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Engaña bobos y Saca dinero

De Wikisource, la biblioteca libre.
El refranero general español: parte recopilado, y parte compuesto (1876)
de José María Sbarbi y Osuna
Tomo V
Apéndice II: Engaña bobos y Saca dinero de Anónimo
Nota: Se respeta la ortografía original de la época

APÉNDICE II.



Llevado de mi curiosidad, me arrimé á leer un cartelon muy grande, en el que ví á mucha distancia impreso el nombre de Sancho Panza; reconocí que servía para publicar las Instrucciones económicas y políticas que habia dado á su hijo, siendo gobernador de la Insula Barataria, y que, por añadidura, tenía aquello de útil para los doctos, y necesaria para los ignorantes.

Confieso ingenuamente que el cartel me hizo formar una idea grandisima de la obra que anunciaba; ayudándome á ello la pasion vehementisima que tengo á la Historia de D. Quijote, en la que, siempre que la leo, encuentro un deleite grande, especialmente en aquella natural y senciIla agudeza con que Sancho se explica en toda ella. Yo así la comprendo; ótros juzgarán de diverso modo.

Los repetidos chascos que había experimentado, comprando algunos libritos publicados con el mismo aparatocreyendo hallar en ellos alguna utilidad ó provecho, me habían hecho formar el firme propósito de no comprar ótro; pero el amor que á Sancho Panza profeso, me obligó á darlo por nulo; y sin reflexionar en mis necesidades, que no son pocas (desatendiéndolas tódas por hacerme con una obra que me había figurado gustosa), me dirigí á las gradas de San Felipe el Real con el fin de comprarla. Pregunté por el puesto en que se vendía, é informado, me encaminé á él, y la pedí.

Cuando ví su volúmen, quedé como hombre acometido de un pasmo repentino. ¡ Válgame Dios, dije, qué expuestos estamos al error cuando, sin reflexion, nos dejamos arrastrar de nuestra pasion! Mucho tiempo estuve dudando si la compraría ó nó. juzgándola ya en el número de las múchas que no me habían servid) sino para el desengaño.

Poco faltó para no irme sin ella; pero Sancho determinó la duda, y la pedí, soltando con la una mano cuatro cuartos que me pidieron por ella, y tomándola con la otra.

No quise leerla allí mismo; consideré que las palabras de Sancho necesitan tiempo. quietud y silencio para mascarlas, tragarlas y digerirlas; y, sin más detenerme, me fuí á mi cuarto, en el que lo lei todo, hasta aquello de en Madrid, con las licencias necesarias; y no habiendo hallado en él lo que había imaginado, esto es, aquella agudeza y gracia que con tanta frecuencia me hace reir en el Sancho de Cervantes, me puse pensativo sobre la mesa, reclinando la cabeza sobre la mano derecha.

En esta disposicion, fueron tantos los discursos que de tropel acometieron á mi mollera, que me vi en la precision de aplicar la otra mano para sostenerla. Uno de ellos fué el volverme á las gradas de San Felipe, y obligar al que me lo había vendido á que me volviese mis cuatro cuartos, y tomase su papel, quisiese ó nó; pero luégo vino ótro haciendo el papel de abogado, diciendo: —¿Qué culpa tiene el librero de que el papel no sea de tu gusto? La culpa está en el autor, ó quizas en que tú no penetras lo que dice.

El que más fatiga me dió fué el de mi poca reflexion en quebrantar mi buen propósito. Yo mismo me maldecía, y culpaba mi inconstancia. ¡Cuánto mejor, decía, te hubiera estado el permanecer firme en tu determinacion, y no te hallarias ahora con este disgusto y sin los cuatro cuartos! ¡Esta es la obra útil á los doctos y necesaria á los ignorantes? ¿En cuál de estas clases debo yo comprenderme? ¿En la primera? Será vanidad conocida. Y en la seganda, hablando con ingenuidad, no lo permite el amor propio de lo que sa qué la consecuencia que la obra no era:

para mi, y que el autor no me habia engañado, y sólo si mi inadvertencia y poca consideracion; y sin dar lugar á que otro discurso me acometiese, me salí á la calle, dando al traves á to los mis tristes pensamientos; y procurando divertir la imaginacion con aquellos objetos que nos distraen y apartan de los cuidados, me encaminé al Prado, en donde encontré á un amigo que en mi semblante conoció mi disgusto Preguntóme la causa de él, si acaso no era reservada.

Yo le dije: Entre amigos son muy pocas las que lo son; y seguidamente le conté lo que me había sucedido.

—Otro creí, dijo, fuese el motivo; eso no merece la pena que padece. Muchas veces he parado mi consideracion en lo mucho que se escribe, y la poca utilidad que de leerlo se saca. Es cierto que en algunas cosas, en este siglo, se han hecho grandes progresos, y que se leen múchas buenas; pero esto sólo lo vemos en algunas traducciones.

Tambien sale una ú otra obra original, que merece estimacion general; pero son poquísimas en comparacion de la infinidad que diariamente se publican. Para leer solamente los carteles que amanecen en las esquinas, se necesita emplear gran parte de la mañana. Esté V. persuadido que en la república literaria, como en el Océano, hay flujo y reflujo y, por consiguiente, nos debemos figurar que ahora nos hallamos en la creciente; lo que debemos hacer es estarnos en la orilla, y escoger, de entre la multitud de conchas que en ella quedan, úna que sea madre de perlas.

Yo gasté mucho tiempo mi dinero en comprar los que salían, pero desisti de mi intento, porque llegué á conocer que mi caudal no era suficiente, y porque conocí que no merecían todos ellos el que se perdiese el tiempo en leerlos. No dejo de conocer que mi voto no es decisivo; pues ingenuamente confieso á V. que no tengo todas las luces que se requieren para formar un juicio perfecto. No he visto esa Instruccion, y me alegrára leerla, solamente por ver original la causa de su sentimiento.

—Dos son, le respondi: el haberme dejado seducir por el cartelon, y el desembolso de mis cuatro cuartos. Aquí la tiene V. pero será mejor que nos vayamos á la entrada de San Fermin, en donde la leerá V. á su gusto. — Así lo hicimos; y entregándosela, la leyó con tanto cuidado como yo puse en observar el efecto que en él ocasionaba. Nada noté; y apénas dió fin, dijo: —Segun lo que V. me ha dicho que dice el cartel, no dejo de extrañar la demasiada satisfaccion. ¿Qué docto habrá que ignore los documentos que en él da? Amigo, veo que tiene V. mucha razon para arrepentirse de la compra, pero nó para una desazon tan grande por la bagatela de cuatro cuartos.

Más quisiera, le dije, que de un bofeton me hubieran arrancado cuatro muelas. — No dejó de reirse un poco con mi expresion; y luego que acabó con la risa, en un tono magistral me dijo: — En mano de V. está el tomar satisfaccion de ellos, y áun de otros desembolsados anteriormente. Coja V. la pluma, y escriba cualquier cosa, que no teniendo expresion contraria á la Religion, Gobierno buenas costumbres, se le permitirá imprimirla y venderla.

En este mismo papel tiene V. una grande doctrina, para perder el miedo, de la que puede aprovecharse; y en este gran consejo que Sancho da á su hijo: Que no ande gastando el tiempo malamente en examinar si les falta aquello que llama el vulgo literato (¡ qué expresion tan arrogante!) órden, método, crítica, colocacion, propie»dad, buen gusto, estilo elegante, y otras carretillas que »se aprenden de memoria en las tertulias, diciendo lo que »saben, sin saber lo que se dicen, y haciendo como las » avispas, etc. Observando V. puntualmente esto, hace dos cosas buenas: la úna, no embarazarse con su ignorancia; y la otra, dar al público un testimonio auténtico de que no hay papel, por malo que sea, que no tenga algo que sea útil. ¿Qué va V. en ello á perder? Todo está reducido á que digan de V. otro tanto; y áun esto se remedia con no poner nombre alguno en el papel (lo que no faltará quien lo atribuya á modestia), ó sacándolo en nombre de algun escritor de fama. En esto nos salimos al paseo, en donde dimos algunas vueltas, siguiendo en su conversacion, con la mayor eficacia, en empeñarme á la venganza, escribiendo; diciéndome que para llenar un pliego no cabal de papel, no se necesita de mucho trabajo. Cuando le pareció que me tenía bastante inclinado á hacerlo, se despidió de mí, y ambos nos fuimos del Prado.

Yo quedé con su persuasion envuelto en otra infinidad de discursos; parecia mi imaginacion una devanadera en las vueltas que daba al rededor de los cuatro cuartos, que era el punto céntrico de todos ellos. Hasta las diez en que me puse á cenar, no hice otra cosa que devanarme los sesos sobre la materia de que había de escribir. Lo cierto es que ni áun cenar como acostumbro me dejaron mis discursos. Me fuí á la cama, en donde pensaba que lo conseguiría, pero no fué así. ¿Quién creerá que me asaltó úno tan endemoniado, que quiso hacerme creer que todo cuanto el amigo me había dicho era por burlarse de mí? Y me hubiera vencido, si no hubiera tenido contra sí la satisfaccion que de su amistad tenía experimentada, y el espíritu de venganza que me dominaba por el recobro de mis cuartos enajenados. Tantas veces como de ellos me acordaba, otras tantas vueltas daba en la cama.

Rendido, por fin, de tanto bregar, entregué al sueño los sentidos, pero nó el espíritu, que inmediatamente empezó á remover todas aquellas ideas que, recientes, vagueaban por el desvan de los sesos.

Aunque el cuarto estaba sin luz, en mi fantasia apareció magníficamente iluminado; é inmediatamente ví en él (sin saber cómo ni por dónde habían venido) dos hombres, á quienes ni conocía, ni desconocía (¡ qué extrañeza de fantasía!), y que se arrimaron á una hermosa y rica mesa que habia, sobre la que estaba el papel de las Instrucciones (yo no lo había sacado del bolsillo despues que en él lo metí, cuando me lo volvió el amigo).

Uno de ellos empezó á leerlo, y arqueando un poco las cejas y todo el semblante en ademan de alegría, dejando el papel, habló así.

—Cuando el sosiego de que gozas, amado Sancho, no hubiera sido bastante recompensa de los dolorosos acontecimientos que te sucedieron en el discurso de nuestras aventuras, ya en el manteamiento de la venta, ya en la pérdida de tu rucio, ya en los palos y coces que sufriste, y ya en las inclemencias que con resignacion toleraste, bastaba este papel para darlos por bien empleados. Oye con atencion. Y leyéndolo en voz clara todo él, conocí, entre tanto, por las palabras que había hablado, que eran Don Quijote y Sancho; y observé que el cuerpo de éste, durante la leccion, se movía como si padeciese una convulsion; y áun me pareció que por dos ó tres veces había querido impedir el que continuase en ella; pero el respeto debido á su señor lo había contenido hasta que concluyó.

Entonces, con aire como de hombre enfadado, habló así: —Cuando íbamos por el mundo buscando lo que Vmdllamaba aventuras, sin embargo de la mucha fidelidad con que á Vmd. servía, no me era permitido el que saliese de mi boca un refran, sin que me la tapase al instante con un IIi de puta, que me dejaba temblando. Yo no sé cómo ahora ha podido tener paciencia para leer seguidamente una multitud de ellos tan grande, sin haber hecho el papel más pedazos que letras tiene. Bien conozco que consistirá en que los mios no venían á pelo cuando los decía; y éstos deben hacerlo mejor. ¿Y es esto de lo que yo me había de alegrar tanto, que sólo ello bastaría á hacerme olvidar los trabajos de mi vida? Estoy por decir que ningúno me disgustó tanto como este papel maldito, que todo es una pura mentira, porque yo no dije en mi vida tal cosa.

—No lo entiendes, Sancho, dijo D. Quijote; debes alegrarte y estar agradecido al autor por el buen concepto que de tí tiene formado.

—Yo le perdonaria de muy buena gana, replicó Sancho, el buen concepto, porque no me levantase un falso testimonio tan notorio.

—Ya te he dicho que no lo entiendes, dijo D. Quijote; has de saber que en el mundo ha habido, hay y habrá tres clases de escritores. Únos escriben con el fin de instruir; ótros, por hacer su nombre inmortal; y ótros, por ganar dinero, y son los más. En estas clases de autores hallarás buenos, medianos y malos. En los que escriben por el interes, es tanta la abundancia de estos últimos, que han llegado á hostigar á todos los aficionados á los libros, tanto, que apenas se determinan á comprar ótro que los de aquel autor á quien ya conocen por otras producciones que le han granjeado la estimacion general. Éste no encubre su nombre, ni va á los sepulcros á arrancar algúno de los que descansan, y gozar la misma estimacion. Solamente lo hacen aquellos escritores malos, que no pueden vender con el suyo los libros que han dado á luz; y así se valen de estas patrañas para engañar y seducir á que los compren, aprovechándose del nombre de aquéllos que más fama tienen. Vé aquí lo que sucede al autor de este papelito. Él ha visto con sus mismos ojos, y ha oido con sus mismas orejas los muchos elogios que han merecido, merecen y merecerán los refranes que de tu boca salieron, y que escribió fielmente Cide Hamete Benengeli, y dió á luz Miguel de Cervantes; se ha aprovechado de aquella vehemente pasion que tuviste á ellos y que yo contuve. Movido de su interes, no le pareció que te ofendía en poner en tu boca ó publicar en tu nombre todo ese almacen de ellos, que guardaba en la memoria; y asi, no sólo no debes inquietarte, sino que debes estarle agradecido.

Sólo hay un inconveniente en estos hurtos que se hacen sin malicia, y es. la averiguacion de cuáles son las verdaderas obras de los autores, que tanto fatiga á los críticos.

Me explicaré más claro para que me entiendas. Supongo que nuestra historia, escrita por Cide y dada á luz por Cervantes, se conserve dentro de mil años, y que á este papel le suceda lo mismo. Los sabios que en aquel tiempo baya leerán la primera, y verán en ella un Sancho perfecto como Dios te hizo y tu madre te parió; leerán este papel, y te verán hecho un sabio completo, que da reglas á los hombres para que sepan vivir; verán que no solamente no eres ignorante, sino que hablas en latin. Sin remedio se han de quebrar la cabeza en averiguar y aclarar cuál de éstos fué el Sancho verdadero, ó si hubo dos Sanchos en el mundo.

A esto dijo Sancho: — Asegúrese Vmd., que puede ser que el Sancho de ese papeluco no sea yo.

—Amigo, replicó D. Quijote, en eso seguro estoy, porque no deja la menor duda el dictado de gobernador de la Insula Barataria, en cuya cronología no ha habido ni habrá otro Sancho que tú, como no sea apócrifo.

—¿Y quiere Vmd., replicó Sancho, que no me inquiete, viendo mi fama expuesta en los siglos venideros? Es una grandísima bellaqueria; y así, señor. por aquella fidelidad con que siempre serví á Vmd., disponga el que salgamos otra vez al mundo (pidiendo ántes licencia), y desengañarémos á tódos los que en él viven de que nada de cuanto hay en este papel dije en mi vida, ni ménos lo soñé ; que jamás conocí una letra, ni ménos supe una palabra de latin. Si en esto no se pone remedio, mañana me harán hablar en moro ó en hereje, y dirán lo que se les antoje. El que tuviere su buche lleno de refranes, vomitelos por su boca, y si no quiere por ella, busque la de algun Bartolo, y deje la mia quieta y sosegada; no me meto en si son buenos ó malos; eso que se lo juzgue cada uno..... iba á decir un par de ellos que venían al caso (como todos cuantos dije); pero no quiero, sólo porque se sepa que de mi boca no salieron más refranes que los que están en la historia de nuestras proezas.

—Jamás, amigo Sancho, te he oido hablar con más juicio; haces bien en eso, apruebo tu buen discurso; y sólo desapruebo tu inquietud, que no hay motivo para ella. No hace mucho tiempo que a mí me hicieron escolástico, y otro dia me harán militar ó letrado, canónigo ó fraile; pero por eso no me inquieté, ni me inquietaré, por más que quieran transformarme. D. Quijote fuí, y D. Quijote seré, y lo mismo te sucede y te sucederá.

Yo me conformo, dijo Sancho depuesto el enfado; pero me ocurre una duda, y no he de dejar de preguntarla.

¿Si será, señor, el autor de este papel aquel maldito encantador que tanto nos persiguió en el mundo?

— Nó, Sancho, respondió D. Quijote; no hay otro encanto que el dinero. Lo que conviene es que nos valgamos de algun apasionado de nuestra confianza, para que, en nuestro nombre, suplique, á quien pueda remediarlo (por evitar el inconveniente de las dudas dentro de mil ó dos mil años), que no permita que nuestro nombre, tal cual es, nadie sea osado á ponerlo al frente de sus obras, sean buenas ó sean malas; nosotros no nos metemos en que escriban ó dejen de escribir..

En este mismo punto un gato que tengo en el cuarto sintió, sin duda, algun raton, y, por cogerle, dió un golpe contra una silla, y ésta contra un cofre, y con el ruido disperté, quedándome á oscuras, sin D. Quijote y sin Sancho.

Triste me quedé con su ausencia; y de buena gana le hubiera perdonado al gato la falta de no cumplir con su obligacion, porque no hubiera inquietado mi sueño. No pude quedarme dormido otra vez, y pasé lo restante de la noche volviendo á mis discursos.

Lo primero que me ocurrió fué el haber dejado mis camaradas de cuarto el papel, sin haber hecho un rigoroso exámen de él; sin duda conocerían que no merecía tal trabajo. Luego me acordé del dictámen del amigo, y seguidamente me ocurrió la especie de que en lo que yo le había contado de mi disgusto, en la conversacion que habíamos tenido en el paseo, y en el sueño que acababa de tener, tenía material suficiente para llenar un pliego de papel.

Constante en esta determinacion, aguardé que viniese el dia, sin que de manera alguna se me pusiese delante mi insuficiencia. Me vestí, y me puse á escribirlo todo, como lo has visto; y al llegar aquí, me ocurrieron las dudas que verás si no te cansas.

Fué la primera, que yo había escrito lo del sueño en la misma conversacion que habían tenido, poniéndolo todo en su misma boca; pero quedó esta dificultad disuelta, no engañándote con publicarla en su nombre.

Luego me acordé que no había puesto título á mi papely seguidamente cuál debía ser. Aquí desmayé, y cuasi dejé el papel, como lo ves. Como mi deseo era sólo el de resarcirme de los cuatro cuartos, la conciencia empezó á remorderme y á representarme que éste era un hurto de peor calidad que el de que se queja Sancho. En esta sazon llamó mi amigo á la puerta, que el deseo de saber el fruto que habían sacado sus persuasiones, le había hecho venir á visitarme. Vió todo lo que tenía escrito. y sin detenerseme dijo: Sale V. de su dificultad poniendo en el mismo título el desengaño, é inventa V. una cosa que hasta ahora no tengo noticia lo haya practicado escritor alguno, y es poner al pié de la obra el titulo de ella. Conclúyala V., y llámela Engaña bobos y Saca dinero, y con esto no pueden culparle en nada de lo que reprende.

Así lo hice, y si acaso no te parece bien, te pido encarecidamente no des entrada en tu imaginacion á aquel maldito pensamiento que a mí me quiso hacer volver á las gradas de San Felipe, que es lo único que dará cuidado al autor del Engaña bobos y Saca dinero.

CON LICENCIA.

MADRID: EN LA IMPRENTA DE JOSEPH HERRERA.