En la sangre:XXXII

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En la sangre - Capítulo XXXII



¡Floja, era una floja, una cobarde! -exclamaba Genaro enrostrando a Máxima sus recelos, sus temores; ¡qué le daba por vivir así temblando, muerta de miedo! ¿Si nadie nunca había llegado a saber, si nada había sucedido hasta entonces, por qué había de suceder?

Bien lo veía ella que la señora se pasaba los años adentro, que valida de la confianza que le habían dada a él en la casa, hasta solía no salir ni a recibirlo, y que ahora especialmente, en la ciudad, era mil veces mejor, más seguro que en la quinta, más difícil que, metidos allá, en los fondos, fuesen a espiar los sirvientes.

Dueño del campo; pudiendo hacerse fuerte con los viejos, se decía Genaro, siendo querida suya la muchacha, lo que era a él... ¡qué le importaba, a ver cómo no los pillaba el mismo padre, mejor, cuanto antes!

Justamente se iba quedando sin un cristo, iba corriendo burro todo cuanto tenía, con la vida de vago que llevaba; dos mensualidades había dejado ya de enviarle a la madre, y muy bien que le vendrían, como a un santo un par de velas, los pesos de su suegro.

Hasta ganas le daban de ponerlo él mismo en el secreto, de escribirle un anónimo para que reventase la bomba de una vez.

Sin duda, faltaba el rabo por desollar, había un peligro: corría el riesgo de que en un primer impulso, en un ímpetu de rabia fuese a romperle el alma el otro, aunque... ¿ni quién sabía tampoco, porque qué iba a sacar, qué iba a salir ganando, en fin de cuentas?

Tal vez no dejara de comprenderlo, lo pensase, lo meditase, lo mirase por ese lado y se viniese a las buenas.

Sobre todo, bien valía eso el bocado, la tajada que le iba a tocar a él... ¡eso y mucho más!

Pero, ciega la madre y descuidado, ausente casi de continuo el padre, idéntica entretanto la situación se prolongaba, libremente Máxima y Genaro se veían, en la casa, en la sala, solos, ocultos a los ojos de todos el secreto de sus amores.

Había llegado a notarla preocupada él, sin embargo, triste, callada, abatida por momentos, como cavilosa, como dominada por un íntimo y penoso sentimiento.

Había tratado de indagar de ella la causa: no tenía duda, ¿qué iba a tener? Estaba como siempre, cosas de él, se imaginaba no más.

La encontró pálida una vez y ojerosa, más pulida y ojerosa que de costumbre, hinchados, abotados los ojos, los párpados encarnados, acababa evidentemente de llorar:

-No me sostendrás que no, no podrás negármelo ahora... pero, ¿qué hay, dime lo que te pasa, qué no tienes acaso confianza en mí y en quién mejor puedes tenerla?

Sabes que tratándose de ti, como si se tratara de mí mismo, que lo que directa o indirectamente a ti te afecta, me afecta a mí, que tus penas, tus pesares son los míos, que te quiero, que te adoro, en fin, con toda mi alma y que, ligados tú y yo, por el vínculo que nos une, estamos llamados, destinados ambos a correr la misma suerte.

-Vaya, mi hijita -prosiguió Genaro, ocupando un asiento junto a Máxima, tomando a ésta de la mano, acariciándola:

-¿Qué es lo que le sucede? dígaselo a su viejo... te lo ruego, te lo suplico... por el cariño que me tienes... ¡no puedes figurarte lo que me aflige verte así!

Lo dejaba hablar ella, inmóvil en silencio, la vista baja como si nada oyese, como si nadie allí a su lado estuviese:

-Es menester, es fuerza que concluya esto, sin embargo -con un vivo movimiento de impaciencia, púsose a recorrer a largos pasos la sala-, es ridículo, absurdo que te obstines de ese modo; sobre todo, necesito yo, quiero saber y no pido, exijo que hables... ¿qué es lo que tienes? Contesta.

-¿Lo que tengo?... es que no tengo lo que tienen las mujeres -terminó por decir bruscamente Máxima, como haciendo un enorme esfuerzo, cubriéndose con el pañuelo el rostro, ahogada la voz entre sollozos.

-¿Lo que no tienen las mujeres?...

-Desde... hace... tres meses.

-¡Acabáramos!... ¿Eso es, eso no más?

Y sin poder contener un gesto de íntima alegría:

-Me lo figuraba -murmuró, como hablando consigo mismo Genaro.

-¿Cómo?

-Claro, pues -prosiguió tranquilamente, con aplomo-, tenía que suceder, estaba viéndolo venir yo...

-¿Tú?... me habías asegurado que no, sin embargo, me habías dicho que tuviese confianza en ti, que sabías, que harías tú... ¡qué se yo!... que viviese tranquila y sin cuidado, que era imposible, en fin...

-Es que lo deseaba, que con todo ardor de mi alma lo anhelaba... ¿Te parece poca dicha, poca felicidad la mía, ser padre de un hijo tuyo, imaginarme que vas a ser madre y madre de mi hijo tú?

-¿Mentías entonces, a sabiendas me engañabas?

-¡Oh! con la más santa de las intenciones, mi hijita, sólo por ti, en obsequio tuyo, por no alarmarte, por no asustarte.

Había alzado los ojos sobre él, lo miraba con asombro profundo, como si un velo acabara de descorrerse ante su vista, como si se le revelara otro hombre Genaro en ese instante:

-Pero... ¿y yo?

-¿Crees acaso que no conozco mis deberes, que no he de cumplir lo que mi conciencia de hombre honrado me dicta, que soy un miserable yo, algún canalla?...

Estoy pronto a responder como caballero de mis actos; te casarás conmigo, serás mi mujer tú.

Guardó de nuevo silencio ella, de nuevo el llanto bañó su rostro:

-Sabes que hasta derecho tendría para enojarme, para resentirme contigo seriamente, que hasta una falta de cariño podría ver en tu conducta, en tu aflicción, en tus lágrimas... ¡estoy de veras por creer que no me quieres, por lo menos como te quiero yo a ti!...

-¿Qué hacer, mi Dios, qué hacer?

-¿Qué hacer?

Iba a decírselo él, tener ánimo, valor, resolución, hablar, confesar todo a la madre que era una santa mujer y que era madre, que acabaría por abrirle los brazos a ella y por encargarse de obtener el perdón de su marido.

No, no, Dios la librara, se le caía, sólo de pensarlo, la cara de vergüenza, era mejor ver, esperar, ¿quién sabía? podía ser otra cosa, una indisposición pasajera, algo de enfermedad, podía quedar en la nada todo al fin...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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