En la sangre:XXXIX

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En la sangre - Capítulo XXXIX


Había sido como verle las patas a la sota; como jugar con dados cargados; seguro, fijo, infalible, se compraba en diez para vender en veinte, todo, lo que se presentaba, lo que caía, con todo se hacía negocio, para todo había comprador, no ganaba plata a todo el que no quería.

Con cincuenta miserables mil pesos había empezado y tenía en tres meses un millón de utilidad.

Y se había cebado, le había seguido entrando no más, de firme, sin mirar para atrás; se había metido hasta la maza, una porretada de lotes, cerca, lejos, al Norte, al Sur; hasta por el bañado de Flores y los tembladerales de la Boca, había tratado de asegurarse con tiempo, manzanas enteras se había comprado que ni pensaba en largar, mientras no le pagasen lo que se le había antojado pedir por ellas.

¡Claro, a la ocasión la pintaban calva, más que zonzo de no aprovecharse hubiese sido!

Una vaga y sorda inquietud, sin embargo, una mal definida desconfianza, llegó a posesionarse, en día cercano, de la mente de Genaro. No era tan así no más, tan fácil, tan sencillo dar uno siempre con la horma de su zapato, encontrar aficionados, quien estuviese dispuesto a hacerle el gusto, a decir amén a sus antojos. Medio parecían escasear los candidatos, acusarse en el público una especie de enfriamiento, como querer retraerse, acobardarse la gente, iba viéndolo él, desengañándose... ¡no, no era el frenesí, la locura, el furor de antes... ni cerca!...

Sin duda, aunque no ya con las ganancias bárbaras del principio, habría podido vender, deshacerse con ventaja de lo que había adquirido y, el que viniese atrás, que arrease, que corriesen otros el albur... la prudencia, acaso, la sana prudencia, se lo aconsejaba así...

Pero era que tenía sus vistas, sus cálculos, su plan combinado de antemano; que se había fijado un límite, se había propuesto llegar a cierta cifra, a una suma redonda, alrededor de diez millones para liquidar y retirarse, libres de polvo y paja.

Y le era duro, se le volvía cuesta arriba resolverse, renunciar de zopetón a lo que había mirado como cosa hecha, como suyo, para el caso como si lo tuviese ya en el bolsillo.

¿Quién sabía tampoco, quién iba a poder asegurar que no eran simples alternativas, fluctuaciones pasajeras, subas y bajas del momento, como sucedía en toda clase de negocios?

Nada justificaba, no había razón para que habiendo valido hasta entonces, de la noche a la mañana, se viniera barranca abajo y dejase de valer la tierra. ¿Por qué? Cien mil inmigrantes desembarcaban por año, el país se iba a las nubes, marchaba viento en popa...

Qué diablo... quién decía miedo... pecho ancho... estaría a las contingencias, se aguantaría uno o dos meses más.

Recobrando, salvando apenas su dinero, no sin dificultad, poco después, conseguiría Genaro realizar una pequeña, una mínima parte de las sumas por él comprometidas.

Bajo la impresión del pánico, en plena crisis luego, una crisis general, repentina, desastrosa, esperar, soñar tan sólo en vender, habrá sido soñar en imposibles. Nada, a nadie, por nada, ni aun a costa de pérdidas enormes, a trueque de inmensos sacrificios.

Fuerza le era atender, preocuparse entretanto del cúmulo de compromisos en los Bancos, en plaza, dinero tomado a premio, mucho, todo el que le había sido ofrecido, todo lo que había podido obtener y que en la fiebre, en el delirio de especulación y de lucro de que llegara a sentirse poseído, habíase dado prisa a convertir en tierra, como si lo hubiese contemplado, por ese hecho solo, convertido en un manantial inagotable de riqueza.

¿Qué temperamento adoptar, a qué arbitrio sujetarse, cómo cumplir, cómo salir de aprietos... hacer entrega, largarles la última pulgada de la inmundicia esa de sus terrenos, como quien largaba una brasa... decirles: ahí tienen, carguen Uds. con el perro muerto y entiéndanse como puedan... o, lo que venía a ser lo mismo, no pagar, declararse liquidado, en bancarrota, quebrar, hablando en plata?

Sí, era una idea, una idea como cualquiera otra, lo más práctico sin duda, lo más cómodo y eficaz para quedar de una vez a mano con todo el mundo.

Pero, no tan calvo... era mostrarse muy enteramente sinvergüenza, muy de una vez ya... ¡En bonito punto de vista se pondría, acreditado iría a estar!...

No, hasta por ahí no más, todo tenía su límite... por mucho que no le faltaran ni ganas ni agallas, y cuidado que no era un nene él, que era hombre de pelo en pecho para esas cosas; no se animaba, no se avenía a pegar semejante campanazo.

Del mal el menos; si hubiese podido disponer a su antojo de lo de la mujer... pero ni eso, no señor, la ley lo obligaba a pedir a ésta su acuerdo, su venia, a su excelencia, él, el marido, el jefe de la familia, como si supieran, como si algo entendieran las mujeres de esas cosas...

Y eran los hombres los que fabricaban las leyes... ¡imbéciles, cretinos!...

Maldito el estómago que le hacía, la gracia que le causaba, pero no le quedaba más remedio que amujar y hablar con Máxima para que lo autorizase ésta a vender o hipotecar.

Se mostraría muy fino con ella y muy amable, derretido, le pasaría la mano, vería de envolverla, de engatuzarla. Bien sabía él cómo había de manejarse...

Se guardaría, desde luego, de decirle la verdad, de confesarse fundido; le mentiría, la engañaría: estaba ganando un dineral, una fortuna; era precisamente con el fin de no dejar pasar una espléndida ocasión, una verdadera pichincha que se le presentaba, que necesitaba el empleo inmediato de mayores capitales.

Y no por él lo hacía, no de fijo, a Dios ponía por testigo. Era de él de quien menos se preocupaba, sino sólo en obsequio al chiquilín, en bien de éste, en su interés que se desvelaba trabajando, porque quería que fuese rico, inmensamente rico, su hijo, el hijo de ella, de ambos... No, no era un móvil mezquino y egoísta el que inspiraba sus actos, su amor de padre únicamente lo impulsaba, despertada en él la ambición.




En la sangre de Eugenio Cambaceres

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