En el alma llevaba un pensamiento

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​En el alma llevaba un pensamiento​ de Rosalía de Castro
Nota: Poema publicado en el libro En las orillas del Sar (1909).

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En el alma llevaba un pensamiento,
Una duda, un pesar,

Tan grandes como el ancho firmamento,

Tan hondos como el mar.
De su alma en lo más árido y profundo

Fresca brotó de súbito una rosa, Como brota una fuente en el desierto, O un lirio entre las grietas de una roca.

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Cuando en las nubes hay tormenta

Suele también haberla en su pecho; Mas nunca hay calma en él, aun cuando La calma reine en tierra y cielo; Porque es entonces cuando, torvos,

Cual nunca riñen sus pensamientos.


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Desbórdanse los ríos si engrosan su corriente
Los múltiples arroyos que de los montes bajan,
Y cuando de las penas el caudal abundoso
Se aumenta con los males perennes y las ansias,
¿Cómo contener, cómo, en el labio la queja?
¿Cómo no desbordarse la cólera en el alma?

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Busca y anhela el sosiego...
Mas... ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto
Dormido vuelve a soñar.
Que hoy, como ayer y mañana,
Cual hoy en su eterno afán,
De hallar el bien que ambiciona
—Cuando solo encuentra el mal-
Siempre a soñar condenado
Nunca puede sosegar.
¡Aturde la confusa gritería
Que se levanta entre la turba inmensa!
Ya no saben qué quieren ni qué piden;
Mas, embriagados de soberbia, buscan
Un ídolo o una víctima a quien hieran.


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Brutales son sus iras,
Y aún quizás más brutales sus amores;
No provoquéis al monstruo de cien brazos,
Como la ciega tempestad terrible,
Ya ardiente os ame o fríamente os odie.

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Cuando sopla el Norte duro
Y arde en el hogar el fuego,
Y ellos pasan por mi puerta
Flacos, desnudos y hambrientos,
El frío hiela mi espíritu,
Como debe helar su cuerpo,
Y mi corazón se queda,
Al verles ir sin consuelo,
Cual ellos, opreso y triste,
Desconsolado cual ellos.

Era niño y ya perdiera
La costumbre de llorar;
La miseria seca el alma
Y los ojos además:
Era niño y parecía
Por sus hechos viejo ya.

Experiencia del mendigo,
Eres precoz como el mal,
Implacable como el odio,
Dura como la verdad.


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De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,
No, no busquéis la imagen de la eterna belleza,
Ni en el contento y harto seno de los placeres,
Ni del dolor acerbo en la dura aspereza.

Ya es átomo impalpable o inmensidad que asombra,
Aspiración celeste, revelación callada;
La comprende el espíritu y el labio no la nombra,
Y en sus hondos abismos la mente se anonada.