En la sangre:VI

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En la sangre - Capítulo VI



Dos días después de haber tenido lugar la fúnebre ceremonia, un agente de negocios judiciales, vecino de la parroquia, golpeaba en casa del muerto.

Iba a ver a la viuda, a visitarla y a presentarle su pésame por la desgracia que ésta había sufrido. Poco a poco, en el curso de la conversación, insinuóle la conveniencia de un pronto y oportuno arreglo de sus negocios, la necesidad en que se hallaba de proceder a la liquidación de la testamentaría de su esposo.

El mismo concluyó por ofrecerse indicándole a la vez un abogado conocido suyo, persona muy decente, muy capaz y muy honrada, quien se haría cargo gustoso de la dirección del asunto.

Bien sabía ella que no en cualquiera podía uno fiarse en el "día de hoy". ¡Estaba tan de una vez degradada la profesión, y a los pobres sobre todo, los estiraban de un modo cuando tenían la desgracia de caer mal!...

En abogados, procuradores, escribanos y demás historias, todo se le iba de las manos a uno si se descuidaba, todo se lo comían entre una punta de alarifes; cientos de miles de pesos, herencias cuantiosas se evaporaban, se hacían humo así, de la noche a la mañana sin saber cómo... Era un escándalo, una picardía, una canallada... ¿Y quiénes venían a pagar el pato al fin? los infelices huérfanos que quedaban reducidos a la más completa indigencia...

Con él no había peligro de que tal cosa sucediera... no, no, no había cuidado, podía estar tranquila a ese respecto... ¡qué esperanza!... ¡él no era de esos!

Pero manifestando ella no abrigar sombra de duda acerca de la probidad del agente, mostrándose convencida, diciendo que así sería, que bastaba que él lo asegurase, acababa de recordar, mientras hablaba el otro, el nombre de un abogado en cuya casa tenía entrada; lavaba de años atrás la ropa de la familia; era una de sus "marchantas" más antiguas la señora y había sido muy buena con ella siempre, le pagaba puntualmente al fin de cada semana; nunca le descontaba las fallas y hasta solía darle ropita usada de los niños para Genaro.

Mentalmente en ese instante hizo el propósito de ir a verla, a aconsejarse de ella, y eludiendo desde luego contraer compromiso alguno, con buen modo, en buenos términos, trató de verse libre de la presencia importuna del agente; no sabía aún, lo pensaría, le contestaría, podía él dejarle las señas de su casa, le mandaría a Genaro en caso de resolverse.

Una vez en contacto con el marido de su protectora y luego de ponerle al cabo del asunto, de trasmitirle los datos y antecedentes requeridos para presentarse ante el Juez, en momentos ya de retirarse, habló la viuda de su hijo.

Parecía que el muchacho iba a ser de mucha pluma; se manifestaba muy contento el maestro, decía que tenía cabeza. Pero como empezaba a ser grandecito ya, ignoraba qué camino seguir la madre, qué medida adoptar con él: si dejarlo en la misma escuela o ponerlo a pupilo en un colegio. Las criaturas, ya se sabía, eran criaturas, no tenían juicio, les gustaba jugar y hacer sus travesuras. A veces se le escapaba, el chico, se juntaba con otros y ella, sola y siempre enferma, no podía estarlo atendiendo.

Habría deseado colocarlo con alguna persona formal para que se ocupase de algo a su lado y siguiese a la vez yendo a la escuela.

Justamente se encontraba sin escribiente el abogado, acababa de echar el suyo en esos días, un sinvergüenza que lo tenía cansado, un haragán, cachafaz, que lo estaba robando en el vuelto de los vicios, en los cigarrillos, en la yerba y el azúcar para el mate de entre el día:

-Mándeme a su hijo, señora -concluyó por decir despidiendo aquél a la viuda-, veré de lo que es capaz y, si es que de algo me sirve, se lo tendré aquí conmigo en el estudio.




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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