En la sangre:XV

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En la sangre - Capítulo XV



Existía en la calle Reconquista, entre Tucumán y Parque, un llamado "Café de los Tres Billares, cuya numerosa clientela en gran parte era compuesta de hijos de familia, empleados públicos, dependientes de comercio y estudiantes de la Universidad y de la Facultad de Medicina.

Su dueño, un bearnés gordo, ronco, gritón, gran bebedor de ajenjo, pelado a la mal content e insigne disputador de achaques en historia guerrera y de política, tenía, leguleyo a medias él mismo, una predilección marcada por los últimos.

Iba, en su profundo amor a la ciencia representada para él por el gremio estudiantil, hasta hacer crédito a sus miembros de la hora de mesa y del chinois en épocas adversas de pobreza.

Tras de la maciza puerta de calle, otra de vidriera conducía a un vasto local donde tres billares, grasientos bajo la llama nublosa de los quinqués, en medio de una eterna nube de humo, escalonábanse abonando el letrero de la muestra.

Veíase, entrando a la izquierda, un mostrador forrado de cinc, luego un estante provisto del surtido para el despacho diario: botellas de licores, frascos de frutas en conserva, tarros de cigarrillos, cajones de cigarros hamburgueses, mientras junto a varias mesas de fierro, más allá, guardando las distancias como pelotones en marcha, unas cuantas docenas de sillas se alineaban y, sobre el papel pintado de la pared, colgaba una colección de estampas iluminadas representando batallas ganadas por Napoleón.

Pero algo de segunda mano había además oculto a las miradas indiscretas y profanas de la plebe, un ramo reservado del negocio, una dependencia secreta de la casa, especie de bastidor de introtelón al que un oscuro pasadizo lateral, independientemente desde la calle facilitaba el acceso.

Era, sobre la cocina donde hervían los tachos de café, en los fondos, un cuarto grande, de alfombra de chuce, cortinas blancas de algodón, cieloraso de lienzo, empapelado, muebles del país y un olor insoportable a cucaracha. Se subía a él, por una escalera de pino apolillado, a la intemperie.

En ocasiones, mediante un lucro razonable, solía su dueño ponerlo a disposición de los amigos; no sin ciertas reticencias, cuchicheando en los rincones y bajo palabra formal de silencio y discreción: cuestión de no comprometer de puro bueno y complaciente el crédito de la casa.

Pero lo abría, lo ventilaba, hacía sacudir el polvo en carnaval, al iniciarse los bailes; las ganancias en esa época se presentaban gordas y, adiós entonces moral y miramientos; noche a noche, de las dos de la mañana en adelante era un train a tout casser.

Allí también, concluido el año, solían citarse entre estudiantes; los amigos del mismo curso, a festejar con una cena en que había pavo, tajadas de jamón y hasta champagne por veinticinco pesos "a escote" la "sacada de clavo del examen".

Y ocho o diez de los de la clase de Genaro y él entre ellos acababan de instalarse alrededor de la mesa, alegres, charlatanes, mientras esperaban que empezase el mozo a traer la cena, hablando cada cual, sin ton ni son y a todo azar, de lo primero que caía a mano: el espíritu liviano, retozón, como en asueto, después de los mortales meses de estudio y sujeción, ganoso el cuerpo recobrado, aguzado el apetito, como en una revancha de la bestia puesta a dieta.

Había cesado la obsesión, la constante, eterna pesadilla; había pasado la nube negra del examen, era como otro mundo que empezara, todo lo veían color de rosa ahora, o no más bien, nada veían, porque nada miraban, ni nada les importaba la bienaventurada indolencia de seis años. El problema eterno de la vida, el porvenir, las batallas del futuro, sus dudas, sus azares, sus zozobras... ¡Bah! mucho se les daba a ellos de porvenir, de futuro... los tres meses de vacaciones del presente les bastaba, les sobraba a la dicha de existir.

Uno, a los postres, levantose y brindó, hizo un discurso en que la ciencia, el amor, la libertad, la democracia, las gotas de rocío, la patria, el canto de los ruiseñores, los pétalos de las flores y otras cosas, mezclado todo, revuelto, confundido, era, como resaca al mar, implacablemente acarreado aguas abajo en el atropellado torrente de la palabra.

Varios de los otros, estimulados por el ejemplo y sobreexcitados por el vino, apresuráronse a imitarlo, pidiendo todos por fin que hablara el héroe de la jornada, el voto de distinguido con mención; a ver, que dijera algo, que se mostrase él también...

¡Hablar Genaro, improvisar... y qué habría dicho!...

¡Oh! mientras de pie sus compañeros, brillante la mirada, encendida la mejilla, la copa en alto, dejaban sin violencia correr la fecunda fuente de su labia, él abstraído, ensimismado, allí, solo en su adentros, trabajosamente se ensayaba, buscaba, procuraba dar forma al pensamiento, poner a prueba una vez más la medida de sus fuerzas, y, una vez más, ¡infeliz! era asaltado por la triste y dolorosa persuasión de su impotencia.

Nada... ni una frase, ni dos palabras siquiera, sensatas, pertinentes, atinadas, habríase creído capaz de hacer brotar de sus labios... nada. . sentía su cabeza seca como los vasos de Champagne dispersos sobre el mantel.

Y, con esa insistencia grosera y desmedida que comunica el vino, urgido, apremiado a gritos por sus compañeros, sin saber qué excusa dar, ni qué decir, ni qué hacer, como rompiéndosele a pedazos en medio de la algazara, el corazón le latía, le silbaban los oídos como en un tiro a quemarropa, confusas, revueltas, enmarañadas sus ideas, semejantes, en el brusco agolpamiento de su sangre, a las piezas de una máquina que acabara de estallar.

Lejos de ceder los otros, sin embargo, seguía la grita, porfiada, atronadora. Lo habían rodeado, lo agarraban, lo tironeaban los más borrachos; "¡que hable, que hable... sí, señor, tiene que hablar!"

¿Borrachos?... sí, lo estaban por desgracia suya, se les había ido en mala hora el vino a la cabeza...

Pero... ¿pero por qué entonces no se daba él mismo por tal, ideó de pronto y hacía por verse libre de ese modo, no era lo más natural, lo más factible que le hubiese acontecido lo que a los demás, no quedaba así todo explicado, su empecinado silencio, su actitud?...

¡Imbécil, no habérsele ocurrido antes eso... qué mejor pretexto quería!

Y con toda la destreza, con la artimaña de un cómico, simuló hallarse ebrio él también; embotó la vista, separó una de otra las piernas, ladeó el cuerpo, como descuajado en la silla cabeceaba, babeaba, tartamudeaba, pedía más vino.

-Está mamau el gringuito -riéndose a carcajadas prorrumpieron en coro los demás-, miserablemente mamau... angelito... ¡que la acuesten a la criatura!...

Bien pronto, en un descuido, desviada de él la atención, pudo salir Genaro sin ser visto, bajó en puntas de pies la escalera y perdiéndose entre las sombras espesas del zaguán, ganó la calle:

-Se ha hecho perdiz, se ha hecho humo el napolitano... ¡Ah, canalla sinvergüenza!... ¡Ha de estar por ahí escondido, durmiendo la mona o echando el alma en algún rincón!...

Salieron los otros a su vez, buscaron, registraron con un ahínco, con un encarnecimiento de perros ratoneros, volvieron de arriba abajo la casa, preguntaron a los mozos, al patrón; ninguno de ellos lo había visto, nadie supo dar razón del desaparecido.

-¡Al bajo, a los bancos del paseo se ha de haber largau cuando menos a tomar el fresco el muy mandria!... -dominando el confuso toletole saltó de pronto como inspirada una voz.

¡Seguro, pues, era claro, era evidente... no haber caído antes en cuenta, zonzos!...

Y resolvieron sin más ni más dirigirse todos al bajo.

Pero en la esquina, a mil leguas ya del objeto que los llevaba, porque sí y como si un viento los empujara, siguieron calle derecha al Sud.

Caminaban como en tropel, pisándose los talones, hablando a un tiempo en alta voz, pidiendo el fuego a las transeúntes, sin echar de ver que llevaban ellos mismos encendidos sus cigarros.

No faltó, frente al atrio de la Merced, quien declarara que no pasaba de allí; se obstinara como caballo empacado, se sentase sobre los escalones del pretil y comenzase a entonar a voz en cuello el himno patrio.

Al más alegre en la plaza Victoria, una melancólica tristeza de súbito lo invadió, un doloroso recuerdo despertose en su memoria: misia Pancha, su madrina, una que le regalaba masacote de chiquito, que lo había asistido del sarampión y que era íntima de la madre, se encontraba enferma en cama, de mucha gravedad.

¡Y era un miserable él, un gran culpable, un gran canalla de haberse puesto en ese estado en andar así, "tomau", cuando quién sabía, no estuviese ya en las últimas la pobrecita señora, agonizando o tal vez muerta!...

Y, poseído de cruel remordimiento, no tardó en soltar el llanto a sollozos, quiso desde allí, desde allí mismo y sin pérdida de tiempo ir a saber, a indagar, a tomar informes en la casa, a ofrecer a la familia o, en último caso, si era que tarde acudía por su desgracia, a tener el consuelo, dijo, de verla a la finada.

Este primero, luego aquél, y otro después, de a uno, de a dos, se dispersaban, emprendía por su lado cada cual. Llegaron a comedirse los que por efecto del aire fresco de la noche empezaban a sentir sus cabezas despejadas; mansamente resignados, prestaban su ayuda a los demás, hasta la puerta de sus domicilios respectivos los llevaban, se abstenían de poner ellos mismos el pie sobre el umbral, temerosos de que una parte "les ligara", de rechazo en alguna furiosa filípica paterna.

Y poco a poco así, vino a quedar disuelta al fin la comitiva.




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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