El verdadero amante (Versión para imprimir)

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Dedicatoria
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El verdadero amante Félix Lope de Vega y Carpio


El verdadero amante

Félix Lope de Vega y Carpio

 


Primera comedia de Lope de Vega Carpio dirigida a Lope de Vega, su hijo.
Mirando un día el retrato de vuestro hermano Carlos Félix, que, de edad de cuatro años, está en mi estudio, me preguntastes qué significaba una celada que, puesta sobre un libro en un mesa, tenía por alma del cuerpo esta empresa: Fata sciunt ; y no os respondí entonces porque me pareció que no érades capaz de la respuesta. Ya que tenéis edad, y comenzáis a entender los principios de la lengua latina, sabed que tienen los hombres para vivir en el mundo, cuando no pueden heredar a sus padres, más que un limitado descanso, dos inclinaciones: una a las armas, y otra a las letras, que son las que aquella celada y libro significan con la letra, que en aquellos tiernos años dice que el cielo sabe cuál de aquellas dos inclinaciones tuviera Carlos si no le hubiera, como salteador, la muerte arrebatado a mis brazos y robado a mis ojos, puesto que a mejor vida, dolorosamente, por las partes que concurrían en él de hermosura y entendimiento con esperanzas de que había que mejorar mi memoria sobreviviendo a mis años, por la razón de, curso de la naturaleza, orden sujeta a los accidentes de la vida. Vos quedastes en su lugar, no sé con cuál genio, cuya definición os darán Pausanias y Plutarco cuando sepáis entenderlos; el uno en los Acaicos, y el otro en la Vida de Bruto. Ni aun conozco la calidad de vuestro ingenio; que San Agustín tuvo por felicísimo al que nació con él, como en el libro cuarto de la Ciudad de Dios lo siente el Santo; y fue opinión de Cicerón y de Aristóteles la ventaja que hace al arte la naturaleza, a quien afrenta Plinio pensando que la cultura de las artes se debe a la avaricia; bien que casi siempre es verdad cuando no las estudia el gran señor y príncipe, y aun entonces puede ser vanidad, y no virtud, como se ha visto en muchos.


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Dedicatoria
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El verdadero amante Félix Lope de Vega y Carpio


El verdadero amante

Félix Lope de Vega y Carpio

 


Mas ¿para qué os persuado con autores, cuando aun estáis en los primeros rudimentos de la lengua latina? Cosa que no podéis excusar, aunque si hubiera quien os enseñara bien la castellana, me contentara más de que la supiérades; porque he visto muchos que, ignorando su lengua, se precian, soberbios, de la latina, y todo lo que está en la vulgar desprecian, sin acordarse que lo griegos no escribieron en latín, ni los latinos en griego; y os confieso que me causa risa ver algunos hombres preciarse de poetas latinos, y en escribiendo en su lengua parecer bárbaros; de donde conoceréis que no nacieron poetas, porque el verdadero, de quien se dice que ha de tener uno cada siglo, en su lengua escribe y en ella es excelente, como el Petrarca en Italia, el Ronsardo en Francia y Garcilaso en España, a quien también deben sus patrias esta honra; y lo sintió el celestial ingenio de Fr. Luis de León, que pretendió siempre honrarla, escribiendo en ella, como también le sucedió a Fr. Luis de Granada, después de muchos sermones que hay suyos en la lengua latina; y en ella escribieron Fr. Fernando del Castillo, Fr. Agustín de Avila, el P. Ribadeneira, el Dr. Mariana y otras excelentes ingenios, sus historias. No os desanimo para que con menos cuidado estudiéis esta reina de las lenguas, tercera en orden a las del mundo, aunque más común que todas; procuralda, saber, y por ningún caso os acontezca aprender la griega, porque, desvanecido, no digáis lo que algunos que saben poco della y de otras, por vendernos a gran precio la arrogancia de que la entienden; y porque no sepáis lengua tan engendradora de soberbios, y que tan pocos pueden saber que la sabéis, que un catedrático de griego, natural de Guipúzcoa, hallándose en su escuela de Alcalá asaltado de improviso de muchos señores de la corte, oró en vizcaíno delante dellos y fue tenido por hombre insigne, hasta que un secretario de un príncipe, que era de la misma patria, deshizo el atrevido engaño, diciendo que le había entendido. En una de aquellas famosas librerías de Sevilla pidió el P. Fr. Luis de León una Biblia, si acaso la tenían, hebrea. Diósela el dueño, admirado de que la pidiese, y mucho más de vérsela leer en alta voz; pero llevando consigo un sobrino suyo, ingenio singular y del mismo hábito, pidió otro cualquiera libro, si acaso le tenían, en la lengua hebrea; diole el librero los salmos de David, de maravillosos caracteres e impresión del excelente Plantino; y comenzando a leer disparates, porque ignoraba la lengua entonces, volvió Fr. Luis a reprenderle airado; a quien el sobrino dijo:


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El verdadero amante Félix Lope de Vega y Carpio


El verdadero amante

Félix Lope de Vega y Carpio

 


«Déjeme vuesa paternidad, que para el señor librero tan hebreo es esto como esotro.» Vos me habéis entendido; y en razón de la inclinación, que fue el principio de esta carta, no tengo más que os advertir; si no os inclináredes a las letras humanas, de que tengáis pocos libros, y esos selectos, y que les saquéis las sentencias, sin dejar pasar cosa que leáis notable sin línea, o margen; y si por vuestra desdicha vuestra sangre os inclinare a hacer versos (cosa de que Dios os libre), advertid que no sea vuestro principal estudio, porque os puede distraer de lo importante, y no os dará provecho. Tened en esto templanza; no sepáis versos de memoria, ni los digáis a nadie; que mientras menos tuviéredes desto, tendréis más de opinión y de juicio; y en esta materia, y lo que os importa seguir vuestros estudios sin esta rémora, no busquéis, Lope, ejemplo más que el mío, pues aunque viváis muchos años no llegaréis a hacer a los señores de vuestra patria tantos servicios como yo, para pedir más premio; y tengo, como sabéis, pobre casa, igual cama y mesa y un huertecillo cuyas llores me divierten cuidados y me dan conceptos. Libraréisos con esto de que os conozcan; que por la opinión de muchos es gran desdicha y así tenía por jeroglífico un hombre docto deste tiempo un espejo en un árbol, a quien unos muchachos tiraban piedras, con esta letra: Periculosus splendor. Yo he escrito novecientas comedias, doce libros de diversos sujetos, prosa y verso, y tantos papeles sueltos de varios sujetos, que no llegará jamás lo impreso a lo que está por imprimir; y he adquirido enemigos, censores, asechanzas, envidias, notas, reprensiones y cuidados; perdido el tiempo preciosísimo, y llegada la non intellecta senectus, que dijo Ausonio, sin dejaros más que estos inútiles consejos. Esta comedia, llamada El verdadero amante, quise dedicaros, por haberla escrito de los años que vos tenéis; que aunque entonces se celebraba, conoceréis por ella mis rudos principios; con pacto y condición que no la toméis por ejemplar, para que no os veáis escuchado de muchos y estimado de pocos. -Dios os guarde.
VUESTRO PADRE.


Elenco
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El verdadero amante Félix Lope de Vega y Carpio


El verdadero amante

Félix Lope de Vega y Carpio

Figuras de la comedia

 



JACINTO.
DANTEO.
MENALCA.
BELARDA.
CORIDÓN.


EURISTO.
PELORO.
ERGASTO
DORISTO
AMARANTA.


EREUSA.
DÓRIDA.
FELICIO.
GLICERIO.


UN SACERDOTE DE LA DIOSA JUNO.
Alcaldes labradores.
Pastores.
Músicos


Acto I
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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen JACINTO, músicos y PASTORES con baile y fiesta, y un SACERDOTE .
SACERDOTE:

  No suene rumor alguno
hasta que a avisaros vuelva
en tiempo más oportuno,
pues Regamos a la selva
sagrada, a la diosa Juno,
  cuyas manos vengativas
tanto las nuestras altivas
castigan cuando se atreven,
que hasta los vientos no mueven
las hojas destas olivas.

UN PASTOR:

  En nada os disgustaremos,
ni la gran diosa permita
que su selva despreciemos.
¡Hola! Cese el baile y grita.

OTRO:

Pues lo mandais, cesaremos.


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SACERDOTE:

  Todos hincad la rodilla,
y con voluntad sencilla
mostrad que es nuestra intención
ofrecerle el corazón,
que por víctima se humilla.
(Descubren la diosa Juno en un templo.)
  ¡Oh santa Juno, que fuiste
del alto Júpiter prenda!
Tú que, más bella, venciste
a Palas en la contienda
y a Venus obscureciste,
  asiste a nuestro deseo
por el despojo y trofeo
que se te ofrece este día,
y venga en tu compañía
el sacro dios Himeneo.
  Doristo con Amaranta
quieren tu yugo amoroso;
asiste, pues, Juno santa,
y el lazo dificultoso
de la coyunda levanta;
  y en tanto que se levante,
cualquier agüero se espante
de tu poderosa diestra:
ni la corneja siniestra
ni el buho nocturno cante.
  Ya vuestras bodas pronuncia.
Aquella blanca paloma,
(A la novia.)
Doristo, tu bien anuncia.
La mano a tu esposo toma
y tu libertad renuncia.
  No hay que temer fin prolijo.


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DORISTO:

A la aldea nos volvamos.
¡Qué grande bien nos predijo!

SACERDOTE:

Pastores, de aquí partamos.

PASTORES:

Cese el baile y regocijo.
(Vanse todos; queda JACINTO solo.)

JACINTO:

  ¿Permitirás levantarme,
falso amor, de aqueste suelo,
donde he venido a humillarme?
Pero si caí del cielo,
¿dónde puedo asegurarme?
  ¡Ay, pregunta sin provecho!
Pues en el aire, sospecho,
por donde amor me subió,
mis esperanzas y yo
nos hemos pedazos hecho.
  ¿Que te casaste, Amaranta?
¡Muerto soy!


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(Sale DANTEO .)
(Sin ver a JACINTO .)
DANTEO:

¡Oh! Atalanta,
préstame tus pies veloces.
Así tu Hipómenes goces,
que en verte agora se espanta.
  Déjame dar esta nueva
a aquel verdadero amigo:
Eco, mis acentos lleva;
detente, viento enemigo:
no la estorbes, que ya prueba.
  Dile a Jacinto, el dichoso,
que el rapacillo envidioso
en este punto le ha dado
el más venturoso estado
que tuvo pecho amoroso.
  Dile que se abrase y arda,
que pene, padezca y muera,
pues que le adora Belarda,
de toda nuestra ribera
la pastora más gallarda.
  No es este amor, que provoca
a un alma a volverse loca,
malicia que imaginé;
que de su boca lo sé
y lo sabrá de mi boca.


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DANTEO:

  Basta que me ha preguntado
quién es y en qué punto precia
el ser de zagal honrado,
y si el ganado desprecia
o guarda ajeno ganado;
  y he hecho lo que he podido
en decirle que ha tenido
elección de mujer cuerda,
y que a mi cuenta se pierda
por un ganado perdido.
  Santo Apolo, ¿velo o sueño?
¡Ah, Jacinto! ¿Desta suerte
sirves a tu nuevo dueño?
¡Oh dura imagen del sueño,
sombra y color de la muerte!
¿Estás en ti?

JACINTO:

  ¡Mi Danteo!
¿Es posible que te veo?

DANTEO:

¿Qué has tenido? ¿No estás bueno?

JACINTO:

Sí estoy, aunque bien ajeno
del mayor bien que deseo.

DANTEO:

  Anímate. ¿Qué has tenido?
¿Estás dormido o despierto?


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JACINTO:

Estoy despierto y dormido,
estoy sano, estoy herido,
estoy vivo y estoy muerto:
  tal me tiene mi dolor.

DANTEO:

Pues duerme y vela, pastor,
y cúrate y no te cura,
y muere y vivir procura;
quizá te hallarás mejor.
  ¿Estás burlando del tiempo?

JACINTO:

Él se ha burlado de mí,
pues que ya ha llegado el tiempo
que del tiempo que perdí
estoy llorando sin tiempo.

DANTEO:

  No más, que tu queja entiendo.
Todo tu mal comprehendo:
a Belarda a amar te inclinas.

JACINTO:

Ni aun la ceniza adivinas
del fuego en que estoy ardiendo.

DANTEO:

  No disimules conmigo.

JACINTO:

¡Por Dios, Danteo, que ignoras
mi mal!


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DANTEO:

Antes soy testigo,
y de su boca te digo
que sé que a Belarda adoras,
  y porque mejor me creas,
hoy me ha dado el cargo a mí
para que la hables y veas:
y aun de su pecho entendí
que gusta que la poseas.
  ¡Brava ventura tuviste!

JACINTO:

Quiérome disimular
callando el suceso triste.
¿Dónde la Pudiste hablar?
¿Adónde vella pudiste?
  ¡Que soy amado me cuentas!

DANTEO:

Tanto, que alegre te asientas
en el trono del amor.

JACINTO:

Poco sientes mi dolor
y gusto que no lo sientas.
  ¡Ay, falsa! ¿Que te casaste?

DANTEO:

¿Qué dices?

JACINTO:

Que te engañaste
en pensar que esa pastora
me quiera bien.


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DANTEO:

Y te adora.

JACINTO:

¿Es cierto?

DANTEO:

Es muy cierto.

JACINTO:

Baste.
  Sin falta, por mano ajena,
la suerte mi vida guarda,
y que se resuelva ordena,
con la gloria de Belarda,
de mi Amaranta la pena.
  Irémosla luego a ver.

DANTEO:

Así quedó concertado.

JACINTO:

Galán me quiero poner;
que me ha tenido enlutado
de un desposorio el placer.
  Y pues que tantos lo van,
bien es que vaya galán.
¡Euristo!
(Sale EURISTO .)

EURISTO:

¿Qué mandas?

JACINTO:

Presto
trae volando a este puesto
pellico, banda y gabán.
(Vase EURISTO .)


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DANTEO:

  ¿Desposorio te enlutó?

JACINTO:

Sí, porque envidia me alcanza
de ver que allí se cumplió
de dos almas la esperanza
que para mí no llegó.

DANTEO:

  Nuevo es eso para mí,
que he estado fuera de aquí.
Hoy vine a aquesta ribera.

JACINTO:

Para mí también lo fuera,
a no estar fuera de mí.
(Sale EURISTO .)

EURISTO:

  Aquí hay recaudo; bien puedes
vestirte.

JACINTO:

Muestra el pellico.
Aquesto quiero que heredes,
y de dueño no muy rico
no esperes grandes mercedes.

EURISTO:

¿Qué dices?

JACINTO:

  Si aquesto viera
Belarda, ¡qué burla hiciera
de ver un pobre pastor
con hazañas de señor!


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DANTEO:

Harto bien le pareciera,
  pues lo que el ser no te ofrece
has por virtud alcanzado;
que tan bien el sol parece
si en un árbol resplandece
como en un techo dorado.

JACINTO:

  Ya estoy bien. Vamos de aquí.

EURISTO:

¿Mandas que vaya tras ti?

JACINTO:

Ya bien te puedes quedar.

EURISTO:

Pues ¿no te he de acompañar?

JACINTO:

No, mientras ande sin mí.
(Vanse JACINTO y DANTEO .)

EURISTO:

  ¿Qué novedad es aquesta,
Jacinto? ¿Qué nueva llama
así tu pecho molesta,
que cuando entierras tu dama
sales vestido de fiesta?
  ¿Es este acaso el tributo
del tierno llanto y del luto?
¿Son estas colores verdes
de la esperanza que pierdes
el mal sazonado fruto?
  ¿Si acaso el dolor espanta?
Mira, señor, si te mueres:
nunca la causa fue tanta,
pues se ha casado Amaranta,
la prenda que tanto quieres.
  Mírala en brazos ajenos,
y que de su gloria llenos...
Mas conviéneme que calle,
que suena gente en el valle
y es Menalca cuando menos.
(Vase.)


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(Salen MENALCA y CORIDÓN .)
MENALCA:

  ¿Conoces, dime, Coridón, alguno
que en todo, el Tajo, y en el mundo todo,
posea tanto bien como poseo?
Y no quiero decir pastor ninguno,
que fuera cortedad tan a mi modo
medir con la ventura mi deseo.
¿Viste algún rey, ufano del trofeo
de haber ganado un reino, por ventura,
en paz santa y segura
gozar su alegre estado?
Pues deste fuera yo tan envidiado,
que trocara del reino lo más rico
por un solo jirón deste pellico.
No la púrpura sacra y la corona
que ciñe al claro príncipe las sienes,
más llenas de soberbia que de gusto;
no la parlera fama, que pregona
pequeños males como grandes bienes
en la boca del vulgo, torpe, injusto,
diciendo a voces: «Príncipe tan justo
excede en guerra y paz con igual mano
a Numa y a Trajano»;
ni el ver su nombre eterno
se iguala a que yo pase el duro invierno
y los calores del ardiente estío
contento con el bien pequeño mío.


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CORIDÓN:

¡Qué tal te tiene amor!

MENALCA:

¿Qué tal me tiene?
Tal me tiene, gozando el bien que gozo,
que vivo como rey sin desearlo.

CORIDÓN:

Furor debe de ser que te entretiene.
Vuelve en tu seso, descuidado mozo.

MENALCA:

Coridón, por demás será buscarlo.
Dichosamente supe aventurarlo.

CORIDÓN:

¿Rey te juzgas queriendo? ¡Gran locura!

MENALCA:

Pues dime, ¿que ventura
tan próspera me aguarda
como gozar el alma de Belarda?
¿Qué reino puede haber como sus ojos,
de quien tengo y tendré ricos despojos?

CORIDÓN:

¿De manera que ya, Menalca loco,
te habemos de llamar rey?

MENALCA:

De contento.

CORIDÓN:

¿Y el título ha de ser rey de Belarda?

MENALCA:

A título tan alto un rey es poco.
No cabe en un pastor merecimiento,
que pobremente sus ovejas guarda;
un dios podrá reinar; que en Dios no hay pena.


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CORIDÓN:

Júpiter, como hizo en Alcumena,
podrá reinar dejándola preñada.
Pasión desenfrenada
te rige el pensamiento.

MENALCA:

Y a ti de libertad ocioso intento.

CORIDÓN:

Vuelve en tu seso: cobra tu sentido.

MENALCA:

Ganado está muy bien cuando perdido.

CORIDÓN:

Pues quieres que así sea, dime, cuerdo,
¿cómo podrás gozar mientras que vives
tu Belarda gentil?

MENALCA:

Viviendo en ella.

CORIDÓN:

¡Cabrás dentro muy bien!

MENALCA:

Cabré en su acuerdo.

CORIDÓN:

En fin, a todo engaño te apercibes.
Bien ves que no, podrás casar con ella,
porque es humilde el nacimiento della
para tu generoso nacimiento.

MENALCA:

¡Oh, sumo atrevimiento!
Dime, ¿nació en la tierra?


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CORIDÓN:

En una choza, junto a aquella sierra.

MENALCA:

Y yo ¿dónde nací?

CORIDÓN:

Muy diferente;
que eres de dioses y de ilustre gente.

MENALCA:

La nobleza mayor, la mayor palma,
no para en el pellico: llega al alma.
(Salen BELARDA y ERGASTO .)
(A ERGASTO .)

BELARDA:

  Vuélvete, Ergasto, a la fuente,
que al pie del verde laurel
que da sombra a su corriente,
he perdido y puse en él
una cinta de la frente.
Corre.

ERGASTO:

  ¿Has miedo que se huya?

BELARDA:

Búscala, por vida tuya.

ERGASTO:

Ya tarde parecerá,
que el sol la habrá hurtado ya
para ceñirse la suya.

CORIDÓN:

  Tu Belarda es ésta, a fe.


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MENALCA:

Y cuyos son los despojos
del alma que la entregué.
¿Cómo no pongo los ojos
adonde estampa su pie?

BELARDA:

  ¡Al sol le llaman ladrón!
(A ERGASTO .)
¿Es esa buena razón?

ERGASTO:

Como sus rayos dorados
de la luna son hurtados,
de los tuyos son...

BELARDA:

¿Qué son?

ERGASTO:

Hurto los del sol.}}

BELARDA:

  ¿Mis rayos?

ERGASTO:

Tus rayos.

BELARDA:

Pues ¿resplandezco?

ERGASTO:

Tal, que si a verte me ofrezco,
trueco la vista en desmayos,
y desmayado fallezco.

BELARDA:

  Basta, que sabes hablar.


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ERGASTO:

Ahora bien, voyla a buscar.

BELARDA:

¡Oh, cuánto el rústico tarda!

ERGASTO:

Haz una cosa, Belarda,
para que la pueda hallar.

BELARDA:

  Acaba con tus enojos.

ERGASTO:

Quiero, para que me alumbre,
llevar, en lugar de antojos,
un resplandor de la lumbre
de aquesos divinos ojos.

BELARDA:

  ¡Qué necia filosofía!
Vete, que luz tiene el día
con que la puedas hallar.

ERGASTO:

Voyme por no te enojar,
parte de la vida mía.
(Vase.)
(Aparte.)
Mas ¡de qué suerte me tienes,
que paso de enojo a rabia!
¡Oh, Menalca! A tiempo vienes.

MENALCA:

Siempre al tiempo que te agravia
fuerza de ajenos desdenes,
  para que mal me recibas.


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BELARDA:

En falsa esperanza estribas,
y siendo tú mi esperanza...

MENALCA:

O merezco tu privanza,
o de tu gloria me privas.
  ¿Tanto a todos me adelanto?
Sin falta de mí te burlas.

BELARDA:

(Aparte.)
No puedo decirte cuánto.
Pues ¿llamas pesadas burlas
verdades que pesan tanto?

MENALCA:

  No más; que sin falta creo
que de tu alma poseo
la rendida voluntad.

BELARDA:

(Aparte.)
Así parece verdad,
aunque te engaña el deseo.

MENALCA:

  ¡Oh. Belarda, y cuán notable
se halla en ti la virtud!
No hay vicio más detestable
que la injusta ingratitud.
No porque en mis cosas hable;
  que no quiero persuadirte
que para tanto rendirte
han sido mis obras parte;
que si valgo para amarte,
no valgo para servirte.
  Que para tanto valor,
un príncipe ser quisiera,
y no tan pobre pastor.


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BELARDA:

(Aparte.)
En ese estado, pudiera
aborrecerte mejor.

MENALCA:

¿Qué respondes?

BELARDA:

  Que tu estado
es el mejor que han honrado
hoy las riberas jamás,
pues hoy el más rico estás
de cuantos guardan ganado;
  y si quieres como muestras,
el más rico de contento.

MENALCA:

Excede el alma a las muestras,
porque a lo menos que siento
me faltan palabras diestras.
  Pero toda esta riqueza
ofrecida a tu belleza
es un humilde caudal.

BELARDA:

(Aparte.)
Y para quererte mal
no es muy pequeña pobreza.
  ¡Si supieses de qué suerte
te aborrezco, aunque te engaño!...


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MENALCA:

Coridón, agora advierte
si acierto a buscar mi daño
y en procurarme la muerte.
  Mírame tan bien pagado,
y tan del alma adorado
de aquella que de las almas
tiene más triunfos y palmas
que el propio niño vendado.

CORIDÓN:

  Digo que razón te sobra.
Ama, pues tanto mereces,
y pon tu intento por obra;
que si mucha paga ofreces,
por una a ciento se cobra;
  que puesto que merecieras
prendas que igualar pudieras,
lo que falta en igualarte,
le sobra en lo que fue parte
para que tanto la quieras.

MENALCA:

  Bien me has dicho, bien me enseñas
de mi empleo la ventura.

BELARDA:

(Aparte.)
Pues haz cuenta que lo sueñas,
porque en balde te asegura
con palabras halagüeñas.


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(Salen DANTEO y JACINTO .)
DANTEO:

(Aparte a JACINTO .)
¡Buen encuentro, a no se hallar
aquéste, que, a mi pesar,
cada vez aquí le encuentro!

JACINTO:

No tengo por buen encuentro
el que comienza en azar.

DANTEO:

  Pues a fe que aquesta vez
que ha de ser azar de cedro,
pues tienes padre juez.

JACINTO:

Si en tales azares medro,
más negro voy que la pez.

MENALCA:

  Al fin, ¿dices que eres mía?

BELARDA:

Y que en mi postrero día
tu nombre repetiré.

MENALCA:

¡Oh. Belarda! A tanta fe
otro premio se debía;
  que poco valen palabras
donde apenas obras pueden,
y más de un pastor de cabras;
pero pues ellas no exceden,
gusto que el pecho me abras.
  Mira tu retrato en él,
porque amor es pintor fiel;
sólo te diferenció
en que allí blanda te vió,
y aquí te pinta cruel.


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BELARDA:

  Muestra. ¿Qué es eso que veo?
abre el pecho.

MENALCA:

No es ingrato:
daréte cuanto poseo,
si ya no has visto el deseo,
que es el cerco del retrato.
  Mas éste no lo verás,
porque no te obligue más
a cumplille.

BELARDA:

A todo sales.
Buenos son estos corales.

MENALCA:

Por estar donde tú estás.
  Espera; que ya los quito
porque los goce ese cuello.

BELARDA:

Será si yo lo permito.

MENALCA:

No hay que replicar en ello.

DANTEO:

(Aparte a JACINTO .)
¿Has leído el sobrescrito?

JACINTO:

  Por cierto, ¡a muy buen lugar
me has traído a despeñar!
¿Quién te dijo mi suceso?


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MENALCA:

¡Qué bien te están!

BELARDA:

¡Bueno es eso!
Bien los sabes alabar.
  Ya sé que tienen valor.

MENALCA:

Desde que ya tuyos fueron,
le tendrán mucho mayor,
pues parece que escogieron
de tus labios el color.
  Aunque les haces agravio,
porque tan cerca del labio
perderán la color suya;
mas hurtaránte la tuya.

JACINTO:

(Aparte.)
A fe que el pastor es sabio.

BELARDA:

  No sé qué te diese en pago
de este don, te certifico.

MENALCA:

Con poco me satisfago.

BELARDA:

Pero tú das como rico,
y yo como pobre pago.

JACINTO:

  (Aparte.)
Bien lo sabe agradecer.


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BELARDA:

Espera: iréme a coger
flores que traiga en la falda,
para hacerte una guirnalda.

MENALCA:

Aquí la puedes hacer.
  No quiero que te fatigues;
Coridón irá por ellas.

BELARDA:

No quiero que así me obligues;
que veo mis dos estrellas
que con tu sombra persigues.

DANTEO:

  Por ti lo dice, Jacinto,
que te ha visto.

CORIDÓN:

Voyme, y pinto
en tus faldas un abril.
(Vase.)

DANTEO:

A fe que es harto gentil.

JACINTO:

(Aparte.)
Y gentil el laberinto.
  ¡Oh amor! ¿Faltábate más?
Hoy me casas mi pastora;
y ésta que agora me das,
para que la olvide agora,
¡cerca de casalla estás!


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DANTEO:

  (Aparte a JACINTO .)
Sentir nos tienen por ti.

BELARDA:

¿Cómo le echaré de aquí?
Que he visto mi nueva gloria.

MENALCA:

Siendo tuya la victoria,
¿me das la guirnalda a mí?
  Mira que no es la corona
para la frente vencida;
que el vencedor se corona.

BELARDA:

Aquesta vez tu homicida,
Menalca, te galardona.
  ¡Ay, Dios! ¡Qué león tan fiero,
arrimado a aquel sendero,
por aquel repecho entró!
Mataráme.

MENALCA:

Mi bien, no,
que yo moriré primero.
  Pero, ¿dónde fue? ¿Qué es dél?
Espera, que tras él voy.

BELARDA:

¡Ay Dios! No vayas tras él;
que te matará.

MENALCA:

No soy
menos animoso que él.
(Vase.)


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BELARDA:

  ¡Buena industria! Ya se fue.
¡Hola, pastor; hola, ce!

DANTEO:

¿Llámasme a mí?

BELARDA:

Y a los dos.

JACINTO:

Guárdeos el cielo.

BELARDA:

Y a vos,
parte de mi vida os dé.

JACINTO:

  No, sino a vos de la mía;
y no digo parte della,
que toda es vuestra, y podría,
si os preciáis de poseella,
serlo el alma que os daría
  Por relación he sabido
que me habéis engrandecido
en darme nombre de vuestro.

BELARDA:

Holgara veros tan diestro
en el ser agradecido;
  mas si de mí conocéis,
como yo de vos confío,
lo que a mi alma debéis,
en darme lo que es tan mío,
¿quién duda que lo seréis?


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JACINTO:

  Pues me abona ese valor,
vos seréis mi fiador,
y firmará la escritura
el tiempo, que ya procura
darme otra deuda mayor.

BELARDA:

  Yo pienso que la tendréis,
y que debiéndoos yo a vos,
también vos me deberéis.

DANTEO:

Si tanto os debéis los dos,
con no pagar pagaréis.
  Cumplido se ha mi deseo,
pues tan conformes os veo,
de ausentes enamorados.

JACINTO:

Trujo el fin de mis cuidados
el nuevo bien que poseo.
  Hoy sale, aunque a su pesar,
Amaranta de mi alma,
y Belarda en su lugar
entra llevando la palma,
pues perdí para ganar.
  Hoy, Danteo, en nueva forma
amor en mí se transforma;
no sé si el amor ordena
que esté suspensa la pena,
cosa que al vivir conforma.


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BELARDA:

  Coridón viene. ¡Ay de mí!
Allí os podréis esconder.

JACINTO:

Siempre, Belarda, temí
que había más que temer.

BELARDA:

Mi suerte lo quiere ansí.
(Escóndense los dos.)
(Sale CORIDÓN con un ramo de laurel en la mano.)

CORIDÓN:

  Belarda, de aquesta rama,
que agora laurel se llama,
y un tiempo Dafnes esquiva,
corona la frente altiva
del vencedor que te ama.
  Toma, enemiga cruel;
y mira si he sido fiel,
y lo que puedes conmigo,
pues para que mi enemigo,
corones, traigo el laurel.
  Toma, y ¡plega a Dios, si alcanza
en mi daño la venganza,
que el laurel que le previenes
se le marchite, en las sienes,
como lo está mí esperanza,
  o que en fuego se resuelva,
o cuando al que te idolatra
la suerte humana revuelva,
en los áspides se vuelva
que mataron a Cleopatra!


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CORIDÓN:

  Mas pues tan poco restauro,
arda en su cabeza el lauro
como Hércules ardió
en la camisa que dio
a Deyanira el Centauro.
  No traigo rosa ni flor,
que no serán necesarias;
que la corona de amor
no ha de ser de flores varias
para el constante amador.
  Y pues Menalca se j[ac]ta
de la firmeza que trata,
toma; que bien sé, cruel,
que se la das de laurel
porque te la dé de plata.

BELARDA:

  Basta, Coridón, no más;
no me trates desa suerte.

CORIDÓN:

Pues di, ¿qué excusas darás
de haberme dado la muerte?

BELARDA:

Vivo estás.

CORIDÓN:

Muerto dirás.

BELARDA:

  ¿Parécete que es razón
que te quiera?


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CORIDÓN:

Y sinrazón
no lo hacer.

BELARDA:

Pues ¿por qué, di,
cuando Menalca está aquí
no me dices tu pasión?

CORIDÓN:

  Porque te quiere, y me excede
en riquezas; que ese es rey,
a quien Dios se las concede,
y porque es del mundo ley
que muera el que poco puede.
  Téngole, te certifico,
aquel respeto que al rico
tiene el pobre, cuando acierta
a tener nobleza muerta
debajo de su pellico.
  Sé yo que te quiere bien:
¿tengo con mi mayoral
de ponerme ten con ten,
siendo un humilde zagal
que apenas se sabe quién?

BELARDA:

  Al fin, ¿confiesas que es noble?

CORIDÓN:

En lo exterior, al doble,
que en lo interior, decir puedo
que tanto, cruel, le excedo,
cuanto la alta palma al roble.


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BELARDA:

  Al fin tú, como menor,
¿le respetas?

CORIDÓN:

Sí respeto.

BELARDA:

Pues ¿por qué no tendré amor
a quien tú, como a mejor,
le guardas tanto respeto?
  Anda, vete; que estás ciego.

CORIDÓN:

Eso, Belarda, no niego,
porque tu vista me mata.
¡Oh más que la palma ingrata,
libre del cuchillo y fuego!

BELARDA:

  ¿Ingrata llamado has
a la palma?

CORIDÓN:

Y creo yo
que tal como ella serás,
pues no dio fruto jamás
al dueño que la plantó.
  Yo fui en amarte el primero,
y del fruto desespero,
pues me niegas el tributo,
y vienes a dar el fruto
al pretendiente postrero.


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BELARDA:

  Ven acá. Si le desamas,
¿por qué siempre estás con él?

CORIDÓN:

Porque como tú le amas,
de ti gozaré por él
estas veces que le llamas.
  Lo que a ti te enamoró,
amor amar me forzó;
quiere bien hasta que mueras,
que basta que tú le quieras
para que le adore yo.
  ¡Oh, ingrata Belarda! Ponte
a querer un monte fiero,
y a darle el alma disponte;
que pues por un monte muero,
bien puedo querer a un monte.
  Pon en un monte tu amor,
tan inmoble a mi dolor,
y harás que le adore y quiera,
y ¡ojalá que un monte fuera,
y que no fuera un pastor!
  Mas dime, ¿dónde se fue?
¿Aquí no quedó contigo?

BELARDA:

Partióse, ¡ay triste!, y quedé
llorando, sin él, conmigo.

CORIDÓN:

Sin fe te sobra la fe.
  Dime, ¿por qué se partió?


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BELARDA:

Porque aquí me defendió
de un león, y fue tras él.

CORIDÓN:

¡León!

BELARDA:

Furioso y cruel,
que deste monte baj[ó].
  ¡Ay, Dios! ¿Si le ha de matar?

CORIDÓN:

Ten, Belarda: no me mates
con oirte lastimar;
que sangre te puedo dar
con que la suya rescates.
  Yo voy a hacer de manera
que viva, aunque si él muriera,
viviera yo; mas no es justo
que yo viva a tu disgusto,
y que tu gusto se muera.
  Sea de mi cuerpo triste
sepultura este león,
no de aquel a quien le diste
por vivo en el corazón,
después que muerto le viste.
  El goce de tus abrazos,
y a mí me haga pedazos,
que no es decente que muera
en los brazos de una fiera
el que mereció tus brazos.
(Vase.)


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BELARDA:

  ¡Qué bien se traza el engaño!
¡Hola, Jacinto!
(Salen JACINTO y DANTEO .)

JACINTO:

No puedo
dejar de sentir mi daño,
porque fue tan cierto el miedo
cuanto fue tu desengaño.
  ¿Qué te quiere este pastor?

BELARDA:

Quiere crecer tus amores.

JACINTO:

¿Qué importa que crezca amor,
si tengo para un favor
cuarenta competidores?
  ¿Enójante mis recelos?

BELARDA:

Y aún me regalan en parte.

JACINTO:

Si me los das, pedirélos:
celos pido antes de amarte.

BELARDA:

¿Son hijos de amor los celos?

JACINTO:

  Sus hijos dicen que son.

BELARDA:

Pues ¿cómo nacen sin padre?


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JACINTO:

No falta mucha afición,
que los cría como madre
al pecho de la razón.

BELARDA:

  ¡Bien a fe! Toma, Danteo,
tuerce esta guirnalda, en tanto
que hablamos de mi deseo;
teje aqueste laurel santo,
por quien suspiró Peneo,
  y con esta cinta le ata.

DANTEO:

Que me place.

JACINTO:

Y ¿para quién?

BELARDA:

Para el pastor que me mata.

JACINTO:

No, no sus hojas le den
a quien las vuelve de plata.
  Soy tan pobre, que permito
que la goce, y me la quito;
porque un pobre tanto pierde,
que este laurel, siempre verde,
ya le volverá marchito.
  Mal conservamos el bien;
que es nuestra ventura tal,
que cuando mucho nos den,
le convertimos en mal.


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DANTEO:

A Menalca siento.

JACINTO:

¿A quién?

DANTEO:

A Menalca.

JACINTO:

  Pues ¡sus! vamos.

BELARDA:

¿Y el verte?

JACINTO:

Luego podrás,
que en el desposorio estamos.

BELARDA:

Mil hermosuras verás.

JACINTO:

La tuya sólo esperamos.
(Vanse JACINTO y DANTEO .)
(Sale MENALCA .)

MENALCA:

  ¡Qué buena burla me has hecho!
Que en todo aqueste repecho
no hay león, ni sombra vi.

BELARDA:

Ahora se fue de aquí,
y casi me lleva el pecho.
¿Vístele?

MENALCA:

  No, por mi fe.


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BELARDA:

Pues aunque está en otro cabo,
en el pecho le guardé.
Ya sé que se me hace bravo;
pero yo le amansaré.

MENALCA:

  Basta, que burlas conmigo.

BELARDA:

Si burlo, será por él.

MENALCA:

Qué ¿vino?

BELARDA:

Vino, te digo,
y aun otro león con él,
que debe de ser su amigo.

MENALCA:

  No más burlas, mi Belarda.
Ponme el laurel, que me aguarda
Doristo a su fiesta y boda;
y ven conmigo, que en toda
otra mayor se te aguarda.

BELARDA:

  Toma, y mira qué te pones;
que a fe que te la tejió
uno de aquellos leones.

MENALCA:

Pues también lo seré yo
después que tú me corones.
(Vanse.)


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(Suena grita y baile de pastores, y salen DORISTO y AMARANTA , novios; PELORO , padrino; EREUSA madrina; DÓRIDA , pastora; ERGASTO , pastor.)
EREUSA:

  Mejor están en lo bajo,
y ordénese alguna fiesta,
que ya, si el baile os molesta,
descansaréis del trabajo,
y pasaremos la siesta.
  Doristo, ¿estás bien sentado?

DORISTO:

Júzgalo, pues tengo al lado
a mi dulce y cara esposa...

AMARANTA:

En merecerte dichosa.
(Salen JACINTO y DANTEO .)

JACINTO:

Ya llevo el color trocado.
  (Aparte a DANTEO .)
¿Cómo he de poder hablar?
Danteo, da el parabién.

DANTEO:

Muy enhorabuena estén
la prez de nuestro lugar
y la hermosura también.

DORISTO:

  ¡Oh, mi Danteo! En buen hora
vengas. Cabe mí te asienta.


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


JACINTO:

(A AMARANTA .)
Años que pierdan la cuenta
goces del bien que te adora.
Y tú te logres contenta.

AMARANTA:

  (Aparte.)
¡Ah, traidor! ¿Que aquí te vienes?

DORISTO:

Ea, deja los parabienes,
y siéntate cabe mí.

JACINTO:

(Aparte.)
¡Ay! Que adonde estás me vi,
y en el lugar que me tienes.

DORISTO:

  Ergasto, dale tu lado.

JACINTO:

Bien estoy aquí.

ERGASTO:

Bien puedes

JACINTO:

A ver mi muerte he llegado.
(Aparte.)
¡Oh, Ergasto, tantas mercedes!
(Aparte.)
¡Ay, falsa, que te has casado!


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salen CORIDÓN y MENALCA .)
CORIDÓN:

  Huélgome que fue mentira,
y de hallarte aquí.

MENALCA:

¡Oh, señores!
el cielo os dé mil favores.

ERGASTO:

Doristo, a Menalca mira.

DORISTO:

  ¡Oh Menalca, oh mayoral!
Aquí sentaros podréis,
aunque al humilde igualéis
vuestra valor sin igual.
(Sale BELARDA .)

BELARDA:

  No os quisiera perturbar
tan buena conversación;
mas la mucha obligación,
por fuerza me obliga a entrar.
  Gócense por muchos años.

AMARANTA:

¡Oh mi señora Belarda!
Este lugar os aguarda.
Perdonad los ricos paños,
  que es de campo el aparato.

BELARDA:

Y vos palacio lo hacéis.


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AMARANTA:

No cual vos lo merecéis,
que tenéis de reina el trato.

PADRINO:

  Cesen ya de cumplimientos.
Siéntate, niña, y callad.
¿No veis que la soledad
hace iguales los asientos?
Siéntate.

BELARDA:

  Ya estoy sentida...
Sentada quise decir.

JACINTO:

Si has de hablar como sentir,
errarás toda la vida.

PADRINO:

  ¡Buenos estamos, por Dios,
para jugar algún juego!

DORISTO:

Bien dices: juéguese luego.

MENALCA:

Alto: inventaldo los dos.
  Mas no ha de ser levantado;
por eso mirad cuál sea.

DANTEO:

Yo os diré. Demos librea,
como se suele, al soldado.

CORIDÓN:

Bien dice.


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DANTEO:

  Es de mucha ciencia.

ERGASTO:

Sí, pero, tiene primor;
y en errando la color,
que pague su penitencia.

MADRINA:

  A fe que es de regocijo;
bien le podemos jugar.

PADRINO:

Y no hay más que comenzar,
pues que mi mujer lo dijo.

CORIDÓN:

  Danteo tome la mano,
que suele ser el maestro.

DANTEO:

Acudís al menos diestro.

ERGASTO:

Siempre te excusas en vano.
  Comienza; que es tarde: acaba.

DANTEO:

¡Ea, pues! Este cayado
es, señores, el soldado,
que de vestirle excusaba.
  Coridón diga primero
su color.

CORIDÓN:

Pues yo le visto
de lo que nunca me visto.


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DANTEO:

Que te declares espero.

CORIDÓN:

  ¿Ya no sabes que es de verde
la esperanza que perdí,
que nunca me la vestí?

DÓRIDA:

Que se pierde, que se pierde.

DANTEO:

Calla, Dórida.

DÓRIDA:

  A fe mía.

MENALCA:

Bien es que todos calléis,
que tarde le vestiréis
hablando en filosofía.
O es verdad o es juego.

DANTEO:

  Basta.
Ereusa, ¿de qué le vistes?

EREUSA:

De negro, color de tristes.

DANTEO:

¿Tú, Dórida?

DÓRIDA:

Color casta.

DANTEO:

¿Tú, Doristo?


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DORISTO:

  Colorado,
que es señal de mi alegría.

DANTEO:

¿Tú, Amaranta?

AMARANTA:

De la mía.

DANTEO:

¿Cuál es la tuya?

AMARANTA:

Leonado.

DANTEO:

¿Tú, Jacinto?

JACINTO:

  Aunque mi vida
camina a puerto seguro,
le visto de verde oscuro,
que es esperanza perdida.

DANTEO:

¿Tú, Ergasto?

ERGASTO:

  La deslealtad,
por quien yo tan firme he sido,
turquesado le ha vestido,
color de mi lealtad.

DANTEO:

¿Y tú, Peloro?

PELORO:

  De oro,
que es la color que me agrada.


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DANTEO:

¿Y tú, Menalca?

MENALCA:

Encarnada,
de aquella cruel que adoro.

DANTEO:

  Eso es sangrarte en salud.
¿De qué lo vistes, Belarda?

BELARDA:

Yo le visto color parda.

DANTEO:

Es color de la virtud.
  Bien está así: comencemos.
¡Oh qué bien está vestido
este soldado polido!
¡Bravos colores tenemos!
  A fe que ha de ir muy galán
a la guerra que se ofrece.
¡Oh qué gallardo parece!
Todos mirándole van.
  Buena es la pluma leonada.

AMARANTA:

Leonada.

DANTEO:

Y el borceguí
no es malo, porque es turquí,
y tiene vuelta doblada.

ERGASTO:

Turquí.

DANTEO:

Tardóse.


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ERGASTO:

  No hice.

DANTEO:

Adelante. El buen soldado
lleva jubón encarnado,
porque lo negro desdice.
(Está MENALCA embebido mirando a BELARDA .)

EREUSA:

Negro.

DANTEO:

  Ya dije encarnado:
pague Menalca.

JACINTO:

Es ansí.

DANTEO:

¡Hola, Menalca está aquí!
¡Hola, hola, embelesado!
Tírale del brazo.

PADRINO:

  ¡Hola!

MENALCA:

¿Qué es eso? Encarnado.

DANTEO:

¡Bien!

BELARDA:

Su penitencia le den.

DANTEO:

Y tú la mereces sola.

MENALCA:

  Pues ¿ya no dije encarnado?


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DANTEO:

Anda, loco, embebecido.

MENALCA:

Alto: penitencia pido.

PADRINO:

Dénsela, que ha confesado.

DANTEO:

  Yo mando que aquel laurel
ponga a Jacinto, y que diga
que es más digna su fatiga
de coronarse con él.

MENALCA:

No mandes eso.

DANTEO:

  Perdona
y obedece.

MENALCA:

No es razón,
que es un laurel de un león,
que me puso una leona.

PADRINO:

  Si ha de ser, ¿qué te detienes?

MENALCA:

Porque dél indigno soy,
Jacinto, el laurel te doy:
corona tus dignas sienes.

JACINTO:

  Prosigue el juego adelante.

MENALCA:

Caro me cuesta la fiesta;
dura penitencia es ésta.


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BELARDA:

Y a tu pecado importante.

MENALCA:

  ¿Pecado llamas mirar?

BELARDA:

Sí, porque engendra deseo.

ERGASTO:

Prosigue el juego, Danteo;
que es esto nunca acabar.

DANTEO:

  ¡Pardiez, que él parte brioso
con el capotillo verde,
claro oscuro...

CORIDÓN:

Verde, verde.

DANTEO:

Y que el sombrero es vistoso
  con la pluma colorada...

DORISTO:

Colorada.

DANTEO:

Es alegría.
Y la blanca...

DÓRIDA:

Blanca.

DANTEO:

Es mía,
porque lo negro me agrada.

MADRINA:

Negro.


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DANTEO:

  Y la cinta de oro
es buena con la roseta.

ERGASTO:

No ha sido mala la treta.
Pague Peloro. ¡Ah, Peloro!

PADRINO:

¿Pues?...

MADRINA:

  Pague el señor padrino.

PADRINO:

¡Pardiez que me descuidé,
con los mozos que envié
por la harina al molino!

DANTEO:

  Esa disculpa no abona.
Mando, con su parecer,
que Ereusa, su mujer...

PADRINO:

¿Qué?

DANTEO:

Le haga una mamona.

PADRINO:

  Obedezco, aunque es mi daño.

DANTEO:

¿Quién la sella?

CORIDÓN:

¡Por Dios, yo!

PADRINO:

(Aparte.)
¡Qué papirote me dio!
¡Oh hi de puta, picaño!


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DANTEO:

  Adelante. Así que, digo
que el soldado lleva espada
con la guarnición dorada.

PADRINO:

¡Ofrézcole al enemigo!
  Dorada, sesenta veces.

DANTEO:

Y que va con tanto brío
a entrar en un desafío,
que se admiran los jüeces.
  Mueve la planta gallarda
con la caja al son gallardo,
con banda y gregüesco pardo...
¡Hola! ¿Qué digo, Belarda?
  ¡Aho! Tenemos otro bobo.

BELARDA:

¿Llámanme a mí?

MENALCA:

¡Bueno es eso!
¡Cielos, he perdido el seso!
(Aparte.)
Cogido os han con el robo.
(Aparte.)
¿Qué es esto? A Jacinto mira.

BELARDA:

Digo, señor, que perdí.

MENALCA:

¿Que no mirándome a mí,
tan largo espacio se admira?


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DANTEO:

  Yo le doy en penitencia
que a Jacinto, aquel pastor,
bese la mano.

MENALCA:

¡Oh rigor
de inadvertida sentencia!

BELARDA:

  ¿No ves que eso no es decente?

PADRINO:

En el juego sí. Callad.

BELARDA:

Alto, pues: si es libertad,
a vuestra cuenta se asiente.

JACINTO:

  Toma mi rústica mano,
baja tu cielo a mi suelo,
o mi suelo suba al cielo
de tu cielo soberano.
(En dándole la mano, se pone AMARANTA el lienzo en los ojos.)
  ¡Ay, Dios! No me abrases tanto.
Hasme muerto, hasme encendido,
pues cual Icaro atrevido,
caigo en el mar de mi llanto.
  Cuando mi cuerpo mortal
se vuelva en ceniza poca,
este lugar de tu boca
quedará siempre inmortal;
  que del tiempo los agravios
no pueden hacerle guerra,
pues no ha de volverse tierra
lo que fue cielo en tus labios.


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MENALCA:

  (Aparte.)
¿Qué es esto, cielo cruel?
¿Qué es esto, cielo inhumano?
¡Belarda besa su mano,
y yo le doy mi laurel!
  Ya no lo puedo sufrir.
Adiós, señores, que tengo
mucho que hacer; luego vengo,
luego.
Si vuelvo a vivir.
(Vase.)

PADRINO:

  ¿Por qué Menalca se va?
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Debe de tener qué hacer.v
{{Pt|DANTEO:|
¿Al juego no hay que volver?v
{{Pt|DÓRIDA:|
No vuelvas, que cansas ya.
  Amaranta, ¿por qué lloras?v

AMARANTA:

No lloro.

DÓRIDA:

Pues ¿qué es aquesto?
¿Como ese lienzo te has puesto
para eclipsar mis auroras?
  Pase de presto el nublado;
salga el sol, muéstrese el día.


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AMARANTA:

Ciega estoy.

DÓRIDA:

Bien quedaría,
de vuestra luz eclipsado.
  ¿Quién os pudo dar enojos?

AMARANTA:

Belarda, cuando pasó,
con su ropa me cegó.

BELARDA:

Cegaran antes mis ojos.
  ¿Fue cuando pedí la mano?

AMARANTA:

Cuando la mano pediste.
bien al descuido lo hiciste;
pero matóme su mano.
  Y sólo os puedo decir,
que del dolor es lo menos;
que el tener mis ojos buenos
estuvo en no la pedir.

DANTEO:

(Aparte a él.)
Jacinto, ¿entiendes los celos?

BELARDA:

¡Que no hay fiesta sin azar!

DÓRIDA:

(A AMARANTA .)
¿Que te han venido a cegar
de pura envidia los cielos?
  ¿Que ansí tus ojos maltratan?
¿Que ansí tus ojos ofenden?
Prenda amor, pues ya no prenden;
mate amor, pues ya no matan.


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MADRINA:

  ¡Qué! Presto se pasará
ese dolor que la escuece.

DÓRIDA:

¿Y tan presto te parece
para quien se muere ya?
(Suena grita que viene un toro; vanse las pastoras, y juegan los pastores con él, y derriba al PADRINO , que ha de estar vestido de botarga.)

MADRINA:

  ¡Ay, triste! ¡Y qué gran rüido!
¿Si es el toro?

CORIDÓN:

El mismo es.

PADRINO:

Guárdenle para después
si está cansado y corrido.

CORIDÓN:

Ya es tarde; él viene.

DÓRIDA:

  Amaranta,
huye por esa emboscada.

AMARANTA:

¡Ay, pobre!

MADRINA:

¡Ay, triste!

DÓRIDA:

¡Ay, cuitada!
Vaya en tus pies, Atalanta.


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El verdadero amante Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Sale el toro.)
CORIDÓN:

  Avive, señor Peloro.

PADRINO:

¡Ah, hosquillo, vente a mí!

ERGASTO:

Venga acá, súbase aquí.

PADRINO:

¡Vente a mí, torejo, toro!

CORIDÓN:

  ¿Mas que coge al viejecito?

ERGASTO:

Ya le cogió.

PADRINO:

¡Que me muero!
¡Ay, que me rompe el braguero!
No me le rompas, torito.


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Acto II
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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen MENALCA y CORIDÓN .
CORIDÓN:

  ¿Por eso, Menalca, sólo
te fatigas y entristeces,
si tú sólo en nuestro polo
tan divino resplandeces
como en los suyos Apolo?
  ¿Un villano te maltrata?
¿Un pastorcillo te mata?
¿Celos las prendas te dan,
cuya vida te darán
por lo que pesa de plata?
  Cobra el amor que te quita
del temor que te acobarda:
¿es bien que se le permita
tal liviandad a Belarda,
si a Jacinto solicita?
  Yo sé que por él padece;
yo sé bien que te aborrece.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

Calla en mal hora, pastor;
que la enfermedad de amor
con el desengaño crece.
  Yo vengo desengañado
desde aquel maldito juego,
donde jugué de picado
tanto resto de mi fuego,
que estoy, de perdido, helado.
  Quiso amor que me picase
y mis prendas empeñase;
comencé por mi laurel...
¡Mal fuego se prenda en él,
que las entrañas le abrase!
  Su frente fingida y doble
coroné del ramo noble
que fue digno de la mía,
la que apenas merecía
enebro, acebuche o roble.
  ¡Ay, triste! Que el seso pierdo
cuando de aquel sueño vano
para la muerte recuerdo,
y cuando de aquella mano,
de aquella mano me acuerdo.
  Por la mano le gané;
pues que primero la amé;
mas, ¡triste!, ¿qué me sirvió?


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

Que la mano me ganó
borrando el punto a mi fe.
  ¿Viste que le dio la mano,
y que ella le dio su boca?
Luego, según esto, es llano
que él ganó el bien que le toca,
y que yo la adoro en vano.
  ¡Oh, condición de mujer,
tan enseñada a jugar!
Fortuna te has de llamar,
pues gana el que ha de perder,
y pierde el que ha de ganar.
  ¡Ay, Dios! ¡Qué mal te aconsejas,
si ya de mi bien te alejas,
olvidada de mis obras!
¿No ves el dueño que cobras
por el esclavo que dejas?

CORIDÓN:

  Calla, mayoral. ¿Qué es esto?
¿Ansí desmayar te agrada?
¡Venganza, venganza presto!

MENALCA:

A mi pasión obstinada,
cualquier consejo es molesto.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CORIDÓN:

  Pues ¿cómo tendrás paciencia
para ver en tu presencia
que un hombre tan desigual
trate tus cosas tan mal
como si fuera en ausencia?
  ¿Qué aguardas desta liviana,
movida de un loco antojo?
Si sufres de buena gana
que hoy te haga aqueste enojo,
¿qué esperas que hará mañana?
  Si hoy, inadvertida y loca,
con su hermosa boca toca
la mano de aquel villano,
mañana hará que su mano
o su pie pise su boca.
  Mira que pierdes honor
consintiendo tal bajeza.

MENALCA:

Aquel tiene mucho amor
que no sale de nobleza
cuando le tienta el rigor.
  Si a Jacinto doy la muerte,
¿qué negocio desta suerte,
pues lo que adora le quito?


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CORIDÓN:

Considerar te permito,
mas no con rigor tan fuerte.
  Mira: por cien cosas puedes
animarte a esta hazaña
para que contento quedes;
y si atención me concedes,
verás que el amor te engaña.
  Muerto Jacinto, es muy cierto
que ha de ser aborrecido,
porque si un vivo está incierto
de que es presente querido,
¿qué puede esperar un muerto?

MENALCA:

  Verdad, mas el sentimiento
dura mucho.

CORIDÓN:

Ni un momento;
que el bien que se pierde junto,
sólo dura hasta aquel punto
que es cierto su perdimiento.
  Y esto es fácil de entender
mirando el fácil sujeto
del pecho de una mujer,
que es pocas veces perfeto,
y nunca en el buen querer.
  Y fuera desto, es mejor
para que entienda tu amor;
pues si a matarle te animas,
verá lo mucho que estimas
su desdén y tu favor.
  Y al fin no puedes dejar
de matarle en tiempo alguno;
y baste, para acabar,
que no ha de gozar ninguno
lo que no puedes gozar.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

  Basta. No sé, te prometo,
qué furia, si no es Aleto,
se me reviste en el pecho.
Yo estoy de ti satisfecho;
sólo te encargo el secreto.
  Aquí te puedes quedar;
que hoy le tengo de acabar.
Hoy no se ha de ver con vida:
tanto puede la homicida
que me ha enseñado a matar.
  Voy a buscar ocasión
para ejecutar mi intento.

CORIDÓN:

 (Vase.)
Sus alas te ponga el viento
a los pies, y al corazón
su fuego el cuarto elemento.
  Ya desde hoy más, en el mío
salga el fuego al hielo frío
que en lágrimas se resuelve,
pues hoy tan aprisa vuelve
atrás su corriente el río.
  Fortuna, hoy vuelves atrás,
pues en la mano me das
el bien que mi alma quiere;
si aqueste Jacinto muere,
no puedo pedirte más.
  Que si Menalca le mata,
mientras el perdón se trata,
por fuerza se ha de ausentar;
y yo me vengo a quedar
solo con aquesta ingrata.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale ERGASTO .)
ERGASTO:

  Fatigado me ha la cuesta;
pero ya he llegado al valle:
plega a Júpiter que halle
de todo buena respuesta.
  ¿Es Coridón? Es sin duda.

CORIDÓN:

¡Oh, Ergasto! Seas bien venido.
¿Donde?...

ERGASTO:

Donde me ha traído
aquel que todo lo muda.

CORIDÓN:

  ¿Por qué has dejado tu aldea?
¿Cómo quedan los casados?

ERGASTO:

¡Ah, Coridón! Mal logrados
no hay bien que seguro sea.
  Ya sabes cómo Doristo
llevó a vivir a su hacienda
su esposa, su amada prenda.

CORIDÓN:

Toda la mudanza he visto,
  y supe cómo te fuiste
con el padre de Amaranta.

ERGASTO:

Oye, que desdicha tanta
jamás de tus ojos viste.
  Murió el pastor de improviso.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CORIDÓN:

¿Doristo es muerto?

ERGASTO:

Sí, muerto.

CORIDÓN:

¿Es cierto, Ergasto?

ERGASTO:

Muy cierto.
Llegó su punto preciso.

CORIDÓN:

Voyme, Ergasto.

ERGASTO:

  ¿Adónde vas?

CORIDÓN:

Allá lo voy a decir.

ERGASTO:

Albricias podrás pedir
de las nuevas que les das.
  ¿Quién se huelga de su muerte?

CORIDÓN:

No te importa; queda adiós.
(Vase.)

ERGASTO:

¿Quién os las pidiera a vos
si se trocara la suerte?
  Algún pretendiente amigo
habrá que albricias le dé.
¡Oh falsa, fingida fe.
digna de eterno castigo!
  Con razón llamo fingida
el alma de engaños llena,
que pone en la muerte ajena
la esperanza de su vida.


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(Salen BELARDA y JACINTO .)
BELARDA:

  ¿Qué tan de veras me quieres?

JACINTO:

Que tan de veras te quiero,
que en ti vivo y por ti muero.

BELARDA:

¿Que por mí vives y mueres?
  Pues yo... Mas oye, que veo
gente.

JACINTO:

¡Hola, Ergasto!

ERGASTO:

¿Quién es?
Guárdeos el cielo, y después
remedie vuestro deseo,
  aunque mejor acabado
que el de Doristo.

JACINTO:

¿Mejor?
Nunca me ponga el amor
en más venturoso estado
  con las prendas que más quiera.

ERGASTO:

Mejor tengáis la ventura,
pues que ya en la sepultura
reposa.

BELARDA:

¿De qué manera?


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ERGASTO:

  Murió Doristo otro día
de su boda desdichada.

BELARDA:

¿Es burla?

ERGASTO:

Fuera pesada.
Murió en la presencia mía;
  en estos brazos pagó
lo que a la muerte se debe.

JACINTO:

¿De qué enfermedad tan breve?

ERGASTO:

De un desmayo que le dio.

BELARDA:

  ¡Brava desgracia, por cierto,
que me llega al corazón!

ERGASTO:

El mío con más razón
tiene rasgado y abierto;
  que amaba a mi mayoral.

JACINTO:

De suspenso, apenas puedo
decir que sin alma quedo
con el temor de su mal.
  ¿Siéntelo mucho Amaranta?

BELARDA:

¿Impórtate el sentimiento?

JACINTO:

Será justo su tormento,
pues es su desdicha tanta.


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ERGASTO:

  No lo siente como debe,
porque casó a su disgusto;
pero hace lo que es justo
y lo que a su honra debe:
  de su pena soy testigo.

JACINTO:

Siempre se debe a la muerte
el llanto de cualquier suerte,
aunque muera un enemigo;
  porque allí nos acordamos
que nos falta aquella pena,
y llorando por la ajena,
por nuestra muerte lloramos.

BELARDA:

  Bien sabes disimular.
Dime, Ergasto, ¿qué ha de hacer
la viuda?

ERGASTO:

Quiere volver,
Belarda, a nuestro lugar;
  que no quiere estar allí
donde su esposo murió;
y a la casa que dejó,
me envía su padre a mí,
  porque ya con ella viene,
y quiere que la prevenga.
Voyme, pues, antes que venga,
a ver el orden que tiene;
  que habrá menester miralla.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

Ve con Dios.

ERGASTO:

Con los dos quede.
(Vase.)

JACINTO:

Por Dios, Belarda, que puede
con su marido enterralla.
  ¿Qué piensa el padre hacer della?

BELARDA:

¿Qué la entierre?

JACINTO:

Ansí lo digo.

BELARDA:

No; mas casarla contigo,
para enterrarte con ella.

JACINTO:

  Antes en tierra extranjera
tenga incierta sepultura,
y a manos de mi locura
en vuestra desgracia muera,
  sin que aun en tiempos después
mi cuerpo entierre la tierra
que tanta ventura encierra,
pisándola vuestros pies.
  ¿Estáis burlando conmigo,
o merezco vuestros celos?


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BELARDA:

Saben, Jacinto, los cielos
si estoy burlando contigo.
  ¡Oh, traidor! ¿Piensas que ignoro
que has adorado a Amaranta
con fe tan injusta y tanta
como yo la tuya adoro,
  y que por verla casada
viniste a quererme a mí,
para que tu alma ansí
se entretuviese engañada?
  Bien a costa de mi fama
diré que de ti lo he sido:
¿tan buena te he parecido
para falta de tu dama?
  Eres hombre, haces tu oficio;
y el bien que perdiste allí,
quisieras ganallo en mí;
que es su ordinario ejercicio.
  Al fin me engañaste, injusto;
que eres tan diestro en el arte,
que me has obligado a amarte
más de lo que fuera justo.
  Cantabas como sirena,
y estabas deshecho en llanto;
¿cómo, si penabas tanto,
disimulabas tu pena?
  A fe que finges muy bien;
que grande amor me has mostrado;
mas estabas enseñado:
pocas gracias se te den.
  Anda, búrlate de mí.
Vete y cásate con ella;
que para vengarme della,
basta conocerte a ti.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

  ¿Adónde vas? Ten la planta.
¿Qué resolución es ésta?

BELARDA:

Anda, ve por la respuesta
a tu mujer Amaranta.
  ¿Quires que a voces me queje?
Déjame.

JACINTO:

No he de dejarte,
que ni la muerte no es parte
para que el alma te deje.
¡Ah, gloria mía!

BELARDA:

  ¿Qué dices?
¿Yo tu gloria?

JACINTO:

Y tú mi pena.

BELARDA:

No más, fingida sirena;
advierte que te desdices,
  vuelve a tu centro, camina.

JACINTO:

Pues ¿cómo, si tú te vas?

BELARDA:

¿Piensas acaso que estás
con tu Amaranta divina?
  ¡Oh, falso! Dios te haga mal.
Déjame; que te aborrezco.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

¿Es posible que merezco
que puedas decirme tal?

BELARDA:

  Mira, imagina en el viento
los animales más graves,
y dentro en el mar las aves,
y helado el cuarto elemento,
  primero que verme un punto
asistir a tu presencia.

JACINTO:

Ese que tenga de ausencia,
basta a dejarme difunto.
  Tuvo soy, muero por ti.
¿Dónde vas, señora mía?

BELARDA:

No me voy, que no podría;
cruel, si te llevo en mí.
  ¿Posible es que has de dejarme?
¿Posible es que has de casarte?
¿Posible es que has de trocarte?
¿Posible es que has de olvidarme?
  Jacinto, vesme a tus pies.
Mátame, será mejor;
No aguardes, falso traidor,
que yo me mate después.
  ¿Por qué quieres que te vea
de ajeno dueño en los brazos?


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

Antes los haga pedazos
quien la muerte me desea.
  Alza, señora, del suelo,
y no des causa a la tierra
que mueva a Júpiter guerra
viendo tan humilde al cielo.
  Si es verdad que pude amar,
aunque no te lo confieso,
como no fue amor de peso,
púdolo el viento llevar.
  Era de un árbol mi amor;
Amaranta para sí
cortó una imagen de mí,
tosca y de poco primor.
  Llegué a tu mano divina,
y artífice sin igual,
perfeccionas, de metal,
en mi labor peregrina.
  Sola te adoro, Belarda;
la mano en prendas te doy
para ser tuyo.

BELARDA:

Yo soy...
Gente viene: un poco aguarda.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen GLICERIO y AMARANTA , y un criado suyo.)
GLICERIO:

  Alabo mucho que de aquesta suerte
lleves con discreción, hija Amaranta,
de tu marido la temprana muerte.
  Aquí podrás, pues tu desdicha es tanta,
pasar mejor la pena que te aguarda,
de verle sin razón cortada planta.

AMARANTA:

  Para todo me aflige y me acobarda
mi enemiga fortuna; en todo muero.

JACINTO:

(Aparte a BELARDA .)
Salgámosle al encuentro, mi Belarda.

BELARDA:

  Mejor es que te escondas, que no quiero.
Que aquí nos hallen juntos.

JACINTO:

Pues tú llega;
que yo me escondo.

BELARDA:

Escóndete primero.
(Escóndese JACINTO .)
  Puesto, Glicerio, que el dolor me niega
poderte dar el pésame debido,
el alma diga lo que al alma llega.
  Seas después de aquesto bien venido
con mi pastora mal lograda.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


AMARANTA:

¡Oh, amiga!
¡Cuánto mejor no verte hubiera sido!

GLICERIO:

  ¡Oh, Belarda gentil! Siempre bendiga
tus verdes años el piadoso cielo.

BELARDA:

Y en parte alivie tu mortal fatiga.

GLICERIO:

  De su parte me viene tu consuelo.
Huélgome que mi hija te haya visto,
que no tiene sin ti prenda en el suelo.
  Ya tú sabes la muerte de Doristo;
pero porque mi hija te la cuente.
y yo tan mal sus lágrimas resisto,
  a ver me voy en tanto si mi gente
mi casa me adereza.

BELARDA:

Ve en buen hora.
Siéntate aquí.
(Vase GLICERIO .)

AMARANTA:

No mandes que me asiente.

BELARDA:

Sí, por tu vida.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

  ¡Oh, sabia engañadora!
¡De qué manera quiere verle el alma,
por ver si está en la suya la que adora!
  Nueva imaginación me pone en calma.
Juntos agora están mis dos sujetos:
¿a cuál de entrambos le daré la palma?
  Mas ¿quién podrá juzgarlos más perfetos
que yo, en mi propio pecho conociendo
la causa que es mejor, por los efetos,
  pues el que amaba estoy aborreciendo,
y adoro aquel que cuando a mi memoria
llegó, aunque tarde, me dejó muriendo?
Luego del vencedor es la victoria.
(Entretanto que JACINTO está diciendo esto, están hablando solas quedo.)

BELARDA:

  ¿Que desa suerte murió?

AMARANTA:

Murió, amiga, desta suerte.

BELARDA:

Tan poco sientes su muerte,
que harto más la siento yo,
  pues a llorar me provoco
y tú estás de pasatiempo.

AMARANTA:

Conocíle poco tiempo,
y ansí el sentimiento es poco.
  Igualo al tiempo el dolor,
y esto no es de pecho ingrato;
que a nosotras sólo el trato
nos obliga a mucho amor.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BELARDA:

  También queremos sin él,
mas no es esa la ocasión,
que tenemos condición
más piadosa que cruel.
  Y si tú, amiga, no amaras,
como sospecho, otro dueño,
no como burlas de sueño
su muerte cruel pasaras.
  Di la verdad: ¿quieres bien?

AMARANTA:

La verdad te he decir:
quiero bien hasta morir.

BELARDA:

Pues confiesas, dime a quién.

AMARANTA:

  ¿A quién, preguntas? No sé,
Belarda, si te lo diga.
Pero al fin eres mi amiga:
a Jacinto di mi fe.

BELARDA:

¡Ay, desdichada de mí!

AMARANTA:

¿Qué tienes?

BELARDA:

¡Oh, mi pastora!
He echado menos agora
una prenda que perdí.
  Mas di adelante tu cuento,
y dime: ¿querida fuiste?


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


AMARANTA:

Fuílo un tiempo; más ¡ay, triste,
que su fe se llevó el viento!

BELARDA:

  Ya la prenda pareció.

AMARANTA:

¿Qué era, Belarda?

BELARDA:

¡Este anillo!
De hallarle me maravillo,
y entre las dos se perdió.

JACINTO:

  (Aparte.)
No ha estado malo el engaño.

BELARDA:

Al fin, ¿qué piensas hacer?

AMARANTA:

Porfiar siempre, hasta ver
del todo mi desengaño.

JACINTO:

(Aparte.)
¿Mas que se pierde otra prenda?

BELARDA:

Y aun querrás con él casarte.

AMARANTA:

Sólo eso es, Belarda, parte
a que yo deje mi hacienda.
  Y si la verdad te digo,
vengo a tratarlo con él.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BELARDA:

¡Ay, qué dolor tan cruel!
Yo muero; tenme contigo.

AMARANTA:

  ¡Ay, Dios! ¿Qué nueva ocasión...
¡Qué color tan amarillo!

JACINTO:

¿Mas que tengo yo el anillo
del dedo del corazón?

AMARANTA:

  ¡Triste! ¿Qué tengo de hacer?

JACINTO:

Ahora bien, quiero llegar,
que no sufre el alma estar
adonde la pueda ver.
  ¿Qué es esto, hermosa pastora?
¿Soy yo menester también?

AMARANTA:

¡Oh, mi Jacinto! ¡Oh, mi bien!

JACINTO:

No me faltaba otra cosa.
  Dejemos eso, y tratemos
de saber desta pastora...

AMARANTA:

¿Qué ven mis ojos agora,
día en que libres nos vemos?

JACINTO:

  ¿No te digo que me digas
qué mal es éste que veo?


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AMARANTA:

Ya te digo mi deseo,
que es el mal de mis fatigas.
  ¡Traidor! ¿Ansí me recibes?

JACINTO:

¡Hola, Belarda! ¡Ah, mi gloria!
¡Digo, digo! ¿Sin memoria?

AMARANTA:

Tarde, cruel, te apercibes.
  Declarada es tu pasión,
y mi muerte declarada.

JACINTO:

Estarás desengañada
que los sueños sueños son.
  ¿Cómo le daré remedio?

AMARANTA:

Parte a esa fuente, traidor,
por agua.

JACINTO:

Busca mejor
o más conveniente medio.

AMARANTA:

  ¿Agua no podrás traella?

JACINTO:

Deso de traer no trates:
porque en tanto no la mates,
tiemblo de apartarme della.

AMARANTA:

  ¿Tal maldad decir osaste?


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

Agua no la he de traer;
si con agua ha de volver,
yo lloraré la que baste.
  Aunque tú le has dado enojos,
veré en aquesta ocasión
si se cura el corazón
con lágrimas de los ojos.

AMARANTA:

  ¿Cómo, estando yo delante,
pasa tan grande maldad?
¿Cuál hombre trata verdad?
¿Cuál es verdadero amante?
  ¿Qué ejemplo de ingratitud
como éste ha visto mujer?
Aprended a bien querer,
que os importa la salud.

JACINTO:

  Ah, mi señora; ah, mi prenda;
ah, mi dulce bien! Recuerda.

AMARANTA:

El seso quiere que pierda,
y que la venganza emprenda.
¡Ah, falso!

BELARDA:

  Gran mal me dio,
cierto que he estado sin mí.

AMARANTA:

Y aun alguno que está aquí.

JACINTO:

Ese, sin falta, soy yo,
  que me precio de adoraros.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BELARDA:

¡Oh, Jacinto! ¿Aquí estuviste?

JACINTO:

Y tal, que mi llanto triste
fue parte a resucitaros.

BELARDA:

Dios te lo pague.

JACINTO:

  ¿Dó vas?

BELARDA:

A mi casa, que voy muerta.

JACINTO:

Iré contigo.

BELARDA:

Estoy cierta
que mejor te quedarás.
  Excusemos cumplimientos.

JACINTO:

Iré, sin falta, contigo.

BELARDA:

No irás, si puedo, conmigo.

JACINTO:

Aunque vayas por los vientos.
  Belarda, qué, ¿huyes de mí?
(Vanse los dos.)


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AMARANTA:

¿Hay mal que como éste sea?
¿Hay piedra que sufra y vea
tanto mal como yo vi?
  ¡Ay, desdichada! ¿Qué haré?
Celos y rabia mortal,
¿Daré voces con mi mal,
o con mi mal callaré?
  ¡Ay, fe de viento, en arena
firmada, y con agua escrita!
¡Pecho que el alma me quita,
por dar lugar a la ajena!
(Sale ERGASTO .)

AMARANTA:

¿Adónde vas?

ERGASTO:

  Por ti vengo.

AMARANTA:

¿Adónde vas? Di, traidor.

ERGASTO:

¡Yo traidor!

AMARANTA:

Téngote amor:
qué, ¿te vas porque te tengo?

ERGASTO:

  ¡Qué extremos hace de loca!
¿Qué diablo tiene?

AMARANTA:

¡Oh, qué bien!
¿Acá bienes tú también?
Pues mira, calla la boca,
  y no digas que me voy,
a mi padre, cuando venga.


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ERGASTO:

Tendréte... El diablo te tenga.

AMARANTA:

¿Sabes quién soy?

ERGASTO:

¿Quién?

AMARANTA:

¿Quién soy?
  Soy el elemento quinto:
por eso a mi padre di
que hasta los cielos me fui
a casarme con Jacinto.
(Vase.)

ERGASTO:

  ¡Oh, pesia a quien me vistió!
Por aquí han andado celos,
que deben de ser los pelos
del perro que la mordió.
  Ella va tras sus cuidados,
y detenella quisiera,
pero temí que me diera
cuatro palos muy bien dados.
  Bien estuviera casada
con Jacinto, aunque no es tarde.


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(Salen GLICERIO y FELICIO , padre de JACINTO .)
FELICIO:

Venid, ansí Dios os guarde,
Glicerio, a nuestra posada;
  que para todos habrá.

GLICERIO:

Téngolo a gran beneficio.
A la mía iré, Felicio,
que desocupada está.
  ¿Qué haces tú solo aquí?
¿Dónde está Amaranta? ¿Dónde?
¿Por qué te encoges? Responde.

ERGASTO:

Agora se fue... ¡Ay de mí,
  que no sé cómo te diga
de la manera que fue!

GLICERIO:

¿Cómo que se fue?

ERGASTO:

No sé...
Tanto el dolor me fatiga...
  Que hay grande mal encubierto,
y si licencia me das,
el principio y fin sabrás.

GLICERIO:

Dilo; que me tienes muerto.


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ERGASTO:

  Criáronse en este valle
Amaranta con Jacinto,
vuestros hijos regalados,
desde pequeñuelos niños.
Fue el amor con la ignorancia
mezclando su fuego vivo;
quisiéronse largo tiempo
de amor casto y primitivo,
casó Glicerio a Amaranta,
como sabéis, con Doristo,
tan a su disgusto della,
que aun muerto piensa que es vivo.
Ahora, que libre está,
debe de amar a Jacinto,
y sospecho que de celos
lleva perdido el jüicio,
porque va dando mil voces
por esos ásperos riscos.
Poned, señor el remedio,
que está en manos de Felicio
sosegaréis su furor
si se le dais por marido;
que es mujer y tiene celos,
y hará cualquier desatino.

GLICERIO:

  ¡Oh, cielos poderosos! ¿Qué es aquesto?
¿Tan gran castigo me tenéis guardado?
¡Oh, mala hija! Adiós, señor Felicio,
que me parto a buscarla, y os prometo
de no volver sin su cabeza infame.


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FELICIO:

Teneos, ¿Adónde vais? Paso, Glicerio,
que siendo ese traidor el instrumento,
me importa refrenaros, como padre,
cuando no me bastara el ser amigo.
¿No veis que vos también habéis pasado
por esta edad, y que pasamos todos?
¿De qué os maravilláis? Mejor sería
poner al caso el conveniente medio,
que no aguardar a publicar el caso.

GLICERIO:

¿Qué remedio queréis? ¡Oh, viejo triste!
¡Oh, mala hija, afrenta de mis canas!

FELICIO:

Dejadme vos coger el rapacito,
que yo le haré que pueda ser ejemplo.
No más. Vamos, Glicerio, a lo que importa.

GLICERIO:

¿Qué me puede importar sino casallos?

FELICIO:

Pues ¿para qué tenéis la boca llena?
¿Quisiérades que yo me convidara?
Porque tan rico sois y yo tan pobre...

GLICERIO:

No, amigo, que conozco la nobleza
y el valor de ese pecho. Al fin te pido
me des tu hijo.

FELICIO:

Yo te lo concedo,
y a fe que has de llevarle castigado.


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GLICERIO:

Pues vámosle a buscar.

FELICIO:

Vamos, y Ergasto
se quede por aquí, por si vinieren.
(Vanse.)

ERGASTO:

¡Buena va la vejez con tanta flema
tras la sangre colérica encendida,
que corre ardiendo por los verdes años!
De ayer viuda, tratan de casarla.
Pero querrán tratarlo solamente.
Quiero disimular, que viene gente.
(Salen MENALCA y CORIDÓN .)

CORIDÓN:

  ¿Que no te ha sido posible
hallar, Menalca, ocasión?

MENALCA:

Tales mis desdichas son,
y su remedio imposible.
  Mas dame tú que le vea
en parte un poco segura,
que no ha de haber desventura
que como la suya sea.
  Aunque ver muerto a Doristo
me ha dado claro a entender
que a Amaranta ha de volver.

CORIDÓN:

Poco de su pecho has visto;
  que la tiene aborrecida.


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MENALCA:

¡Ah, buen Ergasto! ¿Aquí estabas?

ERGASTO:

¡Oh, Menalca!

MENALCA:

¿Qué buscabas?

ERGASTO:

Una celosa perdida,
  que se va tras sus antojos.

MENALCA:

¿Es Amaranta?

ERGASTO:

Ella es,
que lleva en ajenos pies
la misma luz de sus ojos.

MENALCA:

¿A quién sigue?

ERGASTO:

  A quien la deja.

CORIDÓN:

¿Quién es?

ERGASTO:

Jacinto.
(A MENALCA .)

CORIDÓN:

¿No entiendes
lo que dice?

MENALCA:

Su fe ofendes;
antes Jacinto se queja,
  o a lo menos se quejó,
de que se hubiese casado.


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ERGASTO:

Vives, Menalca, engañado;
puedo asegurarte yo
  que en este punto Felicio
y Glicerio pretendían
casarlos, porque temían
que ella perdiese el jüicio.

CORIDÓN:

  En nuevo engaño te fundas.
¡Apenas Doristo es muerto,
cuando ya tienes por cierto
que tratan bodas segundas!

ERGASTO:

  Esto es, sin falta: yo voy
con nuevas de la victoria.
(Vase.)

MENALCA:

Ve con Dios. Ya trueca en gloria
amor la pena en que estoy.
  Coridón, ¿qué dices desto?

CORIDÓN:

Que tu celoso tormento
asegura el casamiento
entre los viejos propuesto.
  Casado Jacinto, quedas
en la antigua posesión.


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MENALCA:

Haz cuenta en esa ocasión
que toda mi hacienda heredas,
  Coridón. Si me confiesas
que son ciertas estas bodas,
pazcan tus ovejas todas
la yerba de mis dehesas.
  Colma de mis limpias eras
tus trojes del rojo trigo,
y tenme por tan amigo,
que para todo me quieras.
  Toma, toma a manos llenas
el fruto de mis ganados,
la fruta de mis cercados
y la miel de mis colmenas,
  que a mí, Belarda me sobra.

CORIDÓN:

Y a mí, mejor que tu hacienda,
porque es del alma una prenda
que por ninguna se cobra.
  ¡Qué poco amor te enloquece!
Porque el enfermo amador
conoce el ajeno amor
por el mismo que padece.
(Sale JACINTO huyendo, y FELICIO tras él con un cayado.)

FELICIO:

  ¿Ansí, traidor, infamia de los hombres,
tal libertad me respondéis tan presto?

JACINTO:

Padre y señor...


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FELICIO:

No quiero que me nombres.

MENALCA:

  Paso, señor Felicio. ¿Qué es aquesto?
¡Con vuestro hijo tan injusto enojo!

FELICIO:

¿Injusto le llamáis? Santo y honesto.
  ¿Pensáis que porque tengo sólo un ojo,
que no sabré sacarle si me ofende?

JACINTO:

Y yo también, si con razón me enojo.

FELICIO:

  ¿Es posible que el mundo te defiende?
¿Que te consiente el cielo?

MENALCA:

Poco a poco.
¿Queréis herille?

JACINTO:

Y aun matarme entiende

CORIDÓN:

¿Por qué le maltratáis?

FELICIO:

  Porque es un loco,
desvanecido, inobediente, y tiene
mi mandamiento paternal en poco.
  Sabe el falso, traidor que me conviene
callase a mi contento, y descansado
ver que la muerte a mis espaldas viene;
  y con saber que estaba lastimado
por la propia mujer que quiero dalle,
que fue de aquel Doristo mal logrado,
  responde que no tiene aqueste valle
pastora que aborrezca en tanto extremo,
y pone falta en su gallardo talle.


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JACINTO:

  Gallardo dice... Respondelle temo,
que yo le hiciera conocer su engaño.

FELICIO:

Calla, intratable bárbaro, blasfemo,
  que yo te hiciera conocer tu daño
a no valerte la acogida tanto.

MENALCA:

Por Dios, Jacinto, que te juzgo extraño,
  y que de tu propósito me espanto:
que si por tu Amaranta tantas veces
movió las selvas tu piadoso llanto,
  no sé por qué razones la aborreces,
cuando a tus esperanzas el efeto
más deseado con el alma ofreces.
Juzguéte siempre por pastor discreto,
  y pues lo eres, dime ¿en qué te fundas?

JACINTO:

En otras esperanzas, te prometo.

MENALCA:

Pues cuando con razones me confundas,
  confesaré tu ingenio y mi ignorancia.

JACINTO:

Muchas dijera; pero son profundas.
No quiero presumir con arrogancia
  de argumentar contigo; mas advierte
lo que es en mis negocios de importancia.
¿Puede llamarse con razón la muerte
  más fiera suerte que la vida larga
del que en casarse tuvo mala suerte?
¿Iguala del infierno pena amarga,
  ni de los varios elementos guerra,
del mal casado a la penosa carga?
¡Si no lo niegas, mira cuánto yerra
  quien me quiero casar con mi enemigo!


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CORIDÓN:

¡Ved las mudanzas que el amor encierra!
Agora para siempre, agora digo
  que es mudable el humano pensamiento.

MENALCA:

De que la has adorado soy testigo.

FELICIO:

Pues mira, con solemne juramento,
  por la sagrada Juno, te prometo
que si enaquesto no me das contento,
que no has de estar en público o secreto
  un punto más en nuestro valle; mira
que a tal estado te verás sujeto.

JACINTO:

Pasaránse las furias de tu ira,
  y tú verás que no es razón casarme,
y que lo que te dicen es mentira;
verás que no es razón acompañarme,
  siendo tan pobre, con quien no es muy rica.

MENALCA:

(Aparte.)
Ahora será bien aventurarme.
Jacinto, si eso temes, hoy te aplica
  justo remedio tu fortuna diestra.

FELICIO:

Espántome de ver que no replica.
¿De qué manera la ventura nuestra
se puede mejorar?


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MENALCA:

  Escucha, advierte,
verás de mi nobleza alguna muestra.
Condolido de ver la pobre suerte
  desta pastora triste y mal lograda,
y de vuestra amistad el nudo fuerte,
yo te daré una cédula firmada
  de darte mil cabezas de ganado
el día que contigo esté casada.

FELICIO:

Pastor, el más gallardo que el dorado
  río divino que sus campos riega
tuvo jamás en su ribera o prado,
aquesos pies, aquesos pies me entrega,
besarélos mil veces.

MENALCA:

  Padre, tente.

FELICIO:

Hijo, llega también, conmigo llega.

JACINTO:

Yo quedaré, Menalca, eternamente
  agradecido a tu valor divino;
mas ya mi desventura no consiente
que vuelva atrás del áspero camino,
  por quien amor me lleva a dar el alma
a quien hacer mi dueño determino.
Primero se verá del cielo en calma
  el movimiento, y que el humilde olivo
venza en altura a la ensalzada palma,
que yo me muestre desleal y esquivo
  a las obligaciones infinitas
que debo a aquella por quien muero y vivo.
¿Posible puede ser, estando escritas
  en medio de la frente, no se lean?


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FELICIO:

¡Traidor, traidor! Tu muerte solicitas.
Yo pienso hacer que hoy borradas sean
  con sangre tuya. Aguarda, aguarda, aguarda.

JACINTO:

Nunca tus ojos tal venganza vean.
(Vanse los dos.)

CORIDÓN:

El ánimo suspenso me acobarda,
  Menalca, la extrañeza del suceso.
¡Mira si es adorado de Belarda!

MENALCA:

Calla, que estoy para perder el seso;
  y así, en este punto determino
hacer un loco y temerario exceso.
¡Que no me hiciera mi cruel destino
  de tan humildes padres, que igualara
desta Belarda el casamiento indino!
Sospecho que con ella me casara...
  y aun sin sospechocasaré con ella.

CORIDÓN:

¿Burlas?

MENALCA:

¡Pluguiera a Dios que me burlara!

CORIDÓN:

¿Ansí tan fácilmente se atropella
tanta nobleza?

MENALCA:

  Todo se le debe
a la excelencia de una cosa bella.
Es amor un océano que bebe
  todos los ríos sin guardar decoro:
tanto las almas a su fuerza mueve.
Los azadones y los cetros de oro
  junta, como la muerte, en una liga;
condena el libre pecho a eterno lloro,
y aun a vivir en cuerpo ajeno obliga


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(Sale AMARANTA .)
AMARANTA:

(Para sí.)
Ya de su guerra mortal
mis celos en paz estén,
pues con las nuevas del bien
se va templando mi mal.
  Pastores, ¿habéis, por dicha,
visto a Glicerio?

MENALCA:

¡Oh, pastora,
a quien la fortuna ahora
puso en la mayor desdicha!
  Hemos por lo menos visto
aquel tu ingrato pastor,
por quien te fuera mejor
que te viviera Doristo.
  Ya tú sabrás el concierto
de tus padres.

AMARANTA:

Bien lo sé.

MENALCA:

Mas no sabrás de su fe
que está por Belarda muerto.
  Aquí su padre trataba
su casamiento con él;
yo por mí, por ti y por él,
de mi hacienda te dotaba;
  mas el traidor, que tan sólo
el bien de Belarda precia,
mejores prendas desprecia
que si fuera el dios Apolo.
  El padre corre tras él,
pensando dalle la muerte:
esta es tu suerte y mi suerte,
más que hasta ahora cruel.
  Sabes que a Belarda adoro,
y temo, si él te dejase,
que con Belarda se case,
causa de mi eterno lloro.
  ¡Mira en qué punto me tiene
la fortuna que me sigue!


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AMARANTA:

¿Tanto el cielo me persigue?
¿Cual Dios a matarme viene?
  ¡Pobre de mí! ¿Qué he de hacer
sin mi adorado enemigo?
Qué, ¿tan mal está conmigo?

CORIDÓN:

Tú lo podrás conocer.
  Mas cuando adelante pase,
cree, si el traidor te deja,
que no será con la queja
de que con otra se case,
  o con Belarda a lo menos;
que yo le haré mil pedazos,
y en sus brazos estos brazos
vendrán de su sangre llenos.
  Yo daré fin a su suerte.

AMARANTA:

Detente, no hagas tal;
que no le quiero tan mal
que le desee la muerte.
  Mas podéis amenazalle
con lo que dijere yo,
y a lo que nunca pensó,
con esta industria obligalle.
  Mas temo que me faltéis.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

La vida falte primero.
¿Qué dudas?

AMARANTA:

Deciros quiero
el remedio que tenéis,
  y lo que el mío ha de ser:
veréis en mi industria tal
lo que es agudo en el mal
el ingenio de mujer.
  Sabréis, y sabe todo aqueste valle,
que fui querida del traidor Jacinto,
de quien agora soy aborrecida,
con el extremo que de Clicia Apolo.
Casáronme mis padres con Doristo
para mi muerte y a disgusto suyo.
En el segundo día de mis bodas,
sabéis que de improviso quedó muerto,
cosa que ha sido murmurada tanto.
Podéis los dos jurar que este Jacinto
comunicaba con los dos mil veces
darle un veneno por casar conmigo,
y yo de la traición daré querella.
Pues como todos saben que me amaba,
y ven mi esposo de improviso muerto,
¿quién duda que no den crédito al caso,
y preso le sentencien a la muerte?
Podré yo entonces, con piedad fingida,
como que aquello me ha inspirado el cielo,
decir que le perdono, si me ofrece
que por el muerto me dará su vida,
casándose conmigo, y esto antes
que de la cárcel libremente salga.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

¿Qué dices desto, Coridón?

CORIDÓN:

¿Qué digo?
Que Dios me libre de mujer airada,
y no de la ponzoña de mil víboras.

MENALCA:

Sólo pudiera de tu raro ingenio
ser esta industria; y desde aquí me ofrezco
si Coridón se anima a acompañarme,
ponerte preso al falso tu enemigo.

CORIDÓN:

¿Si me ofrezco me dices? ¡Bueno es eso!
Impórtame seguirte en este caso,
y por ventura más de lo que piensas.
Vamos a darle parte a la justicia:
no sea que del valle se nos vaya
con el temor del enojado padre.

MENALCA:

Pues vamos, Amaranta, y está a punto
para que des querella en avisándote;
porque primero por el vulgo todo
conviene que el negocio publiquemos,
para después mejor mover a lástima.

AMARANTA:

Vamos, que en vuestras manos va mi vida.

MENALCA:

Y la mía en las manos de Belarda.


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El verdadero amante Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse, y queda CORIDÓN solo.)
CORIDÓN:

¡Qué bueno me lleváis, amor tirano!
¿Paréceos que he ganado en vuestras ferias?
¡Mirad qué de traiciones hago en esto!
Soy traidor a Jacinto porque muera;
soy traidor a Menalca, pues le vendo,
siendo en su pecho verdadero amigo;
soy traidor a Belarda, pues la adoro,
y la quito del alma lo que adora;
y sobre todo soy traidor al cielo.
Mas quien te conociere, amor tirano,
si sabe que es amor fuerza del alma,
verá que no es posible de otra suerte;
que, aunque eres niño, vences al más fuerte.


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Acto III
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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen los pastores a prender a JACINTO , y dos alcaldes villanos entran por una puerta y salen por otra, y AMARANTA .
JACINTO:

  Saben los cielos la verdad del caso,
y ellos, a quien ofende la malicia,
me librarán de vuestras manos fieras.
(Vase.)

ALCALDE .1º:

¡Que se nos fue el traidor!

MENALCA:

¡Que se nos fuese,
entre cien hombres!

ALCALDE .1º:

Juro al sol que es fuerte.
¡Hi de puta, rapaz, y cuán ligero
jugaba del bastón a todas partes!

ALCALDE .2º:

No lo digas de burla, Bertolano,
que juro a non del sol que traigo un brazo,
de un palo que me dio, que en quince días
no será mucho no tomar la azada.

ALCALDE .1º:

Alborotado vengo del caletre.
Por toda la semana me perdonen;
que no daré sentencia de provecho.

AMARANTA:

Señores, no os dé pena que él se vaya;
que el cielo propio le traerá al castigo.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

Movido tiene a ira a todo el pueblo,
viendo la muerte que el traidor ha dado
al buen Doristo, cuya muerte siento.

DANTEO:

Paso, paso, Menalca, que te mira
el enojado Júpiter; no digas
que le mató Jacinto, que bien sabes
que le habéis acusado de malicia.

MENALCA:

Hablas adonde es fuerza que te salgas
con lo que dices, rústico; mas cree
que no te alabarás.

ALCALDE .1º:

Pues ¿qué es aquesto?
¡En las barbas de toda la justicia
osastes levantar escarapela!

ALCALDE .2º:

Calla, Danteo, que hablas con enojo.
¿No ves que hay dos testigos con sus tiestos,
tan gordos como el puño cada uno?

ALCALDE .1º:

¡Verá la necedad! Está probado
con una resma de papel escrito,
y cómo y dónde se le dio el veneno,
¡y llámasle inocente! Más albérchigos.

CORIDÓN:

¿Qué se cansan en esto? ¿Ya no saben
el amistad de aquéste y de Jacinto?
¿No saben que estos dos tienen un alma,
y en una voluntad viven sujetos?
Vamos en busca del traidor que huye;
que sólo en este caso nos importa
el jurar la verdad.


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ALCALDE .2º:

Pues alto: vamos,
andemos estas huertas y cabañas,
que si al traidor hallamos, ¡voto al soto,
que se ha de hacer un hecho que a alguien pese!

MENALCA:

Vamos, que la verdad hija es del tiempo;
con él se viene a descubrir.

ALCALDE .2º:

Pues vamos.
(Vanse, y queda solo DANTEO .)

DANTEO:

  Si el tiempo de la verdad
es el padre y desengaño,
yo fío que por tu daño
se descubra la maldad.
  ¡Pobre de ti, desdichado
Jacinto, mozo afligido,
de enemigos perseguido
y de amigos envidiado.
(Sale BELARDA .)

BELARDA:

  ¿Cuándo las desdichas mías
han de acabarse, Danteo?
¿Si tendrá fin mi deseo,
o por lo menos mis días?
  ¿Qué embuste es este tan nuevo,
tan riguroso y cruel,
que urden al alma de aquel
que apenas nombrar me atrevo?
  ¿Adónde estás, mi Jacinto?
¡Desventurada de mí?


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DANTEO:

No llores, Belarda, ansí,
aunque el natural distinto
  obliga a los animales
a sentir las cosas tanto;
porque el remedio, y no el llanto,
previene el fin de los males.
  ¡Qué bien a sufrir te enseñas,
pues que ya por tu ocasión,
teñido en sangre el vellón
deja por zarzas y peñas!
  Ayer, que la humildad suya
más a su extremo llegó,
verter sangre le vi yo,
sangre suya y sangre tuya;
  que a su cruel padre vi
que recios golpes le daba,
y vi que el pastor se holgaba
de verter sangre por ti.
  Echóle de su cabaña
su padre, fiero enemigo,
y él llora a su propio amigo
necesidad tan extraña.
  No quieras más del estado
de sus cosas y las mías,
pues hoy me dijo: «Ha tres días
que no he comido bocado.»
  Espera, que voy ahora
a buscar algún sustento.


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El verdadero amante:107

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(Sale JACINTO .)
JACINTO:

  ¡Qué cansado y muerto vengo!
Vengo del vivir cansado,
y muerto porque he dejado
la vida en quien yo la tengo.
  Un hombre veo. ¡Ay de mí!

DANTEO:

No huyas, Danteo soy.

JACINTO:

¡Cielos! ¿Que contigo estoy?
¿Estamos seguros?

DANTEO:

Sí,
  que esta peña nos encubre.
y esta quiebra, que la parte,
del camino la más parte
hasta la senda descubre.

JACINTO:

  ¡Ay, Danteo! ¿Y mi Belarda?
¿Cómo quedaba?

DANTEO:

Muy buena.

JACINTO:

¿Siente mi pena?

DANTEO:

¿Tu pena?
Ni tiene fe ni la guarda.
  Vila, y no la hubiera visto,
que quizá fuera mejor.
Díjome: «Vaya el traidor
que dio la muerte a Doristo,
  y cásese con su dama;
que para siempre conmigo
acabó.»


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JACINTO:

No más, amigo,
que ya la muerte me llama.
  De la hambre y del trabajo
casi estoy para expirar.
Adiós, que me voy a echar
de aqueste peñasco abajo.

DANTEO:

  ¿Adónde vas, ignorante?
Que por quien la muerte pides
es la columna de Alcides.
es la firmeza de Atlante.
  Es una roca batida,
es un acero perfeto,
es un varonil sujeto,
dispuesto a darte la vida.
  Yo la vi, y tu mal la dije;
y no quieras saber más,
de que muy presto verás
la causa por quien te aflige.
  Díjela que me aguardase
donde te suele esperar,
y así, la voy a buscar,
porque adelante no pase.
Escóndete.

JACINTO:

  De la muerte
revivo en que muerto estaba:
esta vida me faltaba,
Danteo, que agradecerte.
  Vé con Dios, y aquí la envía,
y dila que no se tarde;
que podrá venir tan tarde,
que llore la muerte mía.


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DANTEO:

  ¡De la hambre y del trabajo
no me puedo menear!
¡Adiós, que me voy a echar
de aqueste peñasco abajo!

JACINTO:

  ¿Ahora de mí te burlas?
¡Oh amigo fiel, de buen celo!
(Vase DANTEO .)
¡Qué de suertes de consuelo
me busca en veras y burlas!
  ¡Triste, que apenas, de hambre,
junto el uno al otro labio!
Muerte, ¿con tan vil agravio
cortas la vital estambre?
  La vida a la muerte iguale;
que ésta es baja a quien la tuvo
tan alta, que dentro estuvo
del pecho que tanto vale.
  Muerte, aguarda; muerte, aguarda;
no acabe mi vida ansí;
pues en Belarda viví,
muera yo cuando Belarda.
  No puedo tenerme. ¡Ay, triste!
Quiero sentarme. Cuidados,
qué, ¿aun no descansáis sentados?
Qué, ¿ningún mal os resiste?
  Pues no os acaba este mal
que suele acabar mil males,
en mí sois tan naturales
cual la hambre natural.
  Yo muero, amor inhumano:
¡ah, Belarda! ¿Has de venir?
Qué, ¿me tengo de morir
sin que te bese una mano?


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale BELARDA .)
(Al salir)
BELARDA:

  Iré cual dices, Danteo.
Pierde cuidado; que estoy
diestra en este monte, y voy
ahora con mi deseo,
  que de la mano me lleva
y con su lumbre me guía.

JACINTO:

Suspiros del alma mía,
llevadle la triste nueva.
Decid que muero.

BELARDA:

  ¡Ay de mí,
que mi Jacinto es aquél!
{{Pt|JACINTO:|
No pensé, muerte cruel,
que tuvieras parte en mí.
  Pero pues ya me has deshecho,
y el verte no me acobarda,
es gran señal que Belarda
me ha dejado de su pecho.v

BELARDA:

   (Aparte.)
¿Dejado? Cuando tal sea,
yo dejaré de vivir.

JACINTO:

Qué, ¿me tengo de morir,
y primero que te vea?


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BELARDA:

  (Aparte.)
¡Quién oyera con paciencia
las quejas que decir sabe!
Que en amor, lo más suave
son los regalos de ausencia.
  Mas no lo puedo sufrir.
Llegar quiero. ¡Ah, pastor mío!
¡Ay, triste! ¡Qué helado y frío!
¡Si se me quiere morir!
¿No respondes?

JACINTO:

  ¿Quién me llama?

BELARDA:

Una humilde esclava tuya.

JACINTO:

Mi vida se restituya
cual vela muerta en la llama.
  Sopló la muerte, y matóme;
y aunque es verdad que mató,
en el humo que quedó,
llegó tu luz, y encendióme.
  Vivo estoy, y ya deseo
vida; que si estuve aquí
muerto porque no te vi,
ya vivo porque te veo.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BELARDA:

  ¡Oh, prenda tan justamente
de lo mejor de mi pecho!
¿Cómo estás? Dime, ¿qué has hecho
por tantos siglos de ausente?
  Mas ¡ay, necia! ¿qué pregunto?
Toma, comienza a comer;
que causa debió de ser
de que te viese difunto.

JACINTO:

  ¿Con aquestos embarazos
tan bellos brazos cargaste?

BELARDA:

Bien dices, bien me culpaste,
teniendo sangre en los brazos,
  que era justo sacrificio
de mi amor y celo honesto;
pero cuando falte aquesto,
yo la ofrezco a tu servicio.
  No temas perder tu padre
mientras te puedo valer.

JACINTO:

Quiero empezar a comer,
pues cobro tan buena madre.
  Este pan está mojado.

BELARDA:

Viniendo, he mojado el pan;
quizá lágrimas serán
que habrán en la cesta entrado.
Cómelas, Jacinto.


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JACINTO:

  ¡Y cómo!
Negra, de buena, es la salsa
cuando no se guisa falsa,
porque entonces no la como.
  Lágrimas es manjar tal,
que la ventaja le den:
verdaderas, saben bien;
pero fingidas, muy mal.

BELARDA:

  Tú propio serás testigo.
Come, come a tu placer.

JACINTO:

No quiero, que por comer
me pierdo de hablar contigo.

BELARDA:

  Basta, que contigo estoy.
Come, come.

JACINTO:

Aunque no quiera,
me obligas. ¡Oh, quién bebiera!...
pero ¡qué necio que soy!
  Como es el manjar tan nuevo,
olvídome que me dan
en las lágrimas y el pan
agua y pan, que como y bebo.
  A fe que es nuevo el misterio.

BELARDA:

Come, come.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

¡Oh, mi Belarda,
por quien libertad aguarda
de mi alma el cautiverio!
  ¿Cuál es aquel ignorante
que no quiere conocer
el valor de una mujer,
cuando es mujer semejante?
  Yo, a lo menos, mientras viva
conoceréme deudor,
y haré que mi tierno amor
tu nombre en el alma escriba.
  Que de una mujer nací,
y este ser del suyo tengo,
y ahora, Belarda, vengo
de nuevo a vivir por ti.
  Hablen los que las ofenden;
que yo diré a boca llena,
que de una mujer que es buena
mil cosas buenas se aprenden.

BELARDA:

Come, come.

JACINTO:

  ¿No lo ves?
Bien me va de todo punto:
como, respondo y pregunto.

BELARDA:

Gente suena.


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JACINTO:

Mi padre es.
  ¡Ay, desdichado de mí!
Adiós, adiós.
(Vase.)
(Sale FELICIO .)

FELICIO:

¡Ah, traidor!
¿Huyes?

BELARDA:

(Aparte.)
¡Ah, tirano amor!
¡Esto te faltaba aquí!

FELICIO:

  Huye, traidor, que algún día
a las manos me vendrás.
¡Cómo! ¿Cómo, que aquí estás?
¡Buena insolencia, a fe mía!
  Pues, señora, ¿es bueno eso?
¿Paréceos bien lo que pasa?
¿Ya, como huésped de casa,
traéis de comer al preso?
  Coged, coged lo que queda.

BELARDA:

Yo lo haré así, padre ingrato
del hijo del más buen trato
que hallarse en el mundo pueda.

FELICIO:

Coged, coged.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BELARDA:

  A lo menos,
no es de lo que tú le has dado,
como lo tienen sobrado
los hijos de padres buenos.

FELICIO:

Coged, coged.

BELARDA:

  Ya no hay más.

FELICIO:

Pues ya que lo habéis cogido,
advertid bien el oído.

BELARDA:

¡Qué poco advertido estás!

FELICIO:

  ¿Parécete ingratitud
de un hijo que tengo honrado,
procurar con gran cuidado
su honra, vida y quietud?
  Y si el padre es bueno al fin,
¿parécete bien que cuadre
hacer obras de buen padre
al hijo perverso y ruin?
  Mas yo, ¿para qué argumento
con una rapaza amante,
más ligera e inconstante
que la débil caña al viento?
  Que si mal no me estuviera,
por los sagrados penates,
que si...


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BELARDA:

Paso, no me trates,
Felicio, de esa manera.
  Si respeto te he tenido,
no te lo debo, cruel;
respétote por aquel
que es y ha de ser mi marido.

FELICIO:

  ¿Tu marido? Antes le veas
de un león hecho pedazos.

BELARDA:

Tú le verás en mis brazos
y no como tú deseas.

FELICIO:

¿A mi hijo?

BELARDA:

  ¿Qué dijiste?
¿Tu hijo? Mío dirás;
y no esperes verle más,
viejo codicioso y triste;
  que a mí me cuesta, a lo menos,
el dolor, que no me pagas.
Vete con Dios, y no hagas
tuyos los hijos ajenos.
(Vase.)

FELICIO:

  ¡Ay la loca, sienes de aire!
¿No veis qué notable exceso?
Por Dios, que perdiera el seso
a no lo echar en donaire.
  Descuide la bachillera,
que antes de velle en sus brazos,
la fiera le hará pedazos,
y será mi mano fiera.


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(Sale MENALCA .)
MENALCA:

  A fe que siento el cansarme.
Pues, Felicio, ¿qué hay de nuevo?

FELICIO:

A responderte me atrevo,
pues que te atreves a hablarme.
  Di, mayoral, que bienquisto
solías ser, ¿qué te mueve
a decir que mi hijo debe
la muerte de aquel Doristo?
  ¿No sabes tú que es verdad,
y no fue engañoso intento;
que no hacer el casamiento
fue sobra de voluntad?
  Cree, mas que no te cuadre,
a estas canas desdichadas,
a estas manos arrugadas,
que al fin son manos de padre.
Dame mi hijo.

MENALCA:

  ¿Qué es esto?
¿Estás loco, por ventura?

FELICIO:

No; mas por la desventura
en que tu rigor me ha puesto.
  Si a Belarda quieres bien,
y por ser pobre la dejas,
¿de qué, mayoral, te quejas?
¿Por qué te aflige el desdén?
  El rico no ha menester
hacienda, sino su gusto;
el pobre, que busque es justo
hacienda con la mujer.
  Si la tienes, ¿por qué dudas?


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

¡Oh, padre! Bien me aconsejas.
Vanas han sido mis quejas;
hoy mi propósito mudas.
  Ea, pues, vélo a tratar;
que cansado de andar ciego,
procurando mi sosiego,
ya lo quiero efectuar.
  Da por mi mano la tuya,
que ya estoy de verlo loco.

FELICIO:

Pues espérame aquí un poco;
que yo te traeré la suya.
(Vase.)

MENALCA:

  Esto es hecho; no hay qué hacer.
(Sale CORIDÓN .)

CORIDÓN:

¡Oh, Menalca! ¿Dónde vas?

MENALCA:

Ya, Coridón, no podrás
mudarme de parecer.
  Sábete que estoy casado.

CORIDÓN:

¿Casado? Muy bueno es eso.
A fe que medras de seso.
¿Cómo o cuándo lo has soñado?

MENALCA:

  Llegado a querer casarme,
¿hay pastora en este valle
rica de hacienda y de talle,
poderosa a despreciarme,
  pues no hay pastor que sea tal?


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CORIDÓN:

Tu malicia te engañó;
antes ninguno hallo yo
para tu nobleza igual,
  y se tendrá por dichosa
la que llegue a merecerte.

MENALCA:

¿Es eso, de aquesa suerte?

CORIDÓN:

Sí.

MENALCA:

Pues Belarda es mi esposa.
(Vase.)

CORIDÓN:

  ¿Desa manera te vas?
Sin duda que es frenesí.
Yo me doliera de ti,
a no estar como tú estás.
  Mas si acaso lo tratase,
y Menalca lo supiese,
no dudo que lo entendiese
cuando ya lo efectuase.
  ¡Que éste, por rico, ha alcanzado
lo que apenas ha podido
Jacinto el triste, que ha sido
tan sin culpa condenado!


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(Sale JACINTO .)
JACINTO:

  (Aparte.)
¡Oh, interés, que tanto puedes!
¿Si es ida o si aquí se está?
fortuna, cánsate ya;
que ya de lo justo excedes.
  Este es mi fiero enemigo,
de quien me pienso vengar.
Solo está; quiérole hablar
en paz de fingido amigo,
  que fío que no se atreva
solo a prenderme. ¡Ah, pastor!
¿Ha cesado ya el rigor
de aquella justicia nueva?
  Solo estoy, no me defiendo;
llega, si quieres prenderme.

CORIDÓN:

¿Justicia quieres hacerme?
Yo ni te busco ni prendo,
  y más en esta ocasión,
que ya tan poco aprovecha.

JACINTO:

Dado me has nueva sospecha.
¿Hay novedad de traición?
  ¿Hase cerrado el proceso?
¿Deshízose la mentira?

CORIDÓN:

Mira lo que dices: mira
que son palabras de peso,
  y lo que yo te aseguro
es que nadie te persigue.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


JACINTO:

¿Quieres tú que yo me obligue
a tenerte por seguro?
Tarde llegas.

CORIDÓN:

  Sí llegué,
pues ya se casa Belarda.

JACINTO:

¿Qué dices? Espera, aguarda.
¿Que se casa? ¿Cómo, qué?
¡Belarda casada!

CORIDÓN:

  Sí,
o por lo menos se trata.

JACINTO:

¿Con quién?

CORIDÓN:

Un hombre de plata
la compra a peso de sí.

JACINTO:

  Conózcole por las señas.

CORIDÓN:

Gente suena.

JACINTO:

Allí me voy.
Llama en pasando, que estoy
detrás de aquellas dos peñas.
(Escóndese.)

CORIDÓN:

Anda, vete.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale FELICIO .)
FELICIO:

  Buena nueva,
Menalca.

CORIDÓN:

¿No me conoces?

FELICIO:

No, Coridón, ansí goces
la prenda que amor te deba.
  Loco de contento vengo,
y así no te conocí.

CORIDÓN:

¿De qué Felicio?

JACINTO:

(Aparte, escondido.)
¡Ay de mí,
que cierta sospecha tengo!

FELICIO:

  Partí en este punto yo
por Menalca a hablar la madre
de Belarda, que su padre
ya tú sabes que murió.
  En efecto, fui a tratar
que se la dé por mujer,
y diola mucho placer.
Haráse, no hay que dudar,
  haráse ese casamiento,
y libraráme mi hijo.

CORIDÓN:

Padre, cuando esto te dijo,
¿daba en la veleta el viento?
  Fíate que te ha engañado,
y dime: ¿qué parte es él
a que dé muerte cruel
libre a un hombre condenado?


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FELICIO:

  ¿Eso me dices, traidor?
Pues si eso no fuera parte,
yo, su padre, ¿había de hablarte
con tanta amistad y amor?
  ¡Muy bueno está! Yo he de hacer
que en este día le dé
la mano, palabra y fe
de que ha de ser su mujer.
  Quédate para quien eres.
(Vase.)
(Sale JACINTO .)

CORIDÓN:

No hay que dudar del concierto,
Jacinto.

JACINTO:

¿Es cierto?

CORIDÓN:

Muy cierto.
¿Qué mayor probanza quieres?
  ¿No te basta lo que has visto?

JACINTO:

Sí, Coridón, cierto es.

CORIDÓN:

Tu padre quiere después
darte en lugar de Doristo.
  Bravamente lo rodea.


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JACINTO:

El cielo me vengue dél,
y antes mi padre cruel
muerto en sus brazos me vea.
  Y presto me verá muerto,
pues que Belarda se casa,
y el fuego que a mi alma abrasa
saldrá por el lado abierto.
  ¡Ay, falsa! ¿Que el sí le diste?
Murieras sin darle el sí.
Mas yo, que te adoro a ti,
moriré porque le diste.
  Era de pecho mudado,
como al fin don de mujer,
el que me daba a comer
pan en lágrimas bañado.
  Y ¡con qué gusto comí
las mentiras que fingiste!
Otro veneno me diste
que yo a Doristo le di.
  ¿Cómo ha de entrar en provecho
manjar que el gusto me estraga?
¡Ah! Mal provecho me haga
hasta que reviente el pecho.
  La muerte quiero buscarme...
pero en balde me fatigo,
veneno llevo conmigo,
que basta para matarme.
  Adiós, monte; adiós, sombrío
bosque, selvas, plantas, fuentes,
siempre a mi dolor presentes,
testigos del llanto mío.
  Hoy acaban mis enojos:
tristes de hoy más quedaréis,
y sola esta vez veréis
las lágrimas de mis ojos.
(Vase.)


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CORIDÓN:

  ¡Qué lastimado me dejas!
¿Adónde te vas? No huyas;
que oyendo las quejas tuyas
no me acuerdo de mis quejas.
  ¡Pobre de ti, pues también
pierdes el bien que perdí!
Pero más pobre de mí
que siempre lo fui del bien.
  ¡Cómo! ¿Que he de consentir
que así Menalca se case?
Antes un rayo me abrase,
que tal haya de sufrir.
  Irme quiero a la justicia
y decir que este traidor
al inocente pastor
ha acusado de malicia,
  y que vine a consentillo
por su mucha diligencia,
y que mi propia conciencia
hoy me fuerza a descubrillo.
  Y aunque a mí me den la muerte
porque también se la den,
pensaré que mayor bien
no puede hacerme la suerte.
  El casamiento se impida:
Belarda ha de perdonar,
porque no se ha de casar
mientras yo tuviere vida.
(Vase.)


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(Salen los dos alcaldes y MENALCA , BELARDA , GLICERIO , FELICIO y AMARANTA .)
ALCALDE .1º:

  ¿De qué sirve que os mostréis,
señora Belarda, esquiva,
y que tanto os extrañéis
en cosa, que ansí yo viva,
que ganáis y no perdéis?
  ¡A Menalca despreciáis
y tan de veras juráis
que no seréis su mujer!

ALCALDE .2º:

Aún no quiere responder,
¿para qué la importunáis?

FELICIO:

  Hija, si agora viviera
vuestro muerto honrado padre,
y así tan rebelde os viera,
más fuerza que vuestra madre
en el negocio pusiera.
  Que fuera de la riqueza,
tiene Menalca nobleza,
y por sólo emparentar,
la mano le habéis de dar.

ALCALDE .1º:

U os quebrarán la cabeza.
  ¿Han mirado el zahareño
con que se está cabizbaja?

ALCALDE .2º:

Compadre, mi fe os empeño,
que en balde el casco, trabaja
si el alma tiene otro dueño.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MENALCA:

  ¿Es posible, ingrata fiera,
que una palabra siquiera
no me quiera responder?

GLICERIO:

Quizá lo debe de hacer
como es la ocasión primera.
  Yo quiero llegarla a hablar.
Belarda, tu entendimiento
me obliga a no te cansar,
en dar palabras al viento,
que se las suele llevar.
  Menalca es hombre perfeto,
es rico, es noble, es discreto,
y adora tu gentileza,
y con toda esta nobleza
será tu esclavo sujeto.
  ¿No respondes? Otro llegue
que sea más venturoso.

FELICIO:

Aunque el respeto me niegue,
yo llego más codicioso
de que la mano me entregue.
  Hija, Menalca esta tarde,
como en tus amores arde,
mostrándome su tesoro,
me dijo: «Esta plata y oro,
para mi prenda se guarde;
  que por su rara belleza,
valor y virtudes tantas,
discreción y gentileza,
sobre esta humilde riqueza
pondrá sus hermosas plantas.»
  Dame esa mano, no huyas:
ata aquestas y las tuyas:
tu bello rostro levanta.


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La santa liga Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


GLICERIO:

Llega tú, hija Amaranta
quizá te dará las suyas.

AMARANTA:

  Pues ¿cómo, hermana, tan brava
contra Menalca te muestras?
Dale aquesa mano, acaba;
que bien sabes que yo estaba
presente a ocasiones vuestras:
  yo sé que bien le has querido.

MENALCA:

Ya me tiene aborrecido;
tú se lo ruegas en vano.

AMARANTA:

Menalca, dame esa mano:
pierde esta vez de atrevido.

MENALCA:

  Vesla aquí. Más oye, mira,
que no la enojes.

AMARANTA:

Aguarda:
ya templa el fin de su ira.
Dame esa mano, Belarda.

MENALCA:

Ves que se enfada y retira.
  ¡Oh! ¡Mal haya el corazón
adonde tan sin razón
ha vivido tigre hircana!


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ALCALDE 1.º:

Por Dios, que me viene gana
de dalla un gran mojicón.
  ¿Diz que no ha de responder?

ALCALDE 2.º:

Esta es la primer mujer
que he visto hogaño sin lengua.
¡Voto al sol que tengo a mengua
que andemos a su querer!
  Cuando hable, hablará tanto,
que nos quiebre la cabeza.
(Sale JACINTO .)

JACINTO:

Ya llega el fin de mi llanto;
ya de mi humilde bajeza
hasta el cielo me levanto.
  Hoy el amador de Abido
se me confiesa rendido,
pues ya voluntariamente
vengo a la muerte presente
sin ser de nadie oprimido.
  Yo soy aquel Jacinto desdichado
que a Doristo maté con el veneno;
vengo del alto Júpiter forzado
adonde justamente me condeno.
Rendido estoy: alzad el brazo airado.

MENALCA:

¡Oh fiero monstruo, de maldades lleno!
Prendelde luego.

BELARDA:

¡Oh bien de mi deseo!
¡Oh, cuántos años ha que no te veo!


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ALCALDE .1º:

  ¡Milagro! ¡Hola! ¿No veis que tiene lengua?

MENALCA:

Y brazos para dar a mi enemigo.

FELICIO:

Hijo, ¿qué es esto?

ALCALDE .2º:

¡Cómo! ¡Que se venga
a nuestra misma casa el enemigo!

MENALCA:

No permitáis, señor, que así le tenga.
Suelte los brazos; dalde su castigo.

ALCALDE .1º:

Sed preso.

JACINTO:

Ya lo soy; morir deseo.

BELARDA:

¡Oh cuántos años ha que no te veo!

MENALCA:

  Basta, que toman como burla el caso.

GLICERIO:

¿Por qué lloráis, Felicio, desa suerte?

FELICIO:

Lloro en ver que el traidor tan paso a paso
a la prisión se venga y a la muerte.

MENALCA:

Tanta es la rabia que de verte paso,
tanta es la pena que recibo en verte...
Fuera, Belarda..., que yo propio quiero
ser de aqueste traidor cuchillo fiero.
  ¿Qué le miráis atentos? Vaya luego
a la cárcel.


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ALCALDE .1º:

Merece su delito
que acabe el falso en encendido fuego,
pues él confiesa cuanto veis escrito.

AMARANTA:

Paso: no le llevéis. Oíd os ruego.
Hablalle quiero.

ALCALDE .1º:

Hablalle te permito,

AMARANTA:

Dime, Jacinto, ¿has muerto a mi marido?

JACINTO:

Yo le maté.

FELICIO:

Del todo soy perdido.
  Hijo, ¿por qué confiesas dese modo?
¿Estás loco por dicha?

JACINTO:

Amor, que excede
los límites de amor, me obliga a todo.

MENALCA:

Pues que confiesa, condenar se puede.

AMARANTA:

Oíd; que a perdonarle me acomodo,
como en lugar de mi marido quede;
que si él me le quitó, no está obligado
de darme más de lo que me ha quitado.

ALCALDE .1º:

  ¡Viva mil años! Ea, que esto es hecho.
Jacinto, dale aquesa mano tuya.


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JACINTO:

Primero me verán pedazos hecho
que aquese casamiento se concluya.
(Híncase de rodillas su padre.)

FELICIO:

¿Tienes, por dicha de diamante el pecho?
¿A qué furia Permites que atribuya
esa rusticidad? Dime, ¿estás loco?
¿Verme a tus pies estimas en tan poco?
  Hazlo, hijo, por todo lo que debes
a aquesta sangre que te dio la vida.

JACINTO:

Padre, puesto que el pecho a llanto mueves,
el alma persevera endurecida.
No lo he de hacer.

FELICIO:

¡Que a tal maldad te atreves!
Mátenle luego.

MENALCA:

Pague el homicida.

BELARDA:

¡Ay! No le lleven, esperad primero:
rogaréselo yo, rogarle quiero.
  Por todo lo que debes a mis ojos,
a quien tan tiernas lágrimas les cuestas,
te pido que te cases, pastor mío;
que menos mal lo pasará mi alma
viéndote vivo, aunque con otra vivas.


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JACINTO:

¡Oh, falsa! ¿Tal me ruegas? ¿Qué es aquesto?
Sólo un momento que de vida tengo,
¿hubo de darme al fin tal desengaño?
Debe de ser misterio de los dioses
que no pueda morir hombre ninguno
con engaño de que hay mujer constante.
¡A voces pido muerte, muerte pido!
¡Alto; de aquí me lleven!
(Sale CORIDÓN .)

CORIDÓN:

¡A buen tiempo!
¿Qué justicia es aquesta inadvertida?
Paso; no le llevéis, que el alto cielo
hoy mueve mi conciencia a que declare
la verdad deste caso.

MENALCA:

(Aparte.)
¿Qué es aquesto?

CORIDÓN:

Amaranta, movida de su pena,
a Menalca y a mí nos ha pedido
que juremos que fue Doristo muerto
a manos de Jacinto con veneno,
pensando que con miedo de la muerte
la recibiera por su amada esposa.
Aquesta es la verdad; y aquí me mueve
el cielo justo, que justicia pide,
que no muera Jacinto.

ALCALDE .1º:

¡Extraño caso!
¿Enmudeces, Menalca? ¿No respondes?


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FELICIO:

¡Gracias te doy, oh Júpiter inmenso,
que descubriste la verdad del caso!
Pase Amaranta y los traidores pasen
por el castigo que a mi hijo daban.

GLICERIO:

Blanda la mano, buen Felicio; advierte
que fue de amor la culpa.

FELICIO:

¿De amor dices?
Justicia pido al cielo y a la tierra.

ALCALDE .1º:

No más: este negocio está encontrado,
y si pedís los unos y los otros,
habemos de gastar nuestras haciendas,
y más si de ciudad viene justicia.
Tomad mi parecer, señor Felicio,
y demos a Jacinto su Belarda,
y en pago de que son testigos falsos
casemos a Menalca y a Amaranta;
que a Coridón, porque esto se sosiegue,
yo le daré a mi hija con mi hacienda.

FELICIO:

Al senado le enfadan cumplimientos.
Ya nuestra historia declarada queda:
llévese cada cual su prenda amada,
que aquí se acaba la comedia nuestra,
a quien su autor, por el amor constante,
le dio por nombre El verdadero amante.

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