El tulipán negro: Capítulo IX

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El tulipán negro
Capítulo IX: La habitación familiar
de Alejandro Dumas




Era alrededor de la medianoche cuando el pobre Van Baerle fue encarcelado en la prisión de la Buytenhoff.

Lo que previera Rosa había sucedido. Al hallar la celda de Corneille vacía, la cólera del pueblo había sido grande, y si su padre Gryphus se hubiera encontrado al alcance de aquellos furiosos habría pagado evidentemente por su prisionero.

Pero aquella cólera se había saciado largamente en los dos hermanos, que habían sido alcanzados por los asesinos, gracias a la precaución tomada por Guillermo, el hombre de las precauciones, de hacer cerrar las puertas de la ciudad.

Había llegado, pues, el momento en que la prisión se había vaciado y donde el silencio había sucedido al espantoso tronar de aullidos que rodaba por las escaleras.

Rosa había aprovechado aquel momento para salir de su escondrijo y había hecho salir a su padre. La prisión estaba completamente desierta; ¿para qué quedarse en la prisión cuando se degollaba en la Tol-Hek?

Gryphus salió todo tembloroso detrás de la valiente Rosa. Fueron a cerrar bien que mal la gran puerta, y decimos bien que mal, porque estaba medio desvencijada. Se veía que el torrente de una poderosa cólera había pasado por allí.

Hacia las cuatro, se oyó volver el ruido, pero ese ruido no tenía nada de inquietante para Gryphus y su hija. Ese ruido era el de los cadáveres que arrastraban y que venían a ocupar el lugar acostumbrado de las ejecuciones.

Rosa se ocultó una vez más, para no ver el horrible espectáculo.

A medianoche llamaron a la puerta de la Buytenhoff, o más bien a la barricada que la reemplazaba. Traían a Cornelius van Baerle.

-Ahijado de Corneille de Witt -murmuró Gryphus con su sonrisa de carcelero tras leer en la tarjeta de registro la calidad del prisionero-. Ah, joven, aquí tenemos justamente la habitación familiar; os la vamos a dar.

Y encantado por el chiste que acababa de hacer, el feroz orangista cogió su farol y las llaves para conducir a Cornelius a la celda que aquella misma mañana había abandonado Corneille de Witt para ir al exilio tal como lo entienden en tiempo de revolución esos grandes moralistas que dicen como un axioma de alta política:

-Solamente los muertos no vuelven.

Gryphus se preparó, pues, para conducir al ahijado a la celda de su padrino.

Por el camino que tenía que recorrer para llegar a esa habitación, el desesperado florista no oyó nada más que el ladrido de un perro, ni vio nada más que el rostro de una joven.

El perro salió de su caseta excavada en el muro sacudiendo una gruesa cadena, y olfateó a Cornelius a fin de reconocerlo en el momento en que le ordenaran devorarlo.

La joven, cuando el prisionero hizo gemir la barandilla de la escalera bajo su mano entorpecida, entreabrió el postigo de la habitación en la que vivía en el hueco de esa misma escalera. Y con la lámpara en la mano derecha, alumbró al mismo tiempo su encantador rostro rosado enmarcado por una admirable cabellera rubia de espesas guedejas, mientras con la izquierda cruzaba sobre el pecho su blanco camisón, porque había sido despertada de su primer sueño por la inesperada llegada de Cornelius.

Aquel era realmente un hermoso cuadro para pintar y en todo digno del maestro Rembrandt: esa espiral negra de la escalera iluminada por el farol rojizo de Gryphus, con la sombría figura del carcelero en lo alto, la melancólica figura de Cornelius que se inclinaba sobre la barandilla para mirar; por debajo de él, encuadrado por el postigo luminoso, el suave rostro de Rosa, y su gesto púdico un poco inútil tal vez por la posición elevada de Cornelius, colocado sobre aquellos escalones desde donde su mirada acariciaba vaga y tristemente los hombros blancos y redondos de la joven.

Y, abajo, completamente en la sombra, en ese lugar de la escalera donde la oscuridad hace desaparecer los detalles, los ojos de carbunclo del moloso4, sacudiendo su cadena de eslabones a la cual la doble luz de la lámpara de Rosa y del farol de Gryphus venía a agregarle unas brillantes lentejuelas.

Pero lo que el sublime maestro no habría podido plasmar en su cuadro, era la expresión dolorosa que apareció en el rostro de Rosa cuando vio a aquel hermoso joven, pálido, subir la escalera lentamente y pudo aplicarle esas siniestras palabras pronunciadas por su padre:

-Tendréis la habitación familiar.

Esta visión duró un momento, mucho más corto del que hemos empleado en describirla. Luego, Gryphus continuó su camino, Cornelius se vio obligado a seguirle, y cinco minutos después entraba en el calabozo que resulta inútil describir, porque el lector ya lo conoce.

Gryphus, después de haber mostrado con el dedo al prisionero el lecho sobre el que tanto había sufrido el mártir que en aquella misma jornada había rendido su alma a Dios, recogió su farol y salió.

En cuanto a Cornelius, una vez solo, se arrojó sobre el lecho, pero no se durmió. No cesó de fijar su mirada en la estrecha ventana enrejada que tomaba su día de la Buytenhoff; de esta forma vio blanquear más allá de los árboles ese primer rayo de luz que el cielo deja caer sobre la tierra como un blanco manto.

Aquí y allá, durante la noche, algunos rápidos caballos habían galopado por la Buytenhoff; los pasos pesados de las patrullas habían golpeado los pequeños guijarros redondos de la plaza, y las mechas de los arcabuces, encendiéndose al viento del oeste, habían lanzado hasta los vidrios de la prisión intermitentes destellos.

Pero cuando el naciente día argentó la techumbre acaballada de las casas, Cornelius, impaciente por saber si algo vivía a su alrededor, se acercó a la ventana y paseó circularmente una triste mirada. En el extremo de la plaza, se alzaba una masa negruzca teñida de azul oscuro por las brumas matinales, destacando sobre las pálidas casas su silueta irregular.

Cornelius reconoció el patíbulo.

De este patíbulo colgaban dos informes pingajos que no eran más que unos esqueletos todavía sangrantes.

El buen pueblo de La Haya había despedazado las carnes de sus víctimas, pero las había traído fielmente al patíbulo para dar pretexto a una doble inscripción trazada sobre una enorme pancarta. Y sobre aquella pancarta, con sus ojos de veintiocho años, Cornelius consiguió leer las líneas trazadas con el grueso pincel de algún embadurnador de rótulos: Aquí cuelgan: el gran criminal llamado Jean de Witt, y el pequeño bribón Corneille de Witt, su hermano, dos enemigos del pueblo, pero grandes amigos del rey de Francia.

Cornelius lanzó un grito de horror, y en un transporte de terror delirante golpeó la puerta con pies y manos, tan rudamente y tan precipitadamente que Gryphus acudió furioso, con su manojo de enormes llaves en la mano.

Abrió la puerta profiriendo horribles imprecaciones contra el prisionero que le importunaba en horas en las que no se acostumbraba a importunar.

-¡Encima esto! Otro De Witt furioso -exclamó-. ¡Pero estos De Witt tienen el diablo en el cuerpo!

-Señor, señor -dijo Cornelius agarrando al carcelero por el brazo y arrastrándole hacia la ventana.- Señor, ¿qué he leído allá abajo?

-¿Dónde?

-En aquella pancarta.

Y temblando, pálido y jadeante, le señaló, en el fondo de la plaza, el patíbulo coronado por la cínica inscripción.

Gryphus se echó a reír.

-¡Ah, eso! -respondió-. Sí, la habéis leído... ¡Pues bien, mi querido señor!, ahí es donde se llega cuando se mantienen relaciones con los enemigos del señor príncipe de Orange.

-¡Los señores De Witt han sido asesinados! -murmuró Cornelius, el sudor bañándole la frente y dejándose caer sobre el colchón, los brazos colgando, los ojos cerrados.

-Los señores De Witt han sufrido la justicia del pueblo -replicó Gryphus-. ¿Llamáis a eso asesinato? Yo digo mejor, ejecutados.

Y, viendo que el prisionero no sólo se había calmado, sino que permanecía postrado, salió de la celda, tirando de la puerta con violencia, y haciendo correr los cerrojos con ruido.

Volviendo en sí, Cornelius se halló solo y reconoció el aposento en el que se encontraba, la "habitación familiar", como la había llamado Gryphus, como el paso fatal que había de conducirle a una triste muerte.

Y como era un filósofo, como era sobre todo un cristiano, comenzó por rogar por el alma de su padrino, luego por la del ex gran pensionario; después, por último, se resignó él mismo a todos los males que Dios quisiera enviarle.

Luego, después de haber descendido del cielo a la tierra, de haber entrado de la tierra a su calabozo, de haberse asegurado bien de que en el calabozo estaba solo, sacó de su pecho los tres bulbos del tulipán negro y los ocultó detrás de la piedra de arenisca sobre la que se colocaba el cántaro tradicional, en el rincón más oscuro de la celda.

¡Inútil labor de tantos años! ¡Destrucción de tan dulces esperanzas! ¡Su descubrimiento iba pues a desembocar en la nada como él en la muerte...! En esta prisión, sin una brizna de hierba, sin un átomo de tierra; sin un rayo de sol.

Ante ese pensamiento, Cornelius entró en una sombría desesperanza de la que no salió más que por una circunstancia extraordinaria.

¿Cuál fue esa circunstancia?

Esto es lo que nos reservamos para explicar en el capítulo siguiente.


4: Cierta casta de perros procedentes de Molosia, Epiro.

Capítulo IX