En la sangre:XXIX

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En la sangre - Capítulo XXIX



Admitido a frecuentar la casa, aceptado por la familia, una intimidad, una confianza, cada vez mayor, insensiblemente se establecía.

No que fuera ésta provocada por Genaro, que tratase él de imponerse, que su conducta, su actitud, hubiesen nunca acosado de su parte el más ligero desmán, la más pequeña licencia. Lejos de eso, medido siempre y circunspecto, retraído en presencia de los padres, pecando más bien por un exceso de timidez y de modestia, hacía como por estudio gala de conservarse humilde a la distancia.

Era una monada el joven, solía decir hablando de él la señora, tan atento, tan amable y tan formal al mismo tiempo... no había cuidado de que se excediese, de que se propasase en lo más mínimo ése, no era como otros atrevidos, sabía darse lugar.

Sí, cierto, convenía el padre, parecía bueno el muchacho, discreto, serio, decente, muy hombrecito... y no era tonto tampoco.

Sin duda, otros miembros y allegados de la familia, parientes, amigos, que estaban más o menos al corriente de lo que a la vida de Genaro se refería, encontraban extraña, inexplicable, la facilidad con que había sido éste acogido, y los avisos, las advertencias, las reflexiones y consejos naturalmente no escaseaban.

¿Qué, no sabían? Se decía que era hijo de un tal y de una cual, se hablaba muy mal de él, había tenido la audacia, el atrevimiento de hacerse presentar de socio al Club del Progreso y le habían echado por supuesto la bola negra; sus mismos compañeros lo miraban en menos, los mismos de su edad, era un tipete, en fin, en ninguna parte, en ninguna casa decente visitaba, sólo ellos lo recibían.

¡Calumnias, exclamaba, tomando la defensa de Genaro indignada la señora, mentiras. Habladurías, la envidia no más que le tenían!...

Pero era vago, indeterminado lo que se decía, observaba a su vez tranquilamente el marido, ningún cargo directo veía él formulado contra el joven, ningún acto desdoroso, ninguna mala acción de que se pretendiese hacerlo responsable.

Que era de origen humilde y bien, ¿qué querían significar con eso? Tanto mayor mérito de parte suya si, no obstante la condición de sus padres, había sabido abrirse paso y elevarse a otro nivel.

¿Que lo habían rechazado del Club? Muy mal hecho desde el momento que nada podían reprocharle, que nada demostraba que no fuese personalmente digno y honorable...

No, no lo satisfacía, todo eso no bastaba, para que se creyese, en conciencia, autorizado a despedirlo de su casa, para darle a él tal derecho. Había indudablemente de por medio mucha mala voluntad, mucho de injusto, de infundado. No sabía por qué se ensañaban así contra el pobre mozo.

Sobre todo, no lo quería para marido de su hija él... ¡que lo dejaran quieto!...

Y ocupado de sus negocios, saliendo con frecuencia, yendo a la ciudad, concurriendo de día a la Bolsa, de noche a la Sociedad Rural, entre cuyos miembros figuraba, con frecuencia también acontecía que llegasen a encontrarse solos en la quinta la señora y Máxima.

La madre misma, en el concepto favorable, en la alta idea que de Genaro abrigaba, en la confianza ilimitada y ciega que había sabido éste inspirarle, solicitada por las mil atenciones de su casa, no vacilaba en ausentarse de la sala o del jardín, en tolerar sin sombra de recelo que, solos ambos, permaneciese largas horas junto a su hija.

¡Oh! y no había perdido su tiempo él; lejos hallábase ahora de la época de sus platónicos festejos, de sus vanos y pueriles amoríos, un día y otro día concretado, reducido a contemplarla y a seguir su huella a la distancia!...

Era más que la dulce confesión, que la mágica palabra de silla a silla cambiada, más que la frase al oído murmurada en la tibia caricia del aliento, buscando otro pie el pie, oprimida la mano entre otra mano; era más que el beso prodigado, querido, exigido, en la fiebre avarienta del deseo, en el voraz incendio de la sangre.

Y más aun, todo habría sido, sin las postreras aprensiones, sin las alarmas supremas de la virgen:

-¡Sí, tesoro, sí chinita, déjame, mira cómo me pones, cómo sufro, no seas mala, no seas cruel!...

-¡No, eso no, no quiero... nunca, eso jamás!...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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