En la sangre:XXXIV

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
En la sangre - Capítulo XXXIV



"Necesito hablar con usted; tenga a bien pasar por mi casa hoy a las cuatro."

Estaba como un tuto el individuo, se le conocía. Con todo. .. variaba de aspecto eso ya... buena diferencia... ahora sí... ¡le había vuelto el alma al cuerpo a él! No era, de seguro, con la intención de enderezarlo al otro mundo, que, a las cuatro de la tarde y en su misma casa, iría el viejo a darle cita... pero ni para agarrarlo a besos tampoco... ¡hum!... ¿qué quería, con qué embajada le saldría?

¿Iría él? Sí, haciéndose una violencia bárbara, pero iría... Lástima que no fuese asunto de algo en que pudiera un tercero intervenir, para largarlo antes de carnada, como de personero suyo, para mandarlo en lugar de él, por las dudas.

Recibiólo en su escritorio el padre; con ademán seco y glacial, indicó a Genaro una silla:

-Ha sido usted un gran canalla, mocito, y yo... yo un gran culpable...

Debo, mal que me pese sin embargo, y por desgracia mía, resignarme a ver en usted al marido de mi hija...

-Señor ...

Deteniéndolo, cortando a Genaro la palabra con un simple gesto de la mano:

-Sírvase evitarme la molestia inútil de escucharlo -prosiguió-, sólo a efecto de hacerle conocer mis órdenes, es que se encuentra usted aquí y entiendo que sean ellas al pie de la letra ejecutadas, sin observaciones de su parte y sin que absolutamente por la mía tenga en cuenta ni me importe lo que usted piense, quiera o diga.

Máxima, repito, se casará con usted, dentro de un mes, sin ruido, sin misterio, simplemente; usted nos la ha pedido, ella quiere; deseando no contrariarla, su madre y yo hemos consentido ante mi familia y ante el público, será ésa la explicación de lo que es difícil de explicar: que le dispense yo el honor de aceptarlo como yerno.

Nada me resta agregar, puede retirarse o pasar si quiere a la sala.

Ah, Piazza, nunca lo hubiera dicho de usted ... yo que lo creía tan caballero, tan decente, tan incapaz... en la confianza que le habíamos dado, abusarse así, engañarnos de ese modo y usted, usted tan luego!...

Sufrirlo primero al otro, cada una de cuyas palabras había sido un bofetón, un latigazo en la cara, una escupida en la frente, tolerar de él en silencio que lo hubiese puesto overo , y como si no bastara todavía, como si aun no fuese suficiente tener que aguantar a la vieja ahora, verse obligado a estar oyendo con una paciencia de santo sus pavadas, los lloriqueos, las jeremiadas de la muy tilinga... ¡Uf!...

Quedáronse solos por fin Máxima y él; no faltaba sino que ésta también empezase a romper el forro...

Ocupó un asiento junto a ella, sobre el sofá, quiso precipitarse, estrecharla contra su pecho, calurosamente, efusivamente, en un abrazo casto, como ajena en ese instante de él, remota de su mente toda idea de sensualismo. Solicíto, amante y cariñoso, pidió saber, informarse, que le dijese, que le contase, cómo debía haber sufrido la pobre ... y él... ¡ah! él ... No había cesado de pensar en ella un solo instante, en su china, en su chinita querida. Habría querido tener alas, poder volar, deslizarse como una sombra a través de las paredes, aparecérsele, entrar de noche a su cuarto, estar allí al lado suyo, consolarla, enjugar sus lágrimas, reanimar su espíritu abatido, comunicarle nueva fuerza, infundirle nuevo aliento al calor de sus caricias...

Pero reducido a debatirse él mismo en la impotencia, a agitarse estérilmente en las congojas de la duda, en la angustia de la espera, nada le había sido dado hacer en obsequio a ella... nada... Y su hijo, la criatura que Máxima llevaba en sus entrañas, su sangre de él. ¡Ah! podía creérselo, sí, le decía la verdad, se lo juraba, no había vivido en esos días, jamás había pasado, no llegaría nunca a pasar horas tan crueles, momentos tan acerbos de desesperación y de dolor.

Contestaba brevemente, por monosílabos, asentía ella apenas, de vez en cuando, con un ligero signo de cabeza.

Habríasele creído penetrada, penetrada íntimamente, de que le mentía su amante; de la falsedad de las palabras de Genaro, de la doblez, de la impostura de sus protestas; se la habría dicho al contemplarla, sombría, abatida y como insensible en su asiento, presa de uno de esos desengaños que dejan hondo surco en la existencia.

Iba a casarse con él, iban a casarla a ella; y bien, sí se casaría, no decía que no, no se rehusaba, no podía rehusarse, ni quería tampoco. Perdida, deshonrada, en camino de ser madre, la ley social, los hechos mismos, fatalmente, la arrojaban en brazos del padre de su hijo. Por éste, por ella, por su familia, por todo, en fin, comprendía, veía la necesidad de que llegase a ser Genaro su marido.

Pero, ¿era el anhelo de la amante, o era la conformidad de la mujer, el deber imperioso de la madre, la resignación de la víctima?

Sentía un vacío, como un frío en lo íntimo de su alma, en lo profundo de su corazón; no, no lo quería, no, no tenía cariño, nada, ni un poco por él. El remordimiento la obsedía, el pesar de la falta cometida la aquejaba. ¡Oh! ¡si el pasado se olvidara, si pudiera borrarse de la vida como por efecto de la sola voluntad podía cambiar el porvenir, si le fuese, como antes, dado ahora mirar sólo a un ente extraño en su querido, a un desconocido, a uno de tantos en Genaro! ...

Pero no, como reatada y presa, hallábase en presencia de lo fatal, de lo irremediable; había sido culpable ella y nadie en el mundo podía hacer que no lo fuese... ¡sí, había sido culpable, día a día, hora por hora, más y más! ...

¿Y cómo, por qué había delinquido, cómo y por qué, sin amor, había tolerado, soportado ella que se enseñorease Genaro en su ser hasta consumar el acto torpe de la violencia, hasta llegar a la posesión brutal de su persona?

¿Cómo... lo sabía ella?... Irreflexivamente, sin mínima conciencia de la ligereza con que obraba, incapaz de medir el alcance del peligro a que se exponía.

La buscaba, la seguía, no le quitaba los ojos él, en la calle, en el teatro, en los paseos siempre, en todas partes lo veía, mostrábase enamorado, perdido, ¡loco por ella el pobre! ella misma se decía, lo pensaba, lo creía, a la vez que en el halago de su infantil amor propio, movida por un sentimiento de secreta simpatía, que era sólo en el fondo un sentimiento de compasión.

¿Por qué?... porque sí, por seguir, por imitar, en su vano y pueril aturdimiento, el ejemplo de las otras, de sus conocidas de la escuela, de amigas, de primas que tenía, mujeres a los doce años que jugaban a los novios como jugaban a las muñecas.

Si bien lo comprendía ahora, como si una venda le hubiese sido arrancada, habíase revelado a sus ojos la verdad, había podido leer en el fondo de ella misma.

Nacido del primer momento de arrebato, mezcla de asombro y de despecho y de repugnancia y de asco a la vez, en presencia del hombre convertido en bestia, un retraimiento instintivo, involuntario, habíala insensiblemente alejado de Genaro. Y no era sólo indiferencia la suya, no era esa indiferencia que empieza donde el desencanto concluye, era algo más, era algo peor, era un encono persistente, un invencible rencor que, harto por desgracia suya lo tenía, en la conciencia que del valor moral de su querido, hora por hora desde la noche maldita de Colón había llegado a formarse, amenazaba convertirse en odio y en desprecio.

¡Odio, odio y desprecio por el padre de su hijo: a eso veíase ella condenada, tal era el porvenir, la vida que le esperaba, tal la horrible magnitud de su desgracia!...




En la sangre de Eugenio Cambaceres

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI XXXVII - XXXVIII - XXXIX - XL - XLI - XLII - XLIII