El trato de Argel (Versión para imprimir)

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Jornada I
Pág. 001 de 171
El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Interlucutores:
AURELIO
FÁTIMA, criada de Zahara.
ZAHARA, ama de Aurelio.
YZUF, amo de Aurelio.



AURELIO:

   ¡Triste y miserable estado!
¡Triste esclavitud amarga,
donde es la pena tan larga
cuan corto el bien y abreviado!
    ¡Oh purgatorio en la vida,
infierno puesto en el mundo,
mal que no tiene segundo,
estrecho do no hay salida!
    ¡Cifra de cuanto dolor
se reparte en los dolores,
daño que entre los mayores
se ha de tener por mayor!


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    ¡Necesidad increíble,
muerte creíble y palpable,
trato mísero intratable,
mal visible e invisible!
    ¡Toque que nuestra paciencia
descubre si es valerosa;
pobre vida trabajosa,
retrato de penitencia!
    Cállese aquí este tormento,
que, según me es enemigo,
no llegará cuanto digo
a un punto de lo que siento.
    Pondérase mi dolor
con decir, bañado en lloros,
que mi cuerpo está entre moros
y el alma en poder de Amor.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    Del cuerpo y alma es mi pena:
el cuerpo ya veis cual va,
mi alma rendida está
a la amorosa cadena.
    Pensé yo que no tenía
Amor poder entre esclavos,
pero en mí sus recios clavos
muestran más su gallardía.
    ¿Qué buscas en la miseria,
Amor, de gente cautiva?
Déjala que muera o viva
con su pobreza y laceria.
    ¿No ves que el hilo se corta
desa tu amorosa estambre,
aquí con sed o con hambre,
a la larga o a la corta?


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    Mas creo que no has querido
olvidarme en este estrecho,
que has visto sano mi pecho,
aunque tan roto el vestido.
    Desde agora claro entiendo
que el poder que en ti se encierra
abraza el cielo y la tierra,
y más que no comprehendo.
    Una cosa te pidiera,
si en esa tu condición
una sombra de razón
por entre mil sombras viera;
    y es que, pues fuiste la causa
de acabarme y destruirme,
que en el contino herirme
hagas un momento pausa.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    Yo no te pido que salgas
de mi pecho, pues no puedes;
antes, te pido que quedes,
y en este trance me valgas.
    Mira que se me apareja
una muy fiera batalla,
y que no he de atropellalla
si tu consejo me deja.
    Del lugar do me pusiste,
me procuran derribar;
pero, ¿quién podrá bajar
lo que tú una vez subiste?
    Ya viene Zahara y su arenga;
¡ay, enfadosa porfía;
cómo que me falta el día
antes que la noche venga!
    ¡Valedme, Silvia, bien mío,
que, si vos me dais ayuda,
de guerra más ardua y cruda
llevar la palma confío!


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Entra agora ZAHARA, ama de AURELIO, y FÁTIMA, criada de ZAHARA.)
ZAHARA:

   ¡Aurelio!

AURELIO:

Señora mía...

ZAHARA:

Si tú por tal me tuvieras,
a fe que luego hicieras
lo que ruega mi porfía.

AURELIO:

   Lo que tú quieres yo quiero,
porque al fin te soy esclavo.

ZAHARA:

Esas palabras alabo,
mas tus obras vitupero.

AURELIO:

   ¿Cuál ha sido por mí hecha
que en ella no te complaces?


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

Aquellas que no me haces
me tienen mal satisfecha.

AURELIO:

   Señora, no puedo más;
por agua me parto luego.

ZAHARA:

Otra agua pide mi fuego,
que no la que tú trairás.
    No te vayas; está quedo.

AURELIO:

De leña hay falta en la casa.

ZAHARA:

Basta la que a mí me abrasa.

AURELIO:

Mi amo...

ZAHARA:

No tengas miedo.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

   Déjame, señora, ir,
no venga Yzuf, mi señor.

ZAHARA:

Quien queda con tanto amor,
mal te dejará partir.

AURELIO:

   No hay para qué más porfíes,
señora: déjame ya.

ZAHARA:

Aurelio, llégate acá.

AURELIO:

Mejor es que te desvíes.

ZAHARA:

   ¿Ansí, Aurelio, me despides?

AURELIO:

Antes te hago favor,
si con el compás de honor
lo compasas y lo mides.
    ¿No miras que soy cristiano
con suerte y desdicha mala?


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ZAHARA:

El amor todo lo iguala:
dame por señor la mano.

FÁTIMA:

   Zahara, señora mía,
dígote que me ha admirado
mirar en lo que ha parado
tu altivez y fantasía.
    Ver, por cierto, es gentil cosa,
y digna de ser notada,
de un cristiano enamorada
una mora tan hermosa.
    Y lo que más llega al cabo
tu afición tan sin medida,
es mirarte estar rendida
a un cristiano que es tu esclavo.
    ¡Y monta que corresponde
el perro a lo que le quieres!
Perdóname; frágil eres.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

¿Dónde vas?

FÁTIMA:

Bien sé yo adonde.

ZAHARA:

   Dulce amiga verdadera,
lo que dices no lo niego;
mas ¿qué haré?, que amor es fuego
y mi voluntad es cera.
    Y, puesto que el daño veo
y el fin do habré de parar,
imposible es contrastar
las fuerzas de mi deseo.
    Vuelve tu lengua e intento
a combatir esta roca,
que no será gloria poca
gozar de su vencimiento.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÁTIMA:

   Quiero en esto complacerte,
pues al fin puedes mandarme.
Cristiano, vuelve a mirarme,
que no es mi rostro de muerte.

AURELIO:

   Más que muerte me causáis
con vuestros inducimientos.
Dejadme con mis tormentos,
porque en vano trabajáis.

FÁTIMA:

   ¿No ves cómo se retira
el perro en su pundonor?
Ansí entiende él del amor
como el asno de la lira.

AURELIO:

   ¿Cómo queréis que yo entienda
de amor en esta cadena?


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

Eso no te cause pena,
que luego se hará la enmienda:
    las dos te la quitaremos.

AURELIO:

Muy mejor será dejalla;
que no quiero con quitalla,
pasar de un estremo a estremos.

ZAHARA:

   ¿A qué estremos pasarás?

AURELIO:

Quitando al cuerpo este hierro,
cairé en otro mayor hierro,
que al alma fatigue más.

FÁTIMA:

   ¿Almas tenéis los cristianos?

AURELIO:

Sí, y tan ricas y estremadas
cuanto por Dios rescatadas.


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FÁTIMA:

¡Que son pensamientos vanos!
    Pero si almas tenéis,
de diamante es su valor,
pues en la fragua de amor
muy más os endurecéis.
    Aurelio, ¡resulución!
Ten cuenta en lo que te digo:
no quieras ser tan amigo
de tu obstinada opinión.
    Ya te ves sin libertad,
entre hierros apretado,
pobre, desnudo, cansado,
lleno de necesidad,
    subjeto a mil desventuras,
a palos, a bofetones,
a mazmorras, a prisiones,
donde estás contino a escuras.


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FÁTIMA:

    Libertad se te promete;
los hierros se quitarán,
y después te vestirán.
No hay temor de escuro brete.
    Cuzcuz, pan blanco a comer,
gallinas en abundancia,
y aun habrá vino de Francia
si vino quieres beber.
    No te pido lo imposible,
ni trabajos demasiados,
sino blandos, regalados,
dulces lo más que es posible.
   Goza de la coyuntura
que se te ríe delante;
no hagas del ignorante,
pues muestras tener cordura.


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FÁTIMA:

    Mira tu señora Zahara
y lo mucho que merece:
mira que al sol escurece
la luz de su rostro clara.
    Contempla su juventud,
su riqueza, nombre y fama;
mira bien que agora llama
a tu puerta la salud.
    Considera el interés
que en hacer esto te toca,
que hay mil que pondrían la boca
donde tú pondrás los pies.

AURELIO:

   ¿Has dicho, Fátima?

FÁTIMA:

Sí.

AURELIO:

¿Quieres que responda yo?


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÁTIMA:

Responde.

AURELIO:

Digo que no.

ZAHARA:

¡Ay, Alá! ¿Qué es lo que oí?

AURELIO:

   Yo digo que no conviene
pedirme lo que pedís,
porque muy poco advertís
el peligro que contiene.

FÁTIMA:

   ¿Qué peligro puede haber,
quiriéndolo tu señora?


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

La ofensa que, siendo mora,
a Mahoma viene a hacer.

ZAHARA:

   ¡Déjame a mí con Mahoma,
que agora no es mi señor,
porque soy sierva de Amor,
que el alma subjeta y doma!
    ¡Echa ya el pecho por tierra
y levantarte he a mi cielo!

AURELIO:

Señora, tengo un recelo
que me consume y atierra.

FÁTIMA:

   ¿De qué te recelas? Di.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

Señora, de que no veo
ningún camino o rodeo
como complacerte a ti.
    En mi ley no se recibe
hacer yo lo que me ordenas;
antes, con muy graves penas
y amenazas lo prohíbe;
   y aun si batismo tuvieras,
siendo, como eres, casada,
fuera cosa harto escusada
si tal cosa me pidieras.
    Por eso yo determino
antes morir que hacer
lo que pide tu querer,
y en esto estaré contino.


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ZAHARA:

   Aurelio, ¿estás en tu seso?

AURELIO:

Y aun por estar tan en él
soy para vos tan cruel.

ZAHARA:

¡Ay, desdichado suceso!
    ¿Que es posible que tan poco
valgan mis ruegos contigo?

FÁTIMA:

Sin duda que este enemigo
es muy cuerdo, o es muy loco.
    ¡Perro! ¿Tanta fantasía?
¿Pensáis que hablamos de veras?
¡Antes de mal rayo mueras
primero que pase el día!
    ¡Ruin sin razón ni compás,
nacido de vil canalla!
¿Pensábades ya triunfalla,
perrazo, sin más ni más?


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FÁTIMA:

    Comigo las has de haber,
y de modo que te aviso
que dirá el que nunca quiso:
«¡Más le valiera querer!»
    No estés, Zahara, descontenta,
deja el remedio en mi mano,
que a este perro cristiano
yo le haré que se arrepienta.

ZAHARA:

   No es bien que por mal se lleve.

FÁTIMA:

Ni aun bien llevado por bien.

ZAHARA:

Cese, Aurelio, tu desdén.

FÁTIMA:

Con eso el perro se atreve.
    Ven, señora, al aposento;
que, en esta pena crecida,
o yo perderé la vida,
o tú ternás tu contento.


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(Sálense las dos y queda AURELIO solo.)
AURELIO:

   ¡Padre del cielo, en cuya fuerte diestra
está el gobierno de la tierra y cielo,
cuyo poder acá y allá se muestra
con amoroso, justo y sancto celo,
Si tu luz, si tu mano no me adiestra
a salir deste caos, temo y recelo
que, como el cuerpo está en prisión esquiva,
también el alma ha de quedar cautiva!
    En Vos, Virgen Santísima María,
entre Dios y los hombres medianera,
de mi mar incierto cierta guía,
virgen entre las vírgenes primera;
en Vos, Virgen y Madre, en Vos confía
mi alma, que sin Vos en nadie espera,
que la habéis de guiar con vuestra lumbre
deste hondo valle a la más alta cumbre.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    Bien sé que no merezco que se acuerde
vuestra eterna memoria de mi daño,
porque tengo en el alma fresco y verde
el dulce fructo del amor estraño;
mas vuestra alta clemencia, que no pierde
ocasión de hacer bien, mi mal tamaño
remedie, que ya estoy casi perdido,
de Scila y de Caribdis combatido.
    Si el cuerpo esclavo está, está libre el alma,
puesto que Silvia tiene parte en ella,
y la amorosa trunfadora palma
ha de llevar sola mi Silvia della.
Ponga Zahara su amor, póngale en calma,
que mi firmeza no hay pensar rompella,
y aquello que a mi Dios y a Silvia debo,
me hace que aun mirarla no me atrevo.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    ¿Dó estás, Silvia hermosa? ¿Qué destino,
qué fuerza insana de implacable hado
el curso de aquel próspero camino
tan sin causa y razón nos ha cortado?
¡Oh estrella, oh suerte, oh fortuna, oh signo!,
si alguno de vosotros ha causado
tamaña perdición, desde aquí digo
que mil cuentos de veces le maldigo.
    Yo moriré por lo que al alma toca,
antes que hacer lo que mi ama quiere;
firme he de estar cual bien fundada roca
que en torno el viento, el mar combate y hiere.
Que sea mi vida mucha, o que sea poca,
importa poco; sólo el que bien muere
puede decir que tiene larga vida,
y el que mal, una muerte sin medida.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Éntrase AURELIO, y sale SAYAVEDRA, soldado cativo; LEONARDO, cativo, y SEBASTIÁN, muchacho cativo, a su tiempo.)
SAYAVEDRA:

   En la veloz carrera, apresuradas
las horas del ligero tiempo veo,
contra mí con el cielo conjuradas.
    Queda atrás la esperanza, y no el deseo,
y así la vida dél, la muerte della,
el daño, el mal aunmentan que poseo.
    ¡Ay dura, inicua, inexorable estrella,
cómo de los cabellos me has traído
al terrible dolor que me atropella!

LEONARDO:

   El llanto en tales tiempos es perdido,
pues si llorando el cielo se ablandara,
ya le hubieran mis lágrimas movido.
    A la triste fortuna alegre cara
debe mostrar el pecho generoso:
que a cualquier mal, buen ánimo repara.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAYAVEDRA:

   El cuello enflaquecido al trabajoso
yugo de esclavitud amarga puesto,
bien ves que a cuerpo y alma es peligroso;
    y más aquel que tiene prosupuesto
de dejarse morir antes que pase
un punto el modo del vivir honesto.

LEONARDO:

   Si acaso yo tus obras imitase,
forzoso me sería que al momento
en brazos de la hambre me entregase.
   Bien sé que en el cativo no hay contento;
mas no quiero cre[c]er yo mi fatiga,
tiniendo en ella siempre el pensamiento.
    A mi patrona tengo por amiga;
trátame cual me ves: huelgo y paseo;
«cautivo soy», el que quisiere diga.

SAYAVEDRA:

   Triunfa, Leonardo, y goza ese trofeo;
que, si por ser cautivo le hermoseas,
yo sé que es torpe, desgraciado y feo.


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LEONARDO:

   Amigo Sayavedra, si te arreas
de ser predicador, ésta no es tierra
do alcanzarás el fructo que deseas.
    Déjate deso y escucha de la guerra
que el gran Filipo hace nueva cierta,
y un poco la pasión de ti destierra.
    Dicen que una fragata de Biserta
llegó esta noche allí con un cativo
que ha dado vida a mi esperanza muerta.
    Quitóle libertad el hado esquivo,
de Málaga pasando a Barcelona;
cativóle Mamí, cosario esquivo.
    En su manera muestra ser persona
de calidad, y que es ejercitado
en el duro ejercicio de Belona.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

    Dice el número cierto que ha pasado
de soldados a España forasteros,
sin los tres tercios nuestros que han bajado;
    los príncipes, señores, caballeros,
que a servir a Filipo van de gana;
los naturales y los estranjeros,
    y la muestra hermosísima lozana
que en Badajoz hacer el rey pretende
de la pujanza de la Unión Cristiana.
    Dice con esto que ninguno entiende
el disinio del rey, y el hablar desto,
al grande y al pequeño se defiende.


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SAYAVEDRA:

   Rompeos ya, cielos, y llovednos presto
el librador de nuestra amarga guerra
si ya en el suelo no le tenéis puesto.
    Cuando llegué cativo y vi esta tierra
tan nombrada en el mundo, que en su seno
tantos piratas cubre, acoge y cierra,
    no pude al llanto detener el freno,
que, a pesar mío, sin saber lo que era,
me vi el marchito rostro de agua lleno.
    Ofrecióse a mis ojos la ribera
y el monte donde el grande Carlo tuvo
levantada en el aire su bandera,
    y el mar que tanto esfuerzo no sostuvo,
pues, movido de envidia de su gloria,
airado entonces más que nunca estuvo.
    Estas cosas volviendo en mi memoria,
las lágrimas trujeran a los ojos,
forzados de desgracia tan notoria.


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SAYAVEDRA:

    Pero si el alto Cielo en darme enojos
no está con mi ventura conjurado,
y aquí no lleva muerte mis despojos,
    cuando me vea en más seguro estado,
o si la suerte o si el favor me ayuda
a verme ante Filipo arrodillado,
    mi lengua balbuciente y casi muda
pienso mover en la real presencia,
de adulación y de mentir desnuda,
    diciendo: «Alto señor, cuya potencia
sujetas trae las bárbaras naciones
al desabrido yugo de obediencia:
    a quien los negros indios con sus dones
reconocen honesto vasallaje,
trayendo el oro acá de sus rincones;
    despierte en tu real pecho coraje
la desvergüenza con que una bicoca
aspira de contino a hacerte ultraje.


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SAYAVEDRA:

    Su gente es mucha, mas su fuerza es poca,
desnuda, mal armada, que no tiene
en su defensa fuerte muro o roca.
    Cada uno mira si tu Armada viene,
para dar a los pies el cargo y cura
de conservar la vida que sostiene.
    De la esquiva prisión, amarga y dura,
adonde mueren quince mil cristianos,
tienes la llave de su cerradura.
    Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cerrados de tormentos inhumanos,
    poderoso señor, t'están rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando;
    y, pues te deja agora la discordia
que tanto te ha oprimido y fatigado,
y Amor en darte sigue la concordia,
    haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado.


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SAYAVEDRA:

    El sólo ver que vas pondrá un espanto
en la bárbara gente, que adivino
ya desde aquí su pérdida y quebranto».
    ¿Quién duda que el real pecho begnino
no se muestre, oyendo la tristeza
donde están estos míseros contino?
    Mas, ¡ay, cómo se muestra la bajeza
de mi tan rudo ingenio, pues pretende
hablar tan bajo ante tan alta alteza!
    Mas la ocasión es tal, que me defiende.
Pero a todo silencio poner quiero,
que creo que mi plática te ofende,
y al trabajo he de ir adonde muero.


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(Aquí entra SEBASTIÁN, muchacho, en hábito de esclavo.)
SEBASTIÁN:

   ¿Hase visto tal maldad?
¿Hay tierra tan sin concordia,
do falta misericordia
y sobra la crueldad?
    ¿Dónde se halla[rá] disculpa
de maldad tan insolente:
que pague el que es inocente
por el que tiene la culpa?
    ¡Oh cielos! ¿Qué es lo que he visto?
¡Éste sí que es pueblo injusto,
donde se tiene por gusto
matar los siervos de Cristo!
    ¡Oh España, patria querida!,
mira cuál es nuestra suerte,
que si allá das justa muerte,
quitas acá justa vida.


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LEONARDO:

   Sebastián, dinos qué tienes,
que hablas razones tales.

SEBASTIÁN:

Una infinidad de males
y una penuria de bienes.

LEONARDO:

   En ser, como eres, esclavo
se encierra todo dolor.

SEBASTIÁN:

Otra pena muy mayor
me tiene a mí tan al cabo.

SAYAVEDRA:

   ¿De dónde puede causarse
la pena que dices brava?


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SEBASTIÁN:

De una vida que hoy se acaba
para jamás acabarse.
    «Ya sabés que aquí en Argel
se supo cómo en Valencia
murió por justa sentencia
un morisco de Sargel;
    digo que en Sargel vivía,
puesto que era de Aragón,
y, al olor de su nación,
pasó el perro en Berbería;
    y aquí cosario se hizo,
con tan prestas crueles manos,
que con sangre de cristianos
la suya bien satisfizo.


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SEBASTIÁN:

    Andando en corso fue preso,
y, como fue conocido,
fue en la Inquisición metido,
do le formaron proceso;
    y allí se le averiguó
cómo, siendo batizado,
de Cristo había renegado
y en África se pasó,
    y que, por su industria y manos,
traidores tratos esquivos,
habían sido cautivos
más de seiscientos cristianos;
    y, como se le probaron
tantas maldades y errores,
los justos inquisidores
al fuego le condenaron.


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SEBASTIÁN:

    Súpose del moro acá,
y la muerte que le dieron,
porque luego la escribieron
los moriscos que hay allá.
    La triste nueva sabida
de los parientes del muerto,
juran y hacen concierto
de dar al fuego otra vida.
    Buscaron luego un cristiano
para pagar este escote,
y halláronle sacerdote,
y de nación valenciano.
    Prendieron éste a gran priesa
para ejecutar su hecho,
porque vieron que en el pecho
traía la cruz de Montesa,
    y esta señal de victoria
que le cupo en buena suerte,
si le dio en el suelo muerte,
en el cielo le dio gloria;
    porque estos ciegos sin luz,
que en él tal señal han visto,
pensando matar a Cristo,
matan al que trae su cruz.


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SEBASTIÁN:

    De su amo lo compraron,
y, aunque eran pobres, a un punto
el dinero todo junto
de limosna lo allegaron.
    En nuestro pueblo cristiano,
por Dios se pide a la gente,
para sanar al doliente,
no para matar al sano;
    mas entre esta descreída


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SEBASTIÁN:

    Iba el sacerdote justo
entre injusta gente puesto,
marchito y humilde el gesto,
a morir por Dios con gusto.
    En darle penas dobladas
todo el pueblo se desvela:
cual sus blancas canas pela,
cual le da mil bofetadas.
    Las manos que a Dios tuvieron
mil veces, hoy son tenidas
de dos sogas retorcidas
con que atrás se las asieron;
    al yugo de otro cordel,
puesto el cuello humilde lleva,
haciendo seis moros prueba
cuánto pueden tirar dél.


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SEBASTIÁN:

    A ningún lado miraba
que descubra un solo amigo:
que todo el pueblo enemigo
en torno le rodeaba.
   Con voluntad tan dañada
procuran su pena y lloro,
que se tuvo por mal moro
quien no le dio bofetada.
    A la marina llegaron
con la víctima inocente,
do con barbaria insolente
a un áncora le ligaron.
    Dos áncoras a una mano
vi yo allí en contrario celo:
una, de hierro, en el suelo;
otra, de fe, en el cristiano.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEBASTIÁN:

    Y, la una a la otra asida,
la de hierro se convierte
a dar cruda y presta muerte;
la de fe, a dar larga vida.
    Ved si es bien contrario el celo
de las dos en esta guerra:
la una en el süelo afierra;
la otra se ase del cielo;
    y, aunque corra tal fortuna
que espante al cuerpo y al alma,
como si estuviera en calma,
no hay desasirse la una.
    Sin hierro al hierro ligado,
el siervo de Dios se hallaba,
y en su cuerpo atado estaba
espíritu desatado.
    El cuerpo no se rodea,
que le ata más de un cordel;
mas el espíritu dél
todos los cielos pasea.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEBASTIÁN:

    La canalla, que se enseña
a hacer nueva crueldad,
trujo luego cantidad
de seca y humosa leña,
    y una espaciosa corona
hicieron luego con ella,
dejando encerrada en ella
la sancta humilde persona;
    y, aunque no tienen sosiego
hasta verle ya espirar,
para más le atormentar,
encienden lejos el fuego.
    Quieren, como el cocinero
que a su oficio más mirase,
que se ase y no se abrase
la carne de aquel cordero.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEBASTIÁN:

    Sube el humo al aire vano,
y a veces le da en los ojos;
quema el fuego los despojos
que le vienen más a mano;
    vase arrugando el vestido
con el calor violento,
y el fuego, poco contento,
busca lo más escondido.
    Esperad, simple cordero,
que esta ardiente llama insana,
si os ha quemado la lana,
os quiere abrasar el cuero.
    Combátenle fuegos dos:
el uno, humano y visible;
el otro, sancto invisible,
que es fuego de amor de Dios.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEBASTIÁN:

    Yo no sé a cuál más debía,
puesto que a los dos pagaba:
al que el cuerpo le abrasaba
o al que el alma le encendía.
    Los que estaban a miralle,
la ira ansí les pervierte,
que mueren por darle muerte
y entretiénense en matalle.
    Y, en medio deste tormento,
no movió el sancto varón
la lengua a formar razón
que fuese de sentimiento;
    antes dicen, y yo he visto,
que, si alguna vez hablaba,
en el aire resonaba
el eco o nombre de Cristo;
    y cuando en el agonía
última el triste se vio,
cinco o seis veces llamó
la Virgen Sancta María.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEBASTIÁN:

    Al fuego el aire le atiza,
y con tal ardor revuelve,
que poco a poco resuelve
el sancto cuerpo en ceniza.
    Mas, ya que morir le vieron,
tantas piedras le tiraron,
que las piedras acabaron
lo que las llamas no hicieron.
    ¡Oh Santisteban segundo,
que me asegura tu celo
que miraste abierto el cielo
en tu muerte desde el mundo!
    Queda el cuerpo en la marina,
quemado y apedreado;
el alma el vuelo ha tomado
hacia la región divina.
    Queda el moro muy gozoso
del injusto y crudo hecho;
el turco está satisfecho;
el cristiano, temeroso.»


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEBASTIÁN:

    Yo he venido a referiros
lo que no pudistes ver,
si os lo ha dejado entender
mis lágrimas y suspiros.

SAYAVEDRA:

   Deja el llanto, amigo, ya;
que no es bien que se haga duelo
por los que se van al cielo,
sino por quien queda acá:
    que, aunque parece ofendida
a humanos ojos su suerte,
el acabar con tal muerte
es comenzar mejor vida.
    Mide por otro nivel
tu llanto, que no hay paciencia
que las muertes de Valencia
se venguen acá en Argel.
    Muéstrase allá la justicia
en castigar la maldad;
muestra acá la crueldad
cuánto puede la injusticia.


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El trato de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEBASTIÁN:

   En tan amarga querella,
¿quién detendrá los gemidos?
Ellos con culpa punidos;
nosotros, muertos sin ella.

LEONARDO:

   Bastábanos ser cautivos,
sin temer más desconciertos,
pues si allá queman los muertos,
abrasan acá los vivos.
    Usa Valencia otros modos
en castigar renegados,
no en público sentenciados:
¡mueran a tósico todos!
    Mas un moro viene acá:
no estemos juntos aquí;
Sayavedra, por allí,
tú, Sebastián, por allá.


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Jornada II
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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


YZUF y AURELIO.
YZUF:

   Trecientos escudos di,
Aurelio, por la doncella.
Esto di al turco, que a ella
alma y vida le rendí;
y es poco, según es bella.
    Vendiómela de aburrido,
que dice que no ha podido,
mientras la tuvo en poder,
en ningún modo atraer
al amoroso partido.
    Púsela en casa de un moro,
sin osarla traer acá,
y allí está donde ella está
todo mi bien y tesoro,
y la gloria que amor da.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


YZUF:

    Allí se ve la bondad
junto con la crueldad
mayor que se vio en la tierra;
y juntas, sin hacer guerra,
belleza y honestidad.
    No pueden prometimientos
ablandar su duro pecho.
Veme en lágrimas deshecho,
y ofrece siempre a los vientos
cuantos servicios la he hecho.
    No echa de ver su ventura,
ni cómo el dolor me apura
poco a poco sospirando;
antes, cuando yo más blando,
entonces ella más dura.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


YZUF:

    A casa quiero traella
y reclinar en tu mano
mi gozo más soberano:
quizá tú podrás movella,
siendo, como ella, cristiano;
    y desde aquí te prometo
que, si conduces a efecto
mi amorosa voluntad,
de darte la libertad
y serte amigo perfecto.

AURELIO:

   En todo lo que quisieres,
he, señor, de complacerte,
por ser tu esclavo y por verte
que melindres de mujeres
te tengan de aquesa suerte.
    ¿De qué nación es la dama
que te enciende en esa llama
sin mirar a su interés?


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YZUF:

Española dicen que es.

AURELIO:

¿Y el nombre?

YZUF:

Silvia se llama.

AURELIO:

   ¿Silvia? Una Silvia venía
adonde yo cautivé,
y, según que la miré,
no en tanto allá se tenía.

YZUF:

Ésa es: yo la compré.

AURELIO:

   Si ella es, yo sé decir
que es hermosa sin mentir,
y que no es tan cruda altiva,
que su condición esquiva
a ninguno hace morir.
    Traéla a casa, señor, luego,
y ten las riendas al miedo;
y tú verás, si yo puedo,
cómo a mis manos y ruego
amaina el casto denuedo.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


YZUF:

   Yo voy; y, mientras se ordena
su venida, por estrena
del contento que me has dado,
yo diré a mi renegado
que te quite esa cadena.
(Vase YZUF y queda AURELIO solo.)

AURELIO:

   ¿Qué es esto, cielos? ¿Qué he oído?
¿Es mi Silvia? Silvia es, cierto.
¿Es posible, oh hado incierto,
que he de ver quien me ha tenido
vivo en muerte, en vida muerto?
    Ésta es mi Silvia, a quien llamo,
a quien quiero y a quien amo
más que a todo lo del suelo.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

¡Gracias hago y doy al cielo,
que a los dos ha dado un amo!
    Tregua tendrán mis enojos
entre tanta desventura,
pues, por estraña ventura,
vendrán a mirar mis ojos
tu sin igual hermosura.
    Y si della está rendido
mi amo, está conocido
que quien la supo mirar
es imposible escapar
de preso o de malherido.
    Y, pues que con tales bríos
él descubre sus amores,
si nos vemos, sus dolores
se callarán y los míos
te diré, que son mayores.
    Y, mientras pudiere ver
tu hermosura y gentil ser,
templaré mi desconsuelo,
hasta que disponga el cielo
de entrambos lo que ha de ser.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Vase AURELIO, y entran mercaderes moros, primero y segundo; y padre y madre y dos hijos cautivos. Un pregonero; MAMÍ, soldado cosario.)
MERCADER 1º:

   En fin, Aydar, ¿que en Cerdeña
habéis hecho la galima?

MAMÍ::

Sí; y aun no de poca estima,
según se vio en la reseña.

MERCADER 2º:

   Dícennos que os dieron caza
de Nápoles las galeras.

MAMÍ:

Sí dieron, mas no de veras,
que el peso las embaraza.
    El ladrón que va a hurtar,
para no dar en el lazo,
ha de ir muy sin embarazo
para huir, para alcanzar.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MAMÍ:

    Las galeras de cristianos,
sabed, si no lo sabéis,
que tienen falta de pies
y que no les sobran manos;
    y esto lo causa que van
tan llenas de mercancías,
que, si bogasen dos días,
un pontón no tomarán.
    Nosotros, a la ligera,
listos, vivos como el fuego,
y, en dándonos caza, luego
pico al viento y ropa fuera,
    las obras muertas abajo,
árbol y entena en crujía,
y así hacemos nuestra vía
contra el viento sin trabajo;
    y el soldado más lucido,
el más flaco y más membrudo,
luego se muestra desnudo
y del bogavante asido.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MAMÍ:

    Pero allá tiene la honra
el cristiano en tal estremo,
que asir en un trance el remo
le parece que es deshonra;
    y, mientras ellos allá
en sus trece están honrados,
nosotros, dellos cargados,
venimos sin honra acá.

MERCADER 1º:

   Esa honra y ese engaño
nunca salga de su pecho,
pues nuestro mayor provecho
nace de su propio daño.
    Un mozo de poca edad
destos sardos comprar quiero.

MAMÍ:

Ya los trae el pregonero
vendiendo por la ciudad.


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MERCADER 2º:

   ¿Hay españoles entre ellos?

MAMÍ:

Sí hay; que también tomamos
una nave, y allí hallamos
hasta viente y cuatro dellos.
(Entra el pregonero, con el padre y la madre y los dos muchachos y un n[i]ño de teta a los pechos.)

PREGONERO:

   ¿Hay quien compre los perritos,
y el viejo, que es el perrazo,
y la vieja y su embarazo?
Pues, ¡a fe que son bonitos!
    Déste me dan ciento y dos;
déste docientos me dan;
pero no los llevarán.
¡Pasá acá, perrazo, vos!

HIJO:

   ¿Qué es esto, madre? ¿Por dicha
véndennos aquestos moros?


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MADRE:

Sí, hijo; que sus tesoros
los crece nuestra desdicha.

PREGONERO:

   ¿Hay quien a comprar acierte
el niño y la madre junto?

MADRE:

¡Oh amargo y terrible punto,
más terrible que la muerte!

PADRE:

   ¡Sosegad, señora, el pecho;
que si mi Dios ha ordenado
ponernos en este estado,
Él sabe por qué lo ha hecho!

MADRE:

   Destos hijos tengo pena,
que no sé por dónde han de ir.

PADRE:

Dejad, señora, cumplir
lo que el alto cielo ordena.


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MERCADER 1º:

   ¿Qué han de dar déste, decí?

PREGONERO:

Ciento y dos escudos dan.

MERCADER 2º:

¿Por ciento y diez darlo han?

PREGONERO:

No, si no pasáis de ahí.

MERCADER 2º:

   ¿Está sano?

PREGONERO:

Sano está.

MERCADER 2º:

 [Ábrele la boca.]
Abre; no tengas temor.

HIJO:

¡No me la saque, señor;
que ella misma se cairá!


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MERCADER 2º:

   ¿Piensa que sacalle quiero
el rapaz alguna muela?

HIJO:

¡Paso, señor, no me duela;
tenga, quedo, que me muero!

MERCADER 2º:

   Destotro, ¿cuánto dan dél?

PREGONERO:

Docientos escudos dan.

MERCADER 2º:

¿Y por cuánto le darán?

PREGONERO:

Trecientos piden por él.

MERCADER 1º:

   Si te compro, ¿serás bueno?

HIJO:

Aunque vos no me compréis,
seré bueno.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MERCADER 2º:

¿Serlo heis?

HIJO:

Ya lo soy, sin ser ajeno.

MERCADER 1º:

   Por éste doy ciento y treinta.

PREGONERO:

Vuestro es: venga el dinero.

MERCADER 1º:

En casa dároslo quiero.

MADRE:

El corazón me revienta.

MERCADER 1º:

   Comprad, compañero, esotro.
Ven, niño, vente a holgar.

HIJO:

No, señor; no he de dejar
mi madre por ir con otro.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MADRE:

   Ve, hijo, que ya no eres
sino del que te ha comprado.

HIJO:

¡Ay, madre! ¿Habéisme dejado?

MADRE:

¡Ay, cielo, cuán crudo eres!

MORO:

   Anda, rapaz, ven conmigo.

HIJO:

Vámonos juntos, hermano.

HERMANO:

No puedo, ni está en mi mano.

PADRE:

El cielo vaya contigo.

MADRE:

   ¡Oh, mi bien y mi alegría,
no se olvide de ti Dios!


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


HIJO:

¿Dónde me llevan sin vos,
padre mío y madre mía?

MADRE:

   ¿Quïeres que hable, señor,
a mi hijo aun no un momento?
Dame este breve contento,
pues es eterno el dolor.

MORO:

   Cuanto quisieres le di,
pues será la vez postrera.

MADRE:

Sí, pues ésta es la primera
que en este trance me vi.

HIJO:

   Tenedme con vos aquí,
madre, que voy no sé dónde.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MADRE:

La ventura se te asconde,
hijo, pues yo te parí.
    Hase escurecido el cielo,
turbado los elementos,
conjurado mar y vientos
todos en tu desconsuelo
    No conoces tu desdicha,
aunque estás bien dentro della,
puesto que el no conocella
lo puedes tener a dicha.
    Lo que te ruego, alma mía,
pues el verte se me impide,
es que nunca se te olvide
rezar el Avemaría;
    que esta reina de bondad,
de virtud y gracia llena,
ha de limar tu cadena
y volver tu libertad.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MORO:

   ¡Mirad la perra cristiana
qué consejo da al muchacho!
¡Sí que no estaba él borracho
como tú, sin seso, vana!

HIJO:

   Madre, al fin, ¿que no me quedo?
¿[Qu]e me llevan estos moros?

MADRE:

Contigo van mis tesoros.

HIJO:

A fe que me ponen miedo.

MADRE:

   Más miedo me queda a mí
de verte ir donde vas,
que nunca te acordarás
de Dios, de ti, ni de mí;
    porque esos tus tiernos años,
¿qué prometen sino [aqu]esto,
entre inicua gente puesto,
fabricadora de engaños?


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PREGONERO:

   ¡Calla, vieja y mala pieza,
si no quieres, por más mengua,
que lo que dice tu lengua
que lo pague la cabeza!
    ¿Destotro hay quien me dé mas?
Que es mas bello y más lozano
que no es el otro su hermano.

MERCADER 2º:

¡Sus!, ¿en cuánto le darás?

PREGONERO:

   ¿No os he dicho que trecientos
escudos de oro por cuenta?

MERCADER 2º:

¿Quies docientos y cincuenta?

PREGONERO:

[Es] dar voces a los vientos.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MERCADER 2º:

    Enamorado me ha
el donaire del garzón;
yo los doy en conclusión.

PREGONERO:

Dinero o señal me da.

MERCADER 2º:

    Cómo te llamas me di.

HIJO:

Señor, Francisco me llamo.

MERCADER 2º:

Pues que has mudado de amo,
muda el Francisco en Mamí.

HIJO:

   ¿Para qué es mudar el nombre,
si no ha de mudar la fe?

MERCADER 2º:

Eso agora no lo sé.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


HIJO:

No hay castigo que me asombre.

MERCADER 2º:

    Alto, venidos tras mí.

HIJO:

¡Amados padres, adiós!

PADRE:

¡El mesmo vaya con vos!

MADRE:

¡Francisco!

MERCADER 2º:

No, no: Mamí.

HIJO:

   Eso no, señor patrón:
Francisco me has de llamar.

MERCADER 2º:

El palo os hará trocar
el nombre y aun la intención.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


HIJO:

   Pues me aparta el hado insano
de vos, señor, ¿qué mandáis?

PADRE:

Sólo, hijo, que viváis
como bueno y fiel cristiano.

MADRE:

   Hijo, no las amenazas,
no los gustos y regalos,
no los azotes y palos,
no los conciertos y trazas,
    no todo cuanto tesoro
cubre el suelo, el cielo visto,
te mueva a dejar a Cristo
por seguir al pueblo moro.

HIJO:

   En mí se verá, si puedo,
y mi buen Jesús me ayuda,
cómo en mi alma no muda
la fe, la promesa o miedo.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


PREGONERO:

    ¡Oh, qué cristiano se muestra
el rapaz! Pues ¡yo os prometo
que alcéis con sancto aprïeto
la flecha y la mano diestra!
    Estos rapaces cristianos,
al principio muchos lloros,
y luego se hacen moros
mejor que los más ancianos.
(Sálense, y entran YZUF y SILVIA.)

YZUF:

   Dejad, Silvia, el llanto agora;
poned tregua al ansia brava,
que no os compré para esclava,
sino para ser señora.
    Mirad que imagino y creo
que vuestra gran desventura,
para daros más ventura
ha traído este rodeo.


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YZUF:

    Con vos Fortuna en su ley
no usa de nuevas leyes:
que esclavos se han visto reyes,
aunque vos sois más que rey.
    Limpiad los húmedos ojos,
que sujectan cuanto miran,
y, al tiempo que se retiran,
llevan de almas los despojos;
    y no cubra el blanco velo
esa divina hermosura,
que es como la nieve pura,
que impide la luz del cielo.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


SILVIA:

   Esme ya tan natural,
señor, el llanto y tormento,
que, si me deja un momento,
lo tengo por mayor mal;
    y, aunque así estoy, estaré
alegre al obedeceros,
pues distes tantos dineros
por mí sin saber por qué;
    que, si acaso lo habéis hecho
pensando sacar de mí
gran rescate, desde aquí
se apoca vuestro provecho;
    porque os prometo, señor,
que de miseria y pobreza
tengo cuanto de riqueza,
si la riqueza es dolor;
    y de dolor soy tan rica,
cuanto, por darme pasión,
este caudal la ocasión
por puntos le multiplica.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


YZUF:

   Silvia, vives engañada:
que yo no quiero de ti
sino que quieras de mí
ser servida y respectada;
   que el provecho que yo espero,
Silvia, de haberte comprado,
es ver tu rostro estremado
y no doblar el dinero;
    que el Amor, que se mejora
en mostrar su fuerza brava,
me ha hecho esclavo de mi esclava,
esclava que es mi señora;
    y quedo tan satisfecho
de perder la libertad,
que alabo la crueldad
deste crudo y nuevo hecho.
    Y, porque lo que aquí digo
lo entiendas, Silvia, mejor,
nunca me llames señor,
sino siervo o caro amigo.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


SILVIA:

   Aunque tamaña mudanza
hace fortuna en mi estado,
no creo se me ha olvidado
el término de crianza.
    Bien sé cómo he de llamarte,
y sé que es de obligación
que en lo que fuera razón
procure de contentarte.

YZUF:

   Tu habla tan comedida,
tu donaire, gracia y ser,
claro me dan a entender
que eres, Silvia, bien nacida;
    y, aunque pudiera esperar
de ti un rescate crecido,
a tal término he venido,
que tú me has de rescatar.
    Mas, en tanto que a la clara
veas cuanto hago por ti,
ven, Silvia, vente tras mí:
verás a tu ama Zahara.


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SILVIA:

   Vamos, señor, en buen hora.

YZUF:

Silvia, no tanto «señor»,
pues mi ventura y amor
os ha hecho a vos mi señora.
(Sale ZAHARA.)

ZAHARA:

   Seáis, Yzuf, bien llegado.
¿Cúya es la esclava rumía?

SILVIA:

Vuestra soy, señora mía.

YZUF:

Verdad es: yo la he comprado.

ZAHARA:

   Por cierto, la compra es bella
si cual hermosa es honesta.
Decid, señor, ¿cuánto os cuesta?


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YZUF:

Dado he mil doblas por ella.

ZAHARA:

   ¿Espera ser rescatada?

YZUF:

De muy rica tiene fama.

ZAHARA:

¿Su nombre?

YZUF:

Silvia se llama.

ZAHARA:

¿Es doncella o es casada?

SILVIA:

   Casada soy y doncella.

ZAHARA:

¿Cómo es eso, Silvia? Di.


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SILVIA:

Señora, ello es ansí,
que ansí lo quiso mi estrella.
    El cielo me dio marido,
no para que le gozase,
sino para que quedase
yo perdida y él perdido.
(Aquí entra un moro diciendo:)

MORO:

   Yzuf, a llamarte envía
apriesa el rey nuestro, Azán.

YZUF:

¿Dónde está agora?


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


MORO:

En Duán,
metido en grande agonía.
    Amet, jenízar agá,
y los bolucos bajíes,
y también los debajíes
y oldajes están allá.
    Hanse juntado a consejo
sobre que es averiguado
que el rey de España ha juntado
de guerra grande aparejo.
    Dicen que va a Portugal,
mas témese no sea maña;
y es bien que tema su saña
Argel, que le hace más mal.
    En la guerra hay mil ensayos
de fraude y de astucia llenos:
acullá suenan los truenos
y acá disparan los rayos.


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YZUF:

   Vamos: quel cielo, que toma
por suya nuestra defensa,
a España hará, con su ofensa,
sujecta y sierva a Mahoma.
    Y vos, señora, ordenad
a Silvia lo que ha de hacer;
y vos, Silvia, a su querer
sujetad la voluntad.
(Vanse los dos, y quedan SILVIA y ZAHARA solas.)

ZAHARA:

   Cristiana, di: ¿de adónde eres?
¿Eres pobre, o eres rica?
¿De suerte ensalzada, o chica?
No me lo niegues, si quieres,
    porque soy, cual tú, mujer,
y no de entrañas tan duras
que tus tristes desventuras
no me hayan de enternecer.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


SILVIA:

   Señora, soy de Granada,
y de suerte ansí abatida,
cual lo muestra el ser vendida
a cada paso y comprada.
    Dicen que fui rica un tiempo,
pero toda mi riqueza
se ha vuelto en mayor pobreza
y ha pasado con el tiempo.

ZAHARA:

   ¿Has algún tiempo tenido
enamorado deseo?

SILVIA:

Al estado en que me veo,
el crudo Amor me ha traído.

ZAHARA:

   ¿Fuiste acaso bien querida?

SILVIA:

Fuilo; y quise con ventaja
tal, que ap[e]na[s la m]ortaja
borrará fe tan subida.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

   ¿Fuiste querida primero,
o empezó el amor de ti?

SILVIA:

Primero querida fui
del que quise, querré y quiero.

ZAHARA:

   ¿Es mozo?

SILVIA:

Y aun gentilhombre.

ZAHARA:

¿Es cristiano?

SILVIA:

Pues ¡qué!, ¿moro?
¡No sale de su decoro
quien ha de cristiano el nombre!

ZAHARA:

   ¿Y es pecado querer bien
a un moro?


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


SILVIA:

Yo no sé nada;
sé que es cosa reprobada,
y a cristianas no está bien.

ZAHARA:

   ¿Y querer mora a cristiano?

SILVIA:

Eso tú mejor lo entiendes.

ZAHARA:

¡Ay, Silvia, cómo me ofendes
y me lastimas temprano!

SILVIA:

   ¿Yo, mi señora? ¿En qué suerte?


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

Escucha y te lo diré;
que, en oyéndome, bien sé
que vendrás de mí a dolerte.
    «Has de saber, ¡oh Silvia!, que estos días
partieron deste puerto con buen tiempo
doce bajeles, de cosarios todos,
y con próspero viento caminaron
la vuelta de las islas de Cerdeña;
y allí, en las calas, vueltas y revueltas,
y puntas que la mar hace y la tierra,
se fueron a esconder, estando alerta
si algún bajel de Génova o de España,
o de otra nación, con que no fuese
francesa, por el mar se descubría.
En esto, un bravo viento se levanta,
que maestral se llama, cuya furia
dicen los marineros que es tan fuert[e],
que las tupidas velas y las jarcias
del más recio navío y más armado
no pueden resistirla, y es forzoso
acudir al abrigo más cercano,
si su rigor acaso lo concede.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

Las levanta[da]s ondas, el ruido
del atrevido viento detenía
los cosarios bajeles en las calas,
sin dejarles salir al mar abierto;
y en otra parte, con furor insano,
mostrando su braveza fatigaba
una galera de cristiana gente
y de riquezas llena, que, corriendo
por el hinchado mar sin remo alguno,
venía a su albedrío, temerosa
de ser sorbida de las bravas ondas;
pero después, a cabo de tres días,
del recio mar y viento contrast[a]d[a],
descubrió tierra, y fue el descubrimiento
de su mayor dolor y desventura,
porque a la misma isla de San Pedro
vino a parar, adonde recogido[s]
estaban los bajeles enemigos,
los cuales, de la presa cudiciosos,
salen, y de furor bélico armados,
la galera acometen destrozada
y de solos deseos defendida.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

Una pelota pasa en el momento
al capitán el pecho, y a su lado
del lusitano fuerte, muerto cae
un caballero ilustre valenciano.
El robo, las riquezas, los cativos
que los turcos hallaron en el seno
de la triste galera me ha contado
un cristiano que allí perdió la dulce
y amada libertad, para quitarla
a quien quiere rendirse a su rendido.»
Este cristiano, Silvia, este cristiano;
este cristiano es, Silvia, quien me tiene
fuera del ser que a moras es debido,
fuera de mi contento y alegría,
fuera de todo gusto, y estoy fuera,
que es lo peor, de todo mi sentido.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

Compróle mi marido, y está en casa;
y, puesto que con lágrimas y ruegos,
con sospiros, ternezas y con dádivas,
procuro de ablandar su duro pecho,
al mío, que contino es blanda cera,
el suyo se me muestra de diamante;
ansí que, Silvia, hermana, como has dicho
que al cristiano no es lícito dé gusto
en cosas del amor a mora alguna,
tus razones me tienen ofendida,
y con aquesas mesmas se defiende
Aurelio, a quien ha hecho tan cristiano
el cielo para darme a mí la muerte.

SILVIA:

¿Aurelio dices que por nombre tiene,
señora, ese cristiano?

ZAHARA:

Ansí se llama.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


SILVIA:

La galera que dices, según creo,
se llamaba San Pablo, y era nueva
y de la sacra religión de Malta.
Yo en ella me perdí, y aun [ima]gino
que conozco a ese Aurelio, y es un mozo
de rostro hermoso y de nación hispana.

ZAHARA:

Sin duda has acertado, ¡ay, Silvia mía!
¿Quién es este enemigo de mi gloria?
¿Es caballero, o rústico villano?
Que todo lo parece en su apostura
y dura condición: el talle ilustre,
de la ciudad; la condición, del monte.

SILVIA:

A mí, pobre escudero me parece,
según en la galera se trataba;
que de su hacienda no sé más, señora.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

Ni yo sé qué te diga, ¡oh Silvia, Silvia!,
sino que a tal estremo soy venida,
que le tengo de amar, sea quien se fuere.
Sólo te ruego que procures, Silvia,
de ablandar esta tigre y fiera hircana,
y atraerla con dulces sentimientos
a que sienta la pena que padece
esta mísera esclava de su esclavo;
y si esto, Silvia, haces, yo te juro
por todo el Alcorán de buscar modo
cómo con brevedad alegre vuelvas
al patrio dulce suelo deseado.

SILVIA:

Deja, señora, al cargo a Silvia dello,
que tu verás lo que mi industria hace
por gusto tuyo y por provecho mío.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


(AURELIO, solo.)
AURELIO:

   ¡Oh sancta edad, por nuestro mal pasada,
a quien nuestros antiguos le pusieron
el dulce nombre de la Edad dorada!
    ¡Cuán seguros y libres discurrieron
la redondez del suelo los quen ella
la caduca mortal vida vivieron!
    No sonaba en los aires la querella
del mísero cautivo, cuando alzaba
la voz a mal decir su dura estrella.
    Entonces libertad dulce reinaba
y el nombre odioso de la servidumbre
en ningunos oídos resonaba.
    Pero, después que sin razón, sin lumbre,
ciegos de la avaricia, los mortales,
cargados de terrena pesadumbre,
    descubrieron los rubi[o]s minerales
del oro que en la tierra se escondía,
ocasión principal de nuestros males,
    este que menos oro poseía,
envidioso de aquel que, con más maña,
más riquezas en uno recogía,
    sembró la [c]ruda y la mortal cizaña
del robo, de la fraude y del engaño,
del cambio injusto y trato con maraña.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    Mas con ninguno hizo mayor daño
que con la hambrienta, despiadada guerra,
que al natural destruye y al estraño.
    Ésta consume, abrasa, y echa por tierra,
los reinos, los imperios populosos,
y la paz hermosísima destierra,
    y sus fieros ministros, codiciosos
más del rubio metal que de otra cosa,
turban nuestros contentos y reposos.
    Y, en la sangrienta guerra peligrosa,
pudiendo con el filo de la espada
acabar nuestra vida temerosa,
    la guardan de prisiones rod[e]ada,
por ver si prometemos por libralla
nuestra pobre riqueza mal lograda.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    Y así, puede el que es pobre y que se halla
puesto entre esta canalla al daño cierto
su libertad a Dios encomendalla,
    o contarse, viviendo, ya por muerto,
como el que en rota nave y mar airado
se halla solo, sin saber dó hay puerto.
    Y no tengo por menos desdichado
al que tiene con qué y el modo ignora
cómo llegar al punto deseado,
    porque esta gente, do bondad no mora,
no dio jamás palabra que cumpliese,
como falsa, sin ley, sin fe y traidora.
    Guardará por su dios al interese,
y do éste no interviene, no se espere
que por sola virtud bondad hiciese.
    Aquí en diverso traje veo que muere
el ministro de Dios, y por su oficio
más abatido es, peor se quiere,
    y el mancebo cristiano al torpe vicio
es dedicado desta gente perra,
do consiste su gloria y ejercicio.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    ¡Oh cielo santo! ¡Oh dulce, amada tierra!
¡Oh Silvia! ¡Oh gloria de mi pensamiento!
¿Quién de tu alegre vista me destierra?
    Pero, si no me engaño, pasos siento.
Yzuf, mi amo, es éste que aquí viene.
¡Cuán ajeno de sí le trae el tormento!

YZUF:

   Quien con amor amargo se entretiene,
y al duro yugo de su servidumbre
el flaco cuello ya inclinado tiene,
    si del cielo no viene nueva lumbre
que aquella ceguedad de los sentidos
con claros rayos de razón alumbre,
    todos estos remedios son perdidos;
que al fin irán por tierra derribados
los amigos consejos más sabidos.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

    Más viejos y más pláticos soldados
tiene el rey a su mando y su servicio;
déjeme a mí, que tengo otros cuidados;
    mejor será que el trabajoso oficio
de reparar los fosos y muralla
entregue al que de Amor aún es novicio;
    que yo más cruda y más fiera batalla
espero a cada paso, ¡ay suerte dura!,
que teme el alma y ha de atropellalla.
    ¡Oh Silvia, reina de la hermosura!,
por vos a los oficios doy de mano
que pudieran honrarme y dar ven[tura].
   Pero, ¿qué es lo que he dicho? ¡Oh ciego in[sano!]
¿No vale más gozar de aquellos ojos,
que ser señor del áureo suelo hispano?
Tu beldad, Silvia, adoro aquí de hinojos.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


(AURELIO vuelve y, hallándole de rodillas, le dice:)
AURELIO:

   ¿Son éstos los despojos, señor mío,
que el gran cuidado mío te procura?
Por cierto que es locura averiguada
mostrar tan derribada la esperanza.
Ten, señor, confianza; espera un poco,
que das muestras de loco en lo que haces.

YZUF:

Poco me satisfaces y contentas,
si consolarme tientas con razones.
¿Has visto las faciones de mi diosa?

AURELIO:

Señor, no he visto cosa. ¿Es ya venida?
Si lo es, retraída está allá dentro.

YZUF:

Sí está, y aun en el centro de mi pecho.

AURELIO:

Ten cierto tu provecho desde hoy más.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


YZUF:

Vamos, y verla has, y ten cuidado
de lo que te he rogado, Aurelio amigo.

AURELIO:

El cielo será dello buen testigo.
(Vanse, y sale FÁTIMA sola.)

FÁTIMA:

   El esperado punto es ya llegado
que pide la no vista hechicería
para poder domar el no domado
pecho, que domará la ciencia mía.
Por la región del cielo, el estrellado
carro lleva la noche obscura y fría,
y la ocasión me llama do haré cosas
horrendas, estupendas, espantosas.
    El cabello dorado al aire suelto
tiene de estar, y el cuerpo desceñido,
descalzo el pie derecho, el rostro vuelto
al mar adonde el sol se ha zabullido;
al brazo este sartal será revuelto
de las piedras preñadas que en el nido
del águila se hallan, y esta cuerda
con mi intención la virtud suya acuerda.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÁTIMA:

    Aquestas cinco cañas, que cortadas
fueron en luna llena por mi mano,
en esta mesma forma acomodadas,
lo que quiero harán fácil y llano;
también estas cabezas, arrancadas
del jáculo, serpiente, en el verano
ardiente allá en la Libia, me aprovechan,
y aun estos granos si en el suelo se echan.
    Esta carne, quitada de la frente
del ternecillo potro cuando nace,
cuya virtud rarísima, excelente,
en todo a mi deseo satisface,
envuelta en esta yerba, a quien el diente
tocó del corderillo cuando pace,
hará que Aurelio venga cual cordero
mansísimo y humilde a lo que quiero.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÁTIMA:

    Esta figura, que de cera es hecha,
en el nombre de Aurelio fabricada,
será con blanda mano y dura flecha,
por medio el corazón atravesada.
Quedará luego Zahara satisfecha
de aquella voluntad desordenada,
y el helado cristiano vendrá luego
ardiendo en amoroso y dulce fuego.
    A vosotros, ¡oh justos Radamanto
[y Minos!, que con leyes inmutables]
en los escuros reinos del espanto
regís las almas tristes miserables;
si acaso tiene fuerza el ronco canto
o mormurio de versos detestables,
por ellos os conjuro, ruego y pido
ablandéis este pecho endurecido.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÁTIMA:

    ¡Rápida, Ronca, Run, Raspe, Riforme,
Gandulandín, Clifet, Pantasilonte,
ladrante tragador, falso triforme,
herbárico pastífero del monte,
Herebo, engendrador del rostro inorme
de todo fiero dios, a punto ponte
y ven sin detenerte a mi presencia,
si no desprecias la zoroastra ciencia!
(Sale un DEMONIO y dice:)

DEMONIO:

   La fuerza incontrastable de tus versos
y mormurios perversos me han traído
del reino del olvido a obedecerte;
mas, ¡oh mora!, quel verte en esta empresa
infinito me pesa, porque entiendo
que es ir tiempo perdiendo.

FÁTIMA:

¿Por qué causa?


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


DEMONIO:

Pon al conjuro pausa, y al momento
satisfaré tu intento en lo que pides,
si acaso tú te mides y acomodas
a mis palabras todas y consejos.
Todos tus aparejos son en vano,
porque un pecho cristiano, que se ar[r]ima
a Cristo, en poco [esti]ma hechicerías.
Por muy diversas vías te con[v]iene
atraerle a que pene por tu amiga.

FÁTIMA:

¿Ansí questa fatiga no aprovecha?

DEMONIO:

En balde ha sido hecha. Mas escucha,
que con presteza mucha y sin rodeo
cumplirás tu de[se]o [e]n este modo:
en el infierno [todo n]o hay quien haga
más cruda y fiera [pl]aga entre cristianos,
aunque muestren más sanos corazones
y limpias intenciones, que es la dura
necesidad que apura la paciencia;
no tiene resistencia esta pasión;
la otra es la ocasión. Si estas dos vienen
y con Aurelio tienen estrecheza,
verás a su braveza derribada
y en blandura tornada, y con sosiego,
regalarse en el fuego de Cupido.


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El trato de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÁTIMA:

[Pues esas dos te pido que me invíes],
y que no te desvíes desta empresa.

DEMONIO:

Tu mandado se hará con toda priesa.
(Vanse.)


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Jornada III
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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen dos esclavos y dos muchachillos moros, que les salen diciendo estas palabras, que se usan decir en Argel: «Joan, o Juan, non rescatar, non fugir. Don Juan no venir; acá morir, perro, acá morir; don Juan no venir; acá, morir».
ESCLAVO 1º:

   ¡Bien decís, perros; bien decís, traidores!
Que si don Juan el valeroso de Austria
gozara del vital amado aliento,
a sólo él, a sola su ventura,
la destruición de vuestra infame tierra
guardara el justo y piadoso cielo.
Mas no le mereció gozar el mundo;
antes, en pena de tan graves culpas
como en él se comenten, quiso el hado
cortar el hilo de su dulce vida
y arrebatar el alma el alto cielo.

MUCHACHOS:

¡Don Juan no venir; acá morir!

ESCLAVO 2º:

¡Si él acaso viniera, yo sé cierto
que huyérades vosotros, gente infame!


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


MUCHACHOS:

¡Don Juan no venir; acá morir!

ESCLAVO 1º:

¡Tú morirás, y no podrás huirte
del duro cativerio del infierno!

MUCHACHOS:

¡Don Juan no venir; acá morir!

ESCLAVO 2º:

Vendrá su hermano, el ínclito Filipo,
el cual, sin duda, ya venido hubiera
si la cerviz indómita y erguida
del luterano Flandes no ofendiese
tan sin vergüenza a su real corona.

MUCHACHOS:

¡Acá morir!

ESCLAVO 1º:

Primero espero ver puestas por tierra
estas flacas murallas, y este nido
y cueva de ladrones abrasado,
pena que justamente le es debida
a sus continos y nefandos vicios.


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


ESCLAVO 2º:

Será nunca acabar si respondemos;
déjalos ya, Pedro Álvarez, amigo,
que ellos se cansarán, y dime agora
si todavía piensas de huirte.

ESCLAVO 1º:

¡Y cómo!

ESCLAVO 2º:

¿En qué manera?

ESCLAVO 1º:

¿En qué manera?
Por tierra, pues no puedo de otra suerte.

ESCLAVO 2º:

¡Dificultosa empresa, cierto, emprendes!


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


ESCLAVO 1º:

Pues, ¿qué quieres que haga? Dime, hermano;
que mis ancianos padres, que son muertos,
y un hermano que tengo se ha entregado
en la hacienda y bienes que dejaron,
el cual es tan avaro, que, aunque sabe
la esclavitud amarga que padezco,
no quiere dar, para librarme della,
un real de mi mismo patrimonio.
Como esto considero, y veo que tengo
un amo tan cruel como tú sabes,
y que piensa que yo soy caballero,
y que no hay modo que limosna alguna
llegue a dar el dinero que él me pide,
y la insufrible vida que padezco,
de hambre, desnudez, cansancio y frío,
determino morir antes huyendo,
que vivir una vida tan mezquina.


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


ESCLAVO 2º:

¿Has hecho la mochila?

ESCLAVO 1º:

Sí, ya tengo
casi diez libras de bizcocho bueno.

ESCLAVO 2º:

¿Pues hay desde aquí a Orán sesenta l[e]g[uas]
y no piensas llevar más de diez libras?

ESCLAVO 1º:

No, porque tengo hecha ya una pasta
de harina y huevos, y con miel mezclada,
y cocida muy bien, la cual me dicen
que da muy poco della gran sustento;
y si esto me faltare, algunas yerbas
pienso comer con sal, que también llevo.

ESCLAVO 2º:

¿Zapatos llevas?

ESCLAVO 1º:

Sí, tres pares buenos.


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


ESCLAVO 2º:

¿Sabes bien el camino?

ESCLAVO 1º:

¡Ni por pienso!

ESCLAVO 2º:

Pues, ¿cómo piensas ir?

ESCLAVO 1º:

Por la marina;
que agora, como es tiempo de verano,
los alárabes todos a la sierra
se retiran, buscando el fresco viento.

ESCLAVO 2º:

¿Llevas algunas señas por do entiendas
cuál es de Orán la deseada tierra?


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ESCLAVO 1º:

Sí llevo, y sé que he de pasar primero
dos ríos: uno del Bates nombrado,
río del azafrán, que está aquí junto;
otro, el de Hiqueznaque, que es más lejos.
Cerca de Mostagán, y a man derecha,
está una levantada y grande cuesta,
que dicen que se llama el Cerro Gordo,
y puesto encima della se descubre
frente por frente un monte, que es la Silla,
que sobre Orán levanta la cabeza.

ESCLAVO 2º:

¿Caminarás de noche?

ESCLAVO 1º:

¿Quién lo duda?


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


ESCLAVO 2º:

¿Por montañas, por riscos, por honduras
te atreves a pasar, en las tinieblas
de la cerrada noche, sin camino
ni senda que te guíe adonde quieres?
¡Oh libertad, y cuánto eres amada!
Amigo dulce, el cielo sancto haga
salir con buen suceso tu trabajo.
Dios te acompañe.

ESCLAVO 1º:

Y Él vaya contigo.
(AURELIO y SILVIA.)

[AURELIO]:

   Dádome ha la Fortuna por descuento
de todo mi trabajo, Silvia mía,
la gloria de mirarte y el contento.
    Mi pena será vuelta en alegría
de hoy más, pues que te veo, Silvia amada,
y mi cerrada noche en claro día.


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SILVIA:

   Yo soy, mi bien, la bien afortunada,
pues que torno a gozar de tu presencia,
de lo que estaba ya desconfiada.

AURELIO:

   ¿Cómo os ha ido, esposa, en esta ausencia,
en poder desta gente que no alcanza
razón, virtud, valor, almas, conciencia?

SILVIA:

   Como he tenido y tengo la esperanza
puesta en el Hacedor de tierra y cielo
con cristiana y segura confianza,
    por su bondad, aun tengo el casto velo
guardado, y con su ayuda sancta espero
no tener de mancharle algún recelo.


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AURELIO:

    Sabrás, esposa dulce, que el artero
y vengativo Amor ha salteado
con áspero rigor, airado y fiero,
    el pecho de mi ama, y le ha llagado
de una llaga incurable, pues le tiene
deste pecho, que es tuyo, enamorado,
    y a doquiera que voy comigo viene;
y, según que la mora me declara,
con el solo mirarme se entretiene.

SILVIA:

   Todo ese cuento ya me ha dicho Zahara,
y me ha pedido que yo a ti te pida
no quieras desdeñarla así a la clara.
    También no pasa menos triste vida
Yzuf, nuestro amo, que también me adora,
con fe que, a lo que creo, no es fingida.


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AURELIO:

   ¡Oh pobre moro!

SILVIA:

¡Oh desdichada mora!

AURELIO:

¡Cómo enviáis en vano al vano viento
vuestros vanos suspiros de hora en hora!
    También me ha dicho Yzuf todo su intento
y me ha rogado que yo a vos os ruegue
algún alivio deis a su tormento.
    Mas antes con airada furia llegue
una saeta que me pase el pecho,
y esta alma de las carnes se despegue,
    que tan a costa mía su provecho
y tan en daño vuestro procurase,
aunque él quede de mí mal satisfecho.


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SILVIA:

   Si en este caso, Aurelio, nos bastase
mostrar a éstos voluntad trocada,
sin que el daño adelante más pasase,
    tendríalo por cosa yo acertada,
porque deste fingir se granjearía
el no estorbarnos nuestra vista amada.
    Dirás a Zahara que por causa mía
no te muestras tan áspero, y yo al moro
diré que mucho puede tu porfía;
    y, guardando los dos este decoro
con discreción podremos fácilmente
aplacar con el vernos nuestro lloro.

AURELIO:

    El parecer que has dado es excelente,
y haráse cual lo ordenas, y entre tan[to],
quizá se aplacará el hado inclemente.
    Yo escribiré a mi padre en el quebranto
en que estamos los dos; tú, Silvia, puedes
escribir a los tuyos otro tanto.
    Y, porque a veces tienen las paredes,
según se dice, oídos, Silvia mía,
agradeciendo al cielo estas mercedes,
pasemos esta plática a otro día.


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


(OCASIÓN, NECESIDAD, AURELIO, ZAHARA y FÁTIMA. Sale primero la OCASIÓN y la NECESIDAD.)
OCASIÓN:

   Necesidad, fiel ejecutora
de cualquiera delicto que te ofrece
la pública ocasión o la secreta,
ya ves cuán apremiadas y forzadas
del Herebo infernal habemos sido,
para venir a combatir la roca
del pecho encastillado de un cristiano,
que está rebelde y muestra que no teme
del niño y ciego dios la grande fuerza.
Es menester que tú le solicites
y te le muestres, siempre a todas horas,
en el comer, y en el vestir y en todas
las cosas que pensare o pretendiere.
Yo, por mi parte, de contino pienso
ponérmele delante y la melena
de mis pocos cabellos ofrecerle,
y detenerme un rato, porque pueda
asirme della, cosa poco usada
de mi ligera condición y presta.


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


NECESIDAD:

Bien puedes, Ocasión, estar segura
que yo haré por mi parte maravillas
si tu favor y ayuda no me falta.
Pero ves, aquí viene el indomable;
aprecíbete, hermana, y derribemos
la vana presunción deste cristiano.
(Sale AURELIO.)

[AURELIO]:

¿Que no ha de ser posible, pobre Aurelio,
el defenderte desta mora infame,
que por tantos caminos te persigue?
Sí será, sí, si no me niega el cielo
el favor que hasta aquí no me ha negado.
De mil astucias usa y de mil mañas
para traerme a su lascivo intento:
ya me regala, ya me vitupera,
ya me da de comer en abundancia,
ya me mata de hambre y de miseria.


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NECESIDAD:

Grande es, por cierto, Aurelio, la que tienes.

[AURELIO]:

Grande necesidad, cierto, padezco.

NECESIDAD:

Rotos traes los zapatos y vestido.

AURELIO:

Zapatos y vestidos tengo rotos.

NECESIDAD:

En un pellejo duermes, y en el suelo.

AURELIO:

En el suelo me acuesto en un pellejo.

NECESIDAD:

Corta traes la camisa, sucia y rota.

AURELIO:

Sucia, corta camisa y rota traigo.

OCASIÓN:

Pues yo sé, si quisieses, que hallarías
ocasión de salir dese trabajo.


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AURELIO:

Pues yo sé, si quisiese, que podría
salir desta miseria a poca costa.

OCASIÓN:

Con no más de querer a tu ama Zahara,
o con dar muestras sólo de quererla.

AURELIO:

Con no más de querer bien a mi ama,
o fingir que la quiero, me bastaba.
Mas, ¿quién podrá fingir lo que no quiere?

NECESIDAD:

Necesidad te fuerza a que lo hagas.

AURELIO:

Necesidad me fuerza a que lo haga.

OCASIÓN:

¡Oh, cuán rica que es Zahara y cuán hermosa!

AURELIO:

¡Cuán hermosa y cuán rica que es mi ama!


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NECESIDAD:

Y liberal, que hace mucho al caso,
que te dará a montón lo que quisieres.

AURELIO:

Y, siendo liberal y enamorada,
daráme todo cuanto le pidiere.

OCASIÓN:

Estraña es la ocasión que se te ofrece.

AURELIO:

Estraña es la ocasión que se me ofrece,
mas no podrá torcer mi hidalga sangre
de lo que es justo y a sí misma debe.

OCASIÓN:

¿Quién tiene de saber lo que tú haces?
Y un pecado secreto, aunque sea grave,
cerca tiene el remedio y la disculpa.

AURELIO:

¿Quién tiene de saber lo que yo hago?
Y una secreta culpa no merece
la pena que a la pública le es dada.


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OCASIÓN:

Y más, que la ocasión mil ocasiones
te ofrecerá secretas y escondidas.

AURELIO:

Y más, que a cada paso se me ofrecen
secretas ocasiones infinitas.
¡Cerrar quiero con una! ¡Aurelio, paso,
que no es de caballero lo que piensas,
sino de mal cristiano, descuidado
de lo que a Cristo y a su sangre debe!

NECESIDAD:

Misericordia tuvo y tiene Cristo
con que perdona siempre las ofensas
que por necesidad pura le hacen.

AURELIO:

Pero bien sabe Dios que aquí me fuerza
pura necesidad, y esto reciba
el cielo por disculpa de mi culpa.


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OCASIÓN:

Agora es tiempo, Aurelio; agora puedes
asir a la ocasión por los cabellos.
¡Mira cuán linda, dulce y amorosa
la mora hermosa viene a tu mandado!
(Sale ZAHARA.)

ZAHARA:

Aurelio, ¿solo estás?

AURELIO:

¡Y acompañado!

ZAHARA:

¿De quién?

AURELIO:

De un amoroso pensamiento.

ZAHARA:

¿Quién es la causa? Di.

AURELIO:

Si te la digo,
podría ser que ya no me llamases
riguroso, cruel, desamorado.


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NECESIDAD:

¡Obrando va tu fuerza, compañera!

OCASIÓN:

¿Pues no ha de obrar? Escucha en lo que para.

ZAHARA:

Si eso ansí fuese, Aurelio, dichosísima
sería mi ventura, y tú serías
no menos venturoso, dulce Aurelio.
Y, porque más de espacio y más a solas
me puedas descubrir tu pensamiento,
sígueme, Aurelio, agora que se ofrece
la ocasión de no estar Yzuf en casa.

AURELIO:

Sí siguiré, señora; que ya es tiempo
de obedecerte, pues que soy tu esclavo.

NECESIDAD:

Por tierra va, Ocasión, el fundamento
del bizarro cristiano. ¡Ya se rinde!


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OCASIÓN:

¡Tales combates juntas le hemos dado!
Entrémonos con Zahara en su aposento,
y allí de nuevo, cuando Aurelio entrare,
tornaremos a darle tientos nuevos.
(Éntranse, y queda AURELIO solo.)

AURELIO:

   Aurelio, ¿dónde vas? ¿Para dó mueves
el vagaroso paso? ¿Quién te guía?
¿Con tan poco temor de Dios te atreves
a contentar tu loca fantasía?
Las ocasiones fáciles y leves
que el lascivo regalo al alma envía
tienen de persuadirte y derribarte
y al vano y torpe amor blando entregarte.
    ¿Es éste el levantado pensamiento
y el propósito firme que tenías
de no ofender a Dios, aunque en tormento
acabases tus cortos, tristes días?


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AURELIO:

¿Tan presto has ofrecido y dado al viento
las justas, amorosas fantasías,
y ocupas la memoria de otras vanas,
inhonestas, infames y livianas?
    ¡Vaya lejos de mí el intento vano!
¡Afuera, pensamiento malnacido!
¡Que el lazo enredador de amor insano,
de otro más limpio amor será rompido!
¡Cristiano soy, y he de vivir cristiano;
y, aunque a términos tristes conducido,
dádivas o promesa, astucia o arte,
no harán que un punto de mi Dios me aparte!
(Sale FRANCISCO, el muchacho hermano del niño que vendieron en la segunda jornada, y dice:)

FRANCISCO:

   ¿Has visto, Aurelio, a mi hermano?

AURELIO:

¿Dices a Juanico?

FRANCISCO:

Sí.


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AURELIO:

Poquito habrá que le vi.

FRANCISCO:

¡Oh sancto Dios soberano!

AURELIO:

    ¿Padeces algún tormento,
Francisco?

FRANCISCO:

Sí; una fatiga
que no sé como la diga,
aunque sé cómo la siento;
    y no quieras saber más,
para entender mi cuidado,
sino que mi hermano ha dado
el ánima a Satanás.

AURELIO:

    ¿Ha renegado, por dicha?


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FRANCISCO:

¿Dicha llamas renegar?
Si él lo viene a efectuar,
ello será por desdicha.
    Ha dado ya la palabra
de ser moro, y este intento
en su tierno pensamiento
con regalos siempre labra.

AURELIO:

    Vesle, Francisco, a do asoma.
¡Bizarro viene, por cierto!

FRANCISCO:

Estos vestidos le han muerto:
que él ¿qué sabe qué es Mahoma?

AURELIO:

    Vengáis norabuena, Juan.

JUAN:

¿No saben ya que me llamo...


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AURELIO:

¿Cómo?

JUAN:

...ansí como mi amo?

FRANCISCO:

¿En qué modo?

JUAN:

Solimán.

FRANCISCO:

   ¡Tósigo fuera mejor,
que envenenara aquel hombre
que ansí te ha mudado el nombre!
¿Qué es lo que dices, traidor?

JUAN:

   Perro, poquito de aqueso,
que se lo diré a mi amo.
¿Porque Solimán me llamo,
me amenaza? ¡Bueno es eso!


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FRANCISCO:

   ¡Abrázame, dulce hermano!

JUAN:

¿Hermano? ¿De cuándo acá?
¡Apártase el perro allá;
no me toque con la mano!

FRANCISCO:

¿Por qué conviertes en lloro
mi contento, hermano mío?

JUAN:

Ése es grande desvarío.
¿Hay más gusto que ser moro?
    Mira este galán vestido,
que mi amo me le ha dado,
y otro tengo de brocado,
más bizarro y más polido.
    Alcuzcuz como sabroso,
sorbeta de azúcar bebo,
y el corde, que es dulce, pruebo,
y pilao, que es provechoso.


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JUAN:

    Y en vano trabajarás
de aplacarme con tu lloro;
mas, si tú quieres ser moro,
a fe que lo acertarás.
    Toma mis consejos sanos,
y veráste mejorado.
Adiós, porque es gran pecado
hablar tanto con cristianos.
(Vase.)

FRANCISCO:

   ¿Hay desventura igual en todo el suelo?
¿Qué red tiene el demonio aquí tendida
con que estorba el camino de ir al cielo?
    ¡Oh tierna edad, cuán presto eres vencida,
siendo en esta Sodoma recuestada
y con falsos regalos combatida!


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AURELIO:

    ¡Oh, cuán bien la limosna es empleada
en rescatar muchachos, que en sus pechos
no está la santa fe bien arraigada!
    ¡Oh, si de hoy más, en caridad deshechos
se viesen los cristianos corazones,
y fuesen en el dar no tan estrechos,
    para sacar de grillos y prisiones
al cristiano cativo, especialmente
a los niños de flacas intenciones!
    En esta sancta obra ansí excelente,
que en ella sola están todas las obras
que a cuerpo y alma tocan juntamente.
    Al que rescatas, de perdido cobras,
reduces a su patria el peregrino,
quítasle de cien mil y más zozobras:
    de hambre, que le aflige de contino;
de la sed insufrible, y de consejos
que procuran cerrarle el buen camino;
    de muchos y continos aparejos
que aquí el demonio tiende, con que toma
a muchachos cristianos y aun a viejos.
    ¡Oh secta fementida de Mahoma;
ancha casaca poco escrupulosa,
con qué facilidad los simples doma!


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FRANCISCO:

   ¡Mándasme, buen Aurelio, alguna cosa?

AURELIO:

Dios te guíe, Francisco, y ten paciencia;
que la mano bendita poderosa
cura[rá] de tu hermano la dolencia.
(Vase FRANCISCO, y, yéndose a salir AURELIO, sale SILVIA y dice:)

SILVIA:

   ¿Dó vas, Aurelio, dulce amado esposo?

AURELIO:

A verte, Silvia, pues tu vista sola
es el perfecto alivio a mis trabajos.

SILVIA:

También el verte yo, mi caro Aurelio,
es el remedio de mis graves daños.


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(Abrázanse, y estánlo mirando sus amos; y ZAHARA va a dar a SILVIA, YZUF a AURELIO.)
ZAHARA:

¡Perra! ¿Y esto se sufre ante mis ojos?

YZUF:

Perro, traidor esclavo! ¿Con la esclava?

ZAHARA:

No, no señor; no tiene culpa Aurelio,
que al fin es hombre, sino esta perra esclava.

YZUF:

¿La esclava? No señora. ¡Este maldito,
forjador e inventor de mil embustes,
tiene la culpa destas desvergüenzas!

ZAHARA:

Si esta lamida, si esta descarada
no le diera ocasión, no se atreviera
Aurelio ansí abrazarla estrechamente.


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


AURELIO:

No, por cierto, señores; no ha nacido
nuestra desenvoltura de ocasiones
lascivas, según da las muestras dello,
sino que a Silvia le rogaba agora
me hiciese una merced que ha muchos días
que se la pido, y no por mi interese;
y ella también a mí me ha persuadido
un servicio le hiciese que conviene
para mejor servir la casa vuestra.
Y, por habernos concedido entrambos
aquello que pedía el uno al otro,
en señal de contento nos hallastes
de aquel modo que vistes abrazados,
sin manchar los honestos pensamientos.

YZUF:

¿Es verdad esto, Silvia?

SILVIA:

Verdad dice.

YZUF:

¿Qué pediste tú a él?


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


SILVIA:

Poco te importa
saber lo que yo a Aurelio le pedía.

ZAHARA:

¿Concediótelo, en fin?

SILVIA:

Como yo quise.

YZUF:

Entraos adentro, que por fuerza os creo;
porque, si no os creyese, convendría
castigar vuestro exceso con mil penas.
(Éntranse AURELIO y SILVIA.)
Sabréis, señora, que en este mismo punto,
viniendo por el Zoco, me fue dicho
cómo el rey me mandaba que llevase
a Silvia con Aurelio a su presencia;
y tengo para mí que algún tresleño
y mal cristiano, que a los dos conoce,
al rey debe de haber significado
cómo son de rescate estos cativos;
y, como el rey está tan mal conmigo,
porque acetar no quise el cargo y honra
de reparar los fosos y murallas,
quiéremelos quitar, sin duda alguna.


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El trato de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZAHARA:

El remedio que en esto se me ofrece
es advertir a Aurelio que no diga
al rey que es caballero, sino un pobre
soldado que iba a Italia, y que esta Silvia
es su mujer; y si esto el rey creyese,
no querrá por el tanto que costaron
quitártelos, que el precio es muy subido.

YZUF:

Muy bien dices, señora; ven, entremos
y demos este aviso a los dos juntos.
(Vanse.)


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Jornada IV
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El trato de Argel Acto IV Félix Lope de Vega y Carpio


 


Entra el cautivo que se huyó, descalzo, roto el vestido, y las piernas señaladas como que trae muchos rasgones de las espinas y zarzas por do ha pasado.
CAUTIVO:

   Este largo camino,
tanto pasar de breñas y montañas,
y el bramido contino
de fieras alimañas
me tiene de tal suerte,
que pienso de acabarle con mi muerte.
    El pan se me ha acabado,
y roto entre jarales el vestido;
los zapatos, rasgado;
el brío, consumido;
de modo que no puedo
un pie del otro pie pasar un dedo.
    Ya la hambre me aqueja,
y la sed insufrible me atormenta;
ya la fuerza me deja;
ya espero desta afrenta
salir con entregarme
a quien de nuevo quiera cautivarme.


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El trato de Argel Acto IV Félix Lope de Vega y Carpio


 


CAUTIVO:

    He ya perdido el tino;
no sé cuál es de Orán la cierta vía,
ni senda ni camino
la triste suerte mía
me ofrece; mas, ¡ay laso!,
que, aunque la hallase, no hay mover el pa[so],
    ¡Virgen bendita y bella,
remediadora del linaje humano,
sed Vos aquí la estrella
que en este mar insano
mi pobre barca guíe
y de tantos peligros me desvíe!
    ¡Virgen de Monserrate,
que esas ásperas sierras hacéis cielo,
enviadme rescate,
sacadme deste duelo,
pues es hazaña vuestra
al mísero caído dar la diestra!


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El trato de Argel Acto IV Félix Lope de Vega y Carpio


 


CAUTIVO:

    Entre estas matas quiero
asconderme, porque es entrado el día;
aquí morir espero.
Santísima María,
en este trance amargo,
el cuerpo y alma dejo a vuestro cargo.
(Échase a dormir entre unas matas, y sale un león y échase junto a él muy manso, y luego sale otro cristiano, que también se ha huido de Argel, y dice:)

CRISTIANO:

   Estas pisadas no son,
por cierto, de moro, no;
cristiano las estampó,
que con la misma intención
debe de ir que llevo yo.
    De alárabes las pisadas
son anchas y mal formadas,
porque es ancho su calzado;
el nuestro más escotado,
y ansí son diferenciadas.


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El trato de Argel Acto IV Félix Lope de Vega y Carpio


 


CRISTIANO:

    Yo seguro que no está
muy lejos de aquí escondido,
porque el rastro he ya perdido;
mas el sol alto está ya,
y yo mal apercebido.
    Aquí me quiero esconder
hasta que al anochecer
torne a seguir mi viaje;
que en este mismo paraje
Mostagán viene a caer.
    Pues el sol sale de allí,
el norte hacia aquí se inclina:
no está lejos la marina.
¡Oh, qué mal que estoy aquí!
¡Buen Jesús, tú me encamina,
    que mucho alárabe pasa
por esta campaña rasa!
Si hoy me he acertado a esconder,
no me despido de ver,
mis hijos, mujer y casa.


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El trato de Argel Acto IV Félix Lope de Vega y Carpio


 


CRISTIANO
(Escóndese, y luego sale un morillo, como que va buscando yerbas, y ve escondido a este segundo cristiano, y comienza a dar voces: «¡Nizara, nizara!», a las cuales acuden otros moros y cogen al cristiano, y dándole de mojicones se entran.)
(En entrando, despierta el primer cristiano, que está junto al león, y viéndole, se espanta y dice:)
CRISTIANO:

   ¡Sancto Dios! ¿Qué es lo que veo?
¡Qué manso y fiero león!
Saltos me da el corazón;
cumplido se ha mi deseo;
libre soy ya de pasión,
    pues lo quiere mi ventura.
Éste, con su fuerza dura,
mis días acabará,
y su vientre servirá
al cuerpo de sepultura.
    Pero tanta mansedumbre
no se ve ansí fácilmente
en animal tan valiente,
aunque su fiera costumbre,
muestra a las veces clemente.


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El trato de Argel Acto IV Félix Lope de Vega y Carpio


 


CRISTIANO:

    Mas, ¿quién sabe si movido
el cielo de mi gemido,
este león me ha enviado
para ser por él tornado
al camino que he perdido?
    Sin duda es divina cosa,
y asegúrame este intento
que en mis espíritus siento,
con fuerza maravillosa,
un nuevo crecido aliento;
    y ya es caso averiguado
que otro león ha llevado
a la Goleta a un cativo
que le halló en un monte esquivo,
huido y descaminado.
    ¡Obra es ésta, Virgen pía,
de vuestra divina mano,
porque ya está claro y llano
que el hombre que en vos confía
no espera y confía en vano!


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CRISTIANO:

    Espérame, compañero,
que yo determino y quiero
seguirte doquier que fueres;
que ya me parece que eres,
no león, sino cordero.
(Éntrase y vuelve a salir en la cuarta jornada con el león que le guía. Dice:)
    Nunca con menos afán
he caminado camino;
y, aquello que yo imagino,
no está muy lejos Orán.
¡Gracias te doy, Rey divino!
    ¡Virgen pura, a Vos alabo!
Yo ruego llevéis al cabo
tan estraña caridad;
que, si me dais libertad,
prometo seros esclavo.


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(Vase, y en la cuarta jornada salen dos cautivos: PEDRO y SAYAVEDRA.)
PEDRO:

   Siete escudos de oro he granjeado
[co]n mi solicitud, industria y maña,
[y au]n son pocos, según he trabajado.
    Nunca tuve otros tantos en España,
cuando anduve en la guerra de Granada,
armado nueve meses en campaña.

SAYAVEDRA:

   ¿Cómo cayeron, Pedro en la celada
los siete escudos hoy, por vida mía,
cualque nueva campaña fabricada?

PEDRO:

   Muy mal se negará a tu cortesía
cualquier secreto mío. Escucha agora,
y verás lo que he hecho en este día.
    En esta casa grande do Yzuf mora,
renegado español que está casado
con Zahara, la ilustre hermosa mora,
    está un cativo nuevo, que es llamado
Aurelio, y una Silvia, hermosa dama,
de quién está el Aurelio enamorado.
    Los dos de principales tienen fama,
y helo dicho yo al rey, y mandó darme
los tres escudos déstos.


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SAYAVEDRA:

¡Gentil trama!

PEDRO:

   Gentil o no gentil, si remediarme
no puedo de otra suerte, y cada día
he de dar mi jornal y sustentarme,
    ¿quieres que cate y guarde cortesía
a quien puede pagar bien su rescate?
¡No reza esa oración mi ledanía!

SAYAVEDRA:

   ¿Los otros cuatro?


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PEDRO:

Son de un jaque y mate
que he dado en una bolsa de un cristiano
con un muy concertado disparate.
    Hele hecho tocar casi con mano
que tengo ya una barca medio hecha,
debajo de la tierra, allá en un llano.
    Queda desta verdad bien satisfecha,
su voluntad, y, cierto, el bobo piensa
alcanzar libertad ya desta hecha;
    y para ayuda, el gasto y la despensa
de tablas, vela, pez, clavos y estopa,
los cuatro dio con que compró su ofensa.

SAYAVEDRA:

   ¡Desdichado de aquel que acaso topa
contigo, Pedro, y tú más desdichado,
que así cudicias la cristiana ropa!
    ¡En peligroso golfo has engolfado
tu barca, de mentiras fabricada,
y en ella tú serás sólo anegado!


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PEDRO:

   La de Noé, que está bien ancorada
en las sierras de Armeña, sería buena,
si no vale la mía acaso nada.
    Quizá nos llevará a Sierra Morena,
pero, por cuatro escudos, buena es ésta,
si acuden otros cuatro a caer carena.
    Ajenos pies han de subir la cuesta
agria de mi trabajo, y yo, holgando,
haré agasajo, regocijo y fiesta.
    ¿Qué piensas, Sayavedra?

SAYAVEDRA:

Estoy pensando
cómo se echa a perder aquí un cristiano,
y más, mientras más va, va peorando.
   Cautivo he visto yo que da de mano
a todo aquello que su ley le obliga,
y vive a veces vida de pagano.
    A otro le avasalla su fatiga,
y en Dios y en ella ocupa el pensamiento;
la abraza y la quiere como amiga.


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SAYAVEDRA:

    Y de ti sé que tienes el intento
holgazán, embaidor y cudicioso,
fundado sobre embustes sin cimiento.
    Tarde habrá libertad...

PEDRO:

¡Estás donoso!
Antes la tengo ya cierta y segura,
sino que estoy un poco vergonzoso.
    Pienso mudar de nombre y vestidura,
y llamarme Mamí.

SAYAVEDRA:

¿Renegar quieres?

PEDRO:

Sí quiero, mas entiende de qué hechura.

SAYAVEDRA:

   Reniega tú del modo que quisieres,
que ello es muy gran maldad y horrible culpa,
y correspondes mal a ser quien eres.


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PEDRO:

   Bien sé que la conciencia ya me culpa,
pero tanto el salir de aquí deseo,
que esta razón daré por mi disculpa.
   Ni niego a Cristo ni en Mahoma creo:
con la voz y el vestido seré moro,
por alcanzar el bien que no poseo.
    Si voy en corso, séme yo de coro
que, en tocando en la tierra de cristianos,
me huiré, y aun no vacío de tesoro.


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SAYAVEDRA:

   Lazos son ésos cudiciosos, vanos,
con que el demonio tienta fácilmente
con el alma ligarte pies y manos.
    Un falso bien se muestra aquí aparente,
que es tener libertad, y, en renegando,
se te irá el procurarla de la mente,
    que siempre esperarás el cómo y cuándo:
«Este año, no; el otro será cierto»;
y ansí lo irás por años dilatando.
    Tiéneme en estos casos bien esperto
muchos que he visto con tu mismo intento,
y a ninguno llegar nunca a buen puerto.
    Y, puesto que llegases, ¿es buen cuento
poner un tan inorme y falso medio
para alcanzar el fin de tu contento?
Daño puedes llamarle a tal remedio.


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PEDRO:

   Si no puede esperarse, ni es posible
de mi necesidad otra salida
para alcanzar la libertad gozosa,
¿es mucho aventurarse algunos días
a ser moro no más de en la aparencia,
si con esta cautela se granjea
la amada libertad que se va huyendo?

SAYAVEDRA:

Si tú supieses, Pedro, a dó se estiende
la perfectión de nuestra ley cristiana,
verías cómo en ella se nos manda
que un pecado mortal no se cometa,
aunque se interesase en cometerle
la universal salud de todo el mundo.
Pues, ¿cómo quieres tú, por verte libre
de libertad del cuerpo, echar mil hierro[s]
al alma miserable, desdichada,
cometiendo un pecado tan inorme
como es negar a Cristo y a su Iglesia?


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PEDRO:

¿Dónde se niega Cristo ni su Iglesia?
¿Hay más de retajarse y decir ciertas
palabras de Mahoma, y no otra cosa,
sin que se miente a Cristo ni a sus santos,
ni yo le negaré por todo el mundo,
que acá en mi corazón estará siempre
y Él sólo el corazón quiere del hombre?

SAYAVEDRA:

¿Quieres ver si lo niegas? Está atento.
Fíngete ya vestido a la turquesca,
y que vas por la calle y que yo llego
delante de otros turcos y te digo:
«Sea loado Cristo, amigo Pedro.
¿No sabéis cómo el martes es vigilia
y que manda la Iglesia que ayunemos?»
A esto, dime: ¿qué responderías?
Sin duda que me dieses mil puñadas,
y dijeses que a Cristo no conoces,
ni tienes con su Iglesia cuenta alguna,
porque eres muy buen moro, y que te llamas,
no Pedro, sino Aydar o Mahometo.


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PEDRO:

Eso haríalo yo, mas no con saña,
sino porque los turcos que lo oyesen
pensasen que, pues dello me pesaba,
que era perfecto moro y no cristiano;
pero acá, en mi intención, cristiano siempre.

SAYAVEDRA:

¿No sabes tú que el mismo Cristo dice:
«Aquel que me negare ante los hombres,
de Mí será negado ante mi Padre;
y el que ante ellos a Mí me confesare,
será de Mí ayudado ante el Eterno
Padre mío?» ¿Es prueba ésta bastante
que te convenza y desengañe, amigo,
del engaño en que estás en ser cristiano
con sólo el corazón, como tú dices?


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SAYAVEDRA:

¿Y no sabes también que aquel arrimo
con que el cristiano se levanta al cielo
es la cruz y pasión de Jesucristo,
en cuya muerte nuestra vida vive,
y que el remedio, para que aproveche
a nuestras almas el tesoro inmenso
de su vertida sangre por bien nuestro,
depositado está en la penitencia,
la cual tiene tres partes esenciales,
que la hacen perfecta y acabada:
contrición de corazón la una,
confesión de la boca la segunda,
satisfación de obras la tercera?
Y aquel que contrición dice que tiene,
como algunos cristianos renegados,
y con la boca y con las obras niegan
a Cristo y a sus sanctos, no la llames
aquella contrición, sino un deseo
de salir del pecado; y es tan flojo,
que respectos humanos le detienen
de ejecutar lo que razón le dice;
y así, con esta sombra y aparencia
deste vano deseo, se les pasa
un año y otro, y llega al fin la muerte
a ponerle en perpetua servidumbre
por aquel mismo modo que él pensaba
alcanzar libertad en esta vida.


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SAYAVEDRA:

¡Oh cuántas cosas puras, excelentes,
verdaderas, sin réplica, sencillas,
te pudiera decir que hacen al caso,
para poder borrar de tu sentido
esta falsa opinión que en él se imprime!
Mas el tiempo y lugar no lo permite.

PEDRO:

Bastan las que me has dicho, amigo; bastan,
y bastarán de modo que te juro,
por todo lo que es lícito jurarse,
de seguir tu consejo y no apartarm[e]
del santísimo gremio de la Iglesia,
aunque en la dura esclavitud amarga
acabe mis amargos tristes días.


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SAYAVEDRA:

Si a ese parecer llegas las obras,
el día llegará, sabroso y dulce,
do tengas libertad; que el cielo sabe
darnos gusto y placer por cien mil vías
ocultas al humano entendimiento;
y así, no es bien ponerse en contingencia
que por sola una senda y un camino
tan áspero, tan malo y trabajoso
nos venga el bien de muchos procurado,
y hasta aquí conseguido de muy pocos.

PEDRO:

¡Mis obras te darán señales ciertas
de mi ar[r]epentimiento y mi mudanza!

SAYAVEDRA:

¡El cielo te dé fuerzas y te quite
las ocasiones malas que te incitan
a tener tan malvado y ruin propósito!


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PEDRO:

El mesmo a ti te ayude, cual merece
la sana voluntad con que me enseñas.
Adïós, que es tarde.

SAYAVEDRA:

¡Adiós, amigo!
(Sale el REY con cuatro turcos.)

REY:

   De ira y de dolor hablar no puedo;
y es la ocasión de mi pesar insano
el ver que don Antonio de Toledo
ansí se me ha escapado de la mano.
Los arraces, sus amos, con el miedo
que yo no les tomase su cristiano,
a Tetuán con priesa le enviaron,
y en cinco mil ducados le tallaron.
    ¿Un tan ilustre y rico caballero
por tan vil precio distes, vil canalla?
¿Tanto os acudiciastes al dinero,
tan grande os pareció que era la talla
que le añedistes otro compañero,
el cual solo pudiera bien pagalla?


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REY:

¿Francisco de Valencia no podía
pagar solo por sí mayor cuantía?
    En fin, favorecióles la ventura,
que pudo más que no mi diligencia;
que ésta es la que concierta y asegura
lo que no puede hacer humana ciencia.
Conocieron el tiempo y coyuntura,
y huyeron de no verse en mi presencia:
que si yo a don Antonio aquí hallara,
cincuenta mil ducados me pagara.
    Es hermano de un conde y es sobrino
de una principalísima duquesa,
y en perderse, perdió en este camino
ser coronel en una ilustre empresa.
Airado el cielo se mostró y begnino
en hacerle cautivo y darse priesa
a darle libertad por tal rodeo,
que no pudo pedir más el deseo.
    Pero, pues ya no puede remediarse,
el tratar más en ello es escusado.
Mirad si viene alguno a querellarse.


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MORO:

Señor, aquí está Yzuf, el renegado.

REY:

Entre con intención de aparejarse
a obedecer en todo mi mandado;
si no, a fe que le trate en mi presencia
cual merece su necia inobidencia.
(Entra YZUF.)
    ¿Dónde están tus cristianos?

YZUF:

Allí fuera.

REY:

¿Cuánto diste por ellos?

YZUF:

Mil ducados.

REY:

Yo los daré por ellos.


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YZUF:

No se espera,
de tu bondad agravios tan sobrados.

REY:

¿En esto me replicas?

YZUF:

Da siquiera
algún alivio en parte a mis cuidados.
Al esclavo te doy, rey, sin dinero,
y déjame la esclava, por quien muero.

REY:

   ¿Tal osaste decir, oh moro infame?
Llevalde abajo, y dalde tanto palo,
hasta que con su sangre se derrame
el deseo que tiene torpe y malo.

YZUF:

Dame, señor, mi esclava, y luego dame
la muerte en fuego, a hierro, a gancho, en palo.


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REY:

¡Quitádmelo delante! ¡Acabad presto!

YZUF:

¿Por pedirte mi hacienda soy molesto?
(Sacan fuera a YZUF a empujones, y entran luego dos alárabes con el cristiano que se huyó, que asieron en el campo, y estos dos moros dicen al RE[Y]: «Alicun çalema çultam adareimi gu[a]naran çal çul».)

REY:

   ¿Adónde ibas, cristiano?

CRISTIANO:

Procuraba
llegarme a Orán, si el cielo lo quisiera.

REY:

¿Adónde cautivaste?

CRISTIANO:

En la almadraba.

REY:

¿Tu amo?


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CRISTIANO:

Ya murió; que no debiera,
pues me dejó en poder de una tan brava
mujer, que no la iguala alguna fiera.

REY:

¿Español eres?

CRISTIANO:

En Málaga nacido.

REY:

Bien lo muestras en ser ansí atrevido.
    ¡Oh yuraja caur! Dalde seiscientos
palos en las espaldas muy bien dados,
y luego le daréis otros quinientos
en la barriga y en los pies cansados.

CRISTIANO:

¿Tan sin razón ni ley tantos tormentos
tienes para el que huye aparejados?


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REY:

¡Cito cifuti breguedi! ¡Atalde,
abrilde, desollalde y aun matalde!
(Átanle con cuatro cordeles de pies y de manos, y tiran cada uno de su parte, y dos le están dando; y, de cuando en cuando, el cristiano se encomienda a Nuestra Señora, y el REY se enoja y dice en turquesco, con cólera: «L[a]guedi denicara, bacinaf; ¡a la testa, a la tes[ta]!», y está diciendo, mientras le están dando:)
    ¡No sé qué raza es ésta destos perros
cautivos españoles! ¿Quién se huye?
Español. ¿Quién no cura de los hierro[s]?
Español. ¿Quién hurtando nos destr[uye]?
Español. ¿Quién comete otros mil hierros?
Español, que en su pecho el cielo influye
un ánimo indomable, acelerado,
al bien y al mal contino aparejado.
    Una virtud en ellos he notado:
que guardan su palabra sin reveses,
y en esta mi opinión me han confirmado
dos caballeros Sosas portugueses.


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REY:

Don Francisco también la ha sigurado,
que tiene el sobrenombre de Meneses,
los cuales sobre su palabra han sido
enviados a España, y la han cumplido.
    Don Fernando de Ormaza también fuese
sobre su fe y palabra, y ansí ha hecho,
un mes antes que el término cumpliese,
la paga, con que bien me ha satisfecho.
De darles libertad, un interese
se sigue tal, que dobla mi provecho:
que, como van sobre su fe prendados,
les pido los rescates tresdoblados.
    Y éste dalde a su amo, y llamad luego
un cristiano de Yzuf, que está allí fuera,
que quiero que granjee su sosiego
por ver si mi opinión es verdadera.
De pérdida y ganancia es este juego.


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MORO

Señor, del bien hacer siempre se espera
galardón, y si falta d[e]ste suelo,
la paga se dilata para el cielo.
(Entra AURELIO y dícele el Rey:)

REY:

   Ya sé quién eres, cristiano;
tu virtud, valor y suerte,
y sé que presto has de verte
en el patrio suelo hispano.
    Esta Silvia, ¿es tu mujer?

AURELIO:

Sí, señor.

REY:

Y ¿adónde ibas
cuando en las ondas esquivas
perdiste todo el placer?


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AURELIO:

   Yo se lo diré, señor,
en verdaderas razones.
De otro rey y otras prisiones
fui yo esclavo, que es Amor.
   Desta Silvia enamorado
anduve un tiempo en mi tierra,
y la fuerza desta guerra
me ha traído en este estado.
    A su padre la pedí
muchas veces por mujer,
pero nunca a mi querer
sólo un punto le rendí;
    y, viendo que no podía
por aquel modo alcanzalla,
determiné de roballa,
que era la más fácil vía.
    Cumplí en esto mi deseo,
y, pensando ir a Milán,
trújome el hado al afán
y esclavitud do me veo.


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REY:

   No pierdas la confianza
en esta vida importuna,
pues sabes que de Fortuna
la condición es mudanza.
    Yo te daré libertad
a ti y a Silvia al momento,
si tienes conocimiento
de pagar tal voluntad.
    Mil ducados he de dar
por los dos, y sólo quiero
que me deis dos mil; empero,
habéismelo de jurar,
    y así, sobre vuestra fe,
os partiréis luego a España.


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AURELIO:

Señor, a merced tamaña,
¿qué gracias te rendiré?
    Yo prometo de enviallos
dentro de un mes, sin mentir,
aunque los sepa pedir
por Dios, y si no, hurtallos.

REY:

   Pues, luego os aparejad,
y en la primera saetía
tomad de España la vía,
que a los dos doy libertad.

AURELIO:

    El suelo y cielo te trate
cual merece tu bondad,
y tomá mi voluntad
por prenda deste rescate;
    que yo perderé la vida
o cumpliré mi palabra:
que este bien ya escarba y labra
en mi sangre bien nacida.


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MORO:

   Señor, un navío viene.

REY:

¿De qué parte?

MORO:

De Ocidente.

REY:

Mejor es que no de Oriente.
¿Es de gavia?

MORO:

Gavia tiene.

REY:

   Debe ser de mercancía.

MORO:

Podría ser, aunque se suena
que la mercancía es buena
si es limosna.


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REY:

Sí sería.
    Vamos. Tú, Aurelio, procura
tu partida, y ten cuidado
de aquello que me has jurado.

AURELIO:

Crezca el cielo tu ventura.
(Éntrase el REY y queda AURELIO.)
    ¡Gracias te doy, eterno Rey del cielo,
que tan sin merecerlo has permitido
que, por la mano de quien más temía,
tanto bien, tanta gloria me viniese!
(Entra FRANCISCO y dice:)

FRANCISCO:

¡Albricias, caro Aurelio!, que es llegado
un navío de España, y todos dicen
que es de limosna cierto, y que en él viene
un fraile trinitario cristianísimo,
amigo de hacer bien, y conocido,
porque ha estado otra vez en esta tierra
rescatando cristianos, y da ejemplo
de mucha cristiandad y gran prudencia.
Su nombre es fray Juan Gil.


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AURELIO:

Mira no sea,
fray Jorge de Olivar, que es de la Orden
de la Merced, que aquí también ha estado,
de no menos bondad y humano pecho;
tanto, que ya después que hubo espendido
bien veinte mil ducados que traía,
en otros siete mil quedó empeñado.
¡Oh caridad estraña! ¡Oh sancto pecho!
(Entran tres esclavos, asidos en sus cadenas.)

ESCLAVO 1.º]

   ¡Qué buen día, compañeros!
La limosna está en el puerto.
Mi remedio tengo cierto,
porque aquí me traen dineros.

ESCLAVO 2.º]

   No tengo bien, ni le espero,
ni siento en mi tierra quien
me pueda hacer algún bien.


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ESCLAVO 3º

Pues yo no me desespero

FRANCISCO:

   Dios nos ha de remediar,
hermanos: mostrad buen pecho,
que el Señor que nos ha hecho,
no nos tiene de olvidar.
    Roguémosle, como a Padre,
nos vuelva a nuestra mejora,
pues es nuestra intercesora
su Madre, que es nuestra Madre;
    porque, con tan sancto medio,
nuestro bien está seguro:
que ella es nuestra fuerza y muro,
nuestra luz, nuestro remedio.


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(Echan todos las cadenas al suelo y híncanse de rodillas, y dice el uno:)
UNO:

   ¡Vuelve, Virgen Santísima María,
tus ojos que dan luz y gloria al cielo,
a los tristes que lloran noche y día
y riegan con sus lágrimas el suelo!
Socórrenos, bendita Virgen pía,
antes que este mortal corpóreo velo
quede sin alma en esta tierra dura
y carezca de usada sepultura.

OTRO:

   Reina de las alturas celestiales,
Madre y Madre de Dios, Virgen y Madre,
espanto de las furias infernales,
Madre y Esposa de tu mismo Padre,
remedio universal de nuestros males:
si con tu condición es bien que cuadre
usar misericordia, úsala agora,
y sácame de entre esta gente mora.


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OTRO:

   En Vos, Virgen dulcísima María,
entre Dios y los hombres medianera,
de nuestro mar incierto cierta guía,
Virgen entre las vírgenes primera;
en vos, Virgen y Madre; en Vos confía
mi alma, que sin Vos en nadie espera,
que me habréis de sacar con vuestras manos
de dura servidumbre de paganos.


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AURELIO:

    Si yo, Virgen bendita, he conseguido
de tu misericordia un bien tan alto,
¿cuándo podré mostrarme agradecido,
tanto que, al fin, no quede corto y falto?
Recibe mi deseo, que, subido
sobre un cristiano obrar, dará tal salto,
que toque ya, olvidado deste suelo,
el alto trono del impereo cielo.
    Y, en tanto que se llega el tiempo y punto
de poner en efecto mi deseo,
al ilustre auditorio que está junto,
en quien tanta bondad discierno y veo,
si ha estado mal sacado este trasunto
de la vida de Argel y trato feo,
pues es bueno el deseo que ha tenido,
en nombre del autor, perdón les pido.

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