En la sangre:XXIV

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En la sangre - Capítulo XXIV



¡Oh!, pero el que lo heredaba no lo hurtaba; eran cabezudos todos los de su cría y sin pizca de vergüenza, para mejor, con tal de sacar tajada.

¡Había perdido una chica, cómo había de ser... tiempo al tiempo... no desesperaba de la revancha; le habían cerrado la puerta, podía muy bien suceder que se les metiese por la ventana!...

Lo único que, pasado el primer momento de rabia, seguía haciéndole escozor, lo que únicamente le estaba dando pensar, era que fuese a correrse la voz, a divulgarse y a llegar a oídos de la muchacha su pelada de frente...

Muy capaz, con las ínfulas que debía tener, de mirarlo como a perro... Malo entonces, entonces sí, trabajo y tiempo perdido... cuestión de volver a la andadas con alguna otra, y desconceptuado, desprestigiado por añadidura, desmonetizado en plaza como metal de mala ley.

Sin duda, dccíale Carlos en su carta, que había conseguido retirar en obsequio a él la solicitud, que era como si no lo hubiesen votado. Farsante ese también... ni medio que debía haberse empeñado, le había sacado el cuerpo, lo había dejado colgado no más... mucho le iba a hacer creer, mucha fe le iba a tener... ¡eran cortados todos por la misma tijera!...

Pero aun en el supuesto de que hubiese dicho la verdad, ¿hasta dónde era de fiar eso de atribuirle importancia, hasta qué punto merecía ser mirado por él como una garantía?

Historias, probablemente, partes, faramalla del otro por dorarle la píldora...

No, no había que hacerse ilusiones, de una cosa podía vivir penetrado, convencido: era de que se hallaba solo, contra todos en el mundo...

¿La vieja?... No entraba para nada en cuenta su madre, estaba bien donde estaba, allá, en su tierra, metida con sus parientes... Como no volviese... ¡un estorbo menos!

Sí, universalmente mal visto y mal querido, nunca, de nadie le sería dado esperar apoyo ni concurso, y librado a su propio esfuerzo, a su sola acción, debía no pararse en pelos él, hasta entrar por el aro del diablo, si a mano venía; todos los medios eran buenos, todos sin excepción, dispuesto, resuelto como se encontraba.

¿Qué situación era entretanto la suya?

Lastimosamente desde luego, perdía el tiempo. Eso de pasárselo de ojito con la otra, podía haber estado muy bueno y muy divertido y muy bonito como exordio, para empezar, pero a nada conducía, nada significaba a la larga, era, en suma, cosa de criaturas, de tilingos.

Y pobre, tirando lo poco que tenía, en camino de quedarse antes de mucho en media calle y rechazado ahora del Club, con esa vergüenza, con esa afrenta más sobre el alma, ¿le convenía dejarse andar, perdida la esperanza, además, la ocasión de acercarse a Máxima, de hablar con ella en los bailes?

Cuanto antes debía ver, debía tratar de metérseles a los viejos en la casa.

¿Cómo? No lo sabía. ¿Que alguien lo presentara? A nadie conocía que tuviera relación con la familia. ¿Buscar quién la tuviese? No, estaba curado, escamado ya; no quería exponerse a otro desaire, a sufrir un nuevo chasco.

Luego, ir así, hacerse llevar oficialmente, porque sí, acusaba ciertos aires, cierta dosis de vanidad, de pretensión, que bien podía perjudicarlo, colocarlo en mal punto de vista, en mal concepto a los ojos de la familia.

Entraría a indagar naturalmente, a informarse, a temer, cavilar el viejo. Quién era el tipo, el quidam ese, qué quería, qué andaría buscando en su casa, no sería de fijo ni a él ni a su mujer, sino a su hija, a la muchacha probablemente.

Y claro, no faltaría, como no faltaba nunca, un oficioso, un comedido que le fuese con el chisme y lo pusiese en autos. No, no era ésa la manera; las vueltas, los rodeos, la línea curva solían ser el camino más corto y más derecho. Encontrar un motivo, una razón, alguna excusa, entrar como sin querer, como obligado y, haciéndose el mansito, el humilde, el mosca muerta, a fuerza de arte, de maña y zorrería, concluir por ganarle el lado de las casas, por cortarle el ombligo a toda esa gente.

Una comisión, alguna fiesta, algún concierto a beneficio de los pobres... cualquiera suscripción, recolección de fondos... algo, algo así, para que le ofreciesen la casa...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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