a montar guardia junto a Mahomet Singh.

La lluvia seguía cayendo insistentemente, porque nos encontrábamos al comienzo de la estación lluviosa. Densas y oscuras nubes cruzaban por el cielo y resultaba difícil ver más allá de un tiro de piedra. Delante de nuestra puerta se abría un profundo foso, pero estaba casi seco por algunos lugares y era fácil cruzarlo. Me parecía extraño encontrarme allí con aquellos dos feroces punjabíes, aguardando a un hombre que se encaminaba hacia la muerte.

De pronto, mis ojos captaron el brillo de una linterna sorda al otro lado del foso. Desapareció entre los montículos de tierra y volvió a aparecer, acercándose despacio a nuestra posición.

––¡Ahí están!––exclamé.

––Tú les darás el alto, sahib, como de costumbre ––susurró Abdullah––. Que no sospeche nada. Envíalo adentro con nosotros y nosotros haremos el resto mientras tú te quedas aquí de guardia. Ten preparada la linterna, para estar seguros de que es nuestro hombre.

La vacilante luz continuaba acercándose, deteniéndose unas veces y avanzando otras, hasta que pude distinguir dos figuras oscuras al otro lado del foso. Las dejé descender por el terraplén, chapotear a través del fango y trepar hasta la mitad del camino a la puerta, y entonces les di el alto.

––¿Quién va? ––dije con voz apagada.

––Somos amigos ––me respondieron. Descubrí mi linterna y proyecté un chorro de luz sobre ellos. El primero era un sikh enorme, con una barba negra que le llegaba casi hasta la faja. No siendo en una feria, jamás he visto un hombre tan alto. El otro era un tipo bajo y gordo, con un gran turbante amarillo, que llevaba en la mano un bulto envuelto en un chal. Parecía estar temblando de miedo, porque retorcía las manos como si tuviera fiebre y giraba constantemente la cabeza a derecha e izquierda, escudriñando con sus ojillos relucientes y parpadeantes, como un ratón al aventurarse fuera de su madriguera. Me daba escalofríos pensar en matarlo, pero entonces me acordé del tesoro y el corazón se me volvió duro como el pedernal. Al ver mi rostro blanco, soltó un pequeño gorjeo de alegría y vino corriendo hacia mí.

––Protégeme, sahib ––gimió––. Protege al desdichado mercader Achmet. He atravesado toda Rajputana en busca de la seguridad del fuerte de Agra. Me han robado, golpeado e insultado por haber sido amigo de la Compañía. Bendita sea esta noche, en la que vuelvo a estar a salvo... yo y mis humildes pertenencias.

––¿Qué llevas en ese paquete? ––pregunté.

––Una caja de hierro ––respondió––, que contiene uno o dos recuerdos de familia, que no tienen ningún valor para otros, pero que lamentaría perder. Sin embargo, no soy un mendigo, y le recompensaré, joven sahib, y también a su gobernador, si me da la protección que le pido.

Se me hizo imposible seguir hablando con aquel hombre. Cuanto más miraba su rostro gordo y asustado, más difícil me resultaba pensar que íbamos a matarlo a sangre fría. Lo mejor era acabar de una vez.

––Llevadlo a la guardia principal ––dije.

Los dos sikhs se situaron a sus lados y el gigante detrás, y así emprendieron la marcha a través del oscuro pasillo de entrada. jamás hombre alguno caminó tan cercado por la muerte. Yo me quedé en la puerta con la linterna.

Oí el ruido acompasado de sus pasos avanzando por los solitarios pasillos. De pronto, se detuvieron y oí voces, un forcejeo y algunos golpes. Un instante después, oí con espanto pasos precipitados que venían en mi dirección y la respiración jadeante de un hombre que corría. Dirigí mi linterna hacia el largo y recto pasillo, y vi que por él venía el hombre gordo, corriendo como el viento, con una mancha de sangre cruzándole la cara; pisándole los talones y saltando como un tigre, venía el enorme sikh de la barba negra, con un cuchillo lanzando destellos en su mano. jamás he visto un hombre que corriera tan rápido como aquel pequeño mercader. Iba sacándole ventaja al sikh y me di cuenta de que si pasaba por donde yo estaba y lograba salir al aire libre, todavía podría salvarse. Mi corazón empezó a ablandarse, pero, una vez más, pensar en el tesoro me volvió duro y despiadado. Cuando pasaba corriendo junto a mí, le metí mi fusil entre las piernas y cayó dando un par de vueltas, como un conejo alcanzado por un disparo.

Antes de que pudiera incorporarse, el sikh cayó sobre él y le hundió el puñal dos veces en el costado. El hombre no soltó ni un gemido, ni movió un solo músculo, quedando tendido donde había caído. Yo creo que se había roto el cuello al caer. Ya ven, caballeros, que cumplo mi promesa: les estoy contando la historia al detalle, exactamente tal como sucedió, tanto si me avorece como si no.

Small dejó de hablar y extendió las manos esposadas para coger el whisky con agua que Holmes le había preparado. Confieso que, a estas alturas, aquel hombre me inspiraba el horror más absoluto, no sólo por el crimen a sangre fría en el que había participado, sino, sobre todo, por la manera indiferente y hasta jactanciosa en que lo había narrado. Fuera cual fuera el castigo que le aguardaba, que no esperara ninguna simpatía por mi parte. Sherlock Holmes y Jones permanecían sentados con las manos sobre las rodillas, profundamente interesados por la historia, pero con la misma expresión de repugnancia en sus caras. Es posible que Small se diera cuenta, porque cuando prosiguió su relato había un toque de desafío en su voz y su actitud.

Aquello estuvo muy mal, no cabe duda ––dijo––. Pero me gustaría saber cuántos hombres, estando en mi situación, habrían rechazado una parte del botín, sabiendo que la alternativa era dejarse cortar el cuello. Además, una vez que hubo entrado en el fuerte, era su vida o la mía. Si hubiera escapado, todo el asunto habría salido a la luz, y me habrían juzgado en consejo de guerra y, seguramente, fusilado. En momentos como aquellos, la gente no suele ser muy indulgente.

––Continúe su relato ––dijo Holmes, tajante.

––Bueno, pues entre Abdullah, Akbar y yo cargamos con él. Y vaya si pesaba, a pesar de lo bajo que era. Mahomet Singh se quedó de guardia en la puerta. Lo llevamos a un lugar que los sikhs ya tenían preparado. Quedaba algo lejos, en un pasillo tortuoso que llevaba a una gran sala vacía, y cuyas paredes de ladrillo se estaban cayendo a pedazos. En un punto, el suelo de tierra se había hundido, formando una tumba natural, y allí dejamos a Achmet el mercader, después de cubrir su cuerpo con ladrillos sueltos. Una vez hecho esto, fuimos todos por el tesoro.

Estaba donde Achmet lo había dejado caer al sufrir el primer ataque. La caja era esa misma que tienen abierta sobre la mesa. Del asa tallada que tiene arriba colgaba una llave atada con un cordel de seda. La abrimos, y la luz de la linterna hizo brillar una colección de joyas como las que aparecían en los cuentos que me hacían soñar de niño en Pershore. Se quedaba uno totalmente deslumbrado al mirarlas. Cuando nos saciamos de contemplarlas, las sacamos todas e hicimos una lista. Había ciento cuarenta y tres diamantes de primera calidad, entre ellos uno que creo que llamaban «El Gran Mogol» y que dicen que es el segundo más grande del mundo. Había, además, noventa y siete esmeraldas preciosísimas y ciento setenta rubíes, aunque algunos eran pequeños. También había cuarenta carbunclos, doscientos diez zafiros, sesenta y una ágatas y gran cantidad de berilos, ónices, ojos de gato, turquesas y otras piedras cuyos nombres yo no conocía entonces, aunque los aprendí más tarde. Además de todo esto, había aproximadamente trescientas perlas bellísimas, doce de ellas montadas en una diadema de oro. Por cierto, estas últimas ya no estaban en el cofre cuando lo recuperé; alguien las había sacado. Después de contar nuestros tesoros, los volvimos a meter en el cofre y los llevamos a la puerta para que los viera Mahomet Singh. Luego renovamos solemnemente nuestro juramento de apoyarnos unos a otros y guardar el secreto. Acordamos esconder el botín en un lugar seguro hasta que el país volviera a estar en paz, y entonces dividirlo entre nosotros a partes iguales. No tenía sentido repartirlo en aquel momento, porque si nos encontraban encima joyas de tanto valor se despertarían sospechas, y en el fuerte no había intimidad ni existía lugar alguno donde poder guardarlas. Así pues, llevamos la caja a la misma sala donde habíamos enterrado el cadáver y allí, debajo de unos ladrillos de la pared mejor conservada, abrimos un hueco y metimos en él nuestro tesoro. Tomamos buena nota del lugar, y al día siguiente yo dibujé cuatro planos, uno para cada uno de nosotros, y al pie de cada plano puse el signo de nosotros cuatro, porque habíamos jurado que cada uno defendería siempre los intereses de los demás, de manera que ninguno saliera más favorecido. Y puedo asegurar, con la mano sobre el corazón, que jamás he quebrantado aquel juramento.

Bueno, caballeros, no hace falta que les cuente como concluyó la rebelión india. Cuando Wilson tomó Delhi y Sir Colin liberó Lucknow, se rompió la columna vertebral del asunto. Llegaron nuevas tropas a montones y Nana Sahib se esfumó por la frontera. Una columna volante, mandada por el coronel Greathed, avanzó sobre Agra y puso en fuga a los pandies. Parecía que se iba restableciendo la paz en el país, y nosotros cuatro empezábamos a confiar en que se acercaba el momento de poder largarnos sin problemas con nuestra parte del botín. Pero nuestras esperanzas se hicieron pedazos en un momento, al vernos detenidos por el asesinato de Achmet.

La cosa sucedió así: cuando el rajá puso sus joyas en manos de Achmet, lo hizo porque sabía que éste era digno de confianza. Sin embargo, esos orientales son gente muy recelosa. ¿Qué creen que hizo el rajá? Pues recurrir a un segundo sirviente, todavía más leal, y ponerlo a espiar al primero. A este segundo hombre se le ordenó que no perdiera nunca de vista a Achmet y que lo siguiera como si fuese su sombra. Aquella noche lo había seguido y lo había visto entrar por la puerta. Como es natural, pensó que se había refugiado en el fuerte, y al día siguiente también él solicitó ser admitido, pero no pudo encontrar ni rastro de Achmet. Esto le pareció tan extraño que habló del asunto con un sargento de exploradores, el cual lo puso en conocimiento del comandante. Inmediatamente se procedió a un registro minucioso y se descubrió el cadáver. Y de este modo, justo cuando creíamos estar a salvo, los cuatro fuimos detenidos y llevados ajuicio por asesinato: tres de nosotros por haber estado de guardia en la puerta aquella noche, y el cuarto porque se sabía que había acompañado a la víctima. Durante el juicio no se dijo ni una palabra acerca de las joyas, porque el rajá había sido derrocado y desterrado de la India, así que nadie tenía un interés particular por ellas. Sin embargo, lo del asesinato quedó perfectamente demostrado, y estaba claro que los cuatro teníamos que haber participado en él. A los tres sikhs les cayeron trabajos forzados a perpetuidad, y a mí me condenaron a muerte, aunque más adelante me conmutaron la sentencia por la misma que a los demás.

Nos encontrábamos, pues, en una situación bastante curiosa. Allí estábamos los cuatro, con una cadena al tobillo y poquísimas probabilidades de salir alguna vez en libertad, a pesar de que cada uno de nosotros conocía un secreto que le habría permitido vivir en un palacio, si hubiera podido aprovecharlo. Era como para volverse loco de rabia, tener que aguantar las patadas y los puñetazos de todos aquellos fantasmones, tener que alimentarnos de arroz y agua, cuando fuera teníamos aquella fastuosa fortuna, aguardando que la recogiéramos. Aquello podría haberme vuelto loco, pero siempre fui bastante tozudo, así que aguanté y esperé a que llegara mi momento.

Y por fin me pareció que el momento había llegado. Me trasladaron desde Agra a Madrás, y de allí a la isla de Blair, en las Andamán. En aquella prisión hay muy pocos presos blancos y, como yo me porté bien desde el principio, no tardé en convertirme en una especie de privilegiado. Se me asignó una cabaña en Hope Town, que es un poblado pequeño en la ladera del monte Harriet, y me dejaron prácticamente a mi aire. Es un lugar horrible e infecto, y todo él, excepto los pequeños claros donde vivíamos, está plagado de salvajes caníbales, siempre dispuestos a dispararnos un dardo envenenado si les dábamos ocasión. Teníamos que cavar, abrir zanjas, plantar ñame y otra docena de actividades, de manera que nos manteníamos bastante ocupados todo el día; pero por la noche disponíamos de algo de tiempo libre. Entre otras cosas, aprendí a preparar y administrar medicinas para ayudar al médico, y adquirí ligeras nociones de su ciencia. Me mantenía en constante alerta por si surgía una oportunidad de escapar; pero aquello está a cientos de millas de la tierra más próxima y en aquellos mares apenas sopla el viento, de modo que la fuga resultaba terriblemente difícil.

Nuestro médico, el doctor Somerton, era un joven vividor y aficionado al juego, y los demás funcionarios jóvenes se reunían por la noche en sus habitaciones para jugar a las cartas. La enfermería, donde yo solía preparar las medicinas, estaba al lado de su cuarto de estar, y había una ventanita que comunicaba las dos habitaciones. Muchas noches, cuando me sentía solo, apagaba la lámpara de la enfermería y me quedaba allí, escuchando lo que decían y viéndolos jugar. A mí también me gustan las partidas de cartas, y mirarlos era casi tan entretenido como jugar uno mismo. Además del médico, allí iban el mayor Sholto, el capitán Morstan y el teniente Bromley Brown, que estaban al mando de las tropas nativas, y también dos o tres funcionarios de prisiones, unos viejos zorros que jugaban un juego fino, astuto y seguro.

Formaban una cuadrilla muy apañadita.

Pues bien, pasaba una cosa que en seguida me llamó la atención, y era que los militares solían perder siempre y los civiles ganaban. Mire que no estoy diciendo que hicieran trampas, pero lo cierto es que ganaban. Aquellos funcionarios de prisiones apenas habían hecho otra cosa que jugar a las cartas desde que llegaron a las Andamán, y conocían al dedillo el juego de los demás, mientras que los militares jugaban sólo para pasar el rato y manejaban las cartas de cualquier manera. Noche tras noche, los militares se iban empobreciendo, y cuanto más perdían, más ansiosos estaban por jugar.

Al que peor le iba era al mayor Sholto. Al principio, solía pagar en billetes y monedas de oro, pero pronto empezó a firmar pagarés, y por grandes sumas. A veces ganaba unas cuantas manos, lo suficiente para cobrar ánimos, y entonces la suerte se volvía contra él, peor que nunca. Se pasaba el día andando de un lado a otro con un humor de perros, y empezó a beber mucho más de lo que le convenía.

Una noche, perdió aun más de lo habitual. Yo estaba sentado en mi cabaña cuando él y el capitán Morstan pasaron tambaleándose, camino de sus aposentos. Los dos eran amigos íntimos y no se separaban nunca. El mayor iba rabiando por sus pérdidas.

––Esto se acabó, Morstan ––iba diciendo al pasar ante mi cabaña––. Tendré que enviar mi dimisión. Estoy en la ruina.

––¡Tonterías, amigo mío! ––dijo el otro, palmeándole la espalda––. A mí también me ha ido mal, pero...

Eso fue todo lo que oí, pero fue suficiente para ponerme a pensar.

Un par de días después, el mayor Sholto fue a dar un paseo por la playa y aproveché la oportunidad para hablar con él.

––Me gustaría pedirle un consejo, señor ––dije.

––Bien, Small, ¿de qué se trata? ––preguntó, sacándose el puro de la boca.

––Quería preguntarle, señor, cuál sería la persona más indicada para hacerle entrega de un tesoro escondido. Yo sé dónde hay un botín que vale medio millón de libras y, como yo no puedo aprovecharlo, he pensado que tal vez lo mejor sería entregárselo a las autoridades competentes, y de ese modo es posible que me redujeran la condena.

––¿Medio millón, Small? jadeó, mirándome con fijeza para asegurarse de que hablaba en serio.

––Eso mismo, señor. En joyas y perlas. Está a disposición de quien vaya a cogerlo. Y lo más curioso del caso es que el auténtico propietario está fuera de la ley y no puede reclamar sus propiedades, de manera que pertenece al primero que llegue.

––Pertenece al Gobierno, Small, al Gobierno ––balbuceó. Pero lo dijo sin demasiada convicción y yo supe en el fondo de mi corazón que lo tenía atrapado.

––Entonces, señor, ¿cree que debería dar la información al gobernador general? ––pregunté muy tranquilo.

––Bueno, no debe usted precipitarse, porque luego podría arrepentirse. Cuéntemelo todo, Small. Deme más detalles.

Le conté toda la historia, con ligeras alteraciones para que no pudiera identificar los lugares. Cuando terminé mi relato, se quedó completamente inmóvil, pensando intensamente. Por el modo en que le temblaba el labio, me di perfecta cuenta de que en su interior se libraba una lucha. ––Éste es un asunto muy importante, Small ––dijo por fin––. Lo mejor es que no le diga una palabra a nadie. Pronto volveremos a hablar.

Dos noches después, el mayor vino a mi cabaña en mitad de la noche, alumbrándose con una linterna y acompañado por su amigo, el capitán Morstan.

––Small, quiero que el capitán Morstan oiga esa historia de sus propios labios ––dijo. Yo la repetí tal como la había contado la vez anterior.

––Suena a auténtico, ¿verdad? ––dijo––. Parece lo bastante bueno como para hacer algo al respecto.

El capitán Morstan asintió.

––Mire usted, Small ––dijo el mayor––. Mi amigo y yo hemos estado hablando del asunto y hemos llegado a la conclusión de que, a fin de cuentas, ese secreto suyo no puede considerarse competencia del Gobierno, sino que es un asunto privado; y usted, desde luego, tiene derecho a disponer de él como mejor le parezca. Ahora, la pregunta es: ¿qué precio pediría usted? Si nos pusiéramos de acuerdo en las condiciones, podría interesarnos hacernos cargo del asunto o, al menos, tomarlo en consideración.

Procuraba hablar en tono frío y despreocupado, pero le brillaban los ojos de excitación y codicia.

––En cuanto a eso, caballeros ––respondí, procurando también mostrarme frío, pero sintiéndome tan excitado como él––, sólo hay un trato que pueda hacer un hombre en mi situación. Quiero que ustedes me ayuden a conseguir la libertad, y que hagan lo mismo con mis tres compañeros. Entonces los aceptaremos en la sociedad y les daremos una quinta parte para que se la repartan entre ustedes.

––¡Hum! ––dijo él––. ¡Una quinta parte! Eso no es muy tentador.

––Vendrían a ser unas cincuenta mil libras por cabeza ––dije yo.

––Pero ¿cómo vamos a conseguirle la libertad? Sabe muy bien que pide un imposible.

––Nada de eso ––respondí––. Lo tengo todo pensado hasta el último detalle. El único impedimento para la fuga es que no podemos conseguir una embarcación adecuada para el viaje, ni provisiones que nos duren tanto tiempo. Pero en Calcuta o en Madrás hay montones de yates y quichés pequeños que nos servirían perfectamente. Nosotros subiremos a bordó por la noche, y si ustedes nos dejan en cualquier parte de la costa india, habrán cumplido su parte del trato.

––Si se tratara sólo de una persona... ––dijo.

––O todos o ninguno ––respondí––. Lo hemos jurado. Tenemos que ir siempre los cuatro juntos.

––Ya lo ve, Morstan ––dijo el mayor––. Small es un hombre de palabra. No abandona a sus amigos. Creo que podemos fiarnos de él.

––Es un negocio sucio ––respondió el otro––. Pero, como tú dices, ese dinero nos sacaría a flote perfectamente.

––Muy bien, Small ––dijo el mayor––, supongo que tendremos que aceptar sus condiciones. Pero, como es natural, antes tendremos que comprobar la veracidad de su historia. Dígame dónde está escondida la caja y yo solicitaré un permiso e iré a la India en el barco mensual de suministros, para investigar el asunto.

––No tan deprisa ––dije yo, que me iba enfriando a medida que él se acaloraba––. Tengo que obtener el visto bueno de mis tres camaradas. Ya le digo que tenemos que ser los cuatro o ninguno.

––¡Tonterías! ––estalló––. ¿Qué pintan esos tres negros en nuestro trato?

––Negros o azules ––dije yo––, están conmigo en esto y vamos todos juntos.

Pues bien, el trato se cerró en una segunda reunión, a la que asistieron Mahomet Singh, Abdullah Khan y Dost Akbar. Volvimos a discutir el asunto y al final nos pusimos de acuerdo. Nosotros proporcionaríamos a los dos oficiales sendos planos de aquella parte del fuerte de Agra, marcando el lugar en el que estaba escondido el tesoro. El mayor Sholto iría a la India a verificar nuestra historia. Si encontraba el cofre, debía dejarlo donde estaba, enviar un pequeño yate pertrechado para el viaje, con instrucciones de atracar frente a la isla de Rutland (ya nos las arreglaríamos nosotros para llegar allá), y por último, regresar a su puesto. A continuación, el capitán Morstan solicitaría un permiso, iría a reunirse con nosotros en Agra y allí repartiríamos por fin el tesoro. El capitán se llevaría su parte y la del mayor.

Todo esto lo sellamos con los juramentos más solemnes que la mente pueda concebir y los labios pronunciar. Me pasé toda la noche dándole a la pluma, y por la mañana tenía terminados los dos planos, firmados con el signo de los cuatro: es decir, Abdullah, Akbar, Mahomet y yo.

Bien, caballeros, los estoy aburriendo con mi larga historia y sé que mi amigo el señor Jones está impaciente por dejarme bien guardado en la jaula. Seré lo más breve que pueda. Aquel canalla de Sholto marchó a la India, pero ya no regresó jamás. Muy poco tiempo después, el capitán Morstan me enseñó su nombre en una lista de pasajeros de un buque correo. Había muerto un tío suyo, dejándole en herencia una fortuna, y él había abandonado el ejército. Sin embargo, aquello no le impidió rebajarse hasta el punto de traicionar a cinco hombres como lo hizo con nosotros. Poco después, Morstan fue a Agra y, tal como esperábamos, descubrió que el tesoro había volado. Aquella sabandija lo había robado todo, sin cumplir ninguna de las condiciones bajo las que le habíamos confiado el secreto.

Desde aquel día, viví sólo para la venganza. Pensaba en ella de día y me recreaba en ella por la noche. Se convirtió en una pasión absorbente que me dominó por completo. No me importaba nada la ley, ni me asustaba la horca. Escapar, seguirle la pista a Sholto, echarle la mano al cuello... aquellos eran mis únicos pensamientos. Incluso el tesoro de Agra se había convertido para mí en algo secundario, comparado con matar á Sholto.

Pues bien, en esta vida yo me he propuesto muchas cosas, y jamás hubo una que dejara de hacer. Pero pasaron largos años hasta que llegó mi momento.

Ya les he dicho que había aprendido algo de medicina. Un día, cuando el doctor Somerton estaba en cama con fiebre, un grupo de presos recogió en el bosque a uno de aquellos pequeños nativos de las Andamán. Estaba mortalmente enfermo y había buscado un lugar solitario para morir. Me hice cargo de él, aunque era tan venenoso como una cría de serpiente, y al cabo de un par de meses lo tuve curado y capaz de andar. A partir de entonces, me cogió cariño y se quedó siempre rondando alrededor de mi cabaña, sin regresar casi nunca a su bosque. Aprendí de él un poco de su idioma, y esto hizo que se encariñara aún más conmigo.

Tonga, que así se llamaba, era un hábil piragüista y poseía una canoa grande y espaciosa. Cuando comprendí que sentía devoción por mí y que haría cualquier cosa por ayudarme, vi la oportunidad de fugarme. Hablé con él del asunto. Le dije que llevara su canoa cierta noche a un viejo embarcadero que nunca estaba vigilado y que me recogiera allí. Le indiqué además que llevara varias calabazas de agua y un buen montón de ñames, cocos y batatas.

¡Qué firme y leal era el pequeño Tonga! Nadie tuvo jamás un camarada más fiel. La noche convenida, llevó su bote al embarcadero. Pero dio la casualidad de que allí se encontraba uno de los guardias del presidio, un asqueroso afgano que jamás había dejado pasar una ocasión de insultarme y humillarme. Yo había jurado vengarme de él, y ahora tenía la oportunidad.

Era como si el destino lo hubiera puesto en mi camino para que saldara cuentas con él antes de abandonar la isla. Estaba de pie a la orilla del agua, de espaldas a mí, con la carabina al hombro. Busqué una piedra con la que aplastarle los sesos, pero no encontré ninguna.

Entonces se me ocurrió una idea extraña, y supe dónde podía conseguir un arma. Me senté en la oscuridad y solté las correas de mi pata de palo. Con tres largos saltos a la pata coja, caí sobre él. Se llevó la carabina al hombro, pero yo le golpeé de lleno, hundiéndole toda la parte delantera del cráneo.

Todavía se ve la muesca en la madera, donde pegó el golpe. Los dos caímos al suelo juntos, porque yo no pude mantener el equilibrio, pero cuando me incorporé vi que él se quedaba caído e inmóvil. Salté a la canoa y en menos de una hora estábamos ya bastante mar adentro. Tonga se había llevado todas sus posesiones, sus armas y sus dioses. Entre otras cosas, tenía una larga lanza de bambú y varias esteras de palma de cocotero, con las que construí una especie de vela. Navegamos sin rumbo fijo durante diez días, confiando en la suerte, y al undécimo nos recogió un barco mercante que iba de Singapur a Yidda con un pasaje de peregrinos malayos. Era una gente bastante rara, pero Tonga y yo tardamos muy poco en instalarnos entre ellos. Tenían una buena cualidad: que te dejaban en paz y no hacían preguntas.

En fin, si fuera a contarles todas las aventuras que corrimos mi pequeño camarada y yo, no creo que ustedes me lo agradecieran, porque los entretendría aquí hasta después de salir el sol. Fuimos de un lado a otro, dando tumbos por el mundo, y siempre ocurría algo que nos impedía llegar a Londres. Pero en ningún momento perdí de vista mi objetivo. Por las noches soñaba con Sholto. Lo habré matado en sueños cientos de veces. Pero por fin, hace tres o cuatro años, conseguimos llegar a Inglaterra. No me resultó muy difícil averiguar donde vivía Sholto, y me propuse descubrir si había vendido el tesoro o todavía lo tenía en su poder. Hice amistad con alguien que estaba en condiciones de ayudarme, y no doy nombres, porque no quiero meter en líos a nadie más, y pronto averigüé que aún tenía las joyas. Entonces intenté llegar hasta él de muchas maneras; pero era un tipo astuto, y siempre tenía dos boxeadores protegiéndolo, además de sus hijos y su khitmutgar.

Sin embargo, un día me avisaron de que se estaba muriendo. Corrí inmediatamente a su jardín, enloquecido al pensar que se me iba a escapar de las manos de aquella manera. Miré por la ventana y lo vi tendido en su cama, con uno de sus hijos a cada lado. Estaba dispuesto a entrar y enfrentarme a los tres, pero justo en aquel momento vi que se le desplomaba la mandíbula y comprendí que había muerto. A pesar de todo, aquella misma noche entré en su habitación y registré sus papeles para ver si había dejado alguna constancia de dónde estaban escondidas las joyas. Sin embargo, no encontré nada y tuve que marcharme, frustrado y enfurecido a más no poder. Antes de retirarme, se me ocurrió que si alguna vez volvía a ver a mis amigos sikhs, les agradaría saber que había dejado alguna señal de nuestro odio; así que garabateé el signo de los cuatro, igual que en el plano, y se lo clavé en el pecho con un alfiler. No podíamos permitir que lo llevaran a la tumba sin algún recuerdo de los hombres a los que había robado y engañado.

Por aquella época nos ganábamos la vida exhibiendo al pobre Tonga, en ferias y sitios así, como «el caníbal negro». Comía carne cruda y bailaba su danza de guerra, y al final de la jornada siempre teníamos el sombrero lleno de peniques. Seguía al corriente de todo lo que sucedía en el Pabellón Pondicherry, y durante varios años no hubo novedades, aparte de que continuaban buscando el tesoro. Pero por fin llegó la noticia que tanto tiempo llevaba esperando: habían encontrado el tesoro. Estaba en el piso alto de la casa, en el laboratorio de química del señor Bartholomew Sholto. Me fui para allá de inmediato y eché un vistazo al sitio, pero no vi manera de llegar hasta él con mi pata de palo. Sin embargo, me enteré de que había una trampilla en el tejado y me informé de la hora a la que cenaba el señor Sholto. Me pareció que, con ayuda de Tonga, podía conseguirlo con facilidad. Lo llevé allí y le enrollé a la cintura una cuerda larga. Tonga trepaba como un gato y no tardó en alcanzar el tejado. Pero la mala suerte quiso que Bartholomew Sholto se encontrara aún en su habitación, y eso le costó caro. Tonga pensaba que había hecho algo muy inteligente al matarlo, porque cuando yo llegué arriba trepando por la cuerda, lo encontré pavoneándose, orgulloso como un pavo real. Y qué sorpresa se llevó cuando lo azoté con el cabo de la cuerda y lo maldije, llamándole diablo sediento de sangre. Cogí la caja del tesoro y la descolgué por la ventana. Luego bajé yo, pero antes dejé el signo de los cuatro sobre la mesa, para que se supiera que las joyas habían vuelto por fin a manos de los que más derecho tenían a ellas. Entonces Tonga recogió la cuerda, cerró la ventana y salió por donde había entrado.

Creo que no tengo más que contarles. Había oído a un barquero hablar de lo veloz que era la lancha de Smith, la Aurora, y pensé que nos vendría muy bien para escapar. Me puse de acuerdo con el viejo Smith, y pensaba pagarle una fuerte suma si nos llevaba a salvo a nuestro barco. Supongo que Smith se daba cuenta de que aquí había gato encerrado, pero no sabía nada de nuestro secreto. Esta es toda la verdad, y si se la he contado no ha sido para divertirlos, ya que ustedes me han jugado una mala pasada, sino porque creo que mi mejor defensa consiste en no ocultar nada y dejar que todos sepan lo mal que se portó conmigo el mayor Sholto y lo inocente que soy de la muerte de su hijo.

––Un relato extraordinario ––dijo Sherlock Holmes––. Un cierre apropiado para un caso sumamente interesante. En la última parte de su narración no había nada nuevo para mí, excepto lo de que llevó usted la cuerda. Eso no lo sabía. Por cierto, tenía la esperanza de que Tonga hubiera perdido todos sus dardos, pero se las arregló para dispararnos uno en la lancha.

––Los había perdido todos, excepto el que llevaba montado en la cerbatana.

––Ah, claro ––dijo Holmes––. No se me había ocurrido.

––¿Hay algún otro detalle que deseen preguntarme? ––preguntó el preso en tono afable.

––Creo que no, gracias ––respondió mi compañero.

––Bien, Holmes ––dijo Athelney Jones––. Ya le hemos dado gusto y todos sabemos que es usted un entendido en crímenes; pero el deber es el deber y ya he llegado bastante lejos haciendo lo que usted y su amigo me pidieron.

Estaré más tranquilo cuando haya puesto a buen recaudo a nuestro narrador.

El coche aún espera y tengo dos inspectores abajo. Les estoy muy agradecido por su ayuda. Como es natural, tendrán que asistir al juicio. Buenas noches.

––Buenas noches, caballeros ––dijo Jonathan Small.

––Usted delante, Small ––dijo el prudente Jones al salir de la habitación––. Pienso poner especial cuidado en que no me aporree con su pata de palo, como dice que le hizo a aquel caballero en las islas Andaman.

––Bien, con esto termina nuestro pequeño drama ––comenté, después de que hubiéramos estado un buen rato fumando en silencio––. Me temo que ésta puede ser la última investigación en la que tenga ocasión de estudiar sus métodos. La señorita Morstan me ha hecho el honor de aceptarme como futuro marido.

Holmes dejó escapar un gemido de lamentación.

––Me temía algo así ––dijo––. Y, sinceramente, no puedo felicitarle.

Me sentí un poco ofendido.

––¿Tiene algún motivo para que le desagrade mi elección? ––pregunté.

––No, en absoluto. Opino que es una de las muchachas más encantadoras que he conocido, y podría haber resultado muy útil en un trabajo como el nuestro. Posee verdadero talento para estas cosas. Fíjese en cómo conservó el plano de Agra, seleccionándolo entre todos los demás papeles de su padre.

Pero el amor es una cosa emotiva, y todo lo emotivo es contrario a la razón pura y serena, que yo valoro por encima de todo lo demás. Yo nunca me casaría, porque eso podría condicionar mi buen juicio.

––Confío ––dije, echándome a reír–– en que mi buen juicio logre sobrevivir a esta prueba. Pero le veo fatigado.

––Sí, ya me viene la reacción. Durante la próxima semana estaré más flojo que un trapo.

––Es extraño ––dije–– cómo alternan en usted períodos de lo que en otra persona podríamos llamar vagancia con arranques de energía y vigor deslumbrantes.

––Sí ––respondió––. Llevo dentro de mí materiales para hacer un vago de campeonato y también un tipo de lo más activo. A veces me acuerdo de aquella frase del viejo Goethe: «Schade, dass die Natur nur einen Mensch aus dir schuf,/Denn zum würdigen Mann war und zum Schelmen der Stoff.»

Y por cierto, volviendo al asunto de Norwood, ya ve usted que, como yo sospechaba, tenían un cómplice en la casa, que no puede ser otro que Lal Rao, el mayordomo. Así pues, a Jones le corresponde en exclusiva el honor de haber capturado al menos un pez en su gran redada.

––El reparto me parece tremendamente injusto ––comenté––. Usted ha hecho todo el trabajo en este asunto. Yo he conseguido una esposa, Jones se lleva el mérito... ¿Quiere decirme qué le queda a usted?

––A mí ––dijo Sherlock Holmes–– me queda todavía el frasco de cocaína.

Y levantó su mano blanca y alargada para cogerlo.