El tulipán negro: Capítulo XXII

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El tulipán negro
Capítulo XXII: La floración
de Alejandro Dumas




La noche transcurrió muy lenta y al mismo tiempo muy agitada para Cornelius. A cada instante le parecía que la dulce voz de Rosa lo llamaba: se despertaba sobresaltado, iba a la puerta, acercaba su rostro al postigo; no había nada en el postigo, el corredor estaba vacío.

Sin duda, Rosa velaba por su parte, pero más afortunada que él, velaba al tulipán. Tenía allí, bajo sus ojos, a la noble flor, esta maravilla de las maravillas, no solamente todavía desconocida, sino creída imposible.

¿Qué diría el mundo cuando supiera que se había logrado el tulipán negro, que existía, y que era Cornelius van Baerle, el prisionero, quien lo había logrado?

¡Cómo Cornelius hubiera arrojado lejos de sí al hombre que hubiese venido a proponerle la libertad a cambio de su tulipán!

El día llegó sin noticias. El tulipán no había florecido todavía.

La jornada transcurrió como la noche.

La noche vino y con la noche una Rosa alegre, ligera como un pájaro.

-¿Y bien? -preguntó Cornelius.

-¡Pues bien! Todo va de maravilla. ¡Esta noche sin falta florecerá vuestro tulipán!

-¿Y florecerá negro?

-Negro como el azabache.

-¿Sin una sola mancha de otro color?

-Sin una sola mancha.

-¡Bondad del Cielo! Rosa, he pasado la noche pensando primero en vos...

Rosa esbozó un gesto de incredulidad.

-Luego, en lo que teníamos que hacer.

-¿Y bien?

-Esto es lo que he decidido. Una vez el tulipán haya florecido, cuando se compruebe que es negro y perfectamente negro, tenéis que encontrar un mensajero.

-Si no es más que esto, ya he encontrado un mensajero.

-¿Un mensajero seguro?

-Un mensajero del que respondo, uno de mis enamorados.

-¿No será Jacob, supongo?

-No, no temáis. Es el barquero de Loevestein, un muchacho despierto, de veinticinco a veintiséis años.

-¡Diablo!

-Estad tranquilo -repitió Rosa riendo-. Todavía no tiene la edad, ya que vos mismo la habéis fijado entre veintiséis y veintiocho años.

-En fin, ¿creéis poder contar con ese joven?

-Como conmigo. Se arrojaría de su barca al Waal o al Mosa, a mi elección, si se lo ordenara.

-¡Pues bien, Rosa! En diez horas ese muchacho puede estar en Haarlem; me daréis un lápiz y un papel, mejor aún sería una pluma y tinta, y escribiré, o más bien, escribiréis vos. En mí, pobre prisionero, tal vez verían, como ve vuestro padre, una conspiración en todo esto: Escribiréis al presidente de la Sociedad Hortícola y, estoy seguro que el presidente vendrá.

-Pero, ¿y si tarda?

-Suponed que tarde un día, hasta dos; pero esto es imposible, un aficionado a los tulipanes como él no tardará ni una hora, ni un minuto, ni un segundo en ponerse en camino para ver la octava maravilla del mundo. Pero, como decía, tarde un día, tarde dos, el tulipán estará todavía en todo su esplendor. Una vez visto el tulipán por el presidente, y todo quede dicho en el atestado dirigido por él, guardaréis una copia de ese atestado, Rosa, y le confiaréis el tulipán. ¡Ah! Si hubiésemos podido llevarlo nosotros mismos, Rosa, no habría abandonado mis brazos más que para pasar a los vuestros; pero esto es una ilusión en la que no hay que soñar -continuó Cornelius suspirando-. Otros ojos lo verán marchitarse. ¡Oh! Sobre todo, Rosa, antes de que lo vea el presidente, no lo dejéis ver a nadie. ¡El tulipán negro, buen Dios! ¡Si alguien viera el tulipán negro, lo robaría...! Oh!

-¿No me habéis dicho vos misma lo que temíais con respecto a vuestro enamorado Jacob? Si se roba un florín, ¿por qué no robarían cien mil?

-Vigilaré, estad tranquilo.

-¿Y si en este momento se está abriendo?

-El caprichoso es muy capaz de ello -bromeó Rosa.

-Si lo hallarais abierto al entrar...

-¿Y bien?

-¡Ah, Rosa! Desde el momento en que se abra, recordad que no habrá ni un momento que perder para advertir al presidente.

-Y para preveniros a vos. Sí, comprendo.

Rosa suspiró, pero sin amargura y como una mujer que no solamente comienza a comprender una debilidad, sino a habituarse a ella.

-Regreso al lado del tulipán, señor Van Baerle, y tan pronto florezca, seréis advertido; una vez vos advertido, el mensajero partirá.

-¡Rosa, Rosa, ya no sé a qué maravilla del Cielo o de la Tierra compararos!

-Comparadme al tulipán negro, señor Cornelius, y quedaré muy halagada, os lo juro. Hasta la vista, señor Cornelius.

-¡Oh! Decid: hasta la vista, amigo mío.

-Hasta la vista, amigo mío -repitió Rosa un poco consolada.

-Decid: Amigo mío bienamado.

-¡Oh! Amigo mío...

-Bienamado, Rosa, os lo suplico, bienamado, bienamado, ¿verdad?

-Bienamado, sí, bienamado -dijo Rosa palpitante, embriagada, loca de alegría.

-Entonces, Rosa, ya que habéis dicho bienamado, decid también bienaventurado, decid feliz como jamás hombre alguno haya sido feliz y bajo el cielo. No me falta más que una cosa, Rosa.

-¿Cuál?

-Vuestra mejilla, vuestra mejilla fresca, vuestra mejilla rosada, vuestra mejilla aterciopelada. ¡Oh, Rosa! Voluntariamente, no por sorpresa, no por accidente, Rosa. ¡Ah!

El prisionero terminó su ruego con un suspiro; acababa de encontrar los labios de la joven, no por accidente, no por sorpresa, como cien años más tarde Saint-Preux debía encontrar los labios de Julie.

Rosa huyó.

Cornelius se quedó con el alma suspendida en sus labios, el rostro pegado al postigo.

Se ahogaba de alegría y de felicidad. Abrió la ventana y contempló largo tiempo, con el corazón rebosante de dicha, el azul sin nubes del cielo, la luna que plateaba el doble río, destellando más allá de las colinas. Se llenó los pulmones del aire generoso y puro, el espíritu de dulces ideas, el alma de reconocimiento y de admiración religiosa.

-¡Oh! ¡Vos estáis siempre allá arriba, Dios mío! -exclamó, medio prosternado, con los ojos ardientemente tendidos hacia las estrellas-. Perdonadme por haber casi dudado de Vos en estos últimos días. Vos os ocultabais detrás de vuestras nubes, y por un instante dejé de veros, Dios bueno, Dios eterno, Dios misericordioso. ¡Pero hoy!, esta tarde, esta noche, ¡oh!, Os veo todo entero en el espejo de vuestros cielos y, sobre todo, en el espejo de mi corazón.

¡Estaba curado, el pobre enfermo; estaba libre, el pobre prisionero!

Durante una parte de la noche, Cornelius permaneció colgado de los barrotes de su ventana, con el oído presto; concentrando sus cinco sentidos en uno solo, o más bien, en dos solamente, miraba y escuchaba.

Miraba el cielo y escuchaba a la tierra.

Luego, con la mirada vuelta de cuando en cuando hacia el corredor, se decía: «Allá abajo está Rosa, Rosa que vela como yo, que como yo espera de minuto en minuto; allá abajo, ante los ojos de Rosa está la flor misteriosa, que vive, que se entreabre, que se abre. Tal vez en este momento Rosa tiene el tallo del tulipán entre sus delicados y tibios dedos. Toca ese tallo suavemente. Tal vez roce con sus labios su cáliz entreabierto; rózalo con precaución, Rosa, tus labios arden; tal vez en este momento, mis dos amores se acarician bajo la mirada de Dios.»

En aquel momento, una estrella se inflamó en lo alto, atravesó todo el espacio que separaba el horizonte de la fortaleza y vino a abatirse sobre Loevestein.

Cornelius se estremeció.

-¡Ah! -exclamó-. Es Dios que envía un alma a mi flor.

Y como si lo hubiera adivinado, casi en el mismo instante, el prisionero oyó en el corredor unos pasos ligeros, como los de una sílfide, el roce de una ropa que parecía un batir de alas y una voz bien conocida que decía:

-Cornelius, amigo mío, amigo mío bienamado y bienaventurado, venid, venid enseguida.

Cornelius no dio más que un salto de la ventana al postigo; una vez más sus labios encontraron los labios murmuradores de Rosa, que le dijo en un beso:

-Se ha abierto, es negro, aquí está.

-¿Cómo, aquí está? -exclamó Cornelius, separando sus labios de los labios de la joven.

-Sí, sí, es preciso correr un pequeño peligro para dar una gran alegría, aquí está, tened.

Y, con una mano, levantó a la altura del postigo un pequeño farol que acababa de encender; mientras que a la misma altura, levantaba con la otra el milagroso tulipán.

Cornelius lanzó un grito y creyó desmayarse de emoción.

-¡Oh! -murmuró-. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Me recompensáis mi inocencia y mi cautividad, ya que habéis hecho crecer estas dos flores en el postigo de mi prisión.

-Besadla -dijo Rosa- como yo la he besado hace un momento.

Cornelius, reteniendo el aliento, tocó con la punta de los labios el extremo de la flor, y jamás beso dado a los labios de una mujer, aunque fuera a los labios de Rosa, le entró tan profundamente en el corazón.

El tulipán era bello, espléndido, magnífico; su tallo tenía más de treinta centímetros de altura; se alzaba del seno de cuatro hojas verdes, lisas, derechas como puntas de lanza; toda su flor era negra y brillante como el azabache.

-Rosa -dijo Cornelius jadeante-, Rosa, no hay un instante que perder, es preciso escribir la carta.

-Ya está escrita, mi bienamado Cornelius -contestó Rosa.

-¿De veras?

-Mientras el tulipán se abría, yo escribía, porque no quería que se perdiera ni un solo instante. Mirad la carta, y decidme si la encontráis bien.

Cornelius cogió la carta y leyó, en una escritura que había hecho grandes progresos desde la primera frase que había recibido de Rosa:

Señor presidente:
El tulipán negro va a abrirse dentro de diez minutos tal vez. Tan pronto se abra, os enviaré un mensajero para rogaros vengáis vos mismo en persona a buscarlo a la fortaleza de Loevestein. Soy la hija del carcelero Gryphus, casi tan prisionera como los prisioneros de mi padre. No podré, pues, llevaros esta maravilla. Por eso es por lo que me atrevo a suplicaros que vengáis a buscarlo vos mismo.
Mi deseo es que se llame Rosa Barloensis.
Acaba de abrirse; es perfectamente negro...
Venid, señor presidente, venid.
Tengo el honor de ser vuestra humilde servidora.
ROSA GRYPHUS.

-Eso es, eso es, querida Rosa. Esta carta es una maravilla. Yo no la hubiera escrito con esta simplicidad. En el Congreso, daréis todos los informes que os pidan. Sabrán cómo ha sido creado el tulipán, a cuántos cuidados, vigilias y temores ha dado lugar, mas, por el momento, Rosa, no hay un instante que perder... ¡El mensajero! ¡El mensajero!

-¿Cómo se llama el presidente?

-Dádmela para que ponga la dirección. ¡Oh! Es muy conocido. Es Mynheer Van Systens, el burgomaestre de Haarlem... Dádmela, Rosa, dádmela.

Y, con mano temblorosa, Cornelius escribió sobre la carta:

A Mynheer Peters van Systens, burgomaestre y presidente de la Sociedad Hortícola de Haarlem.

-Y ahora, marchaos, Rosa, marchaos -dijo Cornelius-, y pongámonos bajo el amparo de Dios que hasta ahora nos ha protegido tan bien.

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