El tulipán negro: Capítulo XXI

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El tulipán negro
Capítulo XXI: El segundo bulbo
de Alejandro Dumas




La noche fue buena y la jornada del día siguiente mejor todavía.

En los días precedentes, la prisión se había hecho pesada, sombría, deprimente; oprimía con todo su peso al pobre prisionero. Sus muros eran negros, su aire era frío, los barrotes estaban dispuestos de forma que apenas dejaban pasar la luz del día.

Pero cuando Cornelius despertó al nuevo día, un rayo de sol matinal jugaba en los barrotes, los palomos hendían el aire con sus alas extendidas, mientras que otros se arrullaban amorosamente sobre el tejadillo de la ventana todavía cerrada.

Cornelius corrió hacia aquella ventana y la abrió; le pareció que la vida, la alegría, casi la libertad, entraban con ese rayo de sol en la sombría celda.

Es que el amor florecía y hacía florecer cada cosa a su alrededor; el amor, flor del cielo de otro brillo, perfumaba de forma distinta a todas las flores de la Tierra.

Cuando Gryphus entró en la celda del prisionero en lugar de encontrarlo taciturno y acostado como los otros días, lo halló de pie y cantando un aria de ópera.

-¡Eh! -exclamó aquél.

-¿Cómo estamos esta mañana?

Gryphus le miró con desdén.

-El perro, y el señor Jacob, y nuestra bella Rosa, ¿cómo están todos?

Gryphus rechinó los dientes.

-Aquí está vuestro desayuno -dijo.

-Gracias, amigo carcelero -contestó el prisionero-. Llegáis a tiempo porque tengo mucha hambre.

-¡Ah! ¿Tenéis hambre? -comentó Gryphus.

-Toma, ¿por qué no? -preguntó Van Baerle.

-Parece que la conspiración marcha -dijo Gryphus.

-¿Qué conspiración? -inquirió Van Baerle.

-¡Bueno! Sabemos lo que se dice, pero vigilaremos, señor sabio: estad tranquilo, vigilaremos.

-¡Vigilad, amigo Gryphus! -replicó Van Baerle-. ¡Vigilad! Mi conspiración, como mi persona, se halla toda a vuestro servicio.

-Veremos esto a mediodía -aseguró Gryphus.

-A mediodía -repitió Cornelius-. ¿Qué querrá decir? Sea, esperemos al mediodía; a mediodía veremos.

Era fácil para Cornelius esperar hasta mediodía. Cornelius esperaba hasta las nueve.

Mediodía llegó y se oyó en la escalera, no solamente el paso de Gryphus, sino los pasos de tres o cuatro soldados que subían con él.

La puerta se abrió, Gryphus entró, introdujo a los hombres y cerró la puerta detrás de ellos.

-¡Aquí! Ahora, busquemos.

Buscaron en los bolsillos de Cornelius, entre su chaqueta y su chaleco, entre su chaleco y su camisa, entre su camisa y su piel; no se halló nada.

Buscaron en las sábanas, en el colchón, en el jergón del lecho y no se halló nada.

Fue entonces cuando Cornelius se felicitó por no haber aceptado el tercer bulbo. Gryphus, en esta pesquisa, lo hubiera encontrado ciertamente, por muy oculto que estuviese, y lo habría tratado como al primero.

Por lo demás, jamás asistió un prisionero con un rostro más sereno a una pesquisa realizada en su celda.

Gryphus se retiró con el lápiz y las tres o cuatro hojas de papel blanco que Rosa había dado a Cornelius; éste fue el único trofeo de la expedición.

A las seis, Gryphus regresó, pero solo; Cornelius quiso calmarle, pero Gryphus gruñó, mostró el colmillo que sobresalía en una comisura de la boca, y salió andando hacia atrás, como un hombre que tiene miedo de que le ataquen.

Cornelius estalló en risas.

Lo cual hizo que Gryphus, que conocía los refranes, le gritara a través de la reja:

-Está bien, está bien; mejor reirá quien ría el último.

El que debía reír el último, aquella noche por lo menos, era Cornelius, porque Cornelius esperaba a Rosa.

Rosa acudió a las nueve; pero acudió sin farol; Rosa no tenía ya necesidad de la luz, sabía leer.

Además, la luz podía denunciar a Rosa, espiada más que nunca por Jacob.

Por último, bajo la luz, se veía demasiado el rubor de Rosa cuando se ruborizaba.

¿De qué hablaron los dos jóvenes aquella noche? De las cosas de que hablan los enamorados en el umbral de una puerta en Francia, de uno a otro lado de una celosía en España, de lo alto al pie de una terraza en Oriente.

Hablaron de esas cosas que ponen alas a los pies de las horas, que añaden plumas a las alas del tiempo.

Hablaron de todo, excepto del tulipán negro..

Luego, a las diez, como de costumbre, se separaron.

Cornelius era feliz, tan completamente feliz como puede serlo un tulipanero a quien no se le ha hablado de su tulipán.

Encontraba a Rosa bonita como todos los amores de la Tierra; la hallaba buena, graciosa, encantadora.

Mas ¿por qué Rosa prohibía que se hablara del tulipán?

Ésta era una gran falta que Rosa cometía.

Cornelius se dijo, suspirando, que la joven no era absolutamente perfecta.

Una parte de la noche la pasó meditando sobre esta imperfección. Lo que quiere decir que, mientras estuvo despierto, pensó en Rosa.

Una vez dormido, soñó con ella.

Pero la Rosa de sus sueños era mucho más perfecta que la Rosa de la realidad. Aquélla no solamente hablaba del tulipán, sino que, además, traía a Cornelius un magnífico tulipán negro nacido en un jarro de China.

Cornelius se despertó temblando de alegría y murmurando: «Rosa, Rosa, te amo.»

Y como se hacía ya de día, Cornelius no juzgó oportuno volverse a dormir.

Conservó, pues, todo el día la idea que había tenido en su despertar.

¡Ah! Si Rosa le hubiera hablado del tulipán, Cornelius la hubiese preferido a la reina Semiramis, a la reina Cleopatra, a la reina Isabel, a la reina Ana de Austria, es decir, a las más grandes o a las más bellas reinas del mundo.

Pero Rosa había prohibido, bajo pena de no volver más, que se hablara del tulipán antes de tres largos días.

Eran setenta y dos horas concedidas al amante, es verdad; pero eran setenta y dos horas restadas al horticultor.

Cierto que de esas setenta y dos horas, ya habían transcurrido treinta y seis.

Las otras treinta y seis pasarían muy pronto, dieciocho horas esperando, dieciocho horas para recordar.

Rosa volvió a la misma hora; Cornelius soportó heroicamente su penitencia. Hubiera sido un pitagórico más distinguido que Cornelius, y con tal de que se le hubiese permitido pedir una vez por día noticias de su tulipán, se habría quedado cinco años, según los estatutos de la Orden, sin hablar de otra cosa.

Por lo demás, la bella visitante comprendía realmente que cuando se ordena por un lado, hay que ceder por el otro. Rosa dejaba a Cornelius atraer sus dedos por el postigo; Rosa dejaba a Cornelius besar sus cabellos a través del enrejado.

¡Pobre niña! Todas esas delicadezas del amor eran mucho más peligrosas para ella que hablar del tulipán.

Lo comprendió al regresar a su habitación con el corazón palpitante, las mejillas ardientes, los labios secos y los ojos húmedos.

Por eso al día siguiente por la noche, después de cambiar las primeras palabras, después de prodigarse las primeras caricias, miró a Cornelius á través del enrejado, y en la oscuridad, dijo:

-¡Bien! ¡Ya se ha levantado!

-¡Se ha levantado! ¿Qué? ¿Quién? -inquirió Cornelius no atreviéndose a creer que la misma Rosa abreviara la duración de su prueba.

-El tulipán -contestó la joven.

-¿Cómo? -exclamó Cornelius-. ¿Permitís, pues?

-¡Sí! -concedió Rosa en el tono de una madre cariñosa que permite una alegría a su hijo.

-¡Ah, Rosa! -se alborozó Cornelius alargando sus labios a través del enrejado, con la esperanza de tocar una mejilla, una mano, la frente, cualquier cosa.

Tocó algo mejor que todo eso, tocó dos labios entreabiertos.

Rosa lanzó un pequeño grito.

Cornelius comprendió que debía apresurarse a continuar la conversación, sentía que ese contacto inesperado había asustado mucho a Rosa.

-¿Se ha levantado muy derecho? -preguntó.

-Derecho como un huso de Frisia -dijo Rosa.

-¿Y está muy alto?

-Seis centímetros por lo menos.

-¡Oh! Rosa, tened mucho cuidado y veréis cómo crece de prisa.

-¿Puedo tener más cuidado? -explicó Rosa-. No pienso más que en él.

-¿Sólo en él, Rosa? Tened cuidado, soy yo el que voy a sentirme celoso a mi vez.

-Y vos sabéis ya que pensar en él es pensar en vos. No lo pierdo de vista. Lo veo desde mi lecho; al despertarme es el primer objeto que miro, al dormirme es el último objeto que retengo en la mirada. Durante el día me siento y trabajo a su lado, porque desde que se encuentra en mi habitación, no lo abandono.

-Tenéis razón, Rosa, es vuestra dote, ¿sabéis?

-Sí, y gracias a ella podré casarme con un hombre joven de veintiséis a veintiocho años que me guste.

-Callaos, malvada.

Y Cornelius consiguió coger los dedos de la joven, lo cual hizo, si no cambiar de conversación, por lo menos que el silencio siguiera al diálogo.

Aquella noche, Cornelius fue el más feliz de los hombres. Rosa le dejó su mano cuanto quiso retenerla, y le habló del tulipán a su entera satisfacción.

A partir de aquel momento, cada día trajo un progreso en el tulipán y en el amor de los dos jóvenes.

Una vez eran las hojas que se habían abierto, otra, era la misma flor que había cuajado. Ante esta noticia la alegría de Cornelius fue grande, y sus preguntas se sucedieron con una rapidez que testimoniaba su impaciencia.

-Cuajada -exclamó Cornelius-. ¡Ha cuajado!

-Ha cuajado -repitió Rosa.

Cornelius se tambaleó de alegría y se vio obligado a agarrarse al postigo.

-¡Ah! ¡Dios mío! -exclamó, y volviéndose a Rosa--. ¿Es regular el óvalo, está lleno el cilindro, están bien verdes las puntas?

-El óvalo tiene casi tres centímetros y está afilado como una aguja, el cilindro hincha sus flancos, las puntas están listas para abrirse.

Aquella noche, Cornelius durmió poco; era un momento supremo aquel en el que las puntas se abrieran.

Dos días después, Rosa anunció que se habían entreabierto.

-Entreabiertas, Rosa -exclamó Cornelius-. ¡El involucro se ha entreabierto! Pero ¿entonces se ve, se puede distinguir ya?

Y el prisionero se detuvo jadeante.

-Sí -respondió Rosa-; sí, se puede distinguir una línea de un color diferente, delgada como un cabello.

-¿Y el color? -preguntó Cornelius temblando.

-¡Ah! -contestó Rosa-. Es muy oscuro.

-¿Pardo?

-¡Oh! Más oscuro.

-¡Más oscuro, buena Rosa, más oscuro! Gracias. Oscuro como el ébano, oscuro como...

-Oscuro como la tinta con la cual os he escrito.

Cornelius lanzó un grito de loca alegría.

-¡Oh! -exclamó juntando las manos-. ¡Oh! No hay un ángel que pueda compararse a vos, Rosa.

-¿De veras? -dijo Rosa sonriendo ante esta exaltación.

-Rosa, habéis trabajado tanto, habéis hecho tanto por mí; Rosa, mi tulipán va a florecer, y mi tulipán florecerá negro, Rosa, Rosa, ¡sois lo más perfecto que Dios ha creado sobre la Tierra!

-¿Después del tulipán, sin embargo?

-¡Ah! Callaos, malvada. Callaos, por piedad, no echéis a perder mi alegría. Pero, decidme, Rosa, si el tulipán ha llegado a ese punto, dentro de dos o tres días a más tardar florecerá.

-Mañana o pasado mañana, sí.

-¡Oh! Y yo no lo veré -exclamó Cornelius, echándose hacia atrás-. Y no lo besaré como una maravilla de Dios a la que se debe adorar, como beso vuestras manos, Rosa, como beso vuestros cabellos, como beso vuestras mejillas, cuando por azar se hallan al alcance del postigo.

Rosa acercó su mejilla, no por azar, sino voluntariamente; los labios del joven se pegaron a ella con avidez.

-¡Vaya! Lo traeré si vos queréis -dijo Rosa, emocionada.

-¡Ah! ¡No! ¡No! Tan pronto como se abra, ponedlo bien a la sombra, Rosa, y en el mismo instante, inmediatamente, enviad a Haarlem a prevenir al presidente de la Sociedad Hortícola que el gran tulipán negro ha florecido. Haarlem está lejos, lo sé, pero con dinero hallaréis un mensajero. ¿Tenéis dinero, Rosa?

Rosa sonrió.

-¡Oh, sí! -dijo.

-¿Bastante? -preguntó Cornelius.

-Trescientos florines.

-¡Oh! Si tenéis trescientos florines, no es un mensajero a quien tenéis que enviar, sino vos misma, vos misma, Rosa, quien debe ir a Haarlem.

-Pero durante ese tiempo, la flor...

-¡Oh, la flor! Lleváosla, comprended que no debéis separaros de ella ni un instante.

-Pero, aunque no me separe de ella, me separaré de vos, Cornelius -dijo Rosa entristecida.

-¡Ah! Es verdad, mi dulce, mi querida Rosa. ¡Dios mío! ¡Qué malvados son los hombres! ¿Qué les he hecho yo y por qué me han privado de la libertad? Tenéis razón, Rosa, yo no podría vivir sin vos. ¡Pues bien! Enviad alguien a Haarlem, eso es. ¡Por mi fe! El milagro es lo bastante grande como para que el presidente se moleste; él mismo vendrá a Loevestein a buscar el tulipán.

Luego, deteniéndose de repente, fue con voz temblorosa que murmuró:

-¡Rosa! ¡Rosa! Si no fuese negro...

-¡Vaya! Eso lo sabréis mañana o pasado mañana por la noche.

-¡Esperar hasta la noche para saberlo, Rosa! Moriré de impaciencia. ¿No podríamos convenir una señal?

-Lo haré mejor.

-¿Qué haréis?

-Si es por la noche cuando se abra, vendré para decíroslo yo misma. Si es por el día, pasaré por delante de la celda y os deslizaré una nota, bien por debajo de la puerta, bien por el postigo, entre la primera y la segunda inspección de mi padre.

-¡Oh, Rosa! ¡Eso es! Una palabra vuestra anunciándome esta noticia, será una doble felicidad.

-Son ya las diez -dijo Rosa-, es preciso que os abandone.

-¡Sí! ¡Sí! -exclamó Cornelius-. ¡Sí! ¡Marchaos, Rosa, marchaos!

Rosa se retiró cabizbaja.

Cornelius casi la había despedido.

Cierto que era para vigilar el tulipán negro.

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