El truhán del cielo y loco santo (Versión para imprimir)

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Elenco
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El truhán del cielo y loco santo Félix Lope de Vega y Carpio


El truhán del cielo y loco santo

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



Nicolás, caballero
Octavio
Celio
Casandra, dama
Camilo, viejo
Junípero


San Francisco
Alejandro
Morcón, pobre
Una mujer, pobre
Una peregrina


Nuestra Señora
Niño Jesús
Salicio, labrador
Lauro, labrador
Silvia


Aurelio
Narcisa
Fray Antonio de Padua
Fabio
Demonio


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Acto I
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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen NICOLÁS, caballero, OCTAVIO, CELIO y CASANDRA, dama.
CASANDRA:

  Con la salud que tuviere,
estoy a vuestro servicio.

NICOLÁS:

El serviros es oficio
del que por vos vive y muere.
  Bien sabe vuestra belleza,
dos años habrá, de mí
esta verdad, aunque fui
desdichado, con firmeza.
(Tórnase a entrar OCTAVIO.)

CASANDRA:

  Suplícoos que me tratéis
con diferentes razones,
cuando en estas ocasiones
otra cosa no miréis
  más que mi sangre, que es ser
hija de Camilo, y vuestra
servidora.

NICOLÁS:

Bien se muestra
que estáis de otro parecer;
  pues Alejandro pregona
que ha de ser vuestro marido,
de vos tan favorecido;
y en Viterbo no hay persona
  que esto mismo no publique.


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CASANDRA:

Yo confieso que es deseo
de Alejandro, mas no creo,
aunque me lo certifique
  todo Viterbo, que puede
Alejandro pregonar
cosa que pueda faltar,
y que de quien es excede.
  Y no me gozo tampoco,
que pudiera ser que fuese
si mi padre lo quisiese;
pero siempre el vulgo, loco
  adivinó lo que estaba
en contingencia, por hecho,
sin saber que de mi pecho,
el primero voto faltaba;
  que es mi padre, sin quien yo
no he de tener libertad;
y con esto me mandad;
que ya imagino que entró
  mi padre, y en esto puede
hablaros mucho mejor.
Dadme licencia, señor;
que esto de límite excede
  a mujer de mi opinión,
y más doncella.


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NICOLÁS:

Esperad;
que es fuerza de voluntad,
y no fuerza de pasión.

CASANDRA:

  La verdad en todo os digo,
y que si mi padre viene
en ello, Alejandro tiene
muy grande opinión conmigo.
(Vase.)

NICOLÁS:

  ¡Que esto he venido a escuchar!
¡Que esto he llegado a sufrir!
¡Alejandro ha de morir!
¡A Casandra no ha de dar
  la mano de esposo! ¡Cielos!
¿Por qué disteis por más fuerte
al suelo el mal de la muerte,
habiendo mujer y celos?
(Entra CAMILO con báculo.)

CAMILO:

  ¡Señor, en mi casa!

NICOLÁS:

Vengo
con deseos de besaros
las manos, y a visitaros.

CAMILO:

A mucha merced lo tengo
  ¡Hola!


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(Sale OCTAVIO.)
OCTAVIO:

¡Señor!

CAMILO:

Una silla
llega al señor Nicolás.
(Siéntanse.)

NICOLÁS:

Señor Camilo, jamás
os parezca maravilla
  el veniros a servir.

CAMILO:

Las mercedes que me hacéis,
Señor, a mi amor debéis;
que fuimos hasta morir
  muy amigos vuestro padre
y yo (téngale en el cielo
Dios), que cuando vuestro abuelo
con él casó a vuestra madre,
  mantuve en las fiestas yo
una sortija, que fue
de nuestra amistad y fe
la que me calificó.
  Que del gasto y la persona,
y el aparato también,
tuvo que decir muy bien
toda la marca de Ancona.
  Ayer parece que fue;
todo brevemente pasa;
que todo el tiempo lo abrasa
cuando delante lo ve.


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NICOLÁS:

  Según eso, confiado
puedo venir a pediros...

CAMILO:

Siempre tengo de serviros,
que estoy a ello obligado;
  como sea cosa en que
pueda hacello, yo prometo;
que de ingenio tan discreto
como el vuestro, no podré
  pensar que me pidáis cosa
que no esté bien a los dos.

NICOLÁS:

Para mí, ni para vos,
esta no es dificultosa.

CAMILO:

  Pues comenzad, según eso,
a mandarme.

NICOLÁS:

A suplicaros
comienzo.

CAMILO:

Quiero escucharos.


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NICOLÁS:

Por Casandra pierdo el seso.
  Dos años habrá que estoy
en Viterbo, que de Grecia,
por la guerra de Venecia,
volví; ya sabéis quién soy,
  y que tengo mi blasón
puesto por timbre y entena,
desde la más baja almena,
al más fuerte torreón;
  y de mi hacienda, al fin,
son Diana y Villaflor,
que es el castillo mejor
de toda la Marca, en fin.
  Sin esto, tengo en Viterbo
bastante hacienda también,
que para sólo este bien
y mi persona reservo.
  ¡Que con esto que os ofrezco,
y el alma, queráis que elija
a Casandra, vuestra hija,
y por mi dueño merezco!
  Por esclavo me tened
sin mirar mi tercería.


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CAMILO:

Yo soy el que recibía
en eso mucha merced.
  Y sabe Dios que quisiera
que la mujer que os agrada,
mi hija, y vuestra criada,
sola en mi casa no fuera,
  para hacerla vuestra esclava.
y esto es verdad, ¡vive Dios!
Mas si la caso con vos,
en vos mi casa se acaba.
  Yo la tengo concertada
de casar con mi sobrino
Alejandro, y determino,
quedando con él casada,
  que en mi casa quede en pie,
pues a su mismo apellido,
él ha de ser su marido,
ya que mi desdicha fue
  tan grande, que no me dieron
varón los cielos que honrase
mi prosapia, y heredase
lo, que en Viterbo adquirieron,
  con tanto, honor y valor
mis padres y sus abuelos.


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NICOLÁS:

Hoy me han de matar los celos
bastardos hijos de amor.

CAMILO:

  Perdonad el no poder
serviros, y perdonad
no poder mi voluntad
lo que le pedís, hacer;
  porque son de amor desgracias
y pensiones del deseo
que en mí de serviros veo
sin más lisonjas.
(Entra JUNÍPERO de fraile de San Francisco, a lo tonto con las árguenas.)

JUNÍPERO:

Deo gracias .
  ¿Hay limosna por acá?

CAMILO:

Espere, padre, allá fuera.

JUNÍPERO:

Hermano viejo, el que espera
en Dios, siempre dentro está,
  y mejor dentro de Dios,
que debajo de tejado;
pero no tenga cuidado;
hablen ahora los dos;
  que yo esperaré allá afuera,
si limosna me han de dar.


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CAMILO:

Adentro puede esperar.

JUNÍPERO:

Quien no espera, desespera,
  que mejor se dice así;
pregúnteselo al infierno,
que es su fuego tan eterno,
que si esperaran allí
  que se hubiera de acabar
aquella eterna porfía,
nadie desesperaría:
ved si es bueno el esperar.
  Aquí esperaré contento
a esta pared, viejo honrado,
como un pobrete arrimado.

NICOLÁS:

¡Ah, celoso pensamiento!

CAMILO:

  Simple parece.

JUNÍPERO:

Un truhán
del palacio de Dios soy,
y para su casa voy
pidiendo en Viterbo pan.
  Mil veces le hago reir,
haciéndome a mí llorar,
deste bellaco, a pesar
que se le quiso subir
  a las barbas cierto día;
pero bien se lo pagó,
pues patas arriba dio,
con toda su compañía,
  en los abismos, adonde
mientras Dios fuere, ha de estar.


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NICOLÁS:

Padre, si puede callar,
déjenos.

JUNÍPERO:

Hermano Conde,
  Marqués, Duque, o qué sé yo,
perdone mi atrevimiento;
que soy el mayor jumento
que en la tierra Dios crió
  esto todo es rebuznar;
ya acabaré tras que acabe
de hablar todo lo que sabe,
y podrá poco callar.
  O si por esto me diera
de coces, o me mandara
dar de palos, cosa es clara
que por merced lo tuviera;
  Ponédselo vos, señor,
en el pensamiento.

CAMILO:

Al fin,
yo llevó sólo este fin
en mis intentos.


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NICOLÁS:

Si amor
  no me obligara, Camilo,
como me obliga, ¡por Dios,
que nunca usara con vos
de tan cortesano estilo!
  Ni en persona a vuestra casa
me obligara a venir hoy,
porque para quien yo soy
esto de límite pasa.
  Que aunque vos sois caballero
de Viterbo, y tan amigo
de mi padre, sois conmigo
y con él un escudero.
  Y Casandra, de mi madre
apenas merecía ser
criada.

CAMILO:

No debía
eso a mi amor vuestro padre.
  Mostraos, señor Nicolás,
con Camilo más cortés,
y con Casandra después;
que amor es ciego no más
  en el hombre más bizarro,
y no pase su porfía,
de locura a bizarría;
y ese valiente desgarro
  es para quien trae ceñida
una espada, como vos,
y está mozo, que ¡por Dios,
que a no ir aquesta vida
  tan cuesta abajo, que os diera
a entender cómo se hablaba
conmigo cuando gozaba
de mi verde primavera!
  Y pudiera ser que entonces
anduvierais mas cortés;
que estoy sin manos ni pies.


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NICOLÁS:

Cuando deshicieras bronces,
  o batieras homenajes,
fuera lo mismo.
(Levántanse.)

CAMILO:

No fuera,
ni hablar alto os sufriera,
cuanto más esos ultrajes;
  que ¡vive Dios! que os quitara
mil veces la vida. Y vos
no me igualáis, ¡vive Dios!

NICOLÁS:

¡Mientes, y queda en tu cara
  escrita esta afrenta ansí!
(Dale una bofetada.)

CELIO:

Aquí están nuestras espadas.

JUNÍPERO:

Si repartís bofetadas,
dejad una para mí.

CAMILO:

  ¿Desta manera, villano,
de mis canas a la nieve
tu ingrata mano se atreve?


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JUNÍPERO:

Y tiene muy linda mano
  en dar bofetadas, ¡hola!
que hacéis sonar martinetes;
aquí están mis dos mofletes:
dadme dos, dadme una sola,
  dadme un puñete, un sopapo,
que yo os hincharé a placer,
¡qué avaro debéis de ser!

NICOLÁS:

Vamos.

JUNÍPERO:

No os vais, don Guiñapo,
  sin darme algún bofetón.

CAMILO:

Tus pensamientos son vanos;
que he de tomar por mis manos
primero satisfacción;
  que este báculo he de hacer
en ti pedazos, traidor.

JUNÍPERO:

Dadme a mí, será mejor.

CAMILO:

Aparta, que quiero ver
  satisfecho el honor mío.
(Desnudan las espadas.)

NICOLÁS:

¡Matalde!


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JUNÍPERO:

Eso no haréis vos,
porque esta vida es de Dios,
y no o os dejó el albedrío
  para que uséis tal mal dél;
gallinejas, envainad
esas espadas, y andad
a confesaros con él
  de aquesta bellaquería
para que Dios os perdone.

CAMILO:

No os iréis sin que pregone
antes la venganza mía
  Viterbo, que no mi agravio.

JUNÍPERO:

Hermano viejo, mirad
que venganza en vuestra edad
no es de cristiano ni sabio.
  Si queréis desenojaros,
dadme esos palos a mí.
¿Qué aguardáis?

NICOLÁS:

Vamos de aquí.

CAMILO:

¡Villanos, no he de dejaros
  con mi afrenta de esa suerte;
que este báculo que ha estado
por puntal que ha sustentado
mi vida contra la muerte,
  ha de sustentar mi honor!


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NICOLÁS:

¡Matalde, y vamos de aquí
que mi . . . . . . . . . . . . . . .
adonde contra el valor
  del mundo, cuando viniera
contra mí el mundo, podría
defenderme mi osadía!

CELIO:

¡Pues muera Camilo!

NICOLÁS:

¡Muera!

JUNÍPERO:

  Si no, es sentencia de Dios
no tenéis que obedecella,
que bastamos para ella
vos y yo para otros dos;
  si Dios ayuda nos da,
este es el postrer remedio.

NICOLÁS:

¡Matalde!

CELIO:

Quita de en medio,
motilón.


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JUNÍPERO:

Dejalda ya,
  que basta lo que habéis hecho;
mirad no me enoje yo,
porque también me crió
Dios mi cólera en el pecho,
  y puedo a tontas y a locas
haceros que me soñéis;
sosegaos vos: no penséis
que en las manos y en las bocas
  de los hombres, viejo honrado,
está la afrenta; que Dios
era mejor que no vos,
y un sayón desvergonzado,
  sin hacer ni decir nada,
así como Nicolás,
en presencia de Caifás
le dio una gran bofetada
  en la cara más hermosa
que el sol ni la tierra ha visto;
y pudiera entonces Cristo,
con su mano poderosa,
  dar en los más apartados
abismos con él; que el cielo
está, por nuestro consuelo,
lleno de hombres afrentados.
  Reyes, príncipes, caudillos,
Pontífices, sacerdotes,
con bofetadas y azotes,
palos, horcas y cuchillos.

CAMILO:

  Tuvieron ésos valor
del cielo, y fáltame a mí.


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JUNÍPERO:

Teneldo, que yo nací
y soy tan gran pecador
  como vos, y si me diera
el hermano Nicolás
mil bofetadas, jamás
mi boca en su afrenta abriera,
  que antes los pies le besara
mil veces; váyase, hermano,
con su gente, y esa mano
que puso en aquella cara,
  guárdese: no se la corte
de Dios la justicia inmensa,
que venga cualquier ofensa;
y la cólera reporte:
  no sea la estatua altiva
de Nabucodonosor;
que de la muerte el rigor
es piedra que lo derriba.
  ¿Qué piensa que es, sino un poco
de estiércol sucio y podrido?
Él nada del polvo ha sido,
y estará muy vano y loco.
  ¿Quiere echar de ver quién es?
Pues considérese muerto
de tres días, y un concierto
hagamos los dos después,
  si sabe considerallo,
que estos bríos todos pierda;
pero mientras no se acuerda,
no hay hombre cuerdo a caballo.
  Váyanse, hermanos valientes,
que aquí no hay que matar ya;
que este buen viejo lo está
tanto, que tiene en los dientes
  el alma, y harán muy poco
en matarle, pues le queda
tan poco que vivir pueda.


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CELIO:

Padre truhán, simple o loco,
  métase en pedir su pan;
que aquí lo que hemos de hacer
sabemos.

JUNÍPERO:

Esto ha de ser;
vayan con Dios. ¿No se van?
  Pues si me quito el cordón
de mi padre fray Francisco,
ha de haber lindo pedrisco
de cardenal y chichón.

NICOLÁS:

  Vamos, que un Etna en mi pecho
los celos han encendido,
aunque vaya arrepentido
del disparate que he hecho.


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(Vase, y quedan JUNÍPERO y CAMILO.)
JUNÍPERO:

  Ea, buen viejo, a rezar,
y antes que el pan de la boda
se os acabe, pues de toda
la vida os puede faltar
  tan poco, acabad con vos
de saber ganar el cielo,
y dejá el libro del duelo.
¡Malos duelos le dé Dios
  a quien esas necedades
del honor puso en la vida,
que del sabio es entendida
vanidad de vanidades!
  Y aprended a perdonar
con la cruz del mismo Dios:
noramala para vos,
si a Dios queréis agradar,
  que en tantos ejemplos muestra
a su pueblo esta verdad,
y entended que la humildad,
del cielo es llave maestra.
(Entra CASANDRA.)

CASANDRA:

  Señor, ¿qué es esto? Parece
que estáis llorando, decí...
¿Qué tenéis? ¡Hablá!

CAMILO:

¡Ay de mí!


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CASANDRA:

Padre, ¿mi amor no merece
  respuesta?

CAMILO:

No ha sido nada.

JUNÍPERO:

¡Encubrirlo es por demás!
El hermano Nicolás
le ha dado una bofetada;
  pero ya se fue de aquí.

CASANDRA:

¿Estás loco?

JUNÍPERO:

Loco estoy,
pero mi palabra os doy,
que os diera un mundo si a mí
  tal bofetada me diera:
consolalde, que está loco,
pues este bien tiene en poco;
que sin pan vuelvo acá fuera,
  con el que me traje a cuestas
no más; mas ¡viva la fe
de Cristo, y adiós: que os dé
muchas bofetadas déstas!
(Vase.)

CASANDRA:

  ¿Es verdad esto, señor?

CAMILO:

Sin honor, hija querida,
estoy ya.


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CASANDRA:

¿Teniendo vida
Casandra estáis sin honor?
  ¿No es hijo este corazón
del vuestro, y la sangre mía
de la vuestra, aunque está fría?
¿Vuestros mis brazos no son?
  ¿No es éste vuestro valor,
vuestro no vencido brío?
Pues ¿qué dudáis, padre mío,
de vuestro perdido honor?
  A más . . . . . . . . . . . . . .
No se deshaga entretanto
en fuentes de amargo llanto,
de vuestras canas la nieve,
  que son puertos levantados,
de donde, en cristal deshecho,
bajan al valle del pecho
arroyuelos despeñados;
  y no es bien que haciendo extremos
con los de los ojos míos,
vayan con Dios. ¿No se van?
que las vidas aneguemos.
(Suena dentro ruido de espadas, y dice Nicolas:)

NICOLÁS:

  ¡Muera Alejandro!

CAMILO:

¿Qué es esto?


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CASANDRA:

Espadas pienso que son.

CAMILO:

O me engaña el corazón,
o Alejandro han dicho.

CASANDRA:

Presto
  sabré, padre, la verdad.

CAMILO:

Espera, Casandra, espera.
(Dentro.)

[NICOLÁS]:

¡Alejandro muera!

TODOS:

¡Muera!

CASANDRA:

Alejandro es: perdonad,
  padre, que rompa el amor
siempre en ocasiones tales
privilegios paternales;
yo vengaré vuestro honor
  de camino en el tirano
que poner sin miedo intenta,
para el relox de mi afrenta,
en nuestro rostro la mano;
  con la celosa inhumana
pasión ha roto las paces.

CAMILO:

Casandra, ¿qué es lo que haces?


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CASANDRA:

Echarme he por la ventana
  si no me dejas.

CAMILO:

Son ojos
los avisos de mi honor.

CASANDRA:

No puedo más, que el amor
se conoce en los arrojos.
(Entranse, y salen NICOLÁS, CELIO y otros acuchillando todos a ALEJANDRO, y SAN FRANCISCO tras ellos se pone en medio.)

FRANCISCO:

  Nicolás, detén la furia
de tus celos temerarios.

NICOLÁS:

Quita de en medio, Francisco;
que ha de morir Alejandro.

ALEJANDRO:

¿Desta suerte, Nicolás,
los nobles que se han preciado
en Viterbo de la sangre
de los antiguos romanos,
a un hombre solo acometen,
desta traición descuidado,
con tantas armas y gente?

NICOLÁS:

Para matar a un villano,
desta suerte han de venir;
no te espantes, Alejandro.


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ALEJANDRO:

¡Mientes mil veces; que yo
soy mejor que tú!

NICOLÁS:

¿Qué aguardo?
¿A qué aguardáis, que no hacéis
a este villano pedazos?

FRANCISCO:

Nicolás, mira que hay Dios.

NICOLÁS:

¡Matalde!

FRANCISCO:

Hermanos, hermanos,
no matéis a quien no hacéis.

CELIO:

Ya anda este fraile cansado;
yo le quitaré de en medio
de una estocada; veamos
si Alejandro se defiende
con esto.
(Vale a dar a SAN FRANCISCO, y métase CELIO debajo de tierra.)

NICOLÁS:

¡Muera Alejandro!

CELIO:

Y ¡muera este fraile, y todo!


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NICOLÁS:

Mas ¿qué es esto, cielo santo?
¡La tierra se tragó a Celio!
¡Qué prodigioso milagro!
(De rodillas.)
Danos, Francisco, tus pies,
y no permitas que vamos
con el castigo del cielo;
que sólo por mi pecado
le ha tragado el suelo a Celio.

FRANCISCO:

Este no ha sido milagro:
la tierra misma no pudo,
que es de Dios humilde estrado,
sustentar tanta soberbia,
y abriéndose, le dio paso
para el reino donde vive
aquel monstruo temerario
que no cupo en todo el cielo,
y el infierno es su palacio.
Alzad del suelo, y adiós;
y tú, Nicolás hermano,
retírate a tu castillo,
y guárdate de Alejandro
y los deudos de Camilo,
a quien hoy has agraviado.

NICOLÁS:

Confuso y celoso voy.
(Vanse todos los suyos.)


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ALEJANDRO:

Dame esos pies, varón santo,
que con pura humildad vences
los soberbios, y me has dado
la vida.

FRANCISCO:

Dios es quien puede
dar vida; váyase, hermano,
y olvide agravios; que Dios
con los que olvidan agravios
está muy bien, y remita
que nosotros no tenemos
poder para nada.

ALEJANDRO:

¡Espanto
de santidad, tus pies beso,
y el suelo que estás pisando!
(Vase ALEJANDRO y sale CASANDRA con espada desnuda, y su padre tras ella.)

CAMILO:

¡Hija mía, lo que intentas...

CASANDRA:

Yo he de librar a Alejandro
y darte venganza a ti.

FRANCISCO:

Ya es el salir excusado,
que Alejandro libre queda
del furor de sus contrarios,
y Nicolás, al castillo
que tiene se ha retirado.
Vos, señor Camilo, dad
gracias a Dios, que os ha dado
en qué merecer con él
si sabéis aprovecharos;
y la señora Casandra
mire quién es, y el estado
a que Dios la inclina elija,
y guárdeos Dios muchos años.


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CAMILO:

Con la vista solamente
consuela este soberano
retrato de Dios.

CASANDRA:

Sin duda
parece de Dios retrato,
porque arrebata del pecho
los corazones: volvamos
a nuestra casa.

CAMILO:

No sé
qué lástima me ha dejado
puesta en el alma, que vuelvo,
Casandra, alegre y llorando.
(Vanse.)

FRANCISCO:

Señor, ponga entre estos hombres
vuestra poderosa mano,
la paz que al mundo trajistes,
pues sois iris, pues sois arco
de la concordia entre el cielo
y la tierra, matizado
de vuestra sangre preciosa,
que en los horizontes altos
de la cruz, a vuestro sol
formastes celajes altos;
porque el querubín soberbio
que a vos se atrevió, intentando
poner sobre el aquilón
su trono, por los humanos
pechos esparce el veneno
con que al infierno ha bajado;
engañó algunas estrellas
que con él también bajaron.


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(Entra JUNÍPERO con el hábito colgado al pescuezo, comiendo, y dicen de dentro:)
[VOCES]:

¡Guarda el loco, guarda el loco!
¡Al loco, al loco, muchachos!

JUNÍPERO:

Yo soy el loco, venid;
dadme azotes, dadme palos;
haya pepinos y piedra
menuda; tiradme barro;
que los locos por la pena
son cuerdos.

FRANCISCO:

¡Notable caso!
Este es Junípero.

JUNÍPERO:

¡Al loco,
al loco!

FRANCISCO:

Aguárdeme, hermano.

JUNÍPERO:

¡Oh, padre nuestro, Francisco!

FRANCISCO:

¿Dónde va así, qué le ha dado,
que el hábito con la cuerda
lleva del cuello colgando
y por las calles corriendo
lleno de lodo, con tantos
muchachos detrás de sí?


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


JUNÍPERO:

Si a su noticia ha llegado,
padre Francisco, algún día,
que soy un loco echacantos,
¿desto se espanta? Por cierto,
que yo dél, padre, me espanto,
que no cayese en que yo
siempre he sido un mentecato;
si me ha tenido por hombre
de juicio, se ha engañado,
porque siempre he sido un tonto.
¡Al loco, al loco, muchachos!

FRANCISCO:

Vuelva acá.

JUNÍPERO:

Vedme aquí vuelto.

FRANCISCO:

Muestre el hábito.

JUNÍPERO:

¡Qué extraño
es el padre fray Francisco!
Siempre ha de ser mi contrario.

FRANCISCO:

¿Junípero, desta suerte
afrentar osa el sagrado
nombre de la religión?

JUNÍPERO:

Pues ¿qué quiere? Soy un asno.


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FRANCISCO:

A lo menos es un simple.

JUNÍPERO:

Y como que lo soy tanto,
que si entendiera, supiera
así el discreto bellaco
que quiso con Dios ponerse;
a fe que no hubiera dado
patas arriba en el suelo.

FRANCISCO:

¡Qué humildad, qué celo santo!
¿Quién, Junípero, no, envidia
pecho tan humilde?

JUNÍPERO:

Vamos,
que a fe que me quita un día
de mucho gusto, entretanto
que nuestros frailes comían
y se acababa el mercado;
pero yo he llevado lindo
mojicón, puñete y palo,
linda pellada de lodo
y bravos alfilerazos;
a azotes vengo molido,
y a palos hecho pedazos:
no estoy harto.

FRANCISCO:

¿No ha comido?


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


JUNÍPERO:

De eso estoy, padre, más harto,
que como comí anteayer
en el refectorio santo,
estoy que no quepo en mí.

FRANCISCO:

¡Dos días se le han pasado
sin comer!

JUNÍPERO:

¿Es poco?

FRANCISCO:

No;
antes me ha causado espanto.

JUNÍPERO:

Pues, padre, a mí muchas veces,
cuando no . . . . . . . . . . . .
se me pasan sin comer
seis días de claro en claro.
Sepa, padre, que es de bestias
estar siempre en el establo;
y se holgará de saber,
cuando todos nos juntamos
a comer al refectorio,
los gestos que, en comenzando
a mascar los unos y otros
están haciendo: yo paso
grandes mortificaciones
de risa, y nunca levanto
los ojos, por no mirar
este que levanta un labio,
el otro que abre la boca,
este que traga alargando,
como tarasca, el pescuezo
con el un carrillo hinchado;
el otro, que está sin dientes
ni muelas, está mamando;
éste se ahoga, éste escupe
la mosca que está en el caldo,
éste estornuda, aquél tose;
el que bebe haciendo pasos
de gaznate, y descubriendo
en el garguero, de un palmo,
más nuez que de una ballesta.


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FRANCISCO:

A risa me ha provocado;
grande es su simplicidad:
bien puede ser del palacio
de Dios truhán, que esto todo
espíritu está brotando.

JUNÍPERO:

Este lenguaje es de un tonto.

FRANCISCO:

Y ¿qué limosna ha juntado?

JUNÍPERO:

Veinte panes tenía juntos,
mas hánseme ido llegando
tantos pobres, que ninguno
en el arguena ha quedado.

FRANCISCO:

Pues ¿qué ha de hacer el convento?

JUNÍPERO:

Dios lo dará, que es muy largo,
y pues da ciento por uno,
por veinte, padre, está claro
que nos ha de dar dos mil.

FRANCISCO:

¡Qué sencillo pecho! Vamos.


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Vanse, y al irse a entrar JUNÍPERO, sale MORCÓN, de pobre, con un parche en un ojo.)
MORCÓN:

Socórrame, padre nuestro
fray Junípero, pues tantos
pobres socorre en Viterbo;
oiga, escuche.

JUNÍPERO:

Pobre hermano,
no, me ha quedado que dalle,
ni en todo mi poder traigo
con qué socorrerle agora.
Perdone, pero entretanto,
tome y venda esa capilla.
(Dale la capilla.)

MORCÓN:

Guárdele Dios muchos años.
(Vase MORCÓN, y sale una MUJER pobre.)

MUJER:

¡Ah, padre! Y a mí, ¿no tiene
con qué ayudarme? Que paso
con un marido que tengo
ciego, notables trabajos.

JUNÍPERO:

¿Trae tijeras?

MUJER:

Padre, sí,
que a quien se remienda tanto,
nunca le pueden faltar.


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


JUNÍPERO:

Y las que cortan más paño
son las lenguas que murmuran
del prójimo. ¿Halas sacado?

MUJER:

Sí, padre.

JUNÍPERO:

. . . . . . . . . . . .
esa manga, y gracias dando
a Dios, remiende con ella,
si alcanzare, sus andrajos;
que más pobre nació Cristo
con ser el dueño de cuantos
tesoros tiene la tierra
y el cielo.

MUJER:

Ya la he cortado.

JUNÍPERO:

¡Vaya con Dios!

MUJER:

Él le pague
el bien que nos hace.
(Vase la MUJER, y vuelve a salir MORCÓN, cojo, con diferente vestido, sin parche.)

MORCÓN:

¡Ah, hermano!
¡Ah, padre! ¡Déme limosna!

JUNÍPERO:

Esta manga que ha quedado,
córtela, si trae con qué,
que no es mala para un sayo.


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MORCÓN:

Aquí traigo una navaja
con que algunas veces rapo,
algunos amigos pobres
por precio muy moderado;
que soy remendón barbero.

JUNÍPERO:

Pues corte aprisa, y el brazo
se le encomienda, que tiene
necesidad, de ordinario,
de los dos la huerta nuestra,
porque la riego y la cavo,
y me hiciera falta.

MORCÓN:

Ya
estoy del peligro salvo,
y la manga en mi poder.

JUNÍPERO:

Dios le ampare, cojo hermano,
si es cojo de veras.

MORCÓN:

Cojo
de veras; no fueron cuantos
cojos . . . . . . . . . . . . . . . . . .
tan cojos como yo.

JUNÍPERO:

Andamos
en tan mal mundo, que algunos
se fingen cojos y mancos
por andar de puerta en puerta
vagabundos; perdonadnos
a mí y a quien me lo dijo.


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MORCÓN:

No fueron con mi zapato
cojos Cicerón ni Ovidio,
Aníbal ni Belisario.

JUNÍPERO:

Digo que os creo, y que soy
un religioso bellaco,
y que os besaré los pies
mil veces.

MORCÓN:

No cojeamos
acá sin estar primero
por Viterbo examinados
de todos sus protocojos.

JUNÍPERO:

Yo hablé como un mentecato;
perdonadme: guárdeos Dios.

MORCÓN:

¡Lindamente la ha tragado!
(Vase MORCÓN; entra una PEREGRINA con el cabello suelto encima de la esclavina, y un niño desnudo en los brazos.)

JUNÍPERO:

Mas ¿qué peregrina es ésta
que con un niño en los brazos,
suelto a la espalda el cabello,
los hermosos ojos bajos,
viene dando, al sol envidia
al parecer?


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PEREGRINA:

Simple santo,
del cielo truhán, que a Dios
alegras en su palacio,
a esta pobre peregrina,
que a este niño leche dando,
viene de Jerusalén,
que muy cerca de ella el parto
me cogió, dadme limosna.

JUNÍPERO:

Peregrina hermosa, y tanto,
que me lo habéis parecido,
y aun me habéis enamorado,
para daros yo limosna,
quisiera tener los rayos
del sol, talegos de estrellas
en plata y la luna en cuartos;
pero parece que nada
desto os falta, que vais dando
estrellas, lunas y soles,
por cabello, ojos y labios.
¿Quién sois?

PEREGRINA:

Una mujer.

JUNÍPERO:

¿Dónde
vuestro marido ha quedado,
que os deja sola, con ser
tan bella y de pocos años?


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEREGRINA:

Conmigo viene también.

JUNÍPERO:

¿Es mozo?

PEREGRINA:

Algunos retratos
se han visto suyos aquí,
adonde le pintan cano;
pero no es cano, aunque es viejo,
porque no ha podido tanto,
aunque ha vivido infinito,
en él del tiempo el agravio.

JUNÍPERO:

¿Ha sido rico?

PEREGRINA:

Tan rico,
que llega a hacer por sus manos
oro, diamantes, y aquí
tiene infinitos criados.

JUNÍPERO:

Enigmas me estáis diciendo,
que de entenderos no acabo.
Mirad, señora, en qué puedo
serviros.


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEREGRINA:

Yo voy buscando
limosna para mantillas
para este niño. Si acaso,
Junípero, con qué hacelle
esta limosna ha quedado,
será bien agradecido,
porque desnudo le traigo
en el pobre manto mío.

JUNÍPERO:

Mangas y capilla he dado
del hábito, y no me queda
ninguna cosa que daros,
si no es que con vos, señora,
también el hábito parto:
una navaja está aquí,
que a un pobre se le ha olvidado:
no será aquesto que corto,
para hacer mantillas malo,
que aunque es jerga está muy buena,
y por aquí no se ha echado
ningún remiendo hasta agora;
famosísimo está el paño
para hacer cuatro mantillas,
porque aunque tosco, estoy sano:
yo quisiera que ella fuera
de terciopelo o brocado.
Tomad.
(Corta un pedazo del hábito y dásele.)


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PEREGRINA:

El cielo os lo pague.
(Tocan flautas y vase la VIRGEN.)

JUNÍPERO:

¿Qué instrumentos concertados
son éstos que escucho agora?
¿Qué secretos soberanos
en esta mujer se encierran?
Y parece que en los labios
y en sus bellísimos ojos
todo el cielo se ha cifrado.
El alma tras sí me lleva,
y tras el sol que en sus brazos
lleva desnudo y dormido.
¡Peregrina hermosa, espanto
de la belleza, aguardad!
(Sale SAN FRANCISCO.)

FRANCISCO:

¿A dónde va voces dando?

JUNÍPERO:

No sé, padre . . . . . . . . . . .
que es menester más espacio
para decírselo.

FRANCISCO:

¡Cómo!
¿De esa suerte viene? ¿Ha dado
en otra invención agora?


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JUNÍPERO:

Padre, a sus pies arrojado
digo mi culpa.

FRANCISCO:

¿Qué es esto?

JUNÍPERO:

Hay tantos pobres hermanos
nuestros, que ha sido forzoso
repartir esos pedazos
que al hábito faltan.

FRANCISCO:

Mire:
por obediencia le mando
que del hábito no dé
jamás limosna.

JUNÍPERO:

Yo he dado
lo que me parece a mí
que no me hace falta.

FRANCISCO:

Vamos,
tomará en la ropería
un hábito.


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El truhán del cielo y loco santo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


JUNÍPERO:

Padre amado,
déjeme que en penitencia
pues no sé lo que me hago,
vaya hasta allá de rodillas.
(Híncase de rodillas y va tras SAN FRANCISCO.)

FRANCISCO:

Levante.

JUNÍPERO:

No me levanto
menos que en llegando allá.

FRANCISCO:

No vi prodigio más raro
de santidad y humildad.
que el celo de este soldado.
¡Quién tuviera contra el Mundo,
la Carne y Demonio, un campo!


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Acto II
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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Entra JUNÍPERO con otro hábito, puesta una guirnalda; saca una imagen de Nuestra Señora; esté hecho un altar, donde la pondrá, y cantan dentro los MÚSICOS.
MÚSICOS:

  Esta maya se llevó
la flor que las otras no.

JUNÍPERO:

  Ahora os quiero poner,
hermosa maya del cielo,
en el tálamo dichoso
que mis manos os han hecho;
pues sois Reina y sois tan sabia,
perdonad mi atrevimiento;
que si no llegan las obras,
se aventajan los deseos.
¡Qué linda maya que hacéis!
Canten, hermanos; ¿qué es esto?
Los músicos se me han ido;
en verdad, que no lo han hecho,
como de ellos se esperaba;
(Toma un pandero.)
Pero aquí está mi pandero,
que habrá de suplir sus faltas:
gente pasa; comencemos
a pedir con vuestra gracia
y licencia; que hoy os tengo
de juntar para un vestido,
maya del mayo del cielo.
(Sale ALEJANDRO.)
(Canta JUNÍPERO.)
  Dé para la maya,
gentil caballero;
más vale la gloria
que todo el dinero.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio



(Los MÚSICOS dentro:)
MÚSICOS:

  Y responden del cielo:
¡viva la maya, viva!
Y en dulces versos,
alabanzas divinas
todos cantemos
a la gala de la gracia,
la flor del cielo.

ALEJANDRO:

  Tome, hermano.

JUNÍPERO:

Deme, hermano;
que Dios le ha de dar su reino,
y la maya que está allí.
No tenga a traidores miedo;
que yo rogaré por él
a Dios.

ALEJANDRO:

Canta, buen Tercero;
no tengo que temer nada.
(Vase.)


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JUNÍPERO:

Vaya con Dios.
(Entra CAMILO.)

CAMILO:

Este, creo
que era Alejandro, y me importa
hablar con él.

JUNÍPERO:

¡Ah, buen viejo!
Limosna para la maya,
y pierda del pensamiento
esa intención maliciosa
que de vengarse le ha vuelto;
que Dios le dará venganza.

CAMILO:

Tome, padre; que en su pecho
pienso que Dios está hablando.

JUNÍPERO:

¿En tan humilde aposento
quería que hablase Dios?
Lo que por Dios le aconsejo,
es que se sosiegue ahora
y esté con Dios muy contento.

CAMILO:

En esta simplicidad
parece que vive el cielo.
(Vase.)


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JUNÍPERO:

¿Qué os parece, maya mía?
Esta vez os vestiremos,
que se va, a pesar del malo,
juntando lindo dinero.
(Entra el DEMONIO, de galán.)

DEMONIO:

¡Que este simple pueda tanto
contra mi brazo soberbio!
Pasar tengo, aunque los ojos
viendo este sol queden ciegos,
y decir dos pesadumbres
que le alboroten el pecho
a este ignorante, aunque tiene
tan bajos los pensamientos.
(JUNÍPERO con su pandero.)

JUNÍPERO:

  Dé para la maya,
gentil caballero;
más vale la gloria
que todo el dinero.
(Dentro los MÚSICOS.)

MÚSICOS:

  Y responden del cielo:
¡viva la maya, viva!
Y en dulces versos,
alabanzas divinas
todos cantemos
a la gala de la gracia,
la flor del suelo.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DEMONIO:

  ¡Humilde soberbio, aparta,
que con locos fingimientos
estás engañando al mundo!

JUNÍPERO:

¡Oh, bellaco, ya te entiendo!
Mira, no hay cosa ninguna
mala que yo no haya hecho,
y confieso a Dios que soy
el más mal hombre del suelo.

DEMONIO:

¡Oh, pese a tanta humildad!

JUNÍPERO:

Pues ¿hay hombre más soberbio
que yo en el mundo, bellaco?
Vuélvete, tonto, al infierno;
que tú no tienes qué dar
a la maya, según esto,
porque en perdiendo la gracia,
perdiste todo el dinero.

DEMONIO:

Con nuevos tormentos voy:
no hay asirle un pensamiento.

JUNÍPERO:

Porque vayas más corrido,
te he de cantar estos versos,
  pelón pelado,
que no tienes blanca ni cornado.


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(Los MÚSICOS dentro.)
MÚSICOS:

  Y responden del cielo:
¡El enemigo muera
a sangre y fuego!
¡Al arma, guerra, guerra!
¡Muera el infierno!

DEMONIO:

  Ya no puedo resistir
más agravios.
(Vase.)

JUNÍPERO:

Oye, fiero.
(Los MÚSICOS dentro.)

MÚSICOS:

  ¡Victoria por el cielo
y por el suelo!
¡El enemigo muera
a sangre y fuego!

JUNÍPERO:

  Con linda flema venía
el señorito echacuervos,
estando yo con mi maya.
(Entra MORCÓN de soldado, roto.)

MORCÓN:

A famosa ocasión llego
si Junípero no da
en que soy el cojo.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JUNÍPERO:

Presto
tendremos para el vestido.

MORCÓN:

Padre, ¿habrá de ese dinero
para este pobre soldado?

JUNÍPERO:

A esto, hermano, yo no puedo
llegar, porque es de mi maya;
perdone por Dios.

MORCÓN:

Pues ¿tengo
de irme sin consuelo alguno?

JUNÍPERO:

A mí me pesa, por cierto;
pero no tengo qué dalle.

MORCÓN:

Déme el hábito.

JUNÍPERO:

No puedo
pena de obediencia, dalle,
y es pedille sin provecho;
pero si él se atreve, hermano,
a quitármele del cuerpo,
aquí estoy.

MORCÓN:

Eso es muy fácil.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JUNÍPERO:

Ea, pues...

MORCÓN:

Estese quedo.

JUNÍPERO:

No hay bronce como yo; acabe,
porque se me pasa el tiempo
de pedir para mi maya,
que importa más.

MORCÓN:

Esto es hecho;
adiós, fray tonto.

JUNÍPERO:

Fray falso
cojo, adiós.

MORCÓN:

¡Viven los cielos,
que me conoció! Mas ya
no importa conocimiento.
(Vase.)

JUNÍPERO:

Yo he quedado bueno agora:
desta suerte, ¿cómo puedo
volver a los ojos santos
de mi padre y mi maestro
Francisco? Ayudadme vos,
maya mía, ¿más qué es esto?


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Con música aparece debajo un NIÑO vestido de peregrino con llagas en pies y manos con el hábito de San Francisco en la mano.)
NIÑO:

Llega, Junípero, llega.

JUNÍPERO:

Hermoso niño, ya llego.

NIÑO:

Junípero, los servicios
paga desta suerte el cielo;
que el que a mi madre y a mí
sabe vestir, está puesto
en razón que yo en persona,
pagándole su buen celo,
le traiga con qué se vista,
para que los dos andemos
de una librea vestidos.
(Vístesele JUNÍPERO el hábito y ha de estar lleno de estrellas; eche las estrellas fuera, de oropel o papel amarillo.)

JUNÍPERO:

¡Oh, mi bien, que galán quedo!

NIÑO:

Yo me voy, truhán divino
de mi palacio, a quien quiero,
tanto, que de mi persona
doy vestidos.

JUNÍPERO:

¡No tan presto:
esperad un poco, amores!


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NIÑO:

Otro día nos veremos:
volved, Junípero amigo,
con vuestra maya, que el cielo
está de vos envidioso
oyendo vuestros requiebros,
y yo celos he tenido.

JUNÍPERO:

Y con razón tenéis celos,
porque quiero a vuestra madre
más que a mi vida, por cierto.

NIÑO:

Adiós, Junípero mío.
(Vase.)


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JUNÍPERO:

Vos os vais y con vos quedo:
¡qué estrellado que he quedado!
Si me ven en el convento
desta suerte, ¿qué dirán,
siendo yo un tonto y un necio?
Yo os volveré del revés,
(Vuélvese el hábito lo de dentro afuera.)
hábito de estrellas lleno,
que es del cielo bordadura
y adentro hará más provecho.
Ya es noche, señora maya,
aunque con vos nunca tengo
sino sol, albas y días;
venid, maya de mi vida,
y de camino, pidiendo
iremos a los amigos,
porque todos lo son vuestros,
pues que sois madre de todos
y Reina de cielo y suelo;
comencemos a cantar,
y vamos; que presto espero
en vos y en el niño mío,
vuestro hijo, Jesús nuestro,
que el hábito he de pagaros,
aunque le pese al infierno,
con un bizarro vestido
estrellado de deseos.
(Canta.)
  Dé para la maya
todo el mundo entero;
más vale la gloria
que todo el dinero.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(MÚSICOS dentro.)
MÚSICOS:

  Y responden del cielo:
¡viva la maya, viva!
Y en dulces versos,
alabanzas divinas
todos cantemos
a la gala de la gracia,
la flor del suelo.
(Vase y salen SALICIO y LAURO, labradores y traen a SILVIA endemoniada.)

LAURO:

  Tenelda bien agarrada
mientras a la portería
llamo yo; que ser podría
que volviese bien curada
  si fray Francisco la ve,
que es del suelo maravilla.

SALICIO:

Ya tocó la campanilla:
gran dicha será que esté
  fray Francisco en el convento,
que nunca sosiega aquí:
ya pienso que abrieron.

LAURO:

Sí.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale MORCÓN, de fraile.)
MORCÓN:

Deo gracias.

LAURO:

Por siempre.

SALICIO:

El viento,
  de espumajos siembra agora
por que Deo gracias oyó.

LAURO:

Dios de su mano dejó
a esta pobre pecadora.
  Padre, y a esta espiritada...
(Hace visajes y forcejea.)
Si está el padre fray Francisco,
en casa, que de este aprisco
y soberana manada
  es soberano pastor,
háganos merced, si puede,
de llamarle, porque quede
con su divino favor
  esta mujer remediada.


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MORCÓN:

Sí haré, hermanos: lindamente
va refiriendo la gente
que soy fraile: en extremada
  imaginación caí
con el hábito del santo
simple, pues puedo, entretanto
que haya otra cosa, y por mí
  pasa esta necesidad
como nublado, comer;
porque nadie ha de entender
en tan gran comunidad
  de frailes, que no lo soy;
y hoy me pidió fray García
que asista en la portería,
y así, en su lugar estoy.

LAURO:

  Váyanos, padre, a llamar
a fray Francisco.

MORCÓN:

No puedo
a solas, hermano, un credo
la portería dejar
  hasta que mi compañero
venga: con paciencia estén,
que todo se ha de hacer bien.

LAURO:

En Dios y en el padre espero
  que ha de quedar sosegada
Silvia de este fiero mal.

MORCÓN:

De todo el bando infernal
no se les dé, hermanos, nada
  mientras yo en la portería
de nuestro convento esté;
mas dígame, ¿cómo fue
esta desdicha?


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LAURO:

Iba un día
  Silvia a lavar a una fuente
que está de nuestro lugar
una milla, y a pesar
de su padre; inobediente,
  no sé qué le respondió
a su padre, y la maldijo,
y del modo, que lo dijo
al punto le sucedió;
  que viniendo ella esparciendo
mil furiosos espumajos,
hablando mil latinajos
y mil secretos diciendo,
  llamamos al sacristán
y al cura, con quien habló
griego, aunque él no lo entendió,
y hubo entre ellos un batán
  de demandas y respuestas,
y aunque más por alto anduvo
el hisopo, nunca tuvo,
a mil razones molestas
  que el cura y el sacristán
la dijeron, un momento
de quietud; y a este convento,
que tan grande nombre dan
  en Viterbo, por que en él
vive, amparando a Viterbo,
de Dios este humilde siervo,
porque de aqueste cruel
  monstruo la libre, venimos.
(Forcejea con ellos.)


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MORCÓN:

Lástima es, por cierto, vella.

SALICIO:

Aun no podemos tenella.

LAURO:

Padre, ya que merecimos
  que con nosotros esté,
porque cuando vuelta demos
a Viterbo, le busquemos,
háganos tanta merced
  de que su nombre nos diga.

MORCÓN:

En el siglo me llamaba
Morcón, cuando en él andaba,
y la obligación me obliga
  ahora a llamarme en ella
fray Morcón.

LAURO:

Buen nombre tiene.

MORCÓN:

Es de menudo; ya viene
nuestro padre.


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(Entra FRANCISCO.)
LAURO:

Esta doncella,
  padre fray Francisco, amparo
de Viterbo, remediad,
pues contra su enfermedad,
que os da Dios poder es claro;
  de un espíritu cruel
que la aflige, en vos espera
el remedio.

FRANCISCO:

El cielo quiera,
hermanos, librarla de él;
  que si de arriba no viene,
es muy flaco el poder mío;
pero, en su clemencia fío,
pues es tanta la que tiene
  con nosotros, que tendrá
remedio el mal que la aflige.

LAURO:

Salicio, ¿yo no lo dije?

SALICIO:

De aquesta vez vuelve allá,
  Lauro, como una manzana,
(Forcejea con ellos.)
aunque parece que agora
está más feroz.

LAURO:

Que llora
Francisco, parece.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Llore FRANCISCO.)
FRANCISCO:

¡Oh, vana
  confianza de los hombres
en las cosas de la tierra!
¡Cómo el que no os busca yerra,
Dios de soberanos nombres!

SALICIO:

  De la tierra nos levanta
con el furor infernal.
(Hace visajes y forcejea.)

FRANCISCO:

Sentalda.

SALICIO:

No se vió igual
furia, ni fiereza tanta.

FRANCISCO:

  Déjala, bestia maldita,
sentar.
(Siéntanla.)

SILVIA:

Francisco, ¿qué quieres?
Que salga de aquí no esperes;
en vano lo solicita
  tu poder.

FRANCISCO:

Con el de Dios
no lo solicito en vano;
que es su poder soberano.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SILVIA:

¡Qué amigos que sois los dos!
  Pues ¡vive todo el infierno,
que la silla que fue mía
y que yo perdí algún día
por su injusto enojo eterno,
  que no ha de ser tuya, aunque
te la tiene destinada;
que no ha de verse ocupada
del que menos que yo fue,
  de un hombrecillo tan vil,
de un hijo de un mercader,
siendo yo el que pude ser,
luz del celeste viril!

FRANCISCO:

  Cuando Dios, bestia maldita,
que todas mis culpas ve,
que yo para siempre esté
en los infiernos, permita,
  allí viviré contento
siendo voluntad de Dios.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SILVIA:

Yo romperé entre los dos
la amistad; que al firmamento
  sé revolver, y quebrar
de las más altas esferas
las celestes vidrieras,
y el asiento trasladar
  en que yo estaba, al infierno,
donde para siempre estoy,
y de mi soberbia soy
jüez y verdugo eterno,
  contra quien no ha de valerte
tu humildad y mendiguez;
y si es posible otra vez
contra Dios, contra la muerte,
  volveré a poner mi silla
adonde el cielo se asombre,
porque Dios no la dé al hombre,
y al hombre que más se humilla;
  si fuera un Nembrot, que el cielo
quiso escalar, o un Nerón,
Arrio o Nestorio, que son
los más soberbios del suelo;
  a una mujer, por hermosa
desvanecida; a un tirano
rico, mentiroso y vano,
inútil para otra cosa;
  a un soberbio sacerdote
murmurador y malquisto,
que siendo Cristo, es de Cristo
el más enemigo azote;
  a un letrado satisfecho
con más soberbia que ciencia,
o a un mercader sin conciencia
con un infierno en el pecho;
  a un glotón, a un temerario,
a un deshonesto, a un valiente,
a un ingrato, a un maldiciente,
a un sacrílego, a un voltario,
  a un blasfemo, a un fanfarrón,
de sus letras y nobleza;
mas a un humilde, es vileza,
es afrenta, es sin razón:
  a un humilde...


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FRANCISCO:

No me admira
que aborrezcas la humildad,
inventor de la maldad
y padre de la mentira.

SILVIA:

  Si a pensar te persüades
que miento, tú sabrás hoy,
aunque no quieras, que soy
boca de decir verdades;
  que un fraile que pasa allí
al refectorio a cenar,
escandaliza el lugar.

MORCÓN:

Y yo estoy temblando aquí;
  quiero escurrirme, porque
no me descuerne la flor;
que este demonio traidor,
todo lo sabe y lo ve.
  Quiero, si puedo, gozar,
yéndome de la ocasión.


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SILVIA:

¿Adónde vais, fray Morcón?

MORCÓN:

¡Que conmigo hubo de dar
  al fin!

SILVIA:

Debes de entender
que no te conozco yo.

MORCÓN:

¡Pesar de quien me parió!
Esta vez me echa a perder.

SILVIA:

  Lindamente has engañado
al convento; industria ha sido,
pues con haberte fingido
fraile, has comido y cenado
  siendo un bellaco bribón
de vida anchurosa y larga.

MORCÓN:

Echado se ha con la carga;
aquí acabó fray Morcón.

SILVIA:

  ¿Qué es lo que quieres hacer
conmigo agora?

FRANCISCO:

Que salgas,
sin que de industria te valgas
del cuerpo de esa mujer.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SILVIA:

  Francisco, intentas en vano
esa empresa hasta morir.

FRANCISCO:

No importa; tú has de salir
aunque no quieras, tirano:
  de parte de Dios, maldita
bestia te lo mando.

SILVIA:

Aquí
me ha puesto él mismo, y ansí,
vanamente solicita
  poder, hermano, arrojarme
del imperio donde estoy.

FRANCISCO:

Pues mira que a llamar voy
a Junípero.

SILVIA:

Obligarme
  con más humildad procuras.

FRANCISCO:

Junípero ha de venir
cuando no quieras salir.

SILVIA:

De sus humildes locuras
  huyendo al infierno voy;
que no lo puedo esperar.
(Cae SILVIA en tierra.)

FRANCISCO:

Vete, que aquese lugar
mereces.


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(Sale JUNÍPERO tiznado.)
JUNÍPERO:

Mi padre, ¿soy
  de provecho en algo acá?

FRANCISCO:

¿De dó viene tan tiznado?

JUNÍPERO:

Allá en la cocina he estado.
Díganme, hermanos, ¿está
  muerta esta hermana?

LAURO:

No, padre;
espiritada venía,
y Dios, que su gracia envía,
río que sale de madre,
  a los suyos, la libró
por intercesión de nuestro
padre.

JUNÍPERO:

Es padre y maestro,
que humildad nos enseñó.

LAURO:

  Y ansí rendida ha quedado.

FRANCISCO:

El lobo infernal estaba
rebelde, y amenazaba,
de ese cuerpo apoderado
  el alma, rendida ya,
y con Junípero yo
le amenacé, y se partió
donde para siempre está.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JUNÍPERO:

  Padre, hizo mal; que tenía
que decille a ese bellaco
malquisto, tramposo, urraco,
dos pesadumbres.

FRANCISCO:

Venía
  para no poder sufrillo.

JUNÍPERO:

¿Cuándo, está el bellaco menos?
Hermanos, miren, sean buenos,
porque el infernal caudillo
  nunca se atreva jamás
mirar lo que pasa aquí:
ya vuelve la hermana en sí.
(Vuelve del desmayo.)
Venga, hermana.

SALICIO:

Silvia, ¿estás
  para venir por tu pie
al templo?

SILVIA:

Dejad primero
que a este dichoso lucero
de la santidad, le dé
  las gracias de mi remedio.

FRANCISCO:

Eso a Dios; que yo no soy
sino un gusano, que estoy
del infierno y cielo en medio,
  con el aliento que Dios
para buscarle me da.


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SILVIA:

El cielo cifrado está,
padre, en vosotros dos.

MORCÓN:

  No han hecho caso de mí:
de nones debo de estar.

JUNÍPERO:

Ea, hermanica, a rezar.

SILVIA:

Desde hoy, para Dios nací.
(Vanse SILVIA, LAURO y SALICIO.)

FRANCISCO:

  ¡Hermano Morcón!

MORCÓN:

¿Qué manda,
padre, Vuestra Reverencia,
que aquí estoy con obediencia?

FRANCISCO:

El que a engañar se desmanda
  la religión, es razón
que así sea castigado,
pues sin seso ha profanado
la sagrada religión;
  quítese el hábito luego
y váyase por allí.

MORCÓN:

Padre, el hábito está aquí:
ni lo excuso ni lo niego;
  aunque el padre me le dió
de limosna cierto día
que necesidad tenía.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FRANCISCO:

Pues ¿no le he mandado yo,
  Junípero, que no dé,
pena de santa obediencia,
el hábito?

JUNÍPERO:

A su conciencia
dejo el decir cómo fue.

MORCÓN:

  Si a ella lo deja, yo digo
que él me lo dió.

JUNÍPERO:

Miente, hermano,
porque por su propia mano,
que Dios es mejor testigo,
  el hábito me quitó
que tiene; bien es verdad:
que fue con mi voluntad
yo consentí, y él obró.

FRANCISCO:

  Y este hábito, ¿de quién es?

JUNÍPERO:

Pues nuestro padre lo ignora,
no puedo decirlo agora:
yo se lo diré después.
  Váyase, hermano Morcón,
y muestre con obediencia
mucho amor, mucha paciencia;
que el padre tiene razón:
  consuélese con Adán,
que era mejor que no, él,
y del terrenal verjel
le echaron menos galán.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MORCÓN:

  Padres, en todo el lugar
mi culpa es bien que pregonen:
por el hábito perdonen,
porque me le he de llevar;
  que quiero hacerle dinero
para pasar mi camino;
que vale en Viterbo el vino
más caro que el pan, y quiero,
  con licencia de los dos,
ir a tratar esta tarde
salir de Viterbo; guarde
a Sus Reverencias Dios.
(Vase y llévase el hábito.)

JUNÍPERO:

  Lo mismo me hiciera yo,
a tener necesidad.

FRANCISCO:

¡Qué extraña simplicidad!

JUNÍPERO:

¿Esto, padre, le espantó?
  Pues ayer hice quitar
también a una hermana vieja
que un momento no me deja
de pedir e importunar,
  de aquel frontal carmesí
que tiene el altar mayor,
que dió, yendo aquel señor
a Loreto por aquí,
  las campanillas de plata
para sustentar sus hijos,
y mostrando regocijos
se fue.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FRANCISCO:

Sin duda que trata
  de destruir el convento.

JUNÍPERO:

Tiene razón; soy un loco
y una bestia, y digo poco:
¿qué más hiciera un jumento?
  En verdad, que merecía
en esta carne traidora
diez disciplinas agora
con que pasara crujía,
  y que me sacara un potro
por las calles a arrastrar;
que aquesto fue desnudar
un santo por vestir otro.
(Vanse.)
(Salen CASANDRA y ALEJANDRO.)

ALEJANDRO:

  ¿Por qué han de ser vuestros ojos,
hermosísima Casandra,
hasta eclipsarse, dos soles,
pues esto en el sol es falta?
¿Por qué a mis tiernos suspiros
han de estar vuestras entrañas
cerradas, habiendo sido
de mi noche hermosas albas?
¿Qué es esto, Casandra mía?


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

¿No te parece que hay causas,
Alejandro, para estar
eclipsada y sepultada?
¿No es falta, primo, de amor,
ni tibieza ni mudanza,
sino la causa forzosa
que de la gente me aparta,
porque el amor que te tengo
por papeles y palabras
confirmado durará
tan inmortal como el alma;
que las mujeres que tienen,
primo, obligaciones tantas,
en la firmeza jamás
a sus amantes engañan.
Mi padre salió, Alejandro,
a buscarte esta mañana
con intención de que trates
de ser mi esposo, pues falta
tan poco, que solamente
de mi padre se aguardaba
la resolución, que dice
que quiere verme casada
antes que su muerte vea,
que casi a sus puertas llama,
pues dicen ya que no hay fuego
las cenizas de sus canas.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Casandra, querida prima,
pésame que ocasión haya
en que no pueda acudir
a lo que tan bien me estaba,
porque mientras que tu padre
su afrenta no desagravia
por sus deudos o por él,
el ser tu esposo, Casandra,
no me está bien; que no quiero,
que de ti, con esta mancha,
a mí traspases la infamia.
Toca a los hijos y nietos,
y mientras no está vengada,
ni me caso, ni me toca,
aunque soy su deudo, tanta,
que es transversal parentesco;
y en estando tú casada
conmigo, soy hijo, y luego
toda la afrenta me carga.

CASANDRA:

¿Esto es lo que tiene en ti
mi fe, Alejandro?

ALEJANDRO:

¡Casandra,
sabe, el cielo, que te adoro;
pero en llegando a que haga
cosa contra el honor mío,
Dios ni la razón lo mandan!
Deja que corran los tiempos;
que aunque Nicolás se guarda
en su castillo, algún día
podrás tener de él venganza,
pues mis deudos y los tuyos
no se duermen.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

Aguarda.

ALEJANDRO:

Viene tu padre, y no quiero
perder, Casandra, a sus canas
el respeto que las debo,
si el casamiento me trata.
Guárdete Dios.
(Vase.)

CASANDRA:

¿Que esto escucha
mujer como yo?, mal haya
la que con obligaciones
vuelve a ninguno, la cara;
¡mal haya la que no miente,
la que no, es mudable, ingrata,
la que con palabras solas,
obras y palabras paga;
y mal haya yo, que puse
en hombre las esperanzas,
que de su amor hice siempre
comodidad para el alma!
Vertiendo veneno estoy:
mi padre ha entrado.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Entra CAMILO.)
CAMILO:

Casandra,
¿no estaba Alejandro agora
contigo aquí?

CASANDRA:

Sí, aquí estaba.

CAMILO:

¿Fuése?

CASANDRA:

Imagino que sí.
¡Sueño parece que pasa
hoy por mí!

CAMILO:

Hija, ¿no sabes
que yo buscándole andaba?

CASANDRA:

Yo imaginé que le hubieras
Hallado


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CAMILO:

He estado en la plaza,
ocupado en ver pasar
a la discreta ignorancia,
a la santidad humilde
que de Viterbo se ampara,
en Junípero y Francisco,
que parten a la jornada
del monte de Albernia, donde
el milagro de Asís pasa
los más años la cuaresma
de San Miguel, en sus altas
cumbres, porque al año ayuna
cuatro cuaresmas que abrazan
casi todo el año junto;
y allí con Dios se regalan
en aquella soledad
que es compañía del alma,
y es de ver de la manera
que se despiden de cuantas
personas hay en Viterbo,
y por las calles y plazas,
hombres, niños y mujeres,
lágrimas tiernas derraman,
diciendo que con su ausencia
a todos el bien les falta,
el amparo y el remedio,
y ellos a todos abrazan,
ricos de piedad divina,
llenos de lágrimas santas,
sin prevención de camino
más que unas pobres sandalias
y unas arguenas vacías,
que hasta estar en el camino,
de nadie reciben nada;
y para más perfección,
toda esta pobreza guardan;
fuéseme el alma tras ellos:
y ¡qué bien que fuera el alma,
si en tan dulce compañía
ir mereciera, Casandra!
Pero yo vuelvo a buscar
a Alejandro.


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CASANDRA:

Es excusada
tu diligencia.

CAMILO:

¿Qué dices?

CASANDRA:

Que no he de ser, si me matas,
mujer de Alejandro yo.

CAMILO:

¿Estás loca? ¿Qué es la causa
que te ha mudado, tan presto?

CASANDRA:

¿Ser mujer no basta?

CAMILO:

Basta,
pero no ser hija mía.

CASANDRA:

El estar determinada
lo vence todo; ya tengo
elegido quien me iguala,
por esposo, en el lugar
de Alejandro.

CAMILO:

¿Quién, ingrata?


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

Tu enemigo Nicolás.

CAMILO:

¡Estás loca!

CASANDRA:

Tengo causas
bastantes para estar loca.

CAMILO:

¡Daréte muerte, villana!

CASANDRA:

Yo sé que busco tu honor,
y cuando no le buscara,
lo precipitara todo
sólo por tomar venganza.

CAMILO:

No te entiendo.

CASANDRA:

¿A ti, te importa
que no me entiendas?

CAMILO:

Aguarda.

CASANDRA:

No hayas miedo, que por mí
falte el honor a tu casa.


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(Vase; sale MORCÓN, de camino, de peregrino.)
MORCÓN:

Miente quien camina a pie
y quien no teniendo blanca,
convida a nadie a comer
y dice que no se cansa;
aunque no me ha sido el traje
con que vengo de importancia
tan poca, que recogida
no lleve alguna ganancia;
porque diciendo: «A este pobre
romero o ciprés que pasa
a Loreto en romería»,
todo caminante alarga
al peregrino Morcón
lo que puede. ¡Linda traza
para comer y cenar,
si a pie no se caminara!
¡Oh, válgate Dios por legua
más larga que una esperanza
de un pretendiente, y más necia
que quien de linaje trata!
No tuvieras una venta
al pie de aquesta montaña,
aunque en ella hubiera un Judas!


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MORCÓN:

Legua estoque, legua lanza,
legua asador, legua censo,
legua pleito, legua trampa,
legua vida perdurable,
que nunca jamás se acaba:
río pienso que hay al paso,
si la vista no me engaña;
¡qué linda ayuda de costa
para una legua muy larga,
porque no descubre puente
por donde pasar, ni barca
que tenga a falta sus veces!
¡Siempre me persigue el agua!
¡Qué falsita que se ríe
entre arena y guijas blancas,
brindis haciendo a los ojos,
y luego en unas tercianas
huirá de un hombre mil leguas
por no ayudarle! Bien haya
el vino, que es, en efecto,
hombre de bien que no falta
a nadie en las ocasiones.
Quiero, sobre la esmeralda
desta margen esperar
bestia que de esotra banda
me pase, pues es tan cierto
que en ninguna parte faltan,
y más siendo este camino
el cosario de la marca
de Ancona: gente parece
que viene, aunque somos pata
para la traviesa y todo,
que pienso que también marchan,
como yo al pie de la letra;
frailes parece que pasan,
sin duda, a Roma o Loreto.


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(Entran SAN FRANCISCO y JUNÍPERO, de camino con báculos.)
FRANCISCO:

Junípero, estas montañas
un grande bien me prometen.

JUNÍPERO:

Padre nuestro, si se cansa
del camino, pues es fuerza,
que son las leguas muy largas,
súbase en mí y haga cuenta
que soy un jumento.

FRANCISCO:

Basta
su dichosa compañía
por descanso.

JUNÍPERO:

Si una albarda
pide, padre, de limosna
en esta aldea cercana,
irá en mí muy a placer
a todas estas jornadas,
mucho mejor que en el asno
más valiente que hay en casa;
que no es bien que el suelo toquen
esas venturosas plantas
que han de pisar las estrellas
de gloria eterna bordadas,
con gran dicha; que los pies
que en tan buenos pasos andan
ha de regalarles Dios
con mercedes soberanas.


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MORCÓN:

Ellos son. ¡Padre mío!
¡Fray Junípero!

JUNÍPERO:

Deo gracias,
hermano Morcón: ¿adónde?

MORCÓN:

A Roma por todo.

JUNÍPERO:

Vaya,
hermano, muy norabuena,
y convierta allá sus gracias
en gracias y jubileos.

MORCÓN:

A eso voy.

JUNÍPERO:

¿Qué es lo que aguarda
ahora?

MORCÓN:

Padre, una bestia
que me pase a esotra banda,
por no mojarme en el río
los pies, que padezco extrañas
enfermedades del pecho.

JUNÍPERO:

Si de mí, hermano, se agrada,
no hay jumento como yo:
ya me quito las sandalias.


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(Apártanse a un lado.)
MORCÓN:

Haráme mucha merced.

FRANCISCO:

Que me está diciendo el alma,
río de Albernia, parece
que en vuestros montes me aguarda
un grande bien; mas ¿qué niño
es ése de hermosa cara,
(Aparece el NIÑO JESÚS, entra de pastor, sentado en una peña, con su cayado en la mano.)
que en traje de pastor veo
sobre aquella peña parda,
que es, con envidia del sol,
el Narciso destas aguas?
No he visto mayor belleza.
Pastor hermoso, que guardas
en tan tierna edad ovejas,
simples corderos o cabras,
¿qué esperas aquí?

NIÑO:

Que venga
quien me pase, a esotra banda,
porque tengo en la otra orilla
mi ganado y mi cabaña.

FRANCISCO:

Yo te pasaré en mis hombros,
y dentro de mis entrañas,
siendo para mi deseo
dulce y venturosa carga.


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NIÑO:

Agradecido recibo
obra tan buena.

FRANCISCO:

Levanta
y vamos, pastor hermoso;
que ya aprisa se descalzan
mis pies y humildes deseos.

NIÑO:

Vamos, santo patriarca
de tu religión.

FRANCISCO:

Pastor,
subid en mi humilde espalda.

NIÑO:

A quien sustenta con ella
la iglesia de Cristo santa,
no hay peso que le derribe:
comienza a pasar las aguas,
nuevo Moisés.

JUNÍPERO:

Mi padre
Francisco, pienso que pasa,
hermano Morcón, el vado,
si las sombras no me engañan,
con un pastorcillo a cuestas
que al sol en belleza iguala,
y parece con los dos
el río un cielo.

FRANCISCO:

En el agua,
otro Cristóbal parezco.


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(Entrase SAN FRANCISCO con el NIÑO, como que pasa el río.)
JUNÍPERO:

Vamos, hermano Morcón.

MORCÓN:

El cielo le satisfaga,
padre, este bien.

JUNÍPERO:

No se ponga
de suerte que luego caiga;
agárrese bien de mí.
(Cógele a cuestas.)

MORCÓN:

No ha de haber peste ni sarna
tan pegada como yo.

JUNÍPERO:

Vaya Dios en nuestras almas;
alce los pies, no se moje.

MORCÓN:

¿Hasta dónde llega el agua?

JUNÍPERO:

Arriba de las rodillas.

MORCÓN:

No he de tocarte, bellaca.

JUNÍPERO:

Diga, hermano Morcón, ¿lleva
dineros?


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(Vale pasando.)
MORCÓN:

Padre, no faltan,
para pasar el camino,
hasta once julios en plata.

JUNÍPERO:

Pues, hermano, nuestra Regla,
que nunca traigamos manda
una blanca con nosotros,
y no puedo quebrantarla:
perdone.

MORCÓN:

¿Qué quiere hacer?

JUNÍPERO:

Dejarle, hermano, en el agua;
que no he de hacer de Francisco
ofensa a la Regla santa;
no viene muy hondo el río:
adiós.
(Déjale caer en el agua, y vase.)

MORCÓN:

Motilón, aguarda,
que ¡vive Dios, que he de hacerte
que me sueñes! Nunca falta
quien dé venganza a rüines;
mas yo tomaré venganza:
de vos, agua, con la boca,
y de ti con una estaca.


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(Bebe y vase saliendo como que pasa agua, y salen SAN FRANCISCO y el NIÑO.)
NIÑO:

  Aquí le pienso pagar,
Francisco, a tu santo pecho
esta amistad que me has hecho,
que hoy de comer te he de dar;
  ya nos aguarda la mesa,
puesta en la cabaña mía.

FRANCISCO:

A tan venturoso día
me llamaba el alma apriesa.
(Descúbrese una mesa, y en ella los misterios de la Pasión en platos: en uno, la corona de espinas, en otro, los clavos; en otro, los azotes; en otro, la esponja, y en otro, el hierro de la lanza.)

NIÑO:

  Sentémonos a comer.

FRANCISCO:

El alma corre con vos
mil glorias.
(Entra JUNÍPERO.)

JUNÍPERO:

¿Piensan los dos
que a solas se lo han de haber?
  Pues también yo estoy acá.

NIÑO:

Venid muy enhorabuena.


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JUNÍPERO:

En casa que está tan llena,
para todo el mundo habrá,
  pues desde el hombre al gusano
tenéis, cuando es menester,
cargo de dar de comer,
que tenéis muy larga mano.
  De vuestro palacio soy
el truhán y el chocarrero,
y hoy, que hay convidados, quiero,
pues a vuestra mesa estoy,
  entreteneros cantando:
vaya de gusto y locura,
que ya le está a mi ventura
un instrumento brindando.
  Y tened en la memoria
de darme, pues es ansí,
de gracia un hábito aquí
y allá unas calzas de gloria.
  Empezad a decir vos.

NIÑO:

Estos platos, huésped mío;
que quien ha pasado un río
con todo el peso de Dios,
  bien ha menester comer.
Ese azote y esa mano
que me ofendieron humano,
dos principios pueden ser.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JUNÍPERO:

  Y yo de alegraros trato,
aunque siempre lo está Dios:
acordaos, Francisco, vos,
de levantarme algún plato.
(Canta:)
  Si queréis que lo diga, dirélo,
mas habéismelo de pagar:
por cada palabra un cielo,
que yo no pretendo más.
Pelícano parecéis,
y en ello no hay que dudar,
pues tenéis abierto el pecho
y la sangre al hombre dais.
Pero otro apodo mejor
esta vez os quiero dar,
que sé que acertaré en él
mejor que en comer Adán:
digo, divino Pastor,
que el apodo esta vez va,
que os parecéis a vos mismo,
que no hay más que desear.
Si queréis que lo diga, dirélo,
mas habéismelo de pagar.

NIÑO:

  Deste plato de mis clavos,
llegad, Francisco, a gustar;
que yo os prometo que presto
Su posesión os darán.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FRANCISCO:

¡Qué bien guisada comida!

NIÑO:

Esta corona tomad,
porque para la cabeza,
Francisco, es dulce manjar.

FRANCISCO:

Coronados mis deseos
por vos, Césares serán
del cielo, en vencerlo todo.

NIÑO:

Si sed de beber os da,
hiel y vinagre, Francisco,
en aquesta esponja están.

FRANCISCO:

¡Dulce bebida es por vos!

JUNÍPERO:

¿No hay algo para el truhán?
Pero está el truhán muy frío;
quiero volver a cantar.
(Canta:)
  Si queréis que lo diga, dirélo,
mas habéismelo de pagar.
Reparad, Francisco, agora,
que allá los apodos van,
y a quien mal le parecieren,
mala Pascua y mal San Juan.
Parecéis con la corona,
rey de la tierra y el mar,
y Papa porque tenéis
otra corona además;
y así, cualquiera que os viere
con la de espinas, dirá
sois, Cristo, fraile francisco,
y un Francisco de cristal.
Si queréis que lo diga, dirélo,
mas habéismelo de pagar.


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El truhán del cielo y loco santo Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NIÑO:

  Deste hierro de la lanza
de mi costado, gustad;
que es para el pecho divino
alimento.

FRANCISCO:

Dentro estáis
y miráis mis pensamientos,
lince de amor celestial.

NIÑO:

Pues la comida se acaba,
venid en el carro ya
de mi amor y de mi fuego,
que es el último manjar.

JUNÍPERO:

Padre nuestro, fray Francisco,
¿adónde sin mí se va?
¿Tan solo me deja aquí?
¿Eso es razón y amistad?
Lléveme, padre, consigo,
no me deje por acá;
espere, aguarde, que pienso
que no le he de ver jamás.
(Cúbrese la mesa con música. Queda JUNÍPERO como elevado.)


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Acto III
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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Sale JUNÍPERO, solo, como perdido.
JUNÍPERO:

  ¡Riscos que contra el cielo
levantando homenajes arrogantes
con las puntas de hielo,
os atrevéis a muros de diamantes,
raudal de plata, río!
¡Montes de Albernia, dadme al padre mío!
  ¡Valles adonde el viento
a bajar de profundo no se atreve,
y en dulce movimiento
baja en cristal la montañosa nieve
formando un claro río!
¡Montes de Albernia, dadme al padre mío!
  ¡Toda esta noche fría
busco, Francisco, tus dichosas plantas,
y me ha negado el día,
como no miro en tus estrellas santas,
la luz de quien confío!
¡Montes de Albernia, dadme al padre mío!
  ¡Ay, padre, qué olvidado
vivís de mí, como vivís agora
de un Rey siendo privado!
¡Názcame a mí también su hermosa aurora
en tan triste desvío!
¡Montes de Albernia, dadme al padre mío!
  Mas ¿qué es esto? ¿Qué veo?
¿No son plantas humanas las que miro
y las que ver deseo,
asidas casi al celestial zafiro,
sangrientas y llagadas,
y con tanta razón de mí estimadas?
  ¡El sayal santo agora
del hábito, descubro! ¿Si ha trocado
Cristo, que le enamora,
los vestidos también con su privado,
que de ver desconfío?
¡Montes de Albernia, dadme al padre mío!


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Con música se descubren el NIÑO JESÚS, de serafín, y SAN FRANCISCO bajando con llagas en pies, manos y costado, que serán cinco cordones o listones colorados; baja de rodillas sobre un torno cubierto, sin que se parezca; el NIÑO JESÚS queda arriba crucificado en la cruz y llagado; SAN FRANCISCO abajo; se cubre el NIÑO arriba, y JUNÍPERO se arrodilla a los pies de SAN FRANCISCO.)
JUNÍPERO:

  ¿De qué guerra, de qué asalto,
alférez de Dios, venís,
que tan justamente herido
vivo pudisteis salir?
¿Quién fue, capitán, de tantos
el valiente serafín
con quien os desafiasteis,
que volvéis hecho rubís?
¿Cinco heridas penetrantes
dan a un hombre sin morir?
Pues a nuestro General,
las cuatro le dieron fin.
¡Valeroso habéis estado!
¡Bien podéis ya combatir
con todo el cielo y el suelo,
luz de Italia, luz de Asís!
Desde hoy, nuestro Antonio santo,
¡qué envidioso ha de vivir,
pues sus quinas portuguesas,
en vos, Dios, trasladó ansí;
que aunque él sea de Lisboa,
a fe que podéis decir
que sois vos tan portugués
en el amar y el sentir.
Dejadme besar mil veces
esos pies: sembrad en mí
esos divinos claveles,
dulce afrenta del abril.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FRANCISCO:

Junípero, ¿es hora ya
de caminar?

JUNÍPERO:

Padre, sí.

FRANCISCO:

Vamos.

JUNÍPERO:

¿Dónde, padre nuestro?

FRANCISCO:

Para la vuelta de Asís.

JUNÍPERO:

Vamos, divino retrato
de Dios, que está hablando en ti
por pies, manos y costado.

FRANCISCO:

¡Muriendo voy!

JUNÍPERO:

¡Por vivir!


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse, y entran CAMILO y CASANDRA.)
CAMILO:

  Después que sé de Alejandro
la resolución, Casandra,
la que has tomado no culpo;
pero no ha de ser con tanta
ventaja de nuestra afrenta,
dando al enemigo, causa
de mis agravios, la mano;
que esto solamente basta
a resolver de una vez
a Viterbo y toda Italia,
pues mi sangre es la mejor
de Venecia.

CASANDRA:

Es cosa clara,
señor; el desprecio pudo
en una mujer airada,
por vengarse, disponerse
a una hazaña tan rara;
yo soy Casandra, tu hija,
y no hayas miedo que haga
nada si no es con tu gusto,
aunque estoy determinada
de vengarme.

CAMILO:

Deudos tienes
en Viterbo que le igualan
a Alejandro en el valor,
con las mismas esperanzas:
elige, Casandra, en ellos
quién para esposo te agrada;
que yo sé que son los celos
quien mejor toma venganza.


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CASANDRA:

Ni es tarde, ni tengo gusto
de estar tan presto casada,
porque te darán los cielos
para verlo vida larga.

CAMILO:

Ya, Casandra, poco a poco
esta pared vieja y flaca
se torna a la sepultura.
(Dice NARCISA dentro.)

NARCISA:

¿Compran natas, quieren natas?
(Entra AURELIO, criado.)

AURELIO:

¡Señor!

CAMILO:

¿Qué dices, Aurelio?

AURELIO:

Aquí fuera hablarte aguarda,
de la religión francisca
un fraile, de vida santa
al parecer.

CAMILO:

¡Si es Francisco,
que ha vuelto a honrar nuestra patria!

AURELIO:

No, señor, porque éste dice
que fray Antonio se llama
de Padua.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAMILO:

Tengo noticia
también, por su santa fama,
de quién es; di que me espere,
porque donde está Casandra
no es bien recibir visitas.
(Vanse y queda CASANDRA sola, y sale NARCISA con una cestilla.)

NARCISA:

¿Quieren natas, compran natas?

CASANDRA:

¿Sois vos la que las vendéis?

NARCISA:

A su servicio.

CASANDRA:

No igualan
las natas a vuestro rostro.

NARCISA:

Adonde está vuestra cara,
miente el sol, la luna es fea,
las estrellas aldeanas.

CASANDRA:

¿De dónde sois, labradora?

NARCISA:

De Diana, esta cercana
aldea, cuyos pajizos
solares y humildes casas
ilustra el noble castillo
donde Nicolás se guarda
de los contrarios que tiene
en Viterbo.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

¿Su vasalla
sois?

NARCISA:

Sí, soy, y a la fe
que es persona bien honrada,
no quitando lo presente;
que lo que al pobre le achacan
fue de puro bien querer;
y cuanto a mí, no me espanta
que de picado lo hiciese,
porque los celos abrasan.

CASANDRA:

Ya no debe de acordarse
de ella.

NARCISA:

¿Decís de Casandra?

CASANDRA:

De Casandra, pues.

NARCISA:

Ahora
más de sus memorias trata;
no debéis de saber bien
que es la ausencia, en quien bien ama,
despertador y verdugo.
Con las memorias pasadas,
allá tiene su retrato,
que a la fe que no le falta,
aunque lo lloramos todos
por ídolo en nuestras andas
y le adoremos después.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

No hay mujer tan olvidada,
que sabiendo que la quieren
no agradezca con el alma.
(Aparte.)
Ya me da cuidado este hombre
que antes enfado me daba,
porque quiere con firmeza;
que es la ley de amor.

NARCISA:

¡Qué falsa
la señora está conmigo,
como si de allá a su casa
informada no viniera!

CASANDRA:

Ven acá.

NARCISA:

¿Qué es lo que manda
su mercé?

CASANDRA:

¿Acaso conoces
en Viterbo a esa Casandra?

NARCISA:

Más que a vos; pero si yo
doy con ella una mañana
de las que vengo a Viterbo,
como veis, a vender natas,
tengo de darle un papel
que traigo aquí. Enhoramala
pague a quien la quiere bien;
yo estoy de prisa, y me faltan
muchas natas que vender.
Adiós.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

Espera, aldeana.

NARCISA:

¿Qué mandáis?

CASANDRA:

¡Confusa estoy!

NARCISA:

¿Qué decís?

CASANDRA:

¿Cómo te llamas?

NARCISA:

Narcisa, a vuestro servicio.

CASANDRA:

Adiós, pues.

NARCISA:

Adiós.

CASANDRA:

Aguarda:
de prisa estás.

NARCISA:

¿Qué queréis?
Que estoy aquí sin ver nada.

CASANDRA:

¿Quieres mostrarme el papel
que llevas para Casandra?

NARCISA:

Por daros, señora, gusto,
aunque el secreto me encargan,
veisle aquí.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

Vuelve, Narcisa,
por la respuesta mañana.

NARCISA:

¿Luego vos Casandra sois?

CASANDRA:

Yo soy, Narcisa, Casandra,
y quien regalarte piensa.

NARCISA:

¡Hablarais para mañana!

CASANDRA:

Lo que pude, resistíme:
calla.

NARCISA:

Y yo adrede os dejaba,
dándoos como a pez anzuelo,
hasta asiros las agallas
¿No soy famosa alcahueta?

CASANDRA:

Ya a la fama te adelantas

NARCISA:

Después que preñada estoy,
he dado, en cosas tan flacas,
y es antojo de mujeres,
porque no hay cosa que hagan
con más gusto todas.

CASANDRA:

Vete.


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NARCISA:

Decidme, hermosa Casandra,
¿darémosle buenas nuevas?

CASANDRA:

No puedes dárselas malas,
pues que su papel recibo.

NARCISA:

Si a vos os llaman ingrata,
no saben lo que se dicen.
Adiós.

CASANDRA:

Hermosa aldeana,
adiós, y mañana espero.

NARCISA:

¿Compran natas, quieren natas?
(Vase NARCISA.)
(ALEJANDRO sale, y abre CASANDRA el papel.)

CASANDRA:

Rabiando estoy por saber
lo que me escribe.

ALEJANDRO:

¡Oh, Casandra!
¿Dónde está el señor Camilo?

CASANDRA:

No sé; preguntaldo en casa.

ALEJANDRO:

Aguardad.

CASANDRA:

Tengo que hacer.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Entrase, y al entrar deja caer la carta.)
ALEJANDRO:

¡Qué celosa, qué picada
está! No hay mujer ninguna,
por más cuerda, por más casta,
que su desprecio no sienta.
Pero al volver las espaldas,
un papel se le ha caído,
quiero ver; que será carta
que a su padre le han escrito
de Venecia o de Ferrara,
y ella responde por él,
como ya al viejo le faltan
memoria y vista. Mas esta
letra que miro, o me engaña
el alma, es de Nicolás.
Medroso de la venganza,
debe escribir a Camilo
sobre concierto; mas carta
sin firma, no puede ser.
(Lee:)
Yo leo: «Hermosa Casandra:
Perdón hallan fácilmente
las culpas de amor causadas.
Con vos, dicen hasta ahora
que Alejandro no se casa,
sólo en razón de la ofensa
que os hice, hermosa Casandra.
Mirad la satisfacción
que importa más; que aquí aguarda
para vuestro esposo un hombre
que os tiene rendida el alma,
y en la fineza de amor
su inmortalidad iguala.
Dios os guarde más que a mí.
del castillo de Diana,
el que es vuestro más que suyo.»
¡Qué veneno de palabras
os han despertado, celos!
¡Papeles tiene Casandra
de un traidor! Mas es mujer
que quiere tomar venganza.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Entra CASANDRA.)
CASANDRA:

Alejandro, ese papel
es mío, que cuando entraba
se me cayó, como veis:
mostralde.

ALEJANDRO:

¡Casandra ingrata!
¿Con tan loco atrevimiento
vuelves a mí?

CASANDRA:

¿Qué te espanta?
Si es Nicolás mi marido,
o lo ha de ser.

ALEJANDRO:

¡Basta, basta;
que es bala tu infame lengua,
y con el aire me mata!

CASANDRA:

Pues ¿tú lo sientes?, ¿por qué?

ALEJANDRO:

Eres mi prima, Casandra,
y no has de hacer...


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

No atribuyas
los sentimientos del alma
a parentescos del cuerpo,
que son apariencias falsas;
que para que mis intentos
supieses, dejé esa carta,
cuando me entraba, al descuido.
(Dale la carta.)

ALEJANDRO:

¡Toma, enemiga. Y mal haya
quien celos de ti tuviere
porque no tomes venganza!

CASANDRA:

Pues guárdete Dios.

ALEJANDRO:

¡Espera,
que bebo veneno y rabia
por los ojos!

CASANDRA:

Eso mismo
de tu presencia me aparta
que temo a los basiliscos
con notable extremo.

ALEJANDRO:

¡Aguarda!


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El truhán del cielo y loco santo:107

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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Entran FRAY ANTONIO DE PADUA y CAMILO.)
FRAY ANTONIO:

Diéronme el hábito en Padua
y aunque es mi patria Lisboa,
la mejor ciudad de España
y de la Europa también,
insigne en letras y en armas,
como aquella donde empieza
un hombre a vivir es patria,
y en Padua empezó mi vida
porque a Dios renací en Padua,
con su nombre me apellido.

CAMILO:

El vuestro es honra de Italia
y del mundo juntamente.

FRAY ANTONIO:

Bien está: dé la su gracia
Dios, como puede, que es prenda
de aquel bien que nos aguarda.
Adiós.
(Vase.)

CAMILO:

¡Qué humildad! ¡Qué ejemplo!
¡Oh! ¿Alejandro en esta casa?
Novedad me ha parecido.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

No ha sido olvido ni falta
de la voluntad que os debo:
por obligaciones tantas
que no refiero, yo estoy,
porque idolatro en Casandra,
determinado, Camilo,
pues me obligan causas tantas,
de tomar la afrenta vuestra
sobre mí toda, y nombralla
desde hoy por mi esposa.

CAMILO:

El cielo
os guarde; pero Casandra
tiene ya, Alejandro, dueño,
y fray Antonio de Padua
que es este fraile francisco
que de aquí se va, la casa
de su mano, y me parece
estará bien empleada.
Y tengo, como es razón,
de Casandra confianza,
que querrá lo que yo quiero,
que no querrá que con mancha
tengáis hijos que os hereden.
(Vase CAMILO.)


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ALEJANDRO:

¡Que fue mi desdicha tanta!
Esta respuesta es castigo
de mi atrevida arrogancia.
¡Loco de celos estoy!
¡Ya estarás, mujer, vengada!
¡Vive Dios, he revolver
a Viterbo, a Italia, a Francia,
y con otro que Alejandro
no ha de casarse Casandra!
(Vase, y sale JUNÍPERO con SAN FRANCISCO a cuestas.)

FRANCISCO:

  Ya estamos cerca de Asís:
póngame en el suelo.

JUNÍPERO:

El suelo
vuelven vuestras plantas cielo
cuando, en él las imprimís.
  ¡Quién tanta dicha tuviera,
que pusiera en él la boca,
porque la tierra que os toca,
es abril, es primavera!
  Aunque venís todo el día
en mí, satisfecho estoy
que vendréis mal, porque soy
bellaca caballería;
  y como venís llagado
trujereis clavos, sirvieran
de espuelas que me metieran
en paso más asentado.
  Buscad, Francisco, un azote
si queréis ir al lugar,
que como estoy por domar,
tan grande bestia, ando al trote;
  que no hay ya que hacer, sospecho,
aquí; pues habéis llegado
donde os habéis apeado:
voyme al establo derecho.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FRANCISCO:

  Junípero, vuelva acá,
que su ayuda es menester;
que no me deja poner
el cielo en el suelo ya
  estas divinas señales,
porque aunque se las dió el suelo
a Cristo, las tomó el cielo
por blasones celestiales;
  pero un jumento está allí
en aquel álamo atado
paciendo la grama al prado;
tráigamele, padre, aquí,
  que en él entrare mejor
llevándomele del diestro.

JUNÍPERO:

¿No está mejor, padre nuestro,
pues Junípero es mayor,
  honrarme y entrar en mí
en Asís, pues no hay jumento
que mejor sepa el convento?

FRANCISCO:

Padre, obedezca.

JUNÍPERO:

Sea ansí,
  pues nunca sé obedecer
y un Lucifer siempre soy;
por el jumentillo voy,
aunque deje de pacer.
(Vase.)


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FRANCISCO:

  Ya, Señor, que me convida
el amor que en vos me inflama,
la vida eterna me llama
en la muerte de la vida.
  En Asís vengo a morir,
que este vuestro gusto ha sido;
en lugar donde he nacido,
al morir nazca a vivir.
  Asís fue la luna mía,
y para el último paso
ha de ser, siendo mi ocaso,
Oriente al eterno día,
  cuyo esplendor soberano
nunca le toca Occidente.


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(Sale JUNÍPERO con un pollinito.)
JUNÍPERO:

Ya está aquí, muy obediente,
el jumento, nuestro hermano.
  Y pues no le satisfizo
mi jumental proceder,
espere; que quiero ser,
padre, su caballerizo.
  Déme el pie: ¡pluguiera a Dios
se me quedara en la mano
algún rubí soberano
de los que tiene en las dos!
  Que entre cinco, no le hiciera
uno falta; pues quedaba
con cuatro, y el que me daba,
de sortija me sirviera.
  Que por estrellas ni luna,
ni por todo el arrebol
no le trocara del sol,
ni por imagen ninguna.
  No hay obra ni hay movimiento
en que a Dios no remedéis,
y ahora le parecéis
subido en ese jumento;
  pues ya que en Asís entramos,
a Cristo en vos todos ven
cuando entró en Jerusalén
el domingo de los Ramos.
  No falta sino salir
gente de Asís que os reciba
con cedro, palma y oliva,
y con capas a cubrir
  por donde el jumento vuestro,
Francisco, ponga los pies;
que es honrar propio interés,
al discípulo el maestro.
  Ya vuestro vivo retrato
es de Dios original;
pero si no pienso mal,
aunque soy un mentecato,
  toda la gente de Asís,
porque a lo que he dicho iguale,
con música y ramos sale:
Francisco, ¿no lo advertís?
  Y echan capas por el suelo,
porque, puesto que sois hombre,
no más venís en el nombre
del original del cielo.


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(Salen MÚSICOS cantando, y todos los que pudieren echando capas por el suelo y ramos; pase SAN FRANCISCO llevando del diestro al pollino.)
MÚSICOS:

  Venga con el día
el alegría,
y con el albor,
el divino retrato del Redentor.
Francisco y sus llagas
norabuena vengan;
Francisco con ellas,
que son cinco estrellas
que al sol desafían.
Venga con el día
el alegría, (etc.)
  Venga a Asís Francisco
con sus llagas cinco
a hacer con sus ramos
domingo, de Ramos,
pues que le esperamos
con palmas y olivas.
Venga con el día
el alegría,
y con el albor,
el divino retrato del Redentor.


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(Entranse todos, y salen FRAY ANTONIO y NICOLÁS.)
FRAY ANTONIO:

  Con estos casamientos quedan todos,
de Viterbo, los bandos acabados,
y la Marca de Ancona juntamente;
que no pudo tener medio ninguno
el enojo pasado, como es éste,
ni otra satisfacción éste que llama
Camilo agravio, y él tomó a su cuenta
y yo también, porque en aquestas cosas
son en las que se sirve Dios; y nuestro
padre generalísimo, Francisco,
desde Venecia me llamó a este efecto
cuando dejó a Viterbo con Junípero.
Vos, señor Nicolás, dad a los cielos
las gracias que debéis, y ellos os guarden;
que he de volver aquesta tarde misma
a Viterbo.

NICOLÁS:

Dejad, divino Antonio,
que bese vuestros pies y vuestras manos
por las mercedes que de vos recibo;
que sólo vos, por español, pudiérades,
y después de español, por ser tan noble
y portugués, tener valor tan grande,
que diese fin a cosas tan difíciles.


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FRAY ANTONIO:

Rendid a Dios las gracias del suceso,
como causa primera de las causas;
que yo soy sólo el instrumento en esto,
y no hay humana fuerza poderosa
a disponer los ánimos humanos,
sin que venga de arriba,

NICOLÁS:

Así lo creo;
pero yo estimo en vos, padre, el deseo;
hoy, señor, si con vos mis ruegos pueden,
habéis de ser mi huésped.

FRAY ANTONIO:

Yo recibo
la merced que me hacéis, mas es forzoso
dar la vuelta a Viterbo, aunque en Diana
quiero por vos entretener el día
visitando los pobres, y sabiendo
de las necesidades de la villa,
a las que es justo que acudáis, pues debe
cualquier señor a sus vasallos esta
obligación, después de la que tiene
por la ley celestial establecida;
que estas cosas dan gracia y nueva vida.

NICOLÁS:

Divino portugués, enamorado
de las cosas de Dios, mi hacienda es vuestra,
yo os doy plenaria comisión en todo,
para poder hacer a vuestro gusto.


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FRAY ANTONIO:

No quiero todo yo, sino lo justo
(Vase.)

NICOLÁS:

¡Qué divinos soldados va juntando
Francisco en el ejército que forma
de su sagrada religión! ¡Narcisa!
(Sale NARCISA.)

NARCISA:

Mi alegre risa de tu bien te avisa;
dame albricias.

NICOLÁS:

Al fin papel tenemos.

NARCISA:

Quieres adivinar sin darme albricias,
que aún ése tienes de Francisco y todo
que quieres ver si puedes, deseando
el gusto que tuviste y que procuras,
ahorrar el ser agradecido.

NICOLÁS:

Acaba,
que por albricias deste bien es poco
darte a Diana y yo volverme loco.

NARCISA:

Toma.

NICOLÁS:

¿Es posible que en mis manos veo
un papel de Casandra? No te espantes
de verme hacer locuras semejantes
que esto es poco en amor que amando un hombre,
si consigue algún próspero suceso,
no se celebra con perder el seso.


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El truhán del cielo y loco santo Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


NARCISA:

Abre el papel y mira lo que escribe;
que no imagino que tu amor admite
con tanto extremo.

NICOLÁS:

Dice desta suerte;
mas no hay en él más que el renglón primero.

NARCISA:

En muy buen punto están las cosas tuyas:
si lo adviertes, en él te desafía.

NICOLÁS:

 (Lee.)
«No se canse quien ve que no soy mía.»
¿Qué tiene que ver esto con decirme
Narcisa, que agradece mis deseos?
Pues cuando mi esperanza confiaba
mil favores dichosos de su boca,
a decir sólo en un papel me envía:
«No se canse quien ve que no soy mía.»
¿Qué es esto? ¡Loco estoy!

NARCISA:

Yo imaginara
que es sueño lo que escucho; agora digo
que no podrá entendernos el demonio.

NICOLÁS:

¿Qué importa que su padre facilite
por fray Antonio el casamiento mío,
si gobierna Alejandro su albedrío?
Pues ¡vive Dios, que no ha de ser su dueño
o se ha de ver Viterbo hecho ceniza,
como Troya se vió!


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NARCISA:

Quiero dejarte,
pues sin traerte cosa que te importe,
por malas nuevas te he pedido parte.
(Vase NARCISA, sale el DEMONIO en hábito de caballero.)

NICOLÁS:

¿Tanto, Casandra, ha de durar la tema
de ser conmigo ingrata eternamente,
que no es ingratitud, sino porfía?
(Lee.)
«No se canse quien ve que no soy mía.»
¡Letra, veneno sois!

DEMONIO:

Solo ha quedado,
y ésta es buena ocasión.

NICOLÁS:

¿Quién es?

DEMONIO:

Un hombre,
Nicolás, que ha de ser en todo aquello
en que corriere tu opinión y vida
riesgo, aviso a tu valiente pecho,
aficionado sólo por tu fama,
que aunque no me conoces, el que tienes
al lado siempre, y va en tu compañía,
no es tan amigo como yo.

NICOLÁS:

¿Quién dices?
Que nadie está a mi lado que lo sea.


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DEMONIO:

Pues si del lado tuyo te faltara
el angélico espíritu que el cielo
te dió para tu guarda, no te hubieras
perdido en infinitas ocasiones.

NICOLÁS:

Tienes razón.

DEMONIO:

Y sóbranme razones.

NICOLÁS:

¿De qué, en efecto, vienes a avisarme?

DEMONIO:

De que a matarte viene de Viterbo
un hombre de valor, que disfrazado,
éntrase vil; promete tu cabeza,
quemando tu castillo a tus contrarios,
porque de las fingidas paces hechas
no te fíes, en efecto;
para que lo conozcan, en llegando
al castillo de Diana, los que guardan
con tanta vigilancia tu persona,
registrarán primero el sol y el viento;
estas sus señas son, estáme atento:
mozo es primeramente, y de mediana
estatura, de hermoso alegre rostro;
viene descalzo casi, solamente
traerá un capote de dos faldas, roto,
sobre un blanco calzón hecho pedazos;
finge ser simple, que de casa en casa
limosna va pidiendo, y trae debajo
del capote de sayal una alesna,
con que, quedando en tu castillo a solas,
piensa una noche darte muerte aleve;
trae yesca, pedernales, eslabones
Con que poner después fuego al castillo.


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NICOLÁS:

¿Cómo pudiste descubrirle, amigo?

DEMONIO:

Intentando que yo le acompañase.

NICOLÁS:

A pagarte el aviso estoy dispuesto,
pues me has dado la vida.

DEMONIO:

Solamente
quiero por premio que mi amigo seas.

NICOLÁS:

¿Cómo te llamas?

DEMONIO:

Has de perdonarme,
que no puedo decirte el nombre ahora:
(Aparte.)
la cama he hecho al simple de Junípero
para que Nicolás le dé la muerte.
porque viniendo desde Asís ahora
a Viterbo, le han puesto, de la suerte
que a Nicolás he dicho, en el camino,
unos salteadores ayudados
de mi infernal espíritu: ya pienso
que ha llegado a las puertas del castillo,
y pidiendo limosna ha de entrar dentro
donde la muerte lo saldrá al encuentro;
que desta suerte he de quedar vengado
deste truhán que a Dios gusto le ha dado.


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NICOLÁS:

 (Vase.)
  En notable confusión
este aviso me ha metido,
aunque parece que ha sido
más que hombre humano, ilusión;
  que se me erizó el cabello
al despedirse, y me ha dado,
negarme el nombre, cuidado;
no sé qué imagino de ello:
  ponerle en prisión será
razón de estado, por ver
si esto verdad viene a ser,
porque éste indicios me da
  que con esto me ha querido
asegurar. ¡Hola, Octavio,
Laurencio, Pompeyo, Fabio!
(Salen FABIO y OCTAVIO, criados.)

FABIO:

¿Qué mandas?

NICOLÁS:

¡Industria ha sido!
  A un hombre que por aquí
ahora salió, prended,
y diligencia poned.

FABIO:

¿Hombre salió ahora?


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NICOLÁS:

Sí.
  ¿No le viste?

OCTAVIO:

No ha salido
otro hombre que fray Antonio.

NICOLÁS:

O fue sombra, o fue demonio.

FABIO:

Todo lo puede haber sido,
  pues no le vimos salir.

NICOLÁS:

Algún ángel fue que quiso
sin duda darme este aviso,
y no me quiso decir
  el nombre.

OCTAVIO:

¡Extraño suceso!
(Sale JUNÍPERO como le pinta el DEMONIO.)

JUNÍPERO:

¿Hay limosna por acá,
hermanos, para quien va
camino, pobre y sin seso?
  Y pues los trabajos son
contra el mundo y Satanás,
esperar en Dios no más.

NICOLÁS:

¡Hola! Poned en prisión
  a ese hombre.


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JUNÍPERO:

Si fue delito
pediros limosna es justo;
pues ¿no os doy en eso gusto?

NICOLÁS:

No pienses que el sobrescrito
  de la simpleza fingida,
y pobreza juntamente,
te ha de salvar.

JUNÍPERO:

Cuando intente
quitarme, hermano, la vida,
  hará muchísimo menos
de lo que merezco yo.

NICOLÁS:

Hipócrita está.

JUNÍPERO:

Eso no;
que están los infiernos llenos
  de esa gente sin provecho
para sí ni para Dios,
ni aun para el diablo, y vos
pensáis mal.

NICOLÁS:

Miralde el pecho,
  que el traidor tiene escondidas
armas en él contra mí.


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JUNÍPERO:

Bellacas entrañas sí,
aunque no entrañas fingidas;
  ¿yo armas, hermano rico?
Aunque las he menester
contra el infernal poder
las del cristiano le aplico;
  que es la cruz divina espada
con que Dios venció a la muerte
y al infierno, y desta suerte
no me puede vencer nada.

FABIO:

  Una alesna tiene aquí,
pedernales y eslabón
y yesca.
(Quítaselo todo.)

NICOLÁS:

Testigos son
de su traición contra mí;
  que éste a matarme ha venido
de Viterbo.

JUNÍPERO:

Rico hermano,
si Dios de su santa mano
me dejara, hubiera sido
  abrasar el mundo, poco.


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NICOLÁS:

No te pienses escapar
y tu delito pagar
con fingirte tonto y loco;
  que en un potro te he de hacer
confesar la verdad toda.

JUNÍPERO:

Eso es lindo pan de boda:
mandalde luego traer;
  aunque sea por domar,
no importa nada; corredme
y arrastradme, mas hacedme
merced de volverme a dar
  esa alesna con que doy
puntos a aquel mi calzado,
y con la alesna y recado
de madrugar, porque soy
  un dormilón, que primero
sucede encender el sol
la yesca de su arrebol
para los del mundo entero,
  que yo haberme levantado.

NICOLÁS:

Bonos dixi : malos son.


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JUNÍPERO:

Soy famoso remendón,
aunque necio y descuidado.
  Mi alesna me vuelva a dar,
que es mis manos y mis pies,
pues nadie de todos es
zapatero del lugar,
  ella también.
¿Gustáis, hermano Pilatos,
que os remiende los zapatos,
aunque más rotos estén?
  Descalzaos y veréis
qué piezas y qué tacones
os echo y dos mojicones
quiero que en pago me deis;
  que sé que los sabéis dar
mejor que limosna.

NICOLÁS:

Aquí
vendrá el potro.

JUNÍPERO:

Sí, sí, sí.

NICOLÁS:

Y os hará confesar.

JUNÍPERO:

  A fe que lo he menester,
que soy un gran pecador.


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NICOLÁS:

Aunque encubrirte, traidor,
procuras, no has de poder,
  por más que de tus quimeras
se valga tu aleve pecho,
que de tu lengua a despecho,
te ha de hacer aunque no quieras,
  decir la verdad aquí,
en el tormento.

JUNÍPERO:

Mirad:
para decir la verdad
no es menester darme a mí
  tormento.

NICOLÁS:

Pues dila.

JUNÍPERO:

Digo
que hay muerte, y a quien tal haga,
que pena eterna le amaga,
que es Dios bueno y que es mi amigo,
  y de todos lo será
si ellos lo quisieren ser;
que su infinito poder
para todo el mundo está
  de par en par tan abierto,
que tiene roto el costado
porque el pecho enamorado
pueda estar más descubierto.


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NICOLÁS:

  No es eso, lo que te pido,
aunque esas verdades son:
confiesa con qué intención
a mi castillo has venido.

JUNÍPERO:

  A matalle y abrasalle
si Dios me dejara, hermano,
de su poderosa mano.

NICOLÁS:

No hay con aquesto que dalle
  tormento, pues la verdad
tan de plano ha confesado.

JUNÍPERO:

Y fuera menor pecado
esto en mi mucha maldad,
  porque no dejara aquí
a un hombre con vida apenas,
ni en Diana dos almenas,
y cuando no fuera ansí,
  por otros muchos delitos
morir merezco ahorcado,
hecho cuartos y arrastrado,
porque son más que infinitos:
  mandadme, hermano, ahorcar;
que por merced os lo pido.


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FABIO:

El mismo se ha convencido:
no tiene que sustanciar
  más el pleito, pues el cargo
él mismo se ha estado haciendo.

NICOLÁS:

Colgarle, Fabio, pretendo
sin admitirle descargo;
  llevalde a la torre preso:
aviso fue soberano.

JUNÍPERO:

Por el bien que me hace, hermano,
los pies mil veces le beso,
  hágame luego ahorcar;
que los pies me están comiendo
por verme cómo pretendo
en tan dichoso lugar;
  que a las horcas les hacía
con santa y cuerda prudencia,
particular reverencia
un monje, porque decía,
  que eran allí castigados
los delitos con perdón
de cielo y tierra, que son
sillas de redentizados.
  Ahórqueme, que deseo,
hermano, predestinarme,
mi alesna vuelvan a darme
y lo demás, que pues veo
  cercana la muerte mía,
es justo y cristiano intento,
de todo hacer testamento,
y alguna manda podría
  ser que le quepa también
al hermano Nicolás,
de que no pienso jamás,
pues recibo tanto bien
  como es mandarme ahorcar,
olvidarme cuando esté
con Dios, porque Dios le dé
lo que hemos de desear,
  que es buena muerte, y depare
quien le ahorque como a mí
también.


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NICOLÁS:

¡Llevalde de ahí!

JUNÍPERO:

Hermano, el cuerpo prepare,
  pues para morir nació;
agradezca su ventura
que muera sin calentura,
sin temer si se sangró
  en tiempo, si se ha purgado
en ocasión, si ha dormido,
si ha comido, si ha bebido,
y se excusa del enfado
  del boticario y barbero
y del médico, que son
los que en la mortal pensión
hacen la guerra primero,
  pues que todos matan bien
cuando aplican más regalos,
y al fin, sirviendo de palos,
ahorcan éstos también;
  yo en otros tres palos muero;
que el colgado de ordinario,
acaba entre el boticario,
el médico y el barbero.


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NICOLÁS:

  ¡Llevalde!

JUNÍPERO:

Ya yo trabajo
por mi fin dichoso ver;
que es grande gusto saber
al cielo por el atajo.
(Llevan a JUNÍPERO.)

NICOLÁS:

  ¿Hase visto semejante
hombre jamás, ni valor?
Siempre se encubre el traidor
con máscara de ignorante.
  Así, Alejandro procura
mi mal, Camilo me engaña,
y Viterbo se conjura.
  Hoy pienso de su traidora
intención quedar vengado.
(Entra OCTAVIO.)

OCTAVIO:

De un coche se han apeado
Camilo y Casandra agora,
  y quieren verte.

NICOLÁS:

¿Qué dices?

OCTAVIO:

Esto que escuchas no más.


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NICOLÁS:

Con las nuevas que me das,
mis sucesos contradices,
  y hoy otros nuevos espero;
mas pues en Diana están,
ningún recelo me dan:
ir a recibirlos quiero.
(Sale ALEJANDRO en hábito de villano, y SAN ANTONIO tras él.)

FRAY ANTONIO:

  ¡Ah caballero! ¡Ah, señor!
¡Ah, señor! ¡Ah, caballero!
¡Ah, hermano, a quien digo aguarde,
que por merced se lo ruego!

ALEJANDRO:

¿A mí, padre, me llamáis?

FRAY ANTONIO:

A vos os llamo

ALEJANDRO:

No puedo
responderos, padre, al nombre
de señor ni caballero,
porque soy un labrador.


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FRAY ANTONIO:

Que sembráis malos intentos
pensando coger venganzas
de vuestros ciegos talentos;
guardaos, labrador, del trillo,
de la muerte; que os prometo
que os dejen limpia la parva
las hormigas del infierno.
A Camilo y a Casandra
habéis venido siguiendo,
con intención de matar,
con ese traje encubierto,
a Nicolás esta noche;
pero no permita el cielo
que tenga vuestra venganza
tan duro y sangriento efecto;
que es del cielo voluntad
que con estos casamientos
tengan fin dichoso ya
los bandos que hay en Viterbo.
Y queda del honor suyo
también Camilo con esto,
para con la ley del mundo
justamente satisfecho.
Esto me mandó que os diga
Dios, a quien nada hay secreto,
porque es soberano lince
de todos los pensamientos.
Vuélvete, Alejandro, y mira
no te castigue.


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ALEJANDRO:

Del pecho,
me ha sacado el corazón,
y sólo volverme quiero
darle por respuesta.

FRAY ANTONIO:

¡Dios
te dé su gracia y el cielo!

ALEJANDRO:

¡Después, portugués divino,
de buscarte te prometo!
(Vase.)
(Entra LAURO, labrador.)

LAURO:

Padre nuestro fray Antonio
pues que de piadosos pechos
es oficio el acudir
a semejantes sucesos,
acuda a un hombre que llevan
a justiciar en el pueblo,
por traidor a Nicolás,
con justísimo derecho,
cuyo enojo no le ha dado
al delincuente, sospecho,
lugar para confesarse,
y los pregones son éstos.


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(Dice dentro el pregón.)
[PREGONERO]:

«Esta es la justicia que manda hacer Nicolás, de Viterbo, señor de Diana y Villaflor, a este hombre, por traidor: Mandalde arrastrar y ahorcar y hacer cuartos. Quien tal hace, que tal pague.»
(Sácanle como que le traen arrastrando en un serón, y MORCÓN hecho verdugo.)

JUNÍPERO:

  ¡Ah, hermano verdugo! Sigue,
porque lleguemos más presto
a esos hermosos caballos
que van muy despacio, y quiero
cenar con Dios esta noche;
a llegar, si esta vez puedo,
a la posada temprano.

FRAY ANTONIO:

Fray Junípero, ¿qué es esto?

JUNÍPERO:

Padre mío fray Antonio,
que me manda ahorcar pienso
el hermano Nicolás;
y voy alegre, por cierto,
porque por aquí imagino
que atajaré para el cielo
muy gran camino.

FRAY ANTONIO:

Dejalde,
porque éste es un fraile nuestro,
simple, y Nicolás sin duda
de quién es mal satisfecho,
esto manda.


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JUNÍPERO:

Deje, padre,
que me ahorquen, ya que tengo
junta tanta gente honrada;
que será hacer burla de ellos.

FRAY ANTONIO:

Salga, padre.

JUNÍPERO:

Padre mío,
como es razón le obedezco,
pero a fe que me ha quitado
como del altar el cielo.

MORCÓN:

Y a mí de tomar venganza
de haber dado con mi cuerpo
dentro del río.

JUNÍPERO:

Es verdad;
ya, hermano Morcón, me acuerdo,
mas ¿cómo ha dado en verdugo?

MORCÓN:

Por no ser pobre lo he hecho,
pues el ser pobre es estado
el más vil de todo el suelo.

JUNÍPERO:

Sabrá mal aprovecharse
de ser pobre.


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FRAY ANTONIO:

Yo no entiendo
lo que ha sido la ocasión
de tan notable suceso.

JUNÍPERO:

Yo se lo diré despacio
siendo verdad, padre nuestro,
que no me ahorcan.

MORCÓN:

Ya han ido
a dar aviso corriendo
desto todo a Nicolás,
y llega en persona pienso.
(Entran NICOLÁS, CASANDRA y CAMILO.)

NICOLÁS:

La ejecución no prosiga,
y dadme, simple del cielo,
los pies; que ahora conozco
vuestro santo y simple pecho,
y que para daros muerte,
que fue industria del infierno
este injusto testimonio.

JUNÍPERO:

Muchos más males he hecho,
y si el hermano verdugo
no hubiera perdido tiempo
en llevarme tan despacio,
no estuviéramos en esto.


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CAMILO:

¡Oh, simplicidad divina!

NICOLÁS:

Deste dichoso suceso,
portugués, Antonio santo,
las dichas que gozo, debo
a Dios y a vos.

JUNÍPERO:

Hermanicos,
perdonen si les he hecho
burla en no ahorcarme hoy,
que solamente a este efecto,
tanta gente se ha juntado;
mas yo soy tan malo, y tengo
tantas maldades y culpas,
que para otra vez prometo
de no burlarles; y adiós,
que yo me voy a Viterbo,
a ver si en la ropería
de nuestro santo convento
hay algún hábito roto
con que cubrirme este cuerpo,
lleno de tantas malicias;
pero ¿qué es esto que veo?


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(Suena música, y aparece el NIÑO JESÚS, FRANCISCO a las espaldas en una tramoya.)
NIÑO:

¡Junípero!

JUNÍPERO:

¡Niño mío!

NIÑO:

Sigue a Antonio por maestro
en ausencia de Francisco.

JUNÍPERO:

Eso es lo que yo deseo,
pero por estar desnudo
desta suerte, voy corriendo
por un hábito.

NIÑO:

Él te aguarda:
y queda en paz, porque quiero
ir a amparar a mi Iglesia
en Roma, porque la veo
amenazada de algunos
infieles.

JUNÍPERO:

En tales tiempos,
razón es que los amigos,
señor, os acompañemos.

NIÑO:

Quien me guarde las espaldas
llevo yo; no tengas miedo.


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JUNÍPERO:

¿Quién es, inmenso Señor?

NIÑO:

¿Quién es? Mi retrato mesmo,
que es éste que ves aquí.
(Vuélvese la tramoya y aparece SAN FRANCISCO crucificado, con un hábito.)

JUNÍPERO:

¡Divino, espantoso ejemplo
de la santidad! ¡Oh, padre
de mi vida! ¿Dónde bueno?

FRANCISCO:

Siguiendo mi original.

JUNÍPERO:

Perdónenos, padre nuestro;
que yo y fray Antonio, y todos,
hemos de ir con él, siguiendo
esa bandera divina,
que ya agarrada la tengo.
(Cógele el hábito.)

FRANCISCO:

El hábito es tuyo: adiós,
simple de Dios verdadero;
que quien padece por él,
merece en dichoso premio
que me desnude y te vista;
cubra ese dichoso cuerpo.
(Déjale el hábito y vase en su tramoya.)


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JUNÍPERO:

Por vestirme, se ha dejado,
como culebra, el pellejo.
Padre seráfico, aguarda;
vestirme el hábito quiero,
y, agradecido, buscarte.

FRAY ANTONIO:

¿Quién no envidia lo que el cielo
hace con los simples santos?

JUNÍPERO:

Hermanos, tengan consuelo
de que Dios les quiere mucho,
pues hizo este casamiento.
Yo y el padre fray Antonio
hemos de entrar en Viterbo
con ellos, para acabar
sus bandos.
(Vístese JUNÍPERO.)

CAMILO:

Todos entremos
con tan dulce compañía,
de mayor bien satisfechos.


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CASANDRA:

El enigma del renglón
dió fin dichoso con esto:
que soy tuya, y no era mía
cuando lo eran mis deseos.

CAMILO:

Los míos son de servirte.

JUNÍPERO:

Padre, ya estoy como debo;
volvámonos, si es posible,
a nuestro santo convento.

FRAY ANTONIO:

Vamos; y aquí la primera
parte del simple del cielo
y del truhán del palacio
de Dios da fin, prometiendo
hacer la segunda parte
si perdonan nuestros yerros.

Fin01.jpg


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