En la sangre:XVIII

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En la sangre - Capítulo XVIII



Corto tiempo después, habilitado de edad y en posesión de un poder amplio de la madre, quedose solo Genaro, viose independiente a los veinte años, dueño absoluto de sus actos, desligado, se decía, de todo vínculo en la tierra, libre, en fin, exclamaba, de realizar a su antojo el programa de vida que se había trazado.

Pero, con gran descontento suyo, una primera y seria dificultad no debía tardar desde luego en producirse. La casa de la calle Chile había sido alquilada en mil pesos; daban mil quinientos los títulos de fondos públicos; del total, había que descontar cien francos por mes para la madre; el resto era para él.

Al ausentarse aquélla, habíale hecho entrega de una suma de dinero, sus ahorros, veinte mil pesos que había economizado mes a mes en los gastos de la casa.

Podía, ¡lo que Dios no permitiera! llegar a enfermarse su hijo, precisar médico y botica, verse en alguna que otra urgencia, y era bueno siempre que le dejara de reserva esa platita. ¿Con qué necesidad andar pidiendo a los otros el favor?

-Pero, ¿y usted, mamá?

-¡Oh!, no te aflijas por mí; teniendo el pasaje pago yo ¿para qué más?

Con esa cantidad -una fortuna, nunca había visto tanto dinero junto él- sin mínima preocupación de lo futuro, de lo que podría ser de él más tarde, diose Genaro a vivir costosamente.

Empezó por alquilar dos vastas piezas, sala y dormitorio, en el piso principal del Ancla Dorada sobre el frente. Almorzaba, comía y cenaba diariamente en el Café de París, iba a los teatros, de un lado a otro, recorría la ciudad en carruajes de alquiler, los tenía de cuenta suya estacionados largas horas a la puerta, ordenose varios trajes en lo de Bonás, compró ropa blanca, guantes, sombreros de Bazille y noche a noche, por los contornos de la Plaza del Parque, veíasele rodar en horas avanzadas, penetrar a las casas de puerta de reja de las calles Libertad, Temple y Corrientes.

No había transcurrido, sin embargo, un mes, cuando, a ese paso, observó con extrañeza, sorprendido, que su caudal inagotable se agotaba, que empezaba a ver el fin de sus veinte billetes de a mil pesos; quedaba apenas un resto en el fondo de su bolsa.

¿Y cómo ahora, con sólo dos mil pesos papel de renta al mes, hacer frente a la serie de erogaciones que había pensado efectuar, proceder a su instalación definitiva, tener carruaje suyo, pagar sus gastos, llenar las exigencias del género de vida a que aspiraba?

Imposible; costaba más el alquiler de la casa, de una casa en el centro como la que él quería.

Había contado sin la huéspeda... dos mil pesos... ¡lejos iba a poder ir con semejante miseria!... Creía tener mucho más...

Y no había vuelta que darle entretanto, no había qué hacer, mal que le pesara fuerza era conformarse, renunciar a sus proyectos, a sus pretensiones ridículas de hijo y de grandeza... ¡mire qué figura también la suya, querer darse aires con eso... gran puñado eran tres moscas! -exclamaba para sí confuso y avergonzado, en una sorda humillación, como si hubiese sido una mancha, algo infamante su relativa pobreza.

Se aplicaba, hacía sus cálculos, sus cómputos, de nuevo los volvía a hacer, los rehacía, contaba, ponía de lado, trataba de distribuir, de dar destino conveniente a su dinero: los gastos materiales y primeros de la vida, la casa, la mesa, la ropa por una parte, por otra lo accesorio, el teatro y el café, el carruaje, el cigarro -le gustaba fumar bueno a él-, las mujeres, siempre se le irían en eso unos cuatro o cinco papeles de cien pesos por lo menos...

Pero nada, ni cerca, no daba, por mucho que tratara de estirar la cuerda, no alcanzaba, no le quedaba decididamente otro remedio que confesarse gusano, hacer de tripas corazón y reducir en grande sus gastos.

Ante todo, lo esencial para él eran las formas, la apariencia: andar paquete, pasearse de habano por la calle de la Florida y que no le faltaran nunca cincuenta pesos en el bolsillo con que poder comprar entrada y asiento para el Colón.

Lo demás, aunque tuviese que apretarse la barriga y comer en los bodegones y dormir en catre de lona, eso, ¡cómo había de ser!... ése era negocio suyo, allá se las compondría él...

No había para qué andar mostrando la hilacha, sobre todo, dando indicios, haciéndolo saber, publicándolo a son de pitos y tambores.

Habló al dueño del hotel, ajustóse con él y cambió de habitación. Aun cuando era pequeño el cuarto, oscuro, húmedo, apestando a letrina y en el piso de los sirvientes, que lo viesen salir siquiera de la casa, algo era algo, poder decir uno que vivía en el Ancla Dorada.

Fue en seguida y se abonó, tomó posesión en la Fonda Catalana; cuatrocientos pesos en salita aparte; comía temprano, antes que se llenara de gente todo aquello.

Y suprimiendo luego los desembolsos inútiles, superfluos, eso de tener porque sí coche a la puerta, de pasar la mitad de su tiempo metido en las casas públicas, de andar tirando el dinero en guantes, perfumes, bastones, docenas de corbatas, consiguió al fin llegar a balancear mal que mal su presupuesto.




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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