En la sangre:XIV

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En la sangre - Capítulo XIV



Seguro del terreno que pisaba, dueño absoluto de sí mismo, la palabra brotaba de sus labios fácil, fluida, franca, en el recogido silencio de la sala; con el brillo y la pureza del cristal sonaba el timbre de su voz que la emoción ligeramente estremecía.

Allá, tal vez, en el fondo, para un ojo observador, un vacío, un punto negro habría podido acusarse, una ausencia de acabada claridad, de precisión en el juego de las ideas, algo como esas masas de sombra, vagas, indecisas, que suelen flotar a la distancia, empanando la diáfana pureza del espacio en días de sol.

Habríase dicho una ficción, por momentos, una falsa imitación más bien, de saber y de talento, el oropel de una apoteosis de teatro, trabajada, artificial, la luz del gas simulando el sol.

Fue un triunfo, sin embargo, un momento espléndido de triunfo. La más alta, la más honrosa de las clasificaciones; una especial mención de los miembros de la mesa, felicitando a Genaro por su soberbio examen; el aplauso general, los parabienes de sus compañeros, aun de aquellos cuyo altanero desdén más dolorosamente había sentido siempre pesar sobre él y que, con la sonrisa en los labios, acercábansele ahora, estrechábanle solícitos la mano.

E iba a ser publicado todo eso, pensaba lleno de orgulloso júbilo Genaro, veríase en letras de imprenta él, su nombre, su oscuro, su desconocido nombre, el nombre del "hijo del gringo tachero" aparecería en las columnas de la prensa, circularía de mano en mano, rodeado como de una aureola brillante de fama y de prestigio.

¡Oh, qué le importaban los quebrantos del pasado, las horas mortales de lucha y decaimiento, el torrente de hiel que había apurado, las ofensas, los vejámenes sufridos, las vergüenzas devoradas en silencio, la larga, la interminable cadena de sus padecimientos!...

¡Eso y otro tanto y más y más, mil veces habría tenido el coraje de sobrellevar resignado, por un minuto, por un segundo solo en que llegase a sentirse harto, como ahora, de la dicha soberana de vengarse!...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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