En la sangre:XXXIII

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En la sangre - Capítulo XXXIII



Corrió un mes; se lo había dicho: inútilmente, era vano obstinarse esperar aún, seguir haciéndose ilusiones, había preguntado, lo había consultado con un médico amigo suyo, todo el cuadro de síntomas de la preñez se presentaba, era indudable, evidente que estaba ella embarazada.

La situación se agravaba entretanto, bien pronto le sería imposible disimularla a los ojos de la madre, del padre; para ante la familia, para ante el público mismo, ¿cómo más tarde, de qué manera ocultarla si salía de cuidado antes de tiempo?

Un mes... dos meses... todavía, era más fácil eso, podían decir que había nacido a los siete el chiquilín, podían, yendo a residir temporalmente en la campaña, en una de las estancias del padre, retardar, ocultar la fecha verdadera del nacimiento.

Pero que se resolviese ella de una vez, cada día, cada hora que pasaba, era un tiempo precioso que perdía. No por él, personalmente a él, qué se le daba... ¡era hombre él!... por ella, por su hijo, en nombre de su reputación comprometida, en el interés de la pobre, de la inocente criatura era que hablaba, que encarecidamente le suplicaba.

Consiguió, al fin, obtuvo de Máxima lo que pretendía; instada por él, apremiada, obligada, además por la fuerza misma de la triste extremidad a que se viera reducida, arrancó Genaro de ella la promesa de confesar todo a la madre horas después.

Iba a ser una noche de zozobras para él, justo era que quisiera, que anhelase saber, convinieron en una seña, pasaría en la mañana siguiente, hallaríase recogida a medias una de las persianas de la sala, nada favorable le sería dado esperar no siendo así, nada resuelto por lo menos había aún.

No durmió, en efecto, agitado, calenturiento, revolviéndose en la cama sin cesar, le fue imposible conciliar el sueño un solo instante.

Pensaba, preocupábase de Máxima, sufría por ella, un sentimiento de cariño y de lástima a la vez llevábalo a condolerse de su estado, ¡víctima suya la infeliz!, ¿acaso llegó a decirse, reducida, violentada, en cinta de él, ante sus mismos padres arrastrada ahora a hacer la confesión tremenda de su vergüenza, y sola, sin defensa, sin protección ni amparo en el terrible y azaroso trance?

Miedo era lo que tenía, un pensamiento egoísta y cobarde lo que ocupaba su mente, la idea de peligro que corría lo que bruscamente lo asaltara y llegara a dominarlo.

Miedo por él, por él mismo, por él solo, miedo de otro, miedo de arrostrar la cólera del padre desatada contra él en un arranque ciego de despecho.

Como hiciese ella, como viese de salvarlo y se acusase ella sola, dijese que era ella sola la única culpable, que lo había buscado, provocado... ¡con tal de que tratara en fin de dejarlo de algún modo bien parado, cosa que no fuese el viejo a dar contra él!...

Eso, eso debía hacer, eso tenía derecho a esperar de ella, a exigir de su cariño, si era que en efecto lo quería.

Levantóse al aclarar, echó los pasadores a la puerta, cerrada ya con llave. El vaivén de la gente de servicio, el despertar de los otros locatarios, el continuo transitar en la escalera, en los pasillos, todo ese ruido diario del hotel, a que se hallaba desde meses antes habituado, llenábalo sin embargo de involuntario terror; tendía el oído azorado y palpitante a cada paso; alguien subía, alguien se acercaba, ¿irían a detenerse y a golpear?

Pensó en comprar un revólver y en echárselo al bolsillo, conforme saliese, allí a la vuelta, en la armería de Bertonnet.

Penetró antes de bajar a una de las habitaciones del frente, acababa su dueño de ausentarse, un mozo la ponía en orden. De allá, arriba, oculto, escondido, estirando el cuello, perfilado el cuerpo espió, registró la cuadra; podía estar esperándolo el otro en la vereda y cazarlo a la salida.

Informóse del portero si alguien había ido en su busca y atropellado, de prisa, corriendo casi, salió y dobló en la boca calle.

¿Compraría revólver?... Plata tirada, pensó luego... ¡para qué, si se conocía, si sabía que no iba a hacer uso de él, que era muy capaz de caerse de susto no bien de manos a boca se le apareciese el padre!...

Cruzó la calle de la Piedad, siguió en dirección a la Plaza de la Victoria, miró el reloj: las nueve.

Desde la vereda de la Catedral observó con detención la larga fila de coches de alquiler, quería uno de stores en los cristales.

-Al Retiro, derecho por San Martín -dijo al cochero, y subió.

Bajas, corridas las persianas, todas. ¿Qué habría habido, hasta dónde podía haber ido el bárbaro ese?

Le pareció como si recibiese al pasar una impresión de luto, como si respirase una atmósfera de muerte, como un sepulcro mudo, helado la casa, y, de súbito conmovido, una palabra de compasión asomó sólo entonces a sus labios:

-¡Pobrecita!... -murmuró-. ¡Aunque no, estúpido, zonzo! estaba abierta la puerta, las dos hojas, de par en par; nada de lo que se imaginaba podía haber, nada grave, grave en ese sentido por lo menos...

¿Se habría Máxima arrepentido, habríase sentido arredrada, intimidada en el último momento y no habría hablado... qué era lo que adentro sucedía, qué?...

Llegó el carruaje al Retiro; paró junto a la reja de la Plaza:

-Espere -ordenó Genaro. Volvería más tarde, pensó; ¿dónde iría entretanto; era hora de almorzar, a la calle Moreno? No; sabía el portero que comía en esa fonda él; podía andar buscándolo el individuo, preguntar y dar con él; encontrarlo allí...

¡Maldito el apetito que tenía tampoco!

Varias veces, durante el curso del día, en carruaje cerrado recorrió la calle; nada; pasó de nuevo a la oración, a las nueve, a las doce, nada, siempre nada.

Otra noche de agitaciones y de insomnios, otra como la anterior, otra en blanco, otra noche peor lo esperaba...

¡Malhaya! a qué se metería a zonzo, en honduras él... una y mil veces como un negro crimen sobre la conciencia le pesaba... feo, muy feo, tremendo estaba poniéndose el negocio... alguna barbaridad y la barbaridad mayúscula, alguna de bala y de puñal, algún sangriento drama iba a salir resultando al fin.

Bastaba verle la pinta, no era tipo, no era hombre de dejarse manosear impunemente; sus antecedentes, su modo de ser, su vida entera lo estaban revelando, perseguido por Rosas, emigrado el año 40, antiguo oficial de Lavalle en sus campañas...

Imposible que se quedara con el entripado, que no estallara; que no hiciese explosión el viejo... ¡podía contarse entre los muertos él!...

Hasta las dos y media de la madrugada, dejóse estar en el café, en el local de los Tres Billares.

Conservábanle cariño algunos a la casa; recordando antiguos tiempos, solían celebrar allí reuniones, y había ido también él, huyendo de hallarse solo, en horror a su cuarto del hotel, llevado por una brusca necesidad de aturdimiento y de ruido.

Distraído, preocupado, como un imbécil, pensó, había sacado su dinero del bolsillo y despedido el coche al llegar. No se atrevía, no se arriesgaba ahora a volver solo a su casa, y uno de los que allí se encontraban, un conocido suyo, que vivía en la calle de la Defensa y lo dejaba en la esquina, caliente, trenzado con otro en un partido a los palos, ni mención hacía siquiera a retirarse... ¡Paciencia, lo esperaría!...

Ambos al separarse, en la escasa media cuadra de camino que alejaba a Genaro del hotel, tres veces, evitando éste el encuentro de otros tantos bultos, cruzó a la vereda opuesta. Tipos mal entrazados, sospechosos; uno de ellos emponchado, creyó ver, y que parecía haber querido seguirlo, acercarse a él por demás, buscarlo a traición.

¡Por fortuna acertaba a pasar un vigilante!...

Con mano trémula y nerviosa pegó un tirón de la campanilla, empujaba entretanto la hoja de la puerta; entró como sin piar, como una sombra que cruza.

¿Nadie había estado, no había llegado carta para él? Como caballo que busca de qué espantarse, subió Genaro la escalera y allá arriba, entre las cuatro paredes de su mismo cuarto, sobrecogido aún de terror, entrecortado el resuello y afanoso, miró, buscó, registró bajo el sofá, bajo la cama, tras de la puerta, en los rincones, palpó la ropa colgada de las perchas del armario.

Tarde ya, arrojóse de la cama en la mañana siguiente; el sueño lo había vencido, había dormido, había soñado; lo habían muerto primero, resultó falso después, querían casarlo, casarlo con otra, con una mujer vieja que era la madre de Máxima y que era su misma madre; y de miedo, de cobarde, lo iba a hacer, decía que sí.

¡Qué sabía él... un cúmulo de disparates, despropósitos sin cuento, un mundo de desatinos y siempre y en todas partes, clara, potente como viva, como real, la figura del padre airado persiguiéndolo con el espectro de su venganza!...

Sentía pesada ahora y dolorida la cabeza, la lengua seca, mal gusto, un dejo en la boca, un dejo amargo a tabaco, revuelto, sublevado en ansias el estómago, y nada sin embargo, casi nada había comido:

-¿Eh?... con mil demonios al fin... -en un arranque exasperado de cobarde, vociferó renegando, no era vivir aquello, era sufrir, era matarlo a fuego lento, era sufrir mil muertes ¡que se acabara cuanto antes, que lo mandase asesinar, que lo hiciese apuñalar el muy salvaje de una vez!...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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