En la sangre:XI

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En la sangre - Capítulo XI



Consagrábase desde entonces al estudio, de lleno, con pasión, y una vida de lucha empezó en Genaro.

Era un anhelo constante, un afán de saber, de descollar entre los otros estudiantes, distanciado ahora de sus antiguos compañeros de "parranda", cuya sociedad rehuía y a quienes solía encontrar sólo de paso, al cruzar los alrededores del mercado o esperando en los claustros la hora de clase.

Apenas durante el corto tiempo que las atenciones de su empleo le reclamaban, veíasele ausente de su casa. Volvía después, se retraía, se encerraba entre las cuatro paredes de su cuarto, solo con sus libros.

Y redoblaban su dedicación y su ahínco a medida que el año transcurría, que se acercaba el plazo fatal de los exámenes, el día terrible de la prueba.

Levantado de la cama al aclarar en las mañanas crudas de invierno, pero insensible a los rigores del frío y a la falta de descanso, la hora de la clase, el momento de salir, llegaba a sorprenderlo sin tiempo muchas veces de tomar el más ligero desayuno, absorto por completo en el trabajo, en ese trabajo maquinal del estudiante rutinario porfiando con el libro, haciendo, con un tesón de buey uncido al yugo, por grabar en su memoria lo que había intentado comprender la víspera, repitiendo en voz alta la lección del día, diez, cien, mil veces, seca la garganta, mareada la cabeza, invadido más y más por un confuso aturdimiento, por una inconciencia vaga en el ritmo automático de su incesante marcha a lo largo de la pieza.

Luego, bajo el círculo de la luz de una lámpara de aceite, en la atmósfera encerrada de su cuarto de estudiante, noche a noche, las veladas se sucedían, las veladas sin fin, interminables, prolongadas hasta las horas cercanas de la madrugada, arrebatado, febriciente, en la enorme tensión intelectual a que voluntariamente llegara a someterse, clavados los codos sobre su escritorio -un escritorio de paño verde, enchapado de nogal- oprimida la frente entre las manos, los ojos fijos en algún libro de texto.

Un paquete de cigarrillos negros y una jarra de café frío no faltaban jamás al alcance de su mano. Y cuando el sueño, ese déspota implacable a pesar de todo lo embargaba, cerraba sus párpados hinchados y ardorosos con la inflexible dureza de una tenaza de hierro, sacudiéndose de pronto en un esfuerzo de todo él, corría a abrir la puerta de calle, llamaba al sereno de la cuadra, y después de obtener de éste el favor de que golpeara momentos más tarde a su ventana, sin acertar siquiera a desnudarse, caía, se desplomaba atravesado, como un muerto, sobre el colchón de su cama.

Pero no eran, sin embargo, ni la labor abrumadora del espíritu, ni las fatigas del cuerpo lo que más quebrantaba su organismo.

Otra especie de sufrimiento, acentuando en él cada vez más sus ingénitas tendencias, sordamente lo minaba: la emulación, la envidia, el despecho de reconocerse inferior a otros.

Dábase todo entero él al lleno de sus tareas, se mataba, se devanaba los sesos estudiando, pasaba entre sus libros la mitad de su existencia y, ¿qué premio, qué recompensa, entretanto, conseguía, qué ganaba, qué valía, él quién era?...

¡Apenas un espíritu vulgar, un estudiante, ramplón y adocenado, y de esos que, bajo la capa artificiosa del estudio, disimulan su indigencia intelectual; plantas que se arrastran por el suelo sin lograr clavar sus raíces, vegetan y se secan sin dar fruto, parásitos de la ciencia, pobres diablos condenados a vivir recorriendo, ellos también, su dolorosa via crucis en las bancas de derecho o en las salas de hospital, para llegar en suma a merecer que les arrojen de lástima la deprimente limosna de un título usurpado de suficiencia!

Sí, pensaba, eso era él, lo sentía, lo conocía. Abstraído, reconcentrado en el secreto examen que de sus propias fuerzas intentara, mirábase obligado a confesarse, a pesar suyo, su impotencia, íntimamente y a él solo, allá, en la negra, en la misteriosa mudez de su conciencia, en lo más recóndito de su alma, poseído de un sentimiento de sordo malestar, algo como un bochorno de pobre vergonzante.

Abría el libro, emprendía el estudio de un punto nuevo; le sucedía leer a veces y releer el mismo párrafo sin atinar a discernir con precisión su contenido. Las palabras, las frases, los períodos se seguían como partes inconexas de un todo heterogéneo, sin mutua correlación, sin vínculos entre sí.

Era, ya la apariencia de algún error grosero, de una contradicción chocante, que creía ver desprenderse de la página, saltar a primera vista de su lectura y que, en un tímido recelo de sí mismo, aplicaba todo su esfuerzo de atención en comprobar; ya un extraño embotamiento, una torpeza, una singular dificultad de comprensión que, impidiéndole tocar el fondo del asunto, posesionarse de él y dominarlo, arrancaba, con un gesto de rabia y de impaciencia, palabras soeces de sus labios.

Levantábase entonces ofuscado, caminaba, presa de una agitación, recorría de un extremo a otro su cuarto, volvía, se sentaba, inmovilizaba ensimismado la vista sobre el texto.

Pero un objeto cualquiera, un detalle luego, una nada lo distraía: los dibujos del papel en la pared, los colores varios de la alfombra, el humo del cigarrillo, el brillo de un picaporte.

Y era entretanto el libro como una puerta cerrada tras la cual se ocultara lo impalpable; eso que en vano su mente enardecida perseguía, eso que habría querido poseer, asir, dominar y que se le escapaba, se le iba, rebelde a sus miradas se desvanecía en una ilusión de caprichosas curvas, de eses escurridizas de culebra, eso ignoto, informe, inmaterial, algo como el alma de la tinta y del papel que flotaba y se agitaba, que en la obcecación de su cerebro, rodeado del silencio de la noche, le parecía oír, palpitar, estremecerse en un vago más allá, apareado al chirrido sordo del aceite consumiéndose en la mecha del quinqué.

¡Ah, no ser él como eran otros que conocía!... ¡Llenaban esos la Universidad con sus nombres, no parecía sino que en ellos toda una generación se encarnara, que el porvenir de la patria se cifrara sólo en ellos!...

¿Qué hacían, sin embargo, qué méritos contraían, qué esfuerzos, qué sacrificios les costaba la reputación, la fama que de clase en clase habían llegado a alcanzar?

Pasaban su vida de estudiantes entregados al solaz y a los placeres, veíaseles en las fiestas de continuo, iban a bailes, a los Clubs; oíalos él en los corrillos, en los grupos de estudiantes, hablar, conversar, de sus amores, de las mujeres de mundo, de sus queridas del teatro, de seis noches de trueno, de juegos y de orgía...

Pero era que brillaba en sus frentes la luz de la inteligencia, que podían ellos, que sabían, que comprendían, que el solo privilegio del ingenio bastaba a emanciparlos de toda ímproba labor... mientras él... ¡Oh, él!...

Y, solo porque dotado de la astucia felina de su raza, su único bagaje intelectual, poseía el don de sustraerse a las miradas ajenas, de disfrazar, envuelto en el oropel de una verbosidad insustancial y hueca, todo el árido vacío de su cabeza, no faltaba quien dijera de él que también tenía talento... talento él... ¡Oh, si lo viesen, si los que tal creían lo sorprendiesen, frente a frente, cara a cara con sí mismo... imbéciles, el único talento que tenía él era el de engañar a los otros haciendo creer que lo tenía!...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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