En la sangre:XLI

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En la sangre - Capítulo XLI



Pero una a una, como las cuentas de un rosario, nuevas obligaciones se sucedían, nuevos plazos se cumplían. Un vencimiento, entre otros, de treinta mil duros y pago íntegro, traía a Genaro preocupado.

Se le venía encima en esos días... ¿A qué santo encomendarse, apelar a Máxima haciéndole otra entrada?

Mansita la había largado, como para salirle con esas ahora y tener una de a pie los dos, y volverse él con una mano atrás y otra adelante, que era lo más probable, lo más seguro, dada la actitud de su mujer, según se había mostrado de cocorita, el modito que había tomado, el geniecito que había revelado, ¡el mismo genio del viejo padre!...

Nada, friolera, una zoncera, treinta mil pesos fuertes.

Pero, estúpido, pensó, llegó a ocurrírseles de pronto, ¿a qué ponerse a hablar de fuertes, con qué necesidad? Bastaría decirle, hacerle creer a la otra que eran pesos papel, pesos moneda corriente. ¡Medio embarullaría el signo $ él al llenar la letra, leería pesos ella; o ni eso, ni leería, ni se fijaría y más que mala, más que perra se portara, yendo a negarle su firma por semejante bicoca!...

Era indudablemente un buen golpe el suyo, se decía Genaro con íntima alegría, satisfecho del expediente por él imaginado, orgulloso de su idea, de la peregrina y feliz inspiración que había tenido.

Viose con todo y, a despecho de la confianza que en el éxito abrigara, obligado a protestar, reducido a empeñar la garantía de su palabra, a jurar por su honor, por el afecto que profesaba a su madre, por la vida de su hijo que nunca, jamás, tornaría a solicitar, a implorar de su mujer favor alguno de dinero. Todos los medios, los arbitrios, los resortes que una suprema extremidad sugiere al hombre, fueron tocados por él, a todo recurrió, a la súplica, a la astucia y al engaño, a la amenaza, a una amenaza de muerte, de suicidio. ¡Sí, estaba desesperado, loco, no se le ofrecía otra vía de salvación para salir de la situación tremenda en que se hallaba, que acabar por levantarse la tapa de los sesos!...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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