En casa del oculista (Versión para imprimir)

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En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
traducción de Antonio Rubió y Lluch
I
II


EL comedor del doctor en el que los clientes aguardaban el turno de la visita estaba casi vacío. Eran las once de la mañana y el doctor recibía desde las nueve á las once y media. Por la mañana, á primera hora, hacía su visita al hospital y después del mediodía visitaba los enfermos en sus casas. Su numerosa clientela no se limitaba sólo á los habitantes de Atenas, porque su fama de excelente oculista, se había extendido á provincias y hasta al extranjero. Los enfermos acudían á él de todas partes, teniendo muy particular cuidado de llegar puntuales para tomar buen sitio, de manera que era muy raro que alguien se presentase pasadas las once. Por esta razón, la cocinera que desde la cocina situada en el patio abría la puerta tirando un cordón, y mostraba á los visitantes la entrada de la casa, en frente la cocina, v la puerta del comedor, á la derecha, al mismo nivel del patio, en aquella hora cesaba ya de ordinario de ocuparse en recibir clientes para entregarse exclusivamente á la preparación del almuerzo.

Faltaban todavía para ver al médico tres clientes, ó por mejor decir, cuatro; una señora elegante con una niña cuyos ojos estaban cubiertos con un vendaje de tela blanca; un señor de mediana edad, que llevaba anteojos, pero que en apariencia no tenía daño alguno en la vista, y un jóven.

Este último seguía la carrera de letras y se preparaba para sus exámenes. El pobre sufría mucho y tenía constantemente la mano sobre su ojo izquierdo. Le tocaba ya el turno y aguardaba con verdadera impaciencia, de pie, y con el ojo derecho fijo en la puerta del despacho del oculista.

El hombre de mediana edad, era nada menos que el subprefecto de la isla de Santorín. Aprovechando su permanencia en Atenas iba á consultar al oculista gratis, porque ya le había pagado una consulta un año antes, á fin de saber si debía cambiar sus cristales por otros más fuertes.

El buen subprefecto se moría de ganas de entablar conversación con los que se encontraban en el salón de espera á fin de pasar mejor y más aprisa el tiempo, pero sus tentativas para lograrlo fracasaron todas. El estudiante contestó muy lacónicamente, casi con brusquedad, a su pregunta de si padecía á consecuencia del exceso de estudio. La dama elegante dando á entender que no había oído las frases de galantería á propósito de la paciencia de su hija, continuó hablando con ella en voz tan baja, que á penas se oía su murmullo.

Desesperado el subprefecto metió su mano en la faltriquera, y después de haber revuelto y buscado entre los diferentes papeles, sacó el diario de la isla de Santorín, recibido días antes, y comenzó á leer el artículo de fondo, el cual se sabía de memoria, pero con la pena de no poder hacerlo en voz alta, de manera que lo oyeran el estudiante la elegante dama.

El artículo en cuestión decía lo siguiente:

«El señor subprefecto partió ayer para Atenas. Deseamos su pronto regreso para bien de nuestra isla. Y sin embargo, con verdadero dolor, nacido de un sentimiento de egoísmo, reproducimos, cumpliendo con el deber de periodistas, el rumor que corre hace días en la capital de que el subprefecto ha sido llamado por el Gobierno, para destinarle á un lugar más elevado y más digno de sus grandes merecimientos.»

Nada de esto era exacto. En primer lugar nadie se había ocupado en la capital del subprefecto de Santorín. Luego el dicho señor subprefecto no fué llamado por el Gobierno, sino que se había marchado gracias á una licencia conseguida con mucha pena y trabajo, por pretextos de salud. Por último, no se trataba de ningún ascenso, sino del temor de una cesantía, en cuanto que el diputado que le protegía, quejoso del Gobierno por negarse á algunas reclamaciones suyas que el ministro juzgó excesivas, negociaba ya las condiciones de su ingreso en las filas de la oposición. Todo esto lo sabía el subprefecto y por esta razón, corrió á Atenas en busca de nuevos apoyos, utilizando las numerosas relaciones de su esposa. Por fortuna para él, el asunto se había arreglado gracias á reciprocas concesiones, y el diputado continuó dando sus votos al ministerio y siendo fiel á sus convicciones políticas y á sus sentimientos patrióticos, y el subprefecto tranquilo en su cargo pudo pensar en el número de sus espejuelos, justificando de esta suerte la licencia de su marcha. Todo esto sea dicho en paréntesis.

El artículo seguía en el mismo tono: «Sin querer hacer agravio á su desconocido sucesor, no podemos menos de expresar nuestro profundo y sincero pesar ante la amenaza de la pérdida de tal subprefecto. Nos queda, empero, la esperanza de que llevado de su bondad para nuestra isla, tantas veces demostrada, aprovechará todos los ascensos de su carrera en beneficio de la misma, continuando prestándole su atención y el concurso de su ilustrada inteligencia.»

El artículo proseguía en el mismo tono, ensalzando al subprefecto hasta las nubes. Bien conocía él al articulista; era un primo de su mujer, al que consiguió nombrar maestro de la escuela de Santorín, gracias á la influencia del citado diputado. Conocía también que aquellas frases no traducían exactamente los sentimientos de sus administrados, ni decían tampoco toda y sola la verdad. Mas no por eso le alegraba y le alhagaba menos el ver su nombre celebrado en letras de molde y, mientras lo leía, pensaba de que medios se valdría para lograr la reproducción del artículo, aunque fuera en extracto, en algún periódico de Atenas, y se recreaba de antemano con la impresión que el diario de la capital causaría en Santorín, sobre todo en fulano y mengano, los caciques de la facción contraria.

I
En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
traducción de Antonio Rubió y Lluch
II
III


NUESTRO subprefecto leía pues, ó hacía ver que leía, en tanto que la dama elegante y su hijita continuaban cambiando sus murmullos, y que el estudiante, de pie siempre, aguardaba que la puerta se abriera.

Una calma completa reinaba en el comedor. De pronto oyóse en la parte de afuera una conversación muy animada. Al principio, como que la discusión tenía lugar en el patio, no se distinguía claramente el asunto; pero gradualmente las personas se fueron acercando á la puerta. Dos voces eran las que se oían; la de la criada y otra de una mujer. La de esta última, humilde, de timbre muy dulce, y era preciso prestar gran atención para reconocer que era de una mujer ya entrada en años.

—Os digo que hoy no se le puede ver ya, decía la muchacha.

—¡Pues me han dicho que hoy recibía!

—Es verdad, por las mañanas á primera hora, recibe en el hospital. Id mañana allá y lo vereis.

—Pero me han dicho que le podríamos ver aquí.

—¡Y qué importa lo que os hayan dicho! ¡Escuchad lo que yo os digo!

—¿Mas no me acabáis de decir hace un momento que estaba en casa?

—Y no lo niego; está en casa.

—¡Pues bien! nos recibirá. Me han dicho que el doctor era una persona excelente.

—¡Vuelta otra vez con lo que os han dicho! Lo que yo os digo es que vayáis al hospital.

—¿Y que sé yo por ventura donde está el hospital? Quisiera verle aquí.

—¿Cómo he de hacerme entender? Aquí no recibe más que á la gente que paga.

—¿Y quién os ha dicho que no le pagaré?

Esta respuesta acalló los argumentos y la resistencia de la gruñona criada, la cual se entregó, aunque no sin protestar.

—Desde el momento en que no queréis oir la razón, le dijo, entendeos con él. Fié ahí la puerta.

Cesó el diálogo y va en la entrada y sobre las losas de mármol blanco, se ovó el ruido de pasos pesados, que anunciaban la presencia de otra persona, que acompañaba á la vieja de la voz dulce.

Entre tanto el subprefecto había interrumpido su lectura. Con el diario desplegado sobre las rodillas se enteró de todo el diálogo; y ahora escuchaba atentamente el sordo ruido de pasos que avanzaban con lentitud y vacilación. La niña levantando de sus ojos la venda que los cubría, preguntaba á su madre con inquietud:—¿Qué pasa?—¿Qué dicen? El estudiante dejando de observar á la puerta del despacho del doctor, dirigió su ojo sano hacia la entrada de la antesala. Todos aguardaban con curiosidad la llegada de los que venían.

II
En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
traducción de Antonio Rubió y Lluch
III
IV


LA puerta se abrió al fin. Se abrió y entró en el comedor una mujer del pueblo, de unos sesenta años poco más ó menos, que acompañaba á un isleño todavía más viejo.

La vieja era de pequeña estatura y se la hacía aun menor el llevar al lado al anciano, de alta presencia, cuya mano izquierda tenía ella fuertemente asida. El viejo se apoyaba además en un grueso bastón. Por el modo con que con él golpeaba el suelo, por su cabeza echada hacia atrás y el pecho saliente, como si temiera chocar con algún obstáculo imprevisto, por la vaga mirada de sus ojos abiertos desmesuradamente, por todo en fin, se conocía al punto que era completamente ciego.

Su fez rojo y sus anchos pantalones de tela azul habían perdido su color primitivo á fuerza del uso del tiempo; por sus mejillas hacía días que no pasaba la navaja; en una palabra, todo su exterior acusaba pobreza y justificaba de sobras la insistencia de la cocinera en mandarles al hospital. Por el contrario, bastaba ver á la vieja paisana, para comprender que no era vana fanfarronada su promesa de pagar al médico. Sus vestidos de luto eran sencillos, pero nuevos y de buena calidad; su cuerpo, abierto en el pecho, dejaba ver una camisa de seda blanquísima de la cual salía su cuello lleno de arrugas. Iba tocada con un pequeño fez negro ligado á la cabeza con pañuelo del mismo color. Por ambos lados pendían sobre sus sienes dos pequeños rizos de cabello blanco. Llevaba sobre sus espaldas un chal negro, única concesión á las modas europeas de reciente importación. En suma, se conocía que se había puesto lo mejorcito de su baul para ir á ver al doctor.

En cuanto entró en el comedor que hacía de antesala, llevando al ciego de la mano, echó una mirada á su alrededor y se paró dudosa. En su pueblo el médico no tenía antesala, ni los clientes aguardaban turno. Lo que más la sorprendió fué el silencio de los circunstantes que la miraban con curiosidad, sin que al parecer tuviesen ninguna relación unos con otros. En un principio creyó que el médico era el estudiante, y se disponía va á ir á su encuentro, arrastrando al viejo. Mas reflexionó luego que para médico era demasiado joven, y se dirigió hacia el subprefecto, el cual con el periódico encima sus rodillas y los anteojos caídos sobre la nariz, la miraba sin pestañear por encima de ellos. Le pareció que tampoco tenía aire de médico, pero como quiera que fuera creyó que le podía sacar de dudas y resueltamente le preguntó con voz melosa:

—¿Es usted el doctor?

—No señora. El médico está en su cuarto, ahí dentro, y nos recibirá por turno; primero á este caballero, luego á aquella señora con su hija, enseguida á mí y por último á usted.

El subprefecto se agarró con gusto á la oportunidad que se le presentaba de soltar su lengua.

—¿No se sientan ustedes? añadió mostrando dos sillas á su lado. Siéntese usted y su compañero, que la cosa va larga y han de aguardar turno.

La mujer hizo volver con destreza y suavidad al viejo de espaldas á la silla, y luego poco á poco le fué arrimando al asiento, hasta que se sintió completamente colocado. Apenas en su sitio suspiró profundamente.

—¡Dios misericordiosísimo, tened piedad de mí!

Su voz era tan ronca y tan lastimera al propio tiempo, que la niña de los ojos vendados tuvo miedo y se acercó cuanto pudo á su madre, que empleó todo su esfuerzo en impedir que se levantara la venda de sus ojos.

—Tranquilízate, le murmuró en voz baja, tranquilízate. No es nada. ¡EI pobre hombre sufre también de los ojos!

La vieja no dió, al parecer. importancia alguna á la exclamación de su compañero. Se sentó á su lado volviéndose al subprefecto le dirigió la palabra, manifestándole sin rodeos ni preámbulos sus quejas contra la cocinera. Sentía tanto más la necesidad de desahogar su corazón, soltando en palabras su vehemente cólera, cuanto mayor había sido el esfuerzo hecho para contenerse durante la discusión habida en el patio, á fin de ganar causa, con medios suaves.

—¿Ha visto usted? exclamaba: ¿no querer dejarme entrar?—«Aquí no se recibe sino á la gente que paga.» ¿Y quién le ha dicho que yo había venido á ver gratis al médico? Á Dios gracias no necesito de ella para nada! Podremos ser pobres, pero tanto como vivir de limosna… eso no.

Creerá mi señora, que porque no va una vestida á la franca, (1) y no lleva sombrero, ya no es nadie! «¡Vayan al hospital!» Pues no, señora; el doctor nos verá aquí y yo le pagaré lo que sea!

Y al decir esto, metió la mano en el bolsillo para palpar su dinero.

El subprefecto creyó llegado el momento oportuno de tomar la palabra, pero la vieja se lo impidió.

—Es verdad, prosiguió, que no vestimos á la franca, ni somos ricos, pero así y todo en nuestro pueblo algo significamos. Que vaya allí mi señora y verá si vive de limosna la señora Loxia…

(1) Así llaman en Grecia y en general en Oriente al vestir á la europea.

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En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
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IV
V


INTERRUMPIÓ á la vieja el ruido de la puerta del despacho que se abría en aquel momento. Todas las cabezas se volvieron hacia el lado de donde salían el cliente y el doctor con él. El cliente atravesando el comedor se marchó; el doctor deteniéndose en el dintel de la puerta, miró uno á uno á los que aguardaban turno é hizo una señal al estudiante que se apresuró á entrar en su despacho. La puerta volvióse á cerrar de nuevo.

La señora Loxia se levantó en cuanto la vió abrir y metiendo la mano en su seno sacó de los pliegues de su camisa de seda, una carta en ademán de entregarla al doctor; pero al ver que el doctor no se fijaba en ella, volvió la carta á su lugar y se sentó. Esta interrupción calmó algún tanto sus furores contra la criada.

El subprefecto sacó su reloj y miró que hora era.

—¡Supongo, dijo, que este señor no va á hacernos aguardar tanto como el otro!

—Me le figuraba más viejo, observó la señora Loxia.

—¿A quién? preguntó el subprefecto.

—Al médico.

—No es tan joven como parece.

—Dios le conserve muchos años, replicó la vieja.

—¡Es un gran médico! añadió el subprefecto. ¡Hace milagros!

—Verdaderos milagros. Cuantos y cuántos en nuestra isla le deben la vista. En la fonda trataban de persuadirme de que fuera á consultar otro, pero, ¡qué había de hacerles yo caso!...

—¿Y quién era este otro?

La señora Loxia dijo aquí el nombre del oculista antes citado.

—¿Se le puede acaso comparar con éste? dijo el subprefecto con aire de menosprecio.

—¿Que sé yo?... Una vez me leyeron en unos diarios los remitidos de agradecimiento de fulano y mengano á quienes había curado, con una larga retahila de elogios, y no se figure usted... estaba todo en letras de molde.

—¿Y usted cree todo lo que dicen los diarios? ¡Ah, señora, todos estos elogios son pagados!

Al hablar de esta suerte el subprefecto había olvidado completamente, por un momento, el diario de Santorín. Mas al punto se acordó que no tenía derecho de acusar de un modo tan grave la integridad de la prensa, volviendo los ojos al diario todavía desplegado sobre sus rodillas, lo dobló con cuidado y lo guardó en su bolsillo.

De repente en medio del corto silencio motivado por las secretas reflexiones del subprefecto á propósito de la prensa, volvió á resonar de nuevo la voz lúgubre del ciego en el comedor.

—¡Dios misericordiosísimo, tened piedad de mí!

La señora Loxia hizo como que no oía la exclamación repetida del viejo, y con ademán de impaciencia se acomodó el chal sobre sus espaldas.

El subprefecto volvió á arreglarse los anteojos encima de su nariz.

—¿Es su esposo? preguntó.

—No señor, contestó la vieja secamente, no es mi marido. Es cosa muy singular que todo el mundo tenga que hacerme la misma pregunta: «¿Es vuestro marido?» Hasta la criada, lo mismo que todos, acaba de decir también: «Es vuestro marido?» No parece sino que aquí no van juntos más que los casados.

—Dispense, señora, mi indiscreción; no tuve intención de ofenderla.

—No me ofende usted, caballero, ni le hago cargos por haberme hecho tal pregunta. La culpa la tiene la gente que se mete siempre en cosas que no le importa.

Aunque la señora Loxia dijo esto ingenuamente y sin ninguna malicia, el subprefecto consideró como una especie de injuria la lección que se le acababa de dar. Y tanto más le molestó cuanto al volverse del lado de la dama elegante la vió sonreír como con cierto aire de aprobación. Y ya se disponía á contestarla de manera que no tuviera ganas de volver á las andadas, cuando la puerta del gabinete se abrió otra vez.

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V
VI


EL estudiante tapándose el ojo con la mano, con la expresión de un hombre que acaba de sufrir una cauterización, se retiró, mientras la dama elegante á una muda indicación del doctor entró en el gabinete con su hijita.

El subprefecto olvidó la acometida de que acababa de ser víctima ó la perdonó tal vez, viendo que la dama en cuestión, no estaba ya delante. Sacó de nuevo el reloj y miró la hora.

—¿Qué es lo que tendrá esta pobre niña? preguntó la señora Loxia.

—¡Vaya, vaya! exclamó el subprefecto lleno de satisfacción, conque también le pica la curiosidad el informarse de cosas que no la interesan para nada? Y después la molesta á usted que le hagan la más sencilla pregunta. No me he enterado de lo que tiene la muchacha, ni la conozco siquiera.

La vieja llevó la mano á sus labios y, rodeando con gracia su boca con los dedos, trató de disimular la sonrisa que sus ojos descubrían, en lugar de excusarse dirigió al subprefecto una nueva y doble pregunta.

—¿No conoce usted á esta señora? ¿Será pues extranjera?

—No puedo contestar á esta pregunta, porque no soy de aquí.

—¿En dónde pues reside usted?

—Soy el subprefecto de Santorín.

Y poniendo instintivamente la mano al bolsillo, palpó el consabido diario. De buena gana hubiera dado á leer á la vieja aquel artículo, pero pensó que no le convidaban las circunstancias, y retiró la mano vacía.

—¡Ah! con que el señor es subprefecto, replicó al punto la vieja; le deseo que muy pronto ascienda á prefecto.

—Gracias, señora. Dios lo haga.

—¿Y de qué partido es usted ?

—Soy ministerial.

—¡Qué lástima? Entonces no será usted prefecto pronto.

—¿Y porqué?

—Porque caerá el ministerio. Sus días están contados.

—Veo que también se ocupa usted de política, señora Loxia.

—¿Y quién no lo hace en los tiempos que corremos, señor subprefecto?

El ciego interrumpió su conversación, suspirando todavía otra vez de lo más profundo de su corazón.

—¡Dios misericordiosísimo, apiádate de mí!

El subprefecto interrogó á la vieja con sus ojos y poniéndose el índice en la frente, lo sacudió repetidamente, como queriendo decir: ¿No esté en sus cabales?

La señora Loxia contestó con la cabeza negativamente, y puso primero la mano en los ojos, cerrándolos, y luego sobre su corazón. El subprefecto comprendió que el viejo después que perdió la vista sufría una profunda melancolía.

Este diálogo mudo estableció relaciones casi familiares entre la vieja y el subprefecto. Si todavía quedaba entre ellos alguna nubecilla de resentimiento á causa de la pregunta que éste había hecho acerca de si aquel viejo era su marido, se disipó entonces por completo. Reanudaron pues la conversación, interrumpida momentáneamente, con mayor intimidad que antes.

La política hizo el gasto. La señora Loxia contó detenidamente las peripecias de la última lucha electoral en su isla, sin ocultar ni la parte activa que tomó en favor del candidato de la oposición que por desgracia había fracasado en su empeño, ni sus esperanzas en la próxima caída del partido que estaba en el poder.

El subprefecto comenzaba á impacientarse, sobre todo porque le tocaba tomar una parte tan pasiva en la conversación, en la que sólo alcanzaba á mezclar de vez en cuando alguna palabra, interrumpiendo la elocuencia á chorro continuo de su interlocutora, la señora Loxia. Por otro lado toda su atención estaba vuelta hacia la puerta del médico, la cual se abrió al fin, saliendo la dama elegante con su hijita.

El subprefecto cogió su sombrero á toda prisa y siguió al doctor á su gabinete, para consultarle el número de sus anteojos.

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VI
VII


LA señora Loxia y el ciego quedaron solos.

—Ya llegó nuestro turno, Yanni. Ahora nos verá el médico. ¿Oyes?

El ciego no contestó. Era la primera vez que la vieja le dirigía la palabra desde que entraron en casa del oculista. La silenciosa melancolía del viejo no casaba bien con su locuacidad. Es verdad que era capaz de hablar por dos, pero era para ello preciso que tuviera delante alguien que hiciera ademán de escucharla, ya por medio de una observación ó interrupción, ya cuando menos, por la expresión de sus ojos. Ninguna de estas satisfacciones podía darle el pobre viejo Yanni. Sus ojos no tenían mirada y sus labios difícilmente se abrían.

Con todo la buena señora Loxia quiso mover un poco á aquel desgraciado, ya que entonces había de verle el médico.

—Ya ves como viene la gente de todas partes para consultarle, continuó. Cuanto tiempo tenemos que aguardar, ¿no es cierto?... ¡Vaya que es un gran médico! También te curará, Yanni, con la ayuda de Dios. ¿Oyes?

Por toda contestación el viejo lanzó un suspiro.

—No me vuelvas otra vez con aquel Dios misericordiosísimo, prosiguió la vieja con viveza. ¡Me partes el corazón! ¡Y luego te oyen todos y creen que eres digno de compasión!

—¿Acaso no lo soy? replicó el viejo melancólicamente.

—¡Va! Otra vez me vendrás con tus historias de siempre. Que eres una carga para mí; que es una lástima los gastos que me ocasionas, que mal hayan los médicos, que esto y que lo otro... ¡Di cuánto quieras, ya que conseguí llevarte aquí! Lo que sí has de saber es que no me debes nada. Te lo dije y lo repito: No vine aquí por tí. Vine por asuntos propios.

—¡Ya! Buenos asuntos, murmuró el viejo.

La vieja fingió que no oía esa frase de desconfianza, y siguió diciendo:

—¿Y que me costaba, dime, llevarte conmigo? Ni tuve que pagar pasaje, porque el capitán no lo admitió. ¿He de ponerte acaso en cuenta el pan que conmigo comes? Me ofendes con que digas eso, Yanni, y hasta aun que lo pienses. Y en fin, sea como quiera, tengo el deber de no abandonarte. Sí, lo tengo. Debo dar gracias á Dios porque estoy en posición de hacerlo, como no dejo á nadie detrás de mí , á nadie perjudico con hacer mi santa voluntad. ¿Y qué mayor placer me deja mi pobreza que ser útil á los demás mientras pueda? ¡No pienses pues en estas cosas, Yanni! ¡Que Dios te permita ver la luz, y entonces quedaré más que recompensada, si es que algo he hecho por tí!

—Ya no veré más la luz, murmuró el viejo, con honda pena.

—¡No te desesperes, hombre! Cuántos y cuántos no se han curado. Quieres que te los nombre uno á uno? También tenían ojos como tú, y como tú los perdieron y Dios bondadoso se los devolvió.

—Dios misericordiosísimo...

—Por Dios Yanni, te lo pido otra vez, no vuelvas á quejarte de este modo. Dilo en tu corazón, que Dios ya lo oirá.

—Es que lo quiero oir yo. Al menos así me consuelo.

—Pues bien, dilo cuanto quieras, ya que eso te alivia.

La señora Loxia se levantó con alguna impaciencia, no sólo porque sentía la necesidad de distraer, moviéndose un poco, la profunda tristeza que le habían causado las exclamaciones del ciego, sino por la curiosidad de pasar sus ojos por los muebles del comedor. Lo que principalmente llamó su atención fué el retrato del médico, al cual observaba atentamente en el momento en que se abrió de nuevo rechinando, la puerta del gabinete.

El subprefecto al salir la saludó amistosamente, sin que ella lo notara. Corriendo hacia el ciego, le tomó de la mano, le levantó, y con él se dirigió hacia el médico, que se quedó parado en el dintel de la puerta.

VI
En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
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VII


EN aquel momento el reloj de la iglesia vecina dió las doce, y al mismo tiempo por una puerta lateral, entró en el comedor la cocinera, llevando una ancha bandeja llena de platos y vasos.

—Lo siento mucho, buena mujer, dijo el médico adelantándose hacia la vieja, pero ya lo ve usted, es mediodía y tengo que salir inmediatamente después de la comida. Vengan mañana, se lo ruego, ó mejor vengan por la mañanita al Hospital.

—¿No lo véis? Ya os lo dije, añadió la cocinera, mientras dejaba la pesada azafata encima la mesa.

Y dirigiéndose á su señor, dijo todavía.

—Me sequé la garganta para convencerla de que fuera de mañanita al Hospital, y no hubo medio de que me atendiera.

La señora Loxia sintió que la sangre le subía á la cabeza, pero se dominó y sin volverse á la cocinera, con voz dulce se dirigió otra vez al médico:

—No será usted capaz de hacer una cosa semejante, señor doctor, á unas gentes que han emprendido un viaje tan largo, tan solo para verle. No estaremos mucho tiempo. Con sólo examinarle ya comprenderá lo que tiene. ¡Se lo ruego por Dios, mi buen doctor!

El médico se sintió conmovido.

—¡Ah me olvidaba! prosiguió la vieja. Traigo una carta para usted de nuestro médico.

Y soltando la mano del ciego sacó de su bordada camisa una carta que mostró al doctor.

—Me dijo cuán bueno era usted, y como su corazón de oro consuela con su bondad á los enfermos, antes de que los cure su ciencia.

—¡Ah! ¡Qué aduladora es usted! exclamó sonriendo el médico; y abriendo la carta de su compañero de profesión, se dirigió hacia su gabinete.

La señora Loxia arrastrando al ciego, lanzó sobre la cocinera una mirada de triunfo, y Siguió á su despacho al médico que iba leyendo la carta.

Hé aquí su contenido:

«Querido y respetado profesor:

»Os recomiendo calurosamente á la dadora de la presente. La señora Loxia es la bondad personificada: es quizás la mujer más rica del pueblo y aun de la isla entera, y sin embargo, vive pobremente, como una lugareña, gastando todo su dinero en obras buenas y consolando á los que tienen necesidad de su auxilio. Esto no le impide conocer lo que conviene á sus intereses y no permite nunca que nadie abuse de su bondad, y sabe ponerse seria cuando tropieza con quien quiera burlarse de ella. Por lo demás es la misma caridad en persona, como la llaman los aldeanos. Supe confidencialmente por su notario que después de su muerte deja toda su fortuna á la escuela de su pueblo.

»Pero la señora Loxia no sólo piensa en hacer buenas obras, sobreviviéndose á su muerte; es también una verdadera potencia ejerciendo una influencia no despreciable, la cual espero que no me será del todo inútil en las próximas elecciones á las que me propongo presentarme candidato, con vuestro permiso, para corresponder á las exhortaciones de muchos amigos míos políticos.

»Confiando en que vuestra atenta acogida me proporcionará nuevos títulos á la benevolencia de mi querida paisana, tengo el honor de suscribirme, etc.»

¡Ni una sola palabra para el ciego! El médico no dió mucha importancia á esta omisión. De todo cuanto en la carta se decía lo que le hizo más impresión, hay que confesarlo, no del todo agradable, fué la pretensión de su compañero de profesión de presentarse candidato.

—¡Imbécil! dijo para sí arrojando la carta sobre la mesa.

Volvióse entonces hacia el viejo, le tomó por la mano, le condujo cerca la ventana, y abriendo los párpados con los dedos, observó un momento con gran atención sus ojos privados de luz; después mirando á la vieja que seguía fijamente todos sus movimientos, extendió horizontalmente la mano, como queriendo significar: ¡Ya no hay remedio!

La vieja puso rápidamente el dedo en sus labios y juntó después ambas manos con aire suplicante. Quería ocultar al viejo lo incurable de su dolencia. El médico comprendió la muda súplica; estaba acostumbrado á animar á los pacientes con engañosas esperanzas.

—¿Cuánto tiempo hace que no véis? preguntó al ciego. La señora Loxia se apresuró á contestar en su lugar.

—Hace ahora tres años que su vista comenzó á disminuir. El pobre muchacho dejó el país cuando todavía era joven. Trabajó mucho para ganar el pan; mas todas sus economías las gastó con los médicos de por allá. Entonces resolvió volver á su país, hará de esto cosa de un año. Todavía veía un poco; distinguía el día de la noche. De tres meses á esta parte no vé nada. Todo es negro, dice.

—Todo negro, repitió el ciego, con su lúgubre voz.

La vieja enjugó sus párpados con sus dedos, para detener una lágrima próxima á caer.

El médico la observó con mirada llena de simpatía.

—¿Es acaso su marido? preguntó.

—No, respondió la vieja, sin que su respuesta expresase ni la irritación ni la impaciencia con que poco antes acogió la misma pregunta hecha por el subprefecto.

—¿Su hermano, pues? continuó preguntando el médico.

—Tampoco.

—¿Su amante? dijo el doctor sonriendo.

La señora Loxia se llevó otra vez la mano sus labios, según su costumbre, para ocultar una maliciosa sonrisa.

—Es mi compatriota, dijo al fin, tras de algunos momentos de silencio. El doctor la observaba sonriendo también.

—El pobre, continuó, no tiene pariente alguno. Le conozco desde que éramos muchachos. Yo también estoy sola, sin familia. Los dos estamos muy cerca del término de nuestra vida. Si el me viera á mí ciega, me enseñaría el camino del sepulcro. Yo conservo mis ojos todavía y... ¿Me comprende usted?...

—Comprendo sí, que es usted una excelente cristiana, respondió el doctor. Y dirigiéndose al ciego, añadió:

—Habéis de estar muy agradecido á Dios, por haberos hecho conocer una persona tan caritativa.

—¡Alabado sea Dios! suspiró el viejo.

—Y qué medicina le recetará usted, preguntó al doctor la señora Loxia, guiñando un ojo, para darle á comprender la intención de su pregunta.

—Voy á ordenarle una poción para lavarse los ojos; mas es preciso que se ocupe en hacer algo con las manos.

—¡Es lo que y o le digo siempre, doctor! Con las manos cruzadas y los ojos cerrados la inteligencia concluye por embotarse. Yo le aconsejo que teja cestos.

—La señora os da un buen consejo y hay que obedecerla, dijo el doctor al ciego.

Este sacudió la cabeza y guardó silencio. El pobre no se forjaba ilusiones; bien conocía que no vería la luz mientras estuviese en este mundo. El médico se sentó en su despacho para escribir la receta y entre tanto la señora Loxia sacó el pañuelo de su seno, deshizo un nudo que había hecho en un extremo y tomando dos piezas de plata de cinco dracmas cada una, las dejó sin hacer ruido, encima de la mesa.

—¿Qué es esto? exclamó el doctor. Recoja aprisa su dinero; á esta hora no recibo á los clientes; sólo recibo á mis amigos.

Y tomando entre las piezas de dinero que había encima de la mesa, una de oro, quiso añadirla á las dos de plata, obligando á la vieja á recibirla.

—Para los cestos, murmuró señalando al viejo.

—Esto no es justo, dijo la señora Loxia. No sólo no quiere usted aceptar el dinero, sino que aun quiere usted regalarlo. No; eso de ninguna manera. Y rechazó decididamente la limosna.

—No se equivocaron los que me dijeron que era usted una persona excelente, continuó ella.

—Usted si que es una excelente mujer. Yo le aseguro que en su lugar, no me hubiera puesto en camino, ni corrido el peligro de ahogarme, por un hombre que no fuera ni mi marido, ni mi hermano, ni mi amante.

—Pues bien; es preciso que se lo diga todo, mi querido doctor, y volvió á ocultar con su mano una sonrisa. Es verdad que no es ni mi marido, ni mi hermano, v que tampoco es mi amante... mas, ¿cómo he de decirlo?... Hubo un tiempo en que lo fué. ¿Me comprende usted? Por causa mía dejó su país cuando me casaron. Mis padres no le querían porque no tenia nada. Mas si me hubieran consultado á mí, yo no hubiera escogido otro que él. Era entonces un arrogante mozo y muy fiel. ¡Oh! lo que es fiel bien lo ha demostrado, pues nunca se ha casado. Se marchó joven y guapo; y ha vuelto viejo y ciego... Durante su ausencia he enterrado á mi marido y á todos mis hijos. Después nos hemos encontrado todavía, uno al lado del otro, y los dos desgraciados. Mas ¿qué hacerle? La juventud pasa y no vuelve más... ¿Me comprende usted?... Ahora aunque sola y triste no me hace falta; pero no por eso he de abandonarle sin ayuda alguna, en la obscuridad, en las tinieblas. ¿Me comprende usted? ¿No es verdad que no debo hacerlo?

—¡María, María! gritó el doctor llamando á la criada, poned dos cubiertos más á la mesa.

Y dirigiéndose á la señora Loxia, le dijo.

—Mi buena señora, me contará usted todoesto, con calma, en la mesa, porque me gusta mucho.

—¡Oh! esto no es posible, señor doctor. ¡Sentarnos á la misma mesa que usted!...

—Pues así será y sin réplica, dijo el doctor. La señora Loxia persistió en su negativa, más de pronto pensando en la criada, no pudo resistir al placer de vengarse de ella, sentándose en la misma mesa de su amo, ella que había querido darles con la puerta en las narices.

—Pues que así lo quiere usted, señor doctor, sea. Beberemos un vaso de vino á su salud después le dejaremos.

Y tomando al ciego por la mano, siguió al doctor al comedor.

—¡Dios misericordiosísimo!... comenzó de nuevo el ciego.

—¡Silencio Yanni! Que no te oiga el doctor. Y Yanni calló.

Mi compañero, pensó el doctor, ya á creer que he hecho todos estos cumplidos á esa buena mujer para procurarle votos. ¡Conque quiere también ser diputado! Que lo sea; ya verá lo bueno que es.

—¡Ah señor doctor! dijo la señora Loxia, mientras el médico llenaba los vasos, ¡si quisiera usted ser nuestro diputado! Yo removería la isla para que saliese elegido.

—¡Muchas gracias! no tengo ningunas ganas de serlo. Tome usted á mi compañero bajo su protección, en mi lugar.

Y levantando los vasos llenos:

—¡A la salud de usted y á la de... su antiguo novio!

—¡A la de usted, señor doctor!