El vaso de elección (Versión para imprimir)

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Elenco
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El vaso de elección Félix Lope de Vega y Carpio


El vaso de elección de Pablo

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



ELIUD
PESCADOR
MÚSICOS
ZEBEDEO
PEDRO
MARÍA SALOMÉ
PEDRO
PERPETUA
JACOBO


JUAN
ANDRÉS
SAULO
BALBO
ELIAZAR
ESTEBAN
ANANÍAS
CAPITÁN
SOLDADOS


GAMALIEL
BERNABÉ
MAGDALENA
CRISTO
ASTAROTE
CARNE
ÁNGEL
NIÑO
CLAUDIO


TULIA
NERÓN
SÉNECA
LINO
CLETO
PEREGRINO




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Acto I
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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Suena dentro ruido de alegría, y sale ELIUD, de camino.
ELIUD:

  Yo llego a buena ocasión,
que estos que alegres cantando
vienen, pescadores son,
que, esta ribera alegrando,
ponen al mar atención.
Y el gran mar de Galilea
parece que lisonjea
sus rústicas voces tanto,
que les paga en calma el canto
con apacible marea.
(Gritan dentro.)
  La grita pasa adelante,
y aquí viene un pescador.
(Sale un PESCADOR con un azadón al hombro, y comienza a cavar.)

PESCADOR:

Aqueste sitio es bastante
para el tálamo.

ELIUD:

¡Ah, señor!

PESCADOR:

¿Quién es?


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ELIUD:

Cierto caminante
  que viene muy bien criado
y es preguntador cruel.

PESCADOR:

Vos seáis muy bien llegado;
que yo también soy fiel
respondedor.

ELIUD:

Bien hablado:
no se lo puedo negar.

PESCADOR:

Comenzad a preguntar
si prolijo habéis de ser;
que yo os pienso responder
sin que deje de cavar,
  porque han de poner aquí
los novios.

ELIUD:

Eso entendí
preguntaros.

PESCADOR:

Y estará
vuestra pregunta de mí,
  según eso, satisfecha.

ELIUD:

Aún falta más.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PESCADOR:

¿No aprovecha
lo dicho?

ELIUD:

Quiero saber
el nombre de la mujer
y del novio.

PESCADOR:

Cuenta estrecha.

ELIUD:

  No os pese; que semejantes
sucesos suelen servir
de alivio de caminantes.

PESCADOR:

En acabando de oír
sus nombres, quedáis como antes;
que quien vive en las ciudades,
mal los destas soledades
conocerá por los nombres;
mas de las mujeres y hombres
os diré nombres y edades,
  para que vais satisfecho
y os dejéis de preguntar.
Ya aquesto a que vine es hecho.


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ELIUD:

El cielo de mar a mar,
para premiar vuestro pecho,
  siempre que la red caléis,
colme de vario pescado,
con que próspero quedéis.

PESCADOR:

El nombre del desposado
muchos años preguntéis.
  Primeramente, es Simón
Pedro, un pescador de fama,
que él y su hermano lo son.

ELIUD:

¿Cómo su hermano se llama?

PESCADOR:

Andrés, mozo de opinión.
  que esta ribera del mar
de Galilea los tiene
por sus Neptunos, y a dar
todos sus peces les viene
en comenzando a pescar.
  Los dos tienen un navío,
y están muy ricos los dos,
que con celestial rocío
les hace mil bienes Dios
por su virtud.

ELIUD:

Yo lo fío.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PESCADOR:

  Treinta y nueve o cuarenta años
será de los dos la edad,
de muchos hombres extraños,
porque es gente de verdad
y de ningunos engaños.
  Conociendo esto, le ha dado
Aristóbolo a su hija,
que es un ciudadano honrado
de Betsaida, y regocija
hoy todo el margen sagrado
  del mar este casamiento.
Y no queda pescador
que con diverso instrumento
no dé a los novios honor
y al desposorio contento.
  El Zebedeo y María
Salomé, su esposa amada,
apadrinan este día
los novios, que es gente honrada,
de noble sangre judía.
  Vienen con ellos también
Juan y Jacobo, sus dos
amados hijos, a quien
ha de hacer mil bienes Dios,
porque son hombres de bien.
  Treinta y tres años tendrá
Jacobo, y Juan veintitrés,
que, visto, parecerá
de la cabeza a los pies
que con pincel hecho está.


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PESCADOR:

Dios os guarde.
La boda llegando va,
y con apacible tarde
el mar aplauso le da.
(Gritan.)
(Entren los pescadores que pudieren, y uno con un árbol, que es el tálamo; y luego JACOBO, ANDRÉS y JUAN, de pescadores, y PEDRO y PERPETUA de las manos, ella en cabello y vestida de aldeana, y de la mano de PERPETUA MARÍA SALOMÉ, también el cabello tendido, de manto azul, vestida a lo judío, y el ZEBEDEO, y ponen el tálamo, y cantan y bailan.)

MÚSICOS:

  Tálamo de amor,
¡cuán bien que parecéis hoy!

UNO SOLO:

No parece el alba,
no parece el sol,
no parece el Mayo
la mitad que vos.
Siempre a vuestros ojos
cante el ruiseñor
canciones de amor
y de celos no.
Vuestras ramas vista
en cada ocasión,
el Mayo de fruta
y el Abril de flor.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PESCADOR:

Dios os guarde.
La boda llegando va,
y con apacible tarde
el mar aplauso le da.
(Gritan.)
(Entren los pescadores que pudieren, y uno con un árbol, que es el tálamo; y luego JACOBO, ANDRÉS y JUAN, de pescadores, y PEDRO y PERPETUA de las manos, ella en cabello y vestida de aldeana, y de la mano de PERPETUA MARÍA SALOMÉ, también el cabello tendido, de manto azul, vestida a lo judío, y el ZEBEDEO, y ponen el tálamo, y cantan y bailan.)

MÚSICOS:

  Tálamo de amor,
¡cuán bien que parecéis hoy!

UNO SOLO:

No parece el alba,
no parece el sol,
no parece el Mayo
la mitad que vos.
Siempre a vuestros ojos
cante el ruiseñor
canciones de amor
y de celos no.
Vuestras ramas vista
en cada ocasión,
el Mayo de fruta
y el Abril de flor.


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MÚSICOS:

Tálamo de amor,
¡qué bien que parecéis hoy!

ZEBEDEO:

  Ya está el tálamo en el puesto;
los novios se sienten, pues,
como es costumbre, y después
por su orden todo el resto.
  Y no quede castañeta
que hoy no se rompa, ni son
que no diga de Simón
la ventura: el que es poeta,
  versos haga de repente;
el que toca, de contento
loco deje el instrumento
para otro día siguiente;
  el que de bailar se precia.
mudanzas haga a porfía;
que no hay cosa de alegría
en los desposorios necia:
  que a fe que si me cogiera
a mí un poco atrás la edad...

PEDRO:

Compadre, la voluntad
estimo.


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ZEBEDEO:

¡Pardiez! si hiciera
  de mejor gana que cuando
con María Salomé,
compadre, me desposé.
Mas a Jacob y a Juan mando
  que bailen en mi lugar,
porque no falte el placer.

MARÍA SALOMÉ:

Zebedeo, obedecer
sabrán, pero no bailar;
  que son rústicos en eso.

ANDRÉS:

Aquí zagales están
que por todos bailarán
hasta que queden sin seso.
  Yo con mi hermano Simón
y con Perpetua, mi hermana,
bailar pienso una semana.


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PEDRO:

Pues, Andrés, vaya de son.
  Bien hayas tú, que celebras
con tal gozo y alegría
de mi desposorio el día,
y a la fortuna le quiebras
  los ojos de regocijo,
pues no ha sido mi ventura,
Andrés, para más cordura,
ni el bien que contento elijo.
  Dichoso mil veces yo,
Perpetua, que merecí
tu mano, que para mí
el cielo predestinó,
  porque antes de hacernos Dios,
tanto sin ser nos quisimos,
que dentro en su mente fuimos
para en uno ambos a dos.
  Allí amores te decía,
allí la mano me dabas,
y conmigo celebrabas
la ventura deste día.


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PEDRO:

  Y hoy que ha llegado, no hay cosa
que con mi dichoso estado
no se haya regocijado
viéndote, Perpetua hermosa.
  Mira el mar de Galilea
que su término forzoso,
no pudiendo de furioso,
de alegre pasar desea,
  rompiendo al cielo la fe;
y puede ser que presuma
querer cotejar su espuma
con la nieve de tu pie.
  Mira los peces saltando
con las escamadas colas,
y las peñas con las olas
parece que están jugando.
  Y no hay marítimo risco
en el mar de Galilea
que no arroje por grajea
de fuente de ovas marisco.
  Que para que en él te quedes
te hace, esposa, el mar sagrado
mil presentes de pescado
siendo tus ojos las redes.


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PEDRO:

  Que para tu celestial
garganta, en llegando a verte,
feudo eterno ha de ofrecerte
de perlas y de coral.
  Mi nao, que en la espuma cana
como pavón se enloquece,
corona del mar parece
y oriente de la mañana.
  Y a la aurora desafía,
porque con tus bellos soles
ha de tener dos faroles
que han de dar más luz que el día.
  Y no temiendo los bancos
del mar, con mil gallardetes,
por mesanas y trinquetes
muestra los costados blancos.
  Al fin, nao, mar, peces, peñas,
y cuantos viéndome están,
todos parabién me dan
o con lenguas o con señas.
  Y yo en aquesta ocasión,
mirando gloria tan alta,
aunque la razón les falta,
digo que tienen razón.
  Tanto en ellos ha podido
y en mí el bien de mi cuidado,
que ellos sentido han cobrado
y yo solo le he perdido.


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PERPETUA:

  Estimo tu voluntad
y tu amor, como es razón,
y entiendo que en mí, Simón,
vive la propia verdad.
  Por la mujer más dichosa
me tengo que puede haber
en haber venido a ser,
Simón, tu mujer y esposa.
  Y no hay sentido que en mí
esta dicha no celebre,
y a solas no se requiebre
después que te ha dado el sí.
  Los ojos dicen que ven
por los tuyos, y que son
por donde hasta el corazón
dio el alma entrada a este bien.
  A los oídos no suena
música como tu voz,
que entra el alma más veloz
cual si fuese de sirena.
  Dice el olfato que el mayo,
con tan grande variedad,
no le huele la mitad,
Pedro, que tu tosco sayo.


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PERPETUA:

  El gusto, que no ha comido
tal cosa como tu amor;
pues de las manos, mejor
dirás tú lo que han sentido.
  Pues con llamallas tú nieve,
brasas de amor se han tornado
después, Pedro, que han tocado
las tuyas, que un fuego llueve
  desde el corazón aquí,
que no sé si son antojos,
que me sale por los ojos
y que me deja sin mí.
  Yo, a la fe, no sé qué son,
si son de amor maravillas,
haciéndome están cosquillas
en el mismo corazón.


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JACOBO:

  Ruego a Dios que muchos años
os gocéis los dos, amén,
y que os dé Dios tanto bien
que no conozcáis los daños.
  Cuando la red caléis, sea
la pesca tal, que el navío
deje de peces vacío
todo el mar de Galilea.
  Y cuando a estas peñas salga
el pescado, cada cual
vomite una piedra tal,
que más que Betsaida valga.
  Conque a coronarte vengas
por no vista maravilla,
y siendo rey desta orilla,
el dominio del mar tengas.
  Y tanto alcance la fe,
Pedro, que guardas al cielo,
que con corona en el suelo
el mundo te bese el pie.


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JUAN:

  Ruego a Dios, Pedro, que seas
piedra en que algún edificio
de que el cielo nos da indicio
comience, y que tú lo veas.
  Que parece tu persona,
que aun en aquesta humildad,
una extraña majestad
secreta al mundo pregona:
  y que desde tu llaneza,
pescando desde esas rocas
que te han dado el ser, que tocas
al cielo con la cabeza.
  Y no te espantes si subes
desde tan bajo lugar,
pues que también desde el mar
suben al cielo las nubes.
  Y tanto te ha de querer
por tu fe Dios, Pedro amigo,
que imagino que contigo
ha de partir el poder.


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PEDRO:

  Esos encarecimientos
son para ingenio mayor,
mayor fe, mayor valor,
mayores merecimientos.
  Pero yo, Jacob y Juan,
soy en rostro un avestruz,
que aun no merezco la luz
que esos once orbes me dan.
  Vosotros sí merecéis
lo que a mí me deseáis,
por el valor que mostráis
y la sangre que tenéis.
  Este es general deseo
que se llevan de su idea
la voz, y de Galilea
los hijos del Zebedeo.
  Gran puesto habéis de tener;
que tú, Jacob sin segundo,
lucero has de ser el mundo,
y Juan águila ha de ser.

ZEBEDEO:

  Baste, y un baile paz,
no se nos vaya la boda
en razonamientos toda.


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ANDRÉS:

Esto es pollos con agraz.
(Cantan.)
  Tálamo de amor,
¡cuán bien parecéis hoy!
¡Oh cuán bien parecen
Perpetua y Simón!
Como el olmo y yedra,
sentados en vos,
vuestras verdes hojas
las bendiga Dios,
pues cubren dos novios
de tanto valor;
vivan muchos años,
que tal pescador
y tan linda novia
para en uno son.

TODOS:

¡Tálamo de amor,
qué bien que parecéis hoy!
(Aquí bailan, y estando bailando dirá ELIUD dentro.)

ELIUD:

  ¡Que se anega en el mar fiero!
¡Socorro! ¡Socorro! ¡Aquí,
pescadores, acudí!


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ANDRÉS:

Allí lucha un caballero
  del mar con las olas fieras,
porque dellas contrastado
su caballo le ha arrojado.

PEDRO:

Pues, Andrés, ¿a cuándo esperas?
  Desnúdate y sígueme,
pues que puede ser su vida
de nosotros socorrida
y en tal peligro se ve.}}

JACOBO:

  Todos, Simón, te seguimos.

JUAN:

Todos tras ti caminamos.

PEDRO:

Ropa fuera, pues, y vamos,
ya que su peligro vimos.
(Quítanse todos los sayos y quedan en calzones blancos y camisas, y vanse, y quedan el ZEBEDEO y las mujeres.)

ZEBEDEO:

  El caballo se ha escapado
y del agua se sacude
en la playa.

MARÍA:

El cielo ayude
a su dueño desdichado.


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PERPETUA:

  Ya Pedro al mar se arrojó,
Andrés, Jacobo y Juan.

ZEBEDEO:

Ya con él todos están.

MARÍA:

Ya Pedro un brazo le asió.

PERPETUA:

  Ya con mil ansiosos lazos
de la muerte, el caballero
le abraza.

ZEBEDEO:

Ya del mar fiero
le saca Simón en brazos.
(Salen todos con SAULO, vestido a lo romano, y mojados.)

PEDRO:

  Ánimo; que de la guerra
del mar, libre en esta parte
estáis ya.

SAULO:

Quiero besarte
mil veces, amada tierra,
  y a ti los pies juntamente,
pues que te debo la vida,
casi anegada y perdida
ya en el mar.


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PEDRO:

El cielo aumente
  la que os dejó, forastero
noble; que el cielo os la dio,
que poco importara yo
contra el furor del mar fiero.
  Sentaos, que estaréis cansado
del mar, y dadnos razón
de quién sois, y a qué ocasión
el margen del mar sagrado
  de Galilea pisasteis,
y a dónde es vuestro camino.

SAULO:

Daros gusto determino,
ya que del mar me librasteis.
  Del tribu de Benjamín
soy, linaje antiguo y claro,
de los doce que a Israel
dio Jacob, padre de tantos.
Fue Giscalis patria mía
y de mis padres, y entrando
los romanos a ocupalla,
fuéronse a vivir a Tarso,
donde gozan, como en Roma,
los privilegios romanos
sus ciudadanos, nobleza
que las colonias gozaron.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

De aquí mis padres, pequeño,
para estudiar me enviaron
a la gran Jerusalén,
del mundo asombro y milagro.
Física y humanas letras
aprendí, y del gran letrado
y maestro Gamaliel,
ingenio divino y raro,
aprendí la teología
de nuestra ley, siendo espanto
del más experto rabí,
en tiernos y verdes años.
Llámanme a Tarso mis padres
ahora, y he sospechado
que es para casarme, cosa
a que me muestro contrario.
Compré de casa de Herodes
para partirme un caballo,
que del codón al copete
es todo un tigre estrellado.
Cuyas clines de manera
le ensoberbecen, que estando
viendo su sombra, parece
el que dio fama a Alejandro.


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SAULO:

Mandóle Herodes vender
porque una vez de palacio
saltando con Herodías,
que es hechizo de sus brazos,
cayó con ella, y pluguiera
al cielo le hubiera dado
en su vientre sepultura,
como el caballo troyano,
antes que hubiera pedido
de Juan, el profeta santo
que fue del Jordán Elías
y voz de Dios en sus campos,
aquella heroica cabeza,
que fue el más costoso plato
que pudo para su gusto
darle el Tetrarca tirano.
Al fin, de Jerusalén
salí con solo un criado,
en mi caballo los ojos
de todo el mundo llevando,
tan soberbio y tan airoso,
que en la silla levantado,
miraba las herraduras
de los pies y de las manos.


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SAULO:

Llegué al mar de Galilea,
que antes de mirar de Tarso
los homenajes soberbios,
quise ver el mar sagrado,
este caballo del cielo,
siempre de espuma argentado,
que con un freno de arena
le detiene Dios el paso;
este, que de leños solos
se sustenta, este que armado
de montes de agua, parece
que se come estos peñascos,
en cuyos humildes senos,
camarines apartados,
forman varias taraceas
coral y huesos humanos;
de su calma a la lisonja
me llegué con mi caballo,
dándome el mar osadía
a bañarle pies y manos.
El Bucéfalo atrevido,
con la espuma del mar cano,
se juzgó el toro de Europa,
las olas menospreciando;
y una, soberbia, queriendo
satisfacer al agravio
del menosprecio, en el golfo
nos arrojó sin pensarlo.


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SAULO:

El caballo comenzó
a nadar, porque enseñados
nacieron para el peligro
los brutos, de razón fa tos.
Yo, procurando volvelle
al margen, sacando el brazo
afirméme en los estribos
y apreté el freno en la mano.
«No te espantes», como César
le dije para animarlo,
«del mar adversa fortuna,
pues llevas sobre ti a Saulo.»
Entonces, como corrido
de que por cobarde y flaco
le hubiese tenido, echóme
con los corcovos por alto.
Recibiéronme las olas
con mil fingidos abrazos;
que como engendran sirenas,
todo es traiciones y engaños.
Probé a contrastar su furia,
mas fue pensamiento vano,
haciendo barca del cuerpo
y remos de los dos brazos.


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SAULO:

Vime anegar y di voces,
y dio voces mi criado,
a tiempo que estaba yo
con la muerte entre los labios.
Y a no poner diligencia
vuestra piedad, fuera Saulo
manjar de hambrientos delfines
que mi fortuna anunciaron.
Gracias le doy a los cielos,
que hoy la vida, por milagro,
me dieron, siendo instrumento
vuestra piedad, en tal caso.
A quien ruego, pescadores
generosos, que más años
que tiene esta playa arenas
y hojas estos montes altos,
átomos la luz del día,
el cielo luceros claros,
gotas de agua el mar, los hombres
todos pensamientos varios,
de vida tengáis, y queden
vuestros nombres siglos largos
escritos en las memorias
de los anales humanos.


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SAULO:

Y a ti, Pedro, que así entiendo
que los demás te han nombrado,
pues a tus brazos la vida
debo, haga el cielo santo
tan gran pescador, que olvides
el marítimo pescado
y de almas y hombres lo seas,
pues que tu valor es tanto.
Y esa nave, de quien eres
dueño de vergas en alto,
la mires con el Mesías
que los tribus aguardamos,
siendo nave militante
de su Iglesia, y tú vicario
de su poder, y en el mar
su piloto soberano.
Que yo, con la obligación
que tengo, seré entretanto
con la voluntad y vida
tu perpetuo feudatario.
Siendo, a pesar de los tiempos
envidiosos y contrarios,
amigos hasta la muerte,
como es razón, Pedro y Saulo.


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PEDRO:

Yo soy el que gano en ello.
Veis aquí, Saulo, mis brazos.

SAULO:

En ellos hallé la vida
que a vuestra amistad consagro.

ANDRÉS:

Ya que de Jerusalén
venís, contadnos despacio
lo que hay por allá de nuevo;
que los que lejos estamos
de su grandeza, vivimos
con deseo y con cuidado
de saber sus novedades,
pues en ella hay desto tanto
cada día.

SAULO:

Una hay bien nueva
agora, que llegó a Tarso
por maravillosa.

PEDRO:

¿Cómo?


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SAULO:

Aquestos días pasados
ha parecido un profeta,
según dicen, hombre santo,
de grave y modesto rostro,
de treinta a treinta y dos años.
Cabello a lo nazareno,
crespo, hasta el hombro, y castaño
como la barba, también
repartida en dos pedazos.
ancha frente y sin arrugas,
ojos serenos y garzos,
nariz afilada, y boca
de dos corales por labios.
Sus palabras son compuestas
y el traje es honesto y llano,
que es una túnica sola
larga y de color morado,
sin costura, que le cubre
hasta el pie, que va descalzo,
con quien no es el blanco armiño,
si con él compite, blanco.
Ninguno reír le ha visto,
y algunos hacer milagros,
a enfermos dando salud
y a muertos resucitando.
En el templo cada día
predica, y el vulgo vario
le sigue, diciendo todos
que es profeta de Dios santo.


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PEDRO:

¿Cómo es su nombre?

SAULO:

Jesús.

ANDRÉS:

Nombre altivo y soberano.

PEDRO:

Por la fama solamente
inclinación le he cobrado.

ANDRÉS:

Yo le he de ver, aunque deje
las redes, Simón hermano,
por algunos días.

PEDRO:

Yo,
Andrés, pretendo buscarlo.

JACOBO:

Yo lo determino ver.

JUAN:

Y aun yo, Jacob, he pensado
que es el profeta que dice
nuestro deudo muy cercano,
según las señas.

SAULO:

Jacob
es de Jesús un retrato
en el talle y en el rostro.


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MARÍA:

Es, Saulo, su primo hermano,
si es el que pienso, y en él
viven secretos más altos
que nuestra humildad conoce.
(Sale ELIUD de prisa.)

ELIUD:

¡Válgate Dios, por caballo!

SAULO:

¿Qué hay Eliud?

ELIUD:

¡Oh, señor!
Tú seas muy bien hallado;
que pensé que no salieras
del mar con tan buen despacho.
Gracias a estos pescadores,
después de Dios, que te han dado
la vida, que estuvo a pique
de sorberte el mar a tragos.
Ya te imaginaba yo,
dentro de muy poco espacio,
a librar bien con el mar,
ámbar de algún ballenato,
y venderte para guantes
y coletos al verano
por onzas.


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SAULO:

¡Bueno anduviera!
De otra suerte lo ha trazado
el cielo; gracias le doy.
¿Qué hay del caballo?

ELIUD:

El caballo
ha sido cabra montés
por entre aquesos peñascos.
Y de cansado y rendido,
al fin se vino a la mano
como halcón.

SAULO:

¿Y dónde queda?

ELIUD:

Aquí le dejo arrendado
con el mío en un quejigo,
vertiendo un mar de agua entrambos.

PEDRO:

Tomad, Saulo, mi consejo,
y vended ese caballo,
que tiene malos siniestros
y puede ser despeñaros.
No aguardéis más experiencias
que haberle Herodes echado
de su Real caballeriza,
y hoy ser causa en el mar cano
de vuestra muerte.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

Antes pienso
que su ardimiento bizarro
ha de sacarme, sin duda,
muy grande hombre de a caballo,
porque el ser poco seguro
me ha de tener con cuidado,
y de andar siempre en la silla
y he más firme.

PEDRO:

Sois temerario,
guardaos de alguna caída
adonde no os valgan, Saulo,
ni cuidados ni pies firmes;
que vivís muy confiado.

SAULO:

El cielo es piadoso. Adiós.

PEDRO:

¿Os vais?

SAULO:

Pienso entrar en Tarso
al alba, y así no puedo
detenerme.

PEDRO:

¡Extraño caso!
Esta noche bien podéis,
y estaréis aposentado
no mal.

SAULO:

Yo agradezco, Pedro,
esa voluntad, y aguardo
servilla con largas obras;
pero agora es excusado
recibir esa merced.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEDRO:

Ya que el día que me caso
os trujo vuestra fortuna
a esta ocasión, fuera, Saulo,
para mí de grande estima
que, en nuestra mesa cenando,
honrarais nuestras barracas;
que suelen ser de regalo
las cenas de pescadores,
y más en iguales casos;
para cuyo intento no hay
en todo este mar pescado
que no registren las redes
en nuestros humildes platos:
el ostión frito y cocido,
entre sus conchas guardado
como la perla; el albur,
la acedía y el robalo;
el pámpano entre laureles,
y como ternera, asado;
el sollo con perejil;
el peje espada y el barbo;
la lamprea en pan, la enguilla
que la imita, y el pescado
del refrán, que es siempre el mero,
y el pulpo hecho pedazos;
el congrio, el salmón, la jibia,
y el cangrejo colorado,
y el langostín, que al coral
parece que hurtó los ramos;
la sardina, que, a no ser
tan común, fuera estimado
por el pescado mejor,
y el sábalo, que le igualo
al faisán de Italia, el mujo,
el calamar y el dorado,
la caballa y el zurel,
y con pimienta el hidalgo
camarón, el peje rey,
el besugo y el lenguado.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ELIUD:

Esos en los desposorios
suelen ser muy de ordinarios.

PEDRO:

Sin infinitos que dejo
de nombrar; porque son tantos,
que un mar parece la mesa.

SAULO:

Goceisos por muchos años
los dos, amén, con dichosa
sucesión; mas porque tardo
en llegar a Tarso ya,
e importa llegar a Tarso
con brevedad esta noche.

PEDRO:

Pues Dios os dé el deseado
viaje que han menester
vuestros intentos.

SAULO:

Partamos.
Pedro, Saulo es vuestro amigo,
yo os doy por prenda esta mano.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEDRO:

Yo también os doy la mía.

SAULO:

Pues, Pedro, adiós.

PEDRO:

Adiós, Saulo.

ELIUD:

¿No hubiera tanta lamprea
para el camino de paso,
que en haberla apetecido
parece que estoy preñado?

PEDRO:

Vaisos tan aprisa, que es
imposible.

ELIUD:

Yo malparo,
según eso.

PESCADOR:

Para vos.

ELIUD:

Mi dueño sube a caballo.
Adiós.
(Vanse.)

PEDRO:

Guárdeos Dios.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZEBEDEO:

Por cierto
que es animoso y bizarro
este mancebo, que muestra
en las palabras y el trato
su nobleza.

PEDRO:

A mí me deja
a su amistad inclinado.

ANDRÉS:

Ya caminan, y parecen
dos águilas los caballos.
Yo pondré que tardan poco
de aquí a los muros de Tarso.

JACOBO:

Buen viaje les dé el cielo;
que a fe que ha sido milagro
el ir con vida de aquí.

ZEBEDEO:

Menos ardiente y dorado
al mar baja aprisa el sol
por las puertas del ocaso.
Retirémonos, Simón,
a las barracas cantando.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEDRO:

Retiremos norabuena;
vuelvan a cantar, y vamos.
(Saquen ahora el mayo como primero, y cantan entrando.)
Tálamo de amor,
¡cuán bien que parecéis hoy!
(Salen SAULO y ELIUD.)

SAULO:

  Gallardamente han corrido
los caballos.

ELIUD:

Han dejado
el viento atrás, y han pasado
los pensamientos.

SAULO:

No ha sido
  pequeña la diligencia.

ELIUD:

Hipócrifo parecía,
que volaba y no corría,
tu caballo en competencia
  de tu propio pensamiento,
que de espuela le sirvió.

SAULO:

¿Qué hora será?


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ELIUD:

Pienso yo
que no verá el soñoliento
  planeta en estas tres horas
el alba, a quien los poetas
tantas cosas indiscretas
han dicho; que las señoras
  estrellas están de espacio,
visita haciendo a la noche,
y las aguarda su coche
a las puertas de palacio,
  aunque pienso que se irán
en su carro las cabrillas.

SAULO:

Del cielo las maravillas
ahora viéndose están,
  Esta estrellada techumbre
da señales del poder
de Dios, y el que llega a ver
de fe con alguna lumbre
  a esta celestial pintura,
admira la omnipotencia
y la soberana ciencia
de Dios, en tanta criatura.


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ELIUD:

  A mí me da cuanto miro
hambre y sueño, y me comiera
toda esta estrellada esfera,
a ser de huevos.

SAULO:

Yo admiro
  de Tarso la soledad.

ELIUD:

Apenas un cardador
ha despertado, señor,
que suelen en la ciudad
  cantar antes que amanezca
seis horas a treinta voces,
todos contraltos feroces,
sin que un tiple se parezca.
(Suenan cajas de templadas.)

SAULO:

  Escucha. Unas destempladas
cajas parece que escucho.

ELIUD:

A estas horas fuera mucho.

SAULO:

Si no son imaginadas
  sombras, estas son banderas
arrastrando, y me parece
entierro romano.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ELIUD:

Ofrece
a veces fantasmas fieras
  a los ojos el desvelo,
que pena y cuidado dan.
Antojos, señor, serán.
(Salgan cajas y banderas arrastrando.)

SAULO:

Agora bañando el suelo
  con lágrimas, y tendido
el cabello por los ojos,
con tres hachas, que despojos
de acto funeral han sido,
  y mantos negros atrás,
tres mujeres juntas vienen
que oficio de llorar tienen
en los entierros.
(Salgan tres mujeres como dicen los versos.)

ELIUD:

Jamás
  he visto cosa como esta.
Limpiémonos bien los ojos,
porque pueden ser antojos.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

Las cajas dan por respuesta
  que es verdad lo que miramos.
(Pase ahora el ataúd como dice.)
Agora viene, Eliud,
en hombros un ataúd
de cuatro ancianos. Sepamos
  quién es ese caballero
que, a la romana costumbre,
antes de mirar la lumbre
del sol se entierra.

ELIUD:

Yo quiero
  llegar a saberlo deste
que detrás del cuerpo helado
va de un pavés embrazado,
para que nos manifieste
  deste enigma la verdad.

SAULO:

Llega a preguntarlo, pues.

ELIUD:

Decidme, señor, ¿quién es
este difunto?

BALBO:

Mirad
  en el pavés su blasón,
porque Saulo dice en él,
hijo de Salatiel.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ELIUD:

¡Saulo!

BALBO:

¿Qué os da admiración?

ELIUD:

  ¿Cómo puede ser que sea
Saulo, si está vivo aquí?

BALBO:

Saulo va difunto allí,
que en el mar de Galilea
  murió anegado.

SAULO:

¡No estoy
en mí! ¿Es sueño, es devaneo
lo que escucho y lo que veo?
Sí es verdad que Saulo soy,
  ¿cómo me van a enterrar?
¿Libre del mar no salí,
y a Tarso ¡te llegado? Sí,
¿pues cómo me anegó el mar?
(Vanse entrando las mujeres y el ataúd, y el del pavés se va poco a poco.)
  ¡Qué notable confusión!

ELIUD:

Sin sentido estoy.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

Recelo
que este es aviso del cielo,
y esta es celestial visión.

ELIUD:

  Yo le quiero preguntar
por mí, que quizá Eliud
andará en otro ataúd.
¿Qué digo? ¿sabráme dar
  cuenta de cierto criado
de ese Saulo, que Dios haya,
si también en esa playa
quedó del mar anegado,
  que se llamaba Eliud,
de fe, diligencia rara,
mozo, amarillo de cara,
y de muy buena salud,
  si por dicha por allá
se ha muerto, a su parecer?
Porque puede también ser
sin que él lo supiese acá.

BALBO:

  No sé.
(Vase.)

ELIUD:

Más vale que estemos
en duda mal por mal.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

Ya
el sol con el alba está.
En casa de mi padre entremos,
  si es que estoy vivo, Eliud.

ELIUD:

Si verdad te he de decir,
no hueles bien.

SAULO:

Eliacir,
criado de gran virtud
  de mi padre, abre la puerta
de casa: quiero llegar,
y de mí me podrá dar
cuenta verdadera y cierta,
  si es que con vida he llegado
a Tarso, Eliacir.

ELIAZAR:

Señor,
dame tus manos.

SAULO:

Mi amor
un abrazo te ha guardado.

ELIAZAR:

  Tú seas muy bien venido.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

¿Cómo al fin mi padre está,
Eliacir?

ELIAZAR:

Tres días ha...

SAULO:

Prosigue, ¿qué ha sucedido?
  Y confuso no me dejes,
que harto confuso estoy yo.

ELIAZAR:

Tres días ha que murió.
Causa para que te quejes
  de la fortuna cruel:
justamente tú has quedado
de todo cuanto ha dejado
por señor, y fuiste dél
  deseado muchos días,
que pensó primero verte
casado, que de su muerte
ver el que las ansias mías.
  Y Tarso y sus deudos lloran,
cuya muerte ha hecho falta
a la gente baja y alta
que dentro de Tarso moran.
  Mas es deuda natural
y hemos nacido con ella.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

Agora entiendo que aquella
fue inspiración celestial.
(Vanse.)
  Y de mi padre la muerte
la ha confirmado también:
el cielo me envíe en bien,
pues en señales me advierte
  que aquella significó
que la vida que he traído
hasta agora muerte ha sido.
Y pues mi padre murió,
  la mitad de lo que heredo
a pobres pretendo dar,
y con lo demás pasar
medianamente, pues puedo,
  como quien soy, y desde hoy
ser un celador Elías
de mi ley, pues tras los días
corriendo a la muerte voy.
  Y hacer en Jerusalén
pública demostración
deste celo.

ELIAZAR:

Admiración
da tu prudencia.


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El vaso de elección Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SAULO:

Moysén
  ha resucitado en mí.
Su ley he de predicar
y con rigor observar,
pues tantos avisos di
  con que me llaman los cielos
y con que en el mar airado
toqué la muerte anegado
entre montes de recelos.
  Sepan todos que he de ser
con más que humano valor
defensor y celador
contra el terrestre poder
  y contra todo el que hay
en el infierno y su rey
envidioso de la ley
que dio en el Monte Sinay,
  la mano de Dios escrita
a aquel capitán valiente
que sacó la hebrea gente
contra el fiero Madianita
  y Egipcio, y pudo pasar
con no vistas maravillas
del gran Jordán las orillas
pasando a pie todo el mar.

ELIUD:

  Su valor queda admirando,
y sepan del mismo modo
como yo me duermo todo
y pienso que estoy soñando.


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Acto II
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Salen SAULO y ELIUD.
SAULO:

  Gracias al cielo, Eliud,
que ha permitido que vea
el gran mar de Galilea
segunda vez con salud.
  Aquí sin vida me vieron
y aquí anegado me vi,
y el cielo y Simón aquí
libre en tierra me pusieron.
  Estas olas procuraron
darme muertes rigurosas,
y para mayores cosas
los cielos me preservaron.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

ELIUD:

  ¡Qué falso y traidor está
sosegado el mar agora!
A quien su inconstancia ignora,
segura parecerá.
  Pues aunque su calma pida
dátiles al parecer,
si puedo, no me ha de ver
navegándole en su vida.
  No quiero tratar con quien
parece en la condición
que ha sido camaleón;
bien haya la tierra, amén,
  que es siempre de una manera
brame el leveche y solano,
que el que es llano siempre es llano.
y el que es monte nunca espera
  ser otra cosa jamás,
y sin mirar las estrellas,
guían carriles y huellas
a los que vienen atrás.
  No hay más lindo caminar
que en un macho de alquiler,
tierra a tierra a su placer,
desde la venta al lugar.
  Que navega a cuatro pies
sin viento, y si tiene alguno
por la popa, es importuno
si la cola el timón es.
  Que cuando por maravilla
se va a pique en este mar,
puede, sin saber nadar,
salir un hombre a la orilla.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

SAULO:

  Éstas las barracas son,
si la memoria me dura,
de Andrés y Simón: procura
buscar a Andrés y a Simón.

ELIUD:

  Para pagar lo que debo,
con vida por ellos fuiste:
dos años ha que estuviste
casi a pique de ser cebo
  de algún hambriento pescado
en este mar que se ve,
y parece que ayer fue.

SAULO:

Vuela con paso callado
  el tiempo, Eliud, y pasa
por nuestras vidas ligero.
(Sale el PESCADOR que salió al principio del acto primero.)

PESCADOR:

Este es aquel caballero,
si no me engaña la escasa
  memoria con el pasado
tiempo, en aquesta ocasión,
que libró Andrés y Simón
del mar casi ya anegado.
  De Tarso a Jerusalén
debe de volver.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

ELIUD:

Aquí
viene un pescador.

SAULO:

Ansí
podrás preguntar más bien
  por Andrés y por Simón,
que deben de estar pescando.

PESCADOR:

Sin duda van preguntando
por Simón y Andrés, que son
  los nobles agradecidos,
y ansí de paso querrán
visitarlos.

ELIUD:

¿Dónde están,
pescador, entretenidos
  Andrés y Simón, que quiere
Saulo, mi señor, hablallos,
servillos y regalallos?

PESCADOR:

De su nobleza se infiere
  tan noble agradecimiento;
pero venís a ocasión,
señor, que Andrés y Simón
siguen más heroico intento.

SAULO:

  ¿Pues están ausentes?

PESCADOR:

Todo
cuanto de hacienda han ganado
con las redes, han dejado
y se han ido.

SAULO:

¿De qué modo?


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

PESCADOR:

Muy pocos días después
que pasastes, Saulo noble,
por esa ribera a Tarso
honrando los pescadores,
llegó a su margen de plata,
venturosa desde entonces,
aquel profeta divino
que Jesús tiene por nombre,
de quien tú diste las nuevas,
con notables escuadrones
de gente que le seguía,
y honrado el humilde borde
de la nave de Simón,
le predicaba sus voces,
poniendo atento los aires
el mar los peces disformes,
que, como si le entendieran,
sobre las rocas y sobre
las barcas, al parecer
admiraban sus razones.
Acabó el sermón, y Pedro
le dijo: «Toda esta noche
sin ningún provecho he estado
pescando»; y Jesús mandóle
hacerse al mar, y calar
las redes, y apenas ponen
en ejecución lo dicho
Simón y Andrés, cuando cogen
tanto pescado, que fue
forzoso a los pescadores
de otro navío a pedir
ayuda, porque hasta el tope
los dos de pesca quedaron.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

PESCADOR:

Pedro a los pies arrojóse
de Jesús, dándoles gracias,
con Andrés, y él abrazóles,
y díjoles que dejasen
las redes, que desde entonces,
pescadores pretendía
hacerles él de los hombres.
Siguiéronle, y navegando
en esa nave una noche,
se pensaron ir a pique
del mar y el viento a los golpes.
Iba en la popa durmiendo
el profeta, y despertóle,
a pesar del mar airado,
Simón, diciéndole a voces:
«¡Maestro, que nos perdemos!
Nuestra fortuna socorre,
porque el mar, por anegarnos,
al cielo levanta montes.»


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PESCADOR:

Despertó, y al mar y al viento
mandó sosegar, y entonces
mar y viento obedecieron,
porque sus palabras ponen
freno al mar y al viento airado.
y siguiéndole conformes
Juan y Jacobo su hermano,
con Andrés y Simón corren
el mar de Genesaret,
y luego Felipe escoge
en Betsaida, y Jacobo,
que Alfeo tiene por nombre,
decano de Galilea,
y a Bartolomé, del noble
tronco rëal, y a Tadeo,
y porque con él se nombre
al cananeo Simón,
a Tomé, y del banco enorme
a Mateo el publicano
y a un Judas Iscariote,
que sirve de despensero,
y les compra lo que comen,
que no me parece igual
en virtud a esotros once:
hombre bermejo de barba,
falso en todas ocasiones,
vendiendo siempre a quien mira,
que es propiedad de traidores.


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PESCADOR:

Bien puede otras cosas ser,
mas su ausencia me perdone,
que tengo de él mal concepto,
al fin, con aquestos doce
discípulos, que ha nombrado
apóstoles, y cuyos nombres
escuchas, sin infinitos
que agora no se conocen,
que se llaman encubiertos,
permite el cielo que asombre
a la tierra con milagros,
que en este vecino monte
le he visto dar de comer
a más de cinco mil hombres
con no más de cinco panes
y dos peces. Cuantos oyen
su palabra no la dejan;
que sus divinos sermones
hacen labor en las almas,
y a cuantos las manos pone
quedan sanos. Yo le vi
a un paralítico pobre
de cuarenta años de enfermo,
que por solo falta de hombre
nunca entraba en la piscina,
a donde el cielo dispone
que revolviéndola un ángel
sanasen de sus dolores,
levantarse con su cama
a cuestas, aunque los torpes
escribas y fariseos,
porque era sábado entonces,
murmuraron y dijeron
que de su precepto el orden
traspasaba desta suerte
y que era delito enorme.


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PESCADOR:

A un ciego de nacimiento
después vi dar vista, a donde
sanó a un leproso, y a un mudo
demonio forzó a dar voces,
hasta echarle de aquel cuerpo
que atormentaba, y disformes
enfermedades sanando,
convierte mil pecadores:
¿conoces a Magdalena,
la que aventajó en la corte
de Jerusalén a tantos
en galas, en invenciones;
la que fue de tantos ojos
hechizo, llamando soles
los suyos; la celebrada
con músicas y canciones;
la señora del castillo
de Magdalo, que por dote
se le dejaron sus padres,
de Marta y Lázaro noble,
hermana?


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SAULO:

En Jerusalén
tuvo en mi tiempo gran nombre,
aunque entonces comenzaba
la fama de sus amores.

PESCADOR:

Esta, a un sermón de este santo
profeta las condiciones
mudando de mujer flaca,
sus pecados reconoce,
y es una santa mujer
y escalas al cielo pone
con penitencias notables
que su beldad desconocen,
siguiendo a su hermana Marta,
por cuyas intercesiones,
de cuatro días difunto,
Lázaro volvió a ser hombre;
que yo le vi del sepulcro
levantarse alzando el bronce
y el mármol que le cubría,
llamándole por su nombre
este profeta divino,
que siguiendo sus veloces
pasos en convertir almas
a su santidad conformes,
le he visto hacer infinitos
milagros, donde conocen
todos que es Hijo de Dios
y es el que esperan los hombres;


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PESCADOR:

la Pascua de los Ázimos,
al fin que es de las mejores
que celebra nuestra ley
desde el primer sacerdote,
sobre un jumento, cercado
de sus discípulos doce,
entró del Sol por la puerta
en Jerusalén, a donde
salieron a recibirle
cuantas diversas naciones
en Jerusalén estaban
de varias partes del orbe,
árabes, citas, asirios,
medos, partos, etíopes,
griegos, persas, abisinios,
indios, egipcios, gulones,
y desgajando a una voz
palmas, laureles y robles,
camino y calles vestían
y desnudaban los montes.
Otros echaban las capas
y sus ropas, por adonde
pasase el santo profeta,
cantando todos conformes:
santo, santo, Dios divino
de los ejércitos sobre
las jerarquías, que vienes
de Dios excelso en el nombre.


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PESCADOR:

Con este glorioso triunfo
entró en Sión, que sus torres
con lenguas de sus almenas
ayudaban a estas voces.
Yo me volví a esta orilla
a solo poner en orden
naves, redes y barracas,
porque me llama a que goce
de sus palabras el cielo,
que este es imán de los hombres.

SAULO:

Muchas cosas han pasado
solo en dos años que corren
que estoy de Jerusalén
ausente en Tarso.
(Dicen dentro.)
Recoge
las redes y barca. ¡A tierra
las barcas, que el mar salobre
gran tempestad amenaza!


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PESCADOR:

Voces dan los pescadores,
y, sin duda, el mar se altera,
pues todos las barcas ponen
en la orilla. A esa nave
quiero echalle áncoras dobles.
Saulo, adiós, y si queréis
quedaros aquí esta noche,
no os faltará cena y cama.

SAULO:

Guárdeos Dios.
(Vase el PESCADOR.)

ELIUD:

El sol se pone
luto, al parecer, ¿qué es esto?
Y el mar las peñas se sorbe.


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SAULO:

También la luna se eclipsa,
y contra el natural orden,
todo el sol está eclipsado
y es un caos el horizonte.
Las estrellas llueven sangre,
cometas crinitos corren
por el aire, y encontrados,
asalto a los cielos ponen.
Los vientos, con montes de agua
arrancando de los montes,
con furiosos remolinos,
pobos, quejigos y bojes.
Los peces, aves y fieras,
piden socorro a los hombres,
dejando nidos y cuevas,
peñas y abismos, veloces.
Otra vez los elementos
se juntan, y disconformes
se mueven guerra, y las piedras
unas con otras se rompen.
Sin duda de sus dos polos
se desquicia el primer móvil,
y los once pavimentos
se apartan y descomponen.
¡Que se viene abajo el cielo!


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(Suena ruido como de truenos, y cae SAULO a un lado y ELIUD a otro.)
ELIUD:

Pues si debajo nos coge,
¡vive Dios! que las estrellas
han de estrellarnos, si el norte
las ha dejado caer,
que es el eje deste coche.

SAULO:

O de la naturaleza
el Dios padece, o del orbe
la máquina se desata
y caen sus esferas once,
o este profeta que dicen
muere, y el mundo se pone
este luto por su muerte.

ELIUD:

Deja consideraciones
yo a estas barracas pajizas,
si es posible, te recoge,
mientras este furor pasa
y dura esta oscura noche.

SAULO:

De Dios, hasta en los abismos,
ninguno, Eliud, se absconde.


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(Vanse, y salen ANANÍAS, viejo, y SAN ESTEBAN.)
ESTEBAN:

  ¡Oh, amado padre Ananías!

ANANÍAS:

¡Oh, hijo Esteban!

ESTEBAN:

Después
que padeciendo el Mesías
son cumplidas, como ves,
las antiguas profecías
  después que la ley escrita
por el dedo de tu padre,
la ley de gracia la quita,
y la Iglesia, nuestra madre,
ensancharse solicita,
  todo va en prosperidad;
que la nave de Simón
ya no teme tempestad;
que rige Dios el timón
al norte de su verdad.

ANANÍAS:

  Es, Esteban, de manera,
que creciendo como espuma,
va dilatando su esfera
sin que el tiempo la consuma,
si el mar del mundo se altera.
  Desde que me dio Simón
el orden sacerdotal,
más de cuatrocientos son
los que el agua bautismal
tienen en esta ocasión.
Y va pasando adelante
de la Iglesia militante
el escuadrón cada día,
con cristiana valentía
conquistándola triunfante.
  Pero, ¿qué nuevo escuadrón
es este que viene aquí?


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ESTEBAN:

Soldados de Herodes son.
(Entra un CAPITÁN y SOLDADOS con alabardas.)

CAPITÁN:

¿Quién es Esteban aquí?

ESTEBAN:

Yo soy.

CAPITÁN:

Pues date a prisión.

ESTEBAN:

¿Quién a prenderme os envía,
contra la inocencia mía
armando gente?

CAPITÁN:

Presumo
que es del Pontífice sumo
mandato.

ESTEBAN:

Justo sería.
  Pero ¿qué dicen que ha sido
mi culpa, que no la sé?

CAPITÁN:

Que has blasfemado y has sido
levita contra la fe
de nuestra ley, sin sentido,
  siguiendo de aquel profeta
que murió crucificado,
la doctrina y falsa seta.


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ESTEBAN:

Pues dime en qué he blasfemado.

CAPITÁN:

En decir que es más perfeta.

ESTEBAN:

Tenéis razón, es verdad.
Digo que la ley escrita
murió.

CAPITÁN:

¡Extraña libertad!
no blasfemes más, levita,
y a la prisión le llevad.

SOLDADOS:

  Vamos.

ESTEBAN:

Amado Ananías,
dale al Colegio sagrado
nuevas de las dichas mías;
que ya mi muerte, ha llegado
y voy con mil alegrías
  porque sé que a morir voy
por Cristo, que es la Verdad,
de quien la defensa soy,
y en fe de nuestra amistad,
los brazos, padre, te doy.


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ANANÍAS:

  No sé en aquesta ocasión
cómo he de poder decir
lo que siente el corazón.

ESTEBAN:

Padre, pues voy a morir,
échame tu bendición.

ANANÍAS:

  Presto seguirán tus pasos
los que quedan, que no son
en verter su sangre escasos
por tan divina ocasión.

ESTEBAN:

Esos son honrosos casos.
Y pues la ocasión me llama
y el amor de Dios me inflama,
no es justo que yendo tarde
me den nombre de cobarde,
pues pretendo eterna fama,
  que subiendo a la triunfante
Jerusalén, de mi fe
laurel y premio bastante,
el primer mártir seré
de la Iglesia militante.
  Y los príncipes verán,
de la Sinagoga, si
mil muertes juntas me dan,
el valor que vive en mí.
adiós; vamos, capitán.


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(Vanse; queda ANANÍAS.)
ANANÍAS:

  Desatado en llanto quedo
y lleno de envidia estoy.
¡Oh, tú, del infame miedo
vencedor, Esteban, hoy
a quien solo envidiar puedo,
  pues que con Dios mano a mano
espero que te has de ver
tan presto! Este tronco anciano,
que ya amenaza a caer
de la muerte en el mar cano,
  alcance de Dios que tenga
fin tan dulce v tan dichoso,
pues que también me prevenga
con el laurel valeroso
del martirio, y no detenga
  este deseado día
a mi caduca vejez
y a mi cristiana porfía
hasta morir.
(Salen BERNABÉ y GAMALIEL, viejo.)

GAMALIEL:

Desta vez
la gentil idolatría
  a un solo Dios uno y trino
ha de dar la adoración
debida a su ser divino.


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BERNABÉ:

Es centro de la razón,
vida, verdad y camino.

GAMALIEL:

  Aunque sin lumbre de fe,
Platón le dio el atributo
en que su poder se ve,
cuando pagando el tributo
que a la vida impuesto fue,
  rastreando desde allí
como filósofo el bien
inmortal, le dijo ansí:
«causa de las causas, ¡ten
misericordia de mí!»

BERNABÉ:

  Justamente mereció
de divino el nombre.

ANANÍAS:

¡Ah, cielo!

GAMALIEL:

¿Qué voz triste allí sonó?

ANANÍAS:

¡En Esteban el consuelo
de mi vejez acabó!

BERNABÉ:

  Es Ananías.


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ANANÍAS:

¡Oh, amados
Gamaliel y Bernabé,
ejemplo de los pasados
y los presentes!

GAMALIEL:

¿De qué
lloras?

ANANÍAS:

Llevan seis soldados
  de Herodes a Esteban preso
por el Pontífice sumo
de la Sinagoga, y de eso
mi llanto ha sido; presumo
que sin mirar el proceso
  le han de condenar a muerte
por envidia de su fama;
que aunque es venturosa suerte
el martirio, que le llama
por animoso y por fuerte,
falta su vida nos hace.

BERNABÉ:

Hoy con su muerte renace,
y a despecho del profundo,
el sol que se pone al mundo
y a esotro hemisferio nace.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

ANANÍAS:

  La acusación que le pone
es decir que ha blasfemado,
y que a Moysén antepone
a Cristo crucificado.
Yo voy a ver qué dispone,
  y a daros las nuevas vuelvo.

GAMALIEL:

Dulces nuevas esperamos
con vida o muerte.

ANANÍAS:

Hoy resuelvo
mi vejez en llanto.

BERNABÉ:

Vamos,
que en la memoria revuelvo
  segunda vez la Prisión
de nuestro profeta santo.
Daremos desta prisión.
nuevas al Colegio santo.
(Salen SAULO y ELIUD.)

SAULO:

Llegué a dichosa ocasión.
Dame, gran Gamaliel,
gloria de todo Israel,
los brazos.


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GAMALIEL:

¡Saulo querido,
tú seas muy bien venido!
Habla a Bernabé, tu fiel
  condiscípulo y amigo.

SAULO:

Con alma y brazos abiertos
le busco.

BERNABÉ:

Lo propio digo,
que para servirle ciertos
están.


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SAULO:

El cielo es testigo
  que he sentido vuestra ausencia
en extremo extraordinario;
pero he prestado paciencia,
porque me ha sido contrario
el tiempo con gran violencia;
  que fuera de haber hallado
muerto mi padre, y poner
en orden lo que he heredado,
pagar sus deudas, y ser
último y total cuidado
  de mi casa; he padecido
una larga enfermedad,
y cosas me han sucedido
que sola mi poca edad
puede haberlas resistido.
  De la hacienda que heredé,
la mitad a pobres di
y con la mitad quedé,
y vivir de asiento aquí
en quietud determiné,
a donde ser determino
un excelente rabino
de la ley, y predicar
en la Sinagoga, y dar
de mi ingenio peregrino
  bastante demostración;
que lo que me ha sucedido
avisos del cielo son
de mi ingenio divertido
en diversa ocupación.
  Quiero que mis mocedades
den de mí a Jerusalén
este ejemplo.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

GAMALIEL:

Otras verdades
testimonio de ti den,
Saulo, pues te persüades
  a mostrar ese divino
ingenio que te dio el cielo;
que el Hijo de Dios que vino
a padecer en el suelo
por el hombre, otro camino
  más fácil ha descubierto
para nuestra salvación.
Ya llegó al dichoso puerto
nuestra esperanza, en razón
del bien que tuvo por cierto
  toda la Sacra Escritura.
Ya las nubes han llovido
al justo, y desta ventura
todos testigos han sido;
ya pasó la noche oscura
  de la ley escrita: ya
de la ley de gracia el día
rayos divinos nos da,
y ninguna profecía
por cumplir agora está.
Esta ha de ser con razón,
¡oh Saulo! tu profesión,
siendo admiración del suelo
para que te nombre el cielo
por un Vaso de elección.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

SAULO:

  Maestro, admirado estoy
de tus razones, y dudo
que eres aquel de quien soy
discípulo, y estoy mudo
viéndote hablar.

GAMALIEL:

Saulo, doy
  los consejos que a mi estado
importan.

SAULO:

Gamalïel,
¿quién el seso te ha trocado?
¿Tú eres mi maestro, aquel
que fue del mundo estimado
  por el más sabio sujeto
que las escuelas judías
han conocido? ¿Qué efeto
han hecho ciencias y días
en un hombre tan discreto?
  ¿Qué argumentos, qué razones,
maestro, te han persuadido
a tan nuevas opiniones?


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SAULO:

Ese hombre que ha padecido
clavado entre dos ladrones,
  ¿pudo ser mayor profeta
que Moisés? Yo le vi aquí,
y aunque con virtud secreta
hacer milagros le vi,
en vida santa y perfeta,
  igualarle con Moisés
es temeraria locura,
pues en el Éxodo ves
que pasó libre y segura
el mar con enjutos pies
  por la virtud de su vara
la gente hebrea, y le dio
en el desierto agua clara
de una peña que tocó;
y no mostrándose avara
  con él la mano del cielo,
maná le dio por comida
por tanto desierto suelo,
para donde conducida
pasó el Jordán sin recelo;
  dándole la ley escrita
la mano de Dios, ¿qué ciega
opinión te precipita?


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BERNABÉ:

Antes seguro navega
el mar de gracia infinita;
que tú, Saulo, ciego vienes.

SAULO:

¿Tú también, Bernabé, tienes
tan sofística opinión?

BERNABÉ:

Mayores milagros son
los de Cristo, si previenes
  contarnos los de Moisés,
pues es el Hijo de Dios
que esperó Israel después
de mil señales.

SAULO:

Los dos
pretendéis dar al través
  con mi entendimiento ansí;
mas ¿cómo puede haber sido
el Hijo de Dios, decí,
si tan humilde ha venido
como le visteis aquí?


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SAULO:

¿No habéis leído a Isaías,
que tratando del Mesías
dice que vendrá admirable
y con majestad notable;
y después dél Zacarías
  dice que vendrá el Señor
con gran multitud de santos,
capitanes de valor
que, venciendo los espantos
del infierno y el furor,
  debajo de su poder
el mundo pondrá sujeto;
y Daniel os da a entender
el mismo glorioso efeto
de rendir y de vencer,
  diciendo que varias gentes
le han de servir, y los doce
tribus rendirán las frentes
al poder que reconoce
en las once transparentes
  esferas la celestial
corte de su Padre, a quien
dicen que ha de ser igual?


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

SAULO:

¿Cómo naciendo en Belén
en un pajizo portal
entre una mula y un buey,
sin más corona de rey,
de topacios y carbuncos,
que una de marinos juncos
que por ir contra la ley
  los hebreos le pusieron,
andando descalzo y pobre,
como ayer todos le vieron,
queréis que título cobre
del Mesías que dijeron
  los profetas que ha de ser
de Israel la libertad,
y del romano poder
ha de librar la ciudad,
si hoy empieza a padecer,
si nos tienen los romanos
sujetos, y de sus manos
no nos ha librado ya?
¿Quién nombre de rey le da
siguiendo sus ritos vanos?


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GAMALIEL:

  Nosotros, que conocimos
que era rey de cielo y tierra,
y que padecer le vimos,
que fue la sangrienta guerra
por quien redimidos fuimos.
  No contradice a Isaías
cuando dice que vendrá
con majestad el Mesías:
que esa venida será,
según muchas profecías,
  la segunda, cuando venga
para ser del mundo juez
y fin con el mundo tenga,
que vendrá segunda vez,
aunque agora se detenga.
  Que esta venida primera
en otra parte predijo
de aquesta misma manera
que hemos visto, cuando dijo
que el Señor que el mundo espera,
  con humildad entraría
sobre un jumento en Sión.

BERNABÉ:

Y dice otra profecía...

SAULO:

No os escucho más razón.
Basta, basta; ¡qué porfía!


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BERNABÉ:

  El Mesías prometido
que espera tanto Israel,
es ese que ha padecido.

SAULO:

Bernabé y Gamalïel,
por merced muy grande os pido
que en esto no me habléis más.

GAMALIEL:

¿Cómo en tu opinión estás
tan rebelde, Saulo?

SAULO:

Sí,
que la ley en que nací
no pienso dejar jamás.

BERNABÉ:

  Tu obstinación nos lastima.

SAULO:

¡Hay blasfemia semejante!
Si no os vais, tanto me anima
mi ley, que, como gigante,
os echaré un monte encima.
Quitaos delante de mí.

GAMALIEL:

Bernabé, vamos de aquí,
que es enojado un cruel.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

SAULO:

Idos.

BERNABÉ:

Vamos, Gamaliel.

GAMALIEL:

¡Ah, miserable de ti!
(Vanse.)

ELIUD:

  ¿Quieres que a este puto viejo
le dé pan de perro?

SAULO:

No,
déjalos.

ELIUD:

Por ti los dejo,
que fui muy amigo yo
siempre de tomar consejo;
  que si no, en esta ocasión,
pues en hablar no reparan,
después de lindo chichón,
a la piscina bajaran
por el arroyo Cedrón.
(Ruido dentro.)

TODOS:

  ¡Muera, muera!

SAULO:

Oye, Eliud,
¿qué voces son esas, di?


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

ELIUD:

Una extraña multitud
de mancebos viene aquí
con orgullosa inquietud
  tras un hombre, al parecer
delincuente.
(Entren todos los SOLDADOS que pudieren, desnudándose la ropa y echándola en un montón a un lado del tablado.)

SOLDADO 1.º:

A desnudar,
que aquí podemos poner
la ropa, que este lugar
el teatro puede ser
  del suplicio riguroso.

SAULO:

¿Qué es, decid, lo que intentáis,
que con furor presuroso
las ropas os desnudáis?

SOLDADO 2.º:

A un hombre facineroso
  que contra la ley escrita
ha blasfemado, apedrea
el pueblo, que solicita
defender la ley hebrea.

SAULO:

¿Quién es ese hombre?

SOLDADO 1.º:

Un levita.


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SAULO:

  ¿Cómo no le traga el suelo?
Ejecutad, dando espanto,
el suplicio sin recelo,
que yo os guardaré entretanto
la ropa.

SOLDADO 1.º:

Guárdete el cielo.
(Vanse los dos soldados.)

SAULO:

  Ayúdale tú, Eliud,
también con igual presteza;
que esta es heroica virtud;
que a estar bien a mi nobleza,
fuera de esa multitud
uno, que con mayor celo
sirviera mi ley.

ELIUD:

Recelo
que el levita, camarada,
a la primera pedrada
mía, ha de dar en el suelo.
  Que soy hombre que si acepto
para tirar desafío,
tanto acierto, que, en efecto,
piedra como un puño mío,
por un cántaro la meto.
  Ese levita haga cuenta
que es cántaro, y por la boca
meterle piedras intenta
mi brazo, porque es tan loca,
que la ley escrita afrenta
con blasfemias.


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SAULO:

La ocasión
te llama, que el escuadrón
de la gente puesto está
para el caso en orden ya.

ELIUD:

Yo voy.

SAULO:

Ya empieza el pregón.
(Dentro pregón.)
Esta es la justicia que manda hacer el Sumo Sacerdote a este levita por blasfemo a la ley y por rebelde a su Sinagoga. Manda que muera apedreado por ello. Quien tal hace, que tal pague.

SAULO:

  Ya toda la gente espera
a tirarle.
(Dentro.)
¡Muera! ¡Muera!

SAULO:

Muera, hebreos, muera, pues,
que así servís a Moisés,
que os dio la ley verdadera.
(Suenen piedras dentro.)
  Tiralde, y vuestro furor
haga a su soberbia guerra
con piedras de tal valor,
que caiga la estatua en tierra
de Nabucodonosor.
Veremos qué gloria espera
de la soberbia quimera
que contra el cielo levanta
ofendiendo su ley santa.
¡Muera!


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TODOS:

¡Muera!

SAULO:

¡Muera!

ELIUD:

¡Muera!
(Sale ESTEBAN con piedras metidas en la cabeza, bien lleno de sangre y polvo, cayendo y levantando, y se queda de rodillas en la mitad del tablado.)

ESTEBAN:

  Ya, Señor, al deseado
puerto del soberbio mar
del mundo, en salvo he llegado,
y hoy cesa de navegar
la nave de mi cuidado.
  Cargada de piedras viene
de las Indias orientales,
del divino amor que os tiene,
y es de suspiros mortales
la salva que hoy os previene.
  Mis voces son los grumetes
que alegres se han repartido
por mesanas y trinquetes,
y con mi sangre teñido
flámulas y gallardetes.
Yo en la playa, desde el mar,
comienzo a desembarcar
toda mi mercaduría.
Recibid el alma mía
y dignaos de perdonar
  estos locos desconciertos
desta gente que me da
muerte, en la verdad inciertos;
mas para mi entrada ya
miro los cielos abiertos.
(Suena música, y levántase del suelo. ESTEBAN, muerto, abiertos los brazos.)


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SAULO:

  ¡Oh, levita encantador!
Muerto en el aire ha quedado,
y el notable resplandor
que despide me ha cegado.
Sin seso estoy de furor:
  Apartarme de aquí quiero,
y ser sangriento cuchillo
destos infames espero,
porque me llame caudillo
de mi ley el mundo entero.
  Y por el Dios de Abraham,
que no he de dejar cristiano
en cuanto baña el Jordán,
que no castigue mi mano,
si la comisión me dan.
  Iré al Sumo Sacerdote
y tratarélo con él;
y porque más no alborote
apuesta gente a Israel,
ha de ser Saulo su azote.
(Vase, y salen los que apedrearon a ESTEBAN y ELIUD.)

SOLDADO 1.º:

  Si se ha puesto en oración
y no está muerto, acabemos
su vida.

ELIUD:

Tiene razón;
pero muerto está.


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SOLDADO 2.º:

Pues demos
con su cuerpo en el Cedrón.

ELIUD:

  Lleguemos.

SOLDADO 1.º:

¿Qué es esto? ¡Cielos!
Ninguno puede llegar,
que es hechicero recelo
y nos pretende engañar,
  pues apartado del suelo,
está en el aire tan alto,
y no debe de estar muerto.
Démosle segundo asalto.
¡Llegad!
(Llegan todos y caen en llegando.)

ELIUD:

Nuestro fin es cierto:
  no está de socorro falto.
Un brazo de fuego vi
que a todos nos arrojó
en tierra.

SOLDADO 1.º:

Vamos de aquí,
que es el brazo que bajó
del divino Adonay.


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(Vanse, y entran ANANÍAS, BERNABÉ y GAMALIEL.)
ANANÍAS:

  Lleguemos, que le han dejado
solo, porque al cuerpo demos
sepultura.

GAMALIEL:

Levantado
en el aire está.

ANANÍAS:

Lleguemos:
¡oh, protomártir sagrado,
  pues que de la militante
iglesia eres el primero
mártir que entró en la triunfante!

GAMALIEL:

Darle mi sepulcro quiero,
aunque a su virtud bastante
  no fuera el gran Mauseolo
ni las pirámides altas
de Egipto, que dan al polo
asalto.

BERNABÉ:

Con esto esmaltas
la tuya.

ANANÍAS:

Pues está solo
  el cuerpo, llevémosle
antes que más gente acuda
y menos lugar nos dé.


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GAMALIEL:

Ponelde en hombros.

ANANÍAS:

Sin duda
este es crisol de la fe.
(Llévanle en hombros.)
(Vanse llevando a SAN ESTEBAN, y sale SAULO con un papel en las manos, y ELIUD y el CAPITÁN y SOLDADOS.)

SAULO:

  Con tan amplia comisión,
cristiano no he de dejar
en los muros de Sión,
y hoy tengo de visitar
cuantas casas dentro son.
  Y presos y maniatados
han de ir los cristianos todos,
que los preceptos sagrados
tienen por tan torpes modos
de nuestra ley profanados.
  A ver si de las prisiones
que hacer por mi mano espero,
le libran las invenciones
del hijo del carpintero,
que murió entre dos ladrones.
  Ea, ¿quién vive en esta casa?


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ELIUD:

Entralo conmigo a ver.
(Vase.)

SAULO:

Cólera tanta me abrasa.

ELIUD:

Solo hay dentro una mujer
(Sale.)
que una vida estrecha pasa
sobre unas piedras echada,
  que es la que ves.
(Abre una puerta y parece la MAGDALENA sobre una piedra, y otra por cabecera, y un Cristo en las manos y el cabello tendido sobre el rostro, como la pintan.)

MAGDALENA:

¿Dónde, loco,
con santidad mal fundada
precipitas poco a poco
tu juventud malograda?
¿Dónde vas? ¿Qué es lo que intentas,
siendo capitán de afrentas
contra los cielos?

SAULO:

¿Quién eres?

MAGDALENA:

La escoria de las mujeres.


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SAULO:

Aun a Elías representas,
  y a no mirar en tu mano
esa imagen del profeta
que sigue el bando cristiano,
te tuviera por discreta
y santa.

MAGDALENA:

Calla, tirano,
  que está aquí tu redención
y no conoces tu bien.
Advierte tu perdición,
y como Jerusalén,
no aguardes tu destrucción.
  Y ¡ay de ti y della si el día
de su tremendo poder
aguarda vuestra porfía!

SAULO:

¿Cómo es tu nombre, mujer?

MAGDALENA:

Que se me olvide quería,
  y así excuso de nombrarme.

SAULO:

Dime tu nombre.

MAGDALENA:

Magdalena
solía el mundo llamarme,
y de quien no ha sido buena
mira si es justo olvidarme.


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SAULO:

  Pésame que una mujer
de tu nobleza, haya dado
en tan necio parecer;
mas para haberte engañado,
basta este nombre tener.
  ¿Quién, dime, te ha persuadido
que el camino verdadero
es el que hasta aquí has seguido?

MAGDALENA:

Este divino cordero,
por mí afrentado y herido,
  este león de Judá
con el puñal en la boca,
que para todos está
como el amor le provoca,
abiertos los brazos ya.
  Llega, tirano, a adoralle,
que te está a voces pidiendo
que no tardes en buscalle,
si no es que vas pretendiendo
volver a crucificalle.


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SAULO:

  Agradece, Magdalena,
que eres mujer, y después
a tu sangre, que la pena
que por las culpas que ves
a que la ley te condena
  padecieras; pero quiero
ser contigo cortesano
y parecer caballero,
y ansí, pues está en mi mano,
darte libertad espero,
  con tal que de la ciudad
te salgas luego, y advierte
que no es pequeña amistad
excusarse de la muerte.
Adiós; venid y cerrad,
y pasemos adelante.

MAGDALENA:

Vete, tirano arrogante,
que espero en otra ocasión
verte Vaso de elección
de la Iglesia militante.
(Ciérrase la puerta de la MAGDALENA.)

SAULO:

  ¿Qué casa es esta, apartada
del bullicio popular,
que está al parecer cerrada?


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CAPITÁN:

Aquí se suelen juntar,
como en parte diputada
  para su congregación,
los discípulos de aquel
que pasó muerte y pasión
por decir que de Israel
era Rey, y en conclusión,
  se hacen aquí sus errores
y en amor suyo se inflaman
con ayuno y oraciones,
y cenáculo le llaman
a una voz cuantas naciones
  están en Jerusalén,
porque aquí, como te muestro,
antes de morir, también
cenó, Saulo, su maestro
el legal cordero.

SAULO:

Bien;
a buena ocasión llegamos,
si aquí juntos los hallamos,
para premiar su virtud.
Llama a esa puerta, Eliud,
que no volverá, si entramos,
  otra vez a estar cerrada;
que por el Dios de Israel.
que si no Troya abrasada,
ejemplo ha de ser cruel
a la gente bautizada.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

ELIUD:

  Dentro no pienso que está
gente, porque no responde
nadie.

SAULO:

Desechada será:
pero la que dentro esconde
con brevedad se verá.
  Echa esas puertas al suelo.

ELIUD:

Astillas las haré a coces.

CAPITÁN:

Su resistencia recelo.

SAULO:

Mal mi cólera conoces,
aunque los defienda el cielo,
  rompeldas.

ELIUD:

No será mal
poniendo en ejecución
tu mandato, que señal
me ha dado un rojo listón
de entregarnos el portal.
  Vuestro furor adelante
pase; mas abrirle he visto.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

(Sale SAN PEDRO vestido de apóstol.)
PEDRO:

¿Qué quieres, lobo arrogante
de la manada de Cristo,
si está el pastor vigilante?
  Si estabas encarnizado
y aprobado en tu rigor
un cordero del ganado,
huye, que sale el pastor
y te tirará el cayado.

SAULO:

  ¿Eres Pedro?

PEDRO:

Pedro soy,
y piedra en que al edificio
del cielo cimientos doy.

SAULO:

Como a un hombre sin juicio
oyéndote, Pedro, estoy.
  Todos parece que estáis
locos; encantos han sido
causa del tema en que dais,
¿a qué Tesalia habéis ido,
que todos sin seso andáis?

PEDRO:

  Siempre aquel que la verdad
sigue, llama el mundo loco.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

SAULO:

La deuda que a tu amistad
debo, no te importa poco;
procura de la ciudad,
  Pedro, salir con tu gente,
y ocasión más no me des
a que tu prisión intente,
que puesto que a ti, después
del cielo, perpetuamente
  debo la vida, será
forzoso el hacer mi oficio.

PEDRO:

No importa; que el cielo está
de nuestra parte.

SAULO:

El juicio
que a todos falta os dé ya.
(Vanse. Salen ANANÍAS, BERNABÉ y algunos cristianos con ellos.)


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

BERNABÉ:

  Amor es, buen Ananías,
de patria el que atrás nos hace
volver los ojos, que nace
del que a tus ancianos días
  todos tus hijos tenemos,
y porque el cielo te abona,
la falta de tu persona
con muerte tuya tememos;
  que la nuestra deseamos,
pues ha de ser sacrificio
a Dios, y bastante indicio
deste intento al mundo damos.
  Volver los ojos atrás
este temor nos ha hecho,
y pienso que sin provecho
huyendo a Damasco vas.
  Que sin duda es Saulo aquel
que en aquel caballo viene,
y nuestra prisión previene
con nuestra muerte cruel,
  si no es que finge el temor
esto a los ojos.

ANANÍAS:

Él es:
alas ha echado a los pies
del caballo a su furor.
  Saulo es, amigos, sin duda:
caminá, amigos, veloces,
que viene dándonos voces
con otra espada desnuda.
  Damasco está cerca ya:
entrémonos por sus puertas,
a nuestro remedio abiertas,
porque una vez dentro allá,
  grutas nos dará la tierra
en que nos guarde el temor
del espantoso rigor
que el pecho de Saulo encierra.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

PEDRO:

  ¿Qué oigo? Sus voces recelo.
¡A Damasco!

ANANÍAS:

¡Ánimo, hermanos!
(Vanse. Sale por lo alto SAULO en un caballo, con una espada desnuda.)

SAULO:

¡Esperá, infames cristianos,
que baja un rayo del cielo!
(Vase abriendo una nube con relámpagos y truenos, y aparece CRISTO, y al mismo tiempo cae del caballo SAULO.)

CRISTO:

  ¡Saulo, Saulo! ¿dónde vas?
¿Por qué me persigues, di?

SAULO:

¡Qué es esto, cielo! ¡Ay de mí!
¡Oh tú, que arrojando estás
  rayos de temor y espanto!
¿Qué quieres, que en tierra estoy?

CRISTO:

Jesús Nazareno soy,
a quien tú persigues tanto.
  Difícil cosa es querer
contra el aguijón dar coces,
si el poder de Dios conoces.


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

SAULO:

¿Pues qué me quieres hacer?

CRISTO:

  Vete a Damasco, que allí
lo que has de hacer te dirán.
(Vase, y la nube. Salen ELIUD y otros.)

SAULO:

Mis criados, ¿dónde están?

ELIUD:

Llegad aprisa, que allí
  del caballo, al parecer,
ha caído Saulo.

SAULO:

¡Ay cielo!

ELIUD:

Señor, levanta del suelo.

SAULO:

Ciego estoy, no puedo ver
  aunque más los ojos abra.

ELIUD:

¿Qué es lo que te ha sucedido,
con que la vista has perdido?

SAULO:

No me atrevo a hablar palabra.
  Llevadme a Damasco, amigos.

ELIUD:

¿Quieres el caballo?


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El vaso de elección Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

SAULO:

No;
dejalde libre, que yo
no le he menester.

ELIUD:

Testigos
  puedo dar de cuantas veces,
previniendo lo que pasa,
que le echases de tu casa
te aconsejé, y lo padeces.
  Lo que yo profeticé
estima, pues que le viste,
que de cogote no diste,
que no estuvieras en pie.

SAULO:

  Vamos a Damasco luego,
que me guía otro cuidado.

ELIUD:

En buen oficio he parado
si he de ser mozo de ciego.


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Acto III
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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Sale ASTAROTE, demonio, pintado de estrellas el rostro, con cota y faldón y manto atrás vestido.
ASTAROTE:

  Basta, monstruo de los hombres;
no más, rayo de los cielos;
tuya es la victoria, basta:
que me retiro y te dejo.
Pluguiera a mi pena eterna,
nunca del caballo al suelo
cayera, pues fue caída
para mi mayor tormento.
¿Qué importa quedar sin vista
llegando a Damasco ciego,
pues te hizo el cielo lince
de sus divinos secretos?
Diote el bautismo Ananías,
y la vista a un mismo tiempo,
siendo lavacro del alma,
como remedio del cuerpo.
De enemigo de su Iglesia,
vaso de elección te ha hecho,
para su mesa escogido,
y para darme veneno.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ASTAROTE:

Hombre y Dios, ¿no te bastaban
para tu edificio eterno
las columnas que escogiste
en tu divino Colegio:
sino que a un hombre en quien yo
tenía mi poder puesto,
me quitases de las manos
con tan notables extremos,
siendo general pregón
de tu divino Evangelio
en Seleucia, en Chipre, en Litris,
en Misia, en Corinto, en Efeso,
en Macedonia, en Atenas,
en Galacia, en todo el suelo
que baña el Nilo, en Dalmacia,
en Creta y en los desiertos
de la Libia, y en Arabia,
en Siria, en el Ponto Negro,
en Cilicia, en Licaonia,
en Antiochía, en los puertos
del Albión y en España,
del Betis de plata al Ebro,
destruyendo sinagogas,
y de los dioses inmensos
que en ídolos de oro y plata
adoraba el universo,
siendo espanto, siendo asombro,
que desterrándome de ellos,
no hay abismo que me ampare
en los muros del infierno?


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ASTAROTE:

Bien podré decir también,
aunque en diverso suceso,
Saulo, ¿por qué me persigues?
Mas sé la respuesta luego.
Confieso que fui vencido
de tu valor, y confieso
que eres doctor de las gentes,
que eres defensa del cielo,
que eres vaso de elección,
que eres espada de fuego
de su justicia, y que solo
oyendo tu nombre tiemblo.
Confieso que a ti y Miguel
Dios generales ha hecho,
del cielo a Miguel, y a ti
del mar y de todo el suelo.
Tuya es la victoria, basta;
esos despojos te entrego
de esos ídolos caídos,
de esos altares deshechos.
Toca a retirar, y marcha
con tus dichosos trofeos,
las banderas arrastrando
de mis locos pensamientos.
Tuyo es el campo, y el muro
de la Iglesia: no te niego,
vicario, apóstol de Cristo,
ninguna cosa a tu esfuerzo.


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(Sale, la CARNE, de mujer hermosa.)
CARNE:

En vano ¡oh Saulo! apercibo
contra el valor de tu pecho,
de mis ternezas las armas,
de mi gusto los aceros.
Para más afrenta mía
aspiré a sacar trofeo
de tan fuerte capitán,
de tan gran soldado viejo.

ASTAROTE:

¿De dónde vienes, hechizo
de los hombres, dulce cebo
de verdes años, y encanto
de los humanos deseos,
sirena de las edades,
imán de los pensamientos,
veneno de tantas almas,
y de tantos ojos fuego,
cuchillo de tantas honras,
locura de tantos sesos,
destrucción de tantas Troyas,
perdición de tantos reinos?


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CARNE:

¡Oh, soberbio capitán
del ejército soberbio,
que tras sí del cielo trajo
la mayor parte del cielo!
A quien cayendo imitaron
los más hermosos luceros
que contemplaron los orbes
de sus once pavimentos.
Por cuya causa en tu rostro,
hermoso sol de los nuestros,
esas estrellas trasladas
sin luz por tu atrevimiento.
Vengo de rendir un mármol,
un diamante, un monstruo eterno.

ASTAROTE:

No puede ser sino Saulo
hombre de tan gran esfuerzo.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CARNE:

Para rendir su pureza
me dio comisión el cielo;
que él por diversos caminos
quiere acrisolar su pecho.
Y procuré entre la nieve
de su barba y su cabello,
ser áspid que allí escondido
probase de mi veneno.
Y ha sido mi intento vano,
que castigando su cuerpo
con disciplinas y ayunos,
triunfa de mis pensamientos.
De pies y brazos desnudo
y el blanco cabello al viento,
con un vestido de esparto,
es monstruo de este desierto,
que entre estos ásperos riscos
igual resistencia haciendo
a mi estímulo carnal,
pone escalas a los cielos.
Y con estar de este modo,
no se descuida un momento
de escribir para esforzar
en la fe del Evangelio
a romanos y a corintios,
a los gálatas y efesios,
a los tesalonicenses
y a los filipenses luego;
a Timoteo y a Tito,
a los tarsenses y hebreos,
como doctor de las gentes;
mira cómo está escribiendo.


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(Parece en lo alto de un risco, con barba y cabellera blanca, vestido de esparto, con la pluma en la mano y una tabla, escribiendo en ella.)
ASTAROTE:

¡Oh prodigio de los hombres
y hombre prodigioso! Pienso
que para contra el abismo
eres gigante del cielo.
Gran privado eres de Dios
en el militante templo,
y despachas como tal
los negocios de su reino.
De la esfera de la Iglesia
sois los dos polos tú y Pedro,
porque su nave segura
pase del mundo el estrecho;
temor me pone esa vista.

CARNE:

Yo mirándole me afrento.

ASTAROTE:

Retirémonos.

CARNE:

¿A dónde?

ASTAROTE:

A los muros del infierno.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse, y SAULO dice escribiendo.)
SAULO:

  Pablo, siervo de Dios, por otro nombre
apóstol apartado y escogido
en su Evangelio, porque al mundo asombre,
  lo cual por los profetas prometido
primero fue, y en la Escritura santa,
de su virtud el hijo procedido,
  profetizaron de la ilustre planta
de David, por la humana descendencia
que hasta el mayor zafiro se levanta,
  por cuya soberana omnipotencia
la gracia recibí y apostolado,
y la infusión de la divina ciencia,
  predicando su nombre y su sagrado
Evangelio, y abriendo los oídos
a los que sordos hasta aquí han estado,
  a los que estáis clamados y escogidos
en Roma por su voz, salud y gracia,
que os esté dando luz a los sentidos
  ya que en vosotros su virtud se espacia.
limpios con el lavacro del bautismo
de la primera original desgracia,
  primeramente haciendo de mí mismo
sacrificio al Señor, y gracias dando
en el nombre de todo el cristianismo.
  de que os conserva en su dichoso bando.
porque va vuestra fe por todo el mundo
con su santo Evangelio publicando.
  Dios me es testigo, en quien mi intento fundo,
que sin intermisión tengo memoria
de vosotros con ánimo profundo
  en mi oración, si en algo es meritoria,
porque a vosotros guíe mi viaje
para mayor aumento de su gloria.
  Y porque el Paraclito Santo baje
en la fe confirmada juntamente,
fuego de amor volviendo algún celaje.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Ábrese una nube y baja un ÁNGEL della un poco, o si no una cortina o bofetón.)
ÁNGEL:

  Pablo, Doctor de Dios y de su gente,
vaso de su elección, ¿a quién escribes?

SAULO:

A los romanos.

ÁNGEL:

Capitán valiente,
  que a tan grandes proezas te apercibes.
deja la pluma y sígueme.

SAULO:

Obedezco
tu voz porque de Dios al lado vives.

ÁNGEL:

  Hoy a tu ayuno el premio dar ofrezco,
porque a este efecto solo Dios me envía.

SAULO:

Bien sé que por la fe bien lo merezco,
  aunque por obras nada merecía,
que todas son de Dios las que yo he hecho,
en quien estriba la esperanza mía.

ÁNGEL:

  Hoy quiere pagar Dios tu heroico pecho;
que merece tu santa resistencia,
Pablo, pisar el estrellado techo;
  ¿atreveráste a ver su omnipotencia
cara a cara?


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SAULO:

Si alcanzo gloria tanta,
llévame a ver la luz de su presencia;
  que águila soy, si al cielo me levanta,
para atreverme a ver el Sol divino,
puesto que su poder mi ser espanta;
  bien sé que soy de tanto bien indino;
mas verle cara a cara no recelo.

ÁNGEL:

Llevarte a ver su rostro determino.

SAULO:

¿A dónde he de llegar?

ÁNGEL:

Al tercer cielo.
(Baje la nube con el ÁNGEL hasta el medio del tablado, y cubra a SAN PABLO con ella, y súbanla, habiendo dejado por un escotillón a entrambos, y salga SAN PEDRO como le pintan.)

PEDRO:

  Nave de Pedro, dad gracias,
que hoy por vos el cielo toma
puerto deseado en Roma
después de tantas desgracias.
  Para aquí venís cargada
de tesoro celestial
de su Iglesia, al temporal
de su gracia encaminada.
  Vuestro norte fijo es Dios,
y así no hay temer perdello,
que es el lucero más bello
a quien podéis mirar vos.
  Echad las áncoras ya
y haced al romano muro
la salva, pues que seguro
vuestro leño en salvo está.
  Que este es el mayor trofeo
que entrar por sus puertas vio
Roma, que al mundo rindió;
pero ¿qué es esto que veo?
(Sale un NIÑO con una Cruz a cuestas.)
  ¿Qué nueva y divina luz
su nimbo empieza a mostrar?


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


NIÑO:

Pedro, ayúdame a llevar,
pues vas a Roma, esta Cruz;
  pues con ánimo te veo
de imitarme en la Pasión
que pasé, y eres, Simón,
Semi-Simón Cirineo.
  Que como partí contigo
el poder, quiero, aunque fuerte,
en los trabajos tenerte
por compañero y amigo.
  Piedra de mi Iglesia, llega;
ayúdame, Pedro amado,
que voy a Roma cansado.

PEDRO:

Tu divina luz me ciega,
  y no puede a tanta luz
ser águila el pensamiento.
(Vale a ayudar, y déjasela toda.)

NIÑO:

Piedra de mi fundamento,
cargue sobre ti esta Cruz.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEDRO:

  Dichosa carga será.

NIÑO:

Hoy, Pedro, para probarte,
todo el peso he de dejarte.

PEDRO:

Dulce me parecerá,
  que vuestro yugo es suave
para el alma que le toma.

NIÑO:

Esa Cruz te aguarda en Roma
para farol de tu nave.

PEDRO:

  Dichoso mil veces yo,
que tanto bien merecí;
no estoy de contento en mí;
mucho Dios, Pedro, os honró,
  pues que su Cruz os ha dado
para imitalle también
en la muerte; tanto bien,
¿qué pecho humano ha alcanzado?
  ¡Oh Cruz! Cien eternos lazos
con el alma asirte quiero;
que eres mi esposa, y espero
acabar entre tus brazos.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Música.)
(Baje la nube con SAULO, y salga della con hilos de resplandor, y todo turbado y espantado.)
SAULO:

  ¿A dónde estoy? ¿quién soy yo?
¿Qué bien nunca visto vi
que no me acuerdo de mí?
No soy hombre en carne, no;
que ninguno mereció
mirar a Dios cara a cara
y hablalle con luz tan rara
al tercer cielo subido.
A mí mismo me he perdido;
¡oh, si así sin mí quedara!
  ¿Qué es lo que vi? ¿Qué he escuchado?
¿Qué es lo que sentí y hablé?
¿A dónde he estado? No sé:
sin sentidos he quedado.
Ni en corazón de hombre ha entrado
lo que he llegado a gozar,
ni lengua lo puede hablar,
ni vista comprehender,
ni entendimiento entender,
ni pensamiento alcanzar.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SAULO:

  Quiero buscarme a mí en mí,
porque a mí en mí me he perdido;
mas ¿cómo, si fue el sentido
lo que primero perdí?
¿Quién en mí sabrá de mí,
que me ve partido en dos?
¡Pablo! ¡Pablo! ¡Hola! ¿Sois vos?
¿No hay quien os responda acá?
¿Dónde está? Suspenso está
en las grandezas de Dios.
  Dejalde, que ya le veo
que en Dios está transformado.
y le arrebata el cuidado
donde no llega el deseo.
Llama dichoso tu empleo,
Pablo, mil veces, pues fuiste
quien tanto bien mereciste;
que si Moisés en el suelo
le vio y le habló, tú en el cielo
tercero le hablaste y viste.
  Dinos qué has visto y hablado
en estas vistas con Dios;
dónde habéis sido los dos,
tan gran Rey y tal privado.
Ni en corazón de hombre ha entrado
lo que he llegado a gozar,
ni lengua lo puede hablar,
ni vista comprehender,
ni entendimiento entender,
ni pensamiento alcanzar.


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Parece el ÁNGEL.)
ÁNGEL:

  ¡Ah, Pablo!

SAULO:

¡Voz soberana!
¿Qué quieres?

ÁNGEL:

Realzar tu fe.
¿Sabes dónde estás?

SAULO:

No sé.
Que esta dicha en carne humana,
quien también se pierde y gana.

ÁNGEL:

Esta es la insigne Marsella,
de Francia provincia bella,
desde donde cada día
siete veces vive el día
del sol de Dios una estrella.
  Y porque no te parezca
que eres quien ha merecido
más que cuantos han vivido,
y esto no te desvanezca,
quiere el cielo que te ofrezca
lo que una flaca mujer
ha llegado a merecer;
que sus ángeles venimos
y al Empíreo la subimos,
y con Dios se llega a ver
  siete veces cada día;
que el título ha merecido
de apóstol suyo, y ha sido
rayo de la idolatría.
Cuya valiente porfía
en penitencia ha igualado
la del Bautista sagrado;
siendo el vestido que lleva,
sus cabellos, y esta cueva
la casa que ha fabricado.


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(Descúbrese una cueva, y en ella la MAGDALENA de rodillas, su cabello tendido y un Cristo en las manos.)
MAGDALENA:

  Amado esposo mío,
siempre abiertos los brazos al remedio,
en cuyo bien confío,
que entre Dios y los hombres puesto en medio,
su culpa redimiste,
divino norte de mi llanto triste:
  ¿Cuándo, lleno el cabello
de las perlas del alba aljofarada,
cubierto el rostro bello
de jazmines, diciendo: Esposa amada,
llegarás a mi puerta,
estando para el alma toda abierta?
  ¿Cuándo, de que ha pasado
el invierno darán las varias flores
señal en monte y prado,
y los enamorados ruiseñores
darán música al día,
siendo tu sol el sol del alba fría?
  ¿Cuándo la voz sonora
oiremos de la viuda tortolilla
recibiendo el aurora?


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El vaso de elección Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MAGDALENA:

¿Cuándo nieve y zafir dará a la orilla
el caudaloso río,
ámbar el prado, perlas el rocío?
  Pase el invierno, pase
tu ausencia larga, esposo regalado,
porque en tu amor me abrase
con dulces lazos de mi cuello atado,
y escuche de tu boca
tiernos requiebros que me vuelvan loca.
  No esté yo tan ausente
de vos, mi bien: volvedme a vuestros ojos,
que os quiero eternamente,
y sin vos, todo es lágrimas y enojos.
Por vuestros brazos muero,
y desta muerte allí la vida espero.
  ¡Ah mi bien! ¡ah mi esposo!
¡Ah mi cielo! ¡Ah señor de mi albedrío!
¡Mi centro, mi reposo,
alma, vida, mi gloria, dueño mío!
El alma se me abrasa;
no me rondéis, amor; entrad en casa.
  Mirad que vuestra ausencia
no la puedo sufrir; venid, que es hora,
que ya falta paciencia
a quien por tantas causas os adora.


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(CRISTO, dentro.)
CRISTO:

Ven, esposa querida.

MAGDALENA:

Ya voy, aguarda, vida de mi vida.
(Arrebátala de la cueva, y queda SAN PABLO espantado.)

SAULO:

  ¡Oh mujer penitente,
de Dios enamorada, apóstol santa,
que a Dios viendo presente,
pisas el cielo con humana planta
siete veces al día,
entre la más excelsa jerarquía!
  ¡Dichosa Magdalena,
mil veces beso tierra tan dichosa,
que de tu sangre llena
dejas atrás la primavera hermosa,
siete veces al día,
grande galán en Dios tienes María!
  ¡Oh dichosa Marsella,
que gozas tanto bien, suene tu fama
desde el monte a la estrella,
que es en el sur del sol segunda cama;
siete veces al día,
gran apóstol de Dios eres, María!


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(Vase, y dice dentro CLAUDIO, capitán.)
CLAUDIO:

  Roma triunfos aperciba
a tan grande Emperador,
siendo del mundo señor.
¡Viva Nerón!
(TODOS, dentro.)

[TODOS]:

¡Nerón viva!
(Toquen música o atabalillos. Salgan los que pudieren de romanos, y SÉNECA con barba blanca, y luego NERÓN con corona de laurel y bastoncillo, y TULIA, romana, de la mano.)

TULIA:

  ¡Con justa causa se alegra
Roma, oh gran Nerón, el día
que naciste!


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NERÓN:

Tulia mía,
tú eres de la sombra negra
  de la noche el alba hermosa,
que cercada de arreboles
ha traído a sus dos soles
a mi esperanza dichosa.
  Tú eres la luz de este día,
y tú de mi nacimiento
la mayor dicha que siento,
que es solo llamarte mía.
  Tengo por alta ventura
ser de Roma Emperador,
pero más es ser señor
de tu divina hermosura.
  Pídeme que por ti haga
alguna demostración
hoy que nazco: da ocasión
que Roma se satisfaga
  a lo que llega en mi pecho
el amor que han engendrado
esos ojos, que el dorado
planeta dejara el techo
  del zafiro celestial,
aunque tan alto le ves,
si quieres calzar sus pies
de su luz piramidal.


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TULIA:

  Tu amor pido.

NERÓN:

Tulia mía,
si mi amor te satisface,
ese en mí como el sol nace,
sin ponerse, cada día.
  No hay que pedir lo que tienes
tan segura: tu beldad
reina es de mi voluntad.

TULIA:

Mil lustros ciñan tus sienes
  el laurel romano, y veas
a tus pies cuanto el mar sorbe,
y ciña el sol en el orbe.

NERÓN:

Tu bien y vida deseas.

SÉNECA:

  Todo el Imperio romano
hace lo propio, y aspira
a darte triunfos que admira
ese ingenio soberano.

NERÓN:

  Y todo se os debe a vos,
Séneca, que el que yo muestro
es de tan grande maestro.


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SÉNECA:

Mil siglos os guarde el Dios
  no conocido, a quien Roma
y Atenas levanta altares,
y desde mis patrios lares
deseo ver.

NERÓN:

Por vos toma
  Córdoba nombre famoso
con el Imperio romano,
como también por Lucano.

SÉNECA:

En servirte soy dichoso.
(Dentro VOCES.)

[VOCES]:

  Dejadnos entrar.

NERÓN:

Decí,
¿quién son los que voces dan
desta suerte, Claudio?

CLAUDIO:

Están
unos poetas aquí
  que a tu nacimiento han hecho
epigramas: esto ha sido.

NERÓN:

Pues que tantos han venido,
que no son buenos sospecho.


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CLAUDIO:

  Es un formado escuadrón.

NERÓN:

Dalde, Claudio, a cada uno
de ese ejército importuno
diez sueldos, con condición
  que rompan los epigramas;
que versos de errores llenos,
como dan fama los buenos,
bastan a quitar mil famas.
  Emprendan otros asuntos,
que ser es caso pesado
de un mal poeta alabado,
cuanto más de tantos juntos.
  Y despide juntamente
los gladiadores.

CLAUDIO:

Haré
lo que mandas.
(Vase.)


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SÉNECA:

Siempre fue
soberano y excelente
  en los griegos y latinos
el arte de la poesía,
mas no admite medianía
en sus intentos divinos;
  que como puede pasar
sin ella y sin la pintura,
al mundo ha de ser tan pura,
que exceder y aventajar
  pueda al humano deseo,
que la humilde o la mediana
su sacro ritmo profana,
y desto mejor Orfeo
  y Apolo, sus inventores,
podrán mostrar la experiencia,
cuya divina excelencia
cuentan tan varios autores.
  Pero ya ha llegado a Roma
tiempo que, con seso vano,
contra Virgilio y Lucano
cualquiera la pluma toma.

NERÓN:

  Por extirpar desta secta,
Séneca, el número inmenso,
como a los médicos, pienso
desterrar a los poetas.


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SÉNECA:

  Deberáte Roma más.

NERÓN:

Di que es, Tulia, gloria mía
de mi nacimiento el día
a quien tus rayos les das.
  Para muestra y para indicio
del amor más verdadero
que ha tenido amante, quiero
levantarte un edificio
  contra el poder de los años,
que a las termas se adelante
de Trajano, y se levante
hasta el sol, para tus baños.
  Que para este efecto solo,
en esta parte que el Tibre
argenta el pie y besa libre,
famosa de polo a polo,
  quise hoy venir a comer.

TULIA:

Roma estatuas te levante
por más verdadero amante.

NERÓN:

Olmo a tu yedra he de ser.
  Comencemos a mirar
el sitio hermoso, y después
que te enriquezcan tus pies,
comenzarán a sacar
  los venturosos cimientos,
que ya parece que escalan
el sol, que sí harán si igualan
a mis altos pensamientos.
  Por aquí será la entrada;
ven, Tulia.


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(Van a entrar, y parece a una parte SAN PEDRO con sus llaves, y a la otra SAN PABLO con su montante.)
SAULO:

Di a dónde vas;
vuélvete, Nerón, atrás,
que esta puerta está cerrada
  para el romano poder.

NERÓN:

¿Quién sois?

PEDRO:

Dos guardas del cielo
que tiene Dios en el suelo,
y el que pisas ha de ser
  palacio de sus vicarios;
y así en vano determinas
alzar termas peregrinas,
porque tienes dos contrarios
  en nosotros que vencer,
tan grandes como estás viendo.
(Vuélvense las tramoyas con ellos.)

NERÓN:

En vano pasar pretendo
delante: ¡extraño poder!
  ¡Dioses a quien no conozco,
yo os obedezco y no paso!

TULIA:

No estoy en mí.


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SÉNECA:

¡Extraño caso!

NERÓN:

Mi propio ser desconozco.
  Tulia, ¿viste este portento?

TULIA:

Yo estoy sin seso y sin mí
después, Nerón, que le vi,
y he mudado el pensamiento;
  que estos que has visto, Nerón,
a quien parece que ayuda
algún Dios, siervos sin duda
del no conocido son
  y de su inmenso poder.
tengo a tu lado temor;
perdóname, Emperador,
que de su bando he de ser.
  Los gentiles ritos vanos
pretendo dejar, y pienso
ofrecer desde hoy incienso
al gran Dios de los cristianos,
  que es el Dios no conocido,
cuyo resplandor en mí
ha dado después que vi
los dos que te han resistido
  el paso: buscallos quiero
y no dejallos jamás.


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NERÓN:

Tente, Tulia, ¿dónde vas?

TULIA:

Buscando al Dios verdadero.
(Vase.)

NERÓN:

  ¿Qué es esto, penas atroces?
¿Ansí aguáis mi alegría?
Aguárdame, Tulia mía;
mas en vano te doy voces.
  ¿Qué hechizos, Tulia querida,
queriendo igualar al viento,
te han mudado el pensamiento
y me han quitado la vida?
  Tras ti iré por toda Roma,
dándote voces, y ¡ay della
si no rinde a mi querella
la resolución que toma!
  Que ha de arder como mi pecho,
sin que piedra sobre piedra
deje, pues mi amada yedra
rompió el lazo más estrecho
  que apretó jamás humano
amor.


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CLAUDIO:

Mira que no está
bien a tu grandeza.

NERÓN:

Ya
no hay, Claudio, consejo sano.

SÉNECA:

  Precipítaste, señor,
así, y no es bien que te quejes.

NERÓN:

Séneca, no me aconsejes;
que no hay consejo en amor.
(Vase y todos tras dél, y salen CLETO y LINO, mozos, y SAN PEDRO.)

LINO:

  Huíd, teniente de Cristo,
de la furia de Nerón,
que es enojado león
de Libia, y hemos ya visto
  de su fiereza crueldades
extrañas, y un triste efeto
se teme en ti.

PEDRO:

Lino y Cleto,
las sencillas voluntades
  vuestras conozco, mas veo
que parece cobardía
esconder el rostro al día
de mi martirio, y creed
  que le doy acción de tal
gloria a Dios en que esto sea,
por haber, como él desea,
de dar agua bautismal
  a Tulia, que de Nerón
era infame concubina,
ya de Dios prenda divina;
y esta dichosa prisión
  es lo que yo más deseo.


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CLETO:

Son nuestros miedos y llantos
................ tantos.

PEDRO:

Ya vuestros intentos veo,
  y quiero en eso agradaros
aunque a mi intento resisto;
de ese rebaño de Cristo
quiero por guardas dejaros
  hasta que os pueda volver
a ver, hijos, a los dos,
y quedaos con esto adiós,
si esto en efecto ha de ser.
  Si Pablo a Roma viniere,
de mi jornada le dad
cuenta, y volved a la ciudad (sic).

CLETO:

Su edad el cielo prospere,
  amado padre, y cabeza
de su Iglesia militante.

PEDRO:

No paséis más adelante.

CLETO:

¡Sabe el cielo la tristeza
  con que quedamos los dos!


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PEDRO:

Ya conozco vuestra fe.

CLETO:

Padre, escríbenos.

PEDRO:

Sí haré.

LINO:

¡Adiós!

PEDRO:

Lino y Cleto, adiós.
(Vanse.)
  Señor, mis caducas plantas,
como siempre encaminad.
¡Adiós, soberbia ciudad,
madre de grandezas tantas,
  que a pesar del tiempo, en vos.,
por divina maravilla
el mundo ha de ver la silla
de los tenientes de Dios,
  siendo de su Iglesia centro.
Un hermoso peregrino
viene por este camino;
quiero salille al encuentro,
  que le he cobrado afición,
y haciendo de quién es prueba,
sabré dél qué intento lleva
a Roma en esta ocasión.
  Mientras cerca le miro (sic),
en extremo me aficiona;
mas su gallarda persona,
su hermosa presencia admiro:
  guíe, peregrino, el cielo
vuestros pasos.


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(Sale un PEREGRINO, y sea el que salió en la nube a SAN PABLO.)
PEREGRINO:

Sálveos Dios.

PEDRO:

¡Vais a Roma?

PEREGRINO:

Cuando vos
dejáis el romano suelo.

PEDRO:

  ¿Y a qué vais?

PEREGRINO:

Voy, Pedro, a ser
en ella crucificado,
segunda vez afrentado
de haberos visto temer.
  Si así os vais por no imitarme
en la muerte que os ofrece
tan grande ocasión, parece
que otra vez queréis negarme.

PEDRO:

  Primero me negaré
a mí en mi incierta jornada,
y soy ya piedra engastada
en el oro de mi fe;
  dadme vuestros pies, Señor,
que yo confieso que he errado.


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PEREGRINO:

Ea, volved a el ganado,
no peligre sin pastor;
  volved por vos y por mí,
y vamos juntos los dos,
si vive el valor en vos
del huerto Getsemaní;
  volved, Simón, a guardar
vuestro perdido ganado,
y morad con el cayado,
que es la cruz que os di al entrar.

PEDRO:

  Señor, no fue cobardía,
que bien sé que de mi pecho
podéis estar satisfecho;
pero la palabra mía
  os doy, que el lobo cruel
no ha de ofenderme el ganado,
ni he de dejar el cayado
hasta que muera sobre él.

PEREGRINO:

  ¡Valor a la empresa igual!

PEDRO:

El que tengo sabéis vos.

PEREGRINO:

¡Seguid, teniente de Dios,
los pasos del General!


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(Vase el uno tras del otro, y sale NERÓN y SÉNECA y CLAUDIO.)
NERÓN:

  Aguarda, Tulia, no huyas,
detén las plantas ligeras,
que parece que aventajas
al tiempo en la ligereza.
¿Dónde estás, que no te alcanzan
mis suspiros ni mis quejas?
¿Quién te engaña, quién te aparta
de mí con tan larga ausencia?
¡Ay, Tulia, qué mal que pagas
mis amorosas ternezas,
pues ofendiendo a los dioses
haces a mi amor ofensa!

SÉNECA:

Vence, Emperador de Roma,
esa furia que te lleva;
que la victoria más alta
es hacerse resistencia.
Mujeres podrás hallar
de igual agrado y belleza;
que no se ha cifrado en Tulia
la hermosura de la tierra.


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NERÓN:

Séneca, el amor jamás
que ha de hallar otra igual piensa
que la que perdió, y ansí,
en perdiendo no sosiega.
No hay persuadirme que a Tulia
he de hallar quien le parezca,
si no es en mudanza el viento
y las piedras en dureza.
¡Oh, si supieses, maestro,
como me enseñaste ciencia,
enseñarme olvido, cuántas
desdichas vencer pudiera!
Que eterna fama ganaras,
pues aquesta pestilencia
del alma, amor con olvido
fácil remedio tuviera.
¡Qué de templos, qué de altares,
qué de estatuas de oro y piedras
amantes te levantaran,
y sacrificios te hicieran!
Mas ¿no hay quien enseñe olvido?

SÉNECA:

El tiempo solo le enseña.

NERÓN:

Ya está acabada la vida
cuando esa doctrina llega.


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(Sale CLAUDIO.)
CLAUDIO:

Dame albricias.

NERÓN:

¿Pareció
Tulia?

CLAUDIO:

Pienso que la tierra
la ha escondido en sus abismos;
mas al autor de tu ofensa,
que es Pedro, un hombre de quien
raras maravillas cuentan,
que le dio a Tulia el bautismo,
ceremonia de la Iglesia
cristiana, de quien se llama
este fundamento y piedra,
traemos preso, y a Tulia
con rara constancia niega.
Juntamente, por el Tibre
una nave aragonesa
trae por Sexto, tu teniente,
de Palestina y Judea,
a un hombre preso, que llaman
Pablo, desta misma secta
de Pedro, de quien también
refieren varias proezas,
que por decir que es romano
y guardar sus preeminencias,
a Roma desde Cesárea
te lo remite.


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NERÓN:

¿A qué esperan?
Vengan delante de mí
esos tiranos, y tenga
venganza en ellos mi agravio,
y cuantos hallaren mueran
que esa ley siguen, y todos
no satisfarán mi ofensa.

SÉNECA:

Del ingenio deste Pablo
tengo milagrosas nuevas,
y del valor juntamente,
que de su mano y su letra
he visto cartas en Roma.
A cuantos de Italia y Grecia
filósofos han escrito,
excede con excelencia,
y deseaba en extremo
ver su persona, aunque en esta
ocasión me da pesar.

NERÓN:

Rabio de furor.

CLAUDIO:

Ya llegan
Pedro y Pablo con prisiones,
gran Nerón, a mi presencia.

NERÓN:

De sangre cristiana el mundo
por mí otro diluvio espera.


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(Entren por una puerta PEDRO, y SAULO por otra, presos.)
PEDRO:

Doctor de la gente, Pablo.

SAULO:

Pedro, piedra de la Iglesia,
deja que te bese el pie.

PEDRO:

Pablo, mis brazos te esperan.

PABLO:

Esto es primero, en señal
que eres dichosa cabeza
de la Iglesia militante.

PEDRO:

Gracias al cielo, que ordena
que la amistad de la vida
en morir también se vea.

NERÓN:

Estos son los mismos, Claudio,
que al entrar de aquella puerta
me resistieron el paso;
este la cuchilla fiera
de una espada en una mano,
desnuda, y este en su diestra
unas llaves, y sin duda
son hechiceros, y piensan
con su mágica engañarnos.
Los dos como he dicho mueran;
que a Tulia he de descubrir
con su muerte.


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SÉNECA:

Pablo, lleva
con el valor que te da
la fama y con la prudencia
que tienes, la muerte airada
que ya tan cerca te espera.

PABLO:

No es muerte; que he de vivir
en Dios cuando al mundo muera.

CLAUDIO:

Este es Pedro, y aquel Pablo.

NERÓN:

Este villano me cuesta
tanto pesar, por los dioses,
que si no fuera bajeza,
que le diera con mis manos
la muerte.

PABLO:

Nerón, ¿qué esperas?
Que ya los dos deseamos
la muerte, para que veas
el valor que en los dos vive.

NERÓN:

¡Qué notable valor muestra!
¿Eres romano?


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PABLO:

Nerón,
privilegio es de mi tierra
ser ciudadanos romanos
los que naciesen en ella.
Esta es la causa que Sexto,
del mar fiero a la inclemencia,
me remite en esta nave
que el Tibre en su margen muestra,
pasando entre mil peligros
de islas, de mares y peñas,
aunque no he llegado al puerto
hasta que mi muerte vea.

NERÓN:

Yo os cumpliré de justicia,
y esta será la sentencia:
por ciudadano romano
te cortarán la cabeza,
y a ti, por hombre común,
quiero que enclavado mueras
en una cruz.

PEDRO:

Por tan grandes
mercedes, beso la tierra
que pisas.


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NERÓN:

¿Ansí, villano,
piensas vencer mi firmeza?
Quitarme a Tulia, enemigo,
pagarás desta manera.

PEDRO:

Dios para sí te la quita.

NERÓN:

Quitaldes de mi presencia
y mueran luego.

PEDRO:

¡Adiós, Pablo,
doctor de las gentes!

PABLO:

¡Piedra
de la Iglesia, adiós!

PEDRO:

¡Adiós,
vaso de elección! En tierra
de más verdad nos veremos
presto.

PABLO:

Allá Pablo te espera.
(Llevan a uno por una parte y a otro por otra.)

SÉNECA:

¿Sin sustanciar el delito
de Pablo, mandas que muera?
¡Ni saber lo que le acusan!
Sexto, mira que condenas
a muerte al hombre más sabio
del mundo.


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NERÓN:

Basta que sea
cristiano para mi furia;
no en vano Sexto en Judea
le prendió y nos le remite,
que alborotando la tierra
andan estos embaidores.

SÉNECA:

Ya dio la heroica cabeza
en tierra.
(PABLO de adentro, como que habla la cabeza dando tres saltos, y saliendo una fuente de cada uno.)

PABLO:

¡Jesús, Jesús,
Jesús!

SÉNECA:

¡Notable extrañeza!
La cabeza dio tres saltos,
y sin el cuerpo la lengua
habla, y en cada lugar
que toca, una fuente bella
ha brotado.

NERÓN:

Estos cristianos
todo es hechizos.


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(Sale CLAUDIO.)
CLAUDIO:

Ya quedas
servido, como mandaste,
ya consumas la sentencia.
Pedro no quiso morir
en la cruz con la cabeza
arriba, sino hacia abajo,
y con más que humanas fuerzas
se puso al suplicio, y dijo
que pues su maestro en ella,
como sabes y predican,
murió de esotra manera,
a su grandeza guardaba
toda aquella reverencia
y decoro, dando a Roma
espanto su muerte fiera.
Desde aquí puedes miralle,
que en bizarra competencia
de Pablo la tierra admira.
(Parece PEDRO en la Cruz clavado, la cabeza hacia abajo, y SAN PABLO degollado a la otra parte.)

NERÓN:

Aún no descansan mis penas,
abrasar pretendo a Roma
hasta que Tulia parezca,
y al mundo, si el mundo mismo
se opusiera a mi grandeza.
Cubrid esos fieros monstruos,
que espantan.

SÉNECA:

Desta manera
fin da el Vaso de elección
y la piedra de la Iglesia.

Alabado sea el Santísimo Sacramento y la limpieza y pureza de la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original. Amén. Jesús.

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